“No vemos el mundo como es, sino como somos”. Esta frase, atribuida a la escritora francesa Anaïs Nin, ilustra de una forma muy simple y clara los sesgos a través de los cuales interpretamos al mundo. Es, además, un gran punto de partida para hablar de cómo las emociones influyen profundamente en la forma en la que percibimos y nos relacionamos con los animales; cómo desarrollamos cierta afinidad y cercanía con algunos grupos y total indiferencia hacia otros.
No hay que ir muy lejos para hacer esta reflexión, basta recordar cómo hace unas semanas, el mundo entero estaba enternecido con Punch, el bebé macaco que encontró consuelo en un peluche de orangután al ser rechazado por su mamá. ¿Nos despertaría la misma emoción un cienpies? Y aunque desarrollar estas afinidades per se no es algo malo —¿quién podría reprochar, por ejemplo, que nos guste más el helado de maracuyá que el de ron con pasas?—, cuando hablamos de diversidad y conservación, esto sí puede representar un sesgo y tener una repercusión importante.
Sesgo de conservación
Son diversos los términos que se han venido acuñando para hablar de esta predilección que mostramos los seres humanos hacia ciertos grupos animales: sesgos taxonómicos, sesgos por especies carismáticas, sesgos por afinidad, entre otras. Lejos de ser un tema menor, este fenómeno adquiere especial importancia en el contexto actual, que muchos investigadores han catalogado como la sexta extinción masiva.
Para dimensionar la magnitud de este fenómeno, también denominado chovinismo taxonómico, solo falta revisar algunos datos. La Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que constituye el estándar mundial para evaluar el estado de la conservación de las especies, cubre aproximadamente el 91% de las especies de vertebrados, sin embargo, incluye solamente alrededor del 1,1 % de los insectos descritos y el 21% de las plantas.
Una publicación realizada en el 2025 por Guénard y colaboradores expone de una forma muy clara el carácter sesgado de la financiación mundial destinada a la conservación. Después de analizar alrededor de 14.600 proyectos de conservación desarrollados a lo largo de 25 años, los autores encontraron que el 82,9% de la financiación y el 84% de los proyectos de conservación se dirigieron a los vertebrados.

Sus resultados también mostraron que incluso dentro de los grupos mejor financiados y estudiados, como los mamíferos, existen marcadas desigualdades. Los taxones de gran tamaño corporal, como primates, cetáceos, felinos, elefantes, entre otros, concentran cerca del 86% de la financiación, mientras que grupos con una enorme riqueza de especies como los murciélagos, los roedores o los erizos, reciben una atención menor, a pesar de incluir numerosas especies amenazadas.
Para otros grupos, el panorama es menos alentador. Este es el caso de los invertebrados, que reciben apenas el 6,6% de la financiación destinada a la conservación. Estos resultados reflejan cómo el enfoque hacia las especies carismáticas para obtener financiación y apoyo público ha provocado que un gran número de especies “menos carismáticas”, pero igualmente amenazadas, no reciban la atención ni los recursos adecuados.
Estos datos no solo nos ofrecen un primer vistazo de hacia dónde se están dirigiendo los esfuerzos de conservación, sino que también dejan entrever una realidad aún más alarmante: los conocimientos taxonómicos y ecológicos fundamentales siguen siendo escasos para la mayoría de las especies, muchas de las cuales probablemente ni siquiera han sido descritas científicamente. Entonces, ¿cómo podríamos empezar a incluir a estas especies y hacer de la conservación un ejercicio más equitativo?
La curiosidad
Seguramente, la respuesta que se espera a la pregunta que acabo de formular es un plan estructurado para cambiar el foco de atención y empezar a trabajar en favor de aquellas especies que han quedado relegadas, o la exposición de cómo el trabajo de algunos investigadores ha logrado mover las tendencias en los últimos años. Pero, no. Para mí, la respuesta no está ahí, y mucho menos la solución.
La conservación es una construcción colectiva, una construcción social, y por lo tanto es un proyecto que debemos asumir todos. Por eso, la curiosidad me parece un excelente primer paso: el impulso necesario para empezar a explorar y conocer. Aquí me remito a una frase muy repetida dentro del mundo de la conservación, que precisamente por su sencillez, conserva toda su vigencia: no se conserva lo que no se conoce. Incluso me atrevería a ajustarla un poco, no se ama lo que no se conoce, y no se conserva lo que no se ama.
Y en este punto, las tarántulas son un ejemplo inmejorable de cómo el aspecto físico de un animal no solo nos ha llevado a crear un juicio de valor, sino que nos ha privado de conocer un universo de comportamientos, relaciones ecológicas y diversidad. Un universo que, en muchos casos, podría estar desapareciendo frente a nuestros ojos sin que siquiera lo notemos.
De las tarántulas y otros animales ninguneados
Estos increíbles invertebrados de ocho patas no solo son capaces de despertar una genuina sensación de temor, sino también una profunda fascinación en quienes se detienen a conocerlos. Las tarántulas son sobrevivientes de un linaje ancestral que comenzó su historia hace unos 300 millones de años, mucho antes de que los dinosaurios pisaran la tierra. Desde entonces, su extraordinaria capacidad de adaptación las ha llevado a colonizar todos los continentes, con excepción de la Antártida, demostrando que son mucho más versátiles de lo que a primera vista se podría pensar.
Son animales increíblemente longevos, con hembras que en algunas especies pueden alcanzar hasta 30 años de vida. Este tiempo es extraordinario dentro del mundo de los artrópodos y, en términos humanos, equivaldría a un periodo suficiente para completar el colegio, una carrera universitaria e incluso una maestría.
Esta longevidad no es solo una curiosidad biológica, también tiene implicaciones ecológicas importantes, ya que les permite desempeñar durante años un papel estable dentro de los ecosistemas. Como depredadoras, contribuyen al control de poblaciones de invertebrados y pequeños vertebrados. Asimismo, son consideradas buenos indicadores del estado de conservación de los ecosistemas terrestres, pues sus poblaciones disminuyen notablemente o incluso desaparecen en ambientes alterados.
Su historia evolutiva también es sumamente interesante. Ya hablamos de su increíble capacidad de colonización, que les permitió establecerse en casi todos los continentes. Sin embargo, no es solo eso, este proceso estuvo acompañado del desarrollo de distintas estrategias que favorecieron su supervivencia en distintos ambientes. Por ejemplo, la subfamilia Aviculariinae, que presenta su mayor diversidad en la región Neotropical, incluye especies que son predominantemente arborícolas y se caracterizan por construir refugios de seda en cavidades de árboles, hojas y epífitas, donde permanecen durante el día ocultas y desde donde salen a cazar en las noches. Un comportamiento que contrasta con la imagen tradicional de las tarántulas habitando madrigueras excavadas en el suelo.
La diversidad de estrategias ecológicas y adaptaciones observadas en las tarántulas se refleja también en su notable riqueza de especies. Según el Catálogo Mundial de Arañas, actualmente se reconocen 1.198 especies de tarántulas a nivel mundial. En Colombia, hasta 2023 se habían registrado 45 especies; sin embargo, esta cifra podría estar subestimada debido a la escasez de estudios orientados al conocimiento de la diversidad de este grupo en el país.
De estas especies, únicamente cuatro se encuentran incluidas en el Libro Rojo de los Invertebrados Terrestres de Colombia, lo que evidencia que el conocimiento sobre su estado de conservación aún es limitado y resalta la necesidad de fortalecer las investigaciones dirigidas a comprender su distribución, ecología y amenazas.

A estas alturas, quiero pensar que este recorrido nos ha permitido ver a las tarántulas con otros ojos, que la próxima vez que escuchemos de ellas o tengamos la oportunidad de encontrarnos con una, nos vamos a acercar desde la curiosidad. Pero, de no ser así, me quiero despedir compartiendo dos datos que me encantó conocer de estos animales.
Todos necesitamos un amigo
En la Amazonía se ha documentado cómo una tarántula (Xenesthis immanis) comparte su madriguera con individuos de la rana de hojarasca (Chiasmocleis ventrimaculata), una convivencia que lejos de representar un riesgo para alguna de las dos, parece ser un beneficio mutuo. Mientras la tarántula les ofrece refugio y protección, las ranas se alimentan de hormigas y otros pequeños invertebrados que podrían consumir los huevos de la araña o aprovechar los restos de sus presas. Y no es que las ranas no hagan parte de la dieta de Xenesthis immanis, es que aprendió a reconocerlas como sus “amigas”.

La aguapanela no es solo la que nos tomamos con queso y almojábana
En 2016, investigadores de la Universidad de Antioquia describieron un nuevo género y una nueva especie de tarántula encontrada en el Parque Arví, en Medellín, a la que llamaron Aguapanela arvi. ¡Género y especie endémica para Colombia! Además de ampliar el conocimiento sobre la biodiversidad colombiana, este hallazgo permitió descubrir comportamientos poco comunes, como una postura defensiva diferente a la observada en otras tarántulas del país y la actividad frecuente de las hembras fuera de sus refugios.
Al final, quizá lo más importante es reconocer que aún conocemos muy poco de estos animales y que descubrimientos como estos son reflejo de cuánto nos queda por aprender de ellos, no solo en términos de su diversidad, sino también del papel invaluable que juegan dentro de los ecosistemas.

Al final, las tarántulas son apenas un ejemplo más de todos esos animales que pasan desapercibidos porque, a primera vista, no despiertan simpatía. Y tal vez esa sea la verdadera justicia social para las tarántulas: ser vistas. No porque necesiten que todos las queramos o dejemos de sentir miedo, sino porque merecen la oportunidad de ser vistas más allá de los prejuicios que como especie hemos construido.
Este texto hace parte de Naturaleza Excéntrica, una colaboración entre Pesquisa Javeriana y Fundación Macana en la que contamos historias sobre biodiversidad y las expresiones más excéntricas de la naturaleza. Si quiere conocer el trabajo de Macana, haga clic en la siguiente imagen:

Referencias bibliográficas
Guénard, B., Hughes, A. C., Lainé, C., Cannicci, S., Russell, B. D., & Williams, G. A. (2025). Limited and biased global conservation funding means most threatened species remain unsupported. Proceedings of the National Academy of Sciences, 122(9), e2412479122.
Rozzi, R. (2019). ¡ Chovinismo taxonómico, no más! Antídotos de Hume, darwin y la ética biocultural. Environmental ethics, 41, 73-112.
Ibler, B., Michalik, P., & Fischer, K. (2013). Factors affecting lifespan in bird-eating spiders (Arachnida: Mygalomorphae, Theraphosidae)–A multi-species approach. Zoologischer Anzeiger-A Journal of Comparative Zoology, 253(2), 126-136.
Fukushima, C. S., & Bertani, R. (2017). Taxonomic revision and cladistic analysis of Avicularia Lamarck, 1818 (Araneae, Theraphosidae, Aviculariinae) with description of three new aviculariine genera. ZooKeys, (659), 1.
Amat-Garcia, G., Amat-Garcia, E., Andrade-C, M. G., & Rodriguez-Mahecha, J. V. (Eds.). (2007). Libro rojo de los invertebrados terrestres de Colombia (pp. 204-204). Bogotá (Colombia): Conservación Internacional Colombia.
Manjarres, E. D. B., Turizo, C. E. T., & Rivas, L. B. (2023). Diversidad de tarántulas (Araneae: Theraphosidae) en un gradiente altitudinal de la vertiente noroccidental de la Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia). Revista ibérica de aracnología, (42), 189-196.



