Javier Maldonado, sus aprendizajes junto al río

Javier Maldonado, sus aprendizajes junto al río

Hoy, al pasar menos de una semana de haber llegado a los 42 años, me encuentro de nuevo en lo que comúnmente conocemos como trabajo de campo. Pero en esta ocasión a diferencia de estar colectando peces en algún río de nuestra geografía, estoy en el Magdalena Medio visitando cuatro comunidades (Bocas del Carare, Las Islas, Barbacoas y San Rafael de Chucurí) con el fin de trabajar con los niños de segundo y tercer grado de las respectivas escuelas en un taller sobre taxonomía del oro del Magdalena, o más comúnmente conocido como bagre rayado del Magdalena. Actividad que hace parte de una nueva propuesta escolar que busca reafirmar la importancia de conservar el bagre y el río desde edades tempranas.

Y es precisamente en estos pocos días, en este caluroso Magdalena Medio, que realizo un breve recuento mental sobre las marcas que el estudio de los peces de agua dulce y el trabajo de campo han dejado en estos poco más de 20 años desde que inicié en esto (que pueden ser varios más si tengo en cuenta el tiempo pasado en la niñez, en compañía de mis hermanos y primos en ríos de mi natal Ubaté y otros municipios del altiplano cundiboyacense pescando guapuchas, capitanes y truchas). Desde las físicas, que incluyen picaduras y mordeduras de muchos tipos, manchas en la piel, electrocutadas, arrugas, cortadas diversas, ni qué decir de golpes, hongos en los pies a los cuales no les he podido ganar la batalla, hasta las, por decirlo de esta forma, espirituales.

Estas últimas podría dividirlas en dos: a) las de tener el privilegio de haber estado en diversos lugares, muchos a los cuales difícilmente regresaré y que simplemente son mágicos, nos recuerdan lo frágiles que somos y reafirman que somos sólo un pequeño componente más de este hermoso y asombroso árbol de la vida; y b) las de muchos de esos lugares, sino en todos, toparme y conversar con pobladores que, desde mi observación, en muchas ocasiones muy tangencial, desarrollan sus diversos modos de vida para sobrevivir en un país que la mayor parte del tiempo, precisamente, se ha encargado de invisibilizarlos.

Conversaciones que se han prolongado a lo largo de estas jornadas de campo, en las cuales muchos de estos pobladores (campesinos, comunidades indígenas y/o afrodescendientes, hasta grupos al margen de la ley), en el mejor de los casos, nos ven como bichos raros en busca de otros supuestos bichos raros. Conversaciones que se convierten en las mejores clases que jamás haya podido tener en un aula tradicional de clase a lo largo de todo mi proceso de educación formal, ya que me enseñan, contextualizan y ponen en bandeja de plata esa realidad “no científica” de nuestro país, que no hace parte de los currículos disciplinares que se estructuran desde el centro del país, y que a la vez se supone que velan por la formación integral del individuo.

Lecciones acumuladas que con el paso del tiempo me han permitido reflexionar sobre mi papel como docente/investigador universitario y el papel que la academia/universidad debe tener para lograr esa anhelada transformación de nuestra sociedad. ¿Cuál ha sido el impacto de mis actividades de docencia, investigación y trabajo de campo en la realidad de mi país? Pues obvio, dirán la gran mayoría de mis colegas, y por supuesto ha sido por mucho tiempo mi propia respuesta, pues la generación de conocimiento a través del proceso de intentar responder preguntas particulares y la participación en los procesos de formación de estudiantes que, por supuesto, ayudan a la construcción de un mejor país, pues partimos de la premisa de que un país que le apueste a la investigación, la ciencia y la educación es un mejor país.

Sin embargo, y escudriñando muy en el fondo, creo que el mayor aporte que haya podido hacer hasta el presente está relacionado con ayudar a darle una mayor visibilidad a los peces de agua dulce en diversas instancias y escenarios locales, regionales, nacionales e internacionales; de esta forma, llamar la atención sobre la necesidad de su conservación así como de los ecosistemas donde viven, no sólo porque son un componente más en la mega diversidad de nuestro país sino por lo que representan para las comunidades rivereñas a lo largo y ancho de nuestro territorio. El resto de aportes, y sin quitar el valor que puedan o no llegar a tener en el mundo de los cuartiles y factores de impacto, ha sido una entretención personal soportada, y hasta cierto punto patrocinada, por un sistema académico que busca responder a diversas métricas, en su mayoría alimentadoras de egos personales e institucionales.

Por esto mismo es que cada día valoro más estas marcas físicas y espirituales, que surgen a través de la tradición oral, del contacto directo, que no requieren de métricas y que el trabajo de campo me permite seguir acumulando. Por lo tanto, el regalo más preciado que he recibido hasta el presente, como estudioso de los peces de agua dulce, es poder conocer y recorrer las entrañas de este brutal, en toda la dimensión de la palabra, espacio geográfico llamado Colombia a través de sus venas de agua dulce. De esta forma, intentar comprender las causas, orígenes y el porqué de nuestra realidad y el porqué es tan complejo darnos la oportunidad de construir, precisamente, una “nueva realidad” para nuestra sociedad, pues, al fin y al cabo, cada uno de nosotros somos responsables en menor o mayor grado de lo que pasa en el patio de nuestra casa.

Sigo acá en campo, asumiendo el reto de hacer un taller de taxonomía del bagre rayado del Magdalena, con niños donde los “más afortunados” cuentan con un espacio llamado escuela, y donde lo “menos afortunados” a duras penas cuentan con un “tablero” pegado a dos palos y un suelo de tierra. Sigo acá y espero poder seguir en otros lugares, descubriendo las entrañas de mi país y las propias, hasta que el cuerpo aguante. Sigo acá empeñado en aprovechar la maravilla de los peces y los ríos para, de alguna forma, ayudar a transformar realidades “ajenas” y propias.


Testimonio original
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Memorias reparadoras, la clave para seguir

Memorias reparadoras, la clave para seguir

Relatos de víctimas y familiares de desaparecidos del Magdalena Medio buscan hacer memoria con un objetivo: que sus historias no se repitan. Proyecto piloto para generar un modelo de memoria que motive a los protagonistas a seguir tejiendo sus vidas personales y comunitarias.

Ángela[i] perdió a su familia en Puerto Berrío (Antioquia) por culpa de la violencia. Estaba en embarazo cuando la guerrilla la sacó a patadas de la casa junto a su esposo. Por los golpes perdió al bebé y el hombre, que no se volvió a levantar, murió a los quince días. Diez años después, los paramilitares desaparecieron a su hijo, y la hija, quien presenció el terrible acto, quedó traumatizada. Dejó de hablar y de comer y al poco tiempo murió.

Testaruda y obstinada, esta mujer de 65 años ha sido formada por las ONG de derechos humanos que visitan la zona. Cuando el profesor Roberto Solarte, líder del grupo de investigación Pensamiento Crítico y Subjetividad, la entrevistó, supo que detrás de ese discurso bien armado para exigirle reparación al Estado había un inmenso dolor.

Solarte y sus colegas empezaron un proceso cercano con Ángela de reconstrucción de memoria. Motivada, se acogió a las reparaciones simbólicas que el Ministerio de Cultura hace a víctimas de violación de Derechos Humanos y, con el dinero recibido, montó una casa en donde los afectados por la violencia, a través de diálogos colectivos y talleres de socialización, pueden contar sin temor sus historias de vida. Hoy en día el proyecto persiste y Ángela ayuda a otros a hacer memoria. “Se siente reconocida”, afirma el profesor.

Otra forma de reparación

El Magdalena Medio, territorio que abarca 33 municipios de cinco departamentos (Santander, Antioquia, Bolívar, Boyacá y Cesar), sufre un alto nivel de violencia desde mediados del siglo pasado. De acuerdo con el Registro Único de Víctimas (RUV), de la Unidad Nacional de Víctimas, desde 1984 en esta región se han presentado 262.335 casos de victimización por el conflicto.

“Lo que hace el Estado es clasificar y cuantificar a las personas sin ningún impacto transformador real”, dice Solarte. “La gente no está reparada, pero legalmente sí lo está porque ya firmaron documentos, fueron a talleres y recibieron plata por tres meses. Son campesinos que no saben qué hacer en la ciudad, no consiguen empleo y no tienen ningún tipo de ayudas”, asegura. En 2014, varios investigadores de la Universidad Javeriana empezaron a preguntarse por nuevas estrategias que generaran cambios favorables en las comunidades víctimas de la región y así surgió Memoria del Futuro en el Magdalena Medio, proyecto construido por diferentes grupos de investigación con funciones, aportes y responsabilidades diversas. Dicha iniciativa buscó “crear una mirada reparadora del pasado con un efecto positivo en las vidas de las víctimas de la violencia”, explican los investigadores.

La idea del título, Memoria del Futuro, surgió de un texto sobre la reparación de mujeres víctimas de la guerra en Bosnia Herzegovina. Estas personas eran invitadas a contar sus historias y las de sus muertos para compilarlas en un gran documento de divulgación. Al ver el trabajo concluido, expresaron que esas eran memorias para el futuro, porque tenían el potencial de evitar que algo tan horrible volviera a suceder.

Así, se ha venido diseñando un modelo piloto de memoria regional construido a partir de los relatos biográficos de las víctimas como alternativa de reparación. Una de estas historias es la de Elkin Flórez, desaparecido por paramilitares el 26 de enero de 2006 en Barrancabermeja (Santander). Tenía 35 años y transportaba a dos hombres en su taxi cuando fue visto por última vez. Horas después encontraron su vehículo en llamas, pero de él no había ningún rastro. Desde entonces, sus padres, su hija adolescente y sus amigos esperan noticias de su paradero. Todos lo recuerdan como una persona servicial, pacífica, dedicada a su trabajo, con muy buen sentido del humor y una gran pasión por las aves. “Si yo pudiera decirle algo a mi hijo, le diría que siento mucho su ausencia y que siempre estoy luchando por conocer la verdad”, dice Adalberto, su padre.

Compilar memorias biográficas como la de Elkin y de otras tantas víctimas de la región ha motivado a las comunidades a reconocerse, reconstruir sus lazos y trazar un plan para su futuro que sea acogido por organizaciones comunitarias o instituciones regionales. Además, claro, es un escudo para que la violencia no se repita.

La investigación se enfocó, en primer lugar, en comunidades desplazadas de corregimientos y barrios de San Pablo (Bolívar) y Barrancabermeja (Santander). Incluyó además a familiares de desaparecidos de toda la zona: en el caso de Puerto Berrío, por ejemplo, de acuerdo con los testimonios orales, los violentos desaparecieron a un cuarto de la población y “¿cómo es posible que las memorias de estas víctimas sean opacadas por versiones hegemónicas de casos de violencia emblemáticos?”, dicen los investigadores y añaden que muchas de estas personas no figuran en listas oficiales de víctimas y tampoco han participado de los eventos protocolarios de La Habana (Cuba).

El diálogo, base del método

No hubo encuestas ni formatos pesados. El equipo siempre tuvo claro que la investigación se desarrollaría mediante metodologías participativas que dieran prioridad a las voces de las personas. Por eso se recurrió a entrevistas a profundidad, grupos focales, sesiones de diálogo y talleres. La información que salía de estas actividades se compartió con las comunidades para que decidieran la mejor forma de convertirlas en herramientas pedagógicas y comunicativas: trabajos fotográficos, crónicas, documentales, entre otros productos.

“Estas víctimas necesitan hablar y no que les impongan un olvido que no se merecen”, insiste Solarte. Por eso, el documental se convirtió en una herramienta útil con la que se empoderó a las comunidades. Carlos Angarita, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, afirma que si bien el proyecto no planeaba elaborar este tipo de productos, se dieron las circunstancias y se conformó un equipo para realizarlos. No son solo herramientas, explica, “pues si se hacen con criterios estéticos, tienen el valor de una obra artística”.

Estrategias de divulgación

El documental El retorno de un boga cuenta la historia de José Beleño, un agricultor, pescador y líder social de Ciénaga del Opón que, 14 años atrás, escapó milagrosamente de la muerte cuando los paramilitares se apoderaron de la zona. Esta violencia, además de desintegrar a su familia, lo obligó a irse a la zona urbana de Barrancabermeja, de donde nunca se sintió parte. A pesar del miedo y la incertidumbre, José y otros desplazados decidieron volver al lugar donde pertenecían y empezar de nuevo. Su valentía a la hora de hacer memoria los han llevado hoy a iniciar una lucha pacífica para recuperar lo que habían perdido. “Beleño ha contado bien nuestra historia”, dijo un líder campesino al terminar de ver el documental; agradeció además que, después del trabajo de investigación, la Universidad volviera para entregarles un producto concreto. “Nuestros hijos y nietos ya podrán saber qué fue lo que pasó acá”.

Las comunidades entienden este lenguaje porque es el suyo y, por consiguiente, se pueden ver y escuchar en él, explica Angarita. De manera espontánea, dice, las personas han empezado a complementar la historia de El retorno de un boga con sus propios relatos. “En ese sentido, este documental funciona como un dispositivo que activa la memoria”.

Sin embargo, los investigadores están lejos de darse por satisfechos. “El desplazamiento es un proceso de empobrecimiento forzado”, afirma Solarte. Las personas mayores están completamente abandonadas y en los más jóvenes “se ha desdibujado su ser campesino”. En el caso de los desaparecidos, el esfuerzo consiste en recuperar nombres, fotos e historias. “Pero muchos de los sobrevivientes se rehúsan a hablar, viven sumidos en el miedo, máxime en una zona donde los actores armados —los paramilitares en particular— ejercen poder sobre las comunidades”.

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