Ganges: espejo de una crisis ambiental

Ganges: espejo de una crisis ambiental

Recorrer el Ganges para un occidental es darle la oportunidad al cuerpo de sentir, ver y olfatear diferente, es adentrarse en una cultura colmada de contrastes exorbitantes. Dicen que detrás de un río hay un pueblo y el Ganges no es la excepción, a lo largo de sus 2.507 km de extensión emanan las raíces de la cultura india: su arcaísmo, que se entrelaza con lo moderno; la espiritualidad cargada de tradición, el caos y ruido atosigante de las multitudes; y los valores culturales de pureza que se vuelven una paradoja ante los ojos de quienes pisan esta tierra, de colores y sabores singularmente seductores para unos, y abrumadora para otros.

Todos los rituales y experiencias que confluyen en la diosa Ganga, como lo llaman (iniciaciones, exorcismos, la celebración por la vida, el adiós a los que mueren, purificación para el alma de los vivos y alimento para los ancestros que ya no viven), siempre están cargados de una energía purificadora, de liberación y de limpieza de los karmas que llevan a la inmortalidad y bienaventuranza en las vidas futuras. No obstante, aunque el poder de Ganga está todos los días del año, según la tradición y el calendario lunar indio, hay unas fechas en las que el río realza su fuerza salvífica.

Cada tres, seis y doce años se celebra el festival Kumbh Mela, que engloba la peregrinación más grande del mundo. Puede congregar hasta 120 millones de personas durante un mes lunar, y cerca de 8 millones de personas  reciben la ventura que Ganga entrega en uno de sus días más auspiciosos. Multitudes de cuerpos entran al agua helada que baja del glaciar de Gangotri, en el Himalaya, a más de 5.000 metros de altura. Las cabezas se sumergen una, dos y tres veces buscando la inmortalidad, en un ritual acostumbrado por los devotos en esta fecha.

La diosa termina siendo todo un poema difícil de leer y un tanto incomprensible. Es la belleza de la limpieza corporal y espiritual representada en los rituales, en donde todos los karmas se van, frente a la contaminación masiva que consume poco a poco a la que da la vida, purifica y salva. Y así también pide a gritos que la rescaten: en las mismas aguas donde las personas, sin dudarlo, se sumergen para liberar sus karmas, también se zambullen los desechos de  50 ciudades principales, la mayoría con una población superior a los 50.000 habitantes, como Kanpur, Allahabad, Varanasi, Patna y Calcuta; y cerca de 118 pueblos, que viven alrededor del río, y que depositan en las aguas todos sus desperdicios y residuos sin tratarlos.

¿Qué pasa si Ganga desaparece? Ella es más que la diosa de la limpieza ritual, está relacionada con casi todos los aspectos y medios de vida de las poblaciones en las que es venerada. Allí confluyen la biodiversidad, la vida social, económica y ecosistémica de los pueblos; aporta 30% de los recursos hídricos de India, 90% para irrigación de cultivos de arroz, trigo, caña de azúcar, lentejas, papas, así como legumbres, chiles, mostaza, ajonjolí y otros, con los que se sostiene el 43% de la población, o sea, entre 580 y 600 millones de personas en 11 estados de la India. Alrededor de su magna belleza, las expresiones armónicas y espirituales que por ella se manifiestan y su contribución a la economía agrícola, se estima que un tercio de la población india vive en la cuenca del río Ganges y es la directamente afectada por las diferentes causas de deterioro del afluente.

La pregunta de qué pasaría si el río Ganges desapareciera caló en la cabeza de los investigadores javerianos Ana Milena Piñeros, ecóloga y magister en Conservación y uso de la biodiversidad, y de Roberto Restrepo, filósofo y director de cine. “Es como si Jesucristo, quien soporta todo y perdona los pecados para el católico o para el cristiano, desaparece como resultado de la contaminación, acción o intervención humana”, comentan. Sin muchos recursos pero con una enorme cantidad de información recabada a través de largos días de investigación, emprendieron una travesía por el Ganges para conocer las tradiciones y la cultura india, y luego transportarlas al arte audiovisual.

Ganges, un viaje por los sentidos del agua es un largometraje colombiano traído de la India, producto de un viaje de seis colombianos, quienes pasaron tres meses caminando, recorriendo y recopilando historias alrededor del río en el que gira la vida de India, pero que también agoniza lentamente. La cinta se estrenará  en junio, en las pantallas de Cine Colombia de Bogotá, Medellín y Cali.

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“Éste es uno de los ríos más contaminados del mundo, pues recibe a diario aproximadamente 4.800 millones de litros de desechos, de los cuales alrededor del 80% son domésticos y el resto industriales, altamente tóxicos; también se suman amenazas como el cambio climático, con consecuencias en el retroceso de los glaciares del Himalaya, destinados a perder cerca de dos tercios de su extensión para 2100 si continúan las actuales emisiones de gases de efecto invernadero. Esto pone en riesgo la existencia misma del Ganges, el cual es alimentado principalmente por el agua aportada por estos glaciares”, explica Restrepo, quien añade: “sin embargo, para los hindúes, es un sacrilegio decir que el río está contaminado, pues es sagrado”.

El río Ganges es el hábitat de especies que hoy están amenazadas por las distintas causas de deterioro que sufre el río. Entre estas, el Delfín del Ganges (Platanista gangetica gangetica), en peligro de extinción; el tiburón del Ganges (Glyphis gangeticus) y el gavial (Gavialis gangeticus), críticamente amenazadas; así  como la última población de tigre de manglar, el tigre de bengala (Panthera tigris tigris), habitante de las islas de Sundarbans, en la desembocadura del río, donde se encuentra en el manglar más grande del mundo.

Piñeros, investigadora del documental, añade que “son cerca de 400  millones de personas las que habitan en la cuenca del río Ganges, la más densamente poblada del mundo, compartida con Nepal, India, Bangladesh y China; y aunque se han implementado algunas acciones para salvarlo, como, por ejemplo, la instalación de más plantas para el tratamiento de aguas residuales, éstas no son suficientes para el volumen de desechos allí vertidos, pues menos de 1/4 de las aguas que llegan al río son tratadas y tanto los pobladores, como la biodiversidad en general son los afectados”.

Un occidental podría decir que no ha visto tierra más espiritual y a la vez más sucia que India, porque el modelo de vida se sale de los principios convencionales de su cultura sin reconocer que él vive sobre la mugre que ha tratado de esconder por años. Los occidentales que se consideran conscientes en términos ambientales, mantienen niveles de consumo exorbitantes que son aún más contaminantes que los de la India. “Marginamos la basura, pero dejamos que pase sigilosamente a las cosas vivas. Las nuevas generaciones presentan, cada vez más altos índices de bioacumulación: tenemos plomo en la sangre, mercurio en el cerebro; además, pensamos en términos de marcas, de producción. Creemos que el agua se produce en las fábricas y las fábricas reales están en otro lado, en lugares que estamos descuidando”, asegura Restrepo.

Entre culturas varía la interpretación de conceptos y, lo que para unos es basura, para otros no lo es. En ese sentido, la palabra se queda corta para describir el tamaño de nuestra realidad. Restrepo resalta que “mientras los indios recolectan basura, porque muchos de ellos no la ven como tal, los occidentales, en su obsesión por erradicar la mugre, la esconden, lo que no quiere decir que no exista”.

Aunque parezcan realidades distantes, los documentalistas de Ganges, un viaje por los sentidos del agua, vieron en India una oportunidad para mostrar el deterioro ambiental, que aunque pareciera único se replica en varios lugares del mundo. Una historia que parece ser la más brutal pero que, al mismo tiempo, es el reflejo de lo más humano: de los contrastes infinitos, como la capacidad espiritual que puede tener el hombre frente la irracionalidad ingenua de sus acciones.

Tras la experiencia, el equipo de producción reflexiona sobre la necesidad de pensarnos como humanos, como parte de la naturaleza y no como sujetos individuales. “Hace falta un cambio de paradigma económico, social y científico, pero también se trata de hacer cambios desde el corazón. Debe haber una transformación de la forma en cómo nos relacionamos con todo lo que nos rodea y con la naturaleza, para que haya una verdadera transformación ambiental”, concluyen.

Ganges, un viaje por los sentidos del agua es una invitación a conocer una vida de contrastes humanos que despertará todos los sentidos en una travesía por las aguas de la diosa Ganga.

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Luchar a contracorriente para salvar a la guapucha

Luchar a contracorriente para salvar a la guapucha

El auto se orilla dejando una estela de polvo y tierra seca. Un hombre de gafas y sombrero, cuya piel color melaza contrasta con el sol, baja del interior; junto a él tres estudiantes descargan bolsas, baldes de plástico y equipo de laboratorio. Todos miran el cuerpo de agua unos metros más allá, se concentran en su color tierra. Se cambian la ropa y preparan las redes y el equipo. En unos cuantos minutos están en el agua, trabajando.

Desde la orilla, el profesor Javier Maldonado, director del Departamento de Biología de la Universidad Javeriana, los supervisa. Ha conducido por un par de horas entre el denso tráfico bogotano, ha mirado cómo aparecen el verde y la niebla en el panorámico y se ha adentrado entre caminos sin pavimentar. Ahora se encuentran en el río Bogotá, en el punto en el que el canal de desagüe del embalse de Tominé conecta con el río. Trabajan en un afluente sinónimo de los peores pecados humanos: contaminación, desidia, egoísmo, muerte.

“Venimos a diferentes puntos de la cuenca del río para colectar los ejemplares que utilizamos en los diferentes estudios y también datos en campo de la físico-química del agua y muestras de sedimento”, explica Maldonado.

Dentro del río toman muestras de agua que filtran con redes para después, en el laboratorio, verificar la presencia de comunidades de algas y microinvertebrados. Toman datos sobre los niveles del oxígeno, la temperatura y el pH en el río, los que sirven para determinar la calidad ambiental del agua. Entierran un bastón metálico con el que extraen muestras de sedimento para determinar la presencia de macroinvertebrados y materia orgánica.

Después usan la red de arrastre: una malla con cadenas que se fija a las orillas y con la que extraen especímenes acuáticos: cangrejos, larvas, moluscos, capitanes… Su objetivo, la captura que puede determinar el éxito o el fracaso de la jornada, es un pequeño pez plateado de no más de ocho centímetros de largo que se encuentra amenazada, según el Libro rojo de peces dulceacuícolas de Colombia.

Se trata de la guapucha (Grundulus bogotensis), la fuerza creadora detrás de dos investigaciones científicas que se vienen desarrollando desde 2012. “Intentamos establecer el estado actual de conservación de la especie en diferentes partes de la cuenca alta del río Bogotá”, explica Maldonado. Al fondo, paredes de polvo y tierra se alzan al paso de tractomulas que atraviesan los caminos de la sabana bogotana.

Desplazados por el progreso

Uno de los primeros recuerdos de Maldonado con la guapucha tiene que ver con su sabor. De niño, a inicios de los años ochenta, la veía en sus excursiones a los ríos que bordean su natal Ubaté. Eran otros tiempos, de aguas menos contaminadas, abundancia de peces e improvisados chefs ribereños: “Las asaban y las vendían en paquetes con maíz tostado. Era un plato muy típico de la laguna de Fúquene”.

Este diminuto pez ha nadado las aguas del altiplano cundiboyacense desde los días en los que no existía la noción de historia: es una especie endémica de la región junto al capitán de la Sabana (Eremophilus mutisii) y el capitán enano (Trychomycterus bogotense). Los tres eran parte de la dieta de los indígenas que se asentaron en lo que hoy se conoce como Cundinamarca y Bogotá.

La cultura occidental vino a conocer a la guapucha en 1821, cuando fue descrita por el naturalista alemán Alexander von Humboldt. Desde entonces, el desarrollo de la civilización la ha arrinconado: la contaminación de los afluentes ha limitado su presencia a las partes donde aún hay buena calidad de agua y donde el cauce del río no ha sido canalizado ni modificado sus condiciones naturales.

Hoy es muy poco lo que se sabe sobre el estado de conservación de la guapucha en el altiplano. “Se habían hecho estudios para indagar sobre aspectos básicos de la biología de la especie, de qué se alimenta, cómo es su reproducción, pero aún existen vacíos importantes de conocimiento que estamos intentando
llenar”, continúa Maldonado, quien en 2012, cuando regresó de su doctorado en Brasil e ingresó como profesor a la Pontificia Universidad Javeriana, recibió aprobación de la Vicerrectoría de Investigación para iniciar dos investigaciones sobre la especie.

Él es el primero en señalar una absurda ironía: su nombre (en muisca, ‘pez blanco’) contrasta con el presente de un río muerto, de aguas estancadas, receptor de todos los desechos de una cultura que trata a los afluentes como vía de escape para los remanentes de su progreso.

Producción de conocimiento

Como parte de uno de los proyectos adelantados, que busca establecer la diversidad genética de la especie, se desarrolló un estudio taxonómico y morfológico comparado de individuos originarios de la Sabana de Bogotá, la Laguna de La Cocha (Nariño) y las Lagunas de El Voladero (Ecuador).

El equipo publicó un artículo donde se presenta el genoma mitocondrial de la guapucha y espera publicar en 2016 resultados adicionales sobre la diversidad genética y estado de las poblaciones de la especie.

El segundo trabajo científico, que cerró su fase de investigación el pasado mes de febrero de 2016, estudia y analiza el efecto de residuos químicos y metales pesados sobre las poblaciones de guapuchas.

Profesores y estudiantes han realizado el mismo procedimiento en sus investigaciones de campo: entrar al agua, tomar muestras, colectar especímenes para estudio, preservarlos en alcohol o etanol (algunos los mantienen con vida para realizar bioensayos), diseccionarlos en el laboratorio y analizar sus órganos. “En un día alcanzamos a colectar en dos o tres puntos; a veces pasamos noches enteras analizando y organizando todo el material”, comenta Maldonado.

Los investigadores esperan publicar sus resultados definitivos en 2017, pero los hallazgos preliminares son preocupantes. Las guapuchas recolectadas en varios puntos de la cuenca del río Bogotá (además de Tominé, Tibitoc, el río Subachoque y la quebrada Susana) muestran afectación de órganos como el hígado, las branquias, los músculos y las aletas.

Su suerte no es muy diferente de los especímenes colectados en la cuenca de la laguna de Fúquene (en los ríos Lenguazaque y Ubaté), pues sufren por los residuos que la industria lechera arroja a los afluentes.

Otra realidad preocupante quedó consignada en el trabajo que determinó el efecto del endosulfán sobre la especie. Este es un pesticida prohibido por la ley, pero que se vende de forma clandestina, y es utilizado en actividades agrícolas en el altiplano. Los resultados del trabajo muestran que existe un efecto en la movilidad, comportamiento y consecuencias a nivel neurológico, lo que puede estar afectando a la especie en el río.

“Nuestro objetivo final es poder transmitir todos los resultados obtenidos a través de los proyectos de investigación a las autoridades e instituciones competentes para que sirvan de insumos en el diseño e implementación de un plan de manejo de la especie”, concluye Maldonado. Su trabajo ha llamado la atención de instituciones como la Autoridad Nacional Pesquera, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, el Instituto Humboldt y la Fundación Humedales, los cuales han facilitado desde recursos hasta acceso a información estadística para que las investigaciones lleguen a feliz puerto.

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