Barrismo, un asalto a una tribuna y sentido del deporte

Barrismo, un asalto a una tribuna y sentido del deporte

El martes 3 de agosto, luego de más de un año de estar cerrado al público a causa de la pandemia, se abrió con pompa el estadio El Campín, o como lo llaman muchos: “el Nemesio”. El partido: un clásico entre Santa Fe y Nacional, muy esperado y con optimismo por parte de ambas hinchadas.

Asistieron más de seis mil aficionados a todas las tribunas, pero de repente, en el entretiempo y ante el registro de las cámaras, algunos hinchas de Nacional treparon la tribuna familiar y agredieron a seguidores de Santa Fe. En respuesta, la barra de Santa Fe (llamada La Guardia), saltó a la cancha desde el otro extremo del estadio y corrió hacia norte a confrontar al rival. Se esperaba tremenda gresca entre barras, pero intervino la policía y el ambiente se calmó.

Hacía mucho tiempo no se veía algo así dentro del estadio, todo fue grabado y los hechos se convirtieron en un acontecimiento mediático. Seis heridos, varios detenidos, reuniones de urgencia, culpables aquí y allá. Reaccionaron todos, la alcaldesa, el presidente, el general, el ministro, y señalaron como si se hubieran puesto de acuerdo, nuevamente “a los desadaptados” del deporte como responsables.

Nacional, Santa Fe y barrismo

Los medios llevaron las agresiones vueltas espectáculo a las primeras planas, todo el mundo opinó como si fuera algo sorprendente. Y se tomaron medidas: los hinchas de Nacional no podrán volver al Campín en un año, no se deben juntar barras rivales en los clásicos y otras ciudades piensan en fórmulas semejantes.

No sé cuántas veces he escuchado que esto no se puede repetir, pero la explicación “del inadaptado” hizo agua, no dice nada, es un tic de lenguaje periodístico. Lo interesante es que en los años que llevamos estudiando el barrismo en el fútbol, estos hechos se repiten incansablemente en diferentes escenarios y momentos.

El barrismo ya se ha consolidado, no es un fenómeno, sino que hace parte del escenario del fútbol. Muchos aprendizajes y estudios se conocen, y en este contexto surge la primera pregunta: ¿A quién se le ocurre meter en un estadio barras rivales, y más después de 14 meses de confinamientos por la pandemia y en un contexto de protestas sociales?

Las barras se mueven con unos principios de acción semejantes. El primero es la territorialidad que se origina en las tribunas, pero que se extiende metafóricamente a barrios y ciudades. Bogotá es el territorio legítimo de las barras de los equipos locales y la presencia de otras barras ponen en juego una constante disputa territorial. Lo mismo ocurre en Medellín frente a Nacional y el DIM (Deportivo Independiente Medellín). Entonces, ¿cómo se minimizan las agresiones? Respetando los territorios; de lo contario viene la gresca.

Segundo, las barras no se componen de sujetos aislados, sus acciones son grupales. Tercero, el cuerpo del barrista es otro territorio que marca sobre sí mismo una identidad, es el medio legítimo de tener “aguante” y dar la pelea con él y sobre él, como el fútbol mismo, que es un deporte de contacto.

Las acciones parecen producto del caos, pero no, hay reglas que todo barrista aprende. Su lógica de justicia reposa sobre una frágil balanza sostenida por una reciprocidad del “ojo por ojo”, la entrada en batalla es producto de una búsqueda de equilibrio en el universo de las barras.

A pesar de esto, los medios focalizaron sus preguntas en si el partido debía haberse suspendido, contrario a lo que pasó, ya que luego de una hora de espera se jugó el segundo tiempo. Muchos hinchas habían salido del estadio por miedo, no a lo que pasara en las tribunas, la gente sabe cómo “es la cosa”, sino por temor a la pelea que se veía venir afuera y en algunos barrios. En efecto, lo mejor fue mantener contenidas las barras dentro del estadio y vigilar los alrededores mientras llegaban refuerzos policiales.

Hay un hecho que llama la atención y es la imagen de los hinchas trepando desde la tribuna oriental a la familiar. En un marco de desigualdad social, quizás si podamos entenderlo como un ataque de clase, por ello es pertinente preguntarse por qué se dirigió el ataque contra la tribuna familiar y no contra sus rivales naturales los barristas en sur.

No creemos que se trate del ataque de un enemigo de la sociedad llamado “el inadaptado” a la institución de la familia como algunos han sugerido, y tampoco podemos olvidar el estado emocional de rabia que hay en el país en este año de pandemia, de paro y estallido social. Todo se juntó y explotó. No se puede perder de vista que la mayoría de los miembros de las barras habitan barrios periféricos, son jóvenes sin oportunidades, muchos desempleados y con las puertas cerradas al estudio.

Ojalá sigamos aprendiendo y que las autoridades entiendan que el barrismo está anclado en una realidad social compleja, por eso se proyecta en la vida de las ciudades y no se circunscribe solo a los estadios.

Finalmente, cabe preguntarse por qué se ha naturalizado el arreglárselas por mano propia, ¿será una marca de la colombianidad o una expresión más de los vacíos de Estado frente a la sociedad?

* Jairo Clavijo es profesor Departamento de Antropología en la Pontificia Universidad Javeriana y parte de su trabajo lo ha dedicado a estudiar el barrismo en el fútbol.

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Con estupor, un hincha del equipo visitante del fútbol profesional colombiano en el estadio El Campín observa cómo, 15 minutos antes de acabarse el encuentro, la policía le pide el favor de que abandone la tribuna. “¡Todavía no se ha acabado, faltan 15…!” reprocha el aficionado, pero la intención de la autoridad no cede.

“¡Por favor, haga caso que es por su seguridad, es peligroso para usted porque aquí las barras son muy bravas, es mejor que se retire!”, reitera el uniformado, mientras los hinchas locales, en total desafío contra el frío bogotano, cantan al unísono con la camiseta de su equipo en la mano. Ellos, los locales, extienden orgullosos su bandera de grandes proporciones, sus símbolos guerreros, mientras cantan ofensas al hincha contrario.

Detrás de esos símbolos, los uniformes y los cánticos a favor de un equipo y en contra de los rivales, se esconden aspectos como la territorialidad, la violencia y la identidad de miembros de la sociedad que deciden vivir y hasta morir en torno a una barra de fútbol.

Una investigación de tesis doctoral en antropología —efectuada en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3 por Jairo Clavijo Poveda, docente del Departamento de Antropología de la Javeriana— estudia estas manifestaciones colectivas. En ella el profesor buscó establecer la naturaleza de las prácticas sociales de los barristas.

En esta investigación etnográfica fue necesario convivir con dos de las barras de Bogotá y realizar una observación participante —como metodología— en la que se aplicaron entrevistas semiestructuradas, entre otros métodos de recolección de información.

“El elemento clave de análisis de las barras es el lenguaje, pues la acción más notoria de los barristas es reunirse para expresarse colectivamente a través de sistemas de representación tales como el habla, pero también formas no verbales como las imágenes, los signos, los símbolos utilizados”, comenta el investigador.

“Todos los domingos en la tarde.
Me voy a la cancha a ver al más grande.
En mi cabeza no me importa. Lo que diga todo el periodismo y la Policía”.

Antecedentes

Las primeras barras estructuradas en el país surgieron en 1987 y 1986 con los Saltarines del equipo Santa Fe y Escándalo verde del Nacional, respectivamente. Hacia 1991 se fundó la barra Blue Rain de Millonarios y posteriormente nació Comandos Azules. Todas adoptaron nuevas formas de comportamiento en los estadios para alentar a su equipo.

“Estos nuevos grupos adoptan los cantos barristas argentinos y movimientos en las tribunas, lo que empieza a llamar la atención de muchos jóvenes hinchas”, resalta la investigación.

En un inicio las acciones de los barristas se centraban en el estadio, pero no tenían como medio de expresión la violencia física. Sin embargo, sus integrantes fueron adoptando un lenguaje más agresivo contra los adversarios, lo que condujo a los primeros enfrentamientos con la policía dentro y fuera del estadio.

Sentido de pertenencia: entre territorialidad y violencia

Aunque en el imaginario del ciudadano común las barras están compuestas por jóvenes y adultos de clases medias y bajas, se comprobó en esta investigación que su proveniencia social es heterogénea. “A pesar de las posibles diferencias sociales todos se comportan de manera similar de acuerdo con unas reglas y jerarquías internas, bajo un compromiso implícito de inclusión”, afirma Clavijo.

Las barras construyeron una noción de territorialidad sobre los espacios en los que tienen existencia social. “Si un territorio es considerado de propiedad de la barra, se rige por una regla de exclusividad: no se admite ningún aficionado o barrista del otro equipo. Estas zonas les confieren un sentido de pertenencia y de legitimidad territorial, pues han sido conquistadas y defendidas por ellos. Frente al riesgo de invasión, los territorios son marcados por grafitis y por la presencia de barristas con camisetas y símbolos del equipo”, señala la investigación.

Mientras la Alcaldía de Bogotá ha contribuido a legitimar esos territorios al dar el estatus de dirigente a algunos integrantes de las barras y con dineros públicos se pintó el estadio con los colores de esas organizaciones, la policía concentra a los barristas en un sitio determinado.

Una de las conclusiones es que, por lo general, la violencia —una de las manifestaciones más distintivas de las barras—, es de carácter simbólico hacia los demás barristas, aficionados, equipos, árbitros y la policía. Estas acciones son símbolos inteligibles en el lenguaje barrista o en general del fútbol.

Aunque existe una idea general en las personas ajenas a las barras de fútbol sobre que se ejerce una violencia que trasciende el mundo del deporte, la investigación arroja resultados que controvierten este pensamiento colectivo.

“Toda violencia física y no física ejercida por los barristas es simbólica, pues se encuentra codificada y funciona como un lenguaje pleno de significaciones. Esta violencia se inscribe en el contexto de los partidos, que representan un tipo de ritual urbano para los barristas. Se puede afirmar que la violencia barrista no es exacerbada, se trata sobre todo de una violencia controlada”, explica la investigación.

Un ejemplo de ello es la lucha cuerpo a cuerpo, el uso de piedras, garrotes y armas blancas y no de armas de fuego en las que no se presenta un contacto corporal entre los agresores. Todas las acciones violentas son siempre pruebas de aguante o resistencia y de pertenencia al grupo. Es decir, la violencia funciona como un lenguaje cuyo fin es defender un territorio o el prestigio, escenificar la identidad y demostrar la pertenencia al grupo.

“Se puede evidenciar que la violencia barrista funciona como un sistema de intercambios entre barristas (agresiones, cantos, venganzas por razones de disputa territorial o deportiva) donde la utilización de códigos comunes de comunicación (actitudes, marcas, amenazas, peleas, etc.) define los espacios de las barras en la sociedad. Este sistema es posible ya que se deriva de la práctica del fútbol, un deporte que refleja la sociedad”, señala Clavijo.

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Barristas e identidad

“La identidad de los barristas en general funciona como sentimiento de pertenencia que se renueva durante el espacio ritual del partido. Este sentimiento funciona en dos sentidos: uno hacia la ciudad o región y otro hacia el propio grupo en tanto se es miembro de él. Se fortalece y se renueva gracias a unas prácticas sociales que se inscriben en un espacio ritual, pero también al reconocimiento individual y colectivo de inclusión al grupo y de exclusión a otros grupos. Este reconocimiento también proviene de la sociedad y del Estado, por ello, ciertos códigos de comunicación barrista son reconocidos socialmente”.

Como resultado de la interacción con los integrantes de las barras, la investigación concluye que los jóvenes buscan a través de estos grupos la inclusión que la sociedad en general les niega. En ellas son ‘alguien’, tienen una identidad y un sentimiento de fidelidad extremo, en este caso por un equipo de fútbol.

“Podemos afirmar que las prácticas barristas como su organización, acciones y símbolos, permiten pensar el fútbol como un espacio propicio para la toma de conciencia de los jóvenes barristas acerca de su existencia social como grupo contestatario”, concluye la investigación.


Para leer más:
Estudio de barras bravas de fútbol de Bogotá: Los Comandos Azules, Jairo Clavijo, Universitas Humanística, N. 58, P.U.J., Bogotá, jul. – dic. 2004. Disponible en: https://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/universitas/58.html
 

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