Le decían el Cura. Cuando estudiaba en el Seminario Menor Cristo Sacerdote, de Palmira, sus compañeros bachilleres reconocían en él la vocación sacerdotal que lo hizo digno del apodo. Había cursado la primaria en la Escuela Mater Dei —Madre de Dios—, en donde su mamá, María Pastora Marín de Jaramillo, costurera y modista de la ciudad, se hizo cercana a las monjas que dirigían la institución, y serían ellas quienes, luego, le presentarían al párroco, monseñor Célimo González.
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María Pastora y su pequeño Jefferson Jaramillo Marin se hicieron buenos amigos del padre González, quien les ofreció una beca para el bachillerato del niño en el mencionado Cristo Sacerdote, para impulsarlo después al Seminario Mayor de Cali. La vida sacerdotal era el horizonte del joven Jefferson hacia el año 1990, cuando se graduó del bachillerato e ingresó a la formación sacerdotal con 17 años.
Las noches del Seminario Mayor eran avivadas por las conversas y el intercambio de casetes de música protesta con un grupo de compañeros. “Eran diáconos a punto de ordenarse los que me empezaron a mostrar una mirada crica social desde la filosofía y la teología de la liberación”, relata Jaramillo. No olvida que ellos, en 1993, lo llevaron al Coliseo El Pueblo a un concierto de Silvio Rodríguez, el cantautor cubano.
Luego, haciendo el ejercicio pastoral en una parroquia en Palmira, conoció al padre Jairo Gómez, quien además tenía un doctorado en Sociología, cursado en Estados Unidos, y le compartió lecturas de teoría social. Al final, estas lo entusiasmaron tanto que decidió renunciar al seminario para inscribirse en la carrera de Sociología de la Universidad del Valle, en 1994.
Hoy, Jefferson Jaramillo Marín tiene 52 años, es sociólogo, doctor en Ciencias Sociales, y profesor e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana desde hace más de dos décadas, en donde ha dirigido el Departamento de Sociología, entre 2014 y 2017, y el Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas, entre 2017 y 2019. Ha liderado 33 proyectos de investigación, publicado alrededor de 80 textos académicos y dirigido más de 45 tesis.
“Mi trayectoria ha sido anfibia, he estado en las fronteras de diversas disciplinas y campos”.
Jefferson Jaramillo
Muy pronto fue un estudiante dedicado.Así lo recuerda Juan Carlos Zuluaga, profesor de sociología de la Universidad de Caldas, compañero del pregrado y amigo de Jaramillo. Junto a él y a otro par de compinches se abrieron a la vida bohemia y universitaria caleña. “Conocimos la ruralidad: salíamos a acampar a la costa Pacífica, a Buenaventura, pero también caminábamos la noche de Cali”, cuenta Zuluaga, quien todavía colabora ocasionalmente en investigaciones con su compañero de universidad.
Gracias a esos primeros contactos con las poblaciones afrodescendientes en los viajes a la costa, Jaramillo decidió hacer una reconstrucción biográfica de las trayectorias de tres familias migrantes provenientes del Pacífico como proyecto de tesis de su pregrado en Sociología.
Se graduó, entonces, en el 2000, y empezó una maestría en Filosofía, también en la Universidad del Valle. Mientras estudiaba fue profesor en distintas universidades hasta que, en 2006, consiguió una plaza docente en la Universidad Javeriana, sede Bogotá.
El frío de la ciudad no pudo apagar el gusto por el ritmo de la salsa que traía desde la Sucursal del Cielo. Por eso volvió a caminar la noche, esta vez con el profesor Nelson Antonio Gómez, rastreando -entre 2006 y 2008- la relación entre la música y la cultura popular salsera en la capital. El resultado fue el libro Salsa y cultura popular en Bogotá, uno de los más conocidos de su obra.
Hasta que llegó la hora de hacer su doctorado en Ciencias sociales y se fue a México, de donde regresó en 2011 con otro libro bajo el brazo: Pasados y presentes de la violencia en Colombia: estudio sobre las comisiones de investigación (1958-2011), en el que investiga cómo los expertos de las comisiones de violencia en Colombia produjeron narrativas sobre el conflicto en el país.

La diversidad temática y metodológica de sus investigaciones es su potencia. “Mi trayectoria ha sido anfibia, he estado en las fronteras de diversas disciplinas y campos*, dice el sociólogo. Fue esa interdisciplinariedad la que valoró Diana Santana mientras cursaba el Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas de la Javeriana bajo la dirección del profesor Jaramillo. “Tiene una visión transversal de las ciencias sociales y eso fue lo que me ayudó en mi proyecto de investigación”, afirma Santana, quien realizo una tesis sobre la creación de subjetividades a partir de la gubernamentalidad educativa.
Bienal Javeriano en Investigación de 2025, en la modalidad Vida y Obra. Al preguntarle qué piensa del reconocimiento, Jaramillo responde que cree que se valoró el trabajo grupal que ha desarrollado a lo largo de su carrera. En efecto, casi todos sus proyectos y publicaciones fueron elaborados en conjunto, en temas como memorias colectivas, protesta social, prácticas de resistencia, archivos comunitarios o los estudios críticos de la paz.
La sociología le ha permitido recorrer diversos territorios del país recogiendo testimonios de vida. Hacia 2015, por ejemplo, se encontraba en San Pablo, sur de Bolívar, escuchando a una mujer cuyo hermano fue víctima de desaparición forzada. Por la logística del viaje debía regresar temprano a Barrancabermeja para tomar un vuelo. No pudo cerrar la entrevista como debía -y quería-, de modo que recibió la queja por parte de su entrevistada, y así reconoció que su partida abrupta pudo ser una acción con daño. Algo se partió en él ese día y supo que nunca más volvería a afanar las conversaciones con nadie.
Esa enseñanza ha terminado de afianzarse en el Pacífico colombiano, en Buenaventura, lugar en el que ha centrado su investigación durante los últimos diez años en colaboración con la Corporación
Memoria y Paz, la cual se dedica a la reconstrucción del tejido social de territorios impactados por el conflicto armado y las violencias urbanas. En ese trabajo conjunto ha tenido la oportunidad de coproducir textos con las personas de la organización, hacer cajas de herramientas, cartillas y hasta materiales audiovisuales.

“Las luchas de las comunidades negras son de largo aliento”, asegura Jaramillo. “Buenaventura me ha enseñado a tener más paciencia y prudencia, a tener conversaciones más pausadas”, afirma. Así pudo cosechar uno de los hallazgos más importantes de su carrera: “La memoria no se reduce exclusivamente al tema de la victimización, sino que tiene que ver fundamentalmente con cómo la gente le da sentido a su vida”.
Para Jaramillo, una idea como esta solo puede ser producto de múltiples entrevistas llevadas a fuego lento por la investigación sociológica. Veinte años de trayectoria multidisciplinar y multitemática le han enseñado que la sociología no es un oficio para afanados. Y es que el ritmo de la investigación es una pregunta que lo cautiva. Por eso, hace poco terminó junto a otros colegas y estudiantes, la investigación Relatos biográficos del oficio sociológico en Colombia (1960-2020), en la que entrevistaron a más de cincuenta sociólogos colombianos para redescubrir el sentido de su oficio.
“Los sociólogos de este país han trabajado con la academia, el Estado y organizaciones no gubernamentales”, cuenta Jaramillo, destacando la diversidad de ambientes en los que han debido moverse él y sus cole-gas. “Pero también han sido perseguidos y estigmatizados. En un país como el nuestro, el sociólogo debe ser muy optimista ante condiciones adversas”, afirma. Sin embargo, no deja de animar a sus estudiantes en clase cuando le preguntan para qué hacer sociología en Colombia. “Las conversaciones con las comunidades me han mostrado que las cosas pueden hacerse de otra manera, que hay otros mundos posibles. Y es la capacidad de imaginar otros mundos lo que a mí me ha encantado de la sociología.



