Desnutrición infantil, un drama sin fronteras

Desnutrición infantil, un drama sin fronteras

La Unidad Intrahospitalaria de Pediatría (UIP) del Hospital Universitario Erasmo Meoz en Cúcuta, Norte de Santander, no distingue nacionalidad, color o acentos. Niños colombianos y venezolanos, de cero a cinco años, son atendidos por el personal médico; han llegado allí con enfermedades respiratorias, infecciosas y gastrointestinales, pero, en muchos casos, su condición ha empeorado pues otra enfermedad ha aparecido de forma silenciosa y se ha encargado de debilitar sus cuerpos indefensos, desencadenando efectos secundarios como retraso en la recuperación de la enfermedad por la que ingresaron, prolongación del tiempo de hospitalización, problemas en su funcionamiento corporal, incluso posibilidades de caer en riesgo de muerte.

La desnutrición aguda es una enfermedad que no se detecta fácilmente, es subdiagnosticada y puede atribuirse a diferentes factores, dentro de los que se encuentran el tipo de alimentación, la ingesta de alimentos que proporcionen energía y nutrientes y la situación socioeconómica de quien la padece; se clasifica en aguda moderada y severa. Según Unicef, la primera hace alusión a los niños que pesan menos de lo que les corresponde con relación a su altura, por lo que requiere una pronta detección y tratamiento para prevenir que recaiga en una de nivel superior como la desnutrición severa, en la que el niño presenta un peso muy por debajo frente a su altura y esto altera todos sus procesos vitales, con un riesgo inminente de muerte.

Frente a la apremiante necesidad de reconocer los factores desencadenantes de la desnutrición en el hospital y brindar un trato adecuado, Carolina Clavijo, estudiante de nutrición y dietética de la Pontificia Universidad Javeriana, y su profesora, la nutricionista Gilma Olaya Vega, describieron el estado nutricional de 99 niños menores de cinco años en la UIP, 54 colombianos y 45 venezolanos. “No pensamos encontrar tantos niños venezolanos. Para hacer el análisis, los segmentamos por nacionalidad”, menciona Clavijo.

Norte de Santander cuenta con poco más de 1’367.000 habitantes, 30% de ellos en condición de pobreza y 11,4% en situación de miseria, lo que, según el Instituto Departamental de Salud de Norte de Santander, lo ubica  como el departamento con mayor número de personas pobres en el país (382.204); esta región ha sufrido los desmanes de la violencia del conflicto armado y, además, limita al norte y este con Venezuela, país que enfrenta una crisis humanitaria en la que gran parte de su población ha emigrado.

Las investigadoras encontraron, además, una proporción relevante de desnutrición en niños venezolanos pertenecientes a las comunidades indígenas, como la sirapta y la yukpa. Estas condiciones socioeconómicas implican aumento en los índices de pobreza y deterioro en el estado de la salud y nutrición, derivado en un alto grado de inseguridad alimentaria, principalmente en los menores de cinco años.

Durante aproximadamente dos meses, Clavijo visitó diariamente el hospital; caminaba los pasillos hasta llegar a la unidad pediátrica y hacía la valoración nutricional: antecedentes del niño en el nacimiento, tipo de parto, talla, peso al nacer y otros datos neonatales y patológicos; además, empáticamente, la estudiante indagaba las condiciones socioeconómicas y sociodemográficas de las familias: ¿Cuentan con agua potable?, ¿qué nivel educativo tienen los padres?, ¿nacionalidad?, etc. eran algunas de las preguntas que daban lugar a comprender el porqué de la desnutrición en este lugar. Luego, la valoración antropométrica actual (talla, peso, examen físico e ingesta), para encontrar las posibles deficiencias nutricionales y, finalmente, un cuestionario que indicaba la frecuencia con la que estos niños consumían alimentos esenciales para su desarrollo.

A lo largo de los años se ha dicho que aquello que comemos influye directamente en cómo nos vemos, cómo nos sentimos, nuestra salud física y mental. Hipócrates decía “que la comida sea tu alimento y tu alimento tu medicina”; hoy la ciencia lo demuestra: si un niño recibe la energía y los nutrientes necesarios para su buen funcionamiento, su salud estará más protegida, se garantiza su fortalecimiento muscular, óseo, orgánico, cognitivo y psicológico.

Para el estudio se tuvieron en cuenta tres grupos etarios: de 0 a 6 meses, de 6 a 24 y mayores de 24, cada uno con necesidades alimentarias diferentes. Las investigadoras encontraron índices de desnutrición en niños de ambas nacionalidades, con mayor proporción en venezolanos y el grupo más afectado fue el de 6 a 24 meses, etapa en la que se introduce la alimentación complementaria. Dentro de su dieta no contemplan muchas verduras, frutas o proteína animal; adquirirlos representa un costo que no pueden cubrir; en su lugar, consumen más harinas, tubérculos, cereales y, para el aporte proteico, leguminosas (garbanzo, lenteja, frijol). No significa que estos alimentos sean malos, pero no son lo suficiente para suplir las necesidades nutricionales de los niños.

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Las investigadoras descubrieron que lo niños colombianos comen más frutas que los venezolanos, pero deben ingerirlas todos los días para evitar la desnutrición.

La doctora Olaya explica la dieta ideal en las diferentes etapas: de 0 a 6 meses el modelo efectivo de alimentación se basa en la leche materna exclusiva (LME); mucho se habla de los múltiples beneficios afectivos y físicos de este alimento, y uno de los más importantes es su función determinante en el desarrollo del sistema inmunológico infantil. Dentro de los resultados, Olaya y Clavijo destacan que en el hospital Erasmo Meoz los colombianos toman más leche de fórmula que los venezolanos; esto es un problema, no solo por la falta de beneficios que pierde el bebé al no consumir LME, sino, además, porque los bebés a los que se les suministra leche de tarro pueden pasar por dos extremos: volverse obesos o caer en la desnutrición.

“Si la preparan de la forma adecuada pueden llegar al sobrepeso u obesidad; si la preparan diluida pueden llegar a la desnutrición”, lo que ocurre cuando la familia no tiene recursos, explica Olaya. Ahora bien, no quiere decir que el niño que recibe más leche materna esté mejor nutrido, pues hay que tener en cuenta el tiempo de lactancia, la cantidad de leche materna que le están dando al bebé y las condiciones en las que se encuentra la madre.

Del grupo etario de los 6 a 24 meses, la alimentación ideal corresponde a la leche materna más una adecuada alimentación complementaria; en esta etapa los niños deben consumir alimentos ricos en hierro como carnes rojas, vísceras, etc., de tres a cinco veces por semana; sin embargo, se encontró que los niños venezolanos suelen estar desprovistos de estos alimentos. Las frutas y verduras deben consumirlas diariamente y, si bien los colombianos las comen más que los venezolanos, no es suficiente. Asimismo, los lácteos son de vital importancia después del año de edad y los venezolanos casi nunca los consumen; los colombianos sí, pero en pequeña proporción.

Los mayores de 24 meses son más independientes en el consumo de alimentos, lo que representa menor riesgo de desnutrición si cuentan con el acceso a una alimentación balanceada.

La vigilancia de la desnutrición aguda se implementó a nivel nacional desde 2016, mediante la resolución 2465 del Ministerio de Salud que clasifica el riesgo de desnutrición en agudo, moderado y severo, pero no contempla la desnutrición aguda leve. Después de identificar la problemática nutricional en el Hospital Erasmo Meoz, Clavijo formuló un protocolo que pudiera ser de utilidad y permitiera diagnosticar la desnutrición aguda leve, pues “al no contemplarla, no hay detección oportuna y un manejo adecuado, razón por la que los niños pueden llegar a la desnutrición moderada o severa. Con este protocolo se espera realizar la detección temprana, disminuir la tasa de desnutrición moderada y severa, y alcanzar un efectivo tratamiento”.

La buena alimentación no puede suponer un lujo para los niños. Los nutricionistas coinciden en que la buena alimentación es imprescindible no solo para crecer bien físicamente y tener un adecuado desarrollo psicológico e intelectual, sino que es parte fundamental para el desarrollo de las sociedades; el tratamiento de la desnutrición debe combinar alimentación, acompañamiento nutricional y apoyo de los Estados.

En los niños está el futuro, dicen, pero, “¿para qué pensar en el futuro si no hacemos nada para que nuestros niños tengan un buen presente?”, expresa la profesora Olaya.

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Hay cinco puertas abiertas y dos opciones: cerrar cuatro y avanzar por una sola o quedarse estancado con todas ellas abiertas. Natalia Sepúlveda, nutricionista de la Pontificia Universidad Javeriana, eligió la primera. Decidió “darlo todo” por la línea de investigación de nutrición infantil. Ese fue el momento más retador de su trayectoria como investigadora; “¿será la decisión correcta?”, pensaba.

Nunca imaginó una vida como investigadora o como docente, su ocupación desde hace cuatro años en la Universidad Javeriana. Durante su pregrado, se visualizaba como una nutricionista enfocada en pediatría, en clínica; sin embargo, su trabajo de grado cambió ese destino. Incursionó investigando sobre el estado nutricional y la actividad física en adolescentes. Tuvo la oportunidad de presentar su trabajo en un congreso internacional en Islas Canarias, España, lo que la hizo soñar con una maestría en ese país, que más adelante logró: es magister en Condicionantes Genéticos, Nutricionales y Ambientales del Crecimiento y Desarrollo de la Universidad de Granada.

Ama viajar, pintar mandalas, compartir con su mascota Mía –una golden retriever– y su ‘mantra’ es la ética: “No tiene sentido obtener ningún dato de investigación sin ética”, dice. También tiene un gran amor: los niños. Por eso su vida como investigadora ha estado dedicada a los “chiquitines”, como ella les llama. Considera que son “la base del futuro” y que la nutrición es crucial, ya que los hábitos alimentarios inadecuados de la infancia pueden afectar, en la edad adulta, no solo el estado de salud sino la capacidad intelectual. Además, “formar o modificar un hábito alimenticio en un niño es más efectivo que decirle a un adulto que se coma la fruta entera en vez del jugo de todos los días”.

Trabajar con niños es más que medirlos, tallarlos y analizar datos. El compartir y los abrazos son importantes, el contacto con ellos y las risas “son toda una aventura”. Lo disfruta incluso cuando lo cuenta. El mundo de la investigación le permite tener contacto con diferentes poblaciones de niños mientras se genera conocimiento. Así, ha trabajado como coinvestigadora en la caracterización nutricional de enfermedades huérfanas como Niemann Pick tipo C y la mucopolisacaridosis. Estudió los casos de todos los niños de Colombia que tenían estas patologías en 2012 y cómo la nutrición puede favorecer el tratamiento médico de estas enfermedades. Ese mismo año lideró una investigación sobre actividad física, actividad sedentaria y hábitos alimentarios en escolares con exceso de peso, cuyos resultados presentó un año después en un congreso de nutrición pediátrica en España.

¿Fue la puerta correcta? En el mejor momento de su carrera, puede decir, convencida, que sí. “Ahora estoy recogiendo el esfuerzo de todos mis años como nutricionista, investigadora y docente”. Este año volvió a España con el respaldo de la Pontificia Universidad Javeriana y una de las 35 becas que otorga la Fundación Carolina en Latinoamérica. Allí realizará su doctorado en Medicina Clínica y Salud Pública, en la Universidad de Granada, donde desarrollará su tesis sobre nutrición y neurodesarrollo, temática en la que ha trabajado en los últimos años. ¿Cuál fue la clave? Seguir el camino que ordenaron sus sueños, entregarse a ellos y agregarle disciplina. Así hizo que el universo conspirara a su favor.