Bienvenidos a la selva

Bienvenidos a la selva

Este sábado 9 de noviembre es el día de los Parques Nacionales. Gracias a las 59 áreas protegidas que tiene el país y las selvas y bosques que son el hogar de nuestra biodiversidad es que se puede seguir haciendo investigación para conocer y conservar la riqueza natural que nos rodea.
Con este preámbulo les presentamos el ejercicio científico del antropólogo Carlos del Cairo y su grupo de trabajo en el Guaviare.

Nathalí Cedeño nunca había estado en el Guaviare. Ni siquiera conocía la Amazonía colombiana, pero sí se la imaginaba. Tal vez era por historias que escuchó, o tal vez por fotos o películas, pero “la imagen que tenía era una selva exuberante, con animales salvajes, mucha vegetación y sin humanos”, cuenta Cedeño, la diseñadora gráfica que hizo parte de un proyecto de investigadores javerianos que buscaba fortalecer las estrategias ecoturísticas de algunas comunidades de esta región.

Por eso, cuando cruzó el río para llegar a la vereda Playa Güío, a unos 17 kilómetros de San José del Guaviare, lo primero que la sorprendió fue ver una casita de madera con su jardín. Había viajado durante ocho horas desde Bogotá, y efectivamente empezaba a ver vegetación, animales salvajes y ríos, “pero también había personas viviendo una cotidianidad que yo no me esperaba encontrar”.

Era 2015, y unos meses antes la habían invitado a ser parte del grupo de investigación del profesor Carlos del Cairo, en el que también participaban varios estudiantes y egresados de antropología. Este grupo ya llevaba dos años involucrado con Playa Güío en un proyecto de investigación enfocado en las relaciones entre campesinos asentados en zonas de protección ambiental y su entorno. Durante todo ese tiempo ―de 2013 a 2015―, el grupo analizó las dinámicas de una comunidad de unas 50 familias que por décadas han vivido la guerra de diferentes maneras, pero que finalmente han aprendido a habitar este lugar.

El antropólogo Juan Sebastián Vélez explica que se usaron tres estrategias investigativas en el proceso. La primera “fue el trabajo etnográfico, que consistió en convivir con la comunidad mucho tiempo y, paralelamente, registrar su cotidianidad en un diario de campo y con fotografías”. En segundo lugar, organizaron grupos focales para conversar sobre la historia de la comunidad y sobre la biodiversidad de la zona. Y como tercera estrategia, “hicimos entrevistas semiestructuradas a profundidad para recolectar relatos biográficos y anecdóticos de estas personas sobre temas específicos”.

El profesor Del Cairo recuerda que, cuando terminaron de recoger toda la información, las personas de Playa Güío les manifestaron su interés en que siguieran trabajando en la comunidad, pero ya no solo en la investigación social convencional, sino en aportarles algo más concreto para su desarrollo. “Querían contar su historia tanto a la gente de afuera como a los niños y jóvenes de la vereda, y al mismo tiempo fortalecer su proceso de ecoturismo”, recuerda Del Cairo, quien añade que a mediados de la década de 2000 la misma comunidad había creado la Cooperativa Ecoturística Playa Güío (Cooeplag), para ese fin.

Así que al principio pensaron en unas cartillas que recogieran la historia de Playa Güío, sus atractivos naturales y los datos de contacto. Luego invitaron a Nathalí Cedeño a participar en el equipo para que se encargara del diseño de este material, “pero yo veía que había bastante información para proponer algo un poco más ambicioso”, recuerda la diseñadora.

Ilustrar Playa Güío

En 2014 arrancó el proyecto, que ganó la convocatoria San Francisco Javier, de la rectoría de la Universidad Javeriana, una iniciativa para apoyar estrategias con enfoque social que fomentan el desarrollo de las comunidades. Para ese momento, el equipo de investigación ya había organizado la información recolectada. Ahora no pensaba en cartillas, sino en “otros lenguajes gráficos, como infografías, mapas, recopilaciones de historias narradas por la misma gente, ilustraciones y videos”, afirma el profesor Del Cairo.

Para ilustrar toda la información de la vereda, Cedeño viajó a Playa Güío con el equipo en 2015. Durante cuatro días, identificaron aspectos clave para la construcción del material, recopilaron testimonios adicionales de la gente y se reunieron con adultos y niños para que ellos mismos hicieran dibujos del territorio. Además, recolectaron datos de la fauna local, de la agricultura, y de la oferta ecoturística, como el hospedaje en cabañas construidas por la misma comunidad, alimentación con productos locales como plátano, legumbres y pescado, y actividades como recorridos por ríos y lagunas, avistamiento de aves y micos, apreciación de pinturas rupestres, senderismo, entre otras.

Después, el equipo elaboró unas propuestas impresas que compartió con la comunidad para su validación, y, finalmente, con el apoyo de la Editorial Pontificia Universidad Javeriana, imprimió una colección de libros llamada Playa Güío: ecoturismo y esperanza, que incluye la historia de la vereda, una recopilación de relatos de la comunidad, un cuento ilustrado para niños, la reflexión metodológica del proyecto, un mapa de la fauna de Playa Güío y un calendario agroecológico. Además, se creó el sitio web de la cooperativa de ecoturismo y se montaron en plataformas virtuales cinco videos sobre la vereda, su gente, su tradición oral y su territorio.

Bienvenidos a Playa Güío

En total se imprimieron 300 copias de la colección; algunas se entregaron a los investigadores y otras se conservaron en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad. Pero la mayoría fueron enviadas al Guaviare: una parte para distribuirla entre las familias que participaron en el proyecto, otra para la cooperativa ecoturística y otra para ser repartida en bibliotecas, colegios, institutos técnicos, otras entidades públicas de San José del Guaviare y algunos municipios cercanos.

Un año después de terminar el proyecto, Nathalí Cedeño volvió a Playa Güío, pero esta vez como turista. Se puso en contacto con la cooperativa a través de su página web, y coordinó el hospedaje y la alimentación con don Álvaro, uno de sus representantes. Recuerda que había otros visitantes en la vereda, y don Álvaro les compartía con mucho orgullo ejemplares de los libros y se los prestaba para que los leyeran. Tal vez había pasado muy poco tiempo para medir el impacto real del proyecto, pero para la diseñadora “fue muy emocionante que este hombre se estuviera apropiando del material para compartirlo con los visitantes, porque finalmente ese era nuestro objetivo desde el principio”.

Casos comparados

Bocas del Raudal es otra vereda de la región y está ubicada en la entrada del raudal del río Guayabero. Damas del Nare, por su parte, está en las riberas del río Guaviare. Ambas tienen aspectos en común: fueron fundadas por campesinos del noroccidente amazónico, han sido afectadas por varios ciclos de violencia, y en algún momento dedicaron su economía a los cultivos ilícitos. Pero lo que más atrajo al investigador Carlos del Cairo y a su equipo fue la decisión de algunas familias de estas veredas de usar el ecoturismo como fuente de ingresos.

Desde 2017, y luego de terminar el proyecto en Playa Güío, el equipo se ganó dos convocatorias Laudato si’, de la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad Javeriana, enfocadas en apoyar proyectos relacionados con las problemáticas identificadas en la encíclica papal del mismo nombre. Con la primera, “nos dedicamos a elaborar un artículo con reflexiones sobre la relación entre ecoturismo, conflicto, posconflicto y explotación de recursos naturales”, explica Juan Sebastián Vélez, uno de los antropólogos investigadores.

Con la segunda convocatoria, y basándose en los resultados académicos de la investigación, diseñaron avisos para los senderos ecológicos con la información relevante de cada vereda, mapas del territorio, infografías con las especies de fauna y flora más importantes, y un libro con la historia de ambos lugares y de cómo el ecoturismo ha sido fundamental en su desarrollo.

Según Vélez, este proyecto logró que las comunidades compartieran sus experiencias y reflexionaran sobre alternativas para gestionar su ecoturismo de una forma más organizada y consciente del entorno natural. “Parte de eso se debe a la investigación, pero también a la determinación de ambas comunidades de aprender y de sacar adelante sus estrategias”, insiste el antropólogo.

Para leer más


TÍTULOS DE LAS INVESTIGACIONES: Estrategia para el fortalecimiento de las actividades organizativas, campesinas y ecoturísticas de la Cooperativa Ecoturística Playa Güío Dinámicas socioecológicas y ecoturismo comunitario: un análisis comparativo en el eje fluvial Guayabero-Guaviare
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Carlos del Cairo
COINVESTIGADORES: Nathalí Cedeño, Juan Sebastián Vélez, Tomás Vergara, Daniel Ortiz, Stephany Paipilla, Iván Montenegro, Juan Eduardo Ortega, Angie Rodríguez, Sebastián Gómez, Juan Manuel Díaz
Facultad de Ciencias Sociales Departamento de Antropología
PERIODO DE LAS INVESTIGACIONES: 2013-2015 y 2017-2018

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  • La investigación académica que se adentró en la selvas del Guaviare para, inicialmente, centrarse en la relación de los campesinos con el ambiente, y que derivó en el fortalecimiento de los procesos ecoturísticos de la región.
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Turismo ecológico, con sello de calidad

Turismo ecológico, con sello de calidad

Abrir un hotel para que el turista observe la fauna, descubra formaciones terrestres excepcionales como cuevas o volcanes, camine con un guía local por un bosque reconociendo plantas y animales, o simplemente para que contemple un bello paisaje no es como soplar y hacer botellas, como dice el dicho popular: hacerlo bien significa cumplir con ciertas condiciones, si es que se quiere competir local, nacional o internacionalmente.

Y si se piensa no solamente en un proyecto ecoturístico, sino que además tenga como objetivo apoyar la conservación de la biodiversidad, la cosa se complica… pero es posible lograrlo. La tesis doctoral del biólogo Juan Ricardo Gómez surgió por su interés en especies muy colombianas como la nutria gigante, el jaguar, el delfín rosado y el oso de anteojos, por mencionar solo unas pocas con las que ha trabajado desde su pregrado. Y estudiando estrategias de conservación, concluyó que para lograr resultados y salvar los animales de la extinción debía dejar de trabajar con ellos y para centrarse en la gente. “Dejé de ser el abraza árboles-animalista para tener una visión mucho más decantada y madura de lo que se esperaría de la conservación”, dice.

Su trabajo, titulado Evaluación de la conservación en certificaciones eco turísticas en Costa Rica, buscó responder a la pregunta ¿qué posibilidades de negocios tenemos en un país como Colombia aprovechando la biodiversidad pero que, además, tenga un enfoque hacia la conservación? Sabía que más allá de ser un soñador, era necesario pensar en ingresos porque la vida cuesta. Las certificaciones ambientales o sellos verdes se presentaron como una posibilidad interesante, y el turismo de naturaleza lo convenció porque, así fuera implícitamente, “aparecía la promesa de la conservación”.


La conservación, componente clave del ecoturismo

Costa Rica es ejemplo en el tema. La investigación se centró en conocer a profundidad los procesos de certificación ecoturística en este país centroamericano, teniendo en cuenta que el CST, o Certificación de Sostenibilidad Turística, es un sello verde  que maneja el país para este sector, reconocido por el Consejo Global del Turismo Sostenible y aplicable a hotelería, tour operadores, transportistas, agencias de viaje, guianza, entre otros. Gómez se enfocó en los hoteles cercanos a bosques con especies originales, unos con certificación vigente, otros sin certificación, los comparó entre sí y con un tercer ecosistema, un área donde no hubiera hoteles ni estuviera destinada a actividades turísticas. Así, “tenía un control positivo, uno negativo y mi objeto de estudio”, explica.

A través del estudio de los documentos de certificaciones, entrevistas con empresarios, turistas y con los propios certificadores y de salidas de campo, buscó determinar si la certificación favorecía la conservación, si los hoteles contaban con un componente de educación ambiental y si se distribuían justa y equitativamente los beneficios obtenidos del turismo.

El trabajo de campo consistió en monitorear los animales que pasaban por el bosque las 24 horas del día en los ecosistemas seleccionados a través de cámaras trampa. “Me salían jaguares, tigrillos, tayras, mapaches, monos, chanchos, armadillos, dantas…” Contabilizó en total 49 especies (42 mamíferos, cuatro aves y tres reptiles) en las 1.800 fotos de fauna, ocurridas en 605 eventos de observación. Todas ellas le daban pistas sobre el estado del ecosistema. “El número de especies encontradas en los hoteles certificados fue más alta incluso que en los lugares en donde no hay turismo, y más alta que donde no están certificados”, asegura Gómez. Y la obvia conclusión es que la certificación sí funciona.

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Diferentes especies de animales frecuentan las áreas de los hoteles certificados.

Sin embargo no es la única variable a considerar; era importante evaluar la solidez de la propuesta de conservación en cada uno de los 18 hoteles estudiados.

Así, propuso una metodología con cinco componentes técnicos propios de la conservación que, a modo de preguntas, la puso en práctica con sus entrevistados: primero, ¿es necesario tener claro qué se quiere conservar?, y la respuesta define el objeto de conservación. ¿Por qué quiero conservar? es la segunda pregunta, cuya respuesta se espera contundente y precisa. ¿Hay necesidad de conservar? Y si la respuesta a esta tercera es afirmativa, es necesario identificar la amenaza, que “tiene que ser coherente con lo que quiero conservar”, explica.

Lo que él llama ‘el factor’ trata de responder a ¿por qué se presenta la amenaza? Y lo explica diciendo que si lo que quiero conservar es un animal (1), porque está siendo cazado (2) y ya no quedan sino pocos especímenes (3), en este punto es clave identificar la razón. El factor puede ser porque la gente tiene hambre o porque está acabando con el ganado y los cultivos de los campesinos, o porque está en la mira de las escopetas de los que practican cacería. “Si se tiene el factor clave identificado, debe haber una acción que apunte a la transformación de ese factor”. ¿Cuáles acciones de conservación ha implementado y quién es el responsable?, sería el quinto componente.

El análisis de los resultados obtenidos le demostró que el hotel que contaba en su nómina con un biólogo o ecólogo sensible al tema de conservación alcanzaba el éxito muy rápidamente; otros casos exitosos no tenían al profesional, pero sí a un dueño o gerente con vocación hacia el ecoturismo o un programa establecido y en práctica.

“Cuando combinamos las acciones que dependen del dueño del hotel y las características de la región donde está el hotel, vemos que la combinación ganadora para alcanzar el éxito es que sea una motivación voluntaria, que el porcentaje de área que se dedica a la conservación sea grande, que no existan otras actividades productivas en el predio, que esté cerca de un parque nacional, que el acceso no sea muy fácil y que en la región haya otros ecosistemas relativamente saludables”, explica Gómez, para concluir que sí hay un aporte a la conservación, no solamente del ecoturismo certificado sino del ecoturismo en general.

“Yo ya le creo al turismo en el contexto de la conservación, le creo al turismo en el contexto de ingresos para la gente, y le creo al turismo en beneficios intangibles”, concluye.

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Los beneficios intangibles son vitales para los hoteles certificados.


El turista, el sello y la propuesta

Así como no existe la cultura de leer las etiquetas de los productos en el mercado, tampoco existe la cultura de leer los sellos verdes. Cuando algún producto tiene un sello, se asume que es amigable con el ambiente pero no se indaga exactamente qué es lo que está certificado. “El turista debe ser más responsable”, dice, y se refiere a todo tipo de turista: “Cuando le apunto a alguno de los tipos de turismo debo tratar de ser respetuoso con los elementos que lo definen”.

La certificación es voluntaria y le da un valor agregado al hotel o, en general, al producto que la obtiene. Para Gómez, al sello ambiental colombiano le falta madurar. Y en lo que se refiere al turismo, tan promovido últimamente, le asusta que “matemos la gallina de los huevos de oro”. Primero, dice, hay que definir el “turismo al que le vamos a apuntar en Colombia” y propone una reflexión de alto nivel, basado en la evidencia científica. “Ahí también empiezan a haber oportunidades para la academia, para la investigación, lo estoy viendo. Yo terminé en el turismo por accidente, pero ahora, el turismo es una ola, un tsunami que nos está empujando, y si no respondemos con información de calidad, los empresarios tomarán la delantera”.