La arquitectura moderna en riesgo de desaparición

La arquitectura moderna en riesgo de desaparición

Barrios como Los Alcázares fueron un excelente vividero en Bogotá hace algunas décadas. Así lo atestigua Camilo Mendoza, profesor asociado de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Javeriana, quien vivió su infancia en esas casas amplias, con antejardín y solar, diseñadas según los parámetros de la arquitectura moderna influenciada por Le Corbusier y otras vanguardias artísticas europeas que llegaron a Bogotá. Pero con el tiempo y las normas permisivas de Planeación Distrital, estas casas se fueron transformando en locales comerciales y talleres, y su perfil arquitectónico quedó deformado por las sucesivas intervenciones caprichosas.

En la investigación sobre la pérdida de la tradición moderna en la arquitectura de Bogotá y sus alrededores, Mendoza Laverde, con su grupo Patrimonio Construido Colombiano, evidencia dicha tendencia al arrasamiento del patrimonio arquitectónico representativo de esa tradición, con el agravante de no ser inmuebles antiguos —del periodo colonial o republicano— y tener aspecto de contemporáneos, la gente cree que puede intervenirlos alegremente. Lanza entonces una voz de alerta a la comunidad y a las autoridades nacionales y distritales para que frenen la acción depredadora y preserven este legado mediante políticas y proyectos de restauración.

El investigador y su grupo siguieron así los pasos del arquitecto Carlos Arbeláez Camacho, que en 1968 presentó su trabajo El vandalismo monumental en Colombia, para la defensa del patrimonio colonial. Ese fue el origen de los distintos institutos para la conservación y restauración del patrimonio cultural inmueble colombiano, entre ellos el Instituto Carlos Arbeláez Camacho de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Javeriana.

Mendoza Laverde está convencido de que no sólo están en juego los valores arquitectónicos, sino los valores sociales que llenan de sentido los lugares que habitamos, sobre todo cuando el paso del tiempo les va otorgando una memoria a los inmuebles. Y este ha sido el mensaje que durante casi treinta años les ha dado a sus estudiantes.

Para mostrar la dimensión de la pérdida de la arquitectura moderna, el investigador hizo una preselección de 200 obras, entre edificios, conjuntos residenciales y barrios. Finalmente escogió las más representativas que reflejan la simplicidad del espíritu moderno —caracterizado por formas racionales y geométricas, y materiales como acero, vidrio y cemento— y las clasificó en obras destruidas y en obras sobrevivientes. Para todas se buscaron fotografías antiguas, actuales y planos originales, aunque no siempre se tuvo acceso a ese material visual.

Justamente la documentación histórica de las obras supuso el mayor obstáculo para los investigadores, debido a la pobre conciencia de preservación de planos arquitectónicos. Y ni qué decir de lo que ha sido esta búsqueda en otros departamentos donde ni siquiera existen escuelas de arquitectura ni la más mínima preocupación por este acervo documental. La principal fuente fue sin duda la revista Proa, dirigida por Lorenzo Fonseca Martínez, de donde se reprodujo buena parte del material gráfico. Asimismo, el investigador rinde homenaje a los más renombrados arquitectos modernos en Bogotá desde la década de los treinta.

Inventarios para proteger

La mayoría de obras destruidas se encontraban en el centro de la ciudad y en sectores como Rosales, El Nogal, El Retiro, Antiguo Country, La Cabrera y El Chicó, donde amplias casas de original trazado terminaron reemplazadas por edificios como “fabricados en serie”.

Y entre las obras sobrevivientes significativas, algunas con graves alteraciones, se encuentran el Teatro Colombia —hoy Jorge Eliécer Gaitán— (1940), la clínica David Restrepo (1949), el edificio Colseguros (1943), el edificio Ecopetrol (1958), la biblioteca Luis Ángel Arango (1957), el viejo edificio de El Tiempo (1959), el edificio Paulo VI y el hospital de San Ignacio de la Javeriana y los barrios El Polo, Muzú, Timiza y Quiroga, entre otros inmuebles que figuran en el catálogo de Monumentos Nacionales de Colombia del Ministerio de Cultura, tales como la Biblioteca Nacional (1934), el Teatro Infantil del Parque Nacional (1936), las Facultades de Derecho e Ingeniería (1940) y la Imprenta de la Universidad Nacional (1945).

Algunas edificaciones, como el aeropuerto Eldorado, han sido sometidas a reformas infames. En los planos originales el edificio era amplio y transparente, luego se fue “tugurizando” con locales comerciales que le restaron luz y espacio a los usuarios, según cuenta el investigador. Falta ver en qué termina la remodelación anunciada.

Lo cierto es que inventarios como el que hace el profesor Mendoza Laverde ofrecen al ciudadano un soporte para ejercer la veeduría del patrimonio arquitectónico en Bogotá y en las ciudades que contempla la segunda etapa de la investigación, para la cual se invitará a participar a las universidades regionales con el fin de levantar el inventario. Y hay sorpresas gratas, como la plaza de mercado de Girardot, construida por Leopoldo Rother en 1946, que tras la mugre acumulada exhibe sus líneas puras y su estructura funcional adecuada al clima y al paisaje, aunque ya presenta signos de deterioro.


Para leer más…
+La pérdida de la tradición moderna en la arquitectura de Bogotá y sus alrededores – Camilo Mendoza, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2004.
 

Descargar Articulo