La salsa en la educación sentimental de los colombianos

La salsa en la educación sentimental de los colombianos

Todo comenzó como una explosión

La salsa es un género que atraviesa verticalmente las estructuras sociales de los países y ciudades en los que ha sido adoptado, con una particularidad: se establece principalmente en los barrios populares como resultado de las migraciones poblacionales, especialmente afrolatinas, desde zonas rurales a centros urbanos. La juventud tiene un papel protagónico y diferentes medios de comunicación difunden esta música masivamente. Tales fenómenos son característicos de Latinoamérica durante los años 60 y 70. Posteriormente, la clase media y las élites de las ciudades la apropian y la incorporan a sus actividades sociales, reuniones y festividades de acuerdo con su propia idiosincrasia.

Su evolución como género musical ha sido paralela a la de los diferentes movimientos culturales de la región: mientras en los años 70 estaba íntimamente ligada a los movimientos de vanguardia cultural y al boom de la literatura latinoamericana, lo que tiene como resultado una salsa narrativa con enorme contenido de denuncia social, en los 80 está atada a una comercialización masiva que deriva en el desarrollo de subgéneros enfocados en colonizar otros mercados, con resultados como la salsa rosa o romántica.

La salsa se debe abordar como una experiencia sociocultural similar a la literatura: una manifestación artística que establece una narrativa de la identidad cultural de cada territorio y de la transformación de las ciudades y sus poblaciones. Este es uno de los hallazgos de la investigación de los sociólogos Nelson Gómez Serrudo y Jefferson Jaramillo Marín, en la que estudiaron la evolución de la salsa en Colombia durante más de cuatro décadas.


La vida es un carnaval

La salsa no solo se estableció como una narrativa descriptiva de las estructuras sociales —“en todas las ciudades hay un ‘Juanito Alimaña’ o una chica plástica”, dice Gómez—, pues se convirtió en una forma de entender los sentimientos y las experiencias vitales de quienes la escuchan: una pieza fundamental en la educación sentimental de varias generaciones de colombianos. Las letras de varias canciones son referentes de eventos característicos en los procesos de crecimiento, madurez y sociabilidad de nuestro país. Versos como “pronto llegará / el día de mi suerte” o “no importa tu ausencia / te sigo esperando” forman un vademécum popular al que se acude para expresar vivencias y sentimientos.

El ritmo y la composición sonora del género, junto con la atmósfera desenfadada de la vida de barrio y de las fiestas y las reuniones donde se baila y se escucha, permiten que distintos estados de ánimo —que van desde la melancolía, la rabia o la desesperanza, hasta la alegría, la solidaridad o la confianza— se expresen en la ‘punta del pie’ como una característica festiva de un ritmo que recuerda “que la vida es un carnaval / y las penas se van cantando”.

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La evolución de los espacios salseros de divulgación

La difusión del género ha estado atada a los cambios de los medios de comunicación. Desde las épocas doradas de las productoras musicales, siguiendo la evolución en las formas de distribución de los diferentes sustratos dominantes (discos de acetato, casetes, discos compactos), hasta el dominio de los formatos digitales y las plataformas en línea, la salsa ha sabido adaptarse a las diversas formas de comercialización para permanecer vigente en la cultura popular.

Al igual que en otros géneros, actores en redes sociales, como los críticos en línea y las emisoras en plataformas digitales, han sido vehículos de gran ayuda para la continuidad de su difusión. Paralelamente, cuenta Gómez, eventos como los festivales públicos (Salsa al Parque, en Bogotá, o el Mundial de Salsa, en Cali) o los espacios en las fiestas y carnavales populares de distintas ciudades contribuyen a que el género mantenga su preponderancia.

La trayectoria histórica de la salsa no ha sido ajena a diferentes fenómenos sociales y demográficos, como la desaparición de las fiestas juveniles y populares de muchos barrios tradicionales que eran escenarios de aprendizaje de rituales y artesanías del baile y el disfrute del género. Ante este escenario, han venido emergiendo las escuelas y academias de danza como vehículos de innovación y apropiación del legado salsero, lo que ha llevado a la profesionalización del bailarín y la especialización del bailador, especialmente en la ciudad de Cali.

Por su parte, las emisoras comerciales dedicadas a la salsa han desaparecido paulatinamente: Latina Estéreo, de Medellín, es una de las pocas que transmite salsa durante las 24 horas del día. Esto ha llevado a que sean las emisoras universitarias y públicas las que mantengan viva la salsa desde una perspectiva reflexiva, histórica y cultural, por medio de la creación de franjas especializadas en sus parrillas de programación.


Un marco analítico para entender este género musical

En la investigación se evidencia cómo este género musical es una manifestación de la identidad cultural de cada territorio y que, si bien tiene presencia en gran parte de Latinoamérica —porque creó sus propios espacios de apropiación, consumo y divulgación—, encuentra en Colombia su mayor arraigo social e interés académico.

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Con el fin de compilar información para su estudio, Gómez y Jaramillo exploraron Bogotá, Cali, Barranquilla, Cartagena y Medellín, y en su trabajo no solo se remitieron a consultar fuentes académicas, sino que entrevistaron a actores influyentes en el proceso de apropiación y difusión del género musical, como coleccionistas, periodistas musicales, dueños de bares y tabernas especializadas, aficionados, bailarines y bailadores.  Otro de los resultados de este trabajo fue el trazo de los circuitos salseros de cada ciudad —la “cartografía del goce”, la llamaron los investigadores—, su emplazamiento geográfico en los sectores y barrios, y sus mutaciones con el paso de las décadas y de las tendencias musicales de corriente principal.

A lo largo de su labor, Jaramillo y Gómez recrearon la hoja de ruta de la crianza emocional de nuestro país, relatando la historia de la evolución de un género musical popular, íntimo y festivo.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Salsa y cultura popular en Colombia
INVESTIGADORES PRINCIPALES: Nelson Gómez Serrudo y Jefferson Jaramillo Marín
Grupo de investigación Cultura, Conocimiento y Sociedad
Facultad de Ciencias Sociales
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2013-2017

El viajero del conocimiento

El viajero del conocimiento

Los años 80 comenzaron para Andrés Etter con el peso de una revelación. Por entonces se encontraba en el municipio de La Loma, en Cesar, estudiando el impacto ambiental que tendría la futura operación carbonífera de la Drummond Ltd. Colombia, cuando se convenció de que su conocimiento era aún muy restringido para entender esos problemas. Si pretendía medir la verdadera huella del ser humano y sus actividades sobre los ecosistemas, tendría que ir más allá y ampliar sus conocimientos de biólogo; sería necesario consolidar y aplicar la visión sistémica, método que había aprendido de Arthur Simon, uno de los profesores que más lo había marcado. La representación geográfica, la historia y los mapas siempre lo atrajeron, por eso debía aprender de geografía y de manejo de datos espaciales y convertirse, nuevamente, en estudiante.

“En la biología que nos enseñaron, la acción del hombre se veía como algo separado de los sistemas biofíscos, como del ámbito de las ciencias humanas, lo que me parecía contradictorio porque cada vez me daba más cuenta de que la expresión de la naturaleza respondía a las interacciones del hombre”, resume. Esa convicción lo llevó, primero, al Centro Interamericano de Fotointerpretación (CIAF), organismo en convenio con la Universidad Nacional, liderado por profesionales holandeses, dedicado a la cartografía, los estudios de suelos y la vegetación basados en sensores remotos, como fotografías aéreas o imágenes satélitales. Y allí, en medio de coordenadas, accidentes geográficos y de nociones del concepto de paisaje, encontró los trazos de su destino.

El camino lo condujo a Holanda, donde estudió la Maestría en Ecología del Paisaje, la primera parada del viaje intelectual que se había propuesto. A su regreso, aquel muchacho de 27 años, tímido pero aplicado, se convirtió en profesor de estudiantes internacionales (brasileños, mexicanos y de otras latitudes), muchas veces con una experiencia que él apenas comenzaba a construir. “Ahí aprendí a relativizar y poner en contexto mis conocimientos, a valorar la experiencia de otros y la necesidad de escuchar. La ciencia es base de conocimiento progresivo”, comenta. En las clases vislumbró un vacío en las aproximaciones de estudio del territorio, que podrían integrarse dentro de las nociones de la ecología del paisaje. Entonces, supo que debía dedicarse a su promoción, divulgación y aplicación.

Etter C

Aquella convicción, que se ha convertido en el sello de su trayectoria académica, de alguna manera la había intuido ya desde su niñez. Andrés Etter tuvo el privilegio de conocer el país al lado de su familia y de su padre, un empresario suizo que echó raíces en Colombia y que entendió que la mejor forma de mostrarles el país a sus hijos era viajando: sus vacaciones transcurrían entre los cerros orientales, el altiplano cundiboyacense, las sabanas llaneras o las playas del río Guaviare, donde su familia acampaba. “Hablando con mis compañeros de colegio, me sorprendía que eso fuera inusual. En ese momento, conocer el país pocas veces iba más allá de ir a la playa o a una finca”.

El profesor Andrés Etter ha publicado más de 80 escritos, entre artículos, capítulos de libros, libros y decenas de mapas ecológicos.

Esas experiencias se fortalecieron mucho por el legado y los escritos de El Dorado, de su bisabuelo materno, Ernst Rothlisberger, y por la amistad de su abuelo Walter, que le abrió los ojos a la historia. La educación y las lecturas promovidas en el Colegio Helvetia, donde estudió, alimentaron su curiosidad: desde las obras de Albert Camus, Eduardo Caballero Calderón, Rómulo Gallegos y Gabriel García Márquez, hasta las biografías de grandes personajes del siglo XIX, como Napoleón, Simón Bolívar o Alexander von Humboldt. Todas incidieron en su constante interés por aprender más y contrastar lo que estaba escrito con lo que sucedía en el mundo real.

Fue la misma sensación que experimentaría en la universidad, cuando, a finales de los años 70, interrumpió sus estudios de biología en la Universidad de los Andes para irse a los llanos orientales. Después de viajes y encuentros con la naturaleza, ubicó un refugio intelectual en Villavicencio junto al herpetólogo y naturalista alemán Federico Medem, quien escribía por entonces sus libros sobre los cocodrilos colombianos. Etter se convirtió en su asistente de investigación, con acceso a una biblioteca llena de ediciones originales de libros de viajeros naturalistas como Spruce, Bates, Wallace y Schultes, y a los recuentos de sus viajes y conversaciones que acababan en la madrugada, acompañados de tinto y cigarrillo.

La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia, ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.
La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia,
ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.

Allí comenzó a entender que no lo comprendía todo, que ese país exuberante era mucho más intrincado de lo que creía. Lo supo en sus viajes posteriores a la Sierra Nevada de Santa Marta, Chocó, Tumaco, Guajira, por los Andes y, nuevamente, por la Amazonia. Y lo reafirmó más tarde con sus primeras clases: para aportar, era necesario seguir conociendo y estudiando.

El siguiente paso lo daría en conjunto con su hoy amigo y colega Francisco González, quien en 1989 lo invitó a integrarse a la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo y visión contribuyeron a consolidar la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, donde se ha dedicado a enseñar y poner en práctica la ecología del paisaje. En esta nueva etapa investigó con un equipo interdisciplinario sobre aquel país que recorrió en su juventud, principalmente liderando proyectos de desarrollo regional en la cuenca del río Chicamocha (al norte de Boyacá), en los parques nacionales de la Amazonia, aportando en la fundación del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, y construyendo el primer Mapa de Ecosistemas de Colombia.

Este sería el primer insumo para su obra, que cristalizaría tras culminar el Doctorado en Ecología en la Universidad de Queensland, en Australia. Se trata de la modelación de la transformación histórica de los ecosistemas colombianos, trabajo que requirió la elaboración de mapas ecológicos del país desde el año 1500 hasta la actualidad con ayuda de documentos históricos y fuentes empíricas actuales, revelando que las principales amenazas se ciernen sobre la costa Caribe, la cuenca seca de los Andes y los bosques andinos. De ellos resultó la Lista Roja de Ecosistemas Colombianos, iniciativa apoyada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que busca medir la huella del desarrollo humano sobre el medio ambiente, elaborada junto a estudiantes graduados en ecología de su facultad.

La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.
La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.

“En estos tiempos del Antropoceno necesitamos ser doblemente responsables con lo que hacemos, porque tenemos evidencias claras de los impactos humanos en el funcionamiento del sistema global, por lo que está en nuestras manos manejar bien el medio ambiente para nosotros y los demás seres vivos”, asegura Etter, quien, por su trabajo, ha recibido distinciones como la Mención de Honor del Premio Nacional de Ciencias, otorgado por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, o el Premio Vida y Obra al mejor investigador otorgado por la Javeriana.

Amante de la obra del pintor francés Paul Gauguin y de la música clásica, se considera un académico apasionado y un viajero dedicado que hoy, junto con su esposa Isabel y su hijo Alejandro, sigue los pasos familiares de acampar en los páramos, a orillas de los ríos de Guaviare y Guainía, o los desiertos australianos.

En ellos se esconden claves del conocimiento. “Siempre les digo a mis estudiantes que el hecho de salir graduados de aquí no los hace depositarios de la verdad, pero sí personas con un conocimiento mayor al promedio de la población, lo cual los obliga a hablar y opinar responsablemente, siempre con base en evidencias y no con opiniones emocionales”.

Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.