“Durante la pandemia las mujeres quedaron encerradas con sus agresores”, Linda Cabrera

“Durante la pandemia las mujeres quedaron encerradas con sus agresores”, Linda Cabrera

La emergencia sanitaria generada por la Covid-19 ha impactado a diferentes sectores de la sociedad de manera indiscriminada, pero no al mismo nivel. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) revela que ciertos grupos sociales que ya se encontraban en condiciones de vulnerabilidad, como el de las mujeres, se han afectado más, agudizando las desigualdades sociales y de género.

Con la intención de comprender esta problemática, en el marco del conversatorio Violencia contra las mujeres en Colombia, emergencia nacional, el Instituto de Salud Pública de la Pontificia Universidad Javeriana habló con Linda Cabrera, directora de la Corporación Sisma Mujer, Adriana Benjumea Rúa, directora de la Corporación Humanas Colombia; y Alejandra Coll, integrante del grupo de trabajo en género de la Comisión de esclarecimiento de la verdad. Las tres son abogadas, feministas, promotoras y defensoras de los derechos humanos de las mujeres.

La Covid-19 pone la lupa a la difícil situación de las mujeres en Colombia

En términos de género, las desigualdades han quedado en evidencia durante la pandemia, por ejemplo, con el incremento de la tasa de desempleo del país, especialmente en mujeres.

Según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el desempleo de los hombres para el periodo de septiembre a noviembre del 2020 fue de 10,9 % frente a 19,6 % para las mujeres. Durante este mismo trimestre del 2019 las tasas habían sido de 7,6 % y 12,6 %, respectivamente. No solo creció el desempleo en general, sino que el mayor impacto ocurrió en la población femenina.

Sin embargo, esto no significa que las mujeres estén desocupadas; la realidad es que ellas siguen trabajando, es decir, “están sin trabajo en términos de que no son remuneradas, pero se encuentran día a día ejerciendo labores de cuidado (acompañamiento a los niños en el aprendizaje desde casa; cuidado de los niños, adultos mayores; tareas domésticas; entre otras). Entonces, la llamada economía del cuidado es una explosión, estamos produciendo y trabajando más, pero sin recibir un reconocimiento económico por esto”, aseguró Linda Cabrera, de la Corporación Sisma Mujer, durante el diálogo.

Ahora bien, los sectores generalmente feminizados han sido los más golpeados, explica Cabrera, trabajos como los hoteleros, domésticos y restaurantes, son algunos de los más fáciles de suspender debido a las restricciones, lo que además implica que más mujeres no puedan pagar y acceder a los servicios de salud. A esto se adhiere otro efecto secundario de quedarse sin trabajo: la falta de independencia económica.

“Perder el empleo, para nosotras y a diferencia de los hombres, no solo significa pasarla mal, sino que para una mujer es un riesgo inminente de violencia contra ella y sus hijos e hijas, porque pasa a depender económicamente de alguien y es aquí cuando se activan relaciones de poder que terminan escalando a escenarios de agresión, maltrato y las diferentes formas de violencia”, describió Cabrera.

Un problema de cifras

En el informe de la Situación de los derechos humanos en Colombia, la ACNUDH explica que aunque los registros de los hechos violentos hacia la mujer demuestran un considerable descenso, esto no se debe precisamente a la disminución de dichas prácticas, sino a las limitaciones para acceder a servicios de denuncia durante la crisis sanitaria.

El sistema para denunciar presenta falta de recursos tecnológicos para la atención virtual en Comisarías de Familia, colapsan las líneas telefónicas de atención y no hay facilidades de acceso a las valoraciones médico legales. También hay ausencia de cupos en las casas de refugio e insuficiente número de estas casas especializadas para acoger a las mujeres víctimas.

Lo anterior podría explicar la discordancia que hay entre unas cifras y otras, pues durante la pandemia no hay un consolidado certero de la totalidad de casos reportados. Linda Cabrera explicó que la institucionalidad ordinaria, encargada de notificar la denuncia de estos casos de forma oficial, como la Fiscalía o Medicina Legal, reporta una disminución de los casos.

Pero para otras instituciones dedicadas a cubrir género como Sisma Mujer, estos números no coinciden con la realidad. En sus reportes indican que líneas de atención y orientación para mujeres víctimas de violencia como la Púrpura y la 155, entre otras, registran un  incremento del 96,74 % de las llamadas por violencia intrafamiliar en comparación al 2019,  pasando de 12.543 casos (marzo del 2019 al 18 de febrero del 2020), a 24.677 en los mismos once meses del 2020 al 2021.

Por su parte, Alejandra Coll, de la Comisión de esclarecimiento de la verdad, comentó en el evento que, por ejemplo, según disposiciones estatales, todos los municipios deberían tener una casa refugio para atender y acompañar estos casos; sin embargo, de los 1.103 municipios que hacen parte del territorio nacional, son cerca de ocho los que cuentan con estas casas y otros diez tienen convenios con hoteles. Con eso se infringe uno de los preceptos de la Ley 1257 del 2008, por la cual se dictan normas de sensibilización, prevención y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres.

Las abogadas coincidieron en que en el marco de la pandemia uno de los grandes errores fue no prever medidas diferenciales: “las mujeres se quedaron encerradas con sus agresores sin poder denunciar, llamar, sin saber cuáles eran los números a los que podían recurrir, o sin tener acceso a una de estas casas a pedir ayuda. Sin embargo, las instituciones dedicadas a apoyar a las mujeres y las entidades feministas hicieron lo posible por acompañar”, dice la directora de Sisma Mujer.

Ante las distintas problemáticas aquí mencionadas, para las expertas lo que hizo la pandemia fue visibilizar y poner la lupa a aquello que por años permaneció oculto.

Qué acciones implementar para combatir la pandemia que ataca a las mujeres

La invitación de Adriana Benjumea Rúa, directora de la Corporación Humanas Colombia, fue a cuestionar la estructura de la sociedad, sus relaciones de poder y la participación política de la mujer.

En esto coincidió la abogada Cabrera, quien dice que “las respuestas no funcionan porque las normas las siguen dictando los hombres, porque los puestos del poder público los siguen ocupando ellos, la distribución del poder está mal y mientras esto siga así será difícil alcanzar un gran cambio”, y añadió que no se trata de excluir a los hombres sino de tener una igualdad de condiciones y de participación política para construir una mejor sociedad.

Durante el conversatorio las expertas llegaron a la conclusión de que parte de la solución implica un gran cambio social. Este no es un problema solo de las feministas, dijo Benjumea: “para avanzar en la erradicación de las violencias contra las mujeres, el país y el mundo deben participar en la transformación”.

Al respecto, la directora de Sisma Mujer enfatizó: “es necesario que el Estado empiece a trabajar de manera decidida en el tema de la cultura ciudadana, por ejemplo, desde la primera infancia en los sistemas educativos, en los cuales se pueda abordar el tema de la no violencia hacia las mujeres. Hay que generar cambios sociales que implican rediseños en el sistema educativo, en las políticas ciudadanas, de vigilancia, castigos efectivos y no impunidad, entre otros; mientras esto siga siendo así no habrá motivación para que los agresores dejen de cometer prácticas de violencia contra la mujer”.

Abuso sexual y maltrato reducen la capacidad mental

Abuso sexual y maltrato reducen la capacidad mental

Nunca, en sus 29 años de vida, Magdalena ha conocido algo diferente al maltrato, el abandono y la violencia. Abusada de manera repetida desde la infancia, privada de afecto, amenazada de muerte por un paramilitar —padre de su segundo hijo—, la prostitución ha sido su medio de subsistencia. Permanece recluida en un centro de protección apoyado por Bienestar Social del Distrito, adonde acudió dos veces para defender su vida en peligro.

Estrella, de ocho años, pasa los días, aburrida, en la misma institución. Añora el tiempo en que se divertía con su tío, quien organizaba lo que ella llama “fiestas locas”, en medio de una atmósfera de supuesta alegría, con regalos y gratificaciones, como medio para el abuso sexual.

Se trata de historias diferentes en las que, sin embargo, se encuentra un denominador común, a partir de varios tipos de maltrato sufrido: el adelgazamiento o estrechamiento de la psiquis. Es decir, sencillamente, que la violencia —que proviene del mundo externo, pero también de la fuerza-pulsión o impulso psíquico de un sujeto que la misma violencia despierta en él— ha aniquilado “el aparato para pensar-sentir” de estas personas; el bagaje que nos hace verdaderamente humanas tiende a desaparecer en ellas.

Así lo plantea el proyecto de investigación “Dimensiones del funcionamiento mental de la mujer y del menor maltratado”, adelantado durante tres años por las profesoras de la Maestría de Psicología Clínica de la Universidad Javeriana, Nubia Torres y Cecilia Muñoz Vila. Ellas, junto con un grupo de alumnos, intervinieron terapéuticamente a cerca de sesenta personas, entre mujeres y niños, quienes se encontraban bajo medidas de protección, e investigaron su condición psíquica.

¿Cómo sobrevivimos los seres humanos a una atmósfera de terror, como la que ha marcado la vida de estas personas?, se preguntaron. Y lo que encontraron fue el estrechamiento del psiquismo, la reducción de funciones de percepción, atención, memoria, juicio, reflexión, comprensión e imaginación; “la incapacidad de construir en su pensamiento representaciones de seres o hechos distintos de aquellos experimentados de manera concreta; la memoria, el deseo y la previsión están disminuidos”, explican las investigadoras.

En las terapias, las psicólogas hallaron en estos individuos nada más que una sucesión de eventos externos, de realidades que ellos eran incapaces de elaborar o de entender. En sus narraciones, no hay búsqueda de sentidos ni de significado. Son vidas centradas en lo sensorial. El aparato psíquico se estrecha y surge la dificultad para salir de su situación de horror. No hay herramientas para ello.

Por eso, las personas en estas condiciones se ven sometidas a una repetición sin fin de sucesos que corresponden a un patrón que comienza con la tiranía —y muchas veces el abuso incestuoso— del padre, y el frecuente abandono y maltrato de la madre. Sin sentir protección familiar, viven con la ilusión de una “nueva vida” al lado de un hombre que les ofrezca amor y dedicación. Esta ilusión en corto tiempo se transforma de nuevo en la misma tiranía y abuso; el ciclo se reinicia con la misma u otra pareja, con promesas de un cambio, para caer de nuevo en el maltrato.

En medio de ese escenario, la mujer pierde la capacidad de defenderse y, paulatinamente, renuncia a la expresión de sus deseos y al ejercicio de sus propias capacidades: deja de existir psíquicamente.

Los relatos de Magdalena son como las tomas de una película sin director: el yo simplemente se desgarra, desaparece y se aleja de las sensaciones intolerables, como una estrategia de defensa. A Estrella, el abuso sexual la lleva a comprender la vida únicamente como un ámbito de alegría sensorial y excitación desenfrenadas, sin reconocer las diferencias de edad, género o parentesco, que se convierten en límites, y permiten organizar el deseo y establecer los principios de organización psíquica, social y cultural, que a su vez aseguran la permanencia de los vínculos humanos.

No fue fácil para este par de científicas, que han dedicado su vida al estudio de lo consciente y de lo inconsciente como facetas de la mente, asimilar esta realidad de la primacía de lo no psíquico que, seguramente, las llevará a proponer replanteamientos teóricos para su disciplina.

El gran desafío de las ciencias sociales

Las investigadoras reconocen la dimensión del desafío generado por su trabajo y subrayan que la mitigación del problema se daría como resultado de políticas integrales de prevención, iniciadas de inmediato, con horizonte de largo plazo.

“La prevención no es decirles a las personas: ‘quiéranse, no se golpeen’. Se trata de pensar por qué, a pesar de querer a nuestros hijos, a nuestra pareja, no podemos actuar en consecuencia; cómo eso que hacemos tiene una historia larga de experiencias similares en contextos que no ofrecen experiencias contrastantes. Entender que no es problema de buenos y malos, sino de personas que han encontrado la violencia o la sumisión como formas de sobrevivencia. Si no me puedo ver a mí mismo como sujeto digno de cuidado genuino, no voy a poder ver al otro de la misma manera”, puntualiza la profesora Torres.

Se necesitan intervenciones interdisciplinarias que favorezcan los procesos educativos, sociales, de salud y de cultura, que permitan a las nuevas generaciones salir de esa condición particular de supervivencia salvaje.

Para comenzar, es absolutamente indispensable incluir la dimensión psíquica en la atención a la población. Si bien es cierto que las instituciones cumplen con garantizar su supervivencia, no se está atendiendo la necesidad urgente de reconstruir su tejido psíquico.

Muchos de estos propósitos se conseguirían, por ejemplo, si a estas mujeres se les ofreciera un trabajo que les permitiera ir recuperando su lugar en la sociedad, una experiencia acompañada por otros, un ejercicio de crecimiento personal, con espacio para la dimensión psíquica.

En las abuelas hay esperanza

Desde otra perspectiva, las abuelas, que en su momento vivieron experiencias de maltrato, pueden convertirse en una oportunidad de cuidado para sus nietos, atrapados en la telaraña de la pérdida de capacidad psíquica. Este descubrimiento de Nubia Torres dio pie al proyecto titulado “Abuelas y prácticas colaborativas”. La investigadora ha encontrado que, con alguna frecuencia, las abuelas y madres de las mujeres maltratadas ayudan a sus hijas y nietos a encontrar una salida al círculo del horror en el que viven y sostiene: “Es como si, después de los años, ellas pudieran entender lo vivido, incluso, el maltrato infligido a sus propias hijas. Puede haber una reacción a ese modelo de repetición de la historia, porque ahora ellas tienen una relación distinta con sus nietos, y por fin han podido reconstruir una relación con sus hijas. ‘Aprendí a ser mamá, ahora que soy abuela’, dicen, y ello es signo de que su psiquis se vuelve a expandir un poco, en parte porque las urgencias vitales han cedido”.

Mantener los vínculos con la familia

La experiencia en instituciones de protección para los niños maltratados ha llevado a las investigadoras a identificar un problema grave en el difícil camino de la recuperación de los menores y a preguntarse: ¿qué será más grave para un niño: tener una familia que lo maltrata, o perderla del todo y sentir que no hay nadie que tenga interés en él?

El asunto está en que separar definitivamente a los niños de sus familias los priva de los aspectos positivos que estas les puedan dar, escasos pero existentes. Y ello no es posible cuando se plantea una ruptura total de los individuos protegidos con su núcleo de origen. La propuesta tiene que ver, entonces, con destinar parte del presupuesto asignado a los centros de protección, que es inmenso, al trabajo integral con las familias. El grupo ha descubierto que “los padres no son monstruos. Tienen problemas económicos, relacionales, históricos, pero algún gesto amoroso han tenido con ese niño y, si eso pudiera ser recuperado, la esperanza estaría sembrada”.

En definitiva, todo lo que se haga para crear condiciones más benévolas y armónicas en la célula de la sociedad colombiana es poco, con mayor razón, en un país que busca desesperadamente la paz. Para ello, la universidad debe volcarse decididamente sobre la realidad.


Para saber más:
» Instituto Colombiano de Bienestar familiar (ICBF). “Informes especiales. Colombia sin maltrato infantil”. Disponible en: https://www.icbf.gov.co/portal/page/portal/Descargas1/Prensa1/ColombiaSinMaltatoInfantil_180313.pdf. Recuperado en: 22/07/2014.
»Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. (2013). “Comportamiento de la violencia intrafamiliar. Colombia, 2013”. Disponible en: https://www.medicinalegal.gov.co/documents/10180/188820/FORENSIS+2013+7-+violencia+intrafamiliar.pdf/dd93eb8c-4f9a-41f0-96d7-4970c3c4ec74. Recuperado en: 22/07/2014.
»Profamilia. “Violencia contra las mujeres y los niños”. Encuesta Nacional de Demografía y Salud 2010. Disponible en: https://www.profamilia.org.co/encuestas/Profamilia/Profamilia/images/stories/PDF-capitulos/Capitulo-13.pdf. Recuperado en: 22/07/2014.

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