Perfil del barrista de un equipo de fútbol: pasión, odio y amor

Perfil del barrista de un equipo de fútbol: pasión, odio y amor

A partir del siglo XXI, cuando surge la era industrial y la sociedad capitalista, aparece la categoría social histórica de juventud como evolución de la sociedad humana. Los jóvenes comienzan a ser protagonistas de las consecuencias del capitalismo y como resultado de esta situación deciden establecer una nueva forma de organización social desde lo tribal, conformando colectivos donde prima lo afectivo, lo emocional.

Algunos comparten varias ideologías, los mismos gustos o la pasión por algo que en muchas ocasiones es el fútbol o la música que se vuelve un pretexto para el desahogo de lo irracional; así aparecen las “tribus urbanas”, más conocidas como “subculturas juveniles”.

Para la mayoría de antropólogos y etnólogos este concepto de tribu dista mucho, pues consideran que le faltan muchas características de las tribus primitivas; sin embargo, los medios de comunicación han quedado seducidos por el nombre y a la equivalencia de andar en grupo para denominarlo tribu, así como un fenómeno de las grandes ciudades que no surge, de ninguna manera, en el contexto rural, solo urbano.

Los medios se han encargado de la divulgación del nombre, creando un imaginario en torno a toda manifestación juvenil, la cual ya está calificada bajo categorías: rastas, punketos, barras bravas, etc. El término barra brava se emplea en América Latina para designar a aquellos grupos organizados dentro de una hinchada que se caracteriza por producir diversos incidentes violentos dentro y fuera del estadio de futbol.

El fútbol y las barras bravas

El fútbol definido como uno de los fenómenos más importantes del siglo XX, es sinónimo de pasión, sentimientos, fiesta, danza, baile, música, odio, guerra simbólica, religión y política. Es precisamente una ocasión para expresar en forma colectiva un sentimiento, un mínimo cultural compartido que sella una pertenencia común.

Para el barrista, el balompié es, sin duda alguna, el deporte rey por su carácter deportivo, por su engalanado protocolo, por el gol o por la destreza de sus jugadores. Para la sociedad consumista, el fútbol es más que eso, es una pasión, parte de su vida, de una cultura que cada vez se expande y fortalece.

Sin embargo, no es imposible hablar de fútbol únicamente como el deporte que se presenta en la cancha, sino en la tribuna, y todo lo que gira y acontece alrededor de esta. Aquellos lugares donde los hinchas se reúnen antes, durante y después del compromiso; espacios en los cuales la tribuna y la ciudad nos muestran toda una dinámica social y simbólica específica a través de las barras bravas.

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¿Cómo son los barristas?

Estas barras nacen de una subcultura juvenil en donde lo que se busca es la pertenencia a un grupo determinado que comparten los mismos gustos, pensamientos radicales: nacionalismo, xenofobia, exaltación de la fuerza, virilidad agresiva, sentido del honor asociado con la capacidad de pelear y la demostración del más fuerte. Sus integrantes en su gran mayoría son jóvenes entre los 14 y 25 años, pertenecientes a distintos estratos y a diversas zonas de la ciudad, los cuales son considerados como un grupo vulnerable.

Las barras bravas son grupos de aficionados que apoyan en todo momento al equipo, siguen su trayectoria con especial fanatismo, no dudando sacrificarse por los colores de su club; hacen apropiación simbólica de algunos sectores y del estadio y defienden la ciudad donde su onceno es local.

Se reúnen en torno al fútbol creando nuevas formas de expresión: producción discursiva, símbolos y tradiciones. Nacen por necesidades de barrio y por promover algún gusto afín al fútbol. Son soñadores, idealistas, ilusos, agresivos, de amores, de odios, leales y guerreros, porque así son todas las necesidades de barrio.

Conciben el partido como un ritual en el que desempeñan un papel activo, hablan constantemente de su conjunto y de lo que ocurre con él, se dotan de emblemas y símbolos que llevan consigo o adhieren a su cuerpo con pintura y tatuajes. El sufrimiento y el compromiso no desaparecen luego de terminado el juego, hacen seguimiento permanente de las noticias en los medios de comunicación, se identifican con su divisa en cuerpo y alma, acuden siempre al estadio e incluso siguen a su conjunto en sus desplazamientos.

Generalmente, utilizan banderas, lienzos y diferentes instrumentos musicales; se caracterizan por ubicarse en las tribunas populares, aquellas que frecuentemente carecen de asientos y donde los espectadores deben ver el partido de pie. Tienden a presentar ciertos rasgos comunes: exaltación de la fuerza, el nacionalismo, el sentido del honor asociado con la capacidad de pelea, la necesidad de reafirmación, marginalidad urbana, y consumo de alcohol y drogas. Están conformadas por “parches” jóvenes, sus “capos” suelen ser de mayor edad.

Estas barras bravas han adquirido notoriedad progresivamente en Colombia desde comienzos de la década de 1990, época que representa a los aficionados reunidos en esos extraños colectivos que han hecho del estadio deportivo un elemento vital en cualquier sociedad, aunque también un campo de batalla en el cual quedan tirados los sueños y, a veces, las vidas de jóvenes que apenas empezaban a entender por qué eran tan agresivos y por qué no defendían ideologías, credos, doctrinas o metas. Solo defendían un equipo de fútbol.

Están conformadas por líderes y fanáticos que generalmente viven en el mismo sector de la ciudad, comparten el tiempo libre, el estudio, el sentido de dominio, de hermandad y el gusto por el fútbol. Reestructuran las marcas locales establecidas a partir de experiencias territoriales de arraigo en el espacio que habitan mediante la participación en redes de comunicación deslocalizadas construyendo nuevas identidades.

Se acompañan de un carnaval que es la fiesta que hacen antes, durante y después del partido de futbol, alentando al equipo y exponiendo varios símbolos muy significantes para la barra como los cantos y bailes (inspirados en la cumbia villera argentina característica de un barrista), las banderas (robarle la bandera a otra barra es el mayor motín y la peor humillación, es cuestión de honor para muchas y por ella se pelea hasta la muerte).4

Las mujeres en las barras bravas

Las barras integran parches o grupos conformados por hombres y mujeres. Estas últimas sienten pasión y sentido de pertenencia hacia su equipo, lo hacen a través de bailes, forma de hablar, signos, comportamientos y representaciones. Proponen encuentros, manejan procesos editoriales y coordinan reuniones. La barra es su espacio de expresión, actuación y gusto por el fútbol.

Cada fanática vive de una manera especial el futbol, practica un ritual que incluye dos procesos uno dentro del campo y uno fuera de él. Vive con fervor esta pasión por el fútbol e incluso se ha arraigado como parte importante en la barra, y busca el reconocimiento ante el grupo de hombres como la más grande y la mejor.

La mujer expresa fuertes lazos de solidaridad referidos a la defensa de su barra y sus integrantes como premisa fundamental de acción. Tanto mujeres como hombres en la barra configuran un campo productor de significados, ya que este grupo se ha convertido en un medio para construir identidades colectivas y generar una integración que no distingue las desigualdades y las diferenciaciones sociales.

La violencia

Las acciones violentas de las barras bravas son producto de un amor ciego y compulsivo hacia un equipo de fútbol que en algunos casos reemplaza el amor que falta en la casa del seguidor o en su vida íntima y social. Este amor; fanatismo y sentimiento, es el que los lleva a adquirir un sentimiento de odio contra el contendor. Asisten personas de todas las clases y formas de pensar. En la tribuna manifiestan los nacionalismos, las realidades étnicas y culturales asociadas a sentimientos nacionalistas

Expresan mensajes discriminatorios y humillantes de figuras públicas, estigmatizan movimientos políticos, defienden zonas de reserva campesina, promulgan por la familia como eje central de la sociedad, hacedoras de principios y valores, emprendedoras, amantes de las buenas costumbres, con afán por la preservación de sus raíces y tradiciones. Expresan su contracultura, adoptan el ideal de la lucha de clases para combatir al capitalismo, son racistas, fascistas, xenofóbicos, homofóbicos y creyentes de la teoría de la raza superior.

Ciudad, lucha de clases y territorialidad

Los barristas hacen alusión al vestuario como el conjunto de accesorios que no se trata solamente de un look sino de otorgar a cada prenda significación vinculada al universo simbólico que actúa como soporte para la identidad. Reinventan las modas que ofrece el mercado para imprimirles, a través de pequeños o grandes cambios, un sentido que fortalezca la asociación objeto-símbolo-identidad.

Estos comportamientos reflejan una inconformidad hacia lo impuesto, y junto a la moda, conforman una mezcla donde la diversidad de clases sociales agrupadas en las barras bravas desaparecen representándose como un grupo unido y fiel a su equipo que escenifica el juego, dramatiza la derrota o la victoria.

Los barristas se apropian de la metrópoli, la recorren, la exploran y dejan sus huellas, la conciben como suya, la luchan, la respetan y la aman, es su imaginario, es su sueño, son sus dueños. Las imágenes de la ciudad son múltiples y cada hincha va armando simbólicamente su propio territorio de acuerdo con los recorridos y con los deseos que pueda realizar en estos espacios.

El territorio surge y se transforma según el fanático ejerza las acciones de denominar su espacio y recorrerlo. Es el lugar donde el barrista ordena su mundo. Es el contexto cultural en el que se desarrollan las caracterizaciones de cada actor. Para el caso de los barristas, sus territorios son los escenarios donde confluyen todos los anhelos, mitos, símbolos, conflictos, ideas y pasiones desatadas en un ámbito propio y privado.

Las barras son un híbrido de manifestaciones sociales, en el que se mezclan elementos de lucha de clases, tendencias musicales, políticas, modas y copias de expresiones de otros países.

Con códigos políticos y hasta militares

Los barristas viven entre dos sentimientos encontrados: de inmensa fe en sus propias capacidades y de desconfianza en las instituciones. Se sienten divorciados de los actuales líderes de la política, de las fuerzas armadas, de los medios de comunicación, de los dirigentes deportivos y del sector empresarial.

Estos grupos se caracterizan porque abogan por la autonomía; por la existencia del derecho a la diferencia aunque sean ellos mismos que no la respeten en ocasiones. Son una amalgama de etnias, razas y tradiciones, invadidos por una cultura extranjerizante.

Transforman todo en accesorios coreográficos, de la religión adoptan los emblemas; de las organizaciones políticas los símbolos más provocadores; de los movimientos revolucionarios la imagen de sus ídolos: de la milicia el saludo con el brazo derecho en alto; y de los grupos militares algunos códigos. Integran todo elemento comunicativo que pueda aportar al espectáculo y a la barra con el fin de alentar al propio equipo o intimidar al adversario.

Los barristas buscan espacios para existir y unirse con los jóvenes; fomentan su barra o parche para tener más integrantes que apoyen sus expresiones; crean nuevas palabras, sitios de reunión, estilos de vestir, nuevos usos y desusos del cuerpo; hacen respetar su espacio, proponen razones para ejercer dominios y libertad para despistar la inconformidad, de la pasión mediante el amor hacia su equipo.

Lejos de ser una válvula de escape a las frustraciones y problemas de la vida diaria, el fútbol, el estadio y la ciudad, adquieren un sentido mítico el cual es proyectado en la escenografía elaborada durante los partidos. Ello permite entender por qué los fanáticos convierten la ciudad en una prolongación del terreno de juego, en un espacio de simbologías, territorialidad, de diseño de mapas, de identidad, en escenario de enfrentamientos sociales y políticos.

Entonces nos preguntamos ¿Qué podría suceder con estas barras? ¿Un vandalismo desatado, furioso? ¿Una nueva propuesta de prácticas comunicativas? ¿Nuevos territorios simbólicos por conquistar? ¿Una nueva forma de defender la ciudad? Son interrogantes para otra publicación con el fin de tratar de dar una interpretación dentro de un espacio y campo altamente subjetivo cómo es la participación de las barras bravas en el fútbol.

* William Ricardo Zambrano es posdoctorado en Dispositivos Digitales. Doctor en la Sociedad de la Información y del Conocimiento y magíster en Comunicación Social. Contacto: william_zambrano@cun.edu.co zambrano_william@hotmail.com.

Educación para la paz: una opción para reconocer a los que no han sido víctimas ni victimarios

Educación para la paz: una opción para reconocer a los que no han sido víctimas ni victimarios

En tiempos en que los crímenes contra líderes sociales se cuentan casi a diario y en que distintos actores violentos continúan sembrando el miedo en regiones que han sido estratégicas rutas del narcotráfico, la educación para la paz es una oportunidad de construcción de país, de darles trámite a los conflictos y de “liderar el futuro mientras emerge”. Así lo concluye la investigadora Sandra Liliana Londoño Calero, profesora del Instituto de Estudios Interculturales de la Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali, en su investigación incluida en el libro Hacia la reconciliación: Una mirada compartida entre el País Vasco y Colombia. 

Más allá de la firma del acuerdo entre el Estado y las FARC en 2016, son diversos los ámbitos que requieren atención para la construcción y consolidación de una paz estable y duradera. Entre esos retos se encuentran las formas de representación, narración y aprendizajes de medio siglo de conflicto, el más antiguo y extenso de Latinoamérica. 

Y en ese contexto, la socialización del informe de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, que se entregará a finales de este año, requiere de una pedagogía para que la sociedad se apropie de esa verdad que tendrá entre manos, diseñe mecanismos sobre cómo manejarla y reconstruya un futuro colectivo e incluyente. 

Eso sí, sin perder la utopía que tiene todo proyecto educativo. “No pretendo una idealización de la convivencia humana ni una ausencia de tensiones, sino una manera diferente de tramitarlas, resolverlas, gestionarlas, y de construir formas de convivencia que no sean violentas”. A eso, asegura la investigadora javeriana, debe apuntar la suma de las iniciativas de educación para la paz. 

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Experiencias de educación para la paz 

El capítulo escrito por la investigadora javeriana desarrolla una reflexión sobre las formas de construir paz. Para ello, presenta un estado del arte de iniciativas en Colombia llevadas a cabo en escenarios formales y no formales, desde el arte o implementadas en zonas urbanas y rurales. Entre sus hallazgos identifica que hay esfuerzos más robustos orientados a las ciudades, pero que lo son menos para el campo, a pesar de que las regiones rurales han sido las más azotadas por el conflicto. Por ello, plantea que una perspectiva de territorialidad e interculturalidad llenaría ese vacío. 

Igualmente, resalta los desafíos que tiene la Cátedra de la Paz, esa iniciativa gubernamental que, a través del Decreto 1038 de 2015, encarga a los colegios del país la tarea de desarrollarla en sus currículos. Uno de los retos es el perfeccionamiento en la asignación de los profesores que la imparten, pues, según la investigadora, falta formación e interés en muchos de ellos, y eso redunda en el desconocimiento de sus alumnos sobre estos temas. Los estudiantes deberían ser los llamados a transformar la narrativa de violencia en Colombia. 

La educación para la paz tiene que estar sustentada en la vivencia de la gente. Esperamos que el informe de la Comisión de la Verdad traduzca esa experiencia vivencial y plantee recomendaciones hacia una paz real, integral y duradera para Colombia. Alejandra Miller, Comisionada de la verdad 

 

Una excepción a la regla se encuentra en Tumaco, Nariño, con la apuesta que lidera Stella Rocío Ramírez Villegas, rectora de la Institución Educativa General Santander. En 2018, comenzó a implementar su tesis doctoral, en la que propuso lineamientos educativos para atender contextos de conflicto armado. Para ello, concibió la escuela como la ‘capa protectora’ de sus estudiantes, porque en ese lugar lograban suplir necesidades básicas de alimentación, por ejemplo, o aislarse de los ‘héroes falsos’ que se encuentran en sus barrios o de la muerte violenta que los ronda con desconcertante naturalidad.  

Asegura esta profesora, con más de 36 años de experiencia docente, que con la Cátedra Paz y Sociedad, nombre que se le ha dado en Tumaco a la Cátedra de la Paz, han sembrado la semilla para la transformación de sus estudiantes desde preescolar hasta los últimos grados. Un resultado concreto de ello es que “ahora dialogan más en momentos de conflictividad, incluso entre chicos que hacen parte de los grupos al margen de la ley y otros que fueron desvinculados del conflicto”. Tanto la experiencia de Tumaco como las que se encuentran en todo el territorio nacional evidencian una amplia diversidad de propuestas de educación para la paz. Esto permite diferentes maneras de aproximarse a distintos públicos, como los adultos mayores, los jóvenes o los niños, explica la profesora javeriana en el artículo académico. 

Además, ese abanico de opciones permite pensar en “educar menos en una paz ideal y enfocarse en cómo se construyen paces locales, paces imperfectas que fortalezcan la convivencia y el diálogo social”. Esta perspectiva de sumar esfuerzos puntuales, como las propuestas territoriales, fortalece la gobernanza de los actores en la ruralidad y los empodera para nuevos diálogos sociales que se encaminen a la construcción de una paz imperfecta y que mengüen, entre otras tensiones, la extrema polarización del país.

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Educación para ‘los ofendidos’ 

En medio de la polarización, abundan ‘los ofendidos’, sentencia Sandra Liliana Londoño, haciendo referencia al concepto de la científica social Ivonne Leadith Díaz, también profesora de la Javeriana, seccional Cali. Estos ofendidos, dice, son “las personas que no han vivido directamente el conflicto, no son víctimas ni victimarios, pero se sienten afectadas y tienen una opinión sobre lo que se debería hacer (guerra o paz), conforme a sus valores y experiencia”. 

“El reconocimiento del otro y promover que las iniciativas de reconciliación surjan desde las comunidades son los principales aprendizajes del caso colombiano” Félix Arrieta, investigador español 

La educación para la paz, entonces, resulta ser una respuesta para esa gran parte de la población, con el fin de que no continúe siendo inadvertida en un proceso de paz reconocido mundialmente por centrar la atención en las víctimas directas. Para poner las cosas en perspectiva, bastaría decir que casi la quinta parte de Colombia ha sido víctima de la guerra, esto es, más de ocho millones de personas. ¿Y el resto de colombianos que no han tenido un vínculo directo con el conflicto, qué?  

De acuerdo con la investigadora, esta mayoría no está exenta de los daños colaterales, y la educación para la paz debe apuntar a esa gran población, a esos “40 millones de potenciales ofendidos”, para construir una paz sostenible y, también, para amplificar los mensajes a las nuevas generaciones en lo tocante a la no repetición, la reparación y la resignificación de las comunidades. 

Puntos de encuentro entre el País Vasco y Colombia 

Este libro es una publicación de “experiencias no comparadas, sino compartidas” entre el País Vasco (España) y Colombia, señala Félix Arrieta, uno de los autores españoles. Surgió de encuentros en Bilbao y en Cali, desde 2017, entre profesores de la Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali, y de la Universidad de Deusto. La idea no era comparar los conflictos, sino identificar historias en común para explorar reflexiones sobre alternativas de reconciliación.  

Para los investigadores javerianos, el País Vasco pudo transitar hacia otras realidades más rápidamente que Colombia, sin embargo, esta comunidad autónoma española continúa con una herida profunda arraigada en su pasado. Sin embargo, ha desarrollado más homenajes simbólicos y reflexiones colectivas sobre su situación. De todos modos, no es aplicable una comparación directa, pues “nosotros nos encontramos en momentos distintos, apenas estamos en una etapa de posacuerdo”, asegura Londoño Calero. 

Hay que apostarle a la interculturalidad: esa es la conclusión del libro. Sobre todo cuando se considera que el origen de los conflictos en Colombia está en las diferencias culturales y en los procesos históricos de despojo y de colonización de las tierras. Por ello, dice la investigadora, también hay que centrar la atención en “la educación propia, es decir, desde los valores y las perspectivas de los pueblos originarios y de las comunidades étnicas afro, indígena y rom, que conjugan no solo las aspiraciones de tener un mejor nivel de vida o un cambio económico, sino la pervivencia como sociedades y como cultura”. 

 

Para leer más: Arrieta, F. y Boffey, G. (eds.). Hacia la reconciliación. Una mirada compartida entre el País Vasco y Colombia. Madrid: Los Libros de la Catarata. Ramírez Villegas, S. R. y Londoño Calero, S. L. (2020). La escuela y el niño como víctima del conflicto armado en Tumaco – Colombia. Jangwa Pana, 19(2). https:// doi.org/10.21676/16574923.3610

Ramírez Villegas, S. R. ., & Londoño Calero, S. L. . (2020). La escuela y el niño como víctima del conflicto armado en Tumaco, Colombia. Jangwa Pana, 19(2), 245–260. https://doi.org/10.21676/16574923.3610

 

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Un camino y múltiples recorridos en la educación para la paz en Colombia
INVESTIGADORA: Sandra Liliana Londoño Calero
Instituto de Estudios Interculturales
Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2017-2019

 

                          

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Con estupor, un hincha del equipo visitante del fútbol profesional colombiano en el estadio El Campín observa cómo, 15 minutos antes de acabarse el encuentro, la policía le pide el favor de que abandone la tribuna. “¡Todavía no se ha acabado, faltan 15…!” reprocha el aficionado, pero la intención de la autoridad no cede.

“¡Por favor, haga caso que es por su seguridad, es peligroso para usted porque aquí las barras son muy bravas, es mejor que se retire!”, reitera el uniformado, mientras los hinchas locales, en total desafío contra el frío bogotano, cantan al unísono con la camiseta de su equipo en la mano. Ellos, los locales, extienden orgullosos su bandera de grandes proporciones, sus símbolos guerreros, mientras cantan ofensas al hincha contrario.

Detrás de esos símbolos, los uniformes y los cánticos a favor de un equipo y en contra de los rivales, se esconden aspectos como la territorialidad, la violencia y la identidad de miembros de la sociedad que deciden vivir y hasta morir en torno a una barra de fútbol.

Una investigación de tesis doctoral en antropología —efectuada en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3 por Jairo Clavijo Poveda, docente del Departamento de Antropología de la Javeriana— estudia estas manifestaciones colectivas. En ella el profesor buscó establecer la naturaleza de las prácticas sociales de los barristas.

En esta investigación etnográfica fue necesario convivir con dos de las barras de Bogotá y realizar una observación participante —como metodología— en la que se aplicaron entrevistas semiestructuradas, entre otros métodos de recolección de información.

“El elemento clave de análisis de las barras es el lenguaje, pues la acción más notoria de los barristas es reunirse para expresarse colectivamente a través de sistemas de representación tales como el habla, pero también formas no verbales como las imágenes, los signos, los símbolos utilizados”, comenta el investigador.

“Todos los domingos en la tarde.
Me voy a la cancha a ver al más grande.
En mi cabeza no me importa. Lo que diga todo el periodismo y la Policía”.

Antecedentes

Las primeras barras estructuradas en el país surgieron en 1987 y 1986 con los Saltarines del equipo Santa Fe y Escándalo verde del Nacional, respectivamente. Hacia 1991 se fundó la barra Blue Rain de Millonarios y posteriormente nació Comandos Azules. Todas adoptaron nuevas formas de comportamiento en los estadios para alentar a su equipo.

“Estos nuevos grupos adoptan los cantos barristas argentinos y movimientos en las tribunas, lo que empieza a llamar la atención de muchos jóvenes hinchas”, resalta la investigación.

En un inicio las acciones de los barristas se centraban en el estadio, pero no tenían como medio de expresión la violencia física. Sin embargo, sus integrantes fueron adoptando un lenguaje más agresivo contra los adversarios, lo que condujo a los primeros enfrentamientos con la policía dentro y fuera del estadio.

Sentido de pertenencia: entre territorialidad y violencia

Aunque en el imaginario del ciudadano común las barras están compuestas por jóvenes y adultos de clases medias y bajas, se comprobó en esta investigación que su proveniencia social es heterogénea. “A pesar de las posibles diferencias sociales todos se comportan de manera similar de acuerdo con unas reglas y jerarquías internas, bajo un compromiso implícito de inclusión”, afirma Clavijo.

Las barras construyeron una noción de territorialidad sobre los espacios en los que tienen existencia social. “Si un territorio es considerado de propiedad de la barra, se rige por una regla de exclusividad: no se admite ningún aficionado o barrista del otro equipo. Estas zonas les confieren un sentido de pertenencia y de legitimidad territorial, pues han sido conquistadas y defendidas por ellos. Frente al riesgo de invasión, los territorios son marcados por grafitis y por la presencia de barristas con camisetas y símbolos del equipo”, señala la investigación.

Mientras la Alcaldía de Bogotá ha contribuido a legitimar esos territorios al dar el estatus de dirigente a algunos integrantes de las barras y con dineros públicos se pintó el estadio con los colores de esas organizaciones, la policía concentra a los barristas en un sitio determinado.

Una de las conclusiones es que, por lo general, la violencia —una de las manifestaciones más distintivas de las barras—, es de carácter simbólico hacia los demás barristas, aficionados, equipos, árbitros y la policía. Estas acciones son símbolos inteligibles en el lenguaje barrista o en general del fútbol.

Aunque existe una idea general en las personas ajenas a las barras de fútbol sobre que se ejerce una violencia que trasciende el mundo del deporte, la investigación arroja resultados que controvierten este pensamiento colectivo.

“Toda violencia física y no física ejercida por los barristas es simbólica, pues se encuentra codificada y funciona como un lenguaje pleno de significaciones. Esta violencia se inscribe en el contexto de los partidos, que representan un tipo de ritual urbano para los barristas. Se puede afirmar que la violencia barrista no es exacerbada, se trata sobre todo de una violencia controlada”, explica la investigación.

Un ejemplo de ello es la lucha cuerpo a cuerpo, el uso de piedras, garrotes y armas blancas y no de armas de fuego en las que no se presenta un contacto corporal entre los agresores. Todas las acciones violentas son siempre pruebas de aguante o resistencia y de pertenencia al grupo. Es decir, la violencia funciona como un lenguaje cuyo fin es defender un territorio o el prestigio, escenificar la identidad y demostrar la pertenencia al grupo.

“Se puede evidenciar que la violencia barrista funciona como un sistema de intercambios entre barristas (agresiones, cantos, venganzas por razones de disputa territorial o deportiva) donde la utilización de códigos comunes de comunicación (actitudes, marcas, amenazas, peleas, etc.) define los espacios de las barras en la sociedad. Este sistema es posible ya que se deriva de la práctica del fútbol, un deporte que refleja la sociedad”, señala Clavijo.

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Barristas e identidad

“La identidad de los barristas en general funciona como sentimiento de pertenencia que se renueva durante el espacio ritual del partido. Este sentimiento funciona en dos sentidos: uno hacia la ciudad o región y otro hacia el propio grupo en tanto se es miembro de él. Se fortalece y se renueva gracias a unas prácticas sociales que se inscriben en un espacio ritual, pero también al reconocimiento individual y colectivo de inclusión al grupo y de exclusión a otros grupos. Este reconocimiento también proviene de la sociedad y del Estado, por ello, ciertos códigos de comunicación barrista son reconocidos socialmente”.

Como resultado de la interacción con los integrantes de las barras, la investigación concluye que los jóvenes buscan a través de estos grupos la inclusión que la sociedad en general les niega. En ellas son ‘alguien’, tienen una identidad y un sentimiento de fidelidad extremo, en este caso por un equipo de fútbol.

“Podemos afirmar que las prácticas barristas como su organización, acciones y símbolos, permiten pensar el fútbol como un espacio propicio para la toma de conciencia de los jóvenes barristas acerca de su existencia social como grupo contestatario”, concluye la investigación.


Para leer más:
Estudio de barras bravas de fútbol de Bogotá: Los Comandos Azules, Jairo Clavijo, Universitas Humanística, N. 58, P.U.J., Bogotá, jul. – dic. 2004. Disponible en: https://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/universitas/58.html
 

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