La innovación hoy se caracteriza por ser cada vez más intensiva en conocimiento, estar basada en activos intangibles y entenderse como un fenómeno colectivo que emerge de la interacción entre múltiples actores. Por ello, los distritos de innovación, los parques científicos y tecnológicos o los clusters locales adquieren un valor central como plataformas en las que se conecta la ciencia con la sociedad para construir soluciones desde diversos saberes.
Experiencias en Estados Unidos, América Latina, Europa y Asia muestran que lugares en los que se han consolidado ecosistemas de innovación integrados no solo fortalecen su base científica, sino que transforman territorios, al contribuir a la calidad de vida de las personas, al desarrollo sostenible y al posicionamiento de las ciudades en el mapa global de la innovación.
En este contexto, el Global Innovation Index de 2025 muestra que en América Latina persiste una importante brecha entre las capacidades de innovación y su traducción en resultados que impacten la sociedad, lo que evidencia la necesidad de fortalecer los vínculos entre las instituciones de investigación y el sector privado, mejorar la gobernanza y desarrollar mecanismos de financiación más efectivos.
Al mismo tiempo, los datos del informe sugieren que Colombia tiene el potencial de consolidarse como un referente regional, apoyándose en fortalezas como su capital humano, su producción científica y un ecosistema de emprendimiento dinámico. El desafío no es solo invertir más, sino orientar estratégicamente esa inversión hacia focos prioritarios, fortalecer mecanismos de gobernanza colaborativa, integrar capacidades y proyectarlas en redes globales. Este esfuerzo debe ampliarse más allá de la innovación tecnológica, incorporando también, decididamente, la innovación y el emprendimiento sociales.
Los desafíos mencionados adquieren una dimensión concreta en Bogotá-Región, en donde existe el potencial de articular capacidades significativas en investigación, infraestructura y talento. En este contexto, 2600 Campus de Ciencia, Tecnología e Innovación de Bogotá-Región (Campus 2600) se configura como una apuesta estratégica de ciudad en la que lo más relevante no es solo el desarrollo de infraestructura, sino fortalecer el ecosistema que permitirá habitar y activar ese espacio cuando esté construido.
La iniciativa se complementa con los seis ecosistemas científicos que impulsa la Agencia Distrital para la Educación Superior, la Ciencia y la Tecnología (Atenea), con una visión que reconoce que el conocimiento alcanza mayor potencial cuando se articulan actores y capacidades en torno a agendas compartidas, con una perspectiva colaborativa y con un
compromiso sostenido de largo plazo.
El Ecosistema Distrital de Innovación en Biotecnología y Salud Digital para la Soberanía Sanitaria, en el que la Pontificia Universidad Javeriana es la entidad ancla, es el primero de los seis ecosistemas científicos promovidos por Atenea. Es, también, una apuesta decisiva para el futuro de Bogotá: el tránsito de depender del conocimiento externo a fortalecer capacidades propias para construir soberanía sanitaria mediante la articulación de la academia, el sector público, las empresas y la sociedad, con el fin de convertir la investigación en soluciones concretas para los retos en salud.
La pandemia evidenció las fragilidades asociadas a la dependencia científica y tecnológica; hoy, la ciudad cuenta con una base científica robusta —investigadores, grupos, empresas y patentes— que permite pensar en diagnósticos, tratamientos y tecnologías desarrolladas localmente. El desafío no es menor: coordinar un sistema amplio y diverso. Pero si esa articulación logra sostenerse en el tiempo, Bogotá puede consolidar un modelo en el que la ciencia deje de ser promesa y se traduzca en decisiones públicas más sólidas y en bienestar real para la población.
Las experiencias internacionales ofrecen aprendizajes clave para orientar estas apuestas en Bogotá-Región. Se trata de procesos de construcción progresiva que requieren visión de largo plazo, gobernanza, confianza, agendas compartidas y esquemas para movilizar inversión, así como actores con un rol articulador para alinear intereses y sostener iniciativas en el tiempo.
Un rasgo distintivo de los ecosistemas más dinámicos es su capacidad de conectar lo local con lo global: están arraigados en su territorio, pero integrados a redes internacionales de conocimiento, financiamiento y talento. En todo caso, el desafío más profundo para nuestro territorio es cultural: pasar de lógicas fragmentadas y competitivas a dinámicas de colaboración, apertura y cocreación.




