Microplásticos, ¿el ‘pan de cada día’ de los peces?

Microplásticos, ¿el ‘pan de cada día’ de los peces?

“Si yo me como un pedazo de bolsa plástica, puede que no me pase nada. Pero si constantemente estoy comiendo plástico, eso sí me va a hacer daño; hasta la muerte me podría causar”.  La frase es de Andrea Luna, directora del semillero Aquasistemas, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, y aunque ella misma dice que la comparación puede parecer absurda, retrata un aspecto crucial sobre la presencia de microplásticos en los ecosistemas marinos y sobre los posibles impactos en la salud de los animales e incluso en la salud humana.

Estas partículas son fragmentos de plástico que miden menos de cinco milímetros. Por su tamaño, su manejo como desecho contaminante es mucho más difícil. Por eso, los microplásticos están generando un impacto muy importante en las especies marinas. Este tema es relativamente nuevo en la investigación científica, y particularmente en Colombia no se ha estudiado a profundidad. Esta cuestión llevó a Valeria Jiménez Cárdenas, ecóloga javeriana, a analizar su presencia en los peces de Isla Grande, Bolívar.

La investigación se centró en la extracción de partículas plásticas del tracto digestivo de 60 individuos de peces pertenecientes a 5 especies diferentes distribuidas en los ecosistemas de arrecife de coral y de manglar. El primer resultado es contundente: todas las especies analizadas tenían este material en su tracto digestivo. “Estas fragmentos, al ser tan pequeños, son confundidos con alimento por los peces, ya que las especies analizadas son depredadoras visuales”, explica Jiménez. Este tema es especialmente sensible para el desarrollo normal de estos animales. “Ellos se sienten satisfechos porque sus estómagos están llenos, pero en realidad no se están alimentando con nutrientes que son importantes. Así, pueden presentar deficiencias por falta de recursos energéticos, en las defensas inmunitarias, el desarrollo y la reproducción”, agrega  Luna.

Pero eso no es todo. El acopio de microplásticos en el organismo del pez causa tres impactos principales: bloqueos internos, lesiones en el tracto digestivo y exposición a químicos contaminantes.

La acumulación interna genera obstrucciones en su sistema digestivo, que no permiten la circulación normal del alimento y la expulsión de los desechos. “En uno de los individuos se encontró un fragmento con forma de esfera, como un tapón en el inicio de los intestinos, y este tenía un aspecto muy similar a un huevo de pez”, detalla Jiménez. Es precisamente a este efecto que se refería Andrea Luna con su frase. “Ya cuando uno ve cómo hay plásticos dentro de los peces y no es solo algo que está en la literatura, es impactante”, dice. Comparar esta situación que viven los peces con el cuerpo humano podría dimensionar mejor el problema.

Además de lo mencionado, se encontró mayor cantidad de plásticos en las hembras. Para Valeria Jiménez esto se puede explicar por la mayor demanda de energía que requieren los individuos de sexo femenino para el proceso de reproducción y la producción de óvulos saludables. “En algunas especies a las hembras les toma un año más madurar sexualmente, comparado con los machos. Esto hace que consuman mucho más alimento y potencialmente, más plástico”, detalla.

Pero los efectos de la acumulación de este material van más allá.  Como el organismo no puede degradar dichas partículas, las hembras en especial no se nutren adecuadamente y esa desnutrición tendrá impactos directos en la descendencia. Esto puede hacer que las crías no tengan todos los elementos requeridos para su desarrollo así, podrían nacer con ciertos problemas neurológicos, desnutridos y de menor tamaño.

Otro de los hallazgos que menciona la investigación es que los plásticos encontrados tenían puntas filosas que potencialmente pueden causar heridas a lo largo del tracto digestivo. Frente al punto de exposición a sustancias químicas contaminantes, explican que las investigaciones avanzan para conocer las consecuencias reales, pero que ya se conoce que estos químicos pueden provocar disrupción endocrina, es decir, problemas en el equilibrio hormonal de los animales.

 

Innovación en Colombia

Para las investigadoras, este trabajo tiene un componente innovador pues compara la presencia de microplásticos en dos ecosistemas: manglar y arrecife de coral. Este es el primer estudio en el país que arroja información de este tipo y los resultados demuestran que las especies de manglar presentaron mayor cantidad de plásticos.

Ellas aseveran que esto podría estar relacionado con el Canal del Dique. El constante dragado y la apertura de las compuertas aportan grandes cantidades de sedimento al agua dulce que desemboca en las Islas del Rosario. El amplio caudal de esa plataforma permite que los residuos lleguen más lejos y los plásticos, por ser livianos, tienen mayor flotabilidad. Otras fuentes más directas pueden provenir de actividades en las islas como el turismo. Incluso las corrientes también pueden contribuir a este tipo de contaminación.

Los manglares actúan como un filtro en el que las raíces de los árboles atrapan una parte considerable de plásticos. Ambas investigadoras coinciden en que aún falta ahondar más en este tema, pero que su trabajo ya da un indicio de cómo es la distribución de plásticos en el mar, dónde se están acumulando y cuáles serían los principales ecosistemas para priorizar en la mitigación de esta problemática.

Esta investigación revela que los polímeros más encontrados en los peces fueron:

  • Poliéster: muy utilizado en el sector textil.
  • PVC: usado en láminas para empaque de productos durante el transporte
  • PET: material con el que se hacen las botellas plásticas
  • Polietileno: utilizado en envolturas de plástico y bolsas

Este resultado da un mayor acercamiento a las fuentes principales. Además, casi la mitad de los plásticos dentro de los peces eran negro y verde, colores que pueden ser similares a las presas de las cuales usualmente se alimentan.

La degradación del plástico

El plástico es un material relativamente nuevo en el planeta. Su producción se inició en los años 50 y se ha generalizado por todo el mundo. Si bien permite mucha practicidad en su uso, se ha evidenciado su impacto contaminante. Desde hace algunos años,  y como alternativa a este fenómeno, se lanzaron al mercado los plásticos oxo-biodegradables. “Estas son bolsas con ciertos aditivos químicos que cuando entran en contacto con la radiación solar y el oxígeno empiezan a romperse  en pedazos pequeños como un vidrio de seguridad”, explica David Gómez, tutor del semillero de Degradación en Polímeros Plásticos Contaminantes de la Facultad de Ciencias de la Javeriana, quien también aportó en esta investigación.

En teoría este tipo de material sería un avance para reducir la contaminación, pues al fracturarse en pedazos más pequeños su degradación sería más rápida. Pero los resultados del estudio muestran consecuencias diferentes. “Esta investigación es importante porque lo que aparentemente se vende como una solución ecológica y ambiental, parece no serlo del todo” agrega Gómez.

En este semillero trabajan en la búsqueda de estrategias que permitan minimizar la contaminación por plásticos. Uno de sus proyectos es liderado por este docente, que investiga los tipos de microorganismos capaces de biodegradarlo. Entre ellos se han reportado bacterias y hongos. Para él, los lugares ideales para encontrar estos microorganismos son aquellos en donde más tiempo han permanecido en contacto con estos materiales. Su trabajo consiste en cultivarlos y estudiarlos para medir su capacidad de biodegradación. “La universidad le está apuntando a crear estrategias fisicoquímicas, biotecnológicas  para poder minimizar el impacto ambiental que hemos causado durante tanto tiempo”, explica.

Los tres investigadores coinciden en que para atacar el problema hay varios frentes. Uno de ellos es la educación ambiental, tanto de las comunidades que habitan y visitan el mar, como las de las grandes ciudades, cuyas poblaciones suelen creer que no tienen responsabilidad en el tema, pero sus residuos son transportados por corrientes hídricas hasta los océanos.

El plástico debería ser uno de los materiales menos problemáticos porque se puede reciclar, pero para lograrlo hay que hacer un adecuado manejo de sus residuos. Otro frente pasa por las políticas públicas, si bien hay muchos debates sobre el cobro de impuestos al uso de bolsas, los investigadores afirman que se deben tomar más medidas que protejan el ambiente. Pero es necesario insistir, que lo más efectivo pasa por lo personal. Cada individuo debe tomar conciencia y responsabilizarse del uso adecuado y de la disposición final.

Lecciones de la pandemia a la ciencia colombiana

Lecciones de la pandemia a la ciencia colombiana

“La profesora Marylin Hidalgo ha sido una pieza fundamental de esta iniciativa desde la Facultad de Ciencias”, dice el vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, Luis Miguel Renjifo. Fue ella la que, sin dudarlo y con toda la disposición, empezó a hacer gestiones, junto con la Facultad de Medicina y el Hospital Universitario San Ignacio (HUSI), en la Universidad y fuera de ella, para que la Javeriana se ofreciera a realizar las pruebas de diagnóstico de la COVID-19.

Por su trabajo durante varios años en el Instituto Nacional de Salud (INS), Hidalgo sabía perfectamente que esa entidad necesitaba apoyo y que la experiencia de la investigación universitaria podía responder para agilizar su labor y ampliar la capacidad de respuesta del país.

El llamado de la Secretaría Distrital de Salud de Bogotá (SDS) para certificar laboratorios universitarios capitalinos incluyó una capacitación de investigadores en el INS, paso que ya cumplió la Javeriana. Ahora, el INS y la SDS visitan las universidades para verificar los estándares de calidad en la adaptación de sus instalaciones, de manera que puedan empezar a procesar muestras. Ya las universidades de los Andes, el Bosque y Rosario iniciaron el trabajo. El HUSI y el Instituto de Genética Humana (IGH) de la Javeriana se preparan para unirse a esta red de laboratorios para el diagnóstico de la COVID-19, la cual está coordinada por Gabriela Delgado, bacterióloga y Ph. D. en Ciencias Farmacéuticas.

Tenemos reuniones periódicas con todas las universidades para compartir experiencias técnicas y algunos postulados científicos asociados con el diagnóstico y con el seguimiento. En ese sentido, los investigadores han sido muy generosos, compartiendo sus saberes y reactivos. Ver a las universidades trabajando conjuntamente es muy satisfactorio”, le dijo Delgado a PESQUISA JAVERIANA.

¿Cómo ha sido el proceso en la Universidad? La bacterióloga, Ph. D. en Ciencias y líder del Grupo de Enfermedades Infecciosas de la Facultad de Ciencias, Marylin Hidalgo, y el genetista y director del Instituto de Genética Humana (IGH), Fernando Suárez, quienes han sido claves en la preparación y montaje de los laboratorios universitarios para aportar a la superación de la pandemia en Colombia, hablan acerca de esta experiencia.

PESQUISA JAVERIANA: ¿Qué los motivó a llamar la atención de la Universidad para participar en las actividades propuestas por el INS y la SDS?

Marylin Hidalgo: Durante mi trabajo en el INS enfrentamos dos alertas epidemiológicas muy complicadas, el ataque 9/11 con el ántrax y luego el H1N1, lo que me sirvió para entender cómo funciona el Instituto, cómo manejar esas alertas, y cuáles son las necesidades en esos momentos de angustia. Ahora en la universidad puedo trasladar el conocimiento y las fortalezas que tenemos desde la academia para aportar a esas emergencias. Tenemos gente muy bien formada, que piensa y ve las cosas de manera diferente a la del Instituto. La respuesta del INS tiene que ser inmediata; la de la academia debe ser complementar esta respuesta y de apoyo incondicional.

Fernando Suárez: Con la capacidad técnica en infraestructura que tiene la Facultad de Medicina, vimos la necesidad de acompañar al INS en la realización de las pruebas. Mientras mayor cantidad de pruebas se realicen, se podrá conocer mejor la magnitud del problema.

P. J.: ¿Cómo se ha preparado la Javeriana para ofrecer el servicio una vez el laboratorio esté certificado?

M. H.: Hicimos un profundo análisis, evaluando infraestructura, riesgos y revisando rutas biosanitarias. El HUSI es un eje central, porque para ellos es más fácil asumir el diagnóstico, lo hacen de rutina. Simultáneamente, pensamos extender una parte del Laboratorio de Biología Molecular de la Facultad de Ciencias al IGH, por su cercanía con el Hospital, lo cual evita que estemos circulando muestras por toda la universidad. El riesgo se disminuye mucho.

F. S.: La SDS solicita adaptar mejor el laboratorio para que sea compatible con el diagnóstico. Por ejemplo, señalizar las áreas de desecho. Debemos tener una ruta sanitaria muy bien definida para saber por dónde van a entrar las muestras, por dónde van a salir los desechos biológicos. Aunque esto ya lo tenemos, ahora debemos ajustarnos a un estándar diferente. Estamos haciendo esos ajustes. Pero ya contamos con la capacidad del diagnóstico porque, con un equipo de cuatro investigadoras, logramos estandarizar la técnica. Si hoy llegara una muestra de un paciente, ya podríamos hacer el diagnóstico.

“Colombia tiene una masa sólida y crítica de investigadores en salud que hoy en día está al servicio del país y del mundo”.
Gabriela Delgado, SDS.

P. J.: ¿Cuáles han sido los obstáculos para adaptarse a las nuevas responsabilidades y cómo los han superado?

M. H.: El sistema es lento y no fluye tan rápido como uno quisiera. Uno se enfrenta a situaciones que no son fáciles de superar. Por ejemplo, no se pueden comprar los reactivos de inmediato, porque no hay disponibilidad. Por otro lado, las realidades de cada persona son diferentes. Hay quienes les da temor procesar o recibir las muestras, porque eso tiene un riesgo. Esas situaciones humanas son comprensibles.

F. S.: Necesitábamos un congelador especial para guardar el RNA de los virus, y ha sido muy difícil porque todo el mundo lo está comprando. Los reactivos están escasos. Es un problema mundial. Como en Colombia no se producen, toca importarlos. Se juntan todos los problemas que uno encuentra en la investigación, pero comprimidos en muy pocos días. Son los problemas de siempre: el dólar más caro, hay que importar materiales y reactivos, pero uno tiene tiempo. En cambio aquí no hay tiempo. El reto grande es tener todo listo en poco tiempo.

P. J.: ¿Cuáles han sido las lecciones en este proceso?

M. H.: Reconocer nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Una fortaleza grandísima es la alianza con otras instancias o facultades de la Universidad. La Facultad de Ciencias siempre ha tenido una relación muy cercana con el HUSI, pero ahora hemos visto que esa alianza es más que necesaria. Tenemos un laboratorio y un hospital muy buenos, y muchas capacidades en las facultades de Ciencias y Medicina, lo que nos ha permitido unirnos por una necesidad común. Desde la Facultad de Ciencias hay que destacar la generosidad que han tenido sus investigadores de todas las áreas con sus conocimientos y con su apoyo en equipos y en materiales.

Con los investigadores de otras universidades hemos creado unas alianzas maravillosas. Nos hemos reconocido en la emergencia. Nunca se había visto la generosidad en protocolos y préstamo de reactivos, no en beneficio de las universidades y de los investigadores, sino del país. Todas las universidades estamos unidas para apoyar a la Secretaría Distrital o al INS. La solidaridad ha sido una de las lecciones más importantes.

F. S.: Los obstáculos se han convertido en oportunidades de conocer otras personas, trabajar con ellas, integrar servicios. Hemos hablado con universidades con las que no hablábamos, con puntos de vista diferentes, eso es muy interesante. En el IGH se trabaja con otros virus que sirven, por ejemplo, para inmortalizar líneas celulares, pero no en un genoma viral en particular. Lo que hemos aprendido nos servirá para la investigación en el futuro.

P. J.: ¿Cómo se beneficiará la ciudadanía colombiana con esta nueva infraestructura y con el personal capacitado?

M. H.: El HUSI podrá procesar aproximadamente 300 muestras diarias, porque tienen un sistema automatizado.

F .S.: En el IGH serán unas 200 muestras diarias, o sea, 1000 a la semana, lo que será un alivio inmenso para la Secretaría.

P. J.: ¿Qué viene ahora?

F. S.: Supongo que la escasez de reactivos disminuirá. Pero hay algo muy importante que viene ahora. Estamos pensando en los pacientes, como es obvio, pero no hemos pensado mucho en el personal del sector salud que atiende este tema en las UCI y directamente a los afectados: se supone que se les debería hacer el test cada siete a nueve días. Ese es un reto grande.

Otro problema es que puede haber reinfección. Podríamos tener que repetir la prueba varias veces al año. Mientras no haya vacuna o un medicamento que funcione, esto puede durar años.

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Nuevos vientos en la Antártica, un efecto del cambio climático

Nuevos vientos en la Antártica, un efecto del cambio climático

Pesquisa Javeriana contó con una corresponsal en la Antártica durante enero y febrero de este año, quien nos narró su experiencia como investigadora de la XXXV Expedición Italiana a la Antártica, en el Buque Rompehielos Oceanográfico Laura Bassi. En este recorrido, la bióloga javeriana Nohelia Farías Curtidor estuvo recogiendo datos sobre los mamíferos acuáticos que viven en esta zona del mundo para colectar datos e información sobre la ocurrencia, abundancia y comportamiento de mamíferos marinos en el mar de Ross, además de identificar y corroborar las áreas principales de uso de estos animales y tratar de hacer una relación de su presencia con las condiciones oceanográficas del área. También pudo percibir y reconocer junto a sus colegas italianos algunas transformaciones en el cambio del clima del llamado Continente Blanco.

Es la primera vez que una colombiana recorre el mar de Ross por la ruta que lo hizo Nohelia Farías Curtidor, desde Nueva Zelanda, gracias a la alianza lograda por el Programa Antártico Colombiano con el Programma Nazionale di Ricerche in Antartide (de Italia). La información por esta nueva ruta plantea una oportunidad valiosa para el país ya que permite tener datos de los mamíferos acuáticos por una zona que se desconocía y que sirve para comparar con los datos que se tienen del recorrido por la península antártica a la que la expedición colombiana visita desde hace cinco años.

Desde el mar de Ross, Farías Curtidor escuchó las noticias sobre las altas temperaturas en la Antártica, especialmente en las cercanías con el sur del continente americano. Según los reportes de la NASA, se alcanzaron 20° de temperatura en el continente de hielo, el mayor récord en la historia. Esto generó un derretimiento de más de 10 centímetros de capa de hielo en Eagle Island. Sin embargo, por el sur de este continente los climas nunca fueron superiores a 3°, lo que tampoco indica que esté exento del impacto climático sobre los ecosistemas.

Igualmente, del costado oriental del continente los investigadores de la expedición científica italiana evidenciaron un derretimiento del glacial y por el lado occidental del mar de Ross están entrando las tormentas y corrientes del mar Pacífico Sur, lo que antes no ocurría. Aún no se puede afirmar a “ciencia cierta qué pasará, pero sí podemos imaginarnos o tratar de evaluar ciertos escenarios porque están cambiando la dinámica del lugar y sus características”, explicó la bióloga javeriana.

La cadena alimenticia puede ser un claro ejemplo de cómo se evidencia el impacto climático en las formas de vida de las especies y cómo se transforman sus hábitats y sus hábitos:

Estos impactos que se generan en la Antártica pueden afectar especies de animales que llegan hasta Colombia, Ecuador o Panamá como la ballena jorobada. ¿Qué pasaría si estos mamíferos no se alimentan lo suficientemente bien en la Antártica para recorrer 8.000 kilómetros hasta llegar a las costas de estos países para reproducirse?

El efecto del cambio climático se está viendo no solo en la Antártica sino en todo el mundo. “Por ejemplo, en el Ártico en 2006 o 2007 se midió la capa de hielo más pequeña que se había encontrado porque se desprendió un pedazo de hielo tan grande como Italia”, relató Nohelia en su expedición. El reto ahora es evaluar las consecuencias y considerar qué se puede hacer para tratar de que esto pare o por lo menos baje la intensidad y la rapidez con la que está ocurriendo. Por ello, la bióloga javeriana hace recomendaciones para que los ciudadanos aporten en contrarrestar el impacto de la huella ambiental.

Nohelia Farías Curtidor regresó esta semana de su expedición, luego de siete días de viaje de vuelta. Logró identificar, por ejemplo, el pingüino emperador (Aptenodytes forsteri), que puede medir 120 centímetros, pesar entre 20 y 40 kilogramos y caminar entre 50 y 120 kilómetros para llegar a su colonia. También, el petrel gigante del sur (Macronectes giganteus), un ave que con sus alas extendidas puede medir hasta dos metros. Además, la foca leopardo (Hydrurga leptonyx), solitaria y agresiva, que vio solo una vez y que puede llegar a medir entre tres y cuatro metros, además, de pesar entre 300 y 500 kilogramos. Su amor por la naturaleza, en particular los mamíferos acuáticos, es una preocupación latente en medio de noticias que cuestionan las prácticas de los humanos frente al cuidado del planeta. Por ello, continuar investigando sobre estos lo considera como una forma de disfrutar la vida y de aportar en su conservación.

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Para conocer la bitácora completa de Nohelia Farías Corredor, consulte este enlace: https://www.javeriana.edu.co/pesquisa/opinion/javeriana-en-antartida/


* La participación en esta expedición de la egresada javeriana en biología, Nohelia Farías Curtidor, cuenta con la financiación de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

¡Hasta pronto, Antártida!

¡Hasta pronto, Antártida!

En los últimos días tuve la oportunidad de conocer la base italiana Mario Zucchelli. Nos organizaron por grupos para poder bajar y pisar por primera vez la Antártida. En aproximadamente dos horas hicimos un recorrido para conocer las instalaciones de la base y a algunas personas que trabajan allí; nos llevaron también a una casita de madera donde todos los que visitan la base escriben lo que quieran y plasman su firma. Fue una experiencia diferente e interesante, pues llevábamos más de un mes abordo, sin hacer mucho ejercicio y con el movimiento constante del barco.

Luego llegó el día del adiós. Dejamos el ‘Continente Blanco’ y tomamos rumbo a Nueva Zelanda. En ese instante me di cuenta de que el tiempo se había acabado. No sé en qué momento se pasaron casi 30 días en ese paraíso. Nos encontrábamos en frente de la estación italiana cuando la jefe científica de la expedición hizo sonar la bocina del barco en tres ocasiones, en señal de despedida. Yo simplemente me quedé afuera, observando el hermoso paisaje, mirando por última vez al volcán Melbourne, un volcán activo de alrededor 2700 metros de altura. En ese momento empecé a tomar fotos de la espectacular Antártida y me embargaron muchos sentimientos, no pude evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas. Sentí mucha alegría por haber tenido esta mágica experiencia, pero mucha tristeza por dejar el que, para mí, es el lugar más hermoso de la Tierra. Tengo mucha gratitud con el universo y con todas las personas que hicieron posible que este sueño se hiciera realidad. Hay muchos deseos de repetirlo.

Volcán Melbourne
Volcán Melbourne.

Así empezamos seis días de navegación con rumbo a Lyttelton (Nueva Zelanda). Desafortunadamente nos tocó pasar entre dos tormentas en el Pacífico Sur, por lo cual el movimiento se hizo más fuerte a medida que salíamos del mar de Ross. Tengo que confesar que no fueron días muy placenteros, de nuevo muchos de los investigadores se sintieron mal y tuvieron que pasar el mayor tiempo del viaje en cama. Yo sentía un poco de dolor de cabeza, pero lo malo es que no se puede hacer ninguna actividad, no podía sentarme a trabajar en el computador porque me mareaba, solo estuve los dos primeros días en el puente de la embarcación tratando de ver algún mamífero marino, luego me tocó estar en la parte más baja del barco, conversando con otros investigadores, tratando de tocar guitarra, tratando de hacer que el tiempo pasara rápido. Sin embargo, le dije a un investigador que si ese era el precio que tenía que pagar para ir a la Antártida, estaba dispuesta a pagarlo todas las veces que fuera necesario.

Cuando nos encontrábamos llegando a Nueva Zelanda, el clima se calmó un poco y pude volver a retomar los avistamientos. Así fue como observé saltando el lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri), sacando su cabeza del agua para ver el bote y nadando en varias ocasiones.  Su distribución se restringe a Nueva Zelanda y al suroccidente de Australia; puede llegar a medir entre 1.5 y 2 metros; tienen orejas externas y aletas traseras que rotan hacia delante; pueden bucear de 10 a 15 minutos y bajar a profundidades de hasta 300 metros. En la isla sur de Nueva Zelanda hay varias colonias de esta especie.

 

Lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri)
Lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri)

El último avistamiento que tuve fue el de los delfines de Héctor (Cephalorhynchus hectori). Fueron solo dos minutos en los que cuatro individuos se acercaron a la embarcación, luego jugaron en la proa y desaparecieron. Esta especie es endémica, es decir que solo la podemos ver en Nueva Zelanda. Desafortunadamente esta especie se encuentra en peligro de extinción, las mallas de pesca han sido las principales responsables de su estado de amenaza ya que muchas son hechas con materiales muy delgados y que en muchos casos estos animales no detectan cuando se alimentan. Este es uno de los cetáceos más pequeños, llegando a medir aproximadamente 1.5 metros y a pesar aproximadamente 50 kilogramos.

Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori)
Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori)

Quiero agradecer a la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente al director del Departamento de Biología, Carlos Rivera Rondón, y a la productora general de la revista Pesquisa Javeriana, Claudia Marcela Mejía Ramírez, por su trabajo, apoyo y compañía, para vivir este sueño conmigo. También al jefe de la expedición, Riccardo Scipinotti, quien con su esfuerzo y alegría constante generó un muy buen ambiente de trabajo abordo; además, gracias a toda la tripulación del buque Laura Bassi y a los  investigadores con los que compartí momentos que quedarán por siempre en mi memoria.

>> Conoce aquí la aventura completa.


* La participación de la egresada javeriana en biología Nohelia Farías Curtidor a esta expedición cuenta con la financiación de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

La senda para curar a los pacientes de VIH enfermos por cáncer

La senda para curar a los pacientes de VIH enfermos por cáncer

Grupo de Inmunobiología y Biología Celular¿Qué relación tienen el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) y la aparición del cáncer? Aparentemente, ninguna. Pero para Sandra Quijano, bacterióloga, doctora en biología y clínica del cáncer, y docente investigadora del Departamento de Microbiología de la Pontificia Universidad Javeriana, se ha convertido en su motivación para encontrar una solución a dos intensas enfermedades que causan grandes estragos: según la Organización Mundial de la Salud, en 2016 se registraron más de un millón de muertes relacionadas con el VIH, mientras que, en el caso del cáncer, su tasa de mortalidad anual se eleva a más de 8,8 millones de casos.

Ante esta realidad, el Grupo de Inmunobiología y Biología Celular de la Javeriana, liderado por Quijano, adelantó una investigación centrada en buscar la existencia de marcadores en la sangre de pacientes portadores de VIH del Hospital Universitario San Ignacio (HUSI), con el fin de identificar la probabilidad de desarrollo de tumores invasivos y cáncer.  Según la investigadora, estos tumores suelen ser altamente invasivos y causan una elevada tasa de mortalidad entre quienes los padecen.

Esta investigación, titulada Evaluación de la clonalidad B en pacientes VIH positivos en distintos estadios clínicos de la enfermedad y su asociación con la infección con el virus del Epstein Barr, fue galardonada con el Premio a la Investigación Científica 2017, entregado por la Academia Nacional de Medicina por ocupar el primer puesto en la categoría de Ciencias Clínicas. Esta organización reconoce el trabajo de investigadores en áreas de la salud con el fin de estimular el avance de la ciencia médica en el país.

Todo este proyecto fue posible gracias a un trabajo articulado entre el Servicio de Infectología del HUSI, el Grupo de Patología de la Fundación Santa Fe de Bogotá y el Grupo de Biotecnología de la Fundación Cardiovascular de Colombia en Bucaramanga.