¿El océano de nuevo?

¿El océano de nuevo?

Esta vez les escribo desde uno de los tantos lugares especiales y maravillosos a los que la vida me ha llevado últimamente. Al estar de pie en este lugar y al verlo, al mirar su color azul, sus playas, su calma, sus hermosos atardeceres y el agua que se extiende sin fronteras, de verdad me hace creer que estoy contemplando el profundo océano. Se trata del lago Erie, que se encuentra al norte de Estados Unidos y sur de Canadá. Hace parte de los cinco grandes lagos de Norteamérica. Por su gran tamaño, 25.700 km2 y una profundidad entre 19 y 164 metros ocupa el lugar número trece entre los lagos naturales más extensos del mundo.

Atardecer en el lago Erie
Atardecer en el lago Erie

Justo en una caminata en uno de los senderos que se encuentran alrededor del lago, pude observar un ave que también se encuentra distribuida en Colombia, que migra buscando climas más cálidos cuando en el norte hace frío. Es la golondrina tijereta (Hirundo rustica), llamada así porque las plumas externas de su cola son alargadas y al volar pareciera una tijera abierta. Además, es la golondrina con la mayor área de distribución del mundo, pues la podemos ver en casi todos los continentes, Europa, Asia, África, América y Oceanía. Esto se debe a que utiliza estructuras construidas por el hombre para hacer sus nidos, por lo cual se ha dispersado con la expansión humana. Es un ave pequeña, mide en promedio entre 14 y 19 centímetros y pesa entre 16 y 22 gramos. Es insectívora y se alimenta mientras vuela, por lo que su vuelo depende del movimiento del insecto que esté persiguiendo, lo que la hace muy errática y hace un poco difícil capturarla en una buena fotografía.

 

Golondrina tijereta (Hirundo rustica), sobrevolando el lago Erie.
Golondrina tijereta (Hirundo rustica), sobrevolando el lago Erie.

También he podido notar en varias ocasiones a un mamífero agraciado y saltarín. Se trata del conejo cola de algodón (Sylvilagus floridanus), una de las especies de conejos más comunes en Norteamérica y que se distribuye hasta Venezuela, es decir, esta especie también se encuentra en Colombia, pero en la parte norte. Se puede encontrar en bosques, pastizales, desiertos, cultivos, desde los 0 hasta los 3.000 metros de altura. Es herbívoro, se alimenta de plantas, arbustos, pastos, hierbas y árboles. Tiene una tasa reproductiva muy alta: una hembra puede tener hasta 35 conejos en un año, por lo cual se puede convertir en una especie invasora fácilmente. Tal vez, esta es la razón por la cual es la especie más cazada en Estados Unidos y México, con fines alimenticios o recreativos.

Conejo cola de algodón (Sylvilagus floridanus) entre pastizales.
Conejo cola de algodón (Sylvilagus floridanus) entre pastizales.

Otra ave que vi frecuentemente, pero que nunca había observado antes, es el tordo alirrojo (Agelaius phoeniceus). Esta especie presenta dimorfismo sexual, es decir, que el macho y la hembra son diferentes, distinguiéndose algunas veces por el tamaño, otras veces por algunas características específicas. En este caso son totalmente diferentes en la coloración de su plumaje y la hembra es un poco más pequeña. El macho es realmente imponente con su color negro y parte de sus alas rojas y un poco de amarillo, pero lo que más me gusta son sus diversos cantos que he podido oír cuando se llaman entre ellos, cuando van a alimentarse o cuando están defendiendo su territorio. Se distribuyen en el norte y centro de América, son insectívoros y también se nutren de semillas y son muy territoriales.

Tordo alirrojo (Agelaius phoeniceus), a la izquierda el macho y a la derecha la hembra.
Tordo alirrojo (Agelaius phoeniceus), a la izquierda el macho y a la derecha la hembra.

Estas son las sorpresas que ha traído la transición de la primavera al verano. La temperatura se ha incrementado considerablemente, mientras en mayo teníamos temperaturas de 5ºC, ahora tenemos temperaturas de 28-31ºC. Ya quiero ver las maravillas que traerá el verano.

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Con una canasta amarrada al tronco de su cuerpo, Pilio recorre los cafetales del sur de Antioquia recogiendo uno a uno los granos de café, al tiempo que Isabel, su esposa, alimenta con ‘puchos’ de avena y trigo a sus gallinas. Esta tarea la realizan desde hace más de 40 años, al ritmo de bambucos y pasillos, entre los cerros de Jardín, un pueblo ubicado a 134 kilómetros de Medellín. Para ella, las gallinas son su vocación pues además de ser su compañía se han convertido en fuente de alimento al poner cerca de 300 huevos al año. Sin embargo, el vuelo diario de un ave rapaz sobre su finca se ha convertido en un problema. Se trata del águila crestada, una especie que debido a la deforestación de zonas boscosas busca su alimento en hábitats rurales, y que actualmente está en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Tanto para Isabel como para Pilio y muchos campesinos más, esta ave representa una amenaza para la supervivencia de los animales domésticos en sus fincas, razón por la que hay una tendencia a matarlas. Debido a ello, con la intención de promover decisiones basadas en evidencia científica para mejorar las interacciones entre las personas y la naturaleza, Juan Sebastián Restrepo-Cardona, magíster en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Pontificia Universidad Javeriana, se ha dedicado a estudiar por más de cuatro años nidos del águila crestada en los departamentos de Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y Huila. Su propósito: analizar los factores socio-ecológicos que influyen en el conflicto entre los campesinos y el águila, y al mismo tiempo desarrollar un trabajo educativo en el que las comunidades den un significado a la vida silvestre a partir de ejercicios de ciencia participativa.

“Este es un proyecto muy enriquecedor porque trabajamos de la mano con las comunidades locales. Son los campesinos quienes nos dicen dónde están los nidos de las águilas, ya que esta es una especie de paisajes rurales y son las personas quienes están interactuando con ellas todo el tiempo. Los pobladores participan durante todo el proceso, son la clave para la conservación del águila”, afirma Restrepo-Cardona, biólogo de profesión.

Una parte del proyecto consiste en identificar la ubicación geográfica de los nidos de esta especie para colectar información sobre las presas con las cuales los adultos alimentan a sus polluelos durante los periodos de crianza, para posteriormente cruzar esos datos con los cambios del paisaje del ecosistema de la región. De ahí que, si bien los mamíferos arbóreos como perros de monte, micos, monos y zarigüeyas, entre otros, son fundamentales en su dieta, la reducción del bosque es un factor que lleva a esta águila a depredar aves de corral, especialmente gallinas (Gallus gallus). A esto se suma que por la deforestación la especie ha perdido el 60.6% de su hábitat original en el país. Con este resultado, el egresado javeriano y sus colaboradores hicieron una publicación en la revista Tropical Conservation Science en 2019 con el artículo Deforestation may trigger Black-and-chestnut Eagle predation on domestic fowl.

“La deforestación es una de las causas de la depredación de gallinas por el águila y encontramos evidencia científica que nos ayuda a soportar esto”: Juan Sebastián Restrepo-Cardona.

Por su parte, para identificar la percepción que las comunidades locales tienen sobre este animal, Juan Sebastián Restrepo trabajó con la organización The Peregrine Fund y la asesoría de Luis Miguel Renjifo y María Ángela Echeverry, de la Universidad Javeriana, en la implementación de 267 encuestas a personas mayores de 14 años en cuatro municipios elegidos para el estudio. Con este ejercicio, este egresado de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales encontró que en su mayoría la percepción de los campesinos hacia el águila era negativa por factores socio-demográficos como el manejo dado a las gallinas en las fincas y el género, debido a que una mujer rural como Isabel, en este caso, es quien vive de primera mano la experiencia de pérdida de sus aves domésticas por cuenta del águila crestada.

Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas.
Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas. Foto: Felipe Quintero

 

El conflicto entre los campesinos y el águila crestada

De acuerdo con los datos presentados en el Libro rojo de aves de Colombia, se estima que en la actualidad existen menos de 1.000 águilas crestadas en el mundo, distribuidas en la cordillera de los Andes y la Sierra Nevada de Santa Marta. Los interesantes resultados presentados en la primera etapa de su tesis de maestría llevaron a Restrepo-Cardona a preguntarse si la persecución por depredación de gallinas era una amenaza importante para Spizaetus isidori en el país.

Para validar esta pregunta, el investigador recurrió a archivo histórico, ejemplares de especies conservados en colecciones biológicas de varias universidades y centros de investigación del país, conocedores de la especie, bases de datos de corporaciones autónomas regionales y literatura profunda sobre el tema. El resultado fue revelador ya que, entre 1943 y 2019, los registros presentaron 81 casos de águilas que murieron o fueron capturadas: 47 ejemplares que recibieron disparos, 16 fueron capturadas (3 para ser traficadas) y dos se electrocutaron con líneas eléctricas de alta tensión.

Con esta información, Restrepo-Cardona y sus colaboradores concluyeron que la persecución hacia el águila ocurre como una prevención o represalia ante la depredación de gallinas, siendo la principal causa de mortalidad para la especie en Colombia, en donde ha perdido el 60.6% de su hábitat original y enfrenta otras amenazas como la electrocución y el tráfico ilegal. Con base en estos resultados, la revista PLOS ONE publicó en enero de 2020 el artículo Human-raptor conflict in rural settlements of Colombia, en el que está consignado el estudio.

 

De las 63 águilas que recibieron disparos o fueron capturadas, en el 60% la excusa fue la depredación de gallinas. Además, el 53% de los eventos ocurrieron entre 2000 y 2019.

 

 

Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia.
Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia. Foto: Felipe Quintero

 

Una responsabilidad de carácter social

A pesar de que los resultados de esta investigación son desalentadores en materia de supervivencia del águila crestada, existen oportunidades para lograr la conservación de esta especie. Por eso, surge un llamado urgente a tomar acciones para mitigar y prevenir el conflicto humano-águila en territorios reproductivos de esta ave a partir las siguientes recomendaciones:

  1. Mantener o incrementar los bosques.
  2. Aumentar las poblaciones de mamíferos arbóreos que ejercen el rol de presas.
  3. Reducir la exposición de aves domésticas con el uso de corrales adecuados.
  4. Otorgar compensaciones económicas a los campesinos al sufrir la pérdida de gallinas por ataques del águila, como en el posible caso de Pilio e Isabel.
  5. Desarrollar programas educativos e investigaciones socio-ecológicas.
  6. Implementar un trabajo pedagógico con comunidades locales.

 

“La planeación efectiva para la conservación del águila debe ir más allá del sistema de áreas protegidas e integrar enfoques socio-ecológicos en prácticas de conservación en paisajes dominados por humanos”, añade Restrepo-Cardona, quien actualmente participa en un proyecto de colaboración internacional para la conservación del águila crestada en Suramérica.

 

El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia.
El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia. Foto: Juan Carlos Noreña