El extracto de Susana

El extracto de Susana

A sus cinco años, Lorenzo Odone fue diagnosticado con una misteriosa alteración genética que afectó su desarrollo motor y cerebral. El pronóstico era fatal, a lo sumo dos años más de vida. Sus padres no claudicaron y le apostaron a la idea de un bioquímico que creó, pese a la cáustica crítica de la comunidad médica, un compuesto de ácidos grasos para capotear la progresión del mal: “el aceite de Lorenzo”, conforme lo bautizaron, no lo curó ni le restableció las facultades perdidas, pero le permitió vivir hasta los 30. El conmovedor caso fue llevado al cine y tendió sobre el tapete rojo el calvario que padecen miles de familias con un miembro aquejado por una enfermedad rara, y la urgencia de que la sociedad y la ciencia los tomara en cuenta.

Nadie a su alrededor ha estado enfermo, pero la bogotana Susana Fiorentino sabe lo que es tener el aliento curtido por decenas de batallas contra el establecimiento científico y clínico, por su férreo ímpetu de develar los secretos de las plantas y su potencial sanador. “Me tildaban de yerbatera profesional y durante muchos años me dijeron que era increíble que una inmunóloga como yo pretendiera tratar un cáncer a punta de yerbas, porque eso no tenía sentido”. Pero con su consistente trabajo de laboratorio ha querido quebrar, a cuentagotas, esa incredulidad, y su paciente convicción le ha permitido abrirse camino en una osadía: crear un fitomedicamento.

Su primer desarrollo es un extracto de dividivi, un árbol muy noble cuyas semillas demostraron ser eficaces para disminuir los tumores de cáncer de mama en ratones, activar su sistema inmune y ser agente antioxidante. En estudios clínicos de fase 1 en humanos, el dividivi mostró que era seguro, aunque falta ver si también tiene efecto antitumoral. El segundo es el anamú, un regulador excepcional del metabolismo tumoral a favor de su degradación y activador del sistema inmunitario, en modelos animales. Estas dos especies de plantas son las pioneras de su investigación (que incluye cerca de 90 artículos científicos, ocho patentes otorgadas y tres en trámite), pero en su reino floral ya hay 30 más en exploración y evaluación, gracias al más reciente premio que ella y su equipo de 15 científicos ganaron: 18 000 millones de pesos del programa Colombia Científica.

Su rebeldía y determinación destellaron desde que era adolescente, cuando canceló de tajo sus clases de canto en el conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia, porque no soportó que sus padres, un argentino y una colombiana, la acompañaran. Ni su aguerrida y emprendedora mamá, ni su papá, un reconocido cantante profesional y promotor de artistas de la talla de Celia Cruz y de eventos musicales como el Festival del Tango, lograron que Susana continuara una carrera musical, pese a que su talento como soprano descollaba.

A los 16 años se graduó del colegio y se matriculó en Bacteriología en la Pontificia Universidad Javeriana, pese a la reticencia de sus papás, quienes pensaban que el futuro de su retoño sería el análisis de orina, sangre o materia fecal. A Susana tampoco le atraía esta idea, pero fue la ruta que halló para abordar lo que le interesa: entender cómo funciona la vida y qué hay en el interior de las cosas. Y la carrera fue un preámbulo para hacerlo, pero estaba muy lejos de sus expectativas investigativas. Aunque en séptimo semestre dudó de seguir, la culminó por orgullo y por la inspiración de uno de sus mayores guías, el inmunólogo Julio Latorre. Tras graduarse trabajó como investigadora del Hospital Infantil, al lado del también inmunólogo Francisco Leal, como profesora de inmunología en el Colegio Mayor de Cundinamarca y como asistente de otra mentora, la bacterióloga Nelly Susana Rueda. Con el apoyo de su mamá, también se lanzó al montaje de su propio laboratorio, dentro de una clínica privada en el norte de Bogotá.

Aunque fueron años de arduo trabajo, no dejó de cantar, y sobre el escenario del Hotel Cordillera, entonando sus amados tangos, conoció al hombre con el que formó su familia, para ella el cimiento y la brújula de su vida. Durante los ocho años de noviazgo viajó en 1984 a Buenos Aires a estudiar inmunoquímica y virología molecular (áreas que la habían conquistado y en las que aprendió sobre anticuerpos monoclonales junto a un pupilo del premio nobel César Milstein) y luego a Medellín, donde realizó su maestría en Inmunología en la Universidad de Antioquia, bajo la batuta de Luis Fernando García.

Regresó a Bogotá e ingresó de nuevo a su alma mater en calidad de docente e investigadora. No obstante, el apetito por un doctorado en el exterior la instó a presentarse a un programa de becas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Año y medio después, resultó escogida y, junto con su marido, un administrador agropecuario oriundo de Barranquilla y con nacionalidad francesa, decidieron que el destino que mejor se acoplaría para los dos sería Francia. Entre 1992 y 1997 vivieron en la capital gala, donde ella desarrolló su doctorado en inmunología en la Universidad de París, él estableció una importadora de frutas exóticas, y ambos tuvieron a su primogénita, Valeria. La segunda venía en camino, pero nació en Bogotá, que ha sido el epicentro de la familia Barnier Fiorentino.

Susana reanudó labores en el laboratorio que hacía cuatro años había fundado en la Javeriana, pero más temprano que tarde tuvo que suspenderlas, porque la compañía de su esposo hacía agua, así que la familia en pleno se devolvió a París en 1999 para evitar el naufragio. Quería al menos pagarle al otrora Colciencias —hoy Minciencias— la beca de la que había sido beneficiaria, pero la respuesta fue “no queremos que nos pagues, e devuelvas pronto”, a sabiendas de que su conocimiento era mucho más valioso que el dinero. Quizá vieron en ella algo que había advertido su director de tesis doctoral, Jean Gerard Guillet: su naturalidad para visionar el trabajo científico y entender el campo de acción de cada proyecto. En eso coincide su amigo Hernán Jaramillo, ex subdirector de Colciencias, quien la conoció al calor de la discusión y la creación de estrategias y políticas de innovación, ciencia y tecnología para Colombia, esfera en la que ambos son muy activos.

Durante su segunda estancia en París, Susana forjó experiencia como investigadora en un laboratorio nuevo y en el Hospital Saint Louis. En ese tiempo, a ella y a su amigo biólogo Alfonso Barreto les surgió la intuición, basada en antecedentes etnobotánicos, de que todas las moléculas de las plantas —y no solo una, como suele focalizar la industria farmacéutica— interactúan de tal forma que podrían tener efectos sobre diferentes blancos de la célula tumoral y su entorno. Y cuando se devolvió definitivamente de Francia, en 2004, acogieron con firmeza esa línea de investigación que hoy da frutos contundentes y se consolida con la creación de la spin-off Dreembio. Aunque existen, los extractos desarrollados por el equipo que dirige Susana aún no se comercializan, en espera de superar estudios clínicos de fase 2 y 3. Según lo asegura la microbióloga y docente de química farmacéutica de la Universidad Nacional Lucy Gabriela Delgado, en el mercado hay distintos productos que se venden como fitomedicamentos, sin haber establecido una relación de qué tipo de molécula o compuestos generan qué tipo de efecto. Algunos pueden tener evidencia clínica, es decir, reporte de casos en los que se atribuyen distintas propiedades benéficas, pero “tener estudios clínicos, como lo ha hecho Susana, es el camino correcto e idóneo para tener certezas”.

Por su parte, el químico farmacéutico Guillermo Montoya, jefe del Departamento de Ciencias Farmacéuticas de la Universidad Icesi, asegura: “Su talante de buena investigadora es evidente. En el campo biomédico tiene mucha suficiencia y demuestra una gran capacidad administrativa y de gestión. Su laboratorio revela mucha fortaleza en temas inmunológicos y moleculares, dada su formación y trayectoria investigativa. Desconozco su solidez en temas técnicos químicos, como el control de los bioactivos y sus concentraciones en la fracción estandarizada, tan importantes como el conocimiento de la aplicación en salud, pero seguramente es un aspecto que trabaja con su equipo”, explica. “Susana toma el conocimiento ancestral y lo reivindica desde lo más avanzado de la ciencia y la investigación clínica para crear fitomedicamentos, sin violar ninguno de los códigos de la ciencia. Su trabajo es muy valioso, no solo por la inmunología aplicada con recursos naturales a través de la biotecnología, sino por su rigor”, afirma Jaramillo. “Ella le demuestra al país un camino de progreso sin caer en el falso dilema de conocimiento científico y sabiduría ancestral”, agrega.

Sin duda, una discusión mal habida que ha tenido eco junto con otro tonto divorcio: el de la ciencia y el arte. Para quien protagoniza esta historia, no puede existir tal si se entiende que el hombre es un ser holístico en el que confluye un universo de complejidades que, desde distintas orillas, se nutren y se complementan. Y esa convicción se plasma en su lienzo más íntimo: sus hijas, una matemática y la otra música. Susana, a quien a sus 58 años le sigue apasionando escarbar en terrenos vírgenes y fluir en la incertidumbre, transita por la ciencia y el arte como aquel tango que reza: “Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños prometieron a sus ansias. / Sabe que la lucha es cruel y es mucha, / pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina”.

 

                             

Los conflictos de interés en la práctica médica

Los conflictos de interés en la práctica médica

Hoy miércoles 20 de septiembre la Pontificia Universidad Javeriana es sede del foro “Conflictos de Interés en la Práctica Médica: ¿Qué se puede hacer?”, donde se reflexiona sobre los problemas que genera la interacción entre los profesionales de la salud y la industria farmacéutica a través de diferentes estrategias de marketing que afectan la autonomía profesional, la salud de los pacientes y la sociedad en general.

El foro, organizado por Médicos Sin Marca Colombia, iniciativa financiada por el proyecto Anticorrupción y Transparencia de la Unión Europea (ACTUE), está liderado por investigadores del Instituto de Bioética de la Javeriana, con el objetivo de promover una práctica médica libre de conflictos de interés e independiente de los efectos del mercadeo de la industria del ramo.

El marketing farmacéutico se refiere a las prácticas que la industria productora de medicamentos utiliza para promover la demanda y el consumo de sus productos. Tales prácticas están diseñadas para afectar el comportamiento de los médicos induciendo la prescripción de medicamentos de la empresa que los produce y que no necesariamente responden a las necesidades de sus pacientes. Para tener una idea de los recursos que se invierten en este mercadeo, se conoce que en 2012 la industria farmacéutica gastó 27.000 millones de dólares en Estados Unidos, asignando 24.000 millones, especialmente, a la promoción dirigida a los médicos.

Aunque no se cuenta con datos sistematizados para el caso de Colombia, se sabe que el país no es ajeno a esta práctica y a los conflictos de interés que genera. Los visitadores médicos, como representantes de la industria, entregan información sesgada sobre los productos a los profesionales de la salud y ofrecen, entre otros, obsequios como muestras de producto, esferos, maletas y viajes. La industria también financia eventos “educativos” como cursos, encuentros y congresos dirigidos a las diferentes especialidades médicas; en ellos, se contratan conferencistas para que presenten los medicamentos producidos por los grandes laboratorios, resaltando sin respaldo científico riguroso bondades exageradas del fármaco. Para que los profesionales de la salud puedan asistir, las empresas pagan costos de inscripción, pasajes de avión, hospedaje, alimentación, incluso gastos de diversión y acompañantes.

Existen iniciativas independientes que responden a ciertos problemas asociados a esta práctica, entre ellas No Grazie, de Italia; PharmAware y No Free Lunch, de Inglaterra; Mein Essen zahl ich selbst (MEZIS), de Alemania –en español se traduce como “Mi almuerzo lo pago yo”–; No Free Lunch y The Unbranded Doctor, de Estados Unidos; NoGracias, de España; y Médicos sin Marca, de Chile. Con un propósito pedagógico, son valiosas para la sociedad por facilitar el debate público mediante la denuncia y análisis de prácticas específicas que afectan la atención a los pacientes, y porque promueven comportamientos éticos que conducen a recuperar la confianza de la sociedad en la práctica médica.

Países como Australia, Reino Unido, Francia, Portugal y Eslovaquia han diseñado e implementado medidas para regular la interacción entre los profesionales de la salud y la industria farmacéutica, para hacer transparentes las relaciones financieras entre ambas partes. En Estados Unidos, por ejemplo, rige desde 2011 la “Physicians Payments Sunshine Act”, ley federal que colecta las transferencias monetarias y regalos en una plataforma de acceso público, lo que permite que la ciudadanía averigüe si su médico, por ejemplo, se encuentra en una posición de conflicto de intereses.

En América Latina, específicamente en el estado de Minas Gerais en Brasil, se sancionó a finales de 2016 una ley que exige a las empresas fabricantes de medicamentos y dispositivos médicos declarar las transacciones consideradas como generadoras de potenciales conflictos de interés con los profesionales de salud, como pasajes e inscripciones a eventos, comidas y bebidas.

En Colombia, el Ministerio de Salud y Protección Social redacta actualmente una resolución cuyo objeto es promover la transparencia a través del registro y publicación de “transferencias de valor” como invitaciones a comer, viajes, alojamiento, inscripciones a eventos, entre otras. Como parte del ejercicio, el Ministerio organizó un evento de socialización el pasado 4 de septiembre donde informó que el proyecto de resolución se complementará con los aportes de actores interesados, como organizaciones de pacientes, gremios del sector farmacéutico, asociaciones médicas y la sociedad civil, quienes tienen el derecho de participar en las decisiones que se tomen en el sector salud según indica el artículo 12 de la Ley estatutaria de salud.

El asunto de los conflictos de interés y el marketing farmacéutico ha sido objeto de análisis, pero tal vez no en la magnitud requerida. Sin embargo, en los últimos años ha recibido mayor atención. Gracias a los datos generados por la implementación de la Sunshine Act en Estados Unidos, se ha constatado que dicho mercadeo tiene los efectos esperados: los médicos prescriben con mayor frecuencia medicamentos de las empresas de las que han recibido dinero y obsequios. Esto ocurre porque en los médicos opera un comportamiento de reciprocidad inconsciente como compensación a los favores u obsequios recibidos, incluso cuando son de menor cuantía como esferos, libretas de apuntes y muestras médicas. El problema de esta reciprocidad es que las decisiones terapéuticas del profesional se subordinan a los intereses de la empresa que da el regalo.

Este sesgo afecta la autonomía profesional, obstaculiza la práctica clínica fundamentada en evidencia científica y se traduce en que los pacientes reciben tratamientos inadecuados que vulneran su derecho a la salud, generando pérdida de la confianza pública en la profesión médica.

Si los pacientes y el público en general comprendieran claramente cuáles son los efectos negativos que produce el marketing en su salud, comenzarían a exigirle a sus médicos tratantes información sobre la relación que ellos mantienen con los fabricantes de los productos que les prescriben. Para enfrentar esta influencia, la iniciativa Médicos Sin Marca Colombia pretende, por medio de actividades pedagógicas, estimular un pensamiento crítico en los profesionales de salud, en los pacientes y en la ciudadanía, de modo que se promuevan conductas responsables como la autorregulación profesional, que incluiría rechazar regalos de la industria; tomar decisiones independientes de los intereses comerciales; acceder a las fuentes de evidencia científica imparciales e independientes de las elaboradas por compañías productoras; promover la educación médica independiente; apoyar la participación ciudadana y el control social sobre las relaciones entre médicos y empresas farmacéuticas que configuren conflictos de interés.

En la medida en que se logre incentivar e implementar la autorregulación de los profesionales de salud, se fortalecerá el derecho a la salud de los pacientes y la confianza pública en la práctica médica.

*Profesores del Instituto de Bioética y miembros de Médicos Sin Marca Colombia.