Muchos de nosotros hemos estado alguna vez o hemos escuchado sobre las aguas termales. El calor que mantiene estas aguas a temperaturas elevadas proviene del interior de la Tierra y constituye una de las fuentes de energía renovable más estables que existen. Ahora, ese mismo calor que durante años ha estado asociado con el turismo empieza a despertar interés en Colombia como una alternativa para diversificar la matriz energética del país.
Esa energía, conocida como geotermia, ya ha ganado espacio en la conversación energética de Colombia. En los últimos meses, el país ha dado pasos para explorar su potencial con la firma de acuerdos de cooperación internacional, avances regulatorios y proyectos que buscan convertir el calor almacenado bajo la superficie en una nueva fuente de energía renovable. Sin embargo, aprovecharlo implica superar desafíos técnicos, ambientales y económicos.
La energía que la Tierra conserva bajo la superficie
Bajo la superficie terrestre existe una inmensa reserva de calor acumulada durante miles de millones de años. Proviene, en gran parte, de la energía que la Tierra conserva desde su formación, cuando era una masa de roca fundida a temperaturas extremadamente altas, y del calor que continúa generándose por la desintegración natural de elementos radiactivos. Aunque el planeta se ha enfriado gradualmente desde entonces, su interior aún conserva temperaturas muy elevadas, que aumentan en promedio cerca de 30 °C por cada kilómetro de profundidad, aunque este valor varía según las condiciones geológicas de cada lugar.
En algunas regiones, la actividad volcánica y tectónica hace que el calor del interior de la Tierra se encuentre más cerca de la superficie, debido a la presencia de grandes masas de roca caliente a menor profundidad. Allí, el gradiente geotérmico —nombre que recibe el aumento de la temperatura con la profundidad— es mayor y resulta más fácil acceder a ese recurso. En Colombia, esas condiciones se concentran principalmente en el complejo volcánico Ruiz-Tolima, el volcán Azufral, Cerro Machín y otros sistemas volcánicos del país.
La geotermia consiste, precisamente, en aprovechar la energía almacenada en el interior del planeta. Su aplicación más conocida es la generación de electricidad mediante perforaciones de varios kilometros de profundidad que alcanzan reservorios naturales de agua caliente o vapor. Cuando el fluido extraído llega a la superficie, la disminución de la presión puede transformarlo parcialmente en vapor, que mueve una turbina conectada a un generador eléctrico.
En algunos proyectos, antes de ser reinyectado al subsuelo, el fluido caliente se aprovecha en cascada para otros usos, como calefacción, acuicultura o procesos industriales. Una vez agotada gran parte de su energía térmica, el agua suele devolverse al reservorio para mantener el funcionamiento del sistema y favorecer la sostenibilidad del recurso.
Sin embargo, para Rosa María Prol, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ha dedicado más de cinco décadas al estudio de la geotermia, los avances tecnológicos han hecho que esta fuente de energía ya no dependa exclusivamente de regiones con temperaturas extremadamente altas: “podríamos explotarla prácticamente en cualquier lugar, la tecnología ha avanzado lo suficiente como para generar electricidad con agua a temperaturas de entre 70 y 90 °C. Hace apenas 40 o 50 años se necesitaban alrededor de 200 °C para lograrlo”. Estos avances han contribuido a renovar el interés por la geotermia en países que, como Colombia, apenas comienzan a explorar el potencial de sus recursos.

La carrera de Colombia para aprovechar la energía del subsuelo
Durante décadas, la geotermia en Colombia estuvo concentrada principalmente en estudios científicos y exploraciones que buscaban determinar dónde se encontraba el calor almacenado bajo la superficie. La actividad volcánica y tectónica del país permitió identificar zonas con condiciones favorables, como el complejo volcánico Ruiz-Tolima, Cerro Machín y el volcán Azufral, pero convertir ese potencial en una fuente de energía requiere superar una barrera clave: la exploración profunda.
Aunque perforar pozos de varios kilómetros implica altos costos y riesgos, esta es la etapa decisiva para confirmar el potencial de un reservorio geotérmico, pues permite conocer su temperatura, su permeabilidad, la composición de los fluidos y si cuenta con la capacidad suficiente para sostener una planta de generación eléctrica.
Desde hace unos meses está avanzando el proyecto geotérmico Nereidas, ubicado en el entorno del Nevado del Ruiz. En mayo de 2026 el Gobierno nacional otorgó la viabilidad ambiental para su fase exploratoria, un paso indispensable para determinar el potencial del recurso. También se expidieron los primeros términos de referencia ambientales para proyectos geotérmicos en el país y, en junio, el país firmó un memorando de entendimiento con Islandia, referente mundial en el aprovechamiento del calor terrestre. El acuerdo contempla cooperación científica y técnica, formación de capacidades, intercambio de conocimiento y el impulso de iniciativas que permitan acelerar el desarrollo de esta fuente de energía en Colombia.
Para Joan Manuel Larrahondo Cruz, profesor del Departamento de Ingeniería Civil de la Pontificia Universidad Javeriana, el acuerdo con Islandia, aunque necesario, es un paso inicial: “El acuerdo es muy importante porque el intercambio de conocimiento y la formación en exploración y monitoreo son fundamentales. Colombia cuenta con recursos geotérmicos, pero todavía tiene pocas personas capacitadas en esta área. Para atraer inversionistas se necesitan pozos exploratorios que permitan confirmar la existencia de recursos comercialmente viables, y por ahora la financiación de pozos exploratorios no está incluida en el acuerdo, aunque promete trabajar en la identificación y desarrollo de proyectos piloto”, afirma el investigador.
Por su parte, Prol, basada en la experiencia de México, considera que Colombia debería evitar que el Estado asuma directamente el riesgo financiero de la exploración y, en cambio, crear mecanismos que permitan a empresas privadas invertir con respaldo de seguros especializados. La investigadora también recomienda aprovechar el recurso geotérmico de manera integral en cascada.
Ambos investigadores coinciden en que una de las alternativas más viables para desarrollar la geotermia en Colombia está en aprovechar la infraestructura petrolera existente. En 2024, el país otorgó a Parex Resources el primer permiso de explotación geotérmica mediante coproducción con hidrocarburos, en Casanare, para utilizar el calor de los fluidos extraídos durante la producción de petróleo. A esto se suma el potencial de los pozos de petróleo y gas que han dejado de ser comercialmente productivos, pero que ya cuentan con las perforaciones necesarias para un proyecto geotérmico, reuciendo así altos costos e incertidumbres en el proceso.

El potencial de una energía limpia con retos por resolver
A diferencia de otras fuentes renovables, la geotermia no depende de variables como que haya sol, viento o lluvias. Por ello puede producir energía de manera constante durante todo el año. Esto es una característica especialmente valiosa en un país como Colombia, donde cerca del 70 % de la electricidad proviene de centrales hidroeléctricas que se ven cada vez más afectadas por las sequías prolongadas causadas por el cambio climático.
Sin embargo, aunque la energía geotérmica suele considerarse una fuente limpia, no está exenta de emisiones. Cuando el agua caliente extraída del subsuelo llega a la superficie, la presión disminuye de forma repentina—un proceso conocido como despresurización— y los gases que permanecían disueltos en ella, como el dióxido de carbono (CO₂) y el sulfuro de hidrógeno (H₂S), se liberan de manera natural.
Si la planta no cuenta con sistemas de captura y control, esos gases terminan en la atmósfera junto con el vapor que impulsa las turbinas para generar electricidad. Por eso, para Prol: “la geotermia es tan limpia como lo quiera la compañía que lo está explotando; si no hace control de gases, puede ser más contaminante que una planta de carbón”, afirma.
Otra forma de reducir estas emisiones es mediante las plantas de ciclo binario. Es el caso de Turquía, uno de los mayores productores de energía geotérmica del mundo, que obtiene más del 80 % de su capacidad instalada de esta manera:
En lugar de utilizar directamente el agua caliente del subsuelo para mover las turbinas, el sistema binario emplea esa agua para calentar un segundo fluido, generalmente un compuesto orgánico como isobutano o isopentano, que hierve a temperaturas mucho más bajas. El vapor de ese fluido mueve la turbina y luego se enfría para repetir el ciclo.Mientras tanto, el agua geotérmica nunca entra en ebullición ni se libera al ambiente, sino que se reinyecta al reservorio del que fue extraída. Así, las emisiones a la atmósfera son muy bajas.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) señala que los impactos ambientales y sociales asociados a esta tecnología “dependen del sitio y la tecnología empleada, y en gran medida son manejables”. Además, destaca que las tecnologías geotérmicas ofrecen ventajas ambientales importantes porque “no existe un proceso de combustión que emita dióxido de carbono (CO₂), y las únicas emisiones directas provienen de los fluidos subterráneos del yacimiento”.
Después de mover las turbinas, una parte importante del fluido permanece en estado líquido y, por lo general, debe reinyectarse para mantener el funcionamiento del sistema. Sin embargo, debido a las dificultades técnicas y los costos que implica este proceso, la reinyección no siempre se realiza de inmediato o en condiciones óptimas.
Por esta razón: “almacenarla temporalmente en piscinas o depósitos superficiales puede aumentar el riesgo de contaminación, pues el agua proveniente de varios kilómetros de profundidad puede contener radionúclidos y otros compuestos que han permanecido en el subsuelo durante millones de años”, afirma Larrahondo.
Otro de los potenciales riesgos que advierte el docente javeriano, quien se ha interesado desde hace varios años en la ingeniería geoambiental y la energía geotérmica, es la posibilidad de generar pequeños sismos durante algunos procesos de extracción. “Esto puede ocurrir cuando se inyectan fluidos a alta presión para fracturar la roca y aumentar su permeabilidad, especialmente si estas intervenciones se realizan cerca de fallas geológicas”, afirma.
A propósito, el IPCC señaló en 2011 que los sismos inducidos por proyectos geotérmicos no habían sido lo suficientemente grandes como para causar lesiones o daños materiales significativos. Sin embargo, esa percepción cambió en 2017, cuando un proyecto geotérmico en Pohang, Corea del Sur, estuvo asociado a un terremoto de magnitud 5,5 que dejó decenas de heridos y daños en cientos de edificaciones. El caso mostró la importancia de identificar fallas geológicas cercanas, monitorear la actividad sísmica de forma continua y evaluar los riesgos antes de iniciar las operaciones.
En ese sentido, ninguno de estos riesgos implica que la geotermia sea una fuente de energía inherentemente contaminante. Tanto Larrahondo como Prol sostienen que ningún tipo de producción energética es realmente limpia y que la experiencia acumulada en distintos países con geotermia muestra que los impactos pueden reducirse considerablemente cuando los proyectos se desarrollan con criterios técnicos rigurosos. Estudios geológicos detallados, monitoreo permanente, reinyección adecuada de los fluidos extraídos y sistemas de control de emisiones forman parte de las medidas que permiten minimizar los riesgos ambientales.
Para ambos expertos, el potencial geotérmico de Colombia dependerá de que las decisiones no se queden únicamente en el papel. Su desarrollo requiere articulación entre entidades como los ministerios de Minas y Energía y de Ambiente, el Servicio Geológico Colombiano y las autoridades que intervengan en cada proyecto, además de recursos constantes para la exploración, condiciones claras para la inversión y un respaldo decidido de la academia. También exige involucrar a las comunidades desde el inicio, como participantes informadas en la planeación y en las decisiones que puedan transformar sus territorios.



