Agricultura urbana: cultivos que provee la ciudad

Agricultura urbana: cultivos que provee la ciudad

¿Agricultura urbana? Sí: se trata de prácticas agrícolas a pequeña escala en las ciudades.

Jaime Hernández-García, arquitecto y profesor titular del Departamento de Estética de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Javeriana, dice que hace unos 50 años, en Colombia y en otros países, la agricultura llegó a las ciudades como una necesidad de los migrantes de relacionarse con el territorio para producir alimentos, pero también como una forma cultural y simbólica de conectarse con el territorio, y como una manera de recrearse.

En 25 años de trayectoria académica, el profesor Hernández-García ha estudiado los barrios populares o asentamientos informa- les de Bogotá, Medellín y otras ciudades de Colombia y de América Latina. Por esa razón, dos colegas europeos, Eva Schwab, de la Universidad Tecnológica de Graz (Austria), y Silvio Caputo, de la Universidad de Kent (Inglaterra), lo invitaron a hacer un paralelo de las prácticas de agricultura urbana en contextos tan distintos como Bogotá y Viena, capital de Austria.

“Lo que se aprecia es que, aunque las motivaciones son distintas, al final […] son prácticas sociales, culturales, de socialización colectiva que pueden contribuir ―por ahora tímidamente― a la soberanía alimentaria, a la sostenibilidad, y también al mayor dinamismo y activación del espacio público”, señala Hernández-García.

Durante dos años consultaron fuentes, retomaron investigaciones anteriores, entrevistaron a líderes comunales e hicieron un ejercicio de muestreo que arrojó resultados individuales a partir de los cuales hicieron el análisis. Revisaron los casos de Viena, en general; de Bogotá, con énfasis en las prácticas del barrio Potosí, en Ciudad Bolívar; y de la Comuna 13, en Medellín.

La coinvestigadora Eva Schwab precisó que las diferencias de las prácticas en cada una de las ciudades fueron evidentes. Calificó como “genial” la agricultura urbana en Viena, donde la población que la implementa es joven y, por lo general, educada en el campo de las humanidades. Pero en Medellín, donde ella hizo la investigación, y en Bogotá, donde la llevó a cabo el profesor Hernández-García, esta práctica es despreciada porque es característica de personas de escasos recursos económicos. “Están haciendo lo mismo, pero no por las mismas razones”, dijo a PESQUISA JAVERIANA.

Aunque resalta que no se trata de una evidencia contundente, para este arquitecto la agricultura urbana nace en Colombia de la posibilidad de proveerse de alimentos, pero también de la necesidad de arraigo de quienes llegan del campo.

Cuenta que, en el caso de Viena, la agricultura urbana tiene que ver más con pensar no solo el espacio público o la ciudad, sino la vida, el relacionamiento social, desde perspectivas menos ‘occidentales’ o más diversas. Es una práctica individual y colectiva que está en algunos espacios céntricos, como parques ―que el ayuntamiento de la ciudad provee o que administran organizaciones público-privadas― y franjas de tierra cerca de los ríos. “Entre quienes las alquilan hay activistas que tienen una relación importante con el desarrollo urbano y ecológico”, señaló Hernández-García.

En Colombia la práctica empezó en los patios, balcones o antejardines de las casas, para luego colonizar espacios comunitarios, pero principalmente en barrios marginales. “La agricultura urbana, en espacios públicos y privados, le permite a la gente una manera de relacionarse, de proveer, quizá no una alimentación completa, como en el campo, pero sí un complemento”, indicó Hernández-García.

Como estrategia del distrito, la agricultura urbana inició en la administración de Luis Eduardo Garzón (2004-2007), articulada al programa Bogotá sin Hambre, recuerda Martha Liliana Perdomo, actual directora del Jardín Botánico de Bogotá, entidad encargada de enseñar las técnicas de ese cultivo en la ciudad.

Era una estrategia de seguridad alimentaria que focalizó sus primeras acciones en Ciudad Bolívar, San Cristóbal, Engativá y Fontibón, localidades periféricas en donde, según Perdomo, había mayor interés de la comunidad por las huertas urbanas. Aseguró que la actual alcaldía quiere retomar la agricultura urbana para promocionar procesos de inclusión y de sostenibilidad del territorio que contribuyan a la idea de ciudad cuida- dora, incluyente y sostenible que tiene hoy la administración distrital.

“El programa de agricultura urbana, que en la anterior administración capacitó a alrededor de ocho mil personas, plantea capacitar mínimo a dieciséis mil, tener por lo menos veinte mil metros cuadrados de huertas urbanas y promover seis rutas agroecológicas para que los huerteros ofrezcan sus productos”, afirma Perdomo.

Hernández-García, por su parte, considera que la agricultura urbana se vislumbra como estrategia para sortear los problemas de las grandes ciudades de América Latina relacionados con el clima, la alimentación, el desarrollo urbano y la reducción del efecto invernadero. Por eso resalta que, para que pase de ser una buena práctica que depende de la comunidad y de los liderazgos sociales a tener un mayor impacto y ser sostenible, se necesita una política pública fuerte, con planes, programas y recursos.


 

Para leer más
Hernández García, I., Hernández-García, J., Niño Bernal, R., Visiones alternas de ciudad: complejidad, sostenibilidad y cotidianidad, en Bitácora Urbano-Territorial, 20(1), 2012. Recuperado de https://revistas.unal.edu.co/index. php/bitacora/article/view/24780

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN:
Urban Agriculture: Models-in-Circulation from a Critical Transnational Perspective

INVESTIGADOR PRINCIPAL:
Silvio Caputo

COINVESTIGADORES:
Eva Schwab y Jaime Hernández-García
Facultad de Arquitectura
Departamento de Estética
Grupo de investigación Estética, Habitabilidad y Nuevas Tecnologías

PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN:
2016-2018

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Diseñando la huerta ideal en la ciudad

Diseñando la huerta ideal en la ciudad

El aroma del tinto fue marcando la conversación. Estaban en el receso de su curso de inglés, así que por unos breves minutos la conversación giró de los verbos transitivos hacia temas más familiares. “En esas pausas hablábamos de muchas cosas, como de las investigaciones que podíamos realizar en conjunto. De esa forma surgió el tema de los techos verdes”, recuerda Amanda Varela, profesora de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana.

La propuesta llamó la atención de Alfonso Gómez Gómez, su colega de la Facultad de Arquitectura, quien venía revisando la guía que la Secretaría Distrital de Ambiente había diseñado sobre las diferentes formas de jardines colgantes que podían construirse en la capital. El curso de idiomas fue avanzando y, entre café y café, esa idea se refinó.

“No quisimos generar techos verdes ornamentales, que es lo que generalmente se ve en la ciudad, sino para producir alimentos”, comenta Varela. Su idea fue estructurada y enviada al comité de investigaciones de la universidad en 2013. Los evaluadores no solo aprobaron la búsqueda de un nuevo diseño para aprovechar los pequeños espacios que suelen tener las casas y apartamentos bogotanos, también acogieron la propuesta de implementar una sustancia orgánica que favorece el crecimiento de las plantas: el biochar.

Prototipo de los cajones intercambiables diseñados por los investigadores. /Cortesía, Alfonso Gómez Gómez
Prototipo de los cajones intercambiables diseñados por los investigadores. /Cortesía, Alfonso Gómez Gómez

Se trata de un carbón de características particulares, de origen biológico, empleado principalmente para mejorar las propiedades del suelo y puede contribuir con nutrientes. Se obtiene al quemar diversos desechos agrícolas, especialmente madera, a temperaturas por encima de los 400 ºC con una baja presencia de oxígeno. Este proceso le permite capturar grandes cantidades de carbono, las cuales, por su textura porosa, se van liberando lentamente.

“En varios estudios académicos se ha constatado que su efecto dura bastante tiempo”, explica Varela, quien desde 2012 ha liderado múltiples investigaciones académicas con esa sustancia. La literatura ha trazado su existencia miles de años atrás en la China imperial, y en ciertas zonas de la selva amazónica se han encontrado pequeñas parcelas de suelo fértil que datan de tiempos prehispánicos. El hallazgo de sustancias orgánicas, como huesos y cerámica, hace pensar a los investigadores que los indígenas cavaban huecos, enterraban desechos, les prendían fuego y los cubrían para poder sembrar en medio de la espesa vegetación.


Solución en progreso

El primer paso de la investigación de los profesores Varela y Gómez se evaluó la propuesta de la Alcaldía sobre techos verdes. De ese análisis se concluyó que la mejor opción era diseñar una estructura vertical de cajones móviles, un factor clave en su funcionalidad.

“El proyecto busca la estructura más económica para que una persona de bajos recursos pueda instalarla en su patio o azotea para cultivar comida de forma fácil, y utilizar los desechos de la zona donde vive, dándoles la misma utilidad pero con la posibilidad de que haya menos aplicación de fertilizantes e insecticidas”, explica Varela.

Al mismo tiempo, con la ayuda de la Escuela Taller de Bogotá, instalaron una huerta experimental en la Estación de la Sabana. Escogieron la lechuga por ser una planta de ciclo corto, con raíces poco profundas y fácil de consumir. El uso del biochar, por otra parte, les permitió concluir que había un aumento estratégico en la retención de la humedad, acortando los ciclos de riego.

“También encontramos que ciertos grupos de microorganismos, como los que degradan la celulosa (componente principal de las paredes de las plantas) aumentaban con su presencia”, asegura Varela.

El primer informe técnico, detallando el diseño en madera de los cajones y los resultados de las primeras pruebas lo entregaron en 2015. Desde entonces, el proceso se ha centrado en la sistematización de datos de un segundo experimento en la Finca San Javier (de propiedad de la Comunidad Jesuita, entre Cogua y Nemocón, Cundinamarca), en el que evalúan el desempeño del biochar en varios tipos de cultivos: tubérculos, hortalizas, flores y frutos, al igual que en la experimentación del diseño de los cajones con un material más liviano que la madera.

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Esta segunda fase, cuyos resultados serán reunidos en un artículo científico, tiene como componente especial una nueva mezcla en el biochar de microorganismos activos producidos a partir de la descomposición de material orgánico y melaza.

Si se logra el objetivo de potenciar los nutrientes que puedan alimentar a la planta, el equipo de investigación estaría más cerca de su meta: “Imagino un producto donde la gente tenga a la mano la caja, el sustrato y que pueda sembrar los alimentos que desee”, explica Varela.

De esta forma se potenciaría la agricultura urbana, una práctica que, según la FAO, es llevada a cabo por 800 millones de personas en el mundo y se ha convertido en una opción válida para alcanzar la seguridad alimentaria. Los datos de la entidad señalan que, en Colombia, la ejercen esencialmente mujeres (más del 95%) y niños en edad escolar (2%) como ejercicio de clase. Dependiendo del tamaño de las huertas, las familias perciben ingresos que oscilan entre los dos y los cinco dólares diarios.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Efecto del uso de biochar en el suelo y plantas de cultivo: una aproximación para diseño de techos verdes.
INVESTIGADORES: Amanda Varela y Alfonso Gómez Gómez.
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014-actualidad.
Facultad de Biología.
Pontificia Universidad Javeriana.