Por fin llegaste a tu casa. La jornada estuvo extenuante, pero resolviste rápido la cena. Aprovechaste los últimos tomates, un pedazo de cebolla, albahaca y ajo en polvo, y preparaste una salsa napolitana para acompañar los espaguetis. Ya está servido el plato en la mesa, pero abres el cajón de cubiertos y, ¡oh, sorpresa!, solo ves cucharas, muchas cucharas: soperas, arroceras, las del postre; pero el tenedor, por ningún lado. Podría decirse que algo similar ocurre con las poblaciones de anuros —ranas y sapos— en el Caribe colombiano debido a la desaparición del ecosistema más amenazado en el país: el bosque seco tropical.
En términos de ecología funcional —que estudia la función de las especies dentro de un ecosistema—, tener muchos tipos de cuchara, pero ningún tenedor, significa tener diversidad taxonómica, pero no diversidad funcional. Aunque tengas muchas “especies” de cucharas, todas cumplen una misma función, con todas podrías tomarte una sopa, pero ninguna sirve para comer espaguetis. De igual manera, un ecosistema puede tener muchas especies de ranas sin que estas desempeñen funciones diferentes.
El biólogo Hernán Granda Rodríguez, en su tesis doctoral en Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, analizó los impactos de la fragmentación del bosque seco tropical en la diversidad taxonómica y funcional de los anuros en las inmediaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Así, buscó determinar cómo la reducción de este ecosistema se refleja en el número de especies de ranas y sapos que continúan habitándolo, y las funciones que estas desarrollan allí.
El bosque seco tropical es el ecosistema más amenazado de Colombia. Apenas queda un 8 % de su extensión original, dividido en pequeños parches de bosque separados entre sí por extensas áreas transformadas por la ganadería, los cultivos agrícolas o la tala. Por eso, comprender los impactos de esta deforestación en las poblaciones de ranas es un conocimiento fundamental para diseñar políticas orientadas a su conservación.
A diferencia de lo que la intuición puede sugerir, Granda Rodríguez, junto a su director de tesis, Nicolás Urbina Cardona, y a Hugo Alejandro Zárate, estudiante de la Maestría en Conservación y Uso de Biodiversidad, encontraron que en los bordes de los parches de bosque e, incluso, de los potreros el número de especies de ranas y sapos —es decir, la diversidad taxonómica— es mayor, mientras que, en el interior del bosque, es menor.
Sin embargo, descubrieron que en las profundidades de los últimos vestigios de bosque seco tropical del Caribe colombiano vive una especie de rana cuyos rasgos funcionales son únicos. Un tesoro de la biodiversidad que cumple una tarea excepcional en su ecosistema. Su nombre es Colostethus ruthveni, la rana cohete de Santa Marta, una especie casi amenazada, la cual es endémica de la región.
Muestreando ranas y sapos en el bosque
Para analizar los impactos en la biodiversidad por la fragmentación de bosques, los ecólogos centran su mirada en un fenómeno llamado ‘efecto borde’, que se refiere al tránsito de las condiciones ambientales que ocurre en el borde existente entre el parche de bosque y las zonas alteradas. Afuera del bosque —en los potreros o pastizales—, las temperaturas son mayores, y el aire seco y los vientos, más fuertes, por la falta de protección arbórea. En el interior, las temperaturas son frescas; el viento, menor; y hay más humedad. ¿Cómo se adaptan las poblaciones de ranas y sapos al choque entre estos hábitats? ¿Qué rasgos funcionales les permiten sobrevivir?
Para responder a estas preguntas, los investigadores recorrieron los parches de bosque seco tropical remanentes aledaños al Parque Nacional Natural Tayrona. Allí ubicaron doce bordes, es decir, fronteras entre fragmentos de bosque y áreas de potrero. Finalmente, para cada borde definieron nueve transectos: líneas de muestreo que los investigadores siguen, en este caso, para identificar la presencia y abundancia de ranas y sapos. Los transectos corrían paralelos al borde seleccionado y se ubicaron entre los 500 metros hacia el interior del bosque y los 150 metros hacia los potreros o pastizales.
“Tienes que meterte al monte y seguir la línea del transecto, independientemente de lo que te encuentres: una quebrada o una pendiente muy pronunciada”, explica Urbina Cardona, ecólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, doctor en Ciencias y coordinador de esta investigación, refiriéndose a las dificultades para seguir los transectos —cada uno de los cuales tiene 50 metros longitud y que deben recorrerse en máximo 20 minutos, una vez en el día y otra en la noche—, registrando la presencia de ranas y sapos.
El profesor Urbina se encargó, entre otras cosas, del muestreo para la investigación. Cada vez que se encontraba un individuo, Granda apuntaba tres de sus rasgos funcionales: si era arbóreo o terrestre, su talla corporal y la temperatura del vientre. En total, registraron 315 individuos de 15 especies diferentes.
El combate por el borde
El número de individuos se distribuyó de manera más o menos homogénea, con 105 en el interior, 101 en el borde y 109 en el potrero. Además, la diversidad taxonómica fue mayor en el borde, donde se registraron once especies; en el potrero, se hallaron once, pero en lo profundo del bosque se registraron solo ocho. Esto significa que algunas especies no habitan exclusivamente los potreros o los bosques, sino que también hacen presencia en los bordes y por eso es allí donde se encuentran más especies.
Lo anterior se explica por un fenómeno conocido en ecología como ‘desbordamiento’ ―o spillover effect―: cuando las especies empiezan a quedarse sin recursos en su entorno, lo ‘desbordan’ y se desplazan hacia los bordes de sus hábitats.
“Las especies de afuera —que llevan siglos adaptándose a la actividad humana—, comienzan a colonizar los bosques por los espacios que deja la tala de árboles”, dice Urbina. Para las especies de adentro, la situación es más dramática: “Su hábitat sencillamente va desapareciendo con la fragmentación del bosque”, señala el investigador. Las especies del interior se quedan aisladas en pequeñas islas de bosque nativo y deben frecuentar los bordes para sobrevivir.
En otras palabras, aunque en los bordes la riqueza de especies aumenta, esto no necesariamente es un buen indicador. El borde es el lugar donde las especies convergen para intentar sobrevivir ante el deterioro de su hábitat natural, pero la investigación encontró que allí la diversidad funcional de anuros es menor: los rasgos funcionales y las tareas que desempeñan las especies que convergen en bordes y potreros son redundantes, mientras que en el interior del bosque la diversidad de funciones es mayor.
Colostethus ruthveni: un tenedor entre muchas cucharas
Al dividir las especies que registraron según sus rasgos funcionales, los investigadores encontraron que había una única especie que tenía las características de ser terrestre, pequeña (menor a 63 mm) y de temperatura corporal fría (menor a 19 °C). Se trata de Colostethus ruthveni, la rana cohete de Santa Marta, que vive en el interior del bosque.
Según Urbina, “si dos especies tienen rasgos funcionales similares, en teoría su función dentro del ecosistema es la misma”. Esta investigación no es la excepción en cuanto a este punto, pero la rana cohete de Santa Marta, entre las 15 especies halladas en los vestigios de bosque seco tropical en la región, es la única de actividad diurna, todas las demás son nocturnas.
La cohete de Santa Marta hace control diurno de insectos que podrían convertirse en plaga para otras especies e incluso para los cultivos humanos. Mientras todas las ranas duermen, ella está trabajando. “Desde una perspectiva de ecología funcional, si se extingue una de las especies de potrero, por ahora existen otras que reemplazarían sus funciones”, dice Urbina, con crudeza. “Pero si pierdo a Colostethus ruthveni pierdo definitivamente una función dentro del bosque seco tropical”, explica Granda, quien ha estudiado a esta especie desde hace más de 20 años. Se trata de proteger el único tenedor que tenemos para poder seguir comiéndonos los espaguetis que tanto nos gustan.
Este estudio demuestra que las acciones para enfrentar la amenaza de extinción de algunas especies de anfibios no deben guiarse únicamente teniendo en cuenta el número de individuos, sino sus rasgos funcionales y su papel dentro de los ecosistemas.
Es otro de los aportes de Urbina para la conservación de estos animales, que se suma a su participación activa en el diseño del Programa Nacional para la Conservación de Anfibios en Colombia, que fue entregado al Ministerio de Ambiente e integrado al Plan de Acción de Biodiversidad de Colombia, el cual tiene hasta 2030 para adaptarlo e iniciar su implementación, a riesgo de perder tesoros de la biodiversidad colombiana como la Colostethus ruthveni.

Para leer más:
TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Diversidad de anfibios en paisajes fragmentados en el bosque seco del distrito de Santa Marta, Magdalena: respuestas de las comunidades rurales y las comunidades bióticas ante la transformación
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Hernán Darío Granda, estudiante del Doctorado en Estudios Ambientales y Rurales
COINVESTIGADORES: Nicolás Urbina Cardona (director de tesis), Hugo Alejandro Zárate
Departamento de Ecología y Territorio
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales
Pontificia Universidad Javeriana
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2024-2026



