Educación para la paz: una opción para reconocer a los que no han sido víctimas ni victimarios

Educación para la paz: una opción para reconocer a los que no han sido víctimas ni victimarios

En tiempos en que los crímenes contra líderes sociales se cuentan casi a diario y en que distintos actores violentos continúan sembrando el miedo en regiones que han sido estratégicas rutas del narcotráfico, la educación para la paz es una oportunidad de construcción de país, de darles trámite a los conflictos y de “liderar el futuro mientras emerge”. Así lo concluye la investigadora Sandra Liliana Londoño Calero, profesora del Instituto de Estudios Interculturales de la Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali, en su investigación incluida en el libro Hacia la reconciliación: Una mirada compartida entre el País Vasco y Colombia. 

Más allá de la firma del acuerdo entre el Estado y las FARC en 2016, son diversos los ámbitos que requieren atención para la construcción y consolidación de una paz estable y duradera. Entre esos retos se encuentran las formas de representación, narración y aprendizajes de medio siglo de conflicto, el más antiguo y extenso de Latinoamérica. 

Y en ese contexto, la socialización del informe de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, que se entregará a finales de este año, requiere de una pedagogía para que la sociedad se apropie de esa verdad que tendrá entre manos, diseñe mecanismos sobre cómo manejarla y reconstruya un futuro colectivo e incluyente. 

Eso sí, sin perder la utopía que tiene todo proyecto educativo. “No pretendo una idealización de la convivencia humana ni una ausencia de tensiones, sino una manera diferente de tramitarlas, resolverlas, gestionarlas, y de construir formas de convivencia que no sean violentas”. A eso, asegura la investigadora javeriana, debe apuntar la suma de las iniciativas de educación para la paz. 

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Experiencias de educación para la paz 

El capítulo escrito por la investigadora javeriana desarrolla una reflexión sobre las formas de construir paz. Para ello, presenta un estado del arte de iniciativas en Colombia llevadas a cabo en escenarios formales y no formales, desde el arte o implementadas en zonas urbanas y rurales. Entre sus hallazgos identifica que hay esfuerzos más robustos orientados a las ciudades, pero que lo son menos para el campo, a pesar de que las regiones rurales han sido las más azotadas por el conflicto. Por ello, plantea que una perspectiva de territorialidad e interculturalidad llenaría ese vacío. 

Igualmente, resalta los desafíos que tiene la Cátedra de la Paz, esa iniciativa gubernamental que, a través del Decreto 1038 de 2015, encarga a los colegios del país la tarea de desarrollarla en sus currículos. Uno de los retos es el perfeccionamiento en la asignación de los profesores que la imparten, pues, según la investigadora, falta formación e interés en muchos de ellos, y eso redunda en el desconocimiento de sus alumnos sobre estos temas. Los estudiantes deberían ser los llamados a transformar la narrativa de violencia en Colombia. 

La educación para la paz tiene que estar sustentada en la vivencia de la gente. Esperamos que el informe de la Comisión de la Verdad traduzca esa experiencia vivencial y plantee recomendaciones hacia una paz real, integral y duradera para Colombia. Alejandra Miller, Comisionada de la verdad 

 

Una excepción a la regla se encuentra en Tumaco, Nariño, con la apuesta que lidera Stella Rocío Ramírez Villegas, rectora de la Institución Educativa General Santander. En 2018, comenzó a implementar su tesis doctoral, en la que propuso lineamientos educativos para atender contextos de conflicto armado. Para ello, concibió la escuela como la ‘capa protectora’ de sus estudiantes, porque en ese lugar lograban suplir necesidades básicas de alimentación, por ejemplo, o aislarse de los ‘héroes falsos’ que se encuentran en sus barrios o de la muerte violenta que los ronda con desconcertante naturalidad.  

Asegura esta profesora, con más de 36 años de experiencia docente, que con la Cátedra Paz y Sociedad, nombre que se le ha dado en Tumaco a la Cátedra de la Paz, han sembrado la semilla para la transformación de sus estudiantes desde preescolar hasta los últimos grados. Un resultado concreto de ello es que “ahora dialogan más en momentos de conflictividad, incluso entre chicos que hacen parte de los grupos al margen de la ley y otros que fueron desvinculados del conflicto”. Tanto la experiencia de Tumaco como las que se encuentran en todo el territorio nacional evidencian una amplia diversidad de propuestas de educación para la paz. Esto permite diferentes maneras de aproximarse a distintos públicos, como los adultos mayores, los jóvenes o los niños, explica la profesora javeriana en el artículo académico. 

Además, ese abanico de opciones permite pensar en “educar menos en una paz ideal y enfocarse en cómo se construyen paces locales, paces imperfectas que fortalezcan la convivencia y el diálogo social”. Esta perspectiva de sumar esfuerzos puntuales, como las propuestas territoriales, fortalece la gobernanza de los actores en la ruralidad y los empodera para nuevos diálogos sociales que se encaminen a la construcción de una paz imperfecta y que mengüen, entre otras tensiones, la extrema polarización del país.

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Educación para ‘los ofendidos’ 

En medio de la polarización, abundan ‘los ofendidos’, sentencia Sandra Liliana Londoño, haciendo referencia al concepto de la científica social Ivonne Leadith Díaz, también profesora de la Javeriana, seccional Cali. Estos ofendidos, dice, son “las personas que no han vivido directamente el conflicto, no son víctimas ni victimarios, pero se sienten afectadas y tienen una opinión sobre lo que se debería hacer (guerra o paz), conforme a sus valores y experiencia”. 

“El reconocimiento del otro y promover que las iniciativas de reconciliación surjan desde las comunidades son los principales aprendizajes del caso colombiano” Félix Arrieta, investigador español 

La educación para la paz, entonces, resulta ser una respuesta para esa gran parte de la población, con el fin de que no continúe siendo inadvertida en un proceso de paz reconocido mundialmente por centrar la atención en las víctimas directas. Para poner las cosas en perspectiva, bastaría decir que casi la quinta parte de Colombia ha sido víctima de la guerra, esto es, más de ocho millones de personas. ¿Y el resto de colombianos que no han tenido un vínculo directo con el conflicto, qué?  

De acuerdo con la investigadora, esta mayoría no está exenta de los daños colaterales, y la educación para la paz debe apuntar a esa gran población, a esos “40 millones de potenciales ofendidos”, para construir una paz sostenible y, también, para amplificar los mensajes a las nuevas generaciones en lo tocante a la no repetición, la reparación y la resignificación de las comunidades. 

Puntos de encuentro entre el País Vasco y Colombia 

Este libro es una publicación de “experiencias no comparadas, sino compartidas” entre el País Vasco (España) y Colombia, señala Félix Arrieta, uno de los autores españoles. Surgió de encuentros en Bilbao y en Cali, desde 2017, entre profesores de la Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali, y de la Universidad de Deusto. La idea no era comparar los conflictos, sino identificar historias en común para explorar reflexiones sobre alternativas de reconciliación.  

Para los investigadores javerianos, el País Vasco pudo transitar hacia otras realidades más rápidamente que Colombia, sin embargo, esta comunidad autónoma española continúa con una herida profunda arraigada en su pasado. Sin embargo, ha desarrollado más homenajes simbólicos y reflexiones colectivas sobre su situación. De todos modos, no es aplicable una comparación directa, pues “nosotros nos encontramos en momentos distintos, apenas estamos en una etapa de posacuerdo”, asegura Londoño Calero. 

Hay que apostarle a la interculturalidad: esa es la conclusión del libro. Sobre todo cuando se considera que el origen de los conflictos en Colombia está en las diferencias culturales y en los procesos históricos de despojo y de colonización de las tierras. Por ello, dice la investigadora, también hay que centrar la atención en “la educación propia, es decir, desde los valores y las perspectivas de los pueblos originarios y de las comunidades étnicas afro, indígena y rom, que conjugan no solo las aspiraciones de tener un mejor nivel de vida o un cambio económico, sino la pervivencia como sociedades y como cultura”. 

 

Para leer más: Arrieta, F. y Boffey, G. (eds.). Hacia la reconciliación. Una mirada compartida entre el País Vasco y Colombia. Madrid: Los Libros de la Catarata. Ramírez Villegas, S. R. y Londoño Calero, S. L. (2020). La escuela y el niño como víctima del conflicto armado en Tumaco – Colombia. Jangwa Pana, 19(2). https:// doi.org/10.21676/16574923.3610

Ramírez Villegas, S. R. ., & Londoño Calero, S. L. . (2020). La escuela y el niño como víctima del conflicto armado en Tumaco, Colombia. Jangwa Pana, 19(2), 245–260. https://doi.org/10.21676/16574923.3610

 

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Un camino y múltiples recorridos en la educación para la paz en Colombia
INVESTIGADORA: Sandra Liliana Londoño Calero
Instituto de Estudios Interculturales
Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2017-2019

 

                          

Parteras del Pacífico dialogan con el sistema de salud

Parteras del Pacífico dialogan con el sistema de salud

Cuentan que en Guapi (Cauca) cuando nació José Antonio Torres, más conocido en el mundo musical como Gualajo, la partera no encontró donde poner la criatura húmeda y tibia que sostenía en sus brazos. Lo único que vio a la mano fue una marimba de las que fabricaba el padre del recién nacido. Entonces depositó al bebé sobre las tablillas de chonta y procedió a cortarle el cordón umbilical. Se produjo entonces una simbiosis entre el recién nacido y la marimba, que con los años llevó a Gualajo a ser uno de los más reconocidos intérpretes de este instrumento en todo el mundo. Uno lo puede encontrar en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, en Cali, pero también en la Torre Eiffel en París o el Central Park en Nueva York. Podría decirse que su nacimiento marcó su destino.

Como Gualajo, miles de habitantes del Pacífico han llegado al mundo gracias al oficio milenario de las parteras que, con ojo de experto, saben si una mujer tendrá un parto fácil o si dará a luz un niño o una niña.

A Filomena Valencia le tocó aprender el oficio de partera a los 13 años, cuando le llegó la hora a su hermana Nancy. “Ella me decía que le dolía la barriga. Me di cuenta que el bebé ya venía y fui a buscar una cuchilla de afeitar para cortar el cordón. Cogí al niño con las manos y le fajé el ombligo… Ese fue mi primer parto y desde entonces sigo haciéndolo con quien lo necesite”, indica esta mujer que vive en un barrio en Buenaventura al que se llega en ‘carpati’, como le dicen en el puerto a los camperos.

En la mente de esta mujer de casi noventa años se pierde la cuenta de los miles de nacimientos atendidos por ella. “Yo nací en Cocalito (Nariño) y toda la vida he estado partiando, primero allá y desde hace muchos años en Buenaventura. Tengo abuelas y tías parteras”, señala.

Para ella lo importante es la mano que tiene para atender partos y tumbar ombligos en tres días, gracias a su fórmula con base en cogollo de guayabo.

Filomena Valencia
Filomena Valencia

“Reconocemos en las parteras no solamente personas que traen niños al mundo, sino también unas consejeras que con su incorporación al sistema de salud podrían ayudar a reducir  la tasa de mortalidad materna e infantil en el Pacífico”.

 

Gómez Gómez, analizar el estado situacional y contextual de la interculturalidad y la salud con este grupo de mujeres. En otras palabras, los investigadores, pertenecientes al Grupo Interfacultades Salud y Calidad de Vida y al Grupo Ciencias Básicas y Clínicas de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, quieren ver hasta qué punto los saberes ancestrales de la partería pueden conversar con el sistema de salud del Estado.

La salud en el Pacífico

La investigadora Rocío Carvajal Barona, estudiante de doctorado en estudios sociales, se ha introducido en el mundo de las parteras de Buenaventura gracias a su experiencia en salud pública en este puerto del Pacífico, donde ha trabajado por más de veinte años y de donde es oriunda su familia paterna. Pacientemente le ha seguido la pista a un proceso ancestral que se niega a desaparecer, toda vez que muchas mujeres prefieren la casa de una partera a la sala de maternidad de un hospital.

Para ella, Buenaventura es sinónimo de marginalidad y exclusión, situación que se ve reflejada en los índices en salud pública. “La condición de puerto, por ejemplo, hace que proliferen las enfermedades de transmisión sexual y que otras, como la tuberculosis, sigan teniendo gran incidencia”.

Históricamente, dice, las parteras han sido una opción para atender los alumbramientos en lugares de difícil acceso de los servicios de salud, y el Pacífico colombiano tiene muchos sitios donde todavía estos se prestan esporádicamente en barcos-hospitales o misiones aéreas.

De igual forma, las políticas públicas en esta región del país se implementan de manera tardía. “Cuando yo cumplía mi año de servicio social, después de graduarme como enfermera, apenas estaba naciendo la Secretaría de Salud Municipal de Buenaventura”, precisa la investigadora, quien desde entonces ha estado vinculada directa o indirectamente a los servicios de salud en el puerto.

En los últimos siete años su objeto de estudio han sido los procesos relacionados con la malaria, la tuberculosis y la salud sexual y reproductiva. Con las parteras se propone, junto con el médico e investigador Milton César

Jacinta Obregón
Jacinta Obregón

Diálogo de saberes

A Jacinta Obregón Santana, partera de 63 años, en más de una ocasión la han llamado del hospital de Buenaventura para que cure de mal de ojo a bebés nacidos allí. “Los médicos me dicen que haga lo que siempre hago en estos casos y los papás quedan más tranquilos cuando ven que en el mismo hospital les ayudan con ese problema”, explica.
La fama de esta mujer oriunda de El Charco le ha valido para que la llevaran a Cali y a Medellín a atender alumbramientos. “Este es un trabajo serio, y yo vivo de eso”, dice mientras nos recuerda, de paso, que su mamá “murió de parto”. Su primer alumbramiento lo atendió cuando tenía 19 años. También tiene sus secretos para tumbar el ombligo en tres días y lograr que la madre expulse los coágulos y la placenta luego de dar a luz de forma rápida y segura. “Arriba (refiriéndose al segundo piso de su casa) tengo mis matas y yo misma preparo lo que les doy a las parturientas… Una de mis condiciones es que los partos los atiendo aquí mismo, en mi casa”, comenta.
Carvajal señala que “las parteras, los sobanderos y sanadores tienen sus propios métodos para aliviar a las personas, y eso es algo que es importante tener en cuenta en la construcción de un nuevo concepto de salud intercultural… Por eso se hace necesario tener una mejor comprensión de la situación de la salud en las comunidades afro con el fin de acercarse a la construcción de modelos de atención diferenciales en salud incluyentes para las comunidades étnicas en Colombia”, explica.
En su investigación, Carvajal y Gómez analizaron los aspectos históricos, epistemológicos, políticos y sociales de la salud intercultural y práctica sobre salud materna desde los saberes ancestrales afro, así como los modelos locales de salud en Buenaventura. La sistematización, síntesis, interpretación, análisis y resultados o conclusiones del estudio están basados en el modelo de interculturalidad crítica o positiva expuesto por los autores Catherine Walsh y Xavier Albó.
Su enfoque —reconocido por la Organización Panamericana de la Salud— recoge planteamientos de análisis individual, grupal y estructural, alentando a realizar el mayor énfasis en el nivel estructural, y permitiendo sobrepasar los análisis culturales y simbólicos que se han realizado hasta el momento. “Reconocemos en las parteras no solamente personas que traen niños al mundo, sino también a unas consejeras que con su incorporación al sistema de salud podrían ayudar a reducir la tasa de mortalidad materna e infantil en el Pacífico. De esta forma, el sistema de salud tendría ojos en la misma comunidad”, precisa Carvajal.

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