Por casi 200 años, el mundo médico ha usado la misma fórmula para clasificar el peso de las personas: el Índice de Masa Corporal, o IMC (peso/estatura²). Ahora, una comisión internacional de científicos, respaldada por 75 organizaciones médicas, propone dejar el IMC como criterio único para diagnosticar obesidad. La iniciativa busca terminar con décadas de diagnósticos erróneos y estigmatización, y plantea que la obesidad ya no sea considerada una enfermedad, sino un factor de riesgo.
Este grupo de científicos define la obesidad como una condición caracterizada por un exceso de grasa corporal, llamado adiposidad. Reconoce además que este exceso de grasa tiene causas multifactoriales que aún no se comprenden completamente. “El sesgo y el estigma relacionados con el peso son obstáculos importantes en los esfuerzos por prevenir y tratar eficazmente la obesidad”, dice la investigación publicada en The Lancet.
¿Por qué el índice de Masa Corporal resulta erróneo para el diagnóstico de pacientes? Natalia Poveda, profesora de Nutrición y Dietética de la Pontificia Universidad Javeriana, explica que es una medida simplista frente a una condición compleja. “Basar el diagnóstico principalmente en el peso no es adecuado porque el IMC de una persona no refleja solo la grasa, que es lo verdaderamente problemático para la salud. Refleja, además, el peso de los músculos y los huesos”, explica Poveda.
Al ser una relación entre el peso y la altura, esta fórmula no aporta suficiente información del estado real de salud de esa persona. Así lo ejemplifica la docente: dos personas que midan y pesen lo mismo, pueden tener el mismo IMC. Pero una de ellas, que practique algún deporte de fuerza, tendrá mayor cantidad de masa muscular. En la otra persona el mismo peso puede corresponder a grasa. El índice no permite diferencias entre estos dos casos.
El IMC se creó en 1832 para tener datos estadísticos de poblaciones como barrios, ciudades e incluso países, pero falla cuando se trata de evaluar a una persona específica en el consultorio. Para la comisión de The Lancet un diagnóstico real implica identificar la cantidad de grasa, en dónde se ubica y cómo afecta el funcionamiento de los órganos del paciente.
“No es lo mismo tener grasa en los brazos o piernas que tener exceso de grasa a nivel abdominal”, explica Poveda. El problema está en la grasa visceral, que se acumula y puede afectar los órganos abdominales, principalmente el hígado y el corazón. Por ello, sostienen los expertos, la obesidad o el exceso de grasa no debería ser considerada una enfermedad en sí misma, sino un factor que puede incrementar el riesgo de enfermedades crónicas como la diabetes, enfermedad coronaria, problemas vasculares y cerebrales.
Por todo esto, la comisión de The Lancet propone abandonar el diagnóstico basado únicamente en el IMC y, en su lugar, confirmar el exceso de grasa mediante mediciones más precisas como la circunferencia de cintura, la relación cintura-cadera, la relación cintura-estatura, o incluso medición directa de grasa corporal mediante estudios especializados y valores de corte adecuados a la edad, el sexo y la etnia.
La propuesta de una nueva clasificación de obesidad
El llamado más importante de esta publicación es a prestar un diagnóstico y un tratamiento personalizado a las particularidades de cada paciente. Por eso define dos categorías distintas de obesidad: la clínica y la preclínica.
La obesidad clínica es aquella en la que el exceso de grasa ya impacta en el funcionamiento de los órganos del paciente o su capacidad para realizar actividades cotidianas. “Estas personas padecen una enfermedad crónica en curso”, explica Poveda. Es decir, ya hay consecuencias médicas concretas: problemas cardiovasculares, diabetes activa, dificultad para caminar o realizar tareas diarias.
Las personas con obesidad clínica deben recibir un tratamiento oportuno basado en la evidencia y enfocado en la mejoría de las manifestaciones clínicas de la obesidad y en prevenir el terminal de órganos, sugiere el panel de expertos. Luis Miguel Maldonado, jefe de Endocrinología del Hospital Universitario de la Universidad Nacional de Colombia (HUN), añade que estas personas requieren una intervención como quien trata una enfermedad: con equipos multidisciplinarios, posibles medicamentos y acompañamiento integral.
Por otra parte, la obesidad preclínica es aquella en que existe exceso de grasa corporal, pero la función de los órganos no se ve comprometida y no hay enfermedades en curso. Es decir, son pacientes que, aunque tengan un exceso de grasa, esta no afecta su salud ni su rutina. Estas personas tienen un mayor riesgo de desarrollar obesidad clínica y otras enfermedades crónicas, asegura la publicación.
Por ello sugiere que las personas con obesidad preclínica reciban asesoramiento sanitario basado en la evidencia y que estado de salud sea monitoreado a lo largo del tiempo. Asimismo, que, cuando corresponda, reciban la intervención adecuada para reducir el riesgo de desarrollar obesidad clínica.
La comisión argumenta que esta distinción es fundamental porque evita el tratamiento excesivo de personas que no lo necesitan, mientras dirige recursos médicos hacia quienes más lo requieren.
El peso invisible del estigma
Más allá de los números y las mediciones, la obesidad carga con el estigma social. “Perezosos”, “vagos”, “descuidados”, “holgazanes”, son algunos de los calificativos que reciben las personas con sobrepeso y obesidad. Tanto la publicación de The Lancet, como los especialistas consultados por Pesquisa Javeriana, coinciden en que estas condiciones son multifactoriales, es decir, dependen de variables genéticas, biológicas, de sistemas alimentarios, políticas públicas e incluso, del entorno socioeconómico. Por esto, culpar al paciente es estigmatizante y equivocado.
Maldonado, también profesor de la Universidad Nacional de Colombia, plantea que incluso, desde la atención médica y de salud, se reproduce dicha discriminación. “Si la persona viene a consulta por un dolor de rodilla e inmediatamente le digo que tiene que bajar de peso, estoy generando un sesgo”, asegura.
Por ello, tanto en sus clases, como en el grupo que dirige en el HUN, recomienda pedir permiso a los pacientes para iniciar la intervención de una persona con exceso de peso. Pedir permiso antes de hablar del peso de alguien parece una idea extraña, aún más para el personal médico, pero Maldonado sostiene que es una medida empática y ética en los consultorios.
El lenguaje es fundamental en la relación profesional de salud-paciente. “Uno no debe tratar a las personas como la enfermedad. No se debería usar términos como ella es obesa’ porque eso convierte una condición en su identidad. Debería decir ‘ella tiene obesidad’, que la reconoce como una condición de salud entre muchas otras facetas de la persona”, asegura la investigadora Poveda.
Ambos especialistas recomiendan que, desde la atención en salud, pero también desde otros espacios, se exija un trato respetuoso sobre la condición del cuerpo. “Las personas con sobrepeso y obesidad no solo se sienten victimizadas o maltratadas en consulta, sino además en el trabajo, en la piscina, en el colegio, en la calle”, dice el profesor Maldonado.
“Uno no tendría por qué estar hablando de los cuerpos de la gente. Yo no tengo por qué estar hablando del cuerpo de los demás, eso es irrespetuoso”, agrega Poveda.
En ese sentido, la comisión escribió en The Lancet: “El sesgo y el estigma relacionados con el peso pueden afectar negativamente la autoestima, la salud mental, el rendimiento escolar, la participación social, los trastornos alimentarios o la alimentación desordenada, y las conductas poco saludables de control de peso”.

Hacía una reglamentación más saludable en Colombia
En 2009 se sancionó la Ley 1355, que define la obesidad como una enfermedad crónica. Sin embargo, ha tenido dificultades para ser implementada. Para Maldonado, reconocer la obesidad como enfermedad no es un tecnicismo legal. Por el contrario, significa que las personas tienen la oportunidad de acceder a intervenciones en su EPS, atención por equipos multidisciplinarios, con medicamentos, acompañamiento y rehabilitación.
Además, Colombia ha avanzado con políticas que buscan atender estas condiciones de salud de manera integral. La ley de entornos saludables, los impuestos saludables, los impuestos a las bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, el etiquetado frontal de advertencia sobre exceso de azúcares, sodio, grasas saturadas o calorías, son algunas de las políticas públicas que apuntan a que la responsabilidad sea compartida en la sociedad y no exclusiva de los individuos.
No obstante, para la profesora Poveda, las políticas públicas no son suficientes si no se acompañan de cambios en los ambientes. “Si yo estoy inmersa en un contexto donde no hay parques, donde no puedo caminar, donde no hay comida saludable asequible ¿cómo puedo cambiar mis hábitos?”, alerta la docente. Los llamados ambientes obesogénicos, espacios que promueven el sedentarismo y la mala alimentación, explicarían, en parte, los altos índices de obesidad.
Recomendaciones para un abordaje integral y empático de la obesidad
La obesidad es una condición que depende de muchas variables y que, por la presión social, se vuelve muy compleja para tratar. Por ello los expertos hacen las siguientes recomendaciones para brindar un mejor abordaje y tratamiento:
Para el personal de la salud
- Pedir permiso antes de abordar el peso de un paciente.
- Evaluar la funcionalidad, no solo el peso.
- Usar mediciones complementarias al IMC que permitan conocer la composición corporal de cada paciente.
- Atención de equipos multidisciplinarios: nutricionistas, endocrinólogos, psicólogos, fisioterapeutas deben trabajar en cada paciente con obesidad.
Para las personas con obesidad:
- Entender que no solo es una responsabilidad individual. La obesidad también depende de factores genéticos, biológicos, sociales, del ambiente.
- Exigir una evaluación médica completa.
- Reconocer la diversidad corporal. No existe un cuerpo ideal.
Para la sociedad:
- Mejorar los ambientes para que sean más saludables. Esto incluye parques accesibles, ciclovías, acceso a alimentos saludables.
- Regular los ambientes escolares. Muchos de los hábitos alimenticios se aprenden en escuelas y colegios y deberían existir mejores alimentos en estos espacios.
- Dejar de comentar sobre los cuerpos ajenos. Los comentarios más cotidianos sobre el aspecto físico de otros generan fuertes estigmas.
La propuesta de la comisión de The Lancet llega luego de décadas en las que el índice de Masa Corporal ha llevado al diagnóstico erróneo de millones de personas. Con esto, el estigma empeora los resultados de salud y por ello se requieren herramientas más precisas para diagnosticar y tratar una condición que afecta a más de la mitad de los colombianos, según XXX.
“Ha habido evidencia de estos últimos 20 años respecto a qué estamos haciendo bien y qué estamos haciendo mal en relación con el exceso de peso. Lo que la evidencia muestra es claro: necesitamos cambiar”, reflexiona el profesor Maldonado. Este cambio no requiere tecnología costosa o medicamentos nuevos. Es cambiar cómo se piensa, se diagnostica, y se trata la obesidad.
“Nuestra esperanza es que este replanteamiento pueda informar las políticas de salud pública, facilitar la identificación de objetivos apropiados para las estrategias de prevención versus tratamiento y contribuir a superar conceptos erróneos que refuerzan el sesgo y el estigma basados en el peso”, finaliza el documento publicado en The Lancet.



