La resistencia tiene rostro de mujer

La resistencia tiene rostro de mujer

Sanne Weber, Julia Zulver y Salomé Gómez, tres investigadoras comprometidas con el Acuerdo de Paz, han dedicado sus estudios a analizar las realidades de excombatientes y víctimas del conflicto armado, con el fin de entender cómo las mujeres se adaptan a una nueva vida tras el desarme, hallando que cada una de ellas asume el posconflicto de una manera diferente.

Al haber vivido el conflicto armado como víctimas se desarrollan técnicas de resistencia que fortalecen a las mujeres en comunidad, mientras que las excombatientes se encuentran ajustándose al desarrollo de una vida en la que pueden dedicarse a la maternidad. Sin embargo, lo importante es reconocer que cada una de ellas tuvo distintas experiencias, e impactos particulares, por lo que sus historias cuentan una narrativa única desde donde se mire.Gracias a sus aportes investigativos frente a lo que significa ser mujer en este contexto, Weber, Zulver y Gómez fueron invitadas al conversatorio Mujeres, guerra y resistencia en Colombia, realizado por la Pontificia Universidad Javeriana y el Instituto Pensar, en el que presentaron los resultados de sus trabajos que ayudan a entender los diferentes procesos de reintegración y resistencia a lo largo del territorio nacional.

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Sanne Weber: la reintegración de las excombatientes en La Guajira

Esta holandesa, experta en procesos de justicia transicional, lleva un año trabajando en el país. La investigadora convivió durante un año con los habitantes del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR), ubicado en la vereda Pondores, (La Guajira). Desde una aproximación etnográfica, Sanne se incorporó y escuchó diariamente los relatos de más de 250 hombres y mujeres exintegrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para así estudiar cómo este grupo retorna a la sociedad tras dejar las armas.

En su investigación, Weber resalta que las excombatientes en la actualidad son las encargadas del hogar y del cuidado de los hijos, mientras los hombres realizan las labores manuales y trabajos pesados.

“Lo que ellos dicen es que al inicio eso no fue así. Cuando se desmovilizaron y empezaron sus proyectos, hombres y mujeres trabajaban por igual. Pero poco a poco, y eso también tiene que ver con el “Baby Boom” (explosión de natalidad), las mujeres se dedicaron más a las tareas domésticas”, afirma la profesional. Esto quiere decir que al abandonar la guerra las parejas   que se conformaron en esta ETCR, se enfocaron en expandir sus hogares y se dio un aumento en la natalidad. “En solo septiembre nacieron 9 niños”, comenta. Concluye, además, que por esta razón las mujeres dejan de lado sus intereses por el estudio y el trabajo, retornando a roles de género establecidos históricamente.

Webber también se pregunta cómo algunas de estas mujeres vivieron la violencia durante su tiempo en el grupo armado. Con la ayuda de la Corporación Rosa Blanca se pretende ayudar a las excombatientes a que denuncien los crímenes de guerra de los que fueron víctimas. Sin embargo, los procesos de denuncia no son sencillos, ya que “las mujeres que deciden contar la violencia a la que fueron sometidas son rechazadas y aisladas por los habitantes de la ETRC Pondores, pues la imagen de agresión entre filas es inconcebible para el grupo armado y la denuncia atenta contra la comunidad”, complementa la investigadora.

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Por esta razón, Sanne hace un llamado a reconocer que “las mujeres de las FARC muchas veces fueron víctimas de reclutamiento forzado y de violencia sexual a manos de sus compañeros. Muchas estaban ahí porque les tocó”, lo cual complica aún más su reintegración a la vida civil pues “los procesos de paz y reconciliación tienden a separar a las víctimas de los victimarios y los procesos son exclusivos de las víctimas, dejando a las excombatientes por fuera”, narra la europea. Por lo que su trabajo con en este grupo surge de la necesidad de conocer la otra cara del posconflicto.

Julia Zulver y las mujeres “tejiendo” la resistencia

Zulver es una británica que lleva dos años trabajando con la Alianza de Tejedoras de Vida del Putumayo, una coalición conformada por los 13 municipios del departamento, la cual quiere abrir espacios para el reconocimiento de los derechos de las mujeres que viven en zonas de conflicto por medio de la construcción de paz, participación política y el desarrollo económico y social.

En su intervención explicó que dicha iniciativa pretende “el empoderamiento femenino por medio de estrategias de sensibilidad para recuperar el tejido social afectado por el conflicto armado”. Sin embargo, esto no es algo positivo para todos. Los nuevos actores armados buscan el control de los territorios y limitar el activismo femenino utilizando el ‘backlash patriarcal’ (prácticas de dominación patriarcal basadas en género) “para limitar la participación de las mujeres en entornos políticos y sociales”, argumentó la británica.

Para-galeria-3Zulver también habló sobre el aumento de amenazas contra la vida de las lideresas, causando que muchas deban huir para proteger a sus familias. Es el caso de Sandra, una de las participantes de la coalición con las que habló. En palabras de Sandra: “Somos hermanas, cuando algo le pasa a una, nos pasa a todas, pertenecemos a la alianza, al territorio”. Por ese motivo las mujeres del Putumayo buscan la manera de resistir al miedo y a las intimidaciones.

Otra de las virtudes que destacó es la fortaleza de estas mujeres, que viene de comprender los riesgos que las rodean y su manera de protegerse, como lo hacen Sandra y sus compañeras. No obstante, es un reto para muchas, pues como explica Zulver: “las mujeres que resisten son castigadas como un ejemplo para los demás. Son estrategias para infundir el miedo y limitar la resistencia. Pero el conflicto armado les enseñó caminos de resistencia, que siguen aplicando en esta nueva ola de violencia contra las lideresas del Putumayo”, agregó la investigadora.

“Las mujeres que viven ese conflicto quieren la paz y ahora que resurge la violencia no se van a esconder, van a aplicar y modificar lo que aprendieron en otro momento y acomodarlo para enfrentar lo que pase”, finalizó Zulver.

Salomé Gómez: la violencia sexual va más allá del acceso carnal violento

Salomé hace parte de la Comisión de la Verdad, una Entidad Estatal que busca ayudar a las víctimas del conflicto armado en sus procesos de esclarecimiento de la verdad, reconocimiento, convivencia y condiciones para la no repetición. Basándose en estos ejes fundamentales, “buscan abrir el diálogo social frente a la dignidad de las víctimas, el reconocimiento de responsabilidades y la importancia de que la sociedad civil reconozca el conflicto armado”, explicó.

Durante su exposición aclaró que “es muy difícil encontrar que los hombres reconozcan haber cometido violencia sexual contra la mujer de cualquier tipo” porque la violencia sexual no es únicamente el acceso carnal violento, sino que incluye desnudez, aborto y maternidad forzados, cambios impuestos al cuerpo y puede darse con cualquiera de los actores armados del conflicto, es decir, víctimas y victimarios.Para-galeria-4

Por esta razón, el Grupo de Género de la Comisión de la Verdad que ella coordina está comprometido con “la eliminación de todas las violencias contra las mujeres, es decir, violencias que vulneren a las mujeres y personas LGTBI como la violencia en la escuela, el acoso callejero, la violencia en la casa, etc.”, sentenció Salomé.

Gómez resaltó la importancia de replantear lógicas de estructuración, roles de género, causas de la violencia e historias de vida. “Para conocer a lo que se enfrentan ahora las víctimas y los victimarios debemos entender que cada persona tiene distintas experiencias, impactos diferenciales y particulares que los definen como poblaciones en condiciones de vulnerabilidad”, expresó.

Una escuela llamada Berlín

Una escuela llamada Berlín

La labor de un restaurador consiste en los saberes de un investigador, un explorador y un campesino. Su tarea es observar y entender el comportamiento de la naturaleza con el propósito de evidenciar las condiciones ambientales de los hábitats deteriorados por la mano del hombre, para luego intervenirlos.

Aunque hablar sobre la restauración pareciera un trabajo individual o de unos pocos, en realidad este ejercicio requiere un acompañamiento permanente de las comunidades. Esta labor, a su vez, ha sido una herramienta de reconstrucción del tejido social en comunidades fragmentadas por el conflicto armado y la violencia.

Pesquisa Javeriana acompañó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), de la Pontificia Universidad Javeriana, a la Institución Educativa Berlín en Samaná, Caldas, donde implementó un ejercicio de conciencia sobre el tejido social y las consecuencias de las acciones comunitarias en torno a las prácticas ambientales y culturales. El resultado: la formación de un grupo de restauración ecológica liderado por los estudiantes de las veredas.

Revive junto a nosotros esta experiencia:

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Como un caballo de paso cae la lluvia sobre las tejas de zinc del municipio de Samaná, en Caldas; son las dos de la mañana y Adela no pega el ojo, quizá porque solo unos ganchos de metal y un par de ladrillos sostienen el techo de su casa o tal vez porque sabe que en cualquier momento un grupo armado podría tumbar la puerta de su hogar para usarlo como trinchera.

Adela se mueve de lado a lado sobre su cama, está incómoda; se inquieta con el tic tac de las manecillas del reloj, al mismo tiempo que empieza a sudar frío. De repente escucha cómo una multitud de botas negras, de caucho, se acercan hacia ella. No van caminando, parece que fueran trotando. Se abre la puerta y en un parpadeo ella ya está acostada sobre el suelo. El latido de su corazón se acelera, se hace cada vez más fuerte, más rápido. Sin esperarlo ruge el cielo, cae un rayo que estremece la tierra e inmediatamente abre sus ojos.

Era solo un sueño, una mala jugada de su memoria, la misma que le recuerda que este tipo de escenas fueron una realidad en el corregimiento de Berlín, su hogar, entre 1998 y mediados del 2005. Fue testigo del conflicto armado entre paramilitares y la guerrilla; según ella, la violencia llegó al municipio de Samaná a mediados de los 90 cuando la roya hizo que la producción de café cayera y los campesinos trabajaran en la siembra de hoja de coca como actividad productiva alterna.

Sin saberlo, esto llevó a Berlin a quedar en medio de una confrontación por el control territorial entre el frente 47 de las FARC, liderado por alias ‘Karina’, y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, lideradas por Ramón Isaza. No obstante, la fuerte presencia militar del Estado diezmó la guerrilla y condujo a los paramilitares a su entrega en el proceso de Justicia y Paz en 2008.

Durante los siguientes años, campesinos de veredas como La Reforma, Lagunilla y Piedra Verde retornaron a la región con el deseo de pisar nuevamente sus tierras y encontrar en ellas, y en la construcción de megaproyectos como La Miel I, hidroeléctrica de Isagen, una nueva forma de sustento y vida.

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‘Adelita’, como le dicen sus vecinos, recuerda haberlo visto todo. Fue testigo del desplazamiento de amigos y familiares por causa de amenazas, miedo y la dispersión de glifosato para erradicar los cultivos ilícitos en sus fincas. Esta dura situación no fue impedimento para que viera crecer a sus hijas y nietas, tres generaciones de Adelas que, aunque diferentes entre sí, comparten las mismas pasiones: la cocina y el arte.

Ellas tienen un estilo propio cuando de preparar un plato se trata. Adela, quien ahora es abuela, es experta haciendo arepas blancas. Primero muele el maíz, lo mezcla con sal y agua, lo amasa y lo pone sobre el fuego; los huevos son la especialidad de su hija, ella los bate con papa y espinacas tomadas de la huerta y los riega sobre el sartén. La menor tiene ‘el toque’ del aguatinto, una tintilla color canela: una cucharada de café por dos pocillos de aguapanela.

Así son sus desayunos, grandes y poderosos. Por eso, desde hace tres años estas tres mosqueteras han alimentado a Milena Camargo, Mélida Lozáno, Mario Mora, Diana Rodriguez y José Ignacio Barrera, líderes del proyecto de restauración ecológica y reconciliación en el corregimiento de Berlín a través de los programas Plan de restauración ecológica del trasvase río Manso y Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Este equipo de ingenieros forestales, biólogos, ecólogos y psicólogos llegó a la región en 2014, luego de que Isagen los contratara para reparar el desastre medioambiental que dejó la obra ingenieril transvase Manso en la hidroeléctrica La Miel I: la ruptura de acuíferos (nacimientos de agua subterránea) y 22 quebradas a punto de secarse.

La decisión de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para ese entonces fue permitir que Isagen comprara los terrenos afectados por la construcción del trasvase y realizara un plan de restauración ecológica en el área. Así, esta institución contactó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para iniciar un trabajo colaborativo, en el que la ERE debía implementar las investigaciones desarrolladas previamente sobre la rehabilitación medioambiental; sin embargo, durante este proceso los investigadores javerianos no solo encontraron un ecosistema deteriorado, también una comunidad fragmentada por la violencia, el odio y el rencor infundado en una guerra que no les pertenecía.

Adela recuerda no haber estado presente en las estrategias de restauración, en el cultivo de palos de aguacate o cacao en las fincas, en la siembra de árboles en el borde de las quebradas para proteger sus cauces o en la limpieza periódica de las bocatomas de Berlín con el equipo de restauradores, pero sí fue testigo de las largas jornadas en las que los profesionales javerianos visitaban a los campesinos de la región, presentándose como los ‘médicos del ecosistema’ con un único fin: la salud integral del corregimiento.

“Cuando llegamos al territorio encontramos un tejido social fracturado por el tema del conflicto armado”, dice la investigadora  Milena Camargo. Por eso, continúa, “creemos que ese tejido se debe seguir trabajando y acumulando experiencias positivas para que haya una verdadera reconciliación. Así es como le apostamos a la encíclica Laudato Sì del papa Francisco, la cual nos recuerda que tenemos que cuidar nuestra casa, nuestra integridad como seres humanos”.

Por tres años (2015-2018), el equipo de investigadores hizo talleres de integración con las comunidades, mingas o convites en las que el sancocho de pollo y arroz con menudencias eran el plato principal, trabajó con las personas en la recuperación del tejido social, en la restauración de relaciones familiares con quienes no habían vuelto a hablar y apoyó a quienes han sufrido las consecuencias del desarraigo por causa del desplazamiento.

De hecho, uno de los encuentros más conmemorativos de la comunidad ocurrió en abril de 2018, cuando campesinos de las veredas Montebello, Piedra Verde y La Reforma, alumnos del colegio Berlín, miembros del grupo ecológico de la misma institución y estudiantes de la clase de Restauración de Ecosistemas, de la Javeriana, se reunieron para trabajar juntos alrededor de un tema en comun: el bienestar social.

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A las cinco de la tarde inició la jornada de reconciliación, encuentro que fue un canto de nostalgia y esperanza a Samaná, al corregimiento de Berlín y a los más de 29.000 hombres y mujeres víctimas del desplazamiento por la violencia. Fue un escenario en el que sonrisas y abrazos se abrieron paso en medio de miradas tímidas de quienes han anhelado por años la paz y el perdón.

¿Cómo vivir en paz? ¿Dónde hallar la felicidad? ¿Por qué perdonar?, fueron las preguntas con las que Mélida Lozano, líder del componente social del proyecto de restauración ecológica, abrió la jornada, mientras que las voces de la comunidad entonaban al unísono la canción Alegría, de Cirque du Solei.

El espejo de la verdad fue la respuesta a sus inquietudes, un ejercicio en el que los asistentes tenían que escribir sobre un papel las actitudes que cada uno ama y odia de sí mismo para entender el secreto de la felicidad y la clave del bienestar: reconocer quiénes son y aprender a perdonar.

“La felicidad solo puede existir cuando hay experiencias que no son tan buenas”, dice Mélida, ya que “no podríamos percibir la felicidad si no hubiera dolor porque entonces, ¿con qué la comparamos? No podría existir si no hay sufrimiento, retos, carencias. Entonces, la felicidad depende de eso que no nos gusta, de las experiencias que rechazamos”, añadió.

‘Adelita’ hizo su labor tras bambalinas. No fue el ‘trabajo pesado’ en las fincas sino el constante, el diario. Por meses se dedicó a tejer flores; cada puntada, cada pétalo era una forma de hilar conciencia, trenzar perdón y construir sociedad. Pasó horas enteras detrás de agujas de croché, lienzos, pintura y colbón para darle brillo a sus creaciones. El resultado fue una docena de rosas de lana, unas blancas, rosadas, amarillas y otras azules y rojas, tejidas entre sí para darle forma a la paz, a ese sentimiento que ha sido tan anhelado en sus corazones.

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Con estas creaciones se cerró el evento con un intercambio de plantas artesanales, hechas por las familias de la región. Unos detalles que significaban más que cartón, fomi, pintura, cucharas o pitillos: era la representación de una vida en unidad, perdón, reconciliación e igualdad.

Luis Wilches, vecino de Adela, fue uno de los invitados a la jornada. Él, de brazos color canela, un pecho firme como de marfil y una mirada tan penetrante y profunda como el amanecer despuntando el alba, recuerda que no dejó la región, él se quedó en su finca, en la vereda Piedra Verde, a pesar de la guerra.

Wilches vivió cada segundo como si fuera el último; su humildad y resiliencia le permitieron dominar el deseo de venganza para someterlo al de la justicia a través del perdón. No es de extrañarse que las manos que en algún momento se hicieron gruesas al labrar la tierra, sean ahora las que levantan en alto flores de la mansedumbre, misericordia y transparencia. Una imagen que, como dice Adela, quedará grabada en la memoria de sus vecinos.

“Este trabajo de reconciliación nos ha servido mucho, me ha servido mucho, para la convivencia como personas y para estar en comunidad”, dice Luis. “Por eso es que hacemos más juntos que uno solo y eso es magnífico”, añade.

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Así como en algún momento la incertidumbre del pasado irrumpió sus vidas, ahora, con la restauración de los lazos comunitarios y el perdón como práctica diaria, esta comunidad está cultivando en sus tierras y en sus corazones una semilla de amor y esperanza. Por eso Adela sabe que construir sociedad es un trabajo que implica tiempo, voluntad y constancia; que perdonar significa reconocer las faltas propias para deshacerse de ellas y sanar, y que tejer sociedad es una labor de todos, una que se hace a pulso, como el que ella tiene cuando hace edredones de punta a punta para mantener el calor de su hogar.

Así es Adela, una mujer que sabe que sus sonrisas son el ingrediente secreto para alimentar el espíritu de bondad en su comunidad.

Violencia expuesta, invisible

Violencia expuesta, invisible

Col Savdie

Lo que pasa es que en Colombia nadie quería ver la guerra y ahora nadie quiere ver la paz”.

Esta reflexión, expresada por la historiadora colombiana Diana Uribe Forero define, en toda su magnitud, la obra artística Examen de visión 20/20, que llegó a la Pontificia Universidad Javeriana con el nombre Cero miopía durante la Semana por la Paz.

La obra nació en 2007 cuando, al comentar sobre las masacres cometidas por los grupos paramilitares, la respuesta más común de la gente era: no quiero ver, no quiero saber. En el fondo se entiende el porqué la recurrencia de cerrar los ojos ante situaciones como ésta: “…eran personas de edad que llevaban en camiones amarradas y las instrucciones eran quitarles brazos, piernas, descuartizarlos vivos”, como relata Reinaldo Spitaletta, comunicador social y periodista de la Universidad de Antioquia, magister en Historia de la Universidad Nacional y columnista de El Espectador.

Trasladar 20 noticias de similar horror al lenguaje visual se convirtió en un propósito de una década, agregando a la obra las minas antipersonales sembradas por las guerrillas y los homicidios en persona protegida causados por el Ejército. Cabe recordar que esta situación tan penosa para el país ya había sido expuesta en 2011 en esta misma sede de la Universidad Javeriana.

La obra abordó tres años más tarde la violencia sexual contra la mujer y la población LGBTI (atribuidos a todos los actores del conflicto armado), con el consecuente desplazamiento y desaparición forzada de la población civil. Lo expuesto en diversos lugares del país se basó en la frase “el horror que no quisimos ver, que no pudimos evitar, que no debemos repetir jamás”, de mi autoría. En 2015 por primera vez incorporé un testimonio positivo inspirado en el poema Siempre, de Pablo Neruda: “El día más esperado de nuestra historia es el día final del sufrimiento”. Pasados dos años, en 2017 , se incorporaron los asesinatos a líderes sociales con veinte testimonios más, etapa que coincidió con la visita del Papa Francisco a Colombia y se trasladaron sus mensajes de perdón a la obra gráfica, tal y como lo cita el pontífice: “Es hora de sanar heridas, tender puentes, desactivar odios, renunciar a las venganzas y reconciliarnos en un encuentro fraterno”.

Para este año se recreó un “laberinto” de testimonios que narraban paso a paso los antecedentes a los diálogos de paz, extraídos del informe La posibilidad de la Paz, escrito por Sergio Jaramillo, entonces alto comisionado para la PAz. También se realizó una exposición digital de 20 testimonios en la pantalla gigante institucional con textos tomados de escritores, columnistas, politólogos y académicos. Entre estos, el del expresidente uruguayo Pepe Mujica: “El pasado nunca ha sido enmendable, lo que es reparable es el porvenir. Si el proceso de paz de Colombia fracasa, fracasa América Latina”.

Cero miopía invitó a la comunidad javeriana durante una semana a ver la luz al final del túnel, a encontrarnos con la memoria de un país que pide a gritos que abramos los ojos y que actuemos, cada uno desde nuestras posibilidades por un mejor porvenir. Pero se observó muy poca participación y poco interés de los jóvenes ante esta muestra. Yo esperaba que, en el hall principal del edificio Emilio Arango, S.J., se acercaran más estudiantes a preguntar por la exposición; sin embargo, los jóvenes pasaban de largo, ocupados en sus conversaciones apresuradas, en su “corre, corre”. Por eso, la propuesta Cero miopía concluye con una calificación de miopía total; salvo unos contados casos de javerianos que, al ver y analizar los 60 testimonios expuestos, fueron tocados por el arte y su contenido. Ellos hicieron de esta intervención algo memorable por el significativo aporte de su reflexión. A ellos, gracias sinceras.

A la comunidad general les recuerdo que fuimos una sociedad urbana que se hizo “de la vista gorda” durante la guerra. Nuestro compromiso con la no repetición es fundamental, y para ello debemos estar informados, alertas y participativos. No está en manos de unos pocos la transformación de nuestra sociedad, está en manos de todos; pero la indiferencia abona el terreno para que la impunidad se imponga. Aún seguimos ciegos.

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De la tierra al fogón, del fogón a la investigación y de allí al libro

De la tierra al fogón, del fogón a la investigación y de allí al libro

La comida y sus transformaciones revelan historias complejas que conectan, desde los actos cotidianos, geografías distantes del territorio nacional. Cada plato en la mesa expresa relaciones de poder, sistemas socioecológicos y formaciones culturales que se traducen en experiencias con sensaciones, sabores y olores propios.

Cada receta es una ventana a un lugar de Colombia, a sus complejas realidades. Por eso, Diana Ojeda, doctora en Geografía e investigadora adscrita al Instituto Pensar, de la Pontificia Universidad Javeriana, propuso visibilizar las múltiples dimensiones del conflicto, el extractivismo y el despojo en el país a través de recetas tradicionales de cada región. Para lograrlo, trabajó con el guionista Pablo Guerra, los antropólogos Sonia Serna y Julio Arias, y otros cinco coinvestigadores, entre geógrafos, escritores y artistas.

Así nació la novela gráfica Recetario de sabores lejanos, un proyecto de investigación-creación que conjuga la narrativa gráfica con aproximaciones etnográficas a diferentes formas de violencia, el sufrimiento, las estrategias de resistencia y las formas de reivindicación de comunidades rurales, urbanas, étnicas y campesinas que se tejen alrededor de ecosistemas, cultivos, fogones y mesas.

“Hemos explorado las potencialidades de la narrativa gráfica a la hora de contar complejas historias de guerra y de violencia, desde una perspectiva que permite entender cómo se abren paso la vida y la resistencia en medio de circunstancias dolorosas”, explica Ojeda, y añade: “La narrativa gráfica es un lenguaje donde estas historias se pueden contar en un tono íntimo que permite tender puentes a través de la distancia y la diferencia”.

Esta obra recoge las historias del despojo socioambiental que hay detrás de ocho platos. Cada uno de ellos da cuenta de los productos, las formas de preparación, los rituales y las historias individuales y colectivas de las tradiciones culinarias. Además, para cada plato hay una producción fonográfica que, a modo de podcast, permite profundizar en la información.


Viuda de bocachico

  • Lugar: bajo río San Jorge, departamento de Córdoba
  • Investigador: Alejandro Camargo, doctor en Geografía

El bocachico se hierve entre vegetales, envuelto en hojas de plátano, y se sirve sobre una cama de guiso fresco. Este plato es el más representativo del bajo río San Jorge, en el departamento de Córdoba, y al mismo tiempo su historia narra los conflictos, tensiones e incertidumbres que rodean la actividad pesquera en la región.

Por un lado, el despojo histórico de la tierra y el agua hizo que los campesinos se dedicaran mayoritariamente a la pesca y, por el otro, la competencia por los pescados llevó al uso generalizado de tecnologías de extracción que han incidido negativamente en la disponibilidad de las especies. Estas prácticas disminuyeron la cantidad y tamaño de peces como el bocachico, transformaron la dieta y el acceso al alimento, y generaron el consumo de especies antes no contempladas por razones culturales.


Cerdo guisado con tungos de maíz

  • Lugar: sabanas del departamento de Casanare
  • Investigadores: Íngrid Díaz Moreno, máster en Antropología, y Julio Arias Venegas, candidato a doctor en Antropología

 

Ante la incertidumbre por la expansión de monocultivos a gran escala en los llanos colombianos, la autosubsistencia y la abundancia de comida son fundamentales para la gente de las sabanas del Casanare, pues son prueba de su autonomía y soberanía. El cerdo guisado con tungos de maíz ―una especie de bollos de mazorca― es central en su dieta, porque denota la importancia de la agricultura para el mantenimiento de las familias en la región, matiza la idea del sufrimiento por la escasez de alimentos, aleja a las personas del imaginario de la carne de res asociada con la ganadería extensiva y la tala de monte, y pone en duda la idea de la existencia de territorios disponibles para alimentar al mundo con agroindustria a gran escala. La carne de cerdo es adobada con hierbas de las huertas y se sirve acompañada con yuca, plátano o maíz cultivados en medio del monte.


Sancocho de coroncoro

  • Lugar: hacienda Las Pavas, sur del departamento de Bolívar
  • Investigadora: María Alejandra Grillo, abogada y antropóloga
  • Ilustrador: Henry Díaz

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La hacienda Las Pavas está ubicada en la isla de Papayal, en el departamento de Bolívar, entre el río Magdalena y el brazuelo de Papayal. Desde los años 60, han llegado personas interesadas en ella por su ubicación geográfica, entre las que se cuentan inversionistas ganaderos con dineros presuntamente provenientes del narcotráfico, grupos armados al margen de la ley y empresarios de la palma aceitera.

Esta situación ha implicado una profunda alteración de las reglas vecinales de convivencia y ha ocasionado que los actores foráneos pongan en riesgo la vida de los habitantes tradicionales de la isla de Papayal. Recientemente, los campesinos ganaron la disputa jurídica por la tierra de la hacienda Las Pavas contra la empresa Aportes San Isidro SAS, que desde 2007 defendía su propiedad ―aunque no la utilizaba― a través de un cuerpo de seguridad encargado de quemar casas, cortar cultivos e intimidar a los campesinos, bloqueando el retorno de la población desplazada.


Productos de la huerta amazónica, la huerta de enredaderas y el huerto de frutales

  • Lugar: piedemonte amazónico, departamento de Putumayo
  • Investigadora: Kristina Lyons, doctora en Antropología

Putumayo es una compleja zona de colonización, receptora de campesinos, indígenas y afrodescendientes desplazados de otras regiones del país. Con la expansión de monocultivos de coca, los ecosistemas de la región han perdido sus recursos naturales. Además, la población ha sido víctima de la guerra debido a las aspersiones con glifosato, los bombardeos militares, las minas antipersonales, la deforestación y la contaminación de los suelos y los ríos por la destrucción de los oleoductos.

Una iniciativa liderada por la Mesa Regional de Organizaciones Sociales del Putumayo, Baja Bota Caucana y Cofanía Jardines de Sucumbíos (Nariño) (Meros), a través del Plan de Desarrollo Integral Andino- Amazónico (Pladia 2035), busca rechazar las prácticas agroextractivistas, resistir el desplazamiento, permanecer en fincas agroproductivas sostenibles y promover la huerta amazónica, la huerta de enredaderas y el huerto de frutales.


Mote de palmito

  • Lugar: Montes de María, región del Caribe colombiano
  • Investigadora: Diana Ojeda, doctora en Geografía

El mote de palmito es una sopa hecha a base de ñame, cebolla, ajo y el palmito que crece de manera silvestre en Montes de María, entre los departamentos de Sucre y Bolívar, región fuertemente afectada por el conflicto armado. Aunque este plato era indispensable para las comunidades en las celebraciones familiares o fechas importantes, como Semana Santa, la incursión de paramilitares en la región hacia finales de los años 90 trajo como consecuencia la destrucción de varias especies del monte, incluyendo el palmito.

Las condiciones de vida de los campesinos de Montes de María todavía son precarias, ya que intentan defender estrategias de sustento, como huertas y parcelas colectivas, en medio del despojo, las amenazas y los atentados contra su vida, y las crecientes dificultades para acceder a tierra y agua debido a la expansión de los grandes monocultivos de palma aceitera, teca y piña.


Aguacafé con limón

  • Lugar: departamento del Quindío
  • Investigador: Juan Camilo Patiño, máster en Estudios Culturales

La historia de la economía de la región del Eje Cafetero ha estado marcada por las bonanzas y las crisis. La caficultura pasó de ser la actividad agrícola que más ingresos generó al país a la que más subsidios necesita del Estado.

En este contexto, Colombia ha intentado posicionarse como el mejor productor de café suave del mundo, siendo el departamento del Quindío el abanderado para hacerlo. Con el fin de competir a nivel mundial, el departamento ha impulsado el auge de los cafés especiales, y con ellos no solo la manera en la que se cultiva el grano, sino también en la que se procesa. Del café de greca y el tinto frío mezclado con aguapanela y limón se pasó a uno mucho más elitizado. Los buenos cafés son de exportación, no para el consumo de los quindianos… La receta evidencia esta ironía.


La bala

  • Lugar: Bogotá, Cundinamarca
  • Investigadora: Sonia Serna, máster en Estudios Culturales
  • Ilustrador: Camilo Vieco

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La bala sabe como suena. Se trata de una curtiembre de plátano en puré que se hierve y luego se macera con queso y coco. Aunque este plato es propio de Tumaco (Nariño), donde tiene la función cultural y gastronómica de convocar a la mesa a quienes escuchan el golpe de la piedra sobre la laja de barro, el desplazamiento de las comunidades del Pacífico a Bogotá ha implicado que comerlo se convierta en un lujo, debido a los altos costos que en la capital alcanzan productos como el coco o el aceite de coco, el tiempo que implica prepararlo y las dinámicas sociales alrededor de la mesa.


Tapao de doncella

  • Lugar: Medio Atrato, departamento del Chocó
  • Investigadora: Natalia Quiceno, doctora en Antropología Social
  • Ilustrador: Camilo Vieco

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El tapao de doncella, manjar del Medio Atrato, suele prepararse con bocachico, doncella, dentón o barbudo. Es salado, ‘sequito’, y con un sabor bien intenso luego de ponerse un día al sol. El ciclo de estos peces definió por años las actividades pesqueras, la alimentación y las relaciones sociales de la región, pero desde hace más de diez años los pescadores del Atrato dicen que no volvieron a ver una subienda de verdad, que el pescado se ha ‘apartao’ y que muchas especies han desaparecido, ocasionando transformaciones importantes en la dieta de la comunidad.

Una de las razones que los investigadores encuentran de la desaparición paulatina del pescado es la presencia de mercurio en los ríos. El caso que prendió las alarmas ocurrió cerca del río Quito, en la cuenca del Atrato, porque no solo hay poco pescado, sino que el que aparece está envenenado por los desechos producidos por la minería y la explotación de oro en ríos subsidiarios de dicha cuenca, como el Murri, el Sucio y el Truandó.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Recetario de sabores lejanos
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Diana Ojeda Ojeda
COINVESTIGADORES: Pablo Guerra, Sonia Serna y Julio Arias.
Instituto Pensar
Pontificia Universidad Javeriana
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2017-2018

Memoria en torno a un sancocho

Memoria en torno a un sancocho

En septiembre finalizó la primera etapa de la construcción de memoria colectiva de la comunidad negra y campesina de Puerto Gaviotas, Guaviare, la cual tomó cuatro años de trabajo y resultó en el libro El vuelo de las gaviotas, lanzado en en la Pontificia Universidad Javeriana. En él participaron investigadores del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales y las comunidades de Puerto Gaviotas y Calamar, en alianza con el Centro Nacional de Memoria Histórica.

El siguiente relato se construyó a partir de entrevistas a los investigadores creadores del libro y su respectiva retroalimentación:

 

Ver a Don Laureano Narciso Moreno Gómez, miembro y líder del Consejo Comunitario de Calamar, Guaviare, de quien luego sabríamos que es un chocoano, que ha atravesado, durante sus 82 años diferentes territorios del país, que desde joven participó en las luchas sindicales azucareras en el Valle del Cauca, de donde en gran medida surgió su capacidad de planeación y organización. Hombre carismático, un líder nato, apodado ‘Tío Nacho’ por adultos y jóvenes, a quienes reitera: “yo ya estoy terminando mi papel, es hora de que ustedes se apropien y sigan por el camino de la paz y de la recuperación de nuestras tierras”. Verlo exponer cómo su comunidad necesitaba con urgencia dar cuenta de sus luchas, sus resistencias, para tener lo que les pertenecía: la tierra, que en Colombia es la columna vertebral del conflicto. Saber que había viajado más de 10 horas para vernos desde Puerto Gaviotas, y percibir la confianza que nos brindaba, a pesar de que la mayoría de nosotros éramos estudiantes, hizo que no hubiera lugar a dudas. Supimos que nuestra respuesta debía ser sí, un sí sincero y comprometido, a él y a la comunidad negra y mestiza de Puerto Gaviotas y Calamar.

Y eso fue lo que marcó el proyecto de fortalecimiento con el Consejo Comunitario que arrojó, como uno de sus resultados, el libro El vuelo de las gaviotas, el cual no surgió de la intencionalidad del “investigador” desde Bogotá sino de una demanda comunitaria, de una preocupación local por el derecho a la vida; que se entrelazó con las motivaciones de jóvenes que le apuestan a los procesos de investigación como ejercicios de transformación de la realidad social en las regiones del país. Nosotros, que hacemos parte de dos espacios recientes pero potentes: el Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana, y el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales.

Tras un sí de 12 jóvenes y del profesor Jefferson Jaramillo Marín, lo siguiente fue un viaje de 12 horas para conocer a la comunidad y el territorio. Salimos a las 10 de la noche en bus, llegamos a las 6 a.m. a San José del Guaviare, desayunamos un pescado delicioso en el restaurante El Dorado y luego salimos hacia Calamar, trayecto que dura entre dos y cuatro horas en camionetas D-MAX, dependiendo del estado de la carretera. Como es la zona norte del trapecio amazónico, se sentía la humedad y el calor.

En Calamar, nos reunimos con la comunidad en un salón que había gestionado el Consejo Comunitario. Nos fijábamos en los rostros y las expresiones, en cómo nos transmitían la necesidad de acompañamiento y fortalecimiento para seguir con el proceso de titulación colectiva de tierras a la vez que iban relatando sus propias historias, las historias de sus familias.

Ese día hicimos una especie de pacto, fue el día más importante porque acordamos que la estrategia del proyecto era desarrollarlo conjuntamente, una investigación-acción-participativa que profundizara en los vínculos y en los afectos, y que nos ubicaba a nosotros como facilitadores de un proceso que era de la comunidad. Desde ese momento, mediados de 2015, en el Salón Comunal se leía en las carteleras los acuerdos, compromisos que en un comienzo no eran más que letras en las paredes; sin embargo, bajo los principios ético-políticos del semillero, y teniendo de antesala el desarrollo de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, estábamos pactando acuerdos de respeto, confidencialidad, apoyo mutuo y la posibilidad de construir un futuro transformador como una gran familia que trabaja ante la necesidad y que hace de esta una virtud.

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Laureano Narciso Moreno Gómez, líder del Consejo Comunitario de Calamar / Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

Es así como El vuelo de las gaviotas se tejió con las historias de la comunidad y con nuestras inquietudes conceptuales y metodológicas. En ese crisol de narraciones y sentires en el que nos dejaron entrar, al inicio todo giraba en torno a preguntas que nos hacíamos para entender cómo y porqué había pasado lo que sucedió en esta región. Nuestra experiencia en trabajo con negritudes era poca, pero paulatinamente comprendimos sus maneras particulares de habitar el espacio y las facilidades que tienen para transmitir sus vivencias a través de la tradición oral. Esto lo vimos cada vez que hacíamos visitas y estancias, más de 15 en los cuatro años de trabajo; siempre hubo un biche o arrechón para brindar y una gallina o un cachirre para compartir.

Historias de la violencia que sufrió Puerto Gaviotas surgían en torno a un delicioso sancocho de gallina con yuca y arroz. Historias negras. Historias indígenas. Historias de mujeres y hombres. Historias de dolor. Historias de reivindicación. Historias de resistencia. Historias de colonización. Diálogos en torno a un plato caliente, eso era lo que teníamos y éramos, palabras que tejían las historias de Puerto Gaviotas y que las transformaban en cada pronunciación.

Historias en las que descubrimos que en Colombia los territorios se alimentan de otras tierras, de otras costumbres y de otras formas de relacionarse con la naturaleza, pues en Puerto Gaviotas se encontraba población negra que llegó del Valle del Cauca, del Chocó y de Nariño, también había indígenas, campesinos que habían llegado por diversos motivos de muchos lugares de Colombia, algunos venían de Santander, Cali, Antioquia, Boyacá, la región Andina; todos con una misma necesidad: encontrar mejores condiciones de vida y la posibilidad de echar piquita para tener un terreno y montar rancho.

Día a día nos adentramos en un sinnúmero de memorias que llevaron al fortalecimiento colectivo del proceso. Memorias que dialogaban sobre un mismo hecho y  cogieron forma en los relatos. Nosotros dialogábamos con las memorias de jóvenes, mujeres, líderes, lideresas, hombres, ancianos, profesores, profesoras, raspachines; lo que propiciábamos eran los espacios de conversación. Sin embargo, no es fácil cuando se trabaja con tantas voces y se busca generar un relato colectivo, tener claro qué es hacer memoria.

El manuscrito de Ostaciana Moreno nos suscitó ese momento de reflexión. Cuando nos sentamos a leerlo descubrimos un relato impactante y doloroso que describía la muerte de un hijo, nos impactó mucho pues habíamos construido una historia que podía revictimizar. Poníamos la atención en sucesos de mucho dolor, y eso nos regresa a la pregunta: ¿Qué es hacer memoria?

cartografía social, investigadores con la comunidad – Foto tomada por Luis Fernando Gómez Investigador del Cesycme
Cartografía social, investigadores con la comunidad /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

 

Nuestra intención no era revivir hechos atroces sino centrarnos en las historias de vida y rescatar las solidaridades, los repertorios colectivos de amor y las múltiples resistencias. Éramos muy conscientes de que el conflicto en Colombia ha generado millones de situaciones de violencia y dolor, pero no queríamos poner el foco de atención allí. Así que tras discutir reiteradamente, les preguntamos a las mujeres si querían que esa parte de sus relatos siguiera haciendo parte del texto, porque cada historia que lo componía se había nutrido desde los recuerdos de varias personas con coincidencias, dolores, esperanzas, sanaciones, perdones y olvidos estratégicos.

En ese encuentro nos dividimos en grupos. Cada joven escritor, según el relato que había construido, leyó su fragmento a las personas que posiblemente se reconocerían con cada uno de los siete relatos: la de Marceliano Moreno y la lucha de los negros en el Guaviare, la de Ostaciana Moreno y las huellas femeninas de la colonización negra, la de Floro: ¡ya son tres generaciones peleando y corriendo!, la de laa profesora Norelis Mosquera y la colonización educativa del Guaviare, la de los hermanos Rodríguez: de la tierrita a Puerto Morocho, la de Hugo Angulo,  el andariego juvenil que se quedó en Puerto Gaviotas, y la de los hermanos Carrizo, entre el miedo y la esperanza..

Cuando las mujeres, ancianos, jóvenes u hombres, escuchaban la lectura e iban ubicándose y reconociendo los lugares por donde transitaron, se sonreían o decían en voz alta: “Esa es mi historia”. Algunos lloraban, otros reían cuando les parecía ver aquellos paisajes que habían descrito en conversaciones, se sonrojaban y decían: “Ahí inicia mi parte”, “Esa soy yo”, “Ese es mi marido”, “Ese es mi hijo”. Eran instantes en que estábamos juntos en un espacio de confianza mutua donde todos construíamos una historia común.

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Paisaje del Guaviare /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

La gente disfrutaba y compartía en torno a sus relatos, los corregían y se entusiasmaban al verse reflejados. Nosotros nos llegamos a sentir creadores de las historias; sus retroalimentaciones, comentarios y aportes nos recordaban que eran memorias colaborativas, que, yendo más allá de la guerra y las situaciones de dolor que genera, estábamos tejiendo un relato a muchas manos.

El vuelo de las gaviotas fue eso, construir y deconstruir una palabra, un gesto, un paisaje, llorar sobre mojado, revivir y resignificar, callar, decidir cuándo contar, qué olvidar o cómo sonreírle al pasado. Siete relatos que visibilizan historias de vida colectivas, historias de esas otras colombias que difícilmente se pueden escuchar en las calles, los parques, los salones, en otros lugares distintos al Salón Comunal en que se gestaron, y que solo son posibles en el encuentro cómplice de comunidades con proyectos de futuro trazados y grupos de investigadores que asumen el fortalecimiento comunitario como un propósito central del ejercicio académico.

El relato con el que cuentan hoy los habitantes de Puerto Gaviotas y que narra sus trayectorias, resistencias y demandas, les permite contar con una nueva herramienta para interlocutar con otras organizaciones, con instituciones del Departamento, alcaldías, asociaciones de negritudes, la gobernación y con otros grupos que quieren hacer procesos de memoria histórica de sus comunidades. Con un testimonio que da cuenta de su condición de sobrevivientes del conflicto armado, de la importancia de haber preservado muchas de sus costumbres ancestrales en una región distante de sus lugares de origen y de la necesidad de la titulación colectiva de las tierras que antes habían habitado, como parte de los procesos de reparación colectiva en un país que demanda memoria pero olvida con sistematicidad. La comunidad actual de Puerto Gaviotas y quienes tuvieron que abandonar ese territorio se han fortalecido y algunos tejidos sociales vuelven a tenderse en la posibilidad de un retorno.

Don Laureano dice agarrando el libro en lo alto: “Esta es la bandera del Guaviare, esta es la bandera de la paz en el Guaviare”. Y al llevar el libro a buen término podemos estar seguros de que cumplimos el papel como parte de la academia: fortalecer y aportar a procesos comunitarios sin crear relaciones extractivas, dependientes y paternalistas, por esto decimos que creemos en una academia crítica que dialogue con las agendas de las comunidades.

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Investigadores y miembros de la comunidad de Puerto Gaviotas y Calamar -/Colectivo Supresión Alternativa – Cortesía CESYCME

 


Miembros del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia: Johana Paola Torres, Luis Fernando Gómez, Diego Mauricio Fajardo, Diana Paola Salamanca, María Alejandra Grillo, Juliana Cubides, Marcos Alejandro Daza, Tomás Vergara, Daniel Ortiz, Laura Alexandra Valencia, Andrés Pacheco, Jefferson Jaramillo, Juan Sebastián Torres.

Sobre esta experiencia, el CESYCME produjo un documental que puede consultar aquí.

Acceda al libro resultado de la investigación aquí.


* María Gabriela Novoa es coordinadora de Comunicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana.

María Alejandra Quintero y su compromiso con las comunidades

María Alejandra Quintero y su compromiso con las comunidades

“No hablemos de trabajar por los más necesitados, creo que nos tenemos que quitar ese estereotipo de pensar ‘pobrecito el campesino’. Sí, son personas con muchas necesidades, pero también es gente con muchas capacidades”, enfatiza María Alejandra Quintero Falla, una joven politóloga de 24 años quien, a solo dos días de graduarse, ya hacía parte del grupo de investigadores del Instituto de Estudios Interculturales, de la Universidad Javeriana Cali.

Desde el día en que decidió estudiar ciencia política, asegura, sus intereses siempre han estado encaminados a la investigación, sobre todo en el campo de las humanidades. De hecho, como estudiante de pregrado hizo parte del grupo de investigación Democracia, Estado e Integración Social. Allí apoyó la sistematización y análisis de datos para una investigación en los municipios de Miranda, Toribío y Corinto sobre las dinámicas del conflicto armado en el territorio del Cauca.

“El proyecto tenía un componente fuerte de georreferenciación con el uso de programas informáticos que convertían bases de datos numéricas en mapas, lo que permitía ver las dinámicas del conflicto en la zona”, explica Quintero, estudiante de la Maestría en Derechos Humanos y Cultura de Paz.

Mariale, como la llaman de cariño, realizó sus prácticas empresariales en la Caja de Compensación Familiar del Valle del Cauca (Comfandi), donde participó en la campaña Tu Voto Tiene Poder, que busca crear conciencia en los empleados sobre la importancia de votar; al mismo tiempo, contribuyó en la formulación de una estrategia de relacionamiento con el Gobierno a nivel local, departamental y nacional. Su labor en Comfandi le concedió el Premio de Práctica Destacada, otorgado por su carrera.


De la academia al territorio

A Quintero se le cumplió el sueño de trabajar por el otro cuando ingresó al Instituto de Estudios Interculturales, donde es investigadora en la línea de Desarrollo Rural y de Ordenamiento Territorial, en el equipo de Espacios de Fortalecimiento Organizativo para asociaciones campesinas, las cuales se encuentran en el sur, el suroccidente y en la costa Caribe colombiana.

Hasta allí viaja la caleña a dar pautas pedagógicas a los facilitadores que llevan a cabo diplomados, cada 15 o 30 días, con el propósito de que estos les sirvan a las comunidades como un recurso a la hora de exigir sus derechos e interactuar con actores estatales. “Por medio de estos espacios se identifican las necesidades de conocimiento de los líderes campesinos para formarlos en temas como historia agraria y figuras de ordenamiento territorial. Los planes de estudio de los talleres los construimos con los mismos campesinos, pues la idea es que sea una tarea conjunta en la que nosotros también aprendemos de ellos”, advierte la politóloga, quien también sueña con ser doctora en ciencia política.

El comprometido trabajo de esta joven investigadora con las comunidades hoy se ve reflejado en Siembra campesina: material para el trabajo territorial y comunitario de las comunidades campesinas, una cartilla y contenidos multimedia con infografías, preguntas y ejercicios sobre lo visto durante los diplomados. Quintero hizo parte del proceso de creación y fue la encargada de su edición.

“Afortunadamente, siempre he conseguido que las cosas que haga tengan un impacto social. El trabajo con los campesinos me ha marcado y he aprendido a valorar las cosas pequeñas”, concluye con satisfacción.

Postales de una nación que busca reconciliarse con la esperanza

Postales de una nación que busca reconciliarse con la esperanza

A pesar de que la violencia en Colombia les ha ocasionado la muerte a más de 218.094 personas, el 81% de ellas civiles, según el Centro de Memoria Histórica, la reconciliación se ha convertido en uno de los aspectos más importantes para las víctimas del conflicto armado en el país.

Por eso, con el apoyo de un grupo de investigadores de la Universidad Javeriana, más de 227 colombianos de diversas regiones del país golpeadas por la violencia y que hoy son espacios libres de guerra se atrevieron a plasmar en fotografías lo que para ellos significa la reconciliación.

Comprender cómo el concepto ‘reconciliación’ se ha configurado en los grupos víctimas del conflicto armado fue el punto de partida para que investigadores de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana desarrollaran el proyecto ‘Caras de la Reconciliación’. Una iniciativa auspiciada por la agencia para el desarrollo internacional USAID e implementada en Colombia por ACDIVOCA a través del Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR).

El proyecto fue liderado por Carlos Gómez- Restrepo, médico especializado en psiquiatría y decano de la Facultad de Medicina, y coordinado por la psiquiatra María José Sarmiento, quienes, junto a un grupo de investigadores, viajaron a 10 municipios de Colombia priorizados por sus altos índices de incidencia del conflicto: Apartadó, Arauca, Arauquita, Bojayá, Ciénaga, Florencia, Quibdó, San Vicente del Caguán, Turbo y Vista Hermosa. Viajaron con el fin darle voz a quienes no la tienen e identificar y caracterizar el significado de la palabra ‘reconciliación’ en cada zona a través del lente de una cámara.

“Diseñamos una serie de talleres de fotografía participativa que consistían en ir a los municipios para enseñarles nociones básicas de fotografía a los participantes –personas de la comunidad– y luego hacer un ejercicio práctico en el que debían tomar una foto de lo que para ellos significa la reconciliación”, señala Sarmiento, quien resalta: “No les enseñamos nada sobre la reconciliación durante el taller porque queríamos que el resultado fuera lo que la gente realmente piensa.

Así obtuvieron 1.600 fotografías, 200 de ellas escogidas por los habitantes de los municipios. Posteriormente los investigadores  clasificaron las opiniones de los participantes en el software NVivo 11. De este proceso fue posible describir el concepto ‘reconciliación’ en ocho categorías de análisis: acciones, actitudes, estrategias, actores, emociones y sentimientos, relación con el medio ambiente, relación con el territorio e historia y valores.

El resultado es el libro Caras de la reconciliación, una producción artística que da cuenta del antes, durante y después del proyecto, de las fotografías tomadas por los participantes y sus comentarios, la clasificación por municipio y el contexto histórico de cada lugar, al igual que las reflexiones que resultaron de la investigación.

“Con este proyecto esperamos que se puedan alinear las políticas públicas y académicas con el fin de hacernos responsables de lo que ellos quieren, necesitan y están pensando. Ahora queremos empezar a diseñar estrategias que nos permitan fortalecer los valores y fortalecer los valores y diseñar estrategias y proyectos que nos permitan llevar procesos de reconciliación en estas comunidades”, menciona Sarmiento.

Con el propósito de hacer visible los resultados de este proyecto, las fotografías estarán disponibles durante todo el mes de febrero, como una exposición itinerante, dentro del campus de la Universidad Javeriana.


Reconciliación (de la raíz latina conciliatus: “caminar juntos”)

Apartadó
El 2 de enero de 1994 fue uno de los días más tristes para Apartadó. Ese día el Frente V de las FARC ingresó a la finca La Chinita, que posteriormente se convertiría en barrio Obrero, y abrió fuego contra quienes estaban allí. El saldo de esta masacre fueron 35 personas muertas y 17 heridas.

/Bibiana Guisao Villegas.
/Bibiana Guisao Villegas.

Sin título
Foto por:
Bibiana Guisao Villegas (30 años)
“…Cuando tenemos un conflicto con otra persona, no queremos ver la otra cara. Si existe la comunicación se puede lograr la alegría. Debemos vivir en amor en este mundo tan complicado”.


Arauca
El municipio de Arauca fue víctima de una de las épocas más violentas del país luego de que, entre los años 80 y 90, paramilitares compitieran con el ELN y las FARC por el control del paso fronterizo a Venezuela. De esa lucha resultaron tres masacres en las que murieron 14 personas, un alcalde, un concejal y monseñor Jesús Emilio Jaramillo, quien fue beatificado por el papa Francisco.

/Jonathan Santiago Botero Valcárcel.
/Jonathan Santiago Botero Valcárcel.

Uniendo diferencias
Foto por:
Jonathan Santiago Botero Valcárcel  (17 años)
“Estrechando la mano es el mejor comienzo para una reconciliación”.


Arauquita
Ubicado al norte del departamento de Arauca, Arauquita ha sido uno de los lugares con mayor incidencia de grupos armados debido a las disputas de las FARC–EP y ELN por el control territorial y las economías ilegales, como el narcotráfico y el contrabando. Algunos de los actos terroristas ocurrieron en La Esmeralda y en los oleoductos de Caño Limón – Coveñas.

/Tania Peña Márquez y Edgar Franco Comas
/Tania Peña Márquez y Edgar Franco Comas

Vamos, camarita
“Significa hacer las paces con esa persona que siempre se va a aceptar a pesar de sus defectos e indiferencias, significa un lazo que no se rompe”.


Bojayá
Este municipio, ubicado en el corazón del departamento del Chocó tiene un gran registro de víctimas causadas por el desplazamiento forzado, homicidios y actos terroristas. Uno de los hechos más graves ocurrió el 2 de mayo de 2002 cuando el fuego cruzado entre las FARC y las AUC ocasionó la explosión de un cilindro bomba sobre la iglesia, lugar donde se resguardaban los habitantes del pueblo. El saldo, 79 muertos y más de 100 heridos.

/Yoofari Allin Velásquez.
/Yoofari Allin Velásquez.

La reconciliación en nuestra cultura
Foto por:
Yoofari Allin Velásquez (15 años)
“Bojayá es un ejemplo claro de que el perdón y la reconciliación sí existen”.


Ciénaga
Ubicada en el Magdalena, ha sido una de las zonas con mayor concentración de grupos armados ilegales debido a sus ventajas geoestratégicas y económicas. En los años 80, las FARC, el ELN y las AUC llegaron al lugar para apropiarse de los recursos derivados del narcotráfico, explotar el medio ambiente, instalar minas antipersonales y cobrar vacunas a ganaderos y exportadores de banano.

/Andrés Eduardo Quiroz Madrid.
/Andrés Eduardo Quiroz Madrid.

Tranquilidad
Foto por:
Andrés Eduardo Quiroz Madrid (22 años)
“Me ayuda a traer paz con solo ver los maravillosos rayos de colores que trae mi atardecer”.


Florencia
Las historias de la violencia en la capital de Caquetá tienen su origen el 14 de mayo de 1984, cuando guerrilleros del M-19 se tomaron la plaza central y dominaron el territorio. Años después y con la llegada de las FARC, este lugar se convirtió en un escenario de enfrentamientos contra las AUC y las Águilas Negras –quienes se dedicaron a hacer ‘limpieza social’–.

/Yohari Alejandra Correa.
/Yohari Alejandra Correa.

Conviviendo con alegría
Foto por:
Yohari Alejandra Correa (6 años)
“Alegría con amor y apoyo”.


Quibdó
La capital del departamento de Chocó ha sido víctima de graves actos de violencia que han llevado a reconstruir la población más de una vez. Uno de los eventos más desafortunados ocurrió el 26 de octubre de 1966 cuando un incendio destruyó toda la ciudad, seguido de la llegada de grupos armados como las FARC, ELN, AUC, EPL y, recientemente las Bacrim.

/Blanca Rosa Romero.
/Blanca Rosa Romero.

El diálogo protege
Foto por:
Blanca Rosa Romero (26 años)
“…Si nos reconciliamos con nosotros mismos será más fácil reconciliarnos con el planeta completo, incluyendo los animales, la naturaleza y el entorno que nos rodea. Así tendremos una vida mejor”.


San Vicente del Caguán
La historia de violencia en este municipio, al norte del departamento de Caquetá, se debe a que fue nombrada como Zona de Distensión por el Gobierno del expresidente Andrés Pastrana para realizar los diálogos con las FARC-EP y ponerle fin a la guerra (1999-2002); sin embargo, las conversaciones no llegaron a feliz término por lo cual se generaron violaciones a los derechos humanos, atrocidades de guerra en la zona y la estigmatización nacional del pueblo.

/Rigna Jara Embres.
/Rigna Jara Embres.

El mercado
Foto por:
Rigna Jara Embres (65 años)
“Allí encuentro con qué alimentarme, así doy gracias a Dios pues mi corazón está alegre, por lo que puedo dar alegría y paz a quien me rodea”.


Turbo
Este municipio es uno de los más grandes de la región del Urabá y, a la vez, uno de los más azotados por la violencia en el país. La bonanza marimbera y cocalera de los años 70 e inicios de los 80 ocasionó la proliferación de grupos guerrilleros y paramilitares, y con ello también el narcotráfico. De ahí, la aparición de grupos armados como las FARC – EP y el ELN que luchaban por hacerse cargo del manejo de droga.

/Yurledis Carvajal Rivero y Over Luis Puerta.
/Yurledis Carvajal Rivero y Over Luis Puerta.

Entre familias
Foto por:
Yurledis Carvajal Rivero (30 años) y Over Luis Puerta (40 años).
“Elegimos esta foto porque en ella está representada la unión entre las familias, el compartir y brindarnos apoyo mutuamente”.


Vista Hermosa
Este municipio del Meta ha sido altamente codiciado por grupos al margen de la ley dadas sus condiciones geográficas y la proliferación de cultivos ilícitos, lo cual ocasionó el desplazamiento forzado de la población. Además, al haber sido nombrada como Zona de Distensión durante el gobierno de Andrés Pastrana y el estereotipo negativo que surgió de ello, los habitantes decidieron abandonarla.

/Gloria Esperanza Mesa y Ester Julia Rada.
/Gloria Esperanza Mesa y Ester Julia Rada.

Paz y reconciliación
Foto por:
Gloria Esperanza Mesa (53 años) y Ester Julia Rada (47 años)
“En la época del conflicto crudo, los habitantes de la margen derecha no podían pasar a la izquierda porque eran ajusticiados y así sucesivamente. En un día la guerrilla pasó más de 200 personas, de las cuales regresaron tres. […] Hoy en día respiramos esa paz tan anhelada y podemos decir que estamos en reconciliación con todos los habitantes de todas las veredas”.

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 2)

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 2)

¡Hola de vuelta!

Hoy tenemos como invitada a Ana Camila Jaramillo, estudiante de Sociología de la Pontificia Universidad Javeriana y artista visual. Ella recorrió Colombia de norte a sur para registrar con su cámara cómo el arte ha contribuido a la sanación de las víctimas del conflicto armado. En esta ocasión conversa con Óscar Hernández, quien dirige las iniciativas de Creación Artísticas de la Vicerrectoría de la Javeriana, sobre el poder de catarsis de la música y el arte.

También destacamos el libro Arrullos y currualos, escrito por Juan Sebastián Ochoa, Leonor Convers y Óscar Hernández, el cual recopila todo el conocimiento recogido a través de la investigación y se convierte en un material para abordar el aprendizaje de la música tradicional del Pacífico surcolombiano.

Más información en: https://arrullosycurrulaos.tumblr.com/
Encuentra aquí nuestro videorreportaje sobre el trabajo de Ana Camila Jaramillo.

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 1)

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 1)

Bienvenidos a La Claraboya de Pesquisa, nuestro podcast de ciencia para personas que no son expertas en ciencia.

En este primer capítulo presentamos a Óscar Hernández, quién dirige las iniciativas de Creación Artística en la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana. Su investigación sobre la música tradicional del Pacífico sur colombiano lo llevó a trazar una ruta para entender la influencia de las diferentes formas del arte en la construcción de la identidad regional y nacional.

Él será nuestro guía por este apasionante universo musical de los arrullos y currulaos.

Más información en: https://arrullosycurrulaos.tumblr.com/

Aquí, el segundo capítulo de esta conversación.