El Canguro se reinventa conversando

El Canguro se reinventa conversando

Siga cada artículo de nuestro especial periodístico:

Especial 6 Parte 6: Congreso

 

 

 

Especial 5 Parte 5: Infografía

 

 

 

Especial 4 Parte 4: Familia Canguro

 

 

 

Especial 3 Parte 3: Cuestionario

 

 

 

Especial 2 Parte 2: Beneficios ocultos

 

 

 

Especial 1 Parte 1: Cangurear

La enfermería: un jardín de rosas

La enfermería: un jardín de rosas

Julieta lleva más de cinco años trabajando en una Unidad de Cuidados Intensivos. Su trayectoria como enfermera la ha llevado a administrar con frecuencia fentanilo, un medicamento para tratar el dolor en pacientes con cáncer. Un día, al llegar a turno, se encuentra con una situación que le llama la atención: un paciente que lleva varios días hospitalizado, recibe una dosis elevada de dicho medicamento. Julieta se lo comenta al médico intensivista que está a cargo para que tome medidas al respecto, sin embargo, para su sorpresa, la respuesta es frustrante, común y poco alentadora:
— Su labor aquí es administrar la dosis, no cuestionarla.

Esta situación es una de las tantas a las que Edilma Marlén Suárez, doctora en Ciencias Sociales y Humanas, está acostumbrada a escuchar en su labor como docente de Ética en la Especialización en Enfermería en Cuidado Crítico y en la de Enfermería Pediátrica, ambas de la Pontificia Universidad Javeriana. Su experiencia de más de 21 años como profesora en enfermería le ha permitido evidenciar los problemas de orden disciplinar y dilemas éticos que se desarrollan en la relación médico – enfermera en ámbitos clínicos.

Edilma, como la llaman sus estudiantes, es profesional en enfermería, especialista en Bioética y máster en Administración en salud y Estudios políticos; aunque su formación ha sido netamente javeriana, su vocación y pasión por la docencia en enfermería, y cómo se ejerce en Colombia, la llevaron a asumir el reto de entender por qué “mientras se les dice a los estudiantes que el profesional de enfermería es autónomo y que no es la mano derecha del médico, en la vida práctica las enfermeras mantienen una actitud de reverencia y sumisión a él, que es observada y reproducida por los estudiantes”.

De acuerdo con datos de la Asociación Nacional de Enfermeras de Colombia (ANEC), el 40% de las profesionales no tiene vivienda propia, el 55% tiene personas a cargo y un 27% corresponde a mujeres cabeza de hogar. Estas cifras fueron fundamentales para esta amante de la política, porque con ellas argumentó la precariedad en el ejercicio profesional de la enfermería y ratificó que la imposición de una serie de teorías, modelos y paradigmas en los programas académicos son poco efectivos, ya que están pensados para un sistema de salud diferente al colombiano.

Debido a esta situación, en 2015 Edilma le apuntó, a través de su investigación doctoral, a argumentar que en la formación universitaria en enfermería existe un currículo oculto, uno de género, del cual la población no es consciente y tiene efectos en el ejercicio el profesional.

“Mi meta con este trabajo es denunciar una realidad histórica en la enfermería, que he vivido y desde la cual no asumo una posición de neutralidad; lo que busco es desnaturalizar y problematizar la subjetividad imperante en la enfermería como única verdad”, menciona.


La búsqueda de respuestas

El primer paso en su trabajo investigativo consistió en estudiar las formas de gubernamentalidad, en un programa universitario de enfermería, entre las décadas de 1950 y 1960. Es decir, conocer cuáles son las ideologías políticas que han incidido en la conducta de las personas para entender cómo se han construido las relaciones de poder y moldeado a las enfermeras como sujetos trabajadores, heterónomos, sumisos y subordinados.

Edilma, quien también es amante del origami, recuerda que lo primero que hizo fue un trabajo netamente de registro, de recolección de documentos, fichas técnicas y contextualización teórica. Visitó el archivo de la Facultad de Enfermería de la Javeriana y el Archivo Histórico de la misma institución; examinó información en periódicos como El Tiempo y El Espectador, y exploró textos sobre la historia de la salud pública, la enfermería y las mujeres en Colombia.

Entrevistó a cuatro mujeres del programa de formación en enfermería entre 1950 y 1960, mujeres que actualmente tienen entre 70 y 85 años, con la intención de enriquecer su investigación y cotejar sus respuestas con los eventos históricos que halló en la documentación. Edilma hizo una depuración y sistematización de la información, con lo cual problematizó su tema de estudio: la enfermera como sujeto trabajador.

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Una cadena de pistas

Su inquietud, perseverancia y desdén por los problemas disciplinares de su profesión la llevó a encontrar las relaciones de poder creadas en la formación de las jóvenes enfermeras. Por ejemplo, la influencia del comportamiento social conservador del siglo XIX en las prácticas de las mujeres y la familia, particularmente en lo relacionado con los valores católicos coloniales; este ideal también se afianzó con la estructura patriarcal de la época, responsable de que las mujeres solo pudieran recibir formación universitaria en carreras consideradas propias de su género: culinaria, recreación, práctica de campo de enfermería, cosmetología e industria artesanal. De hecho, fue hasta el 10 de diciembre de 1934 cuando se presentó al Congreso de la República un proyecto de ley para solicitar el derecho de las mujeres a la educación universitaria.

Las normas impartidas por textos como el Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Antonio Carreño, ratificó el modelo patriarcal. De hecho, este documento “marcó un hito muy importante porque indicó la separación de clases”, reconoce Edilma, ya que “había mujeres pobres, a quienes la formación y la educación les servía para hacer las actividades domésticas, por lo tanto no debían ceñirse a este manual, mientras que aquellas de clases medias y altas eran quienes recibían la educación basada en este tipo de cartillas y en la economía doméstica, la culinaria y manualidades”.

La responsabilidad por el cuidado de los otros y de la familia también fue un discurso de poder inculcado en las mujeres con el argumento de que así contribuían con la felicidad del hogar. No en vano, la Escuela de Comadronas y Enfermeras, que en 1937 pasó a ser la Escuela Nacional de Enfermeras, se articuló con el modelo de formación técnica. En esta misma vía, la Pontificia Universidad Javeriana abrió la Escuela de Economía Social y Enfermería en 1941.

Adicionalmente, la femineidad, el servicio al prójimo, la abnegación, la valentía, la generosidad y el espíritu de sacrificio como perfil de quienes querían ingresar a la academia para formarse en enfermería, y la influencia del modelo pedagógico y programa académico estadounidense, fueron los insumos para que Edilma encontrara los saberes históricos insertados en sus estudiantes y el porqué de la dificultad en el relacionamiento con los médicos en ambientes laborales.

La institucionalización de la salud en el país durante el crecimiento del capitalismo estadounidense hizo que la formación en enfermería pasara de ser un programa clínico e instrumental a recibir una formación centrada en el conocimiento administrativo hospitalario. De esta manera, las profesionales estarían en la capacidad de asumir responsabilidades organizacionales en tanto los médicos asumían su rol científico. A esto, cabe añadir que la conformación de gremios, como el Comité de Expertos en Enfermería de la Organización Mundial de la Salud, el Comité Permanente de Enfermería en el Ministerio de Salud, y de la creación de la Asociación Colombiana de Facultades de Enfermería, por mencionar algunas instituciones, afirmó el modelo de gubernamentalidad planteado al inicio de la investigación.

“Cuando vi el fin de la gubernamentalidad en la conducta de las mujeres, encontré que las instituciones se encargaron de normalizar a las enfermeras, de  homogeneizar sus conocimientos, haceres y saberes, y a la vez las motivó a trabajar desde el cuidado al otro para que los trabajadores se enfermaran menos y fueran más productivos. Este es el fin económico que ha preservado”, asegura Edilma.

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En ese sentido, cabe preguntarse por qué, a pesar de que más del 50% del personal de salud corresponde a enfermeros y enfermeras, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), su escasez aún supera los 800.000 puestos de trabajo. ¿Se debe a la falta de regulación en los salarios? ¿A las dificultades en la movilidad y migración de las enfermeras? O, siguiendo la línea de la docente javeriana, ¿a los ambientes de trabajo inadecuados?

Julio Cesar Castellanos Ramírez, director general del Hospital Universitario San Ignacio, señala que su percepción sobre la relación médico-enfermera en un ambiente laboral clínico es “subordinada, aunque en algunos pocos servicios muy especializados se acerca a una relación de pares”.

Por el momento, esta preocupación no solo atañe a la OPS, también es un motivo para considerar la línea divisoria entre las funciones de las enfermeras y los médicos, ya que no solo corresponde a normas y leyes institucionales sino también a prácticas culturales arraigadas en las mujeres y al orden patriarcal establecido con los años.

A una tradición de los valores femeninos relacionados con la docilidad y el silencio, a prácticas de sumisión y cordialidad asumidas por las jóvenes de las clases altas, quienes tenían la posibilidad de acceder a la educación, y a un grupo selecto mujeres que, tanto a mediados del siglo pasado como ahora, se han emancipado con la decisión de ingresar a la universidad y ejercer un rol consciente de su profesión.

Es decir, un jardín de rosas que, así como en el pasado era sembrado tradicionalmente frente al edificio de la Facultad de Enfermería de la época (Ed. Cataluña) en alusión a la alegría, belleza, modestia y elegancia con la que las enfermeras graduadas consagraban su vida a la ciencia y la salud pública, ahora, al mismo jardín le crecen espinos por las inconformidades de las rosas al ejercer su profesión.

 


INVESTIGACIÓN: Gubernamentalidad en la formación universitaria en enfermería en Bogotá, durante las décadas de 1950 y 1960. El jardín de rosas.
INVESTIGACIÓN: Edilma Marlén Suárez
AÑO: 2015-2019

Las madres indígenas y sus bebés mueren, y no por causa natural

Las madres indígenas y sus bebés mueren, y no por causa natural

Su muerte pudo haberse evitado. En la ranchería de Jipumana, área rural del corregimiento de Urú, que hace parte de La Guajira, nadie entiende cómo una criatura tan indefensa pudo morir de esa manera. Ya son dos generaciones, cinco niños muertos durante el parto: dos de la misma mamá, tres de su hermana y dos de su tía. Es como estar viviendo una tragedia común. ¿Qué pudo haber sucedido?

La madre del bebé siguió cada uno de los pasos, acudió a la partera que le acomodó la barriga con masajes y le dijo que su hijo venía en buena posición. Ella había tenido un control paulatino de la posición de su bebé y el seguimiento había sido apropiado, pero después de estar en trabajo de parto en cuclillas, a pesar de que la partera trató de acomodar al bebé, para ella, la esperanza de tener un hijo se desvaneció por segunda vez: no salió la cabeza de primeras sino un piecito morado. Ellas presumen que el pequeño venía muerto desde el vientre. La primera vez que la mujer wayú perdió a uno de sus hijos tenía 15 años, y hasta cuando le iniciaron las contracciones sintió cómo el pequeño se movía dentro del vientre. El bebé murió.

La mujer wayú ‘corrió con suerte’ porque, aunque murieron sus dos hijos, ella sobrevivió. Por el contrario, en el asentamiento de indígenas Iku, que recibe el nombre de Yewrwa en el Cesar, una mujer ha muerto y no por causa natural. Después de que una partera la asistiera, nació su hijo, lloró y lo limpiaron, pero pese a los “sobos” en el abdomen y los senos, y las “tomas calientes” de ruda y altamisa para combatir el frío, tras 20 minutos del nacimiento, la placenta nunca salió; el órgano, que un día unió a madre e hijo, se aferró al vientre de la mujer, tanto como ella quiso aferrarse a su hijo.

Al esposo le preocupaba la falta de dinero, pero tenían que remitirla a un centro de salud. En medio de la lluvia, varios hombres la bajaron de la montaña por trocha cargando la hamaca tapada con un caucho; demoraron algo más de una hora en recorrer la distancia hasta el puesto de salud. Al llegar, ella gritaba: “¡Ayúdenme!, ¡Ayúdenme!, ¡Ayúdenme!”. La colocaron sobre una sábana tendida en el piso e inmediatamente intentaron canalizarla para ponerle suero, había perdido mucha sangre y el médico no estaba de turno. Y así, sin más, mientras organizaban todo para llevarla a Valledupar, falleció. Igual, en el puesto de salud no se le podía tratar porque no estaba habilitado para el manejo de emergencias obstétricas.

Estos casos se reproducen, uno tras otro, en las comunidades indígenas del país, pero con seguridad no son la expresión única y total de lo que allí sucede.

Ante la necesidad de buscar respuestas acerca de los factores determinantes de la mortalidad materna y neonatal en las poblaciones indígenas, investigadores javerianos del Instituto de Salud Pública, en convenio con el Fondo de Población de las Naciones Unidas —UNFPA—, la Organización Panamericana de la Salud —OPS/OMS—, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia —UNICEF— y el Programa Mundial de Alimentos —PMA—, tomaron sus morrales y se embarcaron en un viaje para llegar a las comunidades wayú y arhuaca más apartadas del Cesar y La Guajira. Su objetivo: analizar y proponer estrategias de intervención oportuna para la problemática.

En Colombia, según el informe desarrollado por los investigadores y titulado Determinantes sociales de las desigualdades en mortalidad materna y neonatal en las comunidades indígenas arhuaca y wayú: evidencias y propuestas de intervención del 2017, de 100.000 niños que nacen, mueren entre 50 y 93 madres. En cuanto a la mortalidad de neonatos, países como Cuba, Puerto Rico y Costa Rica presentan tasas inferiores a 10 muertes de niños por 1.000 nacidos vivos, mientras que Colombia se encuentra en el grupo de países con tasas de entre 14 y 20 decesos. Y aunque en la última década las muertes maternas en Colombia se han reducido de manera significativa, las grandes desigualdades socioeconómicas, regionales y poblacionales, como la falta de protección en salud y la falta de transparencia en la administración pública, han desencadenado la concentración de pobreza en las zonas rurales, en especial de indígenas y afrodescendientes, sostiene el informe.

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Por poner un ejemplo, de las madres que fallecen, el 20% tiene menos de 19 años y mueren más las que son menos educadas, las que no están afiliadas a algún servicio de salud y pertenecen a las poblaciones indígena y afro. Pero esto no es nuevo: los pueblos indígenas han sido históricamente excluidos y discriminados en América Latina. Son la expresión viva de la desigualdad regional, porque así como lo determinó la CEPAL en 2014, aunque ha habido una disminución global de los indicadores de pobreza, esta población sigue presentando bajos niveles de calidad de vida y altos índices de vulnerabilidad; allí es en donde se generan más muertes maternas y de neonatos.

Las condiciones estructurales e históricas ubican a los indígenas entre los más pobres y vulnerables por razones culturales, sociales, económicas y políticas. Ser indígena y vivir en zonas rurales apartadas hace de la geografía y de las particularidades culturales una barrera que limita el acceso a los servicios de salud y contribuye al aumento de la mortalidad. “El sistema ha dejado desprotegidos a los pueblos indígenas, quienes insisten en el apoyo gubernamental sin necesidad de maltratar su identidad,” dice Amparo Hernández Bello, doctora en salud pública e investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana.

Las comunidades actúan de acuerdo con su cosmovisión: es su cultura, son sus valores y creencias, y no siempre coinciden con la formación occidental. “Creo que lo que no se ha captado es que hay una diferencia entre los servicios formales y la atención informal, una distancia, una brecha, una forma en la que los servicios culpan a la gente de sus problemas y la gente culpa a los servicios por no entender su cultura”, resalta Hernández Bello. La vida y la muerte de las mujeres de los pueblos indígenas está entre estos dos discursos: los médicos, políticos occidentales, y los políticos, ancestrales y de conocimientos tradicionales de los indígenas.

En el informe, los investigadores concluyen que, aunque la mayor parte de los nacimientos se produce en el territorio, esta circunstancia no constituye el problema. “Las mujeres indígenas deben tener acceso a toda la atención posible, tanto en sus comunidades como, complementariamente, en los servicios de salud”, explica la investigadora, y resalta la necesidad de implementar un sistema con enfoque diferencial, “que comprenda que existe diversidad, que existen desigualdades y que tú no puedes tratar a todo el mundo de la misma forma, porque en el momento en el que eso sucede se producen enormes injusticias”.

En especial porque cómo hace una mujer para ser atendida en un servicio de salud si este se encuentra a grandes distancias de donde vive; si al llegar —de lograrlo—, el centro de salud no está adecuado para su atención y además nadie le entiende porque no hablan su lengua.

“Se requiere superar la hegemonía que caracteriza a la política de salud y que limita las posibilidades de crear un sistema de salud intercultural que respete lo propio y se complemente con lo ajeno. Además de un enfoque diferencial que permita dar respuesta a las necesidades y demandas de las comunidades” puntualiza el informe.

Desnutrición infantil, un drama sin fronteras

Desnutrición infantil, un drama sin fronteras

La Unidad Intrahospitalaria de Pediatría (UIP) del Hospital Universitario Erasmo Meoz en Cúcuta, Norte de Santander, no distingue nacionalidad, color o acentos. Niños colombianos y venezolanos, de cero a cinco años, son atendidos por el personal médico; han llegado allí con enfermedades respiratorias, infecciosas y gastrointestinales, pero, en muchos casos, su condición ha empeorado pues otra enfermedad ha aparecido de forma silenciosa y se ha encargado de debilitar sus cuerpos indefensos, desencadenando efectos secundarios como retraso en la recuperación de la enfermedad por la que ingresaron, prolongación del tiempo de hospitalización, problemas en su funcionamiento corporal, incluso posibilidades de caer en riesgo de muerte.

La desnutrición aguda es una enfermedad que no se detecta fácilmente, es subdiagnosticada y puede atribuirse a diferentes factores, dentro de los que se encuentran el tipo de alimentación, la ingesta de alimentos que proporcionen energía y nutrientes y la situación socioeconómica de quien la padece; se clasifica en aguda moderada y severa. Según Unicef, la primera hace alusión a los niños que pesan menos de lo que les corresponde con relación a su altura, por lo que requiere una pronta detección y tratamiento para prevenir que recaiga en una de nivel superior como la desnutrición severa, en la que el niño presenta un peso muy por debajo frente a su altura y esto altera todos sus procesos vitales, con un riesgo inminente de muerte.

Frente a la apremiante necesidad de reconocer los factores desencadenantes de la desnutrición en el hospital y brindar un trato adecuado, Carolina Clavijo, estudiante de nutrición y dietética de la Pontificia Universidad Javeriana, y su profesora, la nutricionista Gilma Olaya Vega, describieron el estado nutricional de 99 niños menores de cinco años en la UIP, 54 colombianos y 45 venezolanos. “No pensamos encontrar tantos niños venezolanos. Para hacer el análisis, los segmentamos por nacionalidad”, menciona Clavijo.

Norte de Santander cuenta con poco más de 1’367.000 habitantes, 30% de ellos en condición de pobreza y 11,4% en situación de miseria, lo que, según el Instituto Departamental de Salud de Norte de Santander, lo ubica  como el departamento con mayor número de personas pobres en el país (382.204); esta región ha sufrido los desmanes de la violencia del conflicto armado y, además, limita al norte y este con Venezuela, país que enfrenta una crisis humanitaria en la que gran parte de su población ha emigrado.

Las investigadoras encontraron, además, una proporción relevante de desnutrición en niños venezolanos pertenecientes a las comunidades indígenas, como la sirapta y la yukpa. Estas condiciones socioeconómicas implican aumento en los índices de pobreza y deterioro en el estado de la salud y nutrición, derivado en un alto grado de inseguridad alimentaria, principalmente en los menores de cinco años.

Durante aproximadamente dos meses, Clavijo visitó diariamente el hospital; caminaba los pasillos hasta llegar a la unidad pediátrica y hacía la valoración nutricional: antecedentes del niño en el nacimiento, tipo de parto, talla, peso al nacer y otros datos neonatales y patológicos; además, empáticamente, la estudiante indagaba las condiciones socioeconómicas y sociodemográficas de las familias: ¿Cuentan con agua potable?, ¿qué nivel educativo tienen los padres?, ¿nacionalidad?, etc. eran algunas de las preguntas que daban lugar a comprender el porqué de la desnutrición en este lugar. Luego, la valoración antropométrica actual (talla, peso, examen físico e ingesta), para encontrar las posibles deficiencias nutricionales y, finalmente, un cuestionario que indicaba la frecuencia con la que estos niños consumían alimentos esenciales para su desarrollo.

A lo largo de los años se ha dicho que aquello que comemos influye directamente en cómo nos vemos, cómo nos sentimos, nuestra salud física y mental. Hipócrates decía “que la comida sea tu alimento y tu alimento tu medicina”; hoy la ciencia lo demuestra: si un niño recibe la energía y los nutrientes necesarios para su buen funcionamiento, su salud estará más protegida, se garantiza su fortalecimiento muscular, óseo, orgánico, cognitivo y psicológico.

Para el estudio se tuvieron en cuenta tres grupos etarios: de 0 a 6 meses, de 6 a 24 y mayores de 24, cada uno con necesidades alimentarias diferentes. Las investigadoras encontraron índices de desnutrición en niños de ambas nacionalidades, con mayor proporción en venezolanos y el grupo más afectado fue el de 6 a 24 meses, etapa en la que se introduce la alimentación complementaria. Dentro de su dieta no contemplan muchas verduras, frutas o proteína animal; adquirirlos representa un costo que no pueden cubrir; en su lugar, consumen más harinas, tubérculos, cereales y, para el aporte proteico, leguminosas (garbanzo, lenteja, frijol). No significa que estos alimentos sean malos, pero no son lo suficiente para suplir las necesidades nutricionales de los niños.

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Las investigadoras descubrieron que lo niños colombianos comen más frutas que los venezolanos, pero deben ingerirlas todos los días para evitar la desnutrición.

La doctora Olaya explica la dieta ideal en las diferentes etapas: de 0 a 6 meses el modelo efectivo de alimentación se basa en la leche materna exclusiva (LME); mucho se habla de los múltiples beneficios afectivos y físicos de este alimento, y uno de los más importantes es su función determinante en el desarrollo del sistema inmunológico infantil. Dentro de los resultados, Olaya y Clavijo destacan que en el hospital Erasmo Meoz los colombianos toman más leche de fórmula que los venezolanos; esto es un problema, no solo por la falta de beneficios que pierde el bebé al no consumir LME, sino, además, porque los bebés a los que se les suministra leche de tarro pueden pasar por dos extremos: volverse obesos o caer en la desnutrición.

“Si la preparan de la forma adecuada pueden llegar al sobrepeso u obesidad; si la preparan diluida pueden llegar a la desnutrición”, lo que ocurre cuando la familia no tiene recursos, explica Olaya. Ahora bien, no quiere decir que el niño que recibe más leche materna esté mejor nutrido, pues hay que tener en cuenta el tiempo de lactancia, la cantidad de leche materna que le están dando al bebé y las condiciones en las que se encuentra la madre.

Del grupo etario de los 6 a 24 meses, la alimentación ideal corresponde a la leche materna más una adecuada alimentación complementaria; en esta etapa los niños deben consumir alimentos ricos en hierro como carnes rojas, vísceras, etc., de tres a cinco veces por semana; sin embargo, se encontró que los niños venezolanos suelen estar desprovistos de estos alimentos. Las frutas y verduras deben consumirlas diariamente y, si bien los colombianos las comen más que los venezolanos, no es suficiente. Asimismo, los lácteos son de vital importancia después del año de edad y los venezolanos casi nunca los consumen; los colombianos sí, pero en pequeña proporción.

Los mayores de 24 meses son más independientes en el consumo de alimentos, lo que representa menor riesgo de desnutrición si cuentan con el acceso a una alimentación balanceada.

La vigilancia de la desnutrición aguda se implementó a nivel nacional desde 2016, mediante la resolución 2465 del Ministerio de Salud que clasifica el riesgo de desnutrición en agudo, moderado y severo, pero no contempla la desnutrición aguda leve. Después de identificar la problemática nutricional en el Hospital Erasmo Meoz, Clavijo formuló un protocolo que pudiera ser de utilidad y permitiera diagnosticar la desnutrición aguda leve, pues “al no contemplarla, no hay detección oportuna y un manejo adecuado, razón por la que los niños pueden llegar a la desnutrición moderada o severa. Con este protocolo se espera realizar la detección temprana, disminuir la tasa de desnutrición moderada y severa, y alcanzar un efectivo tratamiento”.

La buena alimentación no puede suponer un lujo para los niños. Los nutricionistas coinciden en que la buena alimentación es imprescindible no solo para crecer bien físicamente y tener un adecuado desarrollo psicológico e intelectual, sino que es parte fundamental para el desarrollo de las sociedades; el tratamiento de la desnutrición debe combinar alimentación, acompañamiento nutricional y apoyo de los Estados.

En los niños está el futuro, dicen, pero, “¿para qué pensar en el futuro si no hacemos nada para que nuestros niños tengan un buen presente?”, expresa la profesora Olaya.

Un aceite ‘soyado’

Un aceite ‘soyado’

Adivina, adivinador: ¿cuál es el nutriente más escaso en el organismo humano? De acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Alimentos de Estados Unidos, citada en el libro La revolución de las grasas, el 95 % de la población urbana obtiene menos de la dosis diaria recomendada de un ácido graso esencial, el cual, según la agencia estadounidense de Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés), hace parte de los casi 50 nutrientes fundamentales para la salud, a saber: luz, oxígeno, agua, 20 minerales, 13 vitaminas, proteínas (ocho aminoácidos en adultos, 10 en niños), carbohidratos, omega 6 y omega 3, que resulta ser el más escaso.

Como señala el libro, “los ácidos grasos esenciales son fundamentales para muchos procesos metabólicos y funciones vitales del cerebro, el corazón, el sistema inmunológico, además de la producción de hormonas, grasas cerebrales y prostaglandinas”, que son sustancias lipídicas con efectos similares a las hormonas. La deficiencia particular de ácido alfalinolénico —conocido como omega 3 y presente, principalmente, en linaza, chía, pescados de aguas profundas, mariscos, frutos secos y aguacate— genera, entre otros problemas, retraso de crecimiento y aprendizaje, mala coordinación motriz, debilidad, alteración comportamental, defensas bajas, adormecimiento de extremidades, sequedad de la piel, bajo ritmo metabólico y niveles altos de triglicéridos. De ahí que su consumo sea tan apremiante, particularmente durante la infancia y la adolescencia.

Sin embargo, Colombia es la nación del continente americano con menor ingesta de ácidos grasos poliinsaturados —a los que pertenece el omega 3— como fuente de la energía total que necesita el organismo. Esta situación fue el motivo para desarrollar un proyecto sobre el tema, en aras de identificar qué podría contribuir a subsanar esta deficiencia. Las nutricionistas Mercedes Mora-Plazas y Luz Nayibe Vargas, junto con otros investigadores, llevaron a cabo un estudio —liderado por Eduardo Villamor, de la Universidad de Michigan— con aceite de soya y de girasol, tras haber determinado, en una investigación previa, que estos dos eran los más usados en la cocción de alimentos por familias de los estratos bajo y medio en Bogotá.

Su objetivo era evaluar el efecto de los aceites de soya y girasol sobre los niveles de omega 3 en la sangre de niños entre 11 y 18 años. Para el estudio, seleccionaron 60 familias (todas con un solo hijo), y a cada una se le entregó uno u otro aceite, de forma aleatoria y sin que supiera qué tipo estaba recibiendo. “En la primera visita preguntamos qué habían consumido en las últimas 24 horas, obtuvimos datos antropométricos y tomamos una muestra de sangre a los niños para medir sus niveles lipídicos. Adicionalmente, se determinó la cantidad de aceite que cada hogar venía utilizando”, explica Mora-Plazas.

Al cabo de un seguimiento de cuatro semanas, “los resultados mostraron un aumento modesto pero significativo de omega 3 en pruebas sanguíneas realizadas a los menores”, añade. La investigación, publicada en 2015 en la revista Public Health Nutrition, concluye que “la concentración de ácido alfalinolénico en la sangre aumentó 0,05 puntos porcentuales del total de ácidos grasos séricos, mientras que el aceite de girasol lo decreció en 0,12 puntos porcentuales”.

Para el pediatra Germán Silva, especialista en medicina interna pediátrica y nutrición, “el aumento que sugiere este estudio no es muy significativo, porque solo entre el 15% y el 25% de ácido alfalinolénico se convierte en ácidos grasos poliinsaturados, lo que sugiere que el incremento no es de 0,05 puntos porcentuales sino, máximo, de 0,01 punto porcentual”. Para que los resultados sean contundentes, dice, habría que ampliar el estudio en tiempo y cobertura poblacional, y realizarlo en comunidades distintas.

Por su parte, Sacha Barrio Healey, autor del libro La revolución de las grasas, considera que los aceites comerciales pasan por unos procesos de extracción y refinamiento a altas temperaturas que los “desnaturalizan por completo, destruyen sus enzimas y […] retiran sus minerales y vitaminas. El resultado final es un aceite muerto, insaboro e inodoro, sin ningún poder nutritivo, al que la industria tiene que ponerle antioxidantes artificiales para que no se vuelva rancio”.

En ese sentido, los mejores aceites son los prensados en frío, y la mejor forma de obtener omega 3 es comiendo directamente los alimentos ricos en este nutriente, algo en lo que concuerdan Mora-Plazas y Vargas.

En Colombia, la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional de 2015 indica que, aunque la ingesta de grasas está dentro del rango adecuado, la relación de omega 3, 6 y 9 no es equilibrada, pues es muy alta en omega 6 y grasas saturadas, pero muy baja en omega 3. De acuerdo con la nutricionista Claudia Angarita, la relación de omega 6 y 3 debe ser de 5:1, pero en nuestro país es de 20:1, y eso está ligado directamente con las enfermedades crónicas que ocupan los primeros puestos de morbilidad.

Adicionalmente, según Angarita, el exceso de omega 6 puede bajar los niveles de omega 3, de ahí que, si se van a consumir aceites vegetales, lo fundamental es hacerlo con moderación, y evitar su reutilización y humeo. “Aunque el incremento que demuestra el estudio es poco, puede mejorar la situación nutricional y de salud de los niños y de la población en general”, continúa, y sugiere consumir cerca de 60 gramos de alimentos ricos en grasas esenciales al día.

Para Mora-Plazas y Vargas, es importante continuar con esta línea de investigación para fomentar el desarrollo de políticas públicas de nutrición infantil. De hecho, este estudio en cuestión se sustenta en un gran proyecto titulado “Estudio de cohorte de niños escolares de Bogotá”, que iniciaron las universidades de Harvard y Nacional de Colombia —posteriormente, se sumaría la de Michigan—, y la Secretaría de Educación de Bogotá. El estudio acogió una cohorte de 3.202 niños de 5 a 12 años de colegios públicos de estratos 1, 2 y 3, para medir y evaluar diferentes aspectos de nutrición y salud por medio de análisis de sangre, medición de peso y talla, recolección de datos antropométricos y encuestas sociodemográfica, de consumo y de actividad física, entre otros instrumentos, y como resultado se han escrito hasta la fecha 37 artículos científicos, publicados en revistas indexadas.


Para leer más:

  • Villamor, E., Marín, C., Mora-Plazas, M., Casale, M. Vargas, L. N., y Baylin, A. Cooking with soyabean oil increases whole-blood α-linolenic acid in school-aged children: results from a randomized trial. Public Health Nutrition, 18 (18), 2015, pp. 3420-3428
  • The Bogotá School Children Cohort. School of Public Healt. University of Minesotta. (Portal web)
  • Enlace externo.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Cooking with soyabean oil increases whole-blood α-linolenic acid in school-aged children: results from a randomized trial
INVESTIGADORAS: Mercedes Mora-Plazas, Luz Nayibe Vargas y otros
Facultad de Ciencias
Departamento de Nutrición y Bioquímica
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2012-2015