La ciencia de los unicornios

La ciencia de los unicornios

Allá arriba, en la esquina superior derecha, coronando una adusta biblioteca de madera, reposan dentro de una caja de cartón. De portada corrugada y hojas de tono amarillo, escritos con tintas de color azul, verde, negro, rojo, con indicaciones de ortografía, notas al margen donde el hilo académico se rompe para hacer una rápida conversión de dinero o capturar el espíritu de una revelación. Son los cuadernos que acompañaron al filósofo Carlos Arturo López por cerca de cinco años, cruzaron de su mano el Atlántico, recorrieron antiguos anaqueles en las bibliotecas alemanas y fueron construyendo así, cita a cita, su tesis doctoral de historia en la Universidad Libre de Berlín.

Pasar esas páginas y adentrarse en las curvas de su letra cursiva es ir descubriendo una Colombia lejana, tanto en el tiempo como en el espíritu de la época, que, sin embargo, se mantiene viva en el transcurrir político del país actual. En ellas se abordan las diferencias ideológicas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la Regeneración conservadora, a su manera de puño de hierro, buscaba darle forma a un país que venía de guerra civil en guerra civil, y donde las ideas contrarias eran perseguidas con todo el peso de la ley.

Pero más allá de proyectos de nación frustrados o de legislaciones para (re)fundar un país que los académicos llaman “pre-moderno”, los cuadernos del profesor López perseguían las bases filosóficas que lo conformaron. Ese fue su interés académico: hallar los puntos de encuentro en las ideas de los bandos contrarios y cómo se expresaban a partir de la escritura, durante una época alejada de la historia nacional en la que expresar lo que se pensaba podía resultar en un ejercicio peligroso…

“Para muchos, lo que logró la Regeneración fue unificar la nación, generar un sentido de nación, consolidar unas instituciones después del desorden que había generado el Olimpo Radical, pero esa historia ya la contaron en esa época y no me deja de parecer extraño que aún sigamos diciendo lo mismo”, explica López, quien se desempeña hoy como investigador del Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo consistió en adentrarse en las publicaciones de algunos representantes ideológicos del espectro conservador y liberal —que no una simple oposición—, las cuales se consignaron en ensayos, artículos periodísticos o críticas, pues las revistas especializadas en filosofía aparecerían medio siglo después; en ellos buscó puntos de encuentro a partir de la escritura, pues su objetivo, desde el principio, fue desembarazarse de la tradicional —y pareciera que eterna— disputa ideológica entre bando y bando.

“Lo que me parece muy sospechoso es que terminamos contando historias como las contaron los protagonistas. Uno debe reconstruir los procesos como los vieron ellos, pero hay que hacer un desdoblamiento de ese proceso”, comenta, repasando las páginas de El terreno común de la escritura: Una historia de la producción escrita de filosofía en Colombia, 1892-1910, la edición de su tesis doctoral publicada por la Editorial Javeriana en 2018.

Carlos Arturo López, doctor en Historia, se especializa en historia del pensamiento en español e historial de la filosofía en Colombia.
Carlos Arturo López, doctor en Historia, se especializa en historia del pensamiento en español e historial de la filosofía en Colombia.

Sus 311 páginas son el resultado de un proyecto que nació en los salones de la Javeriana durante su pregrado de Filosofía y que fue consolidándose con su maestría, en la misma universidad, en Historia: compilar la historia de la filosofía colombiana, tarea en la que también hay muchos desencuentros.

“Estudiar filosofía en Colombia es como hacer ciencia de los unicornios. A pesar de que hay mucha cosa escrita, cuando uno se mete de lleno a eso, en general, es homogéneo y pobre, es una historia que se viene contando de un modo muy similar”, explica López. Ese relato resalta los años 40 del siglo XX, con la fundación del Instituto de Filosofía de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional (actual Departamento de Filosofía) y, posteriormente, con la fundación de la revista especializada Ideas y valores, como la cuna del pensamiento filosófico colombiano. En el fondo, se trata de una estrategia discursiva que terminó comprometiéndose con las ideas liberales de la República liberal (1930-1946), época señalada, además, como la entrada de Colombia a la modernidad.

La investigación de López añade elementos para valorar la escritura filosófica local desde otra perspectiva. Por eso se centra en 1892, año en que se acoge la reforma educativa propuesta por el Colegio Mayor de El Rosario, que escalonó los grados de enseñanza, estableció una serie de requisitos mínimos para avanzar de curso en curso, y estableció el estudio de la filosofía como una carrera independiente. Desde aquí se imponen unas reglas claras en la argumentación, al igual que en la producción que se publicaba en espacios abiertos al público, fuera de las aulas, pero lo más importante: se tenía un sentido histórico del trabajo filosófico.

“Ya empieza a proyectarse la nación hacia el futuro. Por eso la historicidad empieza a ganar un papel relevante, por la cuestión de hacia dónde va el Estado. Es una pregunta que está a toda hora, porque la filosofía es fundamental, servía para algo, tenía que servir para algo. Usted pensaba el problema de la filosofía para orientar el Estado, para orientar la sociedad, para orientarse individualmente, sea como un laico que cree que las leyes de la naturaleza nos van a llevar hacia algún lado, o sea como un religioso que quiere alcanzar la salvación”, asegura López.

Su pesquisa concluye en 1910, cuando, por la conmemoración del primer centenario de la Independencia, se dio un boom de publicaciones de libros y artículos sobre la historia del país. Durante los cinco años de su aventura académica en Berlín, López le siguió los pasos a las ideas de Miguel Antonio Caro, Rafael María Carrasquilla, Sergio Arboleda o Marco Fidel Suárez, entre otros.

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La tesis doctoral del profesor López fue publicada por Editorial Javeriana en 2018 y presentado en la Feria del Libro de Bogotá de ese año.

Su propuesta ha calado de diversas formas entre la comunidad académica. Por ejemplo, Damián Pachón Soto, doctor en Filosofía y Letras y docente de la Universidad Industrial de Santander, consignó en una crítica publicada por El Espectador sus diferencias con varios apartes del libro: “Los normalizadores mismos siempre fueron muy conscientes de que filosofía hubo en Colombia desde la época colonial, y no siempre acusaron a esa filosofía como atrasada o mera copia de la europea”.

Por su parte, Renán Silva, sociólogo, doctor en Historia moderna y profesor de la Universidad de los Andes, afirma que “el libro del profesor López Jiménez trae a la discusión un periodo de la actividad filosófica en Colombia menos conocido de lo que se piensa, sin dejar de examinar con ojos críticos pero equilibrados los análisis de quienes antes de él se han ocupado del problema. Con un enfoque que muestra los vínculos entre historia del pensamiento e historia de sus soportes textuales, esta obra se esfuerza por restablecer los contextos sociales e institucionales que ayudan a la comprensión de los textos más notables del periodo, tratando al tiempo de restablecer las conexiones de esos trabajos con el universo cultural hispanoamericano y, más en general, europeo. Todo un impulso para la renovación de un sector del análisis histórico que no siempre ha mostrado la atención que merece”.

Para López, su trabajo no busca reevaluar los conceptos que la academia colombiana ha depositado sobre una época concreta de la historia y el saber nacional, como tampoco resaltar el trabajo de autores que propusieron un modelo nación. La suya es una apuesta para abordar los conceptos y las discusiones sin el apasionamiento binario de las ideas partidistas, incluso académico, que ha determinado, y sigue determinando, las disputas en nuestros días —sin importar el acervo argumental que pueda brindarse ante el contrincante—.

“Yo creo que esto es un trabajo a largo plazo. Esperaría no solo que impulsara más trabajos de historia de la filosofía, sino que, metodológicamente, al menos el modo que se cuestiona el relato hegemónico con el que pensamos la historia de la filosofía pueda usarse para pensar la formación del Estado, para pensar las relaciones en ese Estado, para pensar el lugar de las mujeres en la historia de Colombia. Hay muchas historias que se pueden contar desde ahí…”, concluye.

El día a día de López está enfocado en esa meta. Frente a su computador, rodeado de un silencio férreo, teclea con decisión mientras sigue las indicaciones en el cuaderno de turno. Su nueva aventura consiste en indagar, buscar, escoger, destacar los apartados filosóficos que han calado en la historia de Colombia, y con ellos construir una nueva versión de ese saber en esta esquina de Suramérica. Es su nuevo plan para describir el unicornio que lleva persiguiendo a lo largo de su vida académica.

El investigador que hace ciencia desde las aulas

El investigador que hace ciencia desde las aulas

Desde niño, Bryann Esteban Avendaño Uribe supo que quería comprender el mundo y que las visitas a zonas rurales durante las vacaciones con sus papás no eran en vano. A sus ocho años, la inquietud por responder ciertas preguntas —como por qué las plantas son verdes o qué define el tono de voz de una persona—  fue motivo suficiente para soñar con ser un científico destacado, capaz de transformar la historia de la investigación en Colombia.

Este biólogo y ecólogo de 27 años, egresado de la Pontificia Universidad Javeriana, fue becario del Programa de Liderazgo en Competitividad Global de la Universidad de Georgetown, en Washington D.C. (EE.UU.); ha trabajado en modelos de gestión participativa con campesinos, indígenas y afrodescendientes; y ha liderado estrategias de educación STEM (science, technology, engineering and mathematics).

Fue en el voluntariado Misión País Colombia, en una visita a San Martín de Amacayacu, en el Amazonas colombiano, donde tuvo una experiencia reveladora que lo llevó a estudiar paralelamente biología y ecología. “Yo estaba caminando con un curaca —líder indígena de la comunidad tikuna— y durante el recorrido arranqué un pedazo de liquen de un árbol para observarlo. Su mirada me lo dijo todo, fue una mirada diciente, me habló sin palabras”, recuerda este apasionado de los libros de ciencia ficción y del estudio de los hongos.

Entre 2011 y 2012, Avendaño participó en la investigación “Manejo integrado del cultivo de la guadua”, liderada por la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana, en asocio con algunas entidades públicas, en la cual llevó a cabo su proyecto de grado. La inquietud por seguir indagando lo llevó, en 2013, a convertirse en joven investigador de Colciencias, como parte del Semillero de Investigación Agricultura Biológica, de la misma institución.

Pero su vida tomó un nuevo rumbo en 2014 cuando empezó a trabajar con consejos comunitarios de colectividades negras del alto y medio Dagua y del bajo Calima, en zona rural de Buenaventura, en un proyecto marco de la Unión Europea sobre gobernanza y gestión comunitaria de recursos naturales en América Latina, en alianza con la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana.

Fueron casi dos años de investigación. Allí conoció la diferencia cultural entre un refrigerio con papas y gaseosa, al estilo evento de Bogotá, y uno con sancocho ‘trifásico’, al estilo del Pacífico; aprendió que, para acercarse a la realidad de un pueblo, no basta con visitarlo sino que es necesario sumergirse en él; y confirmó que su vida como científico no debía estar en un laboratorio sino en campo, con las comunidades. Y en las aulas, con los jóvenes.

Por eso, desde 2016, Bryann trabaja como docente de la Asociación Alianza Educativa, en Usme, como parte del programa Enseña por Colombia, y encontró la combinación perfecta entre ciencia y educación en el proyecto Clubes de Ciencia Colombia, iniciativa que lleva científicos nacionales e internacionales a zonas rurales para expandir la educación científica de niños y jóvenes.

Escalar al aire libre es su hobby. Reconoce que este deporte es una metáfora de su vida, porque cada cima que ha alcanzado es fruto de su disciplina, persistencia y liderazgo, y que el sacerdote jesuita Francisco de Roux y el matemático Antanas Mockus son sus modelos de vida y quienes lo han motivado a participar en la construcción de la política de creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia, junto con otros investigadores, asesorando a los senadores que la proponen.

Este joven no solo lleva en su maletín una bata de laboratorio, sino una agenda llena con bocetos de la ruta que debe seguir para escalar el monte más alto, su misión de vida: “Mejorar las condiciones para que los científicos puedan hacer ciencia en Colombia e inspirar a las futuras generaciones de investigadores a través de la educación de alta calidad”.

Las maestras, pioneras del cambio en la educación inicial

Las maestras, pioneras del cambio en la educación inicial

Durante varios años, la educación pública en general estuvo en una especie de letargo. Las escuelas estaban estructuradas de forma vertical y jerárquica: arriba estaban las directivas y los profesores, y abajo los estudiantes. La evaluación era la herramienta esencial para medir el conocimiento y, claro, el conocimiento se estimulaba por medio de la memorización, las planas, la repetición y las tareas. Esa era la ‘cultura’: el profesor decía, los estudiantes hacían; el profesor mandaba, los estudiantes cumplían; el profesor evaluaba, los estudiantes pasaban el año o perdían. Simple. Pero la sociedad evoluciona, las políticas cambian y los actores educativos buscan hoy escenarios para hablar de una educación dirigida a niños de cero a seis años que promueva el desarrollo integral, cuya responsabilidad es del Estado, de la familia y de la sociedad.

Hitos como la Política de Estado para el Desarrollo Integral de la Primera Infancia de Cero a Siempre (2016), la Ley General de Educación (1994) y la propia Constitución Política de Colombia (1991), así como compromisos internacionales del país como, por ejemplo, la Convención sobre los Derechos del Niño (1991), han promovido formas de pensar y actuar que construyen programas y proyectos novedosos y pertinentes. En las escuelas oficiales se empiezan a ver niños de dos y tres años jugando, dibujando y cantando en los salones, y a sus profesoras leyendo en voz alta y jugando con ellos.

“Y así comienza esta historia” –sonríe Marina Camargo, profesora de la Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana–, la historia de la investigación titulada “Saberes y prácticas pedagógicas en primera infancia”. Ella y Alba Lucy Guerrero, profesora de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, lideraron un grupo de investigadores para realizar un trabajo etnográfico durante seis meses en 2015. Visitando escuelas de Bogotá todas las semanas, organizaron grupos focales con las maestras y entrevistas con padres de familia, pero, ante todo, observaron. A partir de la información recolectada sobre saberes y prácticas que tenían lugar en la cotidianidad, analizaron cómo era posible incluir a niños y niñas tan pequeños en actividades en las que el juego era una herramienta esencial. Desde la perspectiva de las maestras, y con el conocimiento, la experiencia y la voz de los investigadores, encontraron formas diversas de construir un ‘nuevo orden’ en la escuela.

“Estas maestras, no formadas específicamente en educación inicial, se comprometen voluntariamente con el proyecto y transitan por las nuevas concepciones y acciones que se delinean en el momento actual para la primera infancia, generando rupturas, cuestionamientos y tensiones entre los profesores, con las instituciones y con las familias”, explica la profesora Guerrero, quien actualmente dirige el grupo de investigación Infancias, Cultura y Educación, en la Javeriana. “Los profesores acogen la idea de esa nueva pedagogía en la que el juego, las expresiones artísticas, la literatura y la exploración de los entornos sean ejes de la actividad que realizan. Después de escuchar las palabras de los maestros de siete colegios, queríamos evidenciar cómo habían generado nuevas dinámicas, muchas veces de resistencia, frente a dimensiones de la cultura escolar aún ancladas en el pasado”, continúa.

El análisis de la información muestra cómo la educación inicial encuentra caminos para desarrollarse en la institución educativa, venciendo obstáculos y potenciando relaciones y procesos. Una cultura escolar distinta empieza a asomarse en estos espacios formales. No se trata solamente de enseñar, sino también de socializar y fomentar una cultura pedagógica diferente, basada en la creatividad y en las necesidades y los intereses de los niños.

En ese sentido, Guerrero y Camargo hablan de la agencia de las profesoras de primera infancia para negociar, responder y adaptarse a los contextos de reformas políticas y cambios de las prácticas en educación. Para ellas, la agencia es ese paso que cruza la línea entre la pasividad y el deseo de actuar, para crear transformaciones culturales.

“Las profesoras en primera infancia han tenido que lucharla”, agrega Camargo, “les ha tocado generar nuevas dinámicas; decirles a los rectores lo que necesitan para usar adecuadamente la ludoteca; crear actividades comprometidas con la vida de los niños; movilizar la participación; superar las limitaciones que imponen los espacios precarios; romper las disposiciones creadas por visiones jerárquicas y dominantes del mundo; pensar que los niños son constructores activos de su propio desarrollo, de su subjetividad, de sus discursos; caminar siempre al ritmo variable, heterogéneo, flexible y particular de los niños; lograr que otros maestros sepan de las prácticas de quienes trabajan en educación inicial y las reconozcan en su sentido educativo y pedagógico”.

Al respecto, Guerrero complementa: “Esta investigación nos permitió mirar la cotidianidad de estas maestras y entender sus prácticas desde sus perspectivas: desde sus agencias. Esto retaba nuestras concepciones y movía nuestro lugar de conocimiento, porque, al final, el conocimiento lo construíamos también con ellas. Entendimos que la educación en primera infancia se renueva a través de la agencia de los profesores y del reconocimiento de los niños como actores sociales capaces de participar en el desarrollo de sus vidas. Ahora, no podemos decir que esto sea igual en todas las maestras o instituciones educativas, sin embargo, sí podemos decir que encontrar a estas maestras es hacer visibles unas situaciones de lucha y tensiones que existen y que, a lo mejor, pueden existir en otros contextos, en mayor o menor medida”.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Saberes y prácticas pedagógicas en primera infancia. Sistematización de experiencias significativas
INVESTIGADORAS: Alba Lucy Guerrero y Marina Camargo
Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana
Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana
Fundación Centro Internacional de Educación y Desarrollo Humano (Cinde)
Secretaría de Educación del Distrito (SED)
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015-2016

El cuidado: clave para la salud mental

El cuidado: clave para la salud mental

Cuidar. Cuidar nace del alma. Cuidamos y necesitamos que nos cuiden. Ese verbo tan común es definido por la psicóloga e investigadora Cecilia de Santacruz como una función humana, tanto para hombres como para mujeres, que está presente en cualquier ámbito de nuestras vidas y en todo momento. No necesitamos tener a alguien enfermo para ejercer esta función. Cuidamos todo el día… cuando cruzamos la calle, cuando salimos de paseo, cuando estamos en una reunión de trabajo, cuando cocinamos o hacemos deporte.

Es un concepto en el que el respeto por el otro, la conciencia sobre la importancia de cuidarlo y la de cuidarnos son la clave. Es construir la salud mental del ciudadano desde que somos niños. Para que de adultos entendamos la palabra ‘cuidar’.

Y a partir de ese verbo tan sencillo, un programa que ejecutó la Pontificia Universidad Javeriana con el Hospital Universitario San Ignacio (HUSI), apoyado por Colciencias, dio lugar a 46 proyectos de investigación enmarcados en la atención primaria en salud mental (APS), buscando reducir el impacto de los trastornos mentales en quienes los sufren ―los pacientes, su familia, el entorno cercano y la sociedad que con frecuencia los estigmatiza y excluye―, pero también para promocionar la salud mental en su sentido más llano.

“Para nosotros, los problemas de la salud mental no son las enfermedades”, afirma, categórica, la profesora Santacruz, quien actuó como gerente del gran proyecto, “las enfermedades son los trastornos mentales. Los problemas de salud mental son las relaciones que no son cuidadosas, que son de explotación, violentas, que no facilitan las condiciones de vida para todos. Esos son los problemas de salud mental”.

Con esa mirada, y muchos años de experiencia investigando, se reunieron psiquiatras, psicólogos, geriatras, pedagogos y comunicadores, entre otros profesionales, para definir diferentes estrategias de actuación que abarcaran todo el campo de la salud mental, concebido en su definición más amplia, que incluye la salud, los problemas, los trastornos, las resistencias y las acomodaciones, todo ello resumido en cinco áreas de trabajo (ver infografía).

/ Camila Mejía Valencia.
/ Camila Mejía Valencia.


Desde lo preconcebido hasta lo novedoso

Tanto para las personas de la tercera edad, aquellas con alguna discapacidad, las que padecen un trastorno mental o bien aquellas que experimentan un sufrimiento provocado por un accidente de trabajo, los investigadores diseñaron intervenciones y herramientas clínicas, algunas a partir de sofisticadas técnicas ―clínicas, neurocognoscitivas y genéticas―, pero que se pueden utilizar en cualquier nivel de atención del sistema de salud. En esta línea, han avanzado en la evaluación, diagnóstico y tratamiento de las demencias, como es el caso de la enfermedad de Alzhéimer, el trastorno afectivo bipolar, las secuelas neuropsiquiátricas del trauma craneoencefálico o la demencia frontotemporal.

También estructuraron o evaluaron modalidades de intervención, entre ellas, atención domiciliaria de psicogeriatría, modelo de apoyo a personas de la tercera edad que viven solas, y contemplaron dentro de sus estudios los comportamientos de conductores de automóviles y motocicletas, relacionados con el consumo de alcohol.

Con la misma dedicación trabajaron junto a quienes están al lado de las personas con trastornos mentales: los cuidadores. Porque con esta categoría el espectro se amplía a 360 grados, ya que generalmente se trata de los miembros de la familia, casi siempre una mujer, y lo que se busca es que se conformen ‘redes de apoyo’ entre vecinos, amigos o compañeros de trabajo, el personal de salud. El mensaje del programa, casi su lema, ha sido hacer un esfuerzo por modificar la concepción de cuidado, para que no se entienda como una sobrecarga asociada con el papel femenino, pues de ese modo quienes cuidan, a su vez, se enferman psicológica y físicamente.

Para estos cuidadores, los diferentes estudios recopilaron información sobre los recursos legales, de salud y de conocimiento que pueden facilitar su tarea. Esa información forma parte de un conjunto de talleres que los investigadores han diseñado bajo la modalidad ‘intervenir investigando’, en la que ‘todos ponen’ ―como en la pirinola― de una manera muy horizontal y democrática, tanto talleristas como participantes. Estos espacios dieron lugar a un diplomado en Cuidado abierto a cualquier persona porque aborda el ‘cuidado’ desde todas las dimensiones.

También crearon otros programas de formación dirigidos a distintos grupos profesionales, entre ellos un diplomado para docentes y orientadores de las instituciones educativas que dio origen a la Maestría en Salud Mental Escolar, cuya aprobación está en trámite, y un diplomado sobre demencias para profesionales de la salud, todos ellos virtuales. Además, un Doctorado en Neurociencias, que ofrecerá la Facultad de Medicina próximamente, con un planteamiento original centrado en la interacción del cerebro y la conducta con respecto al entorno y al grupo social, vinculando las neurociencias con otras disciplinas, como la filosofía o la teoría de la mente. Con este énfasis, cualquier profesional podrá cursarlo.

/ Diederick Ruka.
/ Diederick Ruka.


Cuando el mensaje llega…

Los investigadores han participado en diferentes actividades de socialización y promoción de esta novedosa manera de asumir la salud mental, a través de programas de radio, blogs, videos, boletines y varios documentos de apoyo, como la “Agenda cuidadores”, o folletos explicativos, como “¿Qué es un accidente de trabajo?”. Además, tienen página en Facebook y un portal en la red, en el que el navegante puede encontrar información sobre salud mental, incluyendo una línea de tiempo que da cuenta de la historia de este campo de estudio en el país, así como el listado de las instituciones en salud mental de todos los departamentos.

Ese concepto de salud mental, reflejado en todos los productos comunicativos que han implementado, hace énfasis en lo ético. Es el resultado de muchos años de trabajo, lo que se demuestra en los contenidos que están centrados en la vida diaria, señala Santacruz, “la vida buena en términos de hacer cosas para que la vida sea mejor para todos”, como por ejemplo, continúa, “el papá que cuida al bebé; no es que esté ayudando; simplemente está ejerciendo la paternidad”. Y eso es un cambio de mentalidad, lo que en últimas busca el programa, el cual, aunque haya terminado su ciclo con Colciencias, continúa en el quehacer diario de los investigadores. Además, es una iniciativa con sello javeriano, por su énfasis en la proyección social: “se trabaja por los otros”.

Claro, todos tienen que ‘poner’. La salud mental requiere que haya cumplimiento de derechos, que haya posibilidades para la vida colectiva, especialmente para quienes han sido maltratados, excluidos o violentados. “Creo que la gente hace muchas cosas, crea, construye, pero también requiere”. Nos tenemos que cuidar. Entre todos.


Para leer más:

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Programa de intervenciones en salud mental orientadas por APS y reducción de la carga de trastornos mentales generadores de mayor cronicidad y discapacidad. Fase 2
INVESTIGADORES PRINCIPALES: Carlos Cano G., Carlos Gómez R., Diana Lucía Matallana E., Pablo Reyes G., Claudia Irene Giraldo y Martha Inés Solano
GERENTE E INVESTIGADORA: Cecilia Escudero de Santacruz
Unión Temporal Pontificia Universidad Javeriana y Hospital Universitario San Ignacio
Con el apoyo de Colciencias y diferentes instituciones públicas y privadas.
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015-2017

Un año lleno de ciencia e historias

Un año lleno de ciencia e historias

Acabamos de vivir un año intenso en todo sentido, en el cual no solo definimos un nuevo rumbo en Colombia para el próximo cuatrienio, también vibramos con los triunfos de nuestros deportistas, nos sorprendimos con novedosos descubrimientos, sufrimos con tragedias y trabajamos, a nivel personal, por lograr cada una de las metas propuestas.

Para Pesquisa Javeriana, 2018 fue un año lleno de inmensos retos representados en nuevos proyectos, la posibilidad de ofrecerles a nuestra audiencia nuevos formatos y la firme confianza en contar historias, con el más alto rigor periodístico, y con las cuales buscamos que la ciencia saliera del aula, del libro y del laboratorio donde se construye.

¿Con qué objeto? Para que cualquier persona, en Colombia o en otro lugar del mundo, con un saber profundo sobre ciertos temas o con una curiosidad sencilla, pueda acceder al conocimiento forjado desde la Pontificia Universidad Javeriana y aplicarlo a su vida cotidiana, con la esperanza de que así no solo encuentre las respuestas a las preguntas que lo agobian: también para que genere nuevas preguntas, y acepte el reto de responderlas.

Ha sido un año especial, en el que abordamos cuestiones tan importantes para la vida diaria como el acoso femenino en el transporte público, nuevos y esperanzadores tratamientos en salud, innovaciones en transporte lunar, los desafíos del arte, entre muchos otros temas.

Por ello, queremos compartirles nuestras mejores historias, esperando que nos sigan acompañando en este 2019 lleno de renovados desafíos y proyectos, en los que queremos seguir trayendo la ciencia javeriana al alcance de todos. Y, por supuesto, en el que nos embarcaremos en nuevas y apasionantes historias.


1.
Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

/Lisbeth Fog Corradine
/Lisbeth Fog Corradine

Todo está dispuesto para que el presidente Iván Duque cree el nuevo Ministerio de la Ciencia. Sin embargo, desde inicios de 2018, Pesquisa Javeriana viene advirtiendo del profundo y estructurado desorden que vive el sistema de ciencia y tecnología en el país, al igual que ha analizado sus profundos retos. En su columna, Lisbeth Fog, nuestra editora general, abordó esta cuestión desde el germen mismo de esta nueva institucionalidad científica: Colciencias.


2. Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

/Cortesía, The Nature Conservancy
/Cortesía, The Nature Conservancy

La emergencia de Hidroituango puso sobre la mesa el riesgo de este tipo de proyectos tanto para las poblaciones cercanas como para el medio ambiente. Por ello, destacamos las graves consecuencias ambientales que tiene para la Depresión Momposina la construcción de los proyectos hidroeléctricos en la cuenca del río Magdalena-Cauca.


3. El árbitro juega de local, ¿mito o verdad?

2018 Arbitro
/Joan Philip Charry

El Mundial de Fútbol Rusia 2018 nos llevó a indagar sobre la relación que la ciencia ha tenido con el deporte rey. Así nos sumergimos en la investigación de Andrés Rosas, decano de Economía de la Javeriana, sobre el posible favoritismo de los árbitros hacia el equipo local, el cual se manifiesta con mayor frecuencia al añadir tiempo de reposición si éste va abajo en el marcador.


4. Marco, el vehículo javeriano en la Nasa

/Cortesía, Giovanni Viteri
/Cortesía, Giovanni Viteri

Un desafío planteado por la Nasa llevó a 15 estudiantes javerianos de Diseño Industrial a desarrollar, en tiempo récord, un vehículo espacial para recorrer la superficie de cuerpos celestes en futuras expediciones espaciales. Así revivimos las vertiginosas horas de este desarrollo que concursó con otras propuestas internacionales.


5. Siguiéndole los pasos a Humboldt

/Cortesía, Editorial Javeriana
/Cortesía, Editorial Javeriana

2018 fue el año para recordar la obra del naturalista y expedicionario alemán Alexander von Humboldt. Y fue gracias a Humboldtiana neogranadina, la voluminosa reconstrucción liderada por Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana, sobre los viajes que el científico europeo realizó a nuestras tierras a comienzos del siglo XIX, que Pesquisa Javeriana realizó un especial periodístico sobre su memoria.

En este podcast nos centramos en el desafío de reconstruir los pasos de Humboldt casi dos siglos después.


6. La educación no salva a las niñas

/Joan Philip Charry
/Joan Philip Charry

Ser mujer en Colombia es una labor complicada. Las constantes denuncias de violencia de género, manifestadas en cuestiones como el acoso sexual en el transporte público, han llevado al país a adoptar legislaciones especiales para proteger a la mujer, pero es un trabajo en el que falta mucho por hacer. Aún quedan problemas estructurales como esta investigación desarrollada por las investigadoras javerianas Luz Karime Abadía y Gloria Bernal, sobre la desventaja que las niñas deben enfrentar desde el salón de clase y que puede comprometer su futuro.


…Y una mención especial

/Joan Phillip Charry - María Paula Ramírez
/Joan Phillip Charry – María Paula Ramírez

Dentro de las metas que nos propusimos para 2018 estuvo siempre el desafío de construir puentes entre la comunidad científica y la población. Y una de nuestras mayores felicidades se produjo cuando Viviana Garzón, estudiante de grado Once en el Colegio Rural El Uval, en Usme, llamó a nuestras oficinas para preguntarnos sobre el retamo espinoso.

Esta sencilla indagación nos llevó a organizar, de la mano de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Javeriana, una jornada académica en esta institución escolar, en la cual los académicos javerianos le enseñaron a la comunidad las estrategias para controlar esta especie invasora.

Cerramos 2018 enfocados en salud mental, educación y… ¡magia!

Cerramos 2018 enfocados en salud mental, educación y… ¡magia!

Hoy, en el primer fin de semana, en el último mes del año, Pesquisa Javeriana presenta al público su edición 46 para culminar un 2018 de arduo trabajo, intensos desafíos tanto en sus páginas impresas como en su estrategia web y nuevos retos, los cuales abordaremos a lo largo de 2019.

Y para cerrar el presente año con broche de oro, encuentre en las páginas de esta edición:

  • Informe especial sobre el programa en atención primaria en salud mental, ejecutado por la Pontificia Universidad Javeriana y el Hospital Universitario San Ignacio, con apoyo de Colciencias, que generó 46 proyectos de investigación para reducir el impacto de los trastornos mentales en los pacientes y en sus familias.
  • A partir de una investigación con moscas silvestres, científicos de la Javeriana Cali y de la Universidad Icesi buscan alternativas para tratar a pacientes con autismo.
  • Presentamos Codifico, la aplicación móvil que, por medio del juego, enseña a diagnosticar enfermedades y a codificarlas según la clasificación convenida mundialmente.
  • La investigación que revela los beneficios para la salud de los niños que comen alimentos cocinados con aceite de soya.
  • El sociólogo Nelson Gómez nos explica las implicaciones históricas, sociológicas y etnográficas que ha tenido la música salsa en la educación sentimental de los colombianos.
  • El papel fundamental de las maestras y sus estrategias pedagógicas en la educación inicial para ayudar a los niños a superar los problemas que encuentran a su paso.
  • Carlos Gómez-Restrepo, decano de Medicina de la Javeriana, relata su trayectoria académica y personal así como revela una faceta desconocida: su afición por la magia
  • El trabajo de Bryann Avendaño, biólogo y ecólogo javeriano, se enfoca no solo a enseñar ciencia a poblaciones con difícil acceso al conocimiento, también busca convencer a los científicos colombianos en el exterior para que regresen al país y produzcan ciencia de calidad.
  • En nuestra editorial abordamos el papel que las universidades pueden jugar bajo el nuevo enfoque de industrias creativas, propuesto por el nuevo Gobierno.
  • Encuentre las novedades de la Editorial Javeriana de cara al inicio de 2019.
  • Una mirada a la discografía de los compositores javerianos: estudiantes, profesores y egresados de la carrera de Estudios Musicales.
  • Reproducimos la entrevista que la revista internacional Nature le hizo a Jorge Humberto Peláez S.J., rector de la Javeriana, sobre el papel de la universidad en el entorno de innovación colombiano.

Por esta vía, les agradecemos su compañía a lo largo de este 2018 y les deseamos una inmensa alegría y felicidad en las fiestas de fin de año, deseando siempre que compartan con sus familias y seres queridos; asimismo, extendemos nuestras mejores intenciones para que la prosperidad los cobije en todo 2019.

En esta recta final, Pesquisa Javeriana continuará renovando su página web con nuevas historias para que no perdamos de vista los progresos y avances científicos producidos desde las aulas y laboratorios javerianos.

Si usted desea consultar el contenido de nuestra edición impresa y no es suscriptor de El Espectador, puede acceder a la versión digital de la revista, en formato PDF, por medio de este enlace.

Traducir los lenguajes: de no indígena a indígena

Traducir los lenguajes: de no indígena a indígena

Tres etapas, de noviembre de 2016 a mayo de 2018, fueron necesarias para que la Escuela para la Gestión Comunitaria de Recursos Locales y Construcción de Paz, mejor conocida como La Escuela, proyecto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, deconstruyera sus guías académicas para enseñarles a líderes sociales indígenas y que ellos, a su vez, replicaran lo aprendido en sus comunidades.

El primer paso en esta investigación colaborativa abierta se dio de la mano de la etnia indígena jiw, y el resultado se sintetizó en la tercera etapa, en la que los investigadores, junto con miembros del resguardo indígena Barrancón y La María, generaron nuevos contenidos para adaptar las lecciones de La Escuela a una cartilla llamada Nejkiewaelaliejwa wejew Jiw (Para no olvidar lo nuestro). Un proceso posible gracias a un equipo interdisciplinar de profesores e investigadores, y al apoyo y financiamiento de la Agencia de Cooperación Alemana, Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ).

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Jiw
significa “gente”, es una palabra, un lenguaje, y el nombre de un pueblo indígena asentado en San José del Guaviare, Colombia. Quisiera escribir esta historia en jiw, pero sólo tendría 1.180 lectores. Quisiera hacerlo porque con seguridad sería lo más parecido a narrar la experiencia de investigadores javerianos que, en La Escuela, acompañaron un proceso totalmente ajeno, llevando y trayendo refrigerios, dando la hora o siendo gestores de preguntas, sin entender ni una palabra en conversaciones de horas interminables. Quienes tuvieron que decodificar en las expresiones de líderes y lideresas Jiw que aquella cartilla, que con tanto esmero había sido construida por expertos, profesores e investigadores en Bogotá, no les decía nada.

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Jiama
significa “no indígena”

La Escuelita fue de doble punta, porque los investigadores tuvieron por fuerza de las circunstancias que aprender que quizá un buen número de clases, sentados en un pupitre, copiando en el cuaderno, carecía de humanidad. “Los módulos, que eran cinco y estaban consignados en cartillas, fueron creados desde unos escritorios desde aquí, Bogotá. Cuando teníamos las cartillas impresas fuimos, en noviembre del 2016, y montamos La Escuela por primera vez en dos geografías: Cauca y Guaviare”, narra Juan Eduardo Ortega, ecólogo javeriano, investigador del Centro de Alternativas al Desarrollo (Cealdes) y coordinador de campo para este proyecto.

Aquellas dos geografías fueron experiencias diametralmente distintas, usando las mismas cartillas y participando el mismo equipo. “En San José del Guaviare trabajamos con indígenas y campesinos, y en el Cauca, casi al mismo tiempo, con comunidades afro de Villa-Rica y Padilla”, añade Ortega, quien resalta que ahí estuvo el segundo gran aprendizaje: “No es fácil tener una cartilla genérica que lo abarque todo”.

Pronto se superó la cartilla, que era distante, impersonal, fría, genérica. Y los investigadores, comenta, descubrieron que su rol no era el de imprimir y repartir conocimiento: “Si hubiera sido la cartilla lo que imaginábamos en Bogotá mandamos a imprimir cartillas en cantidad y las repartimos en todas las regiones y se mejora la cosa, y salen líderes así de la nada”.

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Visión jiw

Esa primera experiencia había dejado más preguntas que respuestas. ¿Aquellos líderes, que habían asistido a La Escuela, podían replicar y enseñar lo aprendido en sus comunidades? ¿Se les había dado los elementos para hacerlo? ¿El conocimiento que se les enseñó les era útil? ¿Aprendieron más los investigadores o las comunidades?

Los interrogantes dieron cabida a la segunda etapa de La Escuela, la cual fue dictada en San José del Guaviare a profesores y profesoras de la comunidad jiw y también a campesinos de la región.

Fue un periodo de conversaciones intensas sobre interculturalidad y conflicto, en las que participaban los jiw, hablaban tan rápido y fluido que los investigadores tuvieron que resignarse a no participar en ellas, atender a los asistentes y hacer preguntas cuando la conversación jiw lo permitía. Aquí se chocaron con un factor que había pasado desapercibido: el lenguaje. “Los alumnos de la réplica no sabían español. Fue difícil porque ellos hablaban entre ellos en jiw, y nosotros no entendíamos nada, era difícil, se burlaban de nosotros”, narra María Elvira García, antropóloga e investigadora del Proyecto.

La lengua empezó a ser muy poderosa, “pero también logramos interactuar desde otros lenguajes, por ejemplo, los dibujos”, añade García, lo cual empezó a arrojar rasgos de la comunidad que no habían sido tenidos en cuenta en las cartillas.

La réplica planteó un nuevo reto. Al final del proceso, los investigadores se reunieron con quienes habían sido los profesores y profesoras jiw y les preguntaron sobre la experiencia ¿Qué les habían aportado las cartillas? Ellos respondieron: “Es bueno tener cartilla, pero es que esto es cartilla de jiama, ¿y por qué nos dan una cartilla de jiama si somos jiw?”.

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Traducir de jiama a jiw

La generación de nuevos contenidos que adaptaran las cartillas a jiw convocó a los investigadores a escribir en poco tiempo desde una óptica y ortografía indígena, . Lo cual solo era posible si se construía desde la comunidad, y fueron ellos mismos quienes se enfrentaron al reto de escribir su propia lengua.

El equipo de sociólogos, ecólogos, antropólogos, biólogos, entre otros profesionales, necesitaba nutrirse de otras disciplinas. Ahí surgió la búsqueda por quiénes podían acompañar el proceso de adaptación jiw. “Yo no soy traductora de lenguas indígenas, tocaba trabajar con traductores de la comunidad. Era un gran reto escribir en una lengua que no tiene una tradición escrita sino oral”, explica Angélica Ávila, lingüista de la Universidad Nacional de Colombia y magister en Sociolingüística del Proeib Andes, quien se sumó al proyecto a dos meses de concluir. “Fue una grata experiencia por el tiempo, pero también por la gran apuesta de no solo generar contenidos en jiw sino la apropiación, por parte de la comunidad, de su lengua escrita y la generación de un espacio para usarla.”.

La lengua jiw tiene una transmisión intergeneracional fuerte. Los niños la aprenden antes del español, es su lengua materna; sin embargo, al ser de tradición oral, es difícil encontrar información sobre cómo debe escribirse.

En Colombia hay unas 68 lenguas en total, aunque no todas en el mismo nivel de descripción lingüística. El jiw es poco estudiado, fue descrito por Nubia Tovar, investigadora de la Universidad de los Andes, quien trazó los esbozos iniciales de una gramática y su descripción a varios niveles, pero su investigación es la única consignada en libros. Por otro lado, el Instituto Lingüístico de Verano, cristiano-misionero, hizo estudios desde los años 50 y elaboró un alfabeto con el fin de traducir la Biblia para los jiw, el cual, según Ávila, fue usado en el proyecto de La Escuela.

La comunidad se sentaba en grupos y hablaba. Como disfrutan hablar, resaltan los investigadores, nunca un tinto tomó tanto sentido como en esos espacios de conversación. Y entre charla y charla empezaban a definir los temas que, para ellos, eran cultural y tradicionalmente sagrados y debían estar consignados en su cartilla: “Ellos nos decían: ‘Tiene que estar el dios Naechakba, porque él está en el río y es el que trae los peces’”, cuenta la lingüista del proyecto.

Luego empezaban a escribir divididos en grupos, como ellos, desde sus conocimientos ancestrales, creían que debía estar escrito, teniendo en cuenta el alfabeto propuesto por el instituto misionero. Ponían en la pared una hoja y cada grupo decidía una forma de escritura para un tema específico, luego rotaban. “Ocurría que, al pasar otro grupo para la validación, veían que no tenía sentido. Los jiw por primera vez escribían algo que siempre había sido oral, y fue una gran sorpresa ver que inevitablemente el sentido se transformaba”, recuerda Ávila.

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De lo escrito a la ilustración 

“El trabajo con la ilustración va más allá de generar imágenes bellas. Todo debe ser puesto en discusión, desde la paleta de color”. Esa es la concepción a la que llegó Jason Fonseca, ilustrador y sociólogo javeriano, tras sumarse a la traducción de la cartilla jiw de la palabra escrita a la ilustración.

La mirada de la comunidad es muy iconográfica, cercana al uso de pictogramas, de la pintura corporal con significados y a lo simbólico. A eso se suma un televisor en medio de la maloca y el celular en la mano, lo que les permite tener una relación permanente con la imagen.

El sentido de esta parte del proyecto no era aprovechar la oportunidad para ilustrar una comunidad indígena sino para preguntarles a los jiw: ¿qué querían hacer? ¿Qué necesitaban decir? ¿Cómo querían verse representados? ¿Qué querían transmitir a futuras generaciones y a ellos mismos? “Y nosotros, de alguna manera, debíamos facilitar y mediar esos objetivos”, cuenta Fonseca sobre el inicio de su experiencia como ilustrador de la cartilla.

Hubo dos etapas vitales: la primera fueron los talleres, que apuntaban a cómo debían estar ilustrados los jiw en la cartilla. “Yo me sentaba con la comunidad, ellos con papel y lápiz en mano, y les preguntaba: ¿Cómo es un jiw?”, rememora. Se dibujaron entonces con taja-taja (conocido coloquialmente como taparrabo), con un arco y una flecha, aunque el ilustrador señala que ellos no se reducen a esos elementos que los no indígenas han adoptado para caracterizarlos. Cuando los investigadores tuvieron acceso a una cartilla que había realizado el Ministerio de Educación, se dieron cuenta de que se ilustraba al funcionario público como un hombre de piel blanca, semi-calvo, con un chaleco, y el indígena era un hombre trigueño, de nariz gruesa y con taparrabo, muy similar a lo que habían pintado los jiw en ese primer taller.

Cuando se les dijo que se dibujaran a sí mismos, el nivel de realismo fue sorprendente. “Amparo, una de las líderes jiw, hizo un autoretrato hermoso en el que se dibujó con una falda de flores, se pintó los vellos de las piernas y cargando yuca. Al lado del dibujo se describía como: ‘Amparo, y la mujer jiw es una mujer fuerte’”, narra el ilustrador, todavía emocionado y sorprendido.

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Y, como segundo espacio, se revisaron, borraron o rehicieron las ilustraciones. “Aunque aquí había mucho afán, nos tomamos el tiempo de hacer todas las preguntas y correcciones pertinentes con la comunidad”, señala Fonseca, quien reconoce haber cometido errores en el proceso de tratar de entender lo que los jiw querían representar: “Para la ilustración de cómo cazaban peces, puse a dos hombres en una canoa: uno de ellos cazaba de pie en la parte de atrás, el otro navegaba sentado adelante; los jiw apenas la vieron se rieron, decían: ’Eso está terrible, es como si usted se hubiera puesto los calzoncillos encima del pantalón. Están al revés’”. La imagen y la escritura solo tenían sentido entonces, ambas expresiones se articulaban y los jiw las comprendían, porque ellos mismos habían ayudado a ilustrar cada elemento.

La cartilla Nejkiewaelaliejwa wejew Jiw (Para no olvidar lo nuestro) es una apuesta de trabajo colaborativo entre investigadores y miembros de la comunidad para crear sus representaciones a través de las imágenes y palabras escritas; pensada, a su vez, para una lectura comunitaria.

Los investigadores entrevistados coincidieron en el cambio abrupto de perspectiva que les generaron esos pocos meses para adaptar una cartilla realizada en Bogotá, desde unos escritorios, entre expertos, a jiw y con la comunidad. Los jiw tenían por primera vez una cartilla sin el hombre de piel blanca con chaleco, y sin que estuvieran homogéneamente representados con taja-taja, arco y flecha. Era una cartilla con preguntas jiama pero en jiw y para los jiw, como lo manifiesta la comunidad en la introducción de la cartilla: “Esta es una herramienta para estudiar y trabajar, es un aprendizaje para el pueblo jiw y sobre él. Para los ancianos que no hablan español, queremos que escuchen la lectura de esta cartilla y la entiendan”.

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 TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Construcción colaborativa de contenidos pedagógicos del pueblo jiw
INVESTIGADORES: Tomás Vergara, Carlos del Cairo, Juan Eduardo Ortega, María Elvira García, Natalia Londoño, Nathali Cedeño, Angélica Ávila, Jason Fonseca.
Escuela para la Gestión Comunitaria de Recursos Locales y Construcción de Paz
Facultad de Ciencias Sociales Pontificia Universidad Javeriana
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2018.

 

* Coordinadora de Comunicaciones, Facultad de Ciencias Sociales PUJ

La niña que soñó con ser educadora

La niña que soñó con ser educadora

Cuando les preguntan a los niños qué quieren ser cuando grandes, generalmente contestan “doctora”, “piloto”, “futbolista”. Otros, más extravagantes, responden “¡astronauta!”. Sin embargo, cuando crecen, sus metas cambian y es poco frecuente que se conviertan en los profesionales que soñaban ser de niños. Paula Lucio, sin embargo, es uno de aquellos pocos casos. En su infancia, su respuesta fue “quiero ser profesora de niños”. Y hoy, con 21 años de edad, está a meses de graduarse de la Licenciatura en Pedagogía Infantil.

No esperó hasta entrar a la universidad para empezar a trabajar por el sueño que tenía. En su colegio, cuando cursaba segundo de primaria, le permitieron ser la consejera de los niños del grado de transición: “Me gustaba enseñarles a los que eran más chiquitos que yo”. Así, estaba descubriendo una vocación que reafirmó a lo largo de su vida, primero, siendo profesora voluntaria en una escuela infantil y, más adelante, dando clases en una fundación de niños. Para eso había nacido. Lo que no sabía era que, además de cumplir con la ilusión de su infancia, también se convertiría en investigadora.

En los primeros semestres de su carrera, la invitaron a entrar al mundo de la investigación desde el Semillero de Investigación en Actividad Física, Salud y Deporte de la Pontificia Universidad Javeriana, un camino que la condujo a investigar sobre la neurociencia y la dimensión corporal.

¿Qué tiene que ver la neurociencia con la dimensión corporal y los niños? Que estos, desde la primera infancia, aprenden por medio de su cuerpo y la “neurociencia sugiere que el aprendizaje proviene de la exploración y los sentidos”. Paula Andrea Lucio trajo consigo este tema de investigación hasta el final de su formación profesional. Al principio, participando, junto con los docentes Marlucio de Souza y Sandra Posada, en la realización del artículo científico Physical Education in the Early Childhood: a perspective of investigation in education from the neuroscience, reconocido como el mejor en la decimosexta edición de la International Conference on Education and Information Systems, Technologies and Applications (Eista), en Orlando, Estados Unidos.

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Más adelante, siguiendo esa misma línea de investigación, creó, como proyecto de grado, un material de apoyo pedagógico para educar a los niños por medio de actividades lúdicas y así revolucionar la enseñanza. Por ejemplo, “dentro del juego de la golosa (también conocido como rayuela) se pueden potenciar las matemáticas”, explica, pues allí los niños aprenden a contar, a sumar o a restar.

De todas sus experiencias, recuerda la vez que un niño la insultó. Con el amor y la entereza que exige su profesión, hizo que desde entonces los insultos se convirtieran en abrazos que reflejaban el respeto y cariño de los menores hacia su ‘profe’.

Para ella, todo ha sido una aventura, una expedición en la que a través de su percepción, instinto y labor investigativa ha ido escogiendo caminos y descartando otros para contribuir a la evolución de la enseñanza en los niños y dar sus propios pasos para mejorarla cada vez más. Después de todo, como afirmaba Pitágoras en la antigua Grecia, “enseña a los niños y no será necesario castigar al hombre”. Así cambiará la sociedad. De eso está convencida esta joven investigadora.

Arte, creación e investigación, protagonistas de lujo

Arte, creación e investigación, protagonistas de lujo

Los procesos de investigación-creación se toman las páginas de la edición 45 de Pesquisa Javeriana, que en esta ocasión, y con motivo del III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad que se inaugura mañana a las 5:00 p.m. en el Coliseo del campus universitario, presenta dos proyectos artísticos que abordan problemas como el desarraigo por el conflicto armado y la inmigración desde Venezuela.

Encuentre en nuestras páginas:

  • Informe especial sobre Hermana República, obra que, desde las artes escénicas, aborda el drama de los venezolanos que dejan todo atrás para buscar fortuna en otro país.
  • Reportaje sobre Recetario de sabores lejanos, novela gráfica creada por artistas javerianos que trata los lazos sentimentales y culturales en las comunidades desarraigadas por la violencia.
  • La investigación internacional, con apoyo de investigadores javerianos, que busca una cura par el alzhéimer a partir de la nanotecnología.
  • El estudio sobre la vivienda de interés social que critica la calidad que ofrecen hoy los constructores con la reducción del área habitable.
  • Análisis sobre el proyecto de política pública que impulsa la Javeriana para reforzar la ética al interior del sector científico colombiano.
  • Reportaje sobre el software desarrollado por científicos que simula las condiciones de un desastre natural y así preparar a las poblaciones vulnerables.
  • Perfil de Paula Andrea Lucio, joven investigadora en educación que aplica técnicas de la neurociencia a su trabajo con niños.
  • Con el apoyo de la Oficina de Innovación de la Vicerrectoría de Investigación, ingenieros y médicos crearon un software que permite agilizar la atención a pacientes en las salas de urgencias.
  • Partiendo de los datos de la Encuesta de Salud Mental, investigadores javerianos recorrieron el país para verificar qué tanto tiene que ver la calidad de la vivienda en la depresión o ansiedad sufridas por sus moradores.
  • Humboldtiana neogranadina, la obra de Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana de la Pontificia Universidad Javeriana, que reconstruye el paso de Alexander von Humboldt a inicios del siglo XIX por los paisajes que hoy conforman el territorio colombiano.
  • Infografía sobre la clasificación de los grupos de investigación javerianos en el ranking de Colciencias.

Los interesados en asistir al Tercer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, que se realizará entre el 10 y el 14 de septiembre en el campus universitario de Bogotá, pueden inscribirse en la página del evento.

Si usted desea consultar el contenido de nuestra edición impresa y no es suscriptor de El Espectador, puede acceder a la versión digital de la revista, en formato PDF, por medio de este enlace.

La educación no salva a las niñas

La educación no salva a las niñas

Las cifras surgían, danzaban en la pantalla, y como datos fríos se reproducían sin el menor interés de la gran tragedia que estaban confirmando: ser niña en Colombia es una desventaja. Eso lo tiene claro Luz Karime Abadía, economista, doctora en análisis y políticas económicas y profesora asociada de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana, quien aporta evidencia para entender que a las niñas en Colombia les va tan mal que ni siquiera la educación puede considerarse una tabla de salvación.

Lo demuestra en su investigación Brechas de género en el rendimiento escolar a lo largo de la distribución de puntajes: Evidencia pruebas Saber 11, realizada en conjunto con la profesora javeriana Gloria Bernal, en la cual aplicaron estimaciones econométricas sobre los resultados de las pruebas oficiales, que todos los estudiantes de secundaria realizan en Colombia para acceder a la educación superior. Su resultado confirmó una verdad incómoda, reconocida en el exterior pero subvalorada en el país: las niñas tienen peores puntajes que los niños en las pruebas que definen su futuro profesional.

“Encontramos que las brechas de género no son homogéneas a lo largo del país, hay departamentos donde son mucho más grandes, otros donde no hay diferencia y los demás, que son muy pocos, donde a las niñas les va mejor en matemáticas y en ciencias”, explica Abadía.

Su interés por el tema surgió hacia 2013, cuando cursaba su doctorado en la Universidad del País Vasco. Analizando las conclusiones de las pruebas PISA aplicadas en 2012, se interesó en ahondar en una verdad de las pruebas estandarizadas según la cual a las mujeres les va peor en matemáticas y ciencias porque su gran fuerte es el lenguaje. Una primera consulta en la bibliografía le permitió encontrarse con trabajos de psicólogos como Kim Cornish, Diane Halpern o Ann Gallagher, según los cuales existe una predisposición biológica en el cerebro femenino que lo hace diferente al masculino en lo que concierne a su funcionamiento, los patrones cognitivos y las habilidades viso-espaciales.

Pero había algo que no cuadraba: aquella brecha era significativamente menor (incluso no existía) en los países desarrollados, como los escandinavos, que habían implementado políticas de género para erradicar las diferencias abismales en el mercado laboral o en la educación. Al analizar los datos existentes, esa distancia entre niños y niñas se ampliaba en los países en vía de desarrollo, en especial en los latinoamericanos, lo que la llevó a consultar la obra de sociólogos, antropólogos o economistas, como David Baker, Catherine Riegle-Crumb o Roland Fryer Jr., donde se aseguraba que el potencial de las niñas se consolidaba bajo sociedades igualitarias.

Aquella pista le indicó que el de Colombia podía deberse, ante todo, a una cuestión cultural. “Desde pequeños nos condicionan con qué jugar: las niñas con muñecas y los niños arman y desarman Legos”, asegura, resaltando que el mensaje es tan poderoso que se va replicando en aspectos trascendentales como la escogencia de una carrera profesional: “La sociedad condiciona sus elecciones, y terminan preguntándose por qué tienen que ser tan buenas en matemáticas si van a estudiar otra carrera”.

Un primer artículo, redactado como parte de su tesis doctoral sobre brechas de género en la educación y salarios, vio la luz en 2014, pero algo le decía que no era suficiente para indagar sobre esta tragedia. Un año después, ya como parte del grupo de investigación en Política Social del departamento de Economía de la Javeriana, ganó una convocatoria del ICFES para promover la investigación de sus bases de datos. El grupo se decantó por analizar el examen de entrada a la educación superior: “A diferencia de PISA, las pruebas Saber 11 permiten saber qué es lo que pasa en cada departamento”, explica Abadía.


Una confirmación preocupante

La primera parte de la investigación se basó en un análisis descriptivo de las pruebas Saber 11 aplicadas en 2014 a 504.085 estudiantes, de los cuales 54,4% fueron niñas. Por medio de una operación simple, la resta de promedios, se pudo evidenciar que, en el puntaje global, los niños obtuvieron 5,8 puntos más que sus compañeras; un resultado similar se obtuvo en las pruebas de matemáticas (2,2) y ciencias (2,9), ambas favorables a los alumnos, mientras que el lenguaje el resultado es positivo a las niñas por una diferencia mínima: 0,64 puntos.

“Nuestra brecha es la peor en matemáticas frente al resto de países del mundo”, asegura Abadía, y apunta a que la situación pasa de castaño a oscuro cuando se habla de la competencia de lenguaje: “Algo está pasando con las niñas en el país, pues, en las pruebas que les favorecen, son las colombianas las que tienen la menor ventaja frente a los niños en el mundo”.

Para poner este punto en perspectiva, el análisis que la OCDE y la Fundación Santillana realizaron de las pruebas PISA 2015 (las de aplicación más reciente) sostiene: “En el conjunto de los países que participaron en PISA, el rendimiento promedio en lectura de los chicos es inferior al de las chicas. Sin embargo, en los diez países iberoamericanos analizados en el presente informe, excepto la República Dominicana, la brecha es menor que en el conjunto de los países de la OCDE en promedio”.

A simple vista, se podría inferir que esta diferencia de género se puede rastrear fácilmente por la calidad de educación, y señalar a las ciudades capitales como las de menores distancias entre niños y niñas, pero, de nuevo, se trata de una suposición equivocada: la quinta peor brecha de género es la de Bogotá, Antioquia tiene la décima, el Valle del Cauca se queda con la décima quinta y Atlántico, con la vigésima octava. Solo cinco departamentos muestran una distancia favorable a las niñas en el país: San Andrés, Guainía, Vichada, Magdalena y Chocó (ver gráfico).

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El liderazgo
insular, no obstante, tendría matices: “Necesitaríamos más información para analizarla, pero es posible que exista una baja cobertura porque los jóvenes dejan la educación para trabajar y rebuscarse la vida. Así, es posible que aquellas niñas que no desertan durante el bachillerato sean las de mejor rendimiento académico, sesgando la muestra”.


Las cifras frías

“Solo restar los promedios no es una buena medida, es solo un indicio”, explica Abadía, como un preámbulo de lo que significó la siguiente parte de su investigación: “Las diferencias en el rendimiento dependen de muchas variables, como la educación de los padres, si se estudia en colegio público o privado, si se vive en área rural o urbana, si se estudia en la capital o en otro lugar, la composición de la familia (si el hogar es disfuncional o con papás separados, o si vive con familiares no familia nuclear)”.

Para controlar todas las variables que pudieran explicar las razones de esta desigualdad entre géneros, los investigadores aplicaron técnicas econométricas como la de mínimos cuadrados ordinarios (para hallar criterios poblacionales) o la regresión cuantílica (para determinar las distancias entre grupos de resultados). Así fueron saliendo a la luz otros datos que generan escalofríos, por ejemplo, que en los puntajes altos, considerados como los mejores, las niñas obtienen 13 puntos menos que los niños; en los medios, esa distancia baja a seis puntos; y en los bajos, no hay diferencia considerable. Esto indica que entre mejor desempeño académico se tenga, mayor es la brecha de género.

El análisis iberoamericano de PISA 2015 ofrece una interpretación: “Las niñas en los países iberoamericanos refieren mayores niveles de ansiedad que los chicos al abordar la materia de las matemáticas y una menor confianza en su capacidad para resolver con éxito los problemas matemáticos. Estos sentimientos negativos, que a menudo se originan en los estereotipos respecto a las asignaturas «masculinas» y «femeninas», pueden desalentar a las mujeres jóvenes que son capaces y están interesadas en las matemáticas o las ciencias, en cuanto a la opción de emprender diversas carreras en el ámbito de las ciencias, la tecnología o la ingeniería”.


El origen de la desventaja

El análisis de los datos regresó a Abadía a sus años de colegio en Arauca, la capital del departamento homónimo (su investigación arrojó que allí es donde se encuentra la peor brecha, por encima del 10%). Aún mantienen vivo el comentario que uno de sus profesores solía hacerles a ella y sus compañeras cuando se equivocaban en alguna respuesta: “Niñas, la cabeza no es solamente para ponerse moños”.

Es en este tipo de estereotipos donde se originaría la razón de las abismales diferencias entre sexos. Los estereotipos masculinos se van inculcando desde pequeños, señalando verdades culturales que, por la edad, parecen irrefutables, como que las niñas son débiles y los niños fuertes; ellas tienen su lugar en la casa y ellos deben salir a trabajar. “Los llanos son una región muy machista, y suele escucharse que los padres se esfuerzan por mandar el niño a la universidad, pero que la niña aprenda a cocinar, que debe conseguirse un buen marido y ya”, dice.

Aunque se antoje una realidad lejana, en el día a día tiene implicaciones serias sobre el rol que tienen las mujeres en la vida laboral. “A pesar de los avances conseguidos en términos de equidad, sobre los hombros de la mujer sobre los hombros de la mujer continúa estando mayoritariamente el cuidado del hogar, y ahora se suma que debe aportar económica y profesionalmente a la sociedad” explica Félix Antonio Gómez, decano de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, quien agrega: “Eso, además de generarles una sobrecarga, no les permite a las mujeres definir un horizonte claro desde y para ellas mismas, ni les facilita tomar decisiones frente a su futuro”.

A veces, simplemente, no tienen otra opción. Sobre todo cuando se considera que las pruebas Saber 11 son el pre-requisito no solo para entrar a la educación superior, sino para acceder a becas y programas de apoyo, como Ser Pilo Paga, que garantiza la entrada a las mejores universidades del país y ayuda a financiar el costo de una carrera profesional, pero un puntaje tan desfavorable pone a las estudiantes muy lejos de las llamadas carreras STEM: todas las relacionadas con las ciencias, las matemáticas, la tecnología y la ingeniería. “Está demostrado que son las carreras que tienen los mejores salarios promedio en el mercado laboral, que son las que se necesitan para hacer doctorados de relevancia e innovación”, explica Abadía.

De esta forma se está condenando a las niñas colombianas a una vida por debajo de su mayor potencial, porque esas diferencias difícilmente se superan cuando ejercen su profesión. “En proporción, las mujeres que se gradúan de pregrado son un 52% frente a los hombres, pero eso cambia cuando deciden hacer estudios de posgrado en carreras científicas. Ahí, inmediatamente, cambian las cifras y comienza a aumentar el número de hombres”, explica Ángela Camacho Beltrán, doctora en Física, profesora de la Universidad de los Andes y presidenta de la Red Colombiana de Mujeres Científicas.

Su experiencia laboral está en el campo de la investigación, en el desarrollo de proyectos de innovación científica y tecnológica, y en ese campo ha comprobado que las mujeres parten con desventaja: “Las posiciones altas a nivel administrativo y los cargos de responsabilidad y de dirección son, generalmente, de hombres. Hay muy poquitos grupos de investigación dirigidos por mujeres porque ellas le pueden dedicar menos tiempo al trabajo de investigación, precisamente, porque tienen que responder en la casa por un número de tareas que se les ha asignado desde que son niñas. Y eso hace que, en el trabajo, prefieran tomar responsabilidades de segunda y tercera categoría. Pueden hacer un trabajo muy bueno pero nunca serán jefes de laboratorio”.


¿Hay alguna salida?

A la hora de discutir, pensar, proponer una solución a este problema, todo apunta a una quimera: se necesita un cambio cultural profundo en la sociedad colombiana. Uno que le enseñe a los hombres que las mujeres, primero, pueden aportar a la par de ellos; segundo, que las tareas del hogar no están condicionadas a un género y no pueden ser la excusa para hacer un estudio de posgrado; y tercero, que la educación es un elemento tan valioso como para dejar a la mujer a un lado.

De allí que sea vital eliminar los estereotipos que, en el subconsciente colectivo, rebajan el papel femenino en la sociedad. “Es muy importante resaltar el papel de mujeres sobresalientes. Eso hace la diferencia porque es un mensaje que cala en las niñas; en un modelo de roles aspiracionales, las niñas quieren ser como ellas, imitarlas”, señala Abadía. En su investigación encontró que el 52% de las madres de quienes presentaron las pruebas Saber 11 en 2014 estaban dedicadas a las labores domésticas, mientras que el 98% de los padres tenían un trabajo fuera de casa.

A nivel del sistema educativo, es vital empoderar la figura del profesor, seguir pasos como los de Finlandia donde los salarios más altos de destinan a los docentes y se les exige que tengan, mínimo, maestría obtenida en las mejores universidades del mundo. La experiencia escandinava ha demostrado que los mejores profesionales forman a los estudiantes sin estereotipos de género que incidan, más adelante, en desventajas educativas. O que desemboquen en desigualdades profundas al interior del hogar, en aspectos como la división de las tareas domésticas o las responsabilidades financieras.

De hecho, es en este campo en donde se concentra buena parte del trabajo de la Red de Mujeres Científicas. “Con las niñas de Quinto a Once, hemos hecho actividades en colegios privados para motivarlas, para que no generen miedo hacia las ciencias y las matemáticas, para que sigan por ese camino y se convenzan de sus capacidades. Estamos tratando de hacer un convenio con la Secretaría Distrital de la Mujer, en Bogotá, para extenderlas a los colegios distritales”, cuenta Camacho, y explica que su iniciativa está adscrita a la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Su trabajo también se enfoca en las universitarias, a quienes les enseñan a estructurar proyectos de investigación y a someter sus resultados en publicaciones científicas, además de asumir los ambientes laborales en igualdad de condiciones. “La mujer siempre tienen la sensación de que tiene que ser perfecta. Y, como no puede lograr hacerlo todo perfecto, no pelea para que su salario sea bueno”, explica.

También los expertos recomiendan promover políticas y legislación que favorezcan a las mujeres, como la posibilidad de ascender en los escalafones dentro del sector académico o que les facilite el ascenso laboral en otros campos cuando hay niños pequeños. Medidas como las guarderías en el sitio de trabajo o una ley mucho más favorable cuando se está en embarazo o se tienen hijos recién nacidos, puede impulsar a que las mujeres desarrollen su máximo potencial profesional.

Parecen pasos pequeños, pero los separa un inmenso abismo. Basta mirar las cifras de Medicina Legal para encontrar que, en 2016, el 59,13% de los casos de violencia intrafamiliar se produjo hacia las mujeres, quienes también fueron víctimas del 86% de los casos de violencia de pareja y del 73,98% de los de delito sexual.

En casa está la respuesta para que Colombia deje de ser ese país donde ser niña es sinónimo de una tragedia diaria y un futuro desolador.