De Carcasí a Brasil, los niños científicos viajeros

De Carcasí a Brasil, los niños científicos viajeros

Col Bryann Avendaño

Para Heyber y Edilmer, montar en avión, conocer otro país o incluso salir de su vereda nunca había sido una opción. Son las 5:00 de la mañana y Heyber camina casi dos horas y media para llegar a su escuela, la institución educativa El Tobal, en zona rural de Carcasí, Santander. Edilmer, por su parte, llega 10 minutos antes todos los días para revisar sus experimentos, tomar los datos y salir a clase de matemáticas como el resto de sus compañeros de aula. A estos dos estudiantes de décimo grado los une una razón: su pasión por la ciencia. Desde hace cuatro años integran el semillero de investigación ’Viajeros de la Selva Invisible’, cuyo nombre representa el universo selvático que descubren al observar algas a través del microscopio.

Su trabajo en ficorremediación (el estudio de cómo las algas limpian los desechos), motivado por el profesor Bernardo Rey Moreno, ha sido avalado por el programa Ondas de Colciencias, desarrollado en Santander en el marco del programa Generación ConCiencia liderado por la Universidad Autónoma de Bucaramanga.

En su laboratorio casero, Heyber y Edilmer buscan estandarizar un método para descontaminar el agua residual producto de la industria láctea (lactosuero) en su vereda, utilizando microorganismos como fuente de remediación natural. Están obsesionados con algas microscópicas que, dicen, son la fuente de la vida. En el único microscopio de su colegio observan algunas de las características, identifican y describen las especies mediante diversos experimentos apoyados en sus tubos de ensayo. Deben ser recursivos y tienen presente que el error es parte fundamental de cualquier aprendizaje.

Hace tres años era impensable para ellos que este proyecto de ciencias los llevara lejos: después de un viaje a Estados Unidos en 2017, por invitación de Colciencias, a la Feria Intel Isef para representar a Colombia con un proyecto innovador, el año pasado empacaron de nuevo sus maletas para mostrar su trabajo en Novo Hamburgo, Brasil. Trabajaron tarde y noche durante dos años, y después de la jornada de clases preferían dedicar a su investigación dos horas más de trabajo en el laboratorio que ellos mismos ayudaron a montar en lugar de regresar a casa a ver televisión.

Sin descuidar los demás deberes propios de un adolescente en edad escolar de su municipio, que implica también apoyar a sus familias en las labores propias del campo, ambos adolescentes fijaron en su mente un sueño: ganar la Feria Infantil y Juvenil de Ciencia, Tecnología e Innovación que se realiza cada año en Santander, y de este modo obtener un cupo para asistir a la feria nacional y competir con estudiantes investigadores de otras regiones, pero jamás imaginaron que los llevaría aún más lejos.

Sueño cumplido. En el 2017, después de ser finalistas en Santander, estaban más que preparados para representar a su departamento a nivel nacional. Debían preparar su mejor “pitch científico” y, de este modo, ganar un cupo para representar a Colombia en Brasil, y así sucedió. Estos logros han sido orgullo para todos sus compañeros de colegio y, por supuesto, para su maestro, el profe Berna, como lo conocen en la región. Un maestro que sabe que sus pequeños científicos pueden ser tan buenos como los mejores del mundo, y que solo se necesita apoyo y oportunidades para aprovechar su máximo potencial.

Ellos se atrevieron a presentarse en la feria más grande de escolares en América Latina: MOSTRATEC, en Brasil, que reúne a los mejores 200 proyectos de investigación de 20 países de la región. En jornadas extenuantes, según las palabras de Heyber, tenían que superar diversas etapas de pruebas de habilidades y conocimientos ante jurados muy exigentes. “Era la primera vez en un país diferente. Nos levantábamos a las seis de la mañana para estar listos y que el bus nos recogiera en el hotel, llegábamos a las once porque había que darle tiempo también a conocer ese lindo país. ¡Ah, y había tiempo para un chico de fútbol! Como buenos colombianos, también nos llevamos ese triunfo”, comenta entre risas y una esperanzadora sonrisa.

Ganaron el primer lugar en la categoría Ciencias Ambientales; el profe Berna, Heyber y Edilmer no cabían de la dicha cuando los llamaron a la tarima a recibir su premio: una entrada para la feria internacional en Buenos Aires. Un triunfo que, con perseverancia, traía esperanza a dos niños que sueñan con ser científicos. “Nos estamos preparando para la feria de Argentina, sabemos que tenemos que mejorar. Gracias al intercambio científico con otros estudiantes y al empeño del profe Bernardo, haremos un buen trabajo en la feria de octubre”, dice Edilmer, quien a sus 14 años ya lee artículos científicos en inglés sobre ficología y sistemática, y a quien, sin importar el dominio de esa lengua, sus ansias por entender el mundo de la ciencia le permiten analizar resultados de investigaciones, interpretar gráficas y modelos estadísticos.

Este es solo un ejemplo, de los muchos de participantes del programa Ondas de Colciencias que han salido del país gracias a su amor por la ciencia y la tecnología, al apoyo de sus maestros, así como a su perseverancia en el trabajo científico y, por qué no, por su aspiración a trascender con experimentos sencillos, que prometen ser una ventana a innovaciones científicas y tecnológicas más adelante.

Abrir las oportunidades a estudiantes de secundaria para que vivan el mundo de la investigación, con los retos que implica, permitirá que sean parte de redes internacionales de colaboración. Les enseñará a ver su región desde otras latitudes, empoderarse de la ciencia para ver su país con ojos de optimismo y retornar a su región tan pronto como sea posible, para seguir construyendo soluciones para su comunidad y demostrar que también es posible regresar a hacer más y mejor.

Heyber y Edilmer trabajan en este laboratorio casero, construdo en su escuela de Carcasí, Santander.
Heyber y Edilmer trabajan en este laboratorio casero, construido en su escuela de Carcasí, Santander.

 


*        Científico en ScienteLab, miembro de Clubes de Ciencia Colombia y líder en Educación STEM; becario del Programa de Liderazgo en Competitividad Global de la Universidad de Georgetown, Washington D.C.

El murciélago: siempre amenazado, poco comprendido

El murciélago: siempre amenazado, poco comprendido

Parecen exploradores a punto de entrar en otro planeta. Se enfundan en un overol grueso, botas pantaneras, una máscara de doble filtro, casco con linterna y guantes de carnaza, todo eso con un clima que ronda los 20 ºC. El grupo se adentra en la cueva y comienza a caminar con cuidado: los pies se hunden en el piso fangoso, la visibilidad se reduce con cada nuevo paso. No se ve nada y lo que importa es escuchar atentamente, presentir los aleteos.

“Desde la entrada de la cueva hasta donde se llegue, la máscara es obligatoria porque el principal riesgo es respirar esporas de hongos”, explica Jairo Pérez Torres, profesor asociado del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana y líder de la expedición. Desde 2010, junto a un grupo de estudiantes, ha caminado entre el guano, con un aire fecundo de histoplasma (hongo que al entrar en los humanos causa una severa enfermedad pulmonar) penetrando la cueva de Macaregua, en el municipio santandereano de Curití. Su objetivo: entender la vida de las nueve especies de murciélagos que escogieron la cueva como su hábitat, describir su forma de vida, averiguar el papel que juegan en el ciclo infeccioso del mal de Chagas y la leishmaniasis.

Más allá de que se tenga miedo a la oscuridad, a los espacios cerrados, a un suelo movedizo o a un aleteo no identificado, el lugar es un espectáculo. Enclavada en las montañas, a 1566 metros sobre el nivel del mar, la cueva se extiende por unos 600 metros y se divide en dos ramales: uno seco y otro húmedo, gracias al contacto con una quebrada.

En su investigación han encontrado los matices de una sana convivencia. Por ejemplo, en los primeros 300 metros de recorrido abunda el Carollia perspicillata, un individuo frugívoro que suele vivir en harems controlados por un macho alfa. Casi todos ellos se organizan en perchas (porciones del techo) con rugosidades, el sitio perfecto para que las crías, tras una primera fase de amamantamiento, se resguarden mientras la madre busca alimento.

Más adelante aparecen los insectívoros. Predominan dos especies: el Natalus tumidirostris, cuyas hembras y machos asumen un comportamiento huraño la mayor parte del año, que solo cede en la época reproductiva, y el Mormoops megalophylla, con un comportamiento tan inusual como intrigante: solo los machos viven en la cueva; en las épocas de apareamiento, ingresan las hembras, procrean y amamantan a las crías, pero un día se llevan a las hembras recién nacidas y dejan a los machos confinados a la oscuridad. Los científicos no han logrado establecer hacia dónde vuelan ni qué hacen allí.

La riqueza de la cueva es tal que se calcula una población cercana a los 20.000 individuos de nueve especies con diferentes hábitos alimenticios: además de frutas e insectos, consumen el néctar de las flores o la sangre de otros mamíferos.

Macaregua ha sido destacada como Sitio Importante para la Conservación de Murciélagos (SICOM) por la Red Latinoamericana para la Conservación de Murciélagos (RRELCOM). “Después de estos años de trabajo, logramos evidenciar que es la cueva con más especies registradas de murciélagos en el país”, afirma Pérez.

Un vecino incómodo

La convivencia de los santandereanos con los murciélagos no siempre ha sido pacífica. Aunque es común encontrar algunos individuos deambulando por las calles de Bucaramanga, capital del departamento, o a otros en los techos altos de las fincas y casas rurales de San Gil, Curití y Socorro, también hay familias que han tenido que reemplazar tejados enteros de sus casas porque se convirtieron en el nuevo hogar de un grupo de estos mamíferos voladores.

Pero el animal también ha sufrido a los humanos, especialmente en los últimos años, con el auge de la industria turística de la espeleología (estudio de las cavernas) y sus excursiones improvisadas a las cuevas de la región. Guías con muy poca precaución llevan a personas en camiseta y pantaloneta por las profundidades de la montaña y suelen espantar a los murciélagos para que vuelen. Sin saberlo, generan una situación de alto riesgo.

“Todo el ciclo de transmisión (insectos vectores, animales silvestres y humanos) de Leishmania y Trypanosoma está presente en la zona, y lo que queremos saber es el papel que juegan los murciélagos en él”, explica Claudia Liliana Cuervo, profesora asistente del Departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana. Ella se asoció con el profesor Pérez hace tres años para estudiar si los quirópteros hacen parte del ciclo natural de transmisión de Trypanosoma cruzi o Leishmania spp, causantes de la enfermedad de Chagas y la leishmaniasis en la región. Según cifras del Instituto Nacional de Salud, en diciembre de 2015 se confirmaron en el departamento 173 casos crónicos para la primera y 505 para la segunda.

Los investigadores han analizado muestras de sangre de individuos recolectados en Macaregua. “Para este proyecto colectamos 101 murciélagos en dos salidas de campo, pertenecientes a tres especies que son las que en ese momento se encontraban en la cueva. La prevalencia de infección con Leishmania y Trypanosoma fue de un 52%”, resume Cuervo.

Los datos, publicados en el Congreso Internacional de Enfermedades Infecciosas que se realizó este año en India, indican que el murciélago es un reservorio natural del parásito. “Encontramos que el parásito está llegando al corazón del murciélago. Cuando eso ocurre en los humanos, ocasiona una cardiopatía que es mortal, pero es una infección muy larga, de muchos años, que aún no se ha logrado evaluar cómo es en el animal”, afirma Cuervo, lanzando una alerta clara: “perturbar su hábitat y generar migraciones puede llegar a favorecer un aumento de la transmisión de las infecciones a los humanos”.

 De ‘villano’ a benefactor

Lo que buscan los científicos de la Javeriana es generar conciencia sobre cómo la tala de bosques, las construcciones en zonas rurales y las visitas de no expertos contribuyen a acabar con los hábitats de los murciélagos y los obligan a emigrar a las áreas urbanas. En otras palabras, resaltar el papel de una especie que, desde los tiempos de la Colonia, y con el auge de las novelas de vampiros, tiene fama de ser una criatura diabólica, que chupa la sangre de humanos —en realidad solo hay una especie hematófaga que muerde al ganado— y transmite enfermedades.

En 2005, cuando trabajó en un proyecto en el Eje Cafetero, Pérez se convirtió en predicador de todos los efectos que conlleva su preservación: “En cualquier mercado del trópico, el 70% u 80% de las frutas que se encuentran son por el beneficio de los murciélagos, porque dispersan las semillas o las polinizan”. De hecho, en el sur de Estados Unidos, los campesinos se ahorran millones de dólares en plaguicidas porque, de noche, los quirópteros irrumpen en los cultivos buscando insectos para cazar.

Esta investigación, que de momento ha producido doce trabajos de pregrado de Biología y Ecología y siete tesis de maestría, pretende que el humano preserve el hábitat de una especie para su propio desarrollo, promueva un turismo responsable y consciente de los riesgos de entrar a las cuevas de la región y, sobre todo, tenga argumentos de mayor peso a la hora de realizar proyectos de educación ambiental con los pobladores de la zona.

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