Migración y salud: el reto nacional en época de coronavirus

Migración y salud: el reto nacional en época de coronavirus

Desde que se conoció la existencia del coronavirus procedente de Wuhan, China, la Organización Mundial de la Salud dio a conocer una serie de recomendaciones para la población viajera alrededor del mundo, como por ejemplo la obligación de solicitar atención médica en caso de presentar síntomas respiratorios agudos antes, durante o después de su tránsito. Sin embargo, con el paulatino crecimiento del número de personas contagiadas de COVID-19, el gobierno colombiano tomó la decisión de cerrar sus pasos fronterizos desde el 17 de marzo de 2020 hasta el próximo 30 de mayo.

Cancillería y Migración Colombia adoptaron medidas como la repatriación de migrantes a sus países de origen y el contacto con ciudadanos colombianos en el exterior. Recientemente, cerca de 600 ciudadanos venezolanos retornaron a su país por el Puente Internacional Simón Bolívar mediante la implementación de un corredor humanitario, previo al paso para el país vecino la Secretaría de Salud de Cúcuta les hizo a los migrantes venezolanos un chequeo médico con el fin de que no arriesgaran su integridad al intentar cruzar por pasos no autorizados.

Pesquisa Javeriana conversó con Andrés Cubillos-Novella, doctor en Estudios Internacionales e Interculturales y máster europeo en Migraciones, Conflictos y Cohesión Social de la Universidad de Deusto (España), sobre la población migrante en Colombia, su condición ante la pandemia y el estado actual del sistema de salud para afrontar la actual crisis sanitaria, a propósito del foro ‘Acceso a los servicios de salud para la población migrante en Colombia: retos y perspectivas’, que se realizó este lunes 20 de abril.

Pesquisa Javeriana: ¿Cuál es la situación actual de los migrantes en Colombia con relación al sistema de salud? 

Andrés Cubillos: Hoy en día tenemos más de un millón 700 mil migrantes en Colombia, de los cuales cerca de un millón está en condición de irregularidad, lo que afecta su acceso a los servicios de salud. Por eso, es importante saber qué está pasando con esta población, específicamente en temas asociados con enfermedades no transmisibles, enfermedades transmisibles y su salud mental.

PJ: A propósito de la salud mental, ¿existen efectos psicológicos, producto del aislamiento preventivo en la población migrante venezolana?

AC: El confinamiento ha afectado la vulnerabilidad de las poblaciones ubicadas en zonas de frontera, ya que muchas se ven en situaciones de hacinamiento, desprotección e inclusive a futuro generando condiciones de precariedad, pánico, violencia y xenofobia -rechazo al extranjero-; además de la generación de aporofobia, que en palabras de Adela Cortina es el rechazo al pobre o al extranjero pobre. Sin ninguna duda el aislamiento preventivo está afectando la salud mental de los migrantes con ansiedad, angustia y depresión, debido a la precariedad en la que muchos de ellos viven.

 

Antes del cierre de la frontera existió una migración pendular que varía entre 34.000 y 40.000 personas pasando entre Colombia y Venezuela en un solo día.

 

PJ: ¿Qué medidas debería tomar el Gobierno para mitigar estos efectos?

AC: Fortalecer las redes familiares de los migrantes para apoyar su reunificación y mantener ese contacto a través de redes virtuales; es decir, apuntarle al ‘transnacionalismo’ que consiste en conservar la relación entre el extranjero y su población de origen.

En este momento, el Ministerio de Salud y Protección Social ha diseñado planes, lineamientos y estrategias. Ejemplo de ello es la creación del Plan de Respuesta Sectorial al Fenómeno Migratorio, el Conpes 3950, que establece estrategias de atención en salud, educación, primera infancia y adolescencia en relación con trabajo, vivienda y seguridad social para población migrante y la apertura de las líneas 123 y 192 para su atención.

PJ: ¿Cómo se podría acompañar a la población migrante en la actual crisis?

AC: Lo primero es entender que ser migrante no significa ser portador de la COVID-19. Segundo, tener en cuenta que nosotros también fuimos un país con población en el exterior, por lo cual la sensibilidad por los migrantes debería estar presente. Lo tercero es saber que muchos de los migrantes venezolanos han apoyado el desarrollo del país en la medida de sus posibilidades. Es necesario tener sensibilidad con quien sea en condición de vulnerabilidad, con los colombianos, con los no colombianos, con todo el mundo.

PJ: ¿Qué significa que un migrante esté en situación de regularidad e irregularidad? 

AC: La regularidad o irregularidad de una persona la define la posibilidad de estancia en un país, la cual puede ser acordada entre países. En el marco de la Unión Europea, las personas se pueden mover entre sus fronteras en condición de regularidad debido a acuerdos binacionales. Pero para el caso de los venezolanos en Colombia la situación es diferente, ya que la mayoría de los ciudadanos que pasan el punto de frontera no tienen pasaporte, el Permiso Especial de Permanencia (PEP) -creado para regularizar a esta población en el territorio nacional- o la Tarjeta de Movilidad Fronteriza (TMF), les permite a circular entre ambos países de manera regular. Hoy en día hay en Colombia más de un millón de migrantes venezolanos irregulares, lo que limita el acceso a servicios sociales.

PJ: En ese sentido, el acceso a los servicios de salud es muy limitado para quienes son migrantes en condición de irregularidad, ¿inclusive en medio de la actual crisis sanitaria?

AC: Si. Aunque la capacidad de respuesta del país es limitada cada vez más por la situación de contingencia social en la que nos encontramos, la priorización de la prestación del servicio de salud en urgencias para cualquier habitante del territorio es un compromiso, un acuerdo internacional que está consignado en Constitución y la Ley 100, indistintamente de dónde venga la persona.

 

La frontera internacional de mayor extensión que tiene Colombia es con Venezuela: son 2.219 kms con un territorio absolutamente permeable.

 

PJ: El creciente número de contagiados por COVID-19 en Latinoamérica ha generado un tipo de éxodo de los migrantes, usando a Colombia como un corredor para regresar a sus zonas de origen. ¿Cómo se debería entender esa situación?

AC: La razón por la cual los migrantes venezolanos que intentaron ingresar al territorio ecuatoriano hace algunos días no pudieron hacerlo es porque Venezuela no forma parte de la Comunidad Andina, lo que genera una barrera para acceder a este país. De esta forma, los acuerdos internacionales evitan la circulación de venezolanos hacia el resto de América Latina, lo que se convierte en una migración embudo acá en Colombia. Solo por dar otro ejemplo, en Chocó y Antioquia existe población migrante asentada en el territorio intentando llegar a países centroamericanos. Además, la actual situación de pandemia ha exacerbado el retorno de los migrantes venezolanos hacia su país, lo cual ha sido evidente en las noticias de los últimos días.

PJ: ¿Cómo está avanzando el Gobierno en materia de retorno de los migrantes a sus lugares de origen?

AC: En el caso de los migrantes venezolanos, se han hecho corredores humanitarios a través de acuerdos binacionales entre Colombia y Venezuela para que regresen a su país, pero también se está trabajando para que la población procedente de Haití, de Belice y de otros países retorne.

PJ: ¿Qué hace que una persona tome de la decisión de migrar?

AC: Esto obedece a que en muchos casos la gente migra hacia contextos mucho más ricos y prósperos y emigra de contextos donde la condición y la calidad de vida no es adecuada para poder continuar con su proyecto de vida.

En el caso de Colombia, las políticas, el conflicto armado y su situación económica hicieron que desde 1960 parte de sus habitantes migraran a países europeos como España y Alemania, y en la región EE. UU. y Venezuela (solo por dar unos ejemplos), buscando una mejor calidad de vida. Con los años, mucha de esta población retornó del exterior. Pero  desde el año 2014 el país empezó a recibir un volumen de migrantes procedentes de Venezuela que como sugiere el Conpes 3950 podrían no solo ser venezolanos, sino también población colombiana retornada.

PJ: Finalmente, ¿qué nos puede decir del foro ‘Acceso a los servicios de salud para la población migrante en Colombia: retos y perspectivas’, ¿que se realizó este 20 de abril?

AC: Lo que hicimos, junto con la Red de migración y Salud, con el apoyo de Lancet Migration e investigadores de universidades nacionales e internacionales, fue mirar el tema de acceso a los servicios de salud por parte de la población migrante en Colombia y otras latitudes, con el fin de establecer, en cierta medida, un análisis a partir de las estrategias que ha tomado el país para la inclusión de esta población en el contexto nacional. Fue una jornada muy provechosa y concurrida e invito a quienes no pudieron estar presentes para que la vean. Ingrese aquí para ver la transmisión.

Mujeres migrantes en Colombia: entre desafíos y dificultades

Mujeres migrantes en Colombia: entre desafíos y dificultades

En los últimos diez años, la entrada de ciudadanos extranjeros al país se ha incrementado, siendo la capital el principal destino. Según datos de Migración Colombia, a diciembre de 2019 habían ingresado 1.032.016 venezolanos, de los cuales el 45% son mujeres. Como lo explica la profesora Camila Esguerra Muelle, del Instituto Pensar, de ese porcentaje la gran mayoría de ellas terminarían realizando labores de cuidado precarizado y no reconocido.

Este tipo de trabajos se conocen como empleos inseguros o de poca calidad que exponen a sus trabajadores a situaciones de riesgo constante. Esto sucede en el ejercicio del cuidado, pues como argumenta la investigadora, el empleo doméstico es uno de los que más riesgos laborales implica pues se enfrentan a circunstancias ergonómicas, físicas, psicosociales, de acoso y explotación laboral.

Bajo este contexto social, Esguerra realizó la investigación ‘Migración y cadenas globales de cuidado’, resumida a través del ‘working paper’ Se nos va el cuidado, se nos va la vida: Migración, destierro, desplazamiento y cuidado en Colombia. “Cuando hablamos de cuidado nos referimos a la reproducción material y simbólica de la vida; es la dependencia en las relaciones con los territorios y la naturaleza que lo rodea”, aclara la entrevistada. Ejemplos visibles de estas acciones son las labores domésticas, familiares, agrarias, de la tercera edad y cuidado personal.

En su estudio, la antropóloga analiza la formación de las cadenas globales de cuidado y explica que cuando son escasas, las mujeres en condiciones de pobreza del mismo país o migrantes rurales se encargan de cubrirlas; ellas a su vez, al emigrar, dejan un vacío en el cuidado de sus propios hogares, el cual es cubierto por otras personas.

Aunque el cuidado no es valorado, este hace parte de la economía del mundo, pues según la ENUT (Encuesta Nacional del Uso del Tiempo), el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) en Colombia se produce a partir de los trabajos de cuidado no remunerado. De este, el 16% es realizado por mujeres en situación de pobreza.

Un ejemplo cotidiano de los retos a los que se enfrentan las niñas en condición de vulnerabilidad es que en algunos casos son entregadas desde pequeñas a familias con alta capacidad adquisitiva, con el fin de que cumplan con labores domésticas y a cambio de una promesa de educación. Según explica Esguerra, las personas que hacen estos intercambios no son conscientes de que realizan trata de personas, muchas veces con menores de edad.

Además, si se tiene en cuenta que existen aproximadamente ocho millones de personas desplazadas en el país, la migración no es exclusivamente venezolana. “Más de la mitad de los desplazados por la violencia y el narcotráfico son mujeres que vienen a las grandes ciudades a cuidar y muchas de las que llamamos venezolanas son en realidad colombianas retornadas, que el conflicto armado de este país sacó hace 20 años”, complementa.

El problema principal de estas mujeres es que carecen de cuidado, el cual se evidencia en enfermedades físicas y psicológicas como depresión, ansiedad, insomnio y dolores físicos. A esto se le suma otro escenario: ellas trabajan en promedio un mes más por cada año que los hombres y son peor remuneradas, según la ENUT. “Eso es lo que configura las profundas desigualdades de género en el mundo. Nadie cuida a las cuidadoras porque esto se ha asumido como un asunto privado, que se naturaliza como una labor propia de las mujeres”, argumenta la investigadora.

Esguerra concluye que se debe aceptar el reconocimiento de las labores de cuidado como un asunto de Estado. “No basta con hacer pactos de redistribución del trabajo en la casa. El Estado debe asumir el cuidado como un derecho y un bien social, entendiendo que todos los seres vivos necesitamos de este, de lo contrario seguirá habiendo un mercado informal y precarizado, que pone en riesgo a las migrantes y seguirá soportado en la explotación de mujeres y personas feminizadas”, puntualiza.

Migración, cuerpo y escena

Migración, cuerpo y escena

La casa está distante. La manija de una maleta viajera es empuñada por la mano temerosa de quien ha tenido que dejarlo todo y cuyos pies yacen firmes en tierras desconocidas, sin amigos y sin familia. Los atardeceres ya no son los mismos, el color de las calles es extraño, las voces que recorren las plazas suenan diferentes y la bandera del país visitado suscita sentimientos encontrados. En un mundo sumido en la polarización y fracturado por injusticias, luchas entre bandos políticos, nacionalismos, desarraigos y desplazamientos, el enjambre migratorio es un común denominador en nuestros días.

Cuerpos que van de su país de origen a uno por explorar, como cuando las aves huyen del invierno boreal y de la falta de alimento, con la plena convicción de regresar en primavera, cuando los tiempos malos hayan pasado. Colombianos y venezolanos han sido testigos de migraciones voluntarias e involuntarias que implican una gama de experiencias corporales, sentimientos y emociones generados por dejar una vida en el lugar donde se creció y en el que se construyeron grandes sueños, para transitar después a lo desconocido, únicamente con vivencias, sensaciones, olores y sabores en la memoria.

Con la intención de explorar desde el cuerpo las impresiones físicas, emocionales y mentales desencadenadas por la crisis de la migración, nace la creación artística Hermana república, obra que surge de un impulso visceral y auténtico encabezado por Catalina del Castillo, profesora de Artes Escénicas de la Pontificia Universidad Javeriana, en colaboración con mujeres artistas de diferentes nacionalidades que han experimentado en formas diversas la migración.

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Se trata de una propuesta escénica basada interdisciplinarmente en técnicas de la danza contemporánea, el clown y la acrobacia circense, que hacen de este espectáculo una coreografía armoniosa entre lo abstracto, lo poético, la metáfora, la música y el movimiento, y que, en esencia, como señala Del Castillo, “no pretende hacer un juicio alrededor de la situación o explicar un fenómeno, sino que a través del arte busca reflejar la vivencia emocional y corporal de lo que ha sido este fenómeno, desde una experiencia íntima y personal, buscando conectarse con la experiencia colectiva”.

En esta obra, el movimiento es el actor principal y el cuerpo es capaz de emular lo vivido. El rostro preocupado, adolorido o alegre, las miradas fijas o conmocionadas, y los músculos que danzan y se mueven con delicadeza dibujan las historias con picardía y humor únicos, sin necesidad de pronunciar palabra. Uno de los logros más importantes de Hermana república es sin duda la capacidad de interpretar con neutralidad, desde la poética, una situación dolorosa. “Lo que hicimos fue jugar con el arquetipo y quitarle peso dramático, quitarle victimización, quitarle dolor”, explica la investigadora.

El instinto del hogar, el apego por lo emocional y lo material, el desprendimiento a la hora de empacar, los obstáculos del viajero, los choques culturales, la soledad, el rechazo y, finalmente, la transformación, el aprendizaje y la riqueza que quedan impresos en el cuerpo, son algunos de los elementos que se van delineando al compás de la música en la obra. “La migración tiene mucho dolor de por medio, pero también tiene unas grandes riquezas de universos que se expanden y de culturas que se enriquecen”, indica Del Castillo.

Hermana república despierta en las creadoras y en el público la sensibilidad de la vida del migrante y apuesta por utilizar el arte como vehículo de sanación para eventos dolorosos: “Nuestra investigación tiene un resultado artístico pero también un resultado terapéutico y humano para las mismas artistas que estamos participando en el proceso”.

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Siempre habrá personas y espacios que lleven al recuerdo del hogar, que despierten el deseo de regresar a las raíces. Y así como las aves retornan cuando el invierno se va y la primavera aparece, posiblemente el migrante que añora su hogar regresará y pisará las mismas calles que un día dejó atrás, pero tendrá olores, sabores y momentos nuevos en su memoria, grabados allí por la experiencia en una nación hermana que, aunque no es la suya, le dio la oportunidad de aprender, conocer, emocionarse, vivir y sanar.

El reto está en responder a la pregunta de cómo convertir una experiencia traumática en una experiencia estética de la manera en la que lo hicieron estas artistas, cómo el arte puede ser un espacio de sanación y de crecimiento humano y espiritual. A partir del aprendizaje en el desarrollo de este proyecto, Catalina del Castillo busca alcanzar el objetivo de empoderar a otras personas a partir de las herramientas metodológicas que las artes escénicas pueden brindar: “Experiencias traumáticas tenemos todos los seres humanos y la migración es una de ellas, pero hay muchas. Por ejemplo, nuestros jóvenes tienen temas que necesitan tratar y cuando uno entra en ese lugar sin las herramientas metodológicas apropiadas, se puede desencadenar una crisis más grande”. Es transformar creativamente las situaciones difíciles en arte para sanar.


Para saber más:

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Hermana república (obra escénica)
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Catalina del Castillo
COINVESTIGADORES: Catherine Busk e Isabel Story
Grupo de Investigación y Creación en Artes Escénicas
Departamento de Artes Escénicas, Facultad de Artes
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2018