Educación, más que las notas: salud, paz y bienestar

Educación, más que las notas: salud, paz y bienestar

Cuando se trata de educación es normal que se midan aspectos como el desempeño académico o la deserción escolar, pero poco se habla de las causas que podrían estar afectando estos indicadores.

Temas como la salud, la convivencia pacífica e incluso las mismas condiciones físicas de la escuela se dejan de lado en las mediciones oficiales aun cuando son determinantes para un buen proceso educativo.

Estos factores de bienestar son los que permiten un estado físico y mental de tranquilidad para que los estudiantes puedan tener mejores rendimientos en sus estudios.

Frente a este panorama, el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Pontificia Universidad Javeriana, y Escalando Salud y Bienestar, una organización especializada en estos temas, realizaron durante el último año el estudio Índice Welbin Colombia 2021.

En este informe participaron 1373 establecimientos educativos privados, oficiales, urbanos y rurales de los 32 departamentos, los cuales atienden a más de 774 mil niños, niñas y adolescentes, entre los que hay estudiantes con discapacidad, migrantes y población indígena.

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El Índice Welbin es un instrumento técnico y práctico para monitorear y mejorar las condiciones en los entornos escolares y mide cinco dimensiones con puntajes del cero al cien: políticas, planes y estrategias para el cuidado de la comunidad educativa; los entornos; la educación para la salud; los servicios de alimentación y nutrición; y las alianzas con actores comunitarios.

Según el Ministerio de Educación, en Colombia hay 18.644 establecimientos educativos

La investigación revela que gran parte de los niños, niñas y adolescentes estudiantes del país no cuenta con las condiciones mínimas en su entorno formativo.

El 57 % de los colegios oficiales y el 71 % de los rurales incluidos dentro de la medición no tienen agua potable para beber o preparar alimentos. Además, el 12 % de las instituciones educativas del país carecen de servicio de acueducto y sus fuentes de agua son subterráneas, superficiales o de lluvia. Además, en el 22 % de los colegios rurales falta agua para el lavado de manos.

El informe que demuestra que los colegios encuestados cumplen con solo el 55 % los estándares de salud y bienestar escolar.

Para Luz Karime Abadía, codirectora del LEE, estos datos revelan grandes deficiencias en la educación de los niños del país. “Hay cosas que son básicas, es inadmisible que no estén y en cualquier colegio deberían ser la prioridad. En pleno siglo XXI deberíamos estar pensando en otras cosas, pero no hemos cumplido con los básicos como agua potable o baterías sanitarias”, dice.

Abadía hace un llamado a las autoridades nacionales para responder a las muchas necesidades que se viven en los colegios. “Se necesitan políticas y acciones urgentes del Ministerio de Educación que vayan en línea con las secretarías de educación para suplir estas deficiencias”, argumenta.

La investigación muestra que solo el 26 % de los colegios monitorea peso y talla de los estudiantes y el 42 % no tiene ningún estándar para promover la alimentación saludable y prevenir riesgos asociados.

También revela que solo el 60 % de los colegios evaluados sensibilizan a estudiantes sobre salud y cuidado menstrual; a pesar de que una de cada cuatro niñas ha faltado a clases por síntomas asociados a la menstruación, solo el 19 % provee materiales para su atención.

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¿Por qué evaluar el bienestar en los colegios?

Para Daniel Tobón, director de Escalando Salud y Bienestar, resulta fundamental conocer estos datos porque permiten el regreso normal a las clases presenciales, y más cuando por causa de la pandemia 3,5 millones de niños pasaron 18 meses sin asistir al colegio.

“Tenemos evidencia de que, por situaciones de salud, más o menos el 20 % de los niños desertan del colegio y, por ejemplo, puede subir hasta el 35 % en la población indígena. Las enfermedades gastrointestinales, respiratorias o depresión pueden explicar hasta el 20 % de la reprobación de año escolar y hasta el 25 % del ausentismo escolar. Son temas que tradicionalmente ocurren en estas edades”, explica el investigador.

Dentro del informe también preocupa la baja atención en salud mental, pues aunque el 88 % de escolares sufrieron de este tipo de afectaciones que pueden estar asociadas al aumento de 9 % de suicidios en el país, solo el 20 % de los colegios presta servicios para la identificación, derivación y atención para este tipo de situaciones y, en general, el 61 % de escuelas rurales y el 42% de los oficiales no tienen personal para acompañamiento psicosocial.

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Más bienestar, más rendimiento, mejores sociedades

Tobón expone que este tipo de evaluaciones apunta a mejorar la calidad de vida de los estudiantes, lo cual repercute en su rendimiento escolar.

“Programas muy estructurados de salud y bienestar en otros países muestran que podemos aumentar el desempeño académico, disminuir los síntomas de depresión, tristeza, autolesiones, intentos de suicidio, peleas y otros comportamientos de riesgo”, añade.

Según el estudio, los colegios con programas de salud y bienestar escolar han demostrado disminuir la depresión y la tristeza entre un 5 % y un 6 %, reducir el ausentismo escolar entre un 20 % y un 60 % y aumentar los indicadores de desempeño académico entre 0.45 y 0.6 puntos según las evaluaciones.

Para Luz Karime Abadía, condiciones más adecuadas en los entornos académicos promueven sociedades con mejores hábitos.

“En la medida en que desde muy pequeños les enseñemos cómo tener hábitos de autocuidado y cuidado colectivo, como sociedad, vamos a estar mejor. Por ejemplo, si aprenden cómo alimentarse bien, saben sobre salud sexual y reproductiva o de la importancia de lavarse las manos y lavar los alimentos, todos vamos a estar mucho mejor”, señala.

Además, Abadía afirma que la salud y la educación son dos de las áreas más importantes para medir el bienestar económico, aspectos que promueven e impactan directamente en la desigualdad social.

“En este índice encontramos las grandes desigualdades que siempre son evidentes en Colombia y que están acentuadas en términos de los colegios que están ubicados en el área rural que en su mayoría son oficiales”, dice.

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¿Una responsabilidad de todos?

Esta evaluación también permite identificar la responsabilidad de los diferentes actores relacionados con el proceso educativo y cómo cada uno puede contribuir a generar mejores condiciones para los estudiantes.

“Para nosotros, como investigadores, el colegio es un ecosistema donde confluyen múltiples actores, programas y servicios. Al colegio le corresponden algunas cosas, a los estudiantes otras, las familias también deben involucrarse en hacer una alianza familia-escuela, a los puestos de salud, pero también muchas responsabilidades más arriba: secretarías de educación, de salud y por supuesto a nivel nacional tenemos grandes responsabilidades”, manifiesta Tobón.

Sin embargo, Abadía es enfática en que el gobierno nacional debe hacer más esfuerzos por ofrecer mejores condiciones de los colegios en el país. Dice que por más que los actores locales tengan iniciativas propias, aún hay deficiencias considerables en infraestructura y políticas para garantizar el bienestar de los niños, niñas y adolescentes.

Aprender de las buenas experiencias

Un colegio público fue el mejor calificado del país en el índice Welbin, a pesar de que en su mayoría son los colegios privados y urbanos los que obtienen mejores puntajes. Es por ello que los expertos ven en el intercambio de conocimientos una estrategia que permita compartir las buenas prácticas.

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Tanto Tobón como Abadía esperan que esta medición sea un incentivo para que a nivel local y regional mejoren sus indicadores y las condiciones para los estudiantes.

“Nosotros aspiramos a que cada año los rectores sepan que viene el índice y que hay que responder la encuesta. De esta forma pueden empezar a hacer acciones en las dimensiones que tienen más rezago o un puntaje más bajo. Así, en la siguiente medición se puede comparar a fin de mejorar”, expone Abadía.

Ambos investigadores coinciden en que el aporte de la academia con este tipo de iniciativas es proporcionar información que tal vez los gobiernos regionales o el nacional no tienen capacidad de recolectar porque están implementando otros planes, pero que en el futuro, se podrían complementar para reconocer a quienes lo hacen bien y apoyar a quienes todavía tienen falencias.

“Necesitamos generar unos incentivos para decir: esto lo están haciendo muy bien, entonces reconozcámoslo, apoyémoslo, llevemos recursos de manera focalizada. No todo el mundo necesita agua, algunos necesitan conectividad, otros requieren sistemas de ventilación. Se trata de utilizar la información y yo creo que entre todos podemos hacer que esta rendición de cuentas sea mucho más precisa”, finaliza Tobón.