El desafío de comunicar la homosexualidad en la familia

El desafío de comunicar la homosexualidad en la familia

¿Qué pasa cuando algunos jóvenes empiezan su lucha por decir a viva voz que sus gustos e intereses son diferentes a los tradicionales, que son homosexuales o, incluso, aún no saben cómo definirse? ¿Cómo reciben la noticia sus amigos y conocidos?, pero, sobre todo, ¿cómo la reciben sus padres y el resto de la familia?

Con la idea de reflexionar acerca del papel que juega el apoyo familiar en este proceso y conocer las diferentes reacciones de los padres cuando sus hijos deciden confesar su homosexualidad, la psicóloga y magíster en Familia de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali, Linda Teresa Orcasita, realizó un estudio con 15 familias de personas gays y lesbianas que ya experimentaron dicha situación.

A partir de las conclusiones de cada escenario ella construyó con su equipo de investigación una línea de tiempo interactiva, denominada ‘Mi Viaje’, como medio para que cada familia, a través del dibujo, contara su historia.

“A veces usamos muchas técnicas tradicionales que no tienen efecto en la población que estudiamos. Lo interesante de nuestra propuesta es que el proceso investigativo hace las veces de una intervención terapéutica; en la medida en que yo estoy diciendo lo que me pasó con mi hijo de una forma no invasiva como con el dibujo, también tengo la posibilidad de reflexionar en qué falle, qué no sirvió como familia y cómo puedo actuar mejor a partir de las narrativas construidas”, explica la científica.

El proyecto ‘Dinámicas familiares en los procesos de revelación y aceptación de la orientación sexual en madres y padres con hijos gays e hijas lesbianas’ da cuenta de que el proceso de revelación de las familias es muy diverso. “No es algo que pase de manera unilineal, no podríamos decir que las 15 familias pasaron por los mismos momentos en la revelación, pues depende de la historia, experiencia y dinámicas que haya construido cada una a lo largo de su vida. Pero, sí hay encuentros comunes”, comenta la investigadora

Ella explica que hay etapas, que si bien no son generalizables, tienden a repetirse en muchos de los casos (el shock, la negación, el enojo, la negociación), donde se experimenta un proceso de aceptación parcial: el silencio, la tristeza profunda, la nostalgia, que están ligados a sentimientos de culpa y, finalmente la aceptación que, según Orcasita, es un proceso al que no todas las familias llegan plenamente.

La científica logró identificar en las narrativas de los y las participantes tres tipos de casos en las familias:

–           Familias nutritivas: en las que la aceptación se da porque han establecido redes de apoyo fuertes, el nivel de información acerca de la diversidad sexual es amplio, la comunicación entre padres e hijos es muy cercana y los espacios de diálogo son más abiertos y afectivos.

En este grupo, por lo general, se ubican las personas que tienen mayor acceso a la educación porque, afirma Orcasita, “tienen la posibilidad de tener mejores fuentes veraces de información frente a la diversidad sexual y de géneros; no se quedan con el mito o el prejuicio de los estereotipos sociales sino que tienen más recursos en cuanto a información científica y acceso a profesionales que amplíen el significado de la diversidad sexual y de género”. En este sentido, la investigación evidencia que, a mayor información científica y experiencias cercanas de personas que han vivido el proceso, mayores posibilidades de tener actitudes favorables frente a la homosexualidad.

–           Familias ambivalentes: las que realmente quieren aceptar a sus hijos, pero sus creencias religiosas los limitan, especialmente los temores y la culpa sobrepasan el deseo de reconocerlos o alguno de los padres no acepta la homosexualidad de su hijo o hija, creando así barreras difíciles de romper.

–           Familias centrípetas: aquellas que dicen ‘ya lo sabemos, pero no queremos que nadie más lo sepa’, pues en su interior no lo aceptan porque guardan la esperanza de que la decisión de su hijo o hija sea transitoria.

Ante esta última, la investigadora advierte que “en la orientación sexual, para que uno realmente diga soy gay o soy lesbiana debe existir una atracción emocional, romántica, sexual o afectiva duradera hacia otras personas; diferente a una práctica sexual homoerótica transitoria”.

El proceso: una mezcla de sentimientos

Investigaciones previas han encontrado que las edades de la revelación homosexual en los contextos familiares y sociales, generalmente, está entre los 15 a 25 años. “La edad que abarcó este estudio fue de 18 a 25, pero tenemos personas que hicieron su revelación antes”, explica, agregando que son pocos los casos en los que el anuncio fue recibido de una manera natural y sin controversia.

“De ahí que ver a su hijo o hija cambiar de opinión, se vuelve un deseo latente al interior de las familias”. A esta esperanza de los padres y desesperanzadora para los hijos, dice Orcasita, se suman estigmas y etiquetas alrededor de las personas gays y lesbianas como “todos los gays son promiscuos” o, la asociación de las personas homosexuales con infecciones de transmisión sexual.

Todo esto hace que el proceso de revelación esté lleno de cargas emocionales y psicológicas tanto para el o la joven como para su círculo más cercano. Por un lado, siendo la familia el primer agente de socialización y de reconocimiento, el rechazo puede traer efectos devastadores para los jóvenes. Cuenta Orcasita: “muchos chicos me decían: ‘solo el hecho de que mi familia me apoye es fundamental para mi bienestar emocional’”. Por esto, tal como lo evidencian diversos estudios, el pensamiento suicida, la ansiedad y la depresión aumentan cuando la población percibe que tienen menor apoyo social.

Por su parte, la familia pasa por momentos de ira, tristeza y, como afirma la investigadora, experimenta una culpa enorme. “Algunos decían ‘de pronto mi hijo es gay o mi hija es lesbiana porque yo me separé del papá’. ‘Eso debe ser porque yo le di mucho afecto y lo sobreprotegí, entonces por eso se volvió así’, afirmaban otros, o, ‘debe ser que él tuvo malas experiencias afectivas, por eso no le gustan más los hombres’”, comenta la investigadora sobre algunas de las respuestas que recibió en dicho estudio. De hecho, llama la atención la baja participación de la figura paterna en el estudio. La mayoría que aceptó participar fueron las madres. “Para el caso de los padres hombres se generan temores asociados a su proceso de masculinidad frente a otros”, complementa.

Finalmente, la profesora Linda Teresa recomienda a los terapeutas dirigir su foco de atención al sistema de creencias y a los imaginarios. Además, pide acompañar esos relatos, en un principio nutridos de insatisfacción, de penas y de vergüenza, para que sean narraciones liberadoras. Otra herramienta que sugiere es la “Guía de apoyo a familias con hijos e gays e hijas lesbianas”, dispuesta para facilitar este proceso y que le sirva a todos los que requieran algunas estrategias de cómo actuar en esta etapa de revelación, cómo crear un camino confortable y asegurar una salud mental positiva tanto para quienes se identifican como gays o lesbianas como para sus familias.

Para mayor información del proyecto y conocer la “Guía de apoyo a familias con hijos e gays e hijas lesbianas”, puede escribir a ltorcasita@javerianacali.edu.co

Del amor a la agresión en el noviazgo

Del amor a la agresión en el noviazgo

Imagine a una pareja de jóvenes adultos en etapa de enamoramiento, sumidos en los atardeceres idílicos, el trato afectuoso y las caricias interminables, los intereses en común y planes atrevidos, la complicidad, la plenitud de una buena conversación con aquella persona que, más que un novio, se ha convertido en un amigo, y la sonrisa misteriosa e incomprensible que se dibuja en el rostro de la persona al ver un mensaje en el móvil que tiene el nombre de él o de ella. La relación perfecta.

¿Existen esas relaciones perfectas? En realidad, probablemente representan una utopía. Al deseo de tener una relación sana lo puede acompañar el afán de controlar a la otra persona, haciendo que, con el paso del tiempo, el romance teñido de cariño y racionalidad pierda su rumbo y el daño cobre presencia a través de conductas agresivas, las cuales no aluden solamente a la violencia física sino también la agresión psicológica, que puede acarrear, incluso, consecuencias más severas en la víctima. Así lo demuestra una investigación sobre la agresión psicológica como unidad de análisis, llevada a cabo en jóvenes adultos por Claudia Carolina Botero, psicóloga, profesora e investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana.

Expresiones del tipo “estás como gordito/a, no seas inútil, eres feo/a, arréglate, das vergüenza” entre otras, en ocasiones pasan inadvertidas, se naturalizan o resultan irrelevantes porque “nos las dicen o las decimos con cariño”, afirma Botero, y, además, no representan un daño físico, sus efectos parecen invisibles. Cuántas veces su pareja lo ha interrogado de manera suspicaz con el fin de encontrar cualquier aspecto que pueda parecer sospechoso; preguntas tan comunes y sutiles como “¿con quién has estado?” o, por chat, “dónde estás, por qué estás con él o ella”. ¿O cuántas veces ha revisado en secreto las pertenencias de su pareja, o, mientras la otra persona está en el baño, ha indagado en su celular o entrado a la computadora para ver sus correos; o, incluso, cuántas veces se ha victimizado en su relación con frases del tipo “pero cómo me vas a dejar solo/a hoy. Ya no compartes tiempo conmigo, solo quieres estar con tu familia” para manipular la situación, aislar a la otra persona y tenerla en contacto, básicamente solo con usted.

Conductas como las mencionadas representan formas de agresión psicológica y son frecuentes tanto en hombres como en mujeres, ocasionan daño y son actitudes que humillan y degradan, explica la psicóloga. Agrega que “la agresión psicológica tiene efectos devastadores; incluso se ha demostrado que las víctimas de violencia de pareja experimentan mayor malestar cuando son agredidos de forma psicológica que física, porque la agresión física produce un moretón momentáneo o marcas por un lapso de tiempo, pero la agresión psicológica puede generar efectos de por vida, crónicos y profundos. Se lesiona la autoestima, el estado de ánimo, la confianza en sí mismo y en las demás personas”.

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Según la investigación, la agresión psicológica se puede agrupar en cuatro tipos: dominancia o intimidación (enojarse suficientemente hasta asustar a la otra persona o amenazar con golpearla, etc.); control restrictivo (limitarla en sus actividades, tratar de impedir que vea a ciertos amigos o miembros de la familia, hacerla sentir culpable por no pasar suficiente tiempo juntos); retiro hostil (evadirla cuando ella requiere a su pareja, ignorarla, rehusarse a reconocer un problema que ella sentía que era importante); y  la denigración (decirle que es estúpida o criticar su apariencia).

La psicóloga Botero centró su trabajo en los efectos que puede tener la agresión psicológica cotidiana en el malestar individual, es decir, el malestar emocional que una persona puede experimentar al recibir agresión psicológica durante el noviazgo, como cambio de humor, ánimo o ansiedad, , y el malestar diádico que, en este caso, hace referencia a cómo percibe cada uno de los integrantes de la relación el grado de satisfacción en pareja, compromiso y estabilidad.

En los resultados del estudio se evidencia que, cuando áreas de la vida se empiezan a ver afectadas debido a una agresión psicológica, por más sutil que esta pueda parecer, genera daño. De acuerdo con Botero, “se genera un malestar que puede afectar muchas áreas de la vida: se puede estar estresado, de mal humor, desempeñarse mal en el trabajo, en el estudio y tener problemas de concentración, todo esto por una mala relación”.

Dentro del estigma social, cuando hablamos de agresión de pareja se tiende a pensar a la mujer como única víctima. Botero desmiente el estereotipo a partir de su investigación, donde encontró que la agresión psicológica también es ejercida de mujeres a hombres o, en otros casos, es bidireccional. “Incluso en jóvenes es más frecuente la agresión psicológica de mujeres y entre mujeres que de parte de los hombres; y en los subtipos de agresión psicológica, la más ejercida por las mujeres es la de control restrictivo”, menciona.

También se identifica que la agresión psicológica en el noviazgo es un predictor de agresión física para el matrimonio: “Si ahora de novios nos agredimos psicológicamente, podemos escalar a la agresión física futura. Si permitimos que esto siga avanzando, es posible que tengamos a un montón de personas con riesgo de ser maltratadas y de maltratar más adelante físicamente”, recalca la investigadora.

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Según estadísticas del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, entre el año 2007 y el 2016, se reportaron 527.284 casos atendidos en el contexto de violencia de pareja, siendo 2009 el año que más registró agresiones: 61.131.

Y, por si fuera poco, otro efecto de la agresión psicológica es la disminución en la capacidad de lucha de la persona, es decir, que “entre más se agrede a una persona, su manera de resolver problemas se ve afectada, y eso a su vez se relaciona con un mayor malestar psicológico”, explica Botero, quien recomienda enfrentar las situaciones porque de lo contrario “se genera una actitud contraproducente y negativa”.

La investigadora resalta que no es la cantidad de veces lo que importa. Puede haber sucedido solamente una vez, lo que resulta suficiente para afectar emocionalmente al otro. La agresión verbal y las cosas más sutiles, como decir malas palabras de forma cariñosa o reiterar los defectos, agreden intensamente.

 

¿La agresión psicológica se puede evitar?

No todos agreden, dominan o controlan por placer, dice Botero. Esto viene ligado a un comportamiento complejo, de lo que se aprendió de los padres, los temores de la persona, las inseguridades, lo que se ha aprendido a lo largo de la vida y que no representa necesariamente una psicopatía, pero no por esto la agresión psicológica es justificable. La prevención está orientada a entender cuáles son los límites a la hora de asumir una relación.

  1. Una relación de pareja no significa saber ni controlar todo del otro, hay una vida privada que le pertenece a cada persona y la falta de sinceridad no puede ser excusa de la agresión, pues es un arma de doble filo.
  2. Nunca un tema de pareja debe invadir otras áreas de la vida. “Hay personas que dejan de estudiar porque tienen problemas de pareja, hay gente que se enemista con su familia o deja de comer…”, asegura Botero.
  3. La prevención también parte de identificar cuáles comportamientos agresivos afectan a la pareja. Al ser parte de una relación dañina, donde hay dominancia, humillación, donde se denigra del otro, se deben tomar acciones para construir una dinámica diferente.
  4. Aprender a resolver los problemas con la pareja permitirá el fortalecimiento personal, permitiendo la aceptación y el respeto del otro.
  5. En las relaciones futuras de noviazgo estos aprendizajes pueden ayudar. Si se aprende a escuchar, a solucionar los problemas de otra manera, si se entiende el daño que se le puede ocasionar al otro, se tendrán relaciones más sanas.

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