Patrimonio cultural del Valle del Cauca: lucha contra el olvido

Patrimonio cultural del Valle del Cauca: lucha contra el olvido

El patrimonio arquitectónico del Valle del Cauca agoniza desde hace 50 años. Edificios como la mayoría de sus estaciones ferroviarias están en proceso de deterioro y desaparición. Investigadores javerianos proponen alternativas para su protección en un trabajo colaborativo con la comunidad para poner en valor este legado histórico y cultural de la región.

Como suele suceder en las comunidades, el progreso no siempre significa lo mismo para sus diversos actores; lo que para algunos es sinónimo de avance y desarrollo, para otros representa la perdida de sus costumbres, el olvido de sus raíces, de una historia que los caracteriza y, el Departamento del Valle del Cauca no es la excepción a este fenómeno.

Las haciendas, estaciones ferroviarias, edificaciones religiosas y otras estructuras que hoy luchan contra la imponente inevitabilidad del paso del tiempo y la indiferencia de las generaciones actuales, surgieron en mayor medida durante el periodo colonial bajo el dominio del Virreinato de Nueva Granada, de donde provienen sus rasgos, modelos que fueron implementados por los españoles.

Esta situación despertó el interés de la arquitecta Maria Claudia Villegas Corey y el antropólogo Manuel Enrique Sevilla Peñuela, profesores de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, quienes, desde la unión de sus áreas de conocimiento, buscan diluir la línea que divide al patrimonio entre tangible e intangible según la ley en Colombia, con el fin de visibilizar la importancia de rescatar nuestra identidad.

De los rieles a las carreteras

De acuerdo con la investigación, a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, la región del Valle del Cauca carecía de vías que le permitieran estar comunicada con el resto de la nación para la generación de relaciones comerciales. En ese momento, su economía era de subsistencia, lo que permitía el propio sostenimiento de las pequeñas comunidades y familias, más no la expansión comercial. El gobierno identificó entonces la necesidad de crear medios de transporte para salir del aislamiento y el atraso, dando paso a la creación de las primeras líneas de ferrocarril, dentro de las cuales se encontraba la línea que buscaría unir al Valle del Cauca con el puerto de Buenaventura en 1878.

Gracias a estas iniciativas del Estado, apoyadas por acontecimientos como la apertura del Canal de Panamá, a partir de 1915 con la llegada del Ferrocarril del Pacífico, la región logró convertirse en el epicentro de desarrollo del Valle, potencializando el comercio, el intercambio con otras regiones y la modernización en infraestructura, explica  Villegas Corey, investigadora principal del proyecto y directora del Departamento de Arte, Arquitectura y Diseño de la Javeriana Cali.

Con el pasar del tiempo, la industrialización y la llegada de nuevos medios de transporte como los automóviles, la creación de nuevas carreteras y fenómenos sociales de violencia, fueron factores que contribuyeron determinantemente al inicio del periodo de decadencia de las estaciones de ferrocarril, las cuales hoy en día, son el grupo arquitectónico patrimonial del Valle del Cauca más afectado.

Las estaciones de tren como punto de partida

Aquellos lugares que alguna vez fueron el epicentro de desarrollo del Valle del Cauca, propiciaron el comercio, el crecimiento demográfico y la apertura con el resto del país, hoy son en su mayoría sinónimo de olvido; zonas que hoy están rodeadas de invasiones y edificios habitados por familias en condiciones difíciles.

Para la realización del proyecto, los edificios del Valle del Cauca declarados como bienes de interés cultural de la nación, fueron clasificados en cuatro grupos según su función: religioso, institucional, habitación y ferroviario. Teniendo en cuenta la situación actual de las estaciones de tren, Villegas decidió centrar su atención en el grupo ferroviario, el cual, además de encontrarse en una situación de abandono lamentable, representa actualmente el 47% de los bienes de interés cultural del Valle del Cauca.

“Nuestra intención es poner en valor a las estaciones y promover nuevas formas de interacción con el edificio con el fin de generar nuevos usos, de esta manera, podemos ir tejiendo la cultura de la apropiación de nuestro patrimonio”, explica.

Actualmente, el Departamento cuenta con cuarenta y siete estaciones de tren, de las cuales solo la estación de ferrocarril de Palmira es un ejemplo destacable de restauración, gracias al descubrimiento reciente de objetos arqueológicos que propiciaron el uso de esta estructura que se encontraba en abandono, como museo de la cultura Malagana.

Otros ejemplos de estaciones que de acuerdo con la investigación se encuentran en un estado regular, son las de Buga y Cali, dentro de las cuales hoy en día funcionan oficinas gubernamentales.

Esta situación devela una necesidad urgente para que el gobierno central, en un trabajo en conjunto con el departamento y las municipalidades, aúnen esfuerzos para replicar estas acciones y logren rescatar estructuras que representan la historia y el patrimonio del Departamento del Valle.

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Las propuestas

El panorama poco alentador de la actualidad de las estaciones de tren y demás bienes patrimoniales motivó a los investigadores a buscar diversas formas de valorizar estas edificaciones. La base metodológica para esta investigación reside en la teoría fundada, la cual implica un contacto directo con el área de estudio. “Lo que hicimos fue acercarnos a los habitantes de la zona, identificamos que no tienen centro cultural, biblioteca, hospital o escuela, y, por el contrario, si tienen una edificación idónea que se está desmoronando, y que con una apropiada intervención podría suplir cualquiera de estas necesidades” explica Villegas.

Para poner en marcha estas iniciativas, se busca promover la identidad por medio de la apropiación de estos lugares a través de acciones culturales directas que intervengan la zona, como conciertos de música de la región, muestras gastronómicas, entre otros.

“Nos dimos cuenta en un trabajo conjunto con el profesor Manuel Sevilla que el patrimonio intangible, como la música, la cocina, las costumbres, enfrentan las mismas problemáticas que el patrimonio tangible, como los edificios, estaciones de tren entre otros, los cuales necesitan ser protegidos”, continúa Villegas

El proyecto de investigación busca resolver las necesidades de ambos tipos de patrimonio, a través de intervenciones que involucren a la comunidad, con el fin de preservar tanto los aspectos culturales como arquitectónicos, dos caras de una misma moneda.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, Maria Claudia Villegas y Manuel Enrique Sevilla, profesores e investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, explican en detalle su investigación.

https://youtu.be/VZ13PwkafuI

 

Capillas doctrineras: a prueba del tiempo y de la historia

Capillas doctrineras: a prueba del tiempo y de la historia

Hoy en día, en la zona cundiboyacense, existen 125 capillas doctrineras, muchas construidas entre los siglos XVI y XVIII. De acuerdo con los relatos de los cronistas, numerosas capillas erigidas en esta época desaparecieron o se vieron seriamente afectadas por movimientos telúricos. A pesar de este riesgo, apenas 14 han sido declaradas como monumentos nacionales y cuentan con medidas de protección y preservación.

La mayor parte de estas construcciones fueron edificadas con las técnicas de la época, entre las cuales, como es de imaginar, no se tenía en cuenta la sismorresistencia, lo que significa que los templos, testimonio vivo de nuestra historia, están en riesgo.

Conscientes del reto que implica la conservación de este patrimonio a nivel técnico, la arquitecta Cecilia López y el ingeniero Daniel Ruiz, de la Pontifica Universidad Javeriana, desarrollaron una investigación en la que dialogan las dos disciplinas y cuyos resultados plantean estrategias para que estos tesoros históricos sobrevivan al paso del tiempo y a la fuerza de la naturaleza.


Tesoros hechos de tierra

Con la llegada de los españoles a nuestro territorio, la vida de los indígenas cambió de manera radical: se instauró un nuevo orden social, político y cultural de la mano del adoctrinamiento en la fe cristiana. Entre los años 1500 y 1800 las iglesias fueron las construcciones más importantes de los nuevos pueblos; constituían uno de los ingredientes fundamentales del corazón de los territorios y fueron claves en la transformación que dio paso a una fusión cultural, de la cual somos fruto como nación.

Estos templos son vestigios en los que es posible escrutar la transformación de buena parte del territorio colombiano. La capilla doctrinera y la plaza central formaban un eje a partir del cual se desarrollaba la disposición de las calles y manzanas. “Las capillas eran lugares de encuentro social, puntos de referencia urbana, lugares de eventos culturales y de participación en actividades religiosas. Adicionalmente, eran el punto de partida de los misioneros para extender las actividades de adoctrinamiento en los nuevos territorios conquistados”, explica Cecilia López.

Según las Leyes de Indias, las capillas doctrineras se soportaban sobre estructuras de madera que, a su vez, sostenían un tendido hecho con cañas, cubierto con barro y tejas.
Según las Leyes de Indias, las capillas doctrineras se soportaban sobre estructuras de madera que, a su vez, sostenían un tendido hecho con cañas, cubierto con barro y tejas.

De acuerdo con lo establecido en las Leyes de Indias y en los contratos de construcción, los colonos tenían instrucciones claras sobre cómo debían edificarlas: tener entre 8,4 y 10,1 m de ancho, entre 42 y 45 m de largo y una altura aproximada de 5 m. Para la cubierta se usaba el sistema de par y nudillo, es decir, eran cubiertas a dos aguas, soportadas sobre estructuras de madera que, a su vez, sostenían un tendido hecho con cañas, cubierto con barro y tejas. La capilla mayor debía ser cuadrada u ochavada (que formaba un polígono de ocho ángulos). En cuanto a la iluminación, debían tener diez ventanas: seis para el cuerpo de la iglesia y cuatro para el presbiterio.

“Las capillas eran lugares de encuentro social, puntos de referencia urbano, lugares de eventos culturales y de participación en actividades religiosas. Adicionalmente, eran el punto de partida de los misioneros para extender las actividades de adoctrinamiento en los nuevos territorios conquistados”.

Cecilia López
Arquitecta y docente, Universidad Javeriana

Aunque no todas cumplían al pie de la letra con estas reglas, en lo que sí coincidían era en que todas estaban construidas en adobe y tapia pisada, lo que hoy se conoce como ‘construcción en tierra’. Significa que se levantaban a partir de adobes o segmentos de muros hechos de una mezcla de tierra y otros materiales sin cocer, es decir, secados al sol. “Hoy en día esta técnica está prohibida en la construcción, pues se ha demostrado que es poco segura, especialmente en caso de que ocurran sismos y terremotos”, explica Ruiz.

Sorprendentemente, muchas de nuestras capillas doctrineras aún se encuentran en pie; sin embargo, son vulnerables a los terremotos, sucesos en los que estarían en peligro no solo los inmuebles, sino, sobre todo, las vidas humanas. Por este motivo, los investigadores se dieron a la tarea de poner a prueba versiones a escala de 1:50 de las iglesias reales utilizando técnicas descritas en otros estudios, como recubrir los muros con estructuras de mallas de acero o de madera. Cada una de estas técnicas fue probada en dos condiciones: por la cara interna y externa de los muros y solo por la cara externa.

En la mesa vibratoria del Laboratorio de Pruebas y Ensayos de la Javeriana se puso a prueba la sismorresistencia de las pequeñas capillas; allí fueron sometidas a un movimiento equivalente al de un sismo de 7,6 de magnitud y con epicentro a 40 km, acorde con la amenaza sísmica real de Bogotá.

Se constató que, tanto si el refuerzo estaba por dentro y por fuera o solo por fuera, la mejor técnica para preservar la construcción es el refuerzo en madera. Ruiz explica que esta técnica de maderas de confinamiento logró que los muros reforzados por una sola cara tuvieran un nivel de desplazamiento menor a la mitad del desplazamiento frente al de los modelos sin refuerzo.

Por su parte, cuando se reforzaron con madera ambas caras de los muros, los niveles de desplazamiento se redujeron a la séptima parte de los movimientos de los muros sin refuerzo. “Así, ante un sismo con una magnitud mayor a 7,0 en la escala de Richter, el movimiento de las capillas reforzadas se reduce en al menos el 50 %, y en ninguno de los casos la estructura reforzada colapsaría”.

En la mesa vibratoria del Laboratorio de Pruebas y Ensayos se probó la sismorresistencia de las capillas construidas a escala, una vez los investigadores aplicaron técnicas de recubrimiento en sus muros.
En la mesa vibratoria del Laboratorio de Pruebas y Ensayos se probó la sismorresistencia de las capillas construidas a escala, una vez los investigadores aplicaron técnicas de recubrimiento en sus muros.

Esta investigación es el culmen de 15 años de trabajo en aspectos históricos, arquitectónicos, de análisis del material y comportamiento estructural. “Todos estos años hemos trabajado juntos de forma continua y aunque estos son los resultados de la última investigación, no se habría podido llegar al conocimiento tan preciso que ahora tenemos si no hubiéramos realizado todas las investigaciones previas”, expone López.

Este trabajo conjunto es un buen ejemplo de cómo, al tender puentes entre disciplinas, se pueden hallar respuestas a problemas cotidianos, como preservar la memoria arquitectónica y cultural, sintetizada en las capillas doctrineras, así como en otras edificaciones patrimoniales construidas en tierra que deben ser protegidas. “Con la información obtenida se pretende implementar estos sistemas de refuerzo en distintas tipologías que igualmente tiene gran valor arquitectónico y cultural para nuestra nación”, concluye López.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Ensayos en mesa vibratoria de capillas doctrineras a escala, con o sin refuerzo
INVESTIGADORES PRINCIPALES: Cecilia López Pérez y Daniel Ruiz Valencia
Grupo de investigación Materiales y Estructuras
Departamentos de Arquitectura y de Ingeniería Civil
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014-2015

Las huellas del patrimonio industrial en Bogotá

Las huellas del patrimonio industrial en Bogotá

Corría el año 1834 y faltaban pocas horas para inaugurar un innovador proyecto que debería haber civilizado a los indómitos y poco educados habitantes de Bogotá e impulsado la industria y la economía del naciente Estado nacional, cuando un fuego arrasador consumió el edificio destinado a darle vida.

La esperanza que albergaba la Sociedad de Industria Bogotana, liderada entre otros por Rufino Cuervo, entonces gobernador de Bogotá, y el coronel Joaquín Acosta en la fábrica de loza fina que abriría sus puertas aquella mañana debió postergarse quizá indefinidamente, pues a pesar de que la fábrica inició labores meses después, su ideal de transformar las clases bajas y desarrollar la economía no llegaría a cumplirse.

170 años después, la búsqueda de respuestas complejas a las preguntas sencillas que se hace un arqueólogo por los objetos que rodean la vida cotidiana de una comunidad revela historias fascinantes como la que tejen alrededor de la Fábrica de Loza Bogotana, Mónika Therrien, directora de la Maestría en Patrimonio Cultural y Territorio de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Javeriana, y su equipo de trabajo.

Todo parte, como lo explica Therrien, “de un elemento con el cual desayunamos, almorzamos, o decoramos parte de nuestra casa, porque en él se reflejan los cambios que se dan en la sociedad, sus desigualdades o los gustos de quienes la conforman”. Fue en el año 1997, en medio de esa búsqueda, cuando se produjeron dos hechos significativos: la aparición en las excavaciones de muchas casas del centro de Bogotá de un tipo de material industrial muy persistente y la publicación en la prensa de una noticia titulada “Una familia vive en un antiguo horno de una fábrica de loza”.

Frente a la noticia, Therrien no pudo más que exclamar “¡esto no puede ser!”. Y, por supuesto, allá fue a parar. Lo que vio no fue ya el fragmento de la loza sino la gigantesca estructura del edificio de la Fábrica de Loza Bogotana que estaba en pie, del cual se conservaba el 80% de su estructura y en el que aún habitaban algunos de los descendientes de los antiguos operarios.

Activadores de memoria

Así nace la investigación “De fábrica a barrio. Urbanización y urbanidad en la Fábrica de Loza Bogotana” que se enfocó en “entender cómo las ideologías concretas formuladas por ciertas élites en los siglos XIX y XX, se propusieron introducir y orientar prácticas sociales, habitacionales y laborales consideradas apropiadas para la evolución de la ciudad”.

La investigación en su conjunto es múltiple y diversa. Su carácter multidisciplinario y la riqueza y variedad de sus fuentes de información permiten dar un sentido y un significado no sólo a ese elemento urbano de la ciudad de hoy, sino a buena parte de su historia, porque en ella confluyen, como lo explica Therrien, las transformaciones sociales, culturales, políticas y económicas a las que dieron pie aquellas nuevas prácticas laborales.

El equipo de trabajo logró articular las miradas histórica, arquitectónica, arqueológica, artística, urbanística, antropológica y sociológica. Tuvo también la capacidad de manejar de manera ejemplar la información proveniente de cuidadosas pesquisas en fuentes muy disímiles. Sus integrantes indagaron en documentos públicos, recorrieron notarías y oficinas de catastro para abordar la historia de la propiedad del predio que de fábrica en el siglo XIX pasó a convertirse en barrio en el siglo XX e hicieron seguimiento de sus sucesivos propietarios.

Rastrearon noticias, crónicas, fotografías y material publicitario publicados en periódicos como La Caridad, que en 1864 se refería a las vicisitudes del propietario de la fábrica por sacar adelante su empeño, el Papel Periódico Ilustrado que en 1883 daba cuenta de “una vida de angustias, de labor incansable y de todo género de contrariedades para sostener y adelantar la fabricación de loza”, o más contemporáneas en El Vespertino, Cromos, El Espacio o El Tiempo que contribuyeron sin duda a la estigmatización de los habitantes de este sector de la ciudad, utilizando frases como “el tenebroso subfondo criminal de Bogotá”, “matar es muy común” o “el escondite del hampa”. Indagaron en estudios históricos con el fin de hacer un levantamiento arquitectónico de la antigua fábrica y entender cuánto de vigilancia y castigo tenían los trazados industriales de la época, inspirados en el modelo inglés, que incluían en un mismo espacio las áreas de habitación y las de producción, y realizaron también un análisis morfológico. Contrastaron mapas y planos antiguos.

Estudiaron los planes urbanísticos de Bogotá y examinaron su incidencia en el desarrollo del centro de la ciudad y en el de un sector que, por tener el carácter de límite, ha sido abiertamente condenado durante casi 200 años a ser asociado con la criminalidad. Caracterizaron de forma detallada la loza que se fabricó allí, repartida por los museos de la ciudad, anticuarios y colecciones personales, sus técnicas de fabricación, sus materias primas, su proceso de producción, sus diseños, su decoración, los gustos de la época y las tendencias del consumo y la comercialización de los productos.

Recogieron en un rico y complejo proceso etnográfico las valiosas historias de vida de los habitantes del barrio Antigua Fábrica de Loza, quienes fueron muy generosos con su aporte de información y de memoria, y abiertos a recibir una investigación que también se construyó con ellos.
El trabajo, que hace parte de la línea de investigación “Patrimonio, cultura y sociedad”, se adentra en el patrimonio industrial colombiano y examina la forma en que industrias como la de la loza configuraron paisajes y oficios. “Se está perdiendo la memoria de una época, de unos oficios como el de los textiles, la producción de sal, la cura de la madera en la arquitectura vernácula, la ferrería… Nadie lamenta la pérdida de memoria de los oficios industriales”, dice Therrien.

Legado vigente de exclusión

La Fábrica de Loza Bogotana, que dejó de funcionar en 1887, se instaló en la parte más alta del recorrido de la quebrada San Juanito, en el piedemonte de Guadalupe, contra los cerros orientales. Se calcula que los terrenos comprendían dos hectáreas. El complejo industrial de la locería, explica Mónika Therrien, “se convirtió en punto central y estratégico dentro de un singular ignominioso terreno delimitado en su arista nororiental por el cementerio de los suicidas, al sur por los chircaleros y al occidente por los capuchinos, un grupo de hedonistas descritos por Cordovez Moure como ´enemigos acérrimos de las virtudes cardinales y decididos partidarios del mundo, del demonio y de la carne´”. Hoy, el sector de la fábrica se sitúa entre las carreras segunda y cuarta, y las calles tercera y quinta en el centro de la ciudad.

Therrien cuenta que paradójicamente, “la fábrica surgió en su momento como un paisaje destinado a civilizar los contornos de la ciudad ideal, sin embargo, hoy su edificio está destinado a sucumbir ante los nuevos discursos del progreso, formulados en las últimas décadas del siglo XX y materializados en otro tipo de paisaje, aquel surcado por autopistas y parques”.

Precisamente, este equipo de investigación, permeado por la tremenda carga de información y de conocimiento del lugar y de sus habitantes, vive las profundas transformaciones que ha traído al barrio la implacable construcción de la Avenida Los Comuneros, con sus desplazamientos y las renovadas estigmatizaciones. “Eran 60 familias cuando nosotros estábamos trabajando, pero efectivamente ya hoy no quedan más de 30 y de ellas solamente dos o tres son raizales. La vía, definitivamente, ha hecho un rompimiento de la memoria y de los lazos profundos que allá existían”.

Las preguntas ahora no están en la información que pueden aportar unos trozos de loza. Una mirada desde el patrimonio cultural hace que Mónika Therrien y su equipo busquen respuestas alternativas al uso de bienes patrimoniales y de interés cultural, como ha sido declarado parcialmente el edificio de la Fábrica de Loza Bogotana, para que estos sean más incluyentes de los habitantes de las zonas donde se encuentran ubicados. “Uno podría decir que el patrimonio en general lo que ha fomentado es más desplazamiento, más exclusión, más alejamiento de la comunidad”, concluye Therrien.


Para leer más…
+Therrien, Mónika (2007). De fábrica a barrio. Urbanización y urbanidad en la Fábrica de Loza Bogotana. Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Colección Libros de Investigación. Bogotá.
+Therrien, Mónika (2008). “Patrimonio y arqueología industrial: ¿investigación vs. protección? Políticas del patrimonio industrial en Colombia”. En revista Apuntes, vol. 21, núm 1, (2008). Disponible en:
https://revistas.javeriana.edu.co/sitio/apuntes. Recuperado en 08/03/2010
+Monroy Álvarez, Silvia (2004). “Los gozos del arrabal: la permanencia de objetos rituales y las identidades marginales en el suroriente de Bogotá”. En Boletín de Antropología, Universidad de Antioquia, año 2004, vol. 18, núm 35. Medellín. Disponible en: https://200.24.17.69/descargas/boletinAntropologia/Bol3503_Los_gozos_del_arrabal.pdf. Recuperado en 08/03/2010
 

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