Mano dura, ¿equivocación grande? Los excesos de la policía y por qué ocurren

Mano dura, ¿equivocación grande? Los excesos de la policía y por qué ocurren

La propuesta del gobierno de Iván Duque que buscaba hacer una reforma tributaria en medio de la pandemia generó una respuesta social que hace mucho no se veía en el país. Miles de personas se volcaron a las calles de ciudades y pueblos a manifestarse en contra de la propuesta que pretendía generar una carga impositiva adicional a los colombianos. En algunas capitales se presentaron desmanes que llevaron a enfrentamientos con la fuerza pública.

A partir de allí y durante varios días, la violencia en las confrontaciones ha ido escalando. No fue suficiente que el gobierno retirara del Congreso el proyecto de reforma tributaria, pues las manifestaciones continuaron exponiendo inconformidades sociales por la nueva reforma a la salud, la pobreza y desigualdad que crecieron según el último informe del DANE, entre otros.

Según la Defensoría del Pueblo, hasta el 4 de mayo se registraban 24 muertos, once por presunta responsabilidad de la Policía Nacional, once con responsable desconocido y dos más que relacionan en su informe como “desconocido” o “no aplica”. La mayoría de los casos fueron registrados en el departamento del Valle del Cauca.

Por su parte, la ONG Temblores registra 1181 casos de violencia policial, 92 víctimas de abuso de fuerza, cuatro víctimas de agresión sexual, 672 detenciones arbitrarias y 12 víctimas de lesiones en los ojos. Todo esto, durante los primeros cinco días de protestas.

Estas agresiones por parte de la fuerza pública han sido rechazadas por la ciudadanía colombiana y también por la comunidad internacional. “Recordamos a las autoridades del Estado su responsabilidad de proteger los derechos humanos, incluido el derecho a la vida y a la seguridad personal”, manifestó Juliette de Rivero, alta comisionada de la ONU para los derechos humanos en Colombia, quien además denunció que su comisión fue atacada por la Policía mientras investigaban las protestas en Cali.


Además, la Unión Europea condenó la violencia y pidió a las fuerzas de seguridad evitar la mano dura a través de su portavoz del Servicio Europeo de Acción Exterior, Peter Stano. Desde el Departamento de Estado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, también rechazaron la violencia contra los manifestantes.

Por otro lado, se han prendido las alarmas por la decisión presidencial de enviar al Ejército Nacional a acompañar a la Policía en la atención de las protestas, pues se intensificarían las tensiones. Pero, ¿cómo se podría explicar este accionar estatal frente a las manifestaciones?

Para Luis Felipe Vega, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana y experto en temas de defensa, “se acaba de demostrar que es una Policía que le falta capacitación, mando, organización y estructuración institucional interna”. Explica también que dentro de la institución no hay una profesionalización del manejo de los conflictos internos, por lo que luego de varios días se pierde el control unificado.

Vega asegura que la institución tiene poca capacidad de aprendizaje de experiencias previas porque “no tenían ni siquiera los planes alternativos de contingencia en casos como el incendio de Cais, situación que ya habían enfrentado el año anterior”.

Además, señala que es evidente la improvisación, como en el caso del aterrizaje de un helicóptero en el colegio Claretiano de Bosa para poder mover y sacar policías y munición, por lo que insiste en que es necesaria una reforma para profesionalizar a la Policía.

Argumenta también que la falta de experiencia y experticia del ministro Diego Molano en temas de defensa desempeñan un papel importante en estos hechos, pues repercute la falta de reconocimiento dentro del mando de la fuerza pública. “El ministro tiene seis generales en Cali y no ha podido resolver la situación de seguridad y convivencia interna”, manifiesta.

Brutalidad policial en Colombia

¿Estrategias del siglo pasado?

Vega cuestiona la decisión presidencial de habilitar al Ejército como acompañante para enfrentar las protestas, pues para él “es apagar el incendio echándole gasolina. Es el escenario que siguen visualizando desde un gobierno muy técnico, pero poco político. Continúan subestimando la capacidad que tienen los grupos organizados de campesinos indígenas, afrodescendientes, mujeres y estudiantes para movilizar personas”.

Para el profesor, se siguen inculcando en la formación de la fuerza pública los modelos de la guerra fría. “Tienen una estructura en la cual esas movilizaciones son, para ellos, el enemigo interno, y están buscando quién está detrás, quiénes son los determinadores de que la gente salga a marchar, desconociendo las capacidades organizativas de los movimientos sociales”.

Expone que dichos modelos funcionaron en políticas como el estatuto de seguridad del expresidente Julio César Turbay (1978-1982) porque se hacía oculto. Hoy en día, con las redes sociales es mucho más fácil visibilizar estas situaciones, por lo cual, mucha más gente está pendiente y haciendo seguimiento al actuar de la fuerza pública.

En esto coincide también Christian Fajardo, profesor del Departamento de Ciencia Política de la PUJ y coordinador del semillero Teorías Políticas Críticas, quien hace su análisis desde lo discursivo. Para él, la ideología dominante se está desmoronando y esto es visible en la ruptura de dos discursos: uno que naturalizaba la desigualdad; y el otro que cohesiona a la sociedad en torno a un enemigo interno.

Así entonces, las personas que sufren la aprensión social ya no se resignan a vivir así y buscan mejorar su calidad de vida. Y por otra parte la doctrina del enemigo, ya no funciona igual que hace unos años. “Esos discursos han perdido eficacia y lo demuestran los hechos. Hace unos 15 años decir que hay infiltrados en las manifestaciones y grupos armados de izquierda luchando contra el status quo tenían cierta eficacia, pero hoy no tienen efecto en la opinión pública”, dice.

Brutalidad policial en Colombia

 

Este hecho le resulta definitivo para entender la coyuntura actual, pues cuando se caen los discursos dominantes, como los dos ya mencionados, al Estado no le queda otra cosa sino reprimir con el uso de la fuerza.

“Es una decisión totalmente equivocada porque entre más se reprima una protesta social que tiene argumentos sólidos, se acrecentará la indignación popular y esto a su vez provocará una reacción cada vez más violenta de las fuerzas del orden”, opina.

Otro punto que le resulta problemático es que la Policía esté adscrita al Ministerio de Defensa, igual que el Ejército. “Debería ser un organismo cívico que en gran medida esté desarmada o con armas de letalidad reducida: y como en otros países democráticos, debería estar inscrito en otros ministerios, por ejemplo el del Interior”. También explica que, ante un exceso de un policía, por su fuero militar, es juzgado como si fuera un militar en guerra.

¿Y ahora?

Luego de todo lo sucedido, surgen interrogantes sobre hacia dónde debería dirigir el gobierno el manejo de las protestas. Ambos docentes coinciden en que la mejor salida será un diálogo social que permita encontrar propuestas que representen a la mayor cantidad de personas posible.

“Creo que la única solución es que el gobierno desista de su afán de decir que es quien tiene la autoridad y caer en la cuenta de que la soberanía, en últimas, recae sobre los ciudadanos reales”, afirma Christian Fajardo.

Sin embargo, para Vega, dicho diálogo cambiará en sus condiciones. “Un escenario de concertación nacional que ya no va a ser con los líderes de los partidos. Los líderes sociales van a replantear la agenda política del gobierno porque ya saben que pueden gobernar desde las calles”, asegura.

Para ambos expertos, la opción de declarar un estado de conmoción interior-una iniciativa que ha surgido desde las filas del uribismo- es el peor de los escenarios, pues cerraría cualquier opción de conversar con los diferentes sectores sociales y aceleraría los procesos de violencia urbana. Por lo que finalizan haciendo un llamado al gobierno para que permita un diálogo intersectorial para buscar alternativas negociadas.

Protestas no violentas: ni pasividad ni tibieza

Protestas no violentas: ni pasividad ni tibieza

Que las grandes revoluciones se conquistaron con mecanismos de protesta violenta, es cierto. No se podría hablar de Revolución francesa sin la toma de la Bastilla ni de Independencia en Colombia sin la campaña libertadora que implicó cientos de confrontaciones.

“Uno siempre se imagina que los grandes cambios se derivan de revoluciones y, ¡Por supuesto!, por eso son revoluciones, pero si uno mira la historia como un proceso de larga duración, ni la abolición de la esclavitud ni el voto femenino se consiguieron con una revolución, y muchas de esas protestas no fueron violentas”, explica Carolina Cepeda, quien ha trabajado en temas de movimientos sociales, es politóloga de la Universidad Nacional con maestría y doctorado en Ciencia Política de la Universidad de los Andes, y es profesora de Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

“Pero que sean no violentas no significa que funcionen como les gustaría a muchas personas en Colombia: que se realicen el sábado a las 6 p.m. en un andén. Una protesta no violenta es lo que vimos en el 2016 a favor del acuerdo de paz, no hubo confrontación con la policía, no se rompieron vidrios y fue masiva. Mucha gente, que seguramente se habría ido a la primera piedra lanzada, a la primera papa bomba que sonara, se manifestó, ¿y qué se logró? No se revirtió el resultado del plebiscito, pero se pudo acompañar el proceso de paz, el poscauerdo y demás”, añade.

La idea de la “no violencia” es un concepto al que la politóloga estadounidense Erica Chenoweth le ha dedicado gran parte de sus investigaciones más recientes. Chenoweth la define como “una forma de conflicto activo donde los civiles desarmados utilizan una variedad de tácticas no violentas – como huelgas y protestas – para lograr un cambio político sin usar la violencia o amenazar con usar la violencia física contra un oponente”. Así lo explica en una conferencia en la que habló de su libro Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict, publicado junto a la también politóloga María Stephan.

A largo plazo es más efectiva la protesta sin violencia

En su libro, Chenoweth y Stephan analizaron más de 300 campañas violentas y no violentas entre 1900 y 2006, y encontraron que el 26 % de las protestas con violencia fueron exitosas, mientras que las no violentas alcanzaron el 53 %. Las manifestaciones analizadas tenían como objetivos cambiar un régimen, pronunciarse en contra de la ocupación internacional y la secesión (separatismo). Además, las politólogas solo tuvieron en cuenta aquellos eventos que convocaran a por lo menos mil personas.

En la conferencia mencionada, Chenoweth explica que puede suceder que las manifestaciones analizadas en algún momento tuvieran un componente violento, sin embargo, “puedes ver una serie de huelgas que duran seis meses con miles de personas participando y luego hay un grupo que hace explotar las cosas. Si la violencia no se convierte en el modo principal del enjuiciamiento de conflictos, sigo contando eso como una campaña no violenta”, explica la politóloga estadounidense.

Cuando hay una inconformidad que convoca a la gente en las calles, permanece latente la posibilidad de un enfrentamiento, ya sea porque un grupo de los manifestantes recurrió a la violencia o como respuesta al control policial.

“Que la policía llegue y tire gases no vuelve la manifestación violenta por sí misma, que haya cinco o seis personas o un grupo que quiere romper todo, no vuelve la manifestación violenta por naturaleza; y el hecho de que la manifestación sea pacífica no quiere decir que sea estéril, que no afecte a nadie, porque la esencia de la manifestación es que genere caos, que incomode”, explica Carolina Cepeda.

No violencia

¿Qué es ser violento?

Para la profesora javeriana puede que el término de lo que significa ser violento no tenga mucho consenso. “Para muchas personas salir a cortar una calle puede ser un acto violento, para otras lo es pintar un grafiti y romper los vidrios de un banco, pero para otros puede no serlo”, incluso, Cepeda menciona que puede que haya más puntos en común sobre lo que no es violento, como hacer un plantón, “pero igual alguien puede interpretarlo como violento en la medida en que debe pasar para llegar a su trabajo y siente que está siendo violentado por los manifestantes”.

Cuando una manifestación violenta triunfa (entendiendo la violencia como la base de la protesta y logrando el objetivo propuesto) “a largo plazo no es tan exitoso”, explican en su libro las politólogas Chenoweth y Stephan.

“Los peores resultados a largo plazo tienden a provenir de revoluciones violentas exitosas, pues brindan las peores perspectivas en promedio para la democracia. Esto se ha explicado al observar que la violencia exitosa lleva al poder a personas que saben cómo usar la violencia pero que no son tan buenas para resolver problemas sin violencia”.

Las expertas concluyeron que “la violencia, esencialmente, no tiene impacto en la democratización. La no violencia construye la democracia, mientras que la violencia perpetúa la tiranía, en promedio, a largo plazo”.

La masividad: la clave del éxito de una protesta no violenta

“Chenoweth habla de la cifra mágica del 3.5 %”, explica Carolina Cepeda. Este número hace referencia a que cuando al menos ese porcentaje de la población se une a la manifestación, tiene más posibilidades de ser exitosa. “Cuando más gente se siente llamada a salir-y creo que eso se sintió en el 2019 en Colombia y se siente ahorita-, va creciendo el número de manifestantes y la protesta se calma”.

La razón para que esto suceda, según Cepeda, es que “cuando se logra movilizar hasta el 3.5 % de la población, la policía ya no sabe si ahí está su vecino, su amigo, si hay gente muy cercana y tiene miedo de usar la fuerza desmedida; eso los desincentiva en el uso de la fuerza y en la medida en que el Estado deje de ejercerla, eso hace que más gente se sume, lo que produce cambios en la percepción de la que ya no se dan de forma abrupta en confrontación con el Estado, sino que hay una aplicación del consenso a nivel social. Entre más gente sale, más gente comparte la demanda y la respuesta del Estado tiene que ser de largo plazo para satisfacer a la mayor cantidad de manifestantes posibles”.

Protestas sin violencia

¿Qué acciones son no violentas?

Carolina Cepeda pone sobre la mesa las movilizaciones en favor del aborto legal y seguro en Argentina y que llegó a encontrar eco en diferentes países de Latinoamérica. “Comenzaron a crecer desde hace tres o cuatro años, convocaron más gente y se ejerció una presión grande en el Congreso para que se votara en favor de la protesta”.

Otro gran ejemplo fue lo que se conoció como la Revolución de las rosas, en Georgia, cuando en 2003 y después de más de 20 días de protestas, un grupo de manifestantes que buscaban derrocar al presidente Eduard Shevardnadze, quien estaba envuelto en escándalos de corrupción, irrumpió en el parlamento llevando rosas en sus manos. Esto conllevó a su renuncia y a convocar nuevas elecciones.

Aunque en el caso de Georgia fue clave que las fuerzas de seguridad no respondieron con violencia, lo que facilitó una protesta democrática no violenta, consiguieron un gran cambio en su estructura política, pues con las elecciones presidenciales y de parlamento, el país comenzó a vivir un renacer de la mano de una relación más abierta con Occidente.

Protestas en Colombia

¿Funciona protestar con memes, hashtags y likes en redes sociales?

“Siempre fui escéptica, me alineé con la corriente de Charles Tilly, quien decía que era un repertorio más, pues los movimientos sociales siempre han usado lo que tienen a la mano, la imprenta, la radio y en este caso el internet, pero sí he visto un cambio importante y todos hablan de la seguridad que trajeron las redes para grabar y transmitir lo que pasa. Esto no ocurría en los 70 y no había tanta conciencia de la brutalidad policial, por ejemplo”, explica Cepeda.

Para la politóloga, lo que está ocurriendo con hashtags como #SOSCOLOMBIA y la tendencia de poner la foto de la bandera de Colombia al revés en el perfil personal de diferentes redes sociales, puede que se vea como algo intrascendente, pero no lo es del todo, incluso, puede ser una forma de protesta no violenta.

“Que un ciudadano común y corriente que entre a Instagram y empiece a ver que todos escriben #SOSColombia, lo motiva a hacerse preguntas, dice: ¿por qué está pasando esto? Y en la misma medida, busca respuestas. Supongamos que no veo noticias, pero si entro a redes sociales y me entero de esto, de alguna manera cambia la percepción acerca de ciertos temas, que busquen información es valioso”.

Por otro lado, Cepeda apunta que “la movilización social no solamente está orientada a objetivos de corto plazo, sino que busca cosas a largo aliento y es lo que estamos viviendo, y ese tipo de acciones que uno desdeña porque parece que lo que realmente vale es ir y estar en la primera línea contra el ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios), puede aportar bastante. Que pasen esas cosas vía internet poco a poco va cambiando mentalidades y ahora vemos el resultado de todo eso, de difundir las cosas, de ejercer resistencia en niveles más sutiles”.

La no violencia no es indiferencia

En los días más recientes de las manifestaciones en Colombia fue común ver tanto la brutalidad del control policial con marchantes pacíficos, como los ataques en grupo hacia los policías, incluso, circuló un video en el que se ve cómo algunas personas queman un CAI en el que se encuentran policías adentro.

Por esas (y muchas más) razones, es común que algunos ciudadanos no se sientan representados en quienes ejercen la violencia para protestar. Entonces surgen iniciativas como bailes, conciertos, performances artísticos y hasta besatones, a las que muchos considerarían como formas poco efectivas de comunicar una inconformidad, pero como lo señalaron en sus investigaciones las politólogas Chenoweth y Stephan, las manifestaciones no violentas pueden lograr su objetivo.

“La no violencia no es sinónimo de pasividad. Tampoco es ser tibio”, opina Carolina Cepeda. “Si hay algo que es difícil en la vida es jugársela por esas opciones pacifistas. Esto no es ser indiferente, es tener unas ideas muy claras con respecto a los límites y fines que se pueden tener como ciudadano. Es leer al contrario como un antagonista y no en clave de enemigo, por eso el uso de la violencia no es una opción”.

La politóloga argumenta que “para muchos grupos y manifestantes, el ´otro´ es un interlocutor que sigue siendo válido y con el que se quiere un diálogo. El uso de la no violencia no es sinónimo de tibieza o indiferencia y requiere de mucha fortaleza. Puede llevarse por un camino que alcanzaría el éxito, es quizás más largo y arduo, sí, pero más exitoso que la confrontación inmediata”, concluye.