Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Salta el polvo sobre la tierra, el agua se mueve turbulenta sobre un estanque y lo que pareciera ser una estampida se aproxima con fuerza. Son más de cuatro toneladas de carne y huesos galopando, es un animal rígido, de piel gruesa que viaja a 25 kilómetros por hora sobre el noroeste de Colombia. Se trata del hipopótamo Hippopotamus amphibius, uno de los cerca de 70 ejemplares que están sueltos en el Magdalena Medio y por el cual biólogos, comunidades de la región, ambientalistas y entidades gubernamentales están seriamente alarmados.

Este animal es una especie invasora que llegó a Colombia hacia los años 80, cuando Pablo Escobar trajo de África cuatro especímenes —una hembra y tres machos—. Aunque para ese momento su intención era recrear la fauna salvaje del continente africano en su hacienda ubicada en Puerto Triunfo, en el departamento de Antioquia, años más tarde y luego de la expropiación de sus bienes, leones, jirafas y los exóticos hipopótamos terminaron conformando el Parque Temático Hacienda Nápoles, un atractivo turístico que abrió sus puertas al público en 2007 como un recinto para la conservación de especies amenazadas y en peligro de extinción.

Sin embargo, desde 2006, las especulaciones sobre encuentros entre hipopótamos y la comunidad del suroriente de Antioquia, y su posible creciente reproducción, llamó la atención de los biólogos David Echeverri de la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare –Cornare-, encargada de implementar políticas ambientales en la región; Elizabeth Anderson, codirectora del Departamento de la Tierra y el Ambiente, Instituto del Agua y el Ambiente en la Universidad Internacional de La Florida, y Germán Jiménez, docente  del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana.

Según recuerda Jiménez, su primer acercamiento al tema ocurrió en 2015 cuando cruzó palabras con Anderson en un congreso de conservación en Bolivia. Allí descubrió que esta apasionada por la fauna salvaje estudiaba la misma especie que llegó a Colombia a finales de siglo XX desde el valle del Masái Mara, en África, debido a su latente riesgo de extinción. En la conversación, Anderson le comentó a Jiménez que esta no era su única preocupación ya que, producto de sus investigaciones con su colega Amanda Subalusky, encontraron que los hipopótamos eran unas máquinas demoledoras, unos voraces ingenieros de los ecosistemas que consumen más de 70 kilogramos de pasto al día para alimentarse. Aproximadamente, el 5% de su peso.

De este encuentro surgió la inquietud por recoger información sobre la biología, la ecología y las interacciones de los hipopótamos con los colombianos, y crear estrategias de conservación para el tratamiento de esta poderosa especie. Pasados algunos meses, Anderson volvió a comunicarse con Jiménez, esta vez para comunicarle excelentes noticias: National Geographic había decidido financiar su investigación —Introduced Hippos in Colombia: Consequences for Human and Natural Systems— junto con la participación de varios colegas más como Amanda Subalusky y Ana Rojas de la Universidad Internacional de La Florida;  Juan Felipe Reátiga y Laura Nova, egresados de la facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, y Sebastián García, de la Universidad de Antioquia.

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Las dimensiones del problema

Un viaje de 170 kilómetros en línea recta, 1.500 encuestas a comunidades y visitas a 10 localidades fue el resultado que dejó el recorrido de este equipo interdisciplinar entre Doradal, donde se ubica el Parque Temático Hacienda Nápoles, hasta Puerto Berrío en busca de evidencia histórica que diera cuenta de la presencia de los hipopótamos “prófugos”. La región es ambiente ideal para la supervivencia de estos voraces herbívoros por sus pozos, ríos y caños, temperaturas de 24 a 27 grados centígrados y una humedad relativa de más del 90%.

“La gente nos reportó hipopótamos que habían visto desde 2006 hasta 2016, fueron 10 años de registros históricos. Tomamos varios registros en total, de los cuales validamos 26 mediante fotografías, avistamientos, huellas y la relación con ambientes potencialmente propicios para estos animales”, afirma Germán Jiménez, quien también es miembro de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) de la Javeriana.

Una vez procesada la información y validados los registros, el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt contactó a los investigadores con una propuesta inesperada: trabajar mano a mano en el estudio de especies invasoras biológicas a través de la creación de un biomodelo que presentara la distribución del hipopótamo en Colombia; es decir, un sistema que permitiera graficar la ubicación estimada de estos animales para esta cuenca. Esta información también permitiría incluir los datos del visitante africano en la ficha Reporte del Estado y Tendencia de la Biodiversidad (RET 2018).

/ Cortesía.
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Los hallazgos

¡Enormes! De gran magnitud fueron los retos que los investigadores encontraron con el proyecto, ya que evidenciaron que la tendencia de reproducción de los hipopótamos ha ido en ascenso, según datos de Cornare, porque de los cuatro ejemplares iniciales que llegaron a la Hacienda Nápoles en 1980 actualmente hay 28; y de los cerca de 70 hipopótamos que están deambulando por los alrededores de la finca actualmente, se espera que para 2050 lleguen a una cifra de aproximadamente unos 400 animales más.

Así mismo, la vegetación aportó su cuota de vulnerabilidad con graves consecuencias como el daño a ecosistemas que producen estos animales con su fuerte pisoteo, la disminución de pastos respecto a su alto requerimiento alimenticio y la contaminación de afluentes que generan los hipopótamos durante sus periodos de apareamiento dado que expulsan altas cantidades de materia orgánica que luego esparcen con su cola a manera de ventilador, proceso también conocido como eutrofización.

“El desplazamiento de la fauna nativa es una consecuencia debido a que los hipopótamos van a estar ocupando un nicho que antes estaba reservado a las especies nativas, y dado que estos animales presentan mejores adaptaciones, los hace una especie supremamente tolerante y resistente a las condiciones ambientales de la región. Esto va a desplazar a otras poblaciones como el manatí del Magdalena Medio, la nutria, el chigüiro y el caimán”, explica Echeverry, de Cornare.

Con esto en mente y el latente riesgo al que estarían enfrentadas las poblaciones aledañas a Doradal al encontrarse con estos corpulentos y territoriales animales, urge la necesidad de buscar alternativas viables para su control, pues acuerdos internacionales como The Convention on International Trade in Endangered Species of Wild Fauna and Flora —CITES—, así como los riesgos biológicos restringen el regreso de los hipopótamos a su lugar de origen debido a la importancia de conservar su material genético en el territorio en el que nacen; alternativas como la castración química o física son altamente costosas, al alcanzar valores de más de 20 millones de pesos por animal, y poco eficientes pues los hipopótamos continuarían afectando la vegetación, y la posibilidad de hacer control poblacional ha sido un asunto altamente debatido tras el fallo de la Corte Constitucional de prohibir su caza en la sentencia C-283/14.

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Y ahora, ¿qué sigue?

El grupo de investigadores se prepara para recibir en diciembre la primera publicación de los resultados de su investigación en la revista Oryx (Cambridge University Press), artículo que podrá ser consultado con el título Potential Ecological and Socioeconomic Effects of a Novel Mega Herbivore Introduction: the Hippopotamus in Colombia.

Sin embargo, los investigadores buscan abordar una segunda fase del proyecto para determinar cuáles especies estarían siendo afectadas por la presencia de este pesado mamífero y trabajar con inteligencia artificial en la simulación de escenarios futuros de los hipopótamos en terreno colombiano, en caso de que ambientes ideales, similares a los de África en temperatura, humedad y pastos, les sigan facilitando la vida a estos animales.

“Toda esta investigación evidencia la necesidad de levantar una alerta nacional que motive a organizaciones y corporaciones a financiar esta investigación para mirar cómo detener el problema. Nosotros conocemos las herramientas, sabemos cómo potencialmente detener el movimiento de los hipopótamos y su crecimiento, pero necesitamos la información de base: dónde están y cuántos hay”, puntualiza Jiménez.

La verdadera identidad de una orquídea bicentenaria

La verdadera identidad de una orquídea bicentenaria

Bastaron solo cinco miligramos de una orquídea bicentenaria para develar un secreto a voces: reportada como si hubiera sido recolectada por Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland en México hace 200 años, investigadores de diferentes disciplinas descifraron que su verdadera procedencia era los Andes colombianos. Hasta los mismos científicos mexicanos dudaban de ese registro original del botánico alemán Carl Kunth.

Esa pequeña muestra llegó al Instituto de Genética Humana de la Pontificia Universidad Javeriana hace unos años, luego de los trámites realizados personalmente en París por el genetista e historiador Alberto Gómez-Gutiérrez para conseguirla. Pero la iniciativa provino del padre Pedro Ortiz Valdivieso S.J. (QEPD), un orquidiólogo consumado y autor de varios libros sobre estas plantas, quien hacia 2008 se asomó por el Instituto y, según recuenta Gómez, le dijo: “Hay una orquídea que en las obras de Humboldt se reporta como colectada en México, pero eso es imposible; tuvo que haber sido colectada en los territorios hoy colombianos, en la Nueva Granada”.

Gómez, experto en Humboldt —acaba de publicar la colección de cinco volúmenes titulada Humboldtiana neogranadina—, era el indicado para visitar la colección de estos dos viajeros científicos de comienzos del siglo XIX que reposa en el herbario histórico del Museo de Historia Natural de París. Luego de explicar que tenía fines de investigación científica, los franceses aceptaron sacar del pequeño sobre del registro de la Oncidium ornithorhynchum unos fragmentos de la orquídea original, material seco y casi polvoriento, que prometieron enviar a Bogotá a la mayor brevedad, de acuerdo con un estricto protocolo.

Cuando llegó a sus manos, envuelta en sobre tras sobre, Gómez la puso en un tubo de ensayo con tal cuidado, como si fuera “un pedazo de kriptonita de otro planeta”, se ríe. La había esperado como se esperan las cartas de amor. Tenía en su laboratorio un ejemplar que había tenido Humboldt en sus manos.

Esa mínima fracción de material seco produjo el milagro de la ciencia moderna cuando sus estudiantes, las biólogas Teresa Rodríguez y Natalia Contreras, extrajeron, bajo su dirección y en experimentos sucesivos, el ADN de una muestra ¡de hace 200 años! El resultado, que tiene forma de algodón, se obtuvo con una técnica científica de laboratorio que se conoce como Reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés), con la que se amplificaron aquellas regiones específicas que definen parentescos, y que eran de interés.

“Una vez se ha amplificado el ADN ya se pueden hacer comparaciones”, explicó Gómez. La comparación debía hacerse con material genético de un ejemplar vivo y fresco, a través de la secuencia de sus componentes –adenina, guanina, citosina y timina–. “Es como un collar de perlas de diferentes colores”, continúa; y para poder concluir que se trata de la misma planta, los dos collares deben ser idénticos: “Así se revela la identidad de dos especímenes, y se confirma que hacen parte de la misma familia, género o especie”.

¿Y dónde encontrar ese ejemplar vivo y fresco? Por aquellas cosas de la vida, luego de un par de infructuosas salidas de campo, encontraron la orquídea florecida a la entrada de un conjunto residencial de las colinas de Suba. “Fue algo mágico”, dice Gómez. Le tomó fotos, la colectó con Natalia Contreras y la compartió con el botánico Santiago Madriñán de la Universidad de los Andes. Al hacer el mismo proceso, encontraron “una identidad absoluta con la orquídea conservada en París, una cosa bellísima”.

Crédito
Ilustración de la especie Oncidium ornithorhynchum. /Editorial Javeriana


Los milagros de la genética

Desde su creación en 1980, el Instituto de Genética Humana, como su nombre lo indica, se ha dedicado a estudios principalmente de seres humanos contemporáneos, pero también sus científicos han trabajado con huesos y dientes precolombinos y momias de hasta 8.000 años de antigüedad. Han incursionado en animales y plantas actuales, y lo más antiguo que habían logrado en secuencias genéticas vegetales comparables de hoy en día era con especímenes recolectados hace 60 años.

Aunque no es fácil extraer ADN de un espécimen antiguo, Gómez explica que puede conservarse casi indefinidamente porque está protegido dentro de un caparazón, similar a la cáscara de un huevo. “Pero en tejidos tan frágiles como las plantas no era tan fácil aplicar el mismo protocolo que usamos en dientes y huesos”, explica. Además, porque después de 200 años difícilmente se conserva íntegro. “Se encuentran solo fragmentos, que afortunadamente coincidían con esas zonas que se utilizan para determinar el parentesco”.


Otras razones

La genética lo confirmó, pero las sospechas del Padre Ortiz aludían a otras razones, como los 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar donde crecen actualmente, las flores de color amarillo salpicadas de algunos puntos cafés y los meses del año en los que florece. También los estudios de Gómez sobre Humboldt, a quien ha seguido paso a paso en todas sus travesías por territorio de la Nueva Granada.

Entonces, ¿cómo resolver en dónde colectó el viajero alemán este especimen? “Hay que ir a lo que se llama el Journal Botanique, el diario botánico de Bonpland, quien era el que registraba cada colecta. El problema es que en esa época las orquídeas no tenían los nombres que tienen actualmente; ellos las llamaban generalmente epidendrum, que significa flor sobre árbol”. Tuvieron que ir descartando una a una: solo las amarillas; de ellas, solo las de esta altitud; y de ellas, las que florecen en determinados meses.

Humboldt pasó por Bogotá hacia el sur de la actual Colombia entre julio de 1801 y enero de 1802. “Ese es el marco del trayecto en donde tuvo que colectar la orquídea, y la época en la que florece”. El problema es que por México también pasaron por los mismos meses de 1803, pero la altura no coincide. “Aunque persistía la duda, nosotros pudimos resolver con la comparación propiamente genética”.

El trabajo salió publicado hace un mes en la revista científica TAXON de la Asociación Internacional para la Taxonomía de las Plantas, y para sus autores es la respuesta a una pregunta científica que corrige un error de asignación y de origen de una especie antigua a nivel internacional.

La investigación permitió formar estudiantes de pre y postgrado, aportó al conocimiento desde la botánica y desde la historia, “pero lo más práctico y novedoso es que con este artículo estamos publicando un método probado y validado para estudiar todas las plantas secas y antiguas de todos los herbarios, en todo el mundo”, concluye Gómez. Algo que Madriñán llama botánica forense.

Espécimen de Oncidium ornithorhynchum colectada por Humboldt y Bonpland entre septiembre de 1801 y enero 1802. /Cortesía
Espécimen de Oncidium ornithorhynchum colectada por Humboldt y Bonpland entre septiembre de 1801 y enero 1802. /Cortesía
Un instituto para el agua

Un instituto para el agua

Conocer las consecuencias ecosistémicas de construir obras como Hidroituango, entender las dinámicas del agua en el rio Magdalena, analizar las implicaciones ambientales del fracturamiento hidráulico, o fracking, y aportar a la discusión sobre la implementación de macroproyectos como el canal de Dique en la región de la Mojana, al norte de Colombia, y la ampliación de la vía Santa Marta – Barranquilla, son algunos casos en los que, de ahora en adelante, el Instituto Javeriano del Agua (IJA) participará con sus aportes, conceptos y visiones tras su lanzamiento, el 30 de julio, en la Pontificia Universidad Javeriana.

De acuerdo con Nelson Obregón Neira, doctor en ciencias hidrológicas y su actual director, estos son algunos ejemplos que conforman los nuevos retos que asumirá el centro de pensamiento, pues, además de pensarse como un ente integrador, interdisciplinar y multisectorial, el IJA tiene el compromiso de generar, aplicar y transferir un conocimiento científico capaz de aportar al manejo racional de los recursos naturales, contribuir a los procesos de transformación social y de construcción de paz, y favorecer la solución de problemas en la gestión integral del agua en el país.

“La lucha por el agua y el problema de escasez no solo son asuntos de grandes ciudades como Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, sino también son problemas que hacen parte de la realidad colombiana”, reconoció Alexis Carabalí Angonla, profesor de la Universidad de La Guajira durante el lanzamiento del IJA, quien además puso de ejemplo a su departamento porque “en Rioacha, la mayoría de los pobladores, reciben el líquido una vez por semana, mientras que en ciudades como Maicao, Uribia y Maure, el suministro de agua no llega pues depende de los carrotanques que dan el servicio en una mezcla de inoperancia y corrupción por parte de los entes locales”.

El IJA trabajará en cuatro líneas base de investigación: gestión del recurso hídrico y sistemas socioecológicos; seguridad hídrica; el recurso hídrico, ecosistemas y biodiversidad, y el aprovechamiento, conservación e infraestructura sostenible del agua. Estas temáticas se articularán con experiencias provechosas de países referentes como Israel, el cual, a pesar de sostener una relación de supervivencia con el ambiente por cada gota de agua y rayo de sol que recibe, cuenta actualmente con un sistema de riego por goteo que permite cultivar en condiciones de sequía, así como asegurar el récord mundial de reciclaje de aguas residuales y la planta de desalinización más avanzada del mundo en Askelon, tal como lo resaltó Marco Sermoneta, embajador israelí en Colombia.

Nelson Obregón, director del Instituto Javeriano del Agua, durante el evento de lanzamiento. / Tatiana Avellaneada - FEAR
Nelson Obregón, director del Instituto Javeriano del Agua, durante el evento de lanzamiento. / Tatiana Avellaneda – FEAR

Para Obregón, el IJA se centrará en generar valor agregado en torno al recurso hídrico por medio de dos estrategias: “Con proyectos especializados que requieren la participación de varias disciplinas en las regiones, o con grandes proyectos en áreas hidrográficas como en el Amazonas”.

De momento, la investigación Oportunidades para el abordaje de escenarios complejos de desaparición es su primicia, y con ella el Instituto aportará conocimientos en mecánica de fluidos y una articulación de trabajo interdisciplinario con el apoyo de las ciencias forenses para identificar posibles sitios donde estarían los cuerpos de víctimas de desaparición forzada por el conflicto armado colombiano, mientras que simultáneamente se prepara para responder al papel que debe asumir el agua en los 17 objetivos de desarrollo sostenible propuestos por la Organización de las Naciones Unidas, en pro del desarrollo y bienestar de las comunidades.

*Reviva en este video el evento de lanzamiento del IJA.

 

Para leer más:

Palma de aceite y sostenibilidad: enemigos mediáticos

Palma de aceite y sostenibilidad: enemigos mediáticos

Noviembre 17 de 2018. Seis hombres y mujeres de igual número de nacionalidades persiguieron y abordaron el barco Stolt Tenacity, que navegaba por el golfo de Cádiz, al suroeste de la península Ibérica. No se trató de una conquista pirata ni de una persecución policial. “Save our rainforest” y “Drop dirty palm oil”, decían las dos pancartas que desplegaron los intrusos. El navío transportaba un cargamento de aceite de palma con rumbo a Países Bajos, y quienes protestaban eran ambientalistas de la organización no gubernamental Greenpeace.

El del barco no es un caso aislado. El año pasado, en Francia, agricultores bloquearon 13 refinerías para impedir la importación masiva de aceite de palma. Problemáticas relacionadas con deforestación, explotación laboral, amenaza a la biodiversidad, despojo de tierras y contaminación del agua han incentivado protestas similares en Indonesia, Malasia, Italia y otros países.

Para investigadores del tema como Andrés Etter Rothlisberger, doctor en Ecología de la Universidad de Queensland y actualmente profesor en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, en general las protestas se dan porque hay vacíos de información. Por eso, parte de su trabajo durante los últimos años ha buscado guiar investigaciones que aclaren las dudas generadas por el cultivo de la palma de aceite.

“Mi interés por el tema se inició con la promoción de la política de biocombustibles”, dice la investigadora Carmenza Castiblanco, experta en economía del ambiente. “A partir de allí quise centrar mi trabajo en el biodiésel como alternativa energética sustentable”.

Aunque en muchas ocasiones el debate se centra en el aceite de palma como fórmula para producir biocombustibles luego de su proceso de cultivo, extracción y refinamiento, son múltiples los usos que se le pueden dar a este producto: en el sector cosmético y en el de artículos comestibles, como helados, salsas, confitería, galletas, margarinas, mantequilla de maní y otros.


La palma de aceite: el caso colombiano

El trabajo de Castiblanco, dirigido por el profesor Etter, comenzó analizando el impacto de los cultivos de palma sobre los ecosistemas del país, luego continuó con un estudio comparativo entre los indicadores sociales de los municipios que cultivan palma frente a los que no lo hacen, y finalizó con un examen de los incentivos económicos destinados a la producción palmera.

Algunos de esos resultados contrastan con la información que ha desatado la polémica mundial. Aunque la deforestación de bosques tropicales en Indonesia y Malasia es incuestionable (se arrasan decenas de miles de hectáreas anualmente), en Colombia la situación es distinta, pues el 51% de las nuevas plantaciones entre 2002 y 2008 no se realizaron en bosques sino en terrenos destinados a ganadería, sin los impactos ambientales que genera la tala de los bosques tropicales. Además, según las proyecciones realizadas por Castiblanco y colaboradores, para el año 2020, “por motivo de cultivos de palma, el porcentaje del área deforestada del país se ubicaría entre el 1% o 2%”.

Por otro lado, aunque las proyecciones indican que, para 2020, 6.750 hectáreas de cultivos de arroz y 22.000 de banano en la zona norte de Colombia serán reemplazadas por palma de aceite, el porcentaje de producción de la palma sigue siendo bajo: de 40 millones de hectáreas cultivables que hay en el país, en 2018 se destinaron 516.961 a la palma de aceite, es decir, el 1,3%.

La palma se cultiva en 116 municipios de 21 departamentos. Uno de los desafíos de su implementación es lograr mejores condiciones de vida en sus zonas de influencia, porque, de acuerdo con una de las investigaciones de Castiblanco y Etter, los municipios con palma aceitera tienen en algunos casos indicadores de necesidades básicas insatisfechas más altos, a pesar de registrar mayor recaudo económico. Así, un mejor ingreso para los cultivadores de palma no garantiza un aumento en la distribución igualitaria de los ingresos regionales y no contribuye necesariamente a la reducción de la pobreza rural.

Los investigadores intuyen que en muchos casos esto ocurre por la alta concentración de tierra: hay solo unos pocos dueños y por tanto no se reparten las ganancias de manera equitativa. Además, la violencia rural desencadenó desplazamiento forzado durante varias décadas y llegó a generar indicadores de pobreza que alcanzaron el 42% en nueve departamentos de la Costa Norte de Colombia donde se cultiva la palma.

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Cooperación internacional para desmitificar la palma de aceite

Desde 2015, Andrés Etter y Daniel Castillo, quien también es profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, trabajan en el proyecto Oil Palm Adaptative Landscapes (OPAL), financiado por la Swiss National Science Foundation y liderado por la Universidad Politécnica Federal de Zurich (ETH), en Suiza, que se desarrolla en Indonesia, Camerún, Suiza y Colombia ―líder productor en Latinoamérica―, con el fin de entender los diferentes matices de la producción de aceite de palma. En total, participan 14 organizaciones, de las cuales tres son colombianas: la Javeriana, la consultora NES Naturaleza y el World Wildlife Fund-Colombia (WWF-Colombia).

Uno de los tópicos a los que le apunta el proyecto es el uso del agua, pues los cultivos de palma son señalados de generar elevados costos hídricos para su producción. En ese sentido, Gabrielle Manoli, de la ETH, estudió el uso del agua comparando su rendimiento en cultivos de palma de aceite, coco, soya y otros que eventualmente se relacionan con opciones menos costosas ambientalmente que la palma africana. Manoli encontró que, si bien es cierto que la palma de aceite es la que más agua consume por unidad de área, es la que mayor productividad tiene por hectárea respecto a cualquier otro cultivo, y en términos de producción de aceite es la más eficiente.

Otros aspectos, como el impacto en la biodiversidad, también fueron abordados por Etter, Natalia Ocampo, John García-Ulloa y Jaboury Ghazoul, de la ETH, y sobresale que la mayoría de las especies de vertebrados que están amenazadas en Colombia no se encontrarían vulneradas por los cultivos de palma, pues habitan por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar y la palma no puede cultivarse en esa altura.

Un elemento ambientalmente sensible es el relacionado con las emisiones de carbono por el uso de la tierra. Con el fin de entender el caso colombiano, Juan Carlos Quezada y colaboradores del proyecto OPAL desarrollaron un estudio detallado de la dinámica del carbono en los suelos y la biomasa de cultivos de palma en áreas ganaderas de los llanos en Colombia, y concluyeron que, en términos de emisiones de carbono, el resultado fue neutro, a diferencia de lo que ocurre con el caso asiático, donde la palma está mal calificada por su huella de carbono, producida por la deforestación.


La realidad de los palmeros

La directora del Instituto Humboldt, Brigitte Baptiste, reconoce que “la palma colombiana es distinta a la del resto del mundo, es más benévola”, y plantea retos para el sector, como el uso del agua y los temas de justicia social ambiental asociados a ella, así como la palma ilegal. “A los palmeros les cuesta reconocer las cosas negativas, por temas de prestigio. Mi consejo es: acepten públicamente cuáles son los retos de la palmicultura en Colombia y afróntenlos; una autocrítica siempre es bienvenida”.


Juegos de rol para entendernos mejor

¿Qué piensan los cultivadores, ambientalistas y dueños de tierras sobre la palma y su relación con la biodiversidad y el impacto ambiental? La postura de cada uno termina en discusión, y a veces esas visiones no encuentran un escenario ideal para crear soluciones. Es allí donde Daniel Castillo, investigador de la Javeriana, hace el aporte de su experiencia con los companion modeling (ComMod), su tema de doctorado en la Universidad Paris-Ouest Nanterre La Défense.

“Es una metodología de investigación social. La idea es construir representaciones de los problemas entre todos los actores, para ver de qué está hablando cada uno y evidenciar cómo entienden la situación”, explica Castillo.

Estos juegos, que se han realizado en Camerún, también han tenido lugar en los Llanos Orientales, en Colombia. “Los resultados han sido interesantes. Los productores, al tener el rol de extractoras, entienden las dificultades que ellas pueden atravesar en la compra o recibo del fruto; y la extractora, al tener el rol de productor, entiende las dificultades del campo. Igual sucede con los miembros de Gobierno u ONG que entran al juego”, describe Alejandra Rueda, miembro de la consultora NES, otra de las organizaciones que desarrolla el proyecto OPAL, y quien ha estado al frente de la implementación de los juegos en esta región.

El ecólogo Andrés Etter, en salida de campo, explica uno de los juegos diseñados para trabajar con las comunidades.
En una salida de campo, el ecólogo Andrés Etter (en cuclillas) explica uno de los juegos diseñados para trabajar con las comunidades.

OPAL se desarrolla con la mirada cercana del organismo conservacionista WWF. En un escenario donde los aceites vegetales ocupan el segundo lugar en importancia (detrás de los cereales), y la producción de aceite de palma crece a un promedio anual de 7,8%, representando el 33% del mercado (según datos de WWF), las dos organizaciones trabajan en “aterrizar lo que la ciencia y la academia producen para llevar ese conocimiento al fortalecimiento de los procesos de toma de decisión. Creemos que parte de nuestro rol es poder utilizar estos productos para robustecer el diálogo con actores de la palma”, explica Camila Cammaert, representante de WWF-Colombia en el proyecto.

El trabajo de OPAL continuará hasta 2020. La idea es responder a los desafíos y problemáticas que siguen poniendo en tela de juicio la producción del aceite de palma. “No es en pro de la palma”, concluye Etter, “es para entender mejor la problemática con base en evidencias de información de campo, incluyendo la visión de todos los actores. Así alimentamos la discusión para construir una situación más sostenible para la palma. ¿Cómo podemos adaptar ese recurso para generar la mejor solución desde el punto de vista socioecológico, que tome en cuenta el contexto de cada caso en el que se implementa? Ese es el reto”.

 

Para leer más:

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Oil Palm Adaptative Landscapes (OPAL)
INVESTIGADORES PRINCIPALES EN LA PUJ: Andrés Etter Rothlisberger, Daniel Castillo
COINVESTIGADORES: Nataly García, Pedro Chapeta, Valentina Fonseca
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015- actualmente

Alternativas sostenibles al uso de glifosato

Alternativas sostenibles al uso de glifosato

Desde hace más de 20 años, con la creación del Plan Colombia y el Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS), el país asumió la responsabilidad de erradicar las hectáreas de hoja de coca e instaurar un plan de gobierno sólido frente al narcotráfico; sin embargo, esta tarea ha implicado retos serios en materia política, económica, ambiental y la más controvertida: salud pública.

Fue en este sentido que la Corte Constitucional aclaró ayer los alcances de la sentencia T236 de 2017, con la cual se había supeditado la erradicación de cultivos de hoja de coca por medio de aspersiones aéreas con el herbicida glifosato a la realización de un estudio que garantizara la ausencia de daño alguno para la salud y el medio ambiente; sin embargo, en una decisión de ocho votos a favor y ninguno en contra, el alto tribunal precisó que no se necesita la certeza absoluta sobre la ausencia de daño.

De hecho, la magistrada Gloria Ortiz, presidenta de la Corte, afirmó que la decisión de fumigar o no con glifosato siempre ha sido competencia única del Consejo Nacional de Estupefacientes. Acto seguido, Margarita Cabello Blanco, ministra de Justicia, anunció que enviará al Consejo un nuevo protocolo para reiniciar las aspersiones.

Cabe recordar que en marzo 2015 la Organización Mundial de la Salud (OMS) indicó que productos como el diazinón, malatión y glifosato debían ser clasificados como “probablemente cancerígenos para los seres humanos”, uno de los motivos que llevó al Consejo Nacional de Estupefacientes a suspender las fumigaciones con glifosato para seguir el principio de precaución sugerido por la OMS.

Pero dos años más tarde el personero municipal de Nóvita, Chocó, reclamó en nombre de su comunidad una indeminización por las afectaciones causadas con el Programa de Erradicación de Cultivos Ilícitos con Glifosato del Gobierno, motivo por el cual la Corte Constitucional revivío el debate en torno a la prohibición de aspersión aérea con glifosato por medio de la sentencia T-236 de 2017.

Pero a esta disputa le aguarda un nuevo capítulo, pues el próximo 20 de julio los senadores Guillermo García Realpe (Partido Liberal) y Antonio Sanguino (Alianza Verde) han anunciado un proyecto de ley para prohibir el uso de glifosato en el país, en el marco del inicio del segundo periodo ordinario de sesiones legislativas.

Para entender el trasfondo que puede tener la reanudación de aspersiones aéreas con glifosato y su impacto a nivel ambiental, social, económico y de salud pública, Pesquisa Javeriana conversó con el ingeniero Gabriel Tobón Quintero, magíster en Planificación y Administración del Desarrollo Regional, docente de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, e investigador en políticas públicas y agrarias. El diálogo giró en torno a las alternativas productivas que existen para las comunidades ancladas al conflicto derivado del narcotráfico.


Pesquisa Javeriana: ¿Cuál es el impacto de las fumigaciones aéreas con glifosato?

Gabriel Tobón: Uno podría señalar —y hay suficientes estudios que así lo comprueban— los efectos ambientales sin desconocer los efectos en la salud pública, afectaciones en el sistema respiratorio, la piel o cambios en las mujeres gestantes evidenciados después del parto.

Sin embargo, en cuanto al medio ambiente, puedo decir que la aspersión de glifosato incide principalmente en las especies boscosas, en el follaje de todas las plantas, las aguas subterráneas y los suelos, pues este herbicida tiene un alto poder de residualidad, lo que sugiere que llega a durar en el suelo entre 20 y 30 años, exactamente en la primera capa de la tierra, que es en la que se deposita la materia orgánica (que contiene elementos como el nitrógeno, fósforo y potasio) y se encarga de la fertilidad.


PJ: ¿Tiene en mente algún ejemplo que ilustre los efectos del glifosato?

GT: Desde hace más de 15 años el grupo de investigación en toxicología acuática de la Universidad Nacional ha venido haciendo estudios sobre la toxicidad del glifosato en algunas especies de peces de agua dulce, y ha encontrado que es un herbicida letal para tres especies particularmente: el yamú, bocachico y la cachama blanca porque afecta completamente su sistema nervioso, respiratorio y sus tejidos bronquiales.


PJ: ¿Qué hace que el glifosato sea tóxico?

GT: La agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA), lo clasifica con  el II grado de toxicidad, de IV, siendo  el grado I el mayor toxicidad. Ese grado de toxicidad aumenta el grado de concentración con el que se prepara el herbicida; además, por la adicción de otro agroquímico conocido como Cosmo-Flux 411f es mayor la adhesión del glifosato al follaje de las hojas y de todas las plantas que son aspersadas. Así, se duplica y triplica el poder tóxico del herbicida.

Adicionalmente, el glifosato es de amplio espectro, lo que quiere decir que puede afectar cualquier tipo de planta que toque o sobre la cual caiga, por eso su efecto no se manifiesta únicamente sobre la coca, sino también sobre las especies vegetales que están a su alrededor. Por ejemplo, en aquellas parcelas campesinas que tienen cultivos de coca, también resultan afectados los cultivos de plátano, yuca, maíz, los estanques para criar peces, etc.


PJ: ¿Qué alternativas adicionales al glifosato hay para la erradicación de los cultivos de coca?

GT: Existen estrategias incluso más nocivas que el uso de glifosato, como el uso de químicos u hongos, como el Fusarium oxysporum, muy conocido porque produce en las platanciones de banano la enfermedad llamada “mal de Panamá”,  el cual estuvieron intentando aplicar en Colombia. Pero el problema real y al que ha llegado todo aquel que ha estudiado este tema, es que el glifosato no acaba los cultivos de coca, lo que hace es que se produce el efecto balón o efecto mercurio, que consiste en el desplazamiento del cultivo de región en región. Por ejemplo, en 1999 el departamento de Nariño tenía 3.900 hectáreas en cultivos de coca, 15.951 en el 2010  y en el año 2017 alcanzó a tener 45.735 hectáreas de Coca. La dinámica del departamento de Putumayo es parecida, en 1999 Putumayo tenía 58.000 hectáreas, en el 2010 descendió ostensiblemente a 4.785 y de manera alarmante en 2017 subió a 29.589  (datos de UNODC, 2018).

Entonces el fenómeno que opera es la financiación del cultivo en nuevas regiones motivando a que los cultivadores y cosecheros o “raspachines” migren a pesar de la intensificación de las operaciones con glifosato. El cultivo no se termina, sino que se desplaza.


PJ: En ese sentido, ¿qué alternativa o propuesta resulta pertinente?

GT: Una que ha sido poco conocida y poco valorada es la solución integral, en la que se resuelven las necesidades elementales de las personas y se mejoran sustancialmente sus contextos económicos, ambientales y culturales. Es decir, el campesino es un gran aliado de la conservación, pero un campesino sin dinero se vale de los recursos naturales que tiene a su alcance para sobrevivir.

En un alto porcentaje, los campesinos que se vinculan a sembrar coca lo hacen por necesidad económica, porque no encuentran otro tipo de alternativas y porque usualmente esos territorios son completamente desintegrados a los circuitos económicos del país. Entonces, se debe pensar en una ‘solución integral’ que apoye la formación, capacitación y manejo de alternativas, como el manejo sostenible del bosque con cultivos silvopastoriles.

Gabriel Tobón Quintero, investigador javeriano. /Diederik Ruka
Gabriel Tobón Quintero, investigador javeriano. /Diederik Ruka

PJ: ¿Algún ejemplo que ilustre la alternativa?

GT: Sí. En el municipio de La Plata, en el Huila, evalué la sustitución de cultivos de amapola por frijol tecnificado. Estaba a más de 2.500 metros en la Cordillera oriental y la gente, como tenía experiencia en el frijol nativo, en el frijol criollo, salió de la crisis que les produjo la fumigación. El programa fue financiado por USAID pero, claro, su rentabilidad también dependía del trabajo local, por eso la comunidad conformó una cooperativa liderada por un asistente técnico que gestionó ante entidades bancarias créditos para cultivar una hectárea de frijol y, una vez alcanzada la rentabilidad, podían ampliarse hasta dos hectáreas más. Lo bueno era que la entidad financiera no les exigía como prenda de garantía la propiedad sobre la tierra.


PJ: ¿Cuál es el rol que asume el Estado en ese sentido? ¿Le brinda alternativas a los campesinos?

GT: Desde los años 90 se está intentando aplicar en el país una política de sustitución de cultivos de hoja de coca, pero hay un alto porcentaje de proyectos que fracasan porque quienes los llevan a las comunidades no analizan el contexto local, ni las condiciones de mercadeo que requiere el cultivo sustituto; en otras ocasiones sucumben por la falta de continuidad y apoyo del Estado o, finalmente, porque la gente no tiene experiencia y conocimiento sobre los nuevos cultivos.

Sin embargo, yo he evaluado algunos programas de sustitución de cultivos cuyos resultados han sido positivos. Por ejemplo, en Rio Blanco, Tolima, evalué uno de sustitución de amapola por café, y claro, el café tiene grandes ventajas en el comercio porque lo compran así sea mojado, entonces el campesino genera ingresos que le permiten sobrevivir.


PJ: ¿Cuál es la responsabilidad de la academia frente al uso del glifosato?

GT: Yo creo que tiene dos responsabilidades: una es en la producción de conocimiento, que se adquiere a través de la investigación en este tema, y en segundo lugar tiene el reto de lograr que ese conocimiento incida en la orientación de las políticas públicas, en este caso en la de lucha contra las drogas.

En mi caso, desarrollé un curso para el pregrado que actualmente se llama ‘Cultivos ilícitos, la ilusión del desarrollo’; cada semestre lo llenamos con 35 estudiantes y el objetivo es mostrarles una interpretación muy distinta a la que tienen por la televisión, la radio o la prensa escrita. Por ejemplo, la historia de la hoja de coca, el uso que los sumerios le daban a la amapola o cómo culturas indígenas latinoamericanas, como los Aimara en Bolivia, la empleaban con fines medicinales y culturales.


PJ: ¿Cómo percibe la respuesta de la opinión pública ante esta situación?

GT: Yo creo que está dividida, especialmente porque lo que se difunde es la noción que tiene el Gobierno de la presencia de los cultivos de coca. Yo no creo que sea muy poco pero tampoco tanto como ellos dicen; por ejemplo, dicen que estamos inundados de coca pero yo les hago estas cuentas a mis estudiantes: el país tiene 55 millones de hectáreas, de las cuales 40 millones se usan en ganadería, 7 de 15 millones posibles en producción de alimentos y sólo 209.000 en hoja de coca, entonces el tema se sobredimensiona con fines políticos.


PJ: ¿Cuál es su percepción de este panorama?

GT: Se ha demostrado desde hace más de 25 años que el glifosato no ha resuelto este problema porque la política que se implementa no ataca las causas de manera integral; es decir, el Gobierno suele desestimar la solución social y cultural que está oculta detrás del cultivo de coca y que radica en que el campesino tiene otras lógicas y otras creencias; no tiene la mentalidad y las ambiciones del narcotraficante, pues su preocupación se centra en resolver los problemas de subsistencia que está enfrentando y en realizar en las condiciones más adversas, su proyecto de vida, que en las zonas cocaleras es altamente precario.

Bioeconomía, una apuesta al futuro inmediato de América Latina

Bioeconomía, una apuesta al futuro inmediato de América Latina

Puede sonar algo extraño, incluso un concepto altamente innovador, pero la bioeconomía está mucho más presente en nuestras vidas de lo que imaginamos: desde el mismo momento en que tanqueamos un carro en una estación de gasolina, cuando escogemos los mejores cortes en la carnicería o cuando tomamos vitaminas provenientes de fuentes vegetales o animales.

Aunque no es una novedad, sus alcances han sido vastamente documentados por la academia pero se han quedado cortos en la aplicación por parte de los gobiernos. Prueba de ello es el foco temático en Biotecnología, Bioeconomía y Medio Ambiente que congrega a nueve expertos dentro de la Misión Internacional de Sabios, el cuerpo consultivo convocado por el gobierno colombiano para recabar ideas sobre la política pública que debe implementarse en ocho áreas sensibles de la economía en el futuro inmediato; uno de esos sabios en la materia es la investigadora javeriana Elizabeth Hodson, quien, a propósito, acaba de obtener la cátedra en Bioeconomía del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

Sin embargo, las constantes alertas de organismos internacionales, como la ONU, sobre el veloz deterioro del medio ambiente en el mundo han vuelto a resaltar la importancia de buscar nuevos modelos sostenibles, en los cuales la bioeconomía comienza a tomar protagonismo.

Prueba de ello es la publicación de La bioeconomía: Nuevo marco para el crecimiento sostenible en América Latina, el libro que próximamente lanzará la Editorial Javeriana en el que se recogen las experiencias de los diversos programas sobre la materia adoptados en los últimos años con el apoyo de la Comisión Europea, el IICA y el Centro de Cooperación Internacional en investigación Agronómica para el Desarrollo (CIRAD).

Para entender los conceptos básicos y los alcances de esta ciencia, Pesquisa Javeriana conversó con el académico argentino Eduardo Trigo, doctor en Economía Agraria, consultor internacional y uno de los editores académicos de esta publicación. En su concepto, aunque en la América Latina se han impulsado múltiples experiencias, aún queda mucho camino por recorrer, en especial en el campo de políticas públicas de fondo que impulsen y transformen las actuales economías de la región.


Pesquisa Javeriana: ¿Qué es la bioeconomía y qué se busca con ella?

Eduardo Trigo: En su esencia, se trata de un concepto muy antiguo: es el uso de los recursos biológicos para la producción de bienes y servicios en distintos sectores de la economía, pero cobra particular importancia en los últimos 50 años en los que ha crecido la preocupación a nivel global por los límites al crecimiento, sobre cómo se acerca peligrosamente a ciertos límites del mundo natural. Por otra parte, la bioeconomía cobra fuerza gracias a que en las últimas décadas hemos tenido avances tecnológicos que nos permiten pensar en caminos y productos que eran totalmente impensados hasta hace muy poco, particularmente a partir del descubrimiento de la doble hélice y de la genética moderna, de la genómica y todo lo que viene luego.

La bioeconomía es un tema muy antiguo pero es absolutamente de nuestro tiempo. Vivimos de ella pero solo aprovechamos una parte muy pequeña del potencial de los recursos biológicos.


PJ: ¿Cuáles han sido los grandes hitos de la bioeconomía?

ET: El descubrimiento del código genético, de la doble hélice y de lo que hoy conocemos como biología molecular fue un quiebre porque cambió la forma en que podemos vincular los recursos biológicos a las actividades productivas, algo que era parte de la vida diaria desde el origen de la humanidad pero que estaba encasillado en los límites que imponían las estructuras económicas y los cultivos. A partir del desarrollo de la biotecnología comienza una época en que podemos aprovechar los recursos de manera distinta, y los podemos producir, encarar rutas productivas diferentes.

Otro hito es el desarrollo de los biocombustibles a partir de los años 70. Si uno quiere ver un hito en proyección política, sin duda que debe referirse al programa Proálcool en Brasil, que se dio luego de la crisis del petróleo. Y luego podríamos identificar una serie de otros procesos de transformación, como la aparición de los cultivos genéticamente modificados y el impacto que han tenido en la agricultura moderna en países como Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, sin duda Estados Unidos, Australia, Canadá, transformaciones que tienen una escala global en el sentido de que es difícil imaginar los escenarios actuales sin su existencia. Por ejemplo, ¿cómo serían los mercados internacionales si hoy limitamos la oferta de proteína vegetal para la alimentación animal?

Para desarrollar la bioeconomía, los países latinoamericanos deben fomentar políticas de inversión y fomento a la ciencia y el desarrollo. /Ricardo Pinzón
Para desarrollar la bioeconomía, los países latinoamericanos deben impulsar políticas de inversión y fomento a la ciencia y el desarrollo. /Ricardo Pinzón


PJ: ¿Puede considerarse a la Revolución verde
de la India como un hito?

ET: El 90% de los expertos a los que se les haga esa pregunta va a decir que no. Hay que decir que en su origen no hubo un objetivo precisamente ambiental sino de seguridad alimentaria, pues India venía sufriendo una hambruna muy grande y era imposible pensar en alimentar a toda esa cantidad de gente con la colaboración del Banco Mundial de Alimentos o la ayuda externa; la única forma de resolver este problema era mediante una transformación productiva, y eso no es muy distinto de lo que ocurre muchos años después con las variedades de alimentos genéticamente modificados, porque se aplicó el conocimiento de punta en esa época para la producción de genética superior para aumentar la productividad frente a restricciones o estreses muy específicos.

Después tenemos toda una discusión ambiental asociada al uso de agroquímicos y a otro tipo de cuestiones, pero en esencia la Revolución Verde tiene los mismos principios de la bioeconomía, que se trata básicamente de aprovechar mejor los recursos biológicos; todavía en esa época no estaban desarrolladas las nuevas tecnologías genéticas, los nuevos bancos de información, la genómica y los datos de información genética que se tienen hoy, y se trabajaba de una forma más artesanal, pero ya se empezaban a incorporar principios de estadística en la genética cuantitativa en el desarrollo de nuevas variedades.

El principio siempre es el mismo. El estado del arte va avanzando y va abriendo nuevas fronteras tecnológicas y productivas para aprovechar los recursos biológicos, y la bioeconomía es el aprovechamiento de ese concepto en el contexto de la época. En los últimos tiempos quizá cobra una dimensión particular frente a las preocupaciones ambientales. No vamos a entrar a discutir cuán cerca o lejos estamos, porque es una discusión que no vale la pena, pero todos están de acuerdo en que el modelo de la Revolución industrial, tan intensivo en recursos fósiles, no puede crecer ad infinitum porque el impacto que tiene sobre el ambiente global se está empezando a notar, estamos empezando a recibir retroalimentación de que esto tiene un límite.


PJ: ¿Están los gobiernos latinoamericanos comprometidos con la bioeconomía?

ET: La diversidad de recursos que se pueden incorporar al concepto de la bioeconomía es muy grande. Ahora, difícilmente esto ocurre sin la participación activa de los gobiernos y de las políticas públicas. Los gobiernos de América Latina han venido haciendo eso, tanto desde sus ministerios y estructuras de ciencia y tecnología como de sus políticas públicas, como lo ejemplifica el aporte obligatorio en el caso de los biocombustibles. Quizás no hay grandes discusiones estratégicas en políticas de bioeconomía, pero de una manera menos rimbombante se ha venido construyendo la base de una bioeconomía importante. Buena parte de lo que consideramos como agroindustria es parte de la bioeconomía.

El desarrollo de todas estas estrategias integrales, de circularidad de las estructuras empresariales con los procesos agroindustriales, a través del uso de recursos para la producción de biogás, o para la producción de energía eléctrica, son estrategias que caen definitivamente en el concepto de bioeconomía. Quizás, el paso de la discusión de estrategias formales de bioeconomía es un paso relativamente reciente, pero lo que encontramos es que casi todos los países empiezan a avanzar en la discusión. En Colombia se ha avanzado al respecto, ya hubo un foro bastante importante hace un par de años, y la participación de la oficina de planeación en algunos estudios. Y bueno, en la Misión Internacional de Sabios ya empieza a aparecer el tema porque es una realidad en la economía de los países, pero esto no quiere decir que estemos aprovechando todo su potencial. Si queremos hacerlo, tenemos que empezar con políticas proactivas que tienen que ver con el mercado, con regulaciones, con una serie de cuestiones propias de una visión diferente con las tradicionales.


PJ: ¿Hay algún país de la región que esté tomando mejores decisiones para potenciar la bioeconomía dentro de sus fronteras?

ET: Debería decir que Brasil y Argentina son los que han hecho más cuestiones a nivel institucional y por más tiempo, pero no veo un país que se destaque. Lo digo porque son países que empezaron temprano, hace mucho tiempo, con el aprovechamiento de nuevas oportunidades y fueron adecuando sus políticas específicas, como la energética en Brasil o los temas regulatorios de biotecnología en Argentina, pero como bioeconomía propiamente dicha todos están navegando las mismas aguas.

La verdad es que cuando uno se pone a discutir en Ecuador, en Colombia, en Costa Rica, en México, se encuentra que hay mucho más en marcha, no hay una estrategia formal de bioeconomía adoptada por todos los mecanismos institucionales. Pero al mirar más de cerca encontramos que muchas de las cosas con las que ya nos hemos acostumbrado y damos como parte de lo tradicional son bioeconomía. Hay cuestiones muy avanzadas sin ningún lugar a dudas en el sector energético. Y cuando uno empieza a pensar en el desarrollo de estrategias más amplias, como la agricultura baja en carbono o similares, llegamos a la conclusión de que dentro de la región hay muchos desarrollos. Quizás lo que falta, y es lo que creo que viene, es el salto a estrategias formales que se reflejen en la orientación de las políticas públicas, de las inversiones en investigación, en el desarrollo de mercados, en las negociaciones internacionales, porque en muchos casos, para aprovechar adecuadamente todo este potencial, hay que empezar a negociar temas de comercio internacional, como el acceso a mercados, y en eso la región está menos desarrollada.

Eduardo Trigo, doctor en Economía Agraria, ha sido asesor y consultor de bioeconomía para el gobierno argentino y diversos organismos multilaterales. /Mincyt.gob.ar
Eduardo Trigo, doctor en Economía Agraria, ha sido asesor y consultor de bioeconomía para el gobierno argentino y diversos organismos multilaterales. /Mincyt.gob.ar


PJ: En los últimos 30 años Colombia ha privilegiado una economía extractivista. ¿Estamos listos para dar el salto a la bioeconomía?

ET: A pesar de que hay una política extractivista que ha vivido de la ilusión del boom del petróleo y del carbón, y de otros sectores minerales, en el caso colombiano sí se han desarrollado los sectores de la bioeconomía. Y esto quiere decir que existe una competitividad estructural de la bioeconomía colombiana que progresa a pesar de las políticas públicas que le han dado mayores ventajas a los sectores extractivos, pero también es un indicador de lo que se podría lograr si uno piensa en tener realmente un planteamiento económico que tome más en cuenta las necesidades o características particulares de los sectores bioeconómicos. Toda visión nueva de la organización económica se tiene que traducir en un planteamiento institucional y de políticas que lo promuevan y lo contengan, porque hay que pensar que los productos de la bioeconomía vienen a competir y a remplazar productos que vienen de industrias maduras con capital tecnológico ya amortizado.

Los biocombustibles quizás son el caso más evidente, pues no se pudieron desarrollar sin marcos regulatorios y promocionales, entre otras cosas porque se compite en desigualdad de condiciones. Otro caso es el de la bioenergía, que tiene toda una serie de ventajas para nuestros países. En última instancia no importa que Colombia sea un país petrolero, porque en los próximos 30 o 40 años va a continuar existiendo un mercado petrolero, y lo que le conviene a largo plazo es colocar sus recursos en el mercado internacional y construir una matriz energética de carbono amigable, en base a sus recursos naturales, bioenergéticos principalmente. Es una cuestión de ganar-ganar.


PJ: ¿Qué decisiones debe tomar Colombia como país para consolidar su potencial en biodiversidad?

ET: Hablamos de un proceso de innovación, de transformación de la estructura industrial. Lo más fácil es decir que hay que invertir en tecnología, porque es lo que hace falta, pero ahora tenemos herramientas que permiten conocer y ver cuáles son los desarrollos tecnológicos y de producto que se pueden generar a partir de la biodiversidad, la cual se ha usado poco porque hemos sido poco capaces en generar productos de valor económico originados en ella. Yo creo que en el estado de las artes hay un espacio muy importante para desarrollar, y lo que está haciendo Colombia con su nueva Misión Internacional de Sabios es un paso muy importante, porque está discutiendo el desarrollo desde la visión del estado del arte.

Después viene el clima de negocios que se quiere construir, y uno debe construirlo sabiendo que las actividades que se van a desarrollar son de riesgo: es más arriesgado empezar una industria de bioenergía hoy que poner una gasolinera, porque ya se sabe cuánto consume la gente, los ciclos de tiempo, y no se depende de los desastres naturales o cambios de clima.


PJ: En los últimos años, América Latina está viviendo un resurgimiento del populismo. ¿Puede la política convertirse en un obstáculo para el desarrollo de la bioeconomía?

ET: El populismo, en cualquiera de sus versiones, es un problema para los países, no para la bioeconomía. El populismo es una visión de corto plazo. Se define por lo inmediato, por lo que la gente quiere hoy, y es una visión corta del mundo. La bioeconomía se fortalece a partir de una  visión larga, por ello no es circunstancial que los populismos minimicen el tema del cambio climático.

No creo que los populismos de hoy se diferencien demasiado, pero me preocupa el futuro si nuestra región se vuelve populista, y lo hablo con conocimiento de causa. Es una tragedia más amplia, porque no se piensa en las generaciones futuras.

Libro co-editado académicamente por Trigo, Elizabeth Hodson y Guy Henry. /Editorial Javeriana
Libro co-editado académicamente por Trigo, Elizabeth Hodson y Guy Henry. /Editorial Javeriana
El cambio climático comienza por los océanos

El cambio climático comienza por los océanos

Durante los últimos 11.000 años los océanos liberaron dióxido de carbono. Ahora, por la acción del ser humano se han convertido en sumideros de CO2 por la constante quema de combustibles fósiles. Así lo sentencia el profesor de oceanografía de la Universidad de Hawái, Christopher Sabine, en entrevista con Pesquisa Javeriana.

Esta situación generada por la industrialización, y en general por la actividad humana, representa una nueva fuente de carbono que no formaba parte del ciclo natural de nuestro planeta. Ahora, ese CO2 se está sumergiendo y llegando hasta las profundidades marinas. ¿Se puede convertir en una bomba de tiempo?

Si los océanos están ofreciéndole un servicio a la humanidad, reduciendo el impacto del cambio climático por absorber todo este dióxido de carbono que estamos liberando, este beneficio no aplica a muchas de las especies marinas porque, al mismo tiempo, las aguas oceánicas se están volviendo más ácidas y esto hace que para algunas especies el costo sea alto.

Como por ejemplo al pez payaso, que vive en aguas profundas de los trópicos y también nada en muchos acuarios con sus vistosos tonos naranja interrumpidos por franjas blancas y bordes negros. Pues el agua ácida les hace perder su sentido del olfato y así no puedan sentir la cercanía de un depredador.

La Pontificia Universidad Javeriana se suma actualmente a la investigación oceanográfica con el montaje de un laboratorio que liderará un programa de monitoreo sobre acidificación marina en el país, particularmente en el Pacífico colombiano. El objetivo de la investigación será responder si existen zonas marinas como fuentes liberadoras de dióxido de carbono a la atmósfera o, por lo contrario, como sumidero de CO2 atmosférico.

Lo cierto es que todos los esfuerzos que se realicen para entender lo que está ocurriendo con nuestros océanos es bienvenido. Por ahora, y a pesar de que el presidente estadounidense Donald Trump no cree en el cambio climático, el profesor Sabine, uno de los investigadores del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) que ganó el Premio Nobel de Paz en 2007, continúa en Hawái sus investigaciones financiado por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y la Fundación Nacional de Ciencia (NSF), ambas instituciones públicas de los Estados Unidos.

Sabine sabe que el reto está presente en todo momento y confía en que esta situación cambiará en el futuro. ¿Cuál entonces es su recomendación para una política pública real y posible?

Alerta roja para los mamíferos del mundo

Alerta roja para los mamíferos del mundo

La pérdida de diversidad genética en mamíferos como el mono aullador y el jaguar debido a la reducción y alteraciones en sus hábitats, puede generar graves consecuencias para estas especies y los ecosistemas de los que hacen parte. Esa fue la conclusión a la que llegó un grupo de investigadores a través del metanálisis, la técnica de revisión estadística que les permitió examinar el estado genético de 38 especies de mamíferos a nivel global al cruzar y analizar los datos de más de 30 investigaciones sobre el tema, detectando patrones generales, al considerar la variación que se presenta en cada una de ellas.

A partir de su especial interés por la biodiversidad y junto a cuatro colegas, Danny Rojas Martín, posdoctor en Biología, descubrió cómo el deterioro del medio ambiente en el que viven estos animales ha desencadenado una notable disminución en su abundancia y variabilidad genética.

En el artículo A meta-analysis of the effects of habitat loss and fragmentation on genetic diversity in mammals, publicado en enero de este año en la revista Mammalian Biology, examinan poblaciones de roedores, primates, murciélagos, marsupiales, zarigüeyas, búfalos y carnívoros ubicados en seis regiones biogeográficas que incluyen zonas de toda América, el sur de África, el oeste y centro de Europa, el este y sur de Asia, y el norte y sur de Australia.

En los mamíferos seleccionados Rojas y sus pares contrastaron marcadores genéticos como variación y riqueza alélica, heterocigosidad existente y esperada, y niveles de endogamia, entre otros. También compararon rasgos continuos, como su masa corporal, tasa de reproducción y tamaño de la familia; rasgos categóricos, para conocer cómo se mueven, qué comen y saber qué tan dependientes son del bosque. Además, encontraron que tanto la pérdida como la fragmentación de los hábitats que frecuentan han provocado varios efectos negativos en sus configuraciones biológicas.

El aislamiento, la reducción en el número parejas para aparearse y la falta de recursos alimenticios pueden tener como consecuencias la endogamia (reproducción solo con miembros de su propia familia) y la disminución reproductiva, factores que generan pérdida de diversidad genética y, por ende, disminución de las poblaciones; a veces, esta tendencia puede conducir a su extinción.

Sin embargo, no todas las especies estudiadas responden de igual forma a estas problemáticas. “Uno pensaría que todos los mamíferos de un bosque que se fragmenta, porque comienzan a realizar talas, se van a afectar de la misma manera, pero encontramos que no es así. Dependiendo del tamaño, de si viven en espacios más boscosos o más abiertos, de si son terrestres o voladores e incluso de su alimentación, la magnitud de disminución en su diversidad genética varía”, afirmó Rojas.

El estudio reveló que los animales grandes se ven más afectados que los pequeños debido a que necesitan áreas más amplias y mayores recursos para subsistir, mientras que las especies aéreas tienen más posibilidades de sortear las secuelas de estas modificaciones ambientales porque tienen la capacidad de movilizarse a otros hábitats de forma más fácil; asimismo, descubrieron que las especies de bosque se afectan más que las que viven en pastizales y que los herbívoros tienen mayor riesgo que los carnívoros.

El investigador javeriano aclaró que, aunque el equipo de científicos esperaba observar un decrecimiento en la variedad genética de todos los animales analizados, les sorprendió ver la influencia que tienen las características particulares de cada uno de ellos y de sus entornos en este proceso.

La disminución de los bosques tropicales se ha convertido en una amenaza para la conservación de los bullosos monos aulladores.
La disminución de los bosques tropicales se ha convertido en una amenaza para la conservación de los monos aulladores.

En su opinión, estos estudios de base proporcionan valiosas pistas a nivel macroecológico porque no solo brindan datos sobre la condición de las especies estudiadas,  también introducen indicadores sobre los hábitats en los que están inmersas. Al relacionar un amplio número de indagaciones, el metanálisis permite precisamente conocer tendencias generales sobre los ciclos de vida de estos animales y de las condiciones de sus entornos, lo cual es sumamente útil al momento de definir patrones de protección y conservación medioambiental.

En efecto, según cifras del Informe de Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés), publicado este año, alrededor de un millón de especies animales y vegetales están en peligro de extinción.

Esta situación es inquietante, según Rojas, porque a fin de cuentas todos los seres vivos se configuran como conexiones de una red inmensa, cuyo equilibrio se pone en riesgo con la pérdida de uno de ellos. “Es como si le quitaras el hilo a una camisa: a veces puedes crear un hueco, a veces no sabes qué pueda pasar”, anotó el investigador.

Otro de los puntos que destacan los investigadores colombianos, portugueses, estadounidenses y brasileños fue la importancia de la investigación colaborativa para la ciencia hoy en día. La capacidad de tener múltiples perspectivas y contar con el respaldo de varias universidades le permitió al grupo filtrar y revisar cuidadosamente la información recogida en mucho menos tiempo.

“La colaboración es fundamental y más cuando se quiere conocer cómo funciona el mundo que nos rodea”, concluyó Rojas, resaltando que, al final del día, la academia y la naturaleza funcionan de forma similar: como una red de influencia, interrelación e interdependencia.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Un meta-análisis de los efectos de la pérdida y la fragmentación de hábitat sobre la diversidad genética en mamíferos.
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Ana Lino.
CO-INVESTIGADORES: Danny Rojas Martín, Carlos Fonseca, Erich Fischer y Maria João Ramos – Pereira.
Departamento de Ciencias Naturales y Matemáticas, Pontificia Universidad Javeriana Cali.
Departamento de Biología y Centro de Estudios Ambientales y Marinos, Universidad de Aveiro (Portugal).
Departamento de Ecología y Evolución, Stoony Brook University (EE.UU.).
Instituto de Biociencias, Universidad Federal de Mato Grosso do Sul (Brasil).
Departamento de Zoología, Universidad Rio Grande do Sul(Brasil).

Diatomeas: la clave para entender a los homínidos

Diatomeas: la clave para entender a los homínidos

Unas algas microscópicas, tan pequeñas como el grosor del pelo de un gato, cuentan historias del pasado. Del pasado lejano: de hace unos 2 millones de años. Se llaman diatomeas, viven en lagos, humedales, ríos y mares, y el actual director del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, Carlos A. Rivera-Rondón, es un experto ‘diatomólogo’. Hasta Tanzania llegó, a una de las regiones emblemáticas de la evolución humana, a develar no la presencia de nuestros antepasados sino el ambiente donde vivían estos primeros seres que ya caminaban en dos patas.

Las diatomeas que encontró, principalmente de los géneros Encyonema, Nitzschia y Gomphonema, demuestran que en ese entonces, en esa región a la que hoy llegan arqueólogos y científicos de todas las especialidades, existían humedales de agua dulce. Y donde hay agua dulce, hay un ambiente propicio para la supervivencia de los homínidos. A su alrededor habría árboles, principalmente palmeras, algunas leguminosas y gramíneas. Estos estudios del paleopaisaje son esenciales para entender el uso que hacían los homínidos de la vegetación y el agua. Dice el estudio, publicado a finales de 2018, que “las actividades tempranas de los homínidos incluyeron la búsqueda de agua potable, refugio de depredadores, alimentos y materias primas para producir herramientas”.

Las diatomeas son unas algas microscópicas muy resistentes, compuestas por dos valvas que forman un pequeño estuche transparente. Puede haber más de 25.000 especies en el agua dulce ―pero también se encuentran en el mar―. Así, las diatomeas que vivieron en el pasado pueden acumularse en el fondo de los lagos, que actúan como sistemas colectores. Hay yacimientos de diatomeas de hace 30 millones de años.

Sus paredes de sílice, muy rígidas, permiten identificarlas fácilmente. Tienen una gran cantidad de aplicaciones: son indicadoras del estado del ambiente y de la contaminación de los ríos; forman la diatomita, que era la base para fabricar la dinamita; son filtros para el vino y la cerveza; se utilizan como insecticidas e, incluso, son útiles en medicina forense.

Diatomeas 1


Destino: el norte de Tanzania

Rivera-Rondón, experto en ecología acuática e interesado en el impacto del clima y la influencia humana sobre los ecosistemas acuáticos, fue invitado a participar en un proyecto liderado por la arqueóloga española Rosa María Albert en el norte de Tanzania. Se sabía que, posiblemente, hasta hace un millón de años, “al lado del yacimiento había un lago gigantesco salino, pero, ¿en dónde estaba el agua dulce? ¿Cómo era ese ambiente? Ahí es donde yo entro”, cuenta el investigador.

Los restos arqueológicos muestran la presencia simultánea de diatomeas de agua dulce y de fitolitos, evidencias de plantas de ambientes terrestres. ¿Cómo era eso posible? Los proyectos de Albert estudian los restos de origen biológico y estos se usan para interpretar contextos arqueológicos, porque desde hace unas décadas la arqueología se ocupa no solamente de buscar restos de homínidos y de humanos, sino de explicar los ambientes en los que han vivido. Y las diatomeas ayudan a interpretar y reconstruir esos paisajes.

La Garganta de Oldupai ha sido labrada por un río que le da su nombre y que solo tiene agua cuando llueve. Es parte de la Zona de Conservación Ngorongoro, donde se encuentran nueve volcanes. Es una región bastante árida durante una parte del año: las oleadas de polvo son frecuentes en tiempos de sequía y las plantas reverdecen cuando vienen las lluvias. Es una de las mecas africanas para los arqueólogos, pues se han encontrado huellas, herramientas y restos de homínidos, así como de antílopes, hienas, elefantes, babuinos, leones, jirafas y cebras.

En el corazón del parque, los masái y otros tanzanos apoyan las labores de excavación. Algunos de ellos son los expertos y pueden extraer delicados fragmentos arqueológicos con la precisión de un relojero. Por lo general hay unos 30 o 40 científicos realizando diferentes proyectos en los que la interdisciplinariedad es la regla: geólogos, vulcanólogos, topógrafos, arqueólogos, limnólogos, biólogos, entre otros: cada uno, con una experticia, adelanta su investigación. Y lo interesante, dice Rivera-Rondón, no es solamente el trabajo de campo sino las largas conversaciones en el campamento con todos los colegas.


El paisaje de hace dos millones de años

En esta región predominaba “un paisaje muy heterogéneo, con periodos de mucha agua y otros muy secos, o sea, tuvo un pulso muy estacional”, explica Rivera-Rondón. Se trataba de “una zona de humedales, con un río que tenía canales de agua dulce, muy posiblemente con mucha vegetación, unos juncos que hoy se sabe pueden aportar alimento para animales y para los homínidos; estaba rodeado de algunos conjuntos de palmares que muy posiblemente también pueden brindar alimento, rodeados de espacios abiertos”.

De las plantas que existieron solo quedan las huellas en fósiles y los fitolitos. En cambio, las diatomeas “son estrellas en estos yacimientos, porque cuentan cómo era el agua, si era dulce, salada, si había ríos o humedales”. Y no se puede imaginar la evolución de nuestros antepasados sin la disponibilidad de agua dulce. “La investigación de las diatomeas complementa el proyecto que estamos realizando sobre la reconstrucción del entorno, y especialmente sobre las condiciones y disponibilidad de recursos en la Garganta de Oldupai, lo que permitió la supervivencia de los homínidos que visitaban la zona”, dice Albert, del Departamento de Historia y Arqueología de la Universidad de Barcelona.

“Gracias a estos trabajos hemos podido identificar zonas óptimas con disponibilidad de agua dulce y de recursos vegetales, dentro de un entorno dominado por un lago salino-alcalino (agua no potable)”, añade la científica española.

En este paisaje africano se encuentran pistas que permiten a los científicos interpretar cómo vivían los homínidos hace dos millones de años.
En este paisaje africano se encuentran pistas que permiten a los científicos interpretar cómo vivían los homínidos hace 2 millones de años.


Diatomeas colombianas

Rivera-Rondón no se cansa de buscar sus diatomeas y de desentrañar aspectos climáticos que puede inferir a partir de las especies que encuentra y del lugar donde las encuentra. Actualmente recorre lagos de páramo en Colombia buscando diatomeas y otros organismos, con el objetivo de reconstruir la ecología de los últimos 500 años en la Cordillera Oriental y en el Parque Los Nevados. “En este proyecto, financiado por Colciencias, lo que estamos haciendo es construir una base de información para hacer la reconstrucción de cómo eran nuestros lagos hace 1.000, 2.000 o 3.000 años, entender cómo el clima ha impactado esos lagos y tener algunas ideas de cómo el clima podría impactarlos en el futuro”.

 

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  • M. Albert, M.K. Bamford, I.G. Stanistreet, H. Stollhofen, Carlos A. Rivera-Rondón, J.K. Njau, R.J. Blumenschine, “River-Fed Wetland Palaeovegetation and Palaeoecology at the HWK W Site, Bed I, Olduvai Gorge”, en Review of Palaeobotany and Palynology, 259, 2018, 223-241.

 

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: El impacto paleoambiental en la evolución humana y el uso de los recursos disponibles a partir del estudio de microrrestos de origen biológico
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Rosa María Albert
COINVESTIGADOR: Carlos Alberto Rivera-Rondón
Grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis)
Facultad de Ciencias, Departamento de Biología
Pontificia Universidad Javeriana
Equip de Recerca Arqueològica i Arqueomètrica (ERAAUB)
Departamento de Prehistoria y Arqueología
Universidad de Barcelona
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015-2018

Aves javerianas, un contacto con la naturaleza urbana

Aves javerianas, un contacto con la naturaleza urbana

Las aves urbanas están presentes en el diario vivir de los seres humanos, pues de alguna forma han simbolizado elementos que interactúan directa e indirectamente con las costumbres de una sociedad. A pesar de lo complejo y caótico que pueda considerarse una metrópoli en cuanto a facilitación de espacios o hábitats para la subsistencia de las aves, los paisajes transformados poseen elementos naturales que permiten que estos seres alados sean considerados organismos altamente adaptados a condiciones limitantes, propias de las ciudades, y que benefician a las ciudades por medio de la prestación de servicios ecosistémicos.

Una de las estrategias para comprender y valorar el patrimonio ecológico en áreas urbanas es divulgar su potencial de manera efectiva para propender su conservación. Desde este contexto, el Grupo Javeriano de Ornitología (GJO) hace un par de años inicio la creación de la Guía infográfica de las aves del campus de la Pontificia Universidad Javeriana Sede central, iniciativa que está fundamentada en el conocimiento ecológico-biológico del campus y, con ello, destaca cómo los entornos urbanos bien planificados mantienen esa biodiversidad cercana y tan poco explorada.

Esta iniciativa académica surge de la necesidad conocer la naturaleza que convive y se relaciona con atributos creados por el ser humano. Desde un trabajo colaborativo entre estudiantes de ecología y biología, se desarrolló este libro considerado como el primero de varios que enriquecerán el conocimiento de la biodiversidad presente en el campus universitario y que desean ser divulgados de manera didáctica, efectiva y fácil.

Interna-aves-pesquisa

La intención de desarrollar este libro tiene dos objetivos, el primero es dar a conocer el campus universitario como un lugar que aporta a la conectividad y la ecología urbana de Bogotá D.C., y en segundo lugar, va dirigido no solo a personas que conocen de aves también está diseñado para que la comunidad javeriana en general, por medio de infografías, conozca y conciba la importancia de mantener las instalaciones como un lugar natural de alto valor paisajístico.

Esta guía es el resultado del constante trabajo entre miembros del grupo con el acompañamiento constante de la profesora María Angela Echeverry, que basó su información en resultados de salidas de observación y la revisión de la colección general del Museo de Historia Natural de la Pontificia Universidad Javeriana.

La guía proporciona las descripciones de 35 especies de aves, conteniendo información sobre particularidades del hábitat, reconocimiento morfológico, tamaño, tipo de dieta, distribución local, entre otros aspectos.

El trabajo colaborativo permite enriquecer vínculos más allá de las aulas de clases, pues unifica un camino para dejar un legado que permita una mejor toma de decisiones sobre la parte constructiva del campus y tiene como alcance una mejor divulgación del conocimiento técnico-científico, enmarcado en la encíclica de Laudato si’ y el programa ‘Historia verde’ de la Vicerrectoría del Medio Universitario invitando a reconocer la vida e ilustrarse integralmente sobre los elementos que interactúan en nuestra casa común.


*Sergio Andrés Collazos es estudiante de ecología con interés en el área de ornitología, enfocado en la evaluación y monitoreo de comunidades de aves en ecosistemas estratégicos en gradientes ambientales y áreas perturbadas.

Juan Cortes-Cano es ecólogo de la Javeriana; ha sido coordinador del Grupo Javeriano de Ornitología entre 2016 y 2017. Tiene un especial interés en el estudio de interacciones ecológicas enfocadas en colibríes y plantas, y realiza consultorías en estudios de comunidades biológicas.