Este reportaje hace parte CIENCIA PARA ENCONTRARLES, una iniciativa periodística para explicar cómo se emplean diferentes ciencias y técnicas forenses en la búsqueda de personas dadas por desaparecidas forzadamente en medio del conflicto armado colombiano. Cuenta con el apoyo del medio de comunicación digital Vorágine y el respaldo de la Maestría en Periodismo Científico de la Pontificia Universidad Javeriana (Colombia).
La oficina de la doctora Rocío del Pilar Lizarazo Quintero tiene una repisa con plantas. Unas rosas rojas, un anturio de hojas blancas, un pequeño bambú y una orquídea de pétalos níveos con leves puntos violeta. Les llega la luz que entra a través de un gran ventanal desde el que se divisa el tránsito de la avenida Caracas y una parte del parque Tercer Milenio, en el centro de Bogotá. El lugar donde queda su despacho, un edificio de ocho pisos y fachada de ladrillo, recibe visitantes de domingo a domingo. Llegan allí preguntando sobre el paradero y la suerte de un ser querido, un vecino o un allegado, desaparecido hace años o incluso décadas; por el cuerpo de un difunto o por alguna respuesta que alivie la angustia y la incertidumbre.
Las plantas de Lizarazo son un refugio ante el dolor y el sufrimiento que observa en su trabajo: es la coordinadora del Grupo de Genética Forense del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Encabeza un equipo científico capaz de descifrar la identidad oculta en estructuras óseas y cuerpos que llegan al instituto y que podrían ser hijos, hijas, hermanos, hermanas, padres, madres o parejas desaparecidas por la violencia y el conflicto armado en Colombia.
El interés personal por la ciencia también es su refugio. Lizarazo, quien nació en Boyacá pero con toda una vida en Bogotá, dice que desde pequeña le atrajo la salud, las matemáticas y la botánica. Por esa razón decidió estudiar bacteriología en la Universidad Javeriana de Bogotá. Durante la carrera, aprendió a investigar microorganismos, moléculas y bacterias en plantas y seres humanos para descubrir su composición y posibles beneficios. “Mi vocación y mi inclinación siempre ha sido entender lo que parece abstracto, lo que parece que no se ve, y su aplicabilidad en lo tangible”, explicó. Vestía una bata blanca y traía colgados varios pines, entre los que resaltan el de un microscopio y el de un fragmento de una cadena de ácido desoxirribonucleico (ADN).


Cuando iba terminando la universidad, Lizarazo se interesó por la inmunología —la rama de las ciencias de la salud que estudia cómo los organismos reaccionan ante peligros internos o externos— y por la genética humana —el estudio de la herencia biológica de los seres humanos— centrada en los patrones que componen la identidad. Tomó algunos cursos sobre ambos temas y comenzó a trabajar en Medicina Legal en 1993.
Para esa época, en Colombia apenas se estaba hablando de genética para la identificación humana. Lizarazo recordó que entonces no existían laboratorios, equipos o científicos especializados capaces de determinar el nombre, la edad probable, algunos rasgos físicos y la familiaridad de una persona a través del análisis de estructuras óseas o de cuerpos no identificados que llegaban al instituto.
“Solo era posible hacer pruebas de ADN para determinar una paternidad”, comentó la experta, quien agregó que en algunas investigaciones, en especial las judiciales, se recurría a métodos médicos básicos, insuficientes para una identificación plena, como la revisión de características óseas o el estado de descomposición de un cuerpo. Se requería del análisis de información genética y del cotejo de muestras de ADN para decirle, con certeza, a una familia que se había encontrado a su ser querido desaparecido.

Es así que Lizarazo, una joven científica en ese momento, participó en la creación del Laboratorio de Genética Humana de Medicina Legal en 1993. A la par, realizaba su maestría en biología en la Universidad Complutense de Madrid, en España. Desde hace más de tres décadas, ella ha estado aportando a esta área de las ciencias forenses en Colombia.
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La doctora Lizarazo se pone una bata azul quirúrgica, un gorro para cubrirse el cabello y un tapabocas. “No pueden entrar al laboratorio sin estos elementos”. Luego ingresó al Laboratorio de Genética Humana, ubicado en el segundo piso de una edificación contigua a la sede central de Medicina Legal. Es de fachada blanca y su arquitectura se asemeja a la de un antiguo colegio construido antes de la segunda mitad del siglo XX, pero en el interior alberga equipos de última tecnología y a un grupo de científicos especializados en genética.
Lizarazo dijo que la capacidad del laboratorio se encuentra reducida al momento de la visita para este reportaje porque justo se estaba trasladando a un espacio más amplio. Desde 1993 hasta la fecha, cuenta, la demanda de la genética forense ha crecido en Colombia, lo que obliga a adecuar las instalaciones periódicamente.
Esa demanda, desafortunadamente, está ligada al aumento de la violencia en el país: según los datos de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (entidad estatal surgida del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -FARC-EP- para encontrar a quienes desaparecieron en medio del conflicto armado colombiano), en el periodo entre 1995 y 2002 existe un ascenso vertiginoso de casos de desaparición por el conflicto armado.
Mientras que a principios de los años noventa los registros estaban cerca de los 3.000 casos, en menos de una década la cifra se triplicó, superando el umbral de las 10.000 desapariciones en su pico histórico (alrededor del 2002).

“Vamos a comenzar por el área de metrología”, comentó Lizarazo. Es un pequeño cuarto donde se calibran todos los equipos y elementos de medición que se emplean en el laboratorio, puesto que los resultados del análisis genético deben apuntar a la exactitud o, al menos, aproximarse a ella. No profundizó su explicación en esta parte, pues enseguida ingresó al punto de recepción y alistamiento de las muestras para el análisis genético.
De las estructuras óseas o los cuerpos que llegan a Medicina Legal se extrae una porción para tomar la muestra de ADN. También se tienen en cuenta los fragmentos enviados por equipos forenses de entidades como la UBPD y el Grupo de Búsqueda, Identificación y Entrega de Personas Desaparecidas (GRUBE) de la Fiscalía General de la Nación. «Recuerda que todos nuestros órganos contienen ADN: la piel, la sangre, el pelo, la saliva, los tejidos, los huesos», dijo Lizarazo en el recorrido por el laboratorio. Parece una clase exprés de genética forense básica. Vale aclarar que, sin importar el paso del tiempo o las malas condiciones del hallazgo, el hueso conserva la información que define la identidad.
La parte que se extrae es pulverizada, mezclada con unos reactivos, introducida con cuidado en un pequeño y delgado tubo y centrifugada en máquinas especializadas que permiten sacar la muestra de ADN. Esta tarea se hace en otra área del laboratorio. La doctora sacó uno de los tubos para explicar cómo se ve el ADN luego del proceso anteriormente relatado. Es asombroso observar cómo toda la información de una persona está condensada en unas pocas gotas que forman un líquido transparente. Luego se sistematiza, se codifica y se digitaliza. Esa información se ingresa al Banco de Perfiles Genéticos de Personas Desaparecidas, creado bajo la ley 1408 de 2010 y administrado por el Instituto de Medicina Legal bajo el decreto 303 de 2015.

El ADN extraído de las estructuras óseas o cuerpos se coteja con otras muestras: las aportadas por los familiares (principalmente padres, madres e hijos) de las personas reportadas como desaparecidas. Los seres humanos heredamos el 50 por ciento de la información genética de nuestros padres y el 50 por ciento de nuestras madres. Por esa razón, para la identificación genética forense se requiere del ADN de estos familiares directos. O de los hijos, que tienen la información de ambos.
La Unidad de Búsqueda es una de las entidades que recogen muestras de ADN en todo el país. En su investigación para encontrar a personas desaparecidas en razón del conflicto armado, se acerca a los familiares y por medio de tarjetas FTA recolecta unas gotas de sangre. Hasta mediados de octubre de 2025, la UBPD había hecho más de 20.000 tomas de muestras de ADN.
Cuando se presenta la denuncia de ausencia, a los familiares directos (padres o hijos) se les toma una muestra de sangre para la extracción de ADN. Esas gotas pasan por el laboratorio de genética. Un pequeño corte en el dedo índice de la mano derecha puede ayudar a ponerle fin a años o décadas de dolor e incertidumbre y a responder estas dos preguntas: ¿dónde está? ¿Qué les pasó?


“Esas muestras que los familiares entregan y las que sacamos de las estructuras óseas o los cuerpos que llegan al instituto son guardadas en el Banco de Perfiles Genéticos. Cuando hacemos el análisis y el cotejo, sacamos los datos de allí y empezamos a hacer los cruces”, indicó Lizarazo. En Colombia, el Instituto de Medicina Legal es la única entidad que hace identificación humana forense basada en genética.
Esos cruces que indicó la doctora consisten en revisar, mediante un modelo matemático y un software especializado, la coincidencia entre los perfiles genéticos. Día y noche, todos los días del año, se hace esa tarea con 79.999 perfiles genéticos que componen el banco, con fecha al 31 de diciembre de 2024. Algunos resultados pueden tardar días o semanas, otros se demoran años o incluso décadas. “Y es frustrante cuando tarda porque uno quiere resolver el caso pronto para cerrarlo y contribuir a sanar el dolor de una familia”.
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En la entrada de la sede central de Medicina Legal una mujer se acercó a la recepción. Se nota que no ha dormido bien. Preguntó cómo puede poner la denuncia por la desaparición de su padre, de quien no sabe nada hace varios días. Otro hombre se acercó y consultó si en el instituto se encuentra el cuerpo de la persona que aparece en el documento de identidad que lleva en la mano. Por el diseño, es una cédula de extranjería y pertenece a un ciudadano venezolano.
“Eso que viste en la entrada es lo que vivimos todos los días, a lo que nos enfrentamos: el dolor de la gente. Por eso creo que las ciencias y lo que hacemos contribuye a la paz, a la justicia. Eso, en cierta medida, es bonito”, respondió la doctora Lizarazo cuando se le preguntó sobre cuál cree que es aporte de la genética forense al alivio del sufrimiento que viven las familias que tienen a seres queridos desaparecidos en Colombia. “Este es un proceso técnico-científico que no es susceptible a la subjetividad, es sumamente objetivo y no permite que un caso sea manipulable”.
En medio de la entrevista para este reportaje, recibió varias llamadas. Debió solucionar algunos asuntos administrativos por ser la coordinadora del Grupo de Genética Forense. Tenía un tablero con tareas asignadas y los nombres de los responsables. Carga con varias obligaciones, pero también que le dedica tiempo a su orquídea, a su bambú y a su anturio. Están bien cuidadas. Ante el dolor que observa en su trabajo, por más técnico que sea, ese es su refugio.

Dijo que poco habla de su trabajo con su familia y sus hijas, así que su manera de no cargarse con las historias dolorosas que llegan al laboratorio a través de muestras biológicas y de ADN son las plantas, ese interés que la llevó a convertirse en científica.



