El gesto “piadoso” que cambia un ecosistema
La situación parece irreprochable: el infante sostiene un pequeño terrario; los individuos de rana coquí (Eleutherodactylus coqui) que llegaron con una planta traída de viaje ya no son bienvenidos en casa. La ranita, que llegó a Colombia como polizón, ya no “hace gracia”: canta todas las noches y no los deja dormir, ni a ellos ni a los vecinos. La familia decide “hacer lo correcto”. Se van al Jardín Botánico San Jorge, en Ibagué, buscan un charco bonito, dicen una frase que suena noble—“que sea libre”—y sueltan a las parejitas de ranas. Ese gesto duró cinco segundos, pero el efecto en el ecosistema urbano puede durar décadas y afectar a miles de vecinos humanos y no humanos. Al otro lado del parque había un humedal, un vivero, un pequeño bosque degradado y muchos insectos: un mundo listo para ser ocupado.
Muchas invasiones biológicas empiezan así: no con maldad, sino con un acto cotidiano que parece altruista y benevolente. Un acto guiado por la confianza ingenua de que “si es naturaleza, se arregla sola”. Pero la naturaleza no se “arregla”, responde, y cuando hay un invasor poderoso, la naturaleza no siempre sale bien librada; y debemos recordar que nosotros, los seres humanos, también somos naturaleza, por lo que las invasiones biológicas nos afectan al igual que al ecosistema colonizado por nuevos visitantes exóticos.
La invasión biológica, muchas veces, no llega como una “invasión”. Llega como una liberación caritativa, como un escape imprudente, como “algo que se salió de control”. Cuando por fin la llamamos por su nombre, suele ser tarde.
Qué es una invasión biológica (y por qué importa tanto)
Una especie exótica es la que vive fuera de su distribución natural porque alguien—casi siempre los seres humanos—la trasladó o la introdujo, por eso se les llama especies exóticas introducidas. No todas se establecen. No todas se expanden. Pero cuando una especie exótica introducida logra establecerse, aumentar su tamaño poblacional y dispersarse, tiende a causar impactos ecológicos, sociales y económicos negativos: ahí es cuando hablamos de una especie invasora.
El problema no es “la especie” como villana moral. El problema es el desajuste casi irreversible en el ecosistema colonizado: muchas invasoras encuentran menos enemigos naturales, compiten con ventaja (tienen espinas, toxinas, o son agresivas, por ejemplo), desplazan especies nativas, depredan lo que antes estaba protegido por la “historia evolutiva local”, o transportan patógenos que a su vez afectan a las especies nativas.
Las consecuencias han sido bien documentadas por la ciencia, y aun así se subestiman, se aplaza la respuesta o se toman medidas costosas e ineficientes. Permitir que una invasora permanezca, se reproduzca y se disperse es empujar al sistema hacia la pérdida de biodiversidad, degradación de procesos ecológicos, debilitamiento de servicios ecosistémicos, pérdida del bienestar de las comunidades humanas locales y costos económicos crecientes, que a veces duran décadas.
Las rutas de llegada son humanas, pero no siempre humanas son las decisiones
Los marcos internacionales describen rutas típicas: liberación intencional, escape desde cultivos, zoocriaderos, laboratorios, contaminantes y polizones en transporte, y corredores que facilitan dispersión (carreteras, canales). Pero en la vida real suenan así: “se escapó de un criadero”, “venía pegado a una planta”, “lo soltaron porque daba pesar”, “se fue río abajo” ¿Que quiere decir esto? Las especies exóticas no llegan “solas”; llegan por decisiones conscientes o negligencias, vacíos de bioseguridad y cadenas comerciales con monitoreo insuficiente. Y luego aparece el papel: convenios, resoluciones, listas oficiales… documentos que dicen “impedir”, “controlar”, o “erradicar”, escritos con la tinta de lo que ya pasó.
Para la muestra, un botón: desde la Resolución 848 de 2008, y resoluciones subsiguientes (Resolución 0067 de 2023), el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible declaró 26 especies exóticas invasoras en Colombia. Sin embargo, desde el trabajo de decenas de científicos y científicas en el país, se ha consolidado un listado de 486 especies exóticas e invasoras. Es decir, el gobierno solo reconoce el 5% de las especies exóticas y de aquellas que ya cuentan con poblaciones en procesos de invasión en el país.
Los acuerdos y normativas intentan cerrar esas puertas. A veces lo logran. A veces llegan tarde. Y casi siempre chocan con intereses: lo rentable hoy o el temor a tomar decisiones impopulares, puede ser costosísimo mañana. Y si, además, el cambio climático amplía ventanas de establecimiento y dispersión, la prevención deja de ser opción moral y se vuelve una obligación práctica de erradicación.
Hoy también hay otra ruta de entrada: la del relato público y viral en redes sociales. La presión social en redes puede monopolizar la conversación, desplazar la evidencia científica y empujar recursos públicos hacia acciones vistosas pero poco efectivas (como la esterilización de perros callejeros, palomas o hipopótamos invasores). Esto no se resuelve con insultos virales en X, sino con reglas básicas de comunicación científica: claridad, atribución, incertidumbre explícita, y decisiones basadas en evidencia científica acumulada.
Rana toro: el polizonte qué llegó para producción de carne
La rana toro (Lithobates catesbeianus) es un ejemplo perfecto de “ se escapó de un criadero” y “se fue río abajo”. Esta especie, traída ilegalmente para la ranicultura, no presentó un confinamiento adecuado y a inicios de los noventa se liberó a cuerpos de agua en los departamentos de Caldas y Valle del Cauca. La especie se ha movido por el mundo asociada al comercio y consumo de ancas, con malos manejos en zoocría y escapes al medio natural. En Colombia entró ligada a la idea de una economía rápida—ancas, mercado, producción—y hoy aparece como una invasora de alto impacto y difícil reversión en al menos siete departamentos.

Biológicamente, es eficaz: crece bien, se reproduce mucho y tolera ambientes alterados. Ecológicamente, es un depredador generalista: come lo que cabe en su boca, incluyendo vertebrados. Y sanitariamente, se ha señalado su papel como portadora o facilitadora en dinámicas de patógenos asociados al declive de anfibios nativos. No hace falta exagerar para que el panorama sea grave: basta con mirar la evidencia.
Así, en el mismo acto en que algún funcionario ve “oportunidad productiva”, el ecosistema recibe más individuos de especies exóticas introducidas, ocurren más escapes por negligencia y la invasión deja de ser un evento para volverse una probabilidad acumulada. En ciencia ecológica a esto se le llama “presión de propágulos”, o lo que entenderíamos como la repetición: múltiples intentos de los individuos de una especie exótica por establecerse. Repetición sin planificación, sin monitoreo sostenido y sin decisión temprana y efectiva.
Cuatro postales colombianas (para entender que no es un caso aislado)
Retamo espinoso (Ulex europaeus). En 1950, la especie se introdujo a Colombia como cerca viva y para el control de la erosión, por lo que es consideraba una “liberación intencional”. Hoy esta especie forma matorrales densos, incrementa el riesgo de incendios, cambia hábitats andinos y complica la restauración ecológica. El costo de recuperar un hábitat invadido puede ser brutal; así mismo, el paisaje se vuelve espinoso para la economía ambiental: pagar por volver a lo que antes funcionaba sólo.

Rana coquí (Eleutherodactylus johnstonei). Llegó ilegalmente a Colombia, por Barranquilla, desde el año 1980 como “polizón” dentro del comercio de plantas ornamentales. En las ciudades que habita, su presencia se detecta por el incesante sonido nocturno, una invasión que entra por el oído y puede interferir con la comunicación acústica de otras especies. Atención: los viveros pueden ser focos de dispersión si no hay control y bioseguridad. Y lo inquietante es que, cuando se oye, ya está establecida, y erradicarla es muy costoso.

Pez basa (Pangasianodon hypophthalmus). La especie fue traída ilegalmente a Colombia hacia el 2008, como pez ornamental y para consumo. Pero algunos ejemplares “se fueron río abajo”, por lo que para el 2015 se reportó el pez basa en el río Magdalena y sus planicies inundables. Actualmente, en algunas cuencas del Caribe colombiano, los modelos espaciales sugieren alta superposición de esta especie invasora con peces nativos que ya encuentran amenazados de extinción. Esta postal muestra cómo, a veces, la invasión no se ve como “plaga” sino como producto económico, bajo la permisividad del gobierno. Con su expansión geográfica, el riesgo no es solo perder especies de peces nativas: es empobrecer el río, simplificarlo, volverlo un sistema menos diverso y útil para quienes dependemos de él.

Hipopótamo (Hippopotamus amphibius). Cuatro individuos de esta especie fueron importados ilegalmente en los años ochenta por capos traficantes de drogas, desde el África subsahariana hacia el Departamento de Antioquia. Una vez confiscada la hacienda de los narcos, para 2006, los 16 hipopótamos “se fueron río abajo”. Actualmente, es el caso más mediático y a la vez más conflictivo: manejo costoso, debate social polarizado y autoridades atrapadas entre el riesgo ecológico y la presión pública.
Las estrategias “políticamente correctas” pueden ser costosas y de efectividad limitada si no alcanzan la escala necesaria. Los modelos poblacionales demuestran que la única alternativa eficiente es la erradicación, de otro modo tendremos 800 hipopótamos para el año 2050. Y mientras la conversación se llena de ruido, el territorio queda como rehén: comunidades locales amenazadas por los hipopótamos, ecosistemas degradados por su presencia y decisiones aplazadas.

Estas postales nos muestran cómo la llegada de muchas especies exóticas introducidas se ha realizado de manera ilegal en Colombia, y cómo la falta de monitoreo y control por parte de las entidades del gobierno, han permitido las actuales invasiones biológicas. Esto, sin siquiera tener claridad en la distribución actual (o futura) de las especies invasoras y los efectos de estas sobre las especies nativas de Colombia, los ecosistemas invadidos, y el bienestar, seguridad y economía de las poblaciones humanas locales. Es urgente, entonces, contar con un sistema permanente de financiación para los estudios socio-ecológicos sobre las invasiones biológicas en Colombia.
Mientras tanto, lo que sabemos desde la literatura científica es que:
- Las especies invasoras pueden depredar especies nativas que no tienen defensas (capacidad para competir por alimento o refugio), transmitir patógenos o cambiar el “funcionamiento” del ecosistema (reciclaje de nutrientes, regulación del agua, redes tróficas). Pero no solo reemplazan una especie por otra, reemplazan una comunidad diversa de cientos de especies por un hábitat simplificado, dominado por el invasor, el cual tiene menos funciones, menos resiliencia ante cambios y menos futuro.
- Hay cifras globales y nacionales que impresionan, pero el efecto real se entiende mejor así: el dinero se invierte de manera inadecuada al intentar controlar las poblaciones de especies invasoras (y peor aún, en medidas de alto costo y baja efectividad, como la esterilización o traslocación, cuando la invasión ya se consolidó). Y estos cálculos de pérdidas económicas se incrementan cuando consideramos, por ejemplo, cosechas o pesquerías perdidas, infraestructura afectada, poblaciones humanas desplazadas, acciones de restauración ecológica sin efectos duraderos y en el costo constante de sostener servicios ecosistémicos que antes se prestaban “gratis”. En Colombia, por ejemplo, el control y restauración de áreas invadidas por retamo espinoso se ha estimado en decenas de millones de pesos por hectárea, y su relación con el incremento de incendios vuelve el escenario cada vez más costoso y más frecuente: una deuda que se paga con presupuesto público y con paisajes degradados.
- No siempre el impacto en la salúd pública (y de las especies nativas) es directo, pero sí frecuente: especies invasoras pueden actuar como vectores o reservorios, o alterar condiciones que favorecen enfermedades en humanos y fauna silvestre. En anfibios, un ejemplo emblemático es la relación entre comercio de especies exóticas, la invasión biológica por escape de zoocriaderos y la dispersión de patógenos—como el hongo quítrido—vinculados a declives y extinciones locales de poblaciones nativas a escala global. No es ciencia ficción: es el día a día de la crisis biológica en el que perdemos especies antes de que si quiera podamos documentarlas.
No se trata de culpas, se trata de responsabilidades
El infante del inicio no quería afectar a sus vecinos ni dañar el ecosistema urbano. Su familia, tampoco. Pero la naturaleza no entiende de intenciones desinformadas: entiende de efectos a corto, mediano y largo plazo. Hay algo que enseña la ciencia de las invasiones biológicas, simple y antiguo: no todo lo que se suelta “vuelve a su lugar”. A veces se queda, crece, se reproduce y se dispersa. Y entonces nos toca convivir con las consecuencias… o decidir, a tiempo, que la prevención o la erradicación basada en la evidencia valen más que el aplazamiento caritativo.
Este texto hace parte de Naturaleza Excéntrica, una colaboración entre Pesquisa Javeriana y Fundación Macana en la que contamos historias sobre biodiversidad y las expresiones más excéntricas de la naturaleza. Si quiere conocer el trabajo de Macana, haga clic en la siguiente imagen:

Referencias
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