De la ciencia y otras formas de saber

De la ciencia y otras formas de saber

Por: Carlos Arturo López, Maria Juliana Flórez, Oscar Hernández * // Fotografía: iStock

El rifirrafe sobre las declaraciones de Mabel Torres, Ministra de ciencia y tecnología, a propósito de una bebida que podría resolver algunos tipos de cáncer que ella desarrolló combinando técnicas de la ciencia moderna y algunos saberes tradicionales, hace imperativo profundizar en una discusión que debe convocar tanto a la opinión pública como a la comunidad científica nacional.

Quienes han participado en el debate, desde los miembros de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales hasta una médica estudiante de maestría en el Reino Unido, han coincidido —a pesar de sus desacuerdos— en que además de la ciencia hay otras formas de saber. Incluso Moisés Wasserman, recio defensor de la preponderancia de la ciencia sobre las “sabidurías ancestrales” —nombre que él mismo usa—, ha dicho que tales sabidurías “contienen ideas muy interesantes y grandes verdades”, además de grandes falsedades. Habría que complementarlo diciendo que esto pasa con cualquier tipo de conocimiento; la historia de la ciencia es un testimonio abrumador de ello.

De los diversos aspectos del debate, nos interesa resaltar la cuestión de las relaciones posibles o no entre los saberes científicos y otras formas de saber convencionalmente no reconocidas. Esto es, la posibilidad de trazar puentes entre, de un lado, saberes altamente formalizados, atados a instituciones transnacionales y determinados por prácticas muy reguladas que se repiten en escalas tan variadas como el laboratorio de química de un colegio o el acelerador de partículas del CERN; y, de otro lado, unos tipos de saber que son locales, que están conectados con tradiciones que provienen de trayectorias diversas, muchas veces milenarias, con diferentes formas de transmisión, apropiación y aplicación y que dependen en gran medida de los productos de la tierra en que se asientan. Al mirar algunas de las características de estos dos grandes grupos de saberes, y haciendo a un lado el debate sobre la corrección ética y científica de las declaraciones de la Ministra, no vemos una lucha entre conocimientos adversarios, sino un amplio espectro de saberes dentro de los cuales debe contarse la ciencia.

Si la cuestión consistiera en determinar qué tipos de saberes son mejores que otros, nos parece que al usar criterios de juicio como la regularidad, la capacidad de predicción o la posibilidad de estandarización —dicho esto, además, desde una posición de “autoridad científica”— se funge al mismo tiempo como juez y parte. Tales criterios son característicos del tipo de conocimientos que produce la ciencia, por lo general muy diferentes de los producidos por saberes menos internacionales, menos institucionalizados y menos formalizados, en otras palabras, no todos los saberes son comparables entre sí, y no se debe tomar uno como la medida de todos.

Si a pesar de lo dicho, aún queremos jerarquizar los saberes tendríamos que recurrir a otros criterios como la utilidad, la efectividad, la aplicabilidad o la disponibilidad de unos saberes en casos específicos: ¿qué saber sería mejor si sufrimos una picadura de culebra en la mitad de la selva, cerca de instalaciones médicas que no dispongan de suero antiofídico, pero con el chamán de una comunidad local con experiencia en la materia y dispuesto a ayudarnos? O, saliéndonos del ámbito de la salud, ¿una comunidad tendría que contratar costosos estudios científicos para tomar las mejores decisiones sobre técnicas agropecuarias que garanticen la sostenibilidad de sus recursos, cuando existe un conocimiento acumulado por generaciones que ha mostrado tener mejores resultados? No en vano entidades a nivel global como la UNESCO, el Convenio de Diversidad Biológica (CDB) o la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), han señalado la necesidad de identificar, proteger y fomentar estos conocimientos tradicionales, reconociendo que son vitales para mejorar las condiciones de vida de miles de millones de personas en todo el planeta.

Para volver al comienzo, este debate nos permite apreciar los saberes —incluida la ciencia— como un conjunto de posibilidades con múltiples diferencias y características propias. Además, el debate nos pone ante el desafío de recuperar tipos de conocimiento atados a nuestras tradiciones y territorios y nos abre la posibilidad de sacarle partido a diversas formas de saber acumulado. El debate, asimismo, nos permite pensar en alternativas viables para competir con centros de producción de conocimiento que poseen músculos financieros tan grandes que pueden invertir miles de millones de dólares y esperar por décadas, sin una certidumbre acerca de sus réditos, condiciones con las que la gran mayoría de los investigadores en Colombia no contamos. Como se ve, el reconocimiento de la diversidad de saberes no solo enriquece la opinión pública, sino que nos invita, en nuestra calidad de productores de conocimientos altamente formalizados, a cuestionarnos si la condición compartida de conocimientos —el científico y el de otros saberes— nos permitirá encontrar formas de articulación entre ellos y así enriquecer y revalorar las múltiples formas de vida que ofrecen diversas comunidades a lo largo del planeta; no como objetos de museo, sino desde la riqueza de sus peculiares formas de saber.

En este texto apenas rescatamos del debate, el que haya servido para que a través de los medios de comunicación se reconozca la existencia de diversas formas de conocer. Pero este reconocimiento no resuelve algunas de muchas otras cuestiones que quedan en el aire. Por ejemplo, ¿por qué, a pesar de su reconocimiento tácito o explícito de otras formas de saber, muchos científicos cerraron filas en contra de la ministra desde un ethos más institucional que científico, en lugar de abrir el debate sobre las formas de relación posible entre la ciencia y otros saberes? ¿qué defienden, qué temen perder, qué tanto colonialismo y racismo —como lo señaló uno de los artículos en el debate— podría estarse reproduciendo con su postura? ¿Qué podemos pensar de la homogeneidad de las objeciones de las más reputadas instituciones científicas del país, si tomamos en cuenta que se trata de una científica, afrodescendiente, en un laboratorio de provincia y sin muchos recursos? —como nos invita a reflexionar otro artículo—. También podría indagarse por las razones que alguien tiene para poner sobre la mesa una cuestión tan polémica dirigiendo, al mismo tiempo, un ministerio y una empresa que ambiciona obtener una patente; una cuestión tan inquietante como la posible respuesta de la ministra ante la pregunta por el tipo de relación que tiene con las comunidades de las que obtuvo la “información ancestral”. Por ejemplo, en el caso de que la patente sea alcanzada ¿qué beneficios recibirían esas comunidades? Confiamos en que no será una de las centenarias formas de despojo de saberes tradicionales que desde tiempo de la Colonia han sufrido las comunidades americanas y las afrodescendientes que fueron traídas a la fuerza —y, claro está, muchas otras en el mundo—, en nombre del desarrollo de un tipo de conocimiento hegemónico que rechaza la diversidad y se pretende exclusivo en su calidad de conocimiento.

Lo que más nos interesa es invitar a construir esos vasos comunicantes entre saberes que hasta ahora han tenido un lugar marginal en la discusión. Sabemos que esta construcción no es fácil, pero tenemos la seguridad de que encierra un enorme potencial para el país. Por eso pensamos que es una tarea que debe ser abordada con rigor, pero también con curiosidad, apertura, humildad y respeto por la diferencia, rasgos que consideramos importantes para cualquier proceso de generación de conocimiento.

* Investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana

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