Una fe que salva al planeta

Una fe que salva al planeta

Salute, a la votre, cheers”, “Bottom’s up” o “¡Salud!” suelen ser expresiones que, junto a un brindis, acompañan reuniones o eventos sociales. Como costumbre, alrededor del mundo, millones de personas se encuentran para celebrar, según sus culturas y religiones, festividades como cumpleaños, navidades, Semana Santa, rituales en comunidades indígenas y otros particulares como el Hanukkah de los judíos, quienes conmemoran la edificación del segundo templo en Jerusalén; el Ramadán para los musulmanes, que es el noveno mes del año y durante él ayunan desde el alba a la puesta del sol; o el Ratha Yatra de los hare krishna, en el cual adoran a su dios Yáganat.

Estos momentos van acompañados por alimentos, cada uno según su gastronomía. En Colombia, por ejemplo, un plato para la cena de año nuevo es un lomo de res sobre leña. La receta es sencilla: tres libras de lomo, semillas de soja, cinco cucharadas de vino blanco, aceite de palma y troncos de madera. Suena delicioso, ¿no? Pero, tal vez lo que no sabemos es que esta combinación tiene los elementos necesarios para aportar una alta cuota al índice de deforestación de los bosques tropicales en el mundo.

El crecimiento de la infraestructura global, el gasto energético con los millones de bombillos encendidos durante las festividades, la extracción de madera, las inmensas listas de libros y cuadernos en temporada escolar o los troncos con los que encendió la fogata de la cena, y los cultivos ilícitos junto a la ganadería extensiva son las principales causas de que el 17,4% de las emisiones de gases de efecto invernadero provengan de la degradación de los bosques tropicales.

Debido a esta grave situación, surgió la Iniciativa Interreligiosa de Bosques Tropicales el 19 de junio de 2017 en Oslo, Noruega, una alianza internacional y multirreligiosa, liderada por la Organización de las Naciones Unidas, con el propósito de convocar a los principales líderes de tradiciones religiosas, pueblos indígenas, comunidades afrocolombianas, científicos y ONG para comprometerse a defender el planeta y poner fin a la deforestación.


Un pacto entre creencia y medio ambiente

Si bien es cierto que los bosques tropicales benefician a la humanidad porque protegen las cuencas hidrográficas, contribuyen al equilibrio del oxígeno, del dióxido de carbono y de humedad en el aire, y son el hogar de 1.600 millones de personas en el planeta, no se debe desconocer una cifra alarmante: cerca de 40 campos de fútbol de bosques desaparecen cada minuto en el mundo.

Según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, de la cobertura total de bosques del país (58’633.631 hectáreas), 26,10 millones están en territorios nacionales de comunidades indígenas (koguis, emberas y ticunas, por mencionar algunas) y 4,24 millones en territorios de comunidades afrocolombianas. Esto llama fuertemente la atención ya que la responsabilidad del Gobierno no solo implica velar por los derechos de la ‘madre tierra’ sino también los derechos de quienes la habitan.

Por eso, a finales de 2018, la Pontificia Universidad Javeriana fue la casa del primer encuentro interreligioso entre representantes de la iglesia presbiteriana, anglicana, católica, evangélica y la ortodoxa griega, los pueblos indígenas de la Amazonía, líderes del islam, comunidades negras, afrodescendientes y raizales, y líderes hare krishna en Colombia.

¿Su propósito? Detener el impacto medioambiental a través de un llamado social a la moral y la espiritualidad, entendiendo la fe como motor para aunar esfuerzos y ponerle fin a la deforestación tropical, teniendo en cuenta que “Colombia, Perú, Brasil, República Democrática del Congo e Indonesia conforman el 70% de los bosques tropicales en el mundo”, según Juan Bello, jefe de la oficina ONU Medio Ambiente.

De esta jornada resultaron varios compromisos: fomentar modelos económicos que superen el extractivismo y la industrialización a partir de la visión indígena del buen vivir con la tierra, respetar la autonomía de los pueblos indígenas en la administración de sus territorios ancestrales, exigir la erradicación de las fumigaciones y convocar a las comunidades de fe para que participen y asuman su rol como gestores del cuidado del medio ambiente.

También surgieron llamados de atención al Gobierno nacional respecto a la construcción de políticas públicas que garanticen la conservación de los bosques tropicales y sus pobladores. “Creemos que hay que hacer una incidencia política para que podamos llevar, desde nuestras comunidades de fe, información sobre cómo cuidar el planeta a todos los rincones del país”, dijo Francisco Duque Gómez, presidente del Consejo Interreligioso en Colombia.

Cabe recordar lo mencionado por el papa Francisco en la encíclica  Laudato Si: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar”; al referirse al medio ambiente, lamentablemente añade: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.


El problema y el reto

Imagine que se embarca en una expedición a través de la Amazonía colombiana. Seguramente se encontrará entre inmensos bosques, tupidos por árboles y arbustos de unos cinco metros de altura o más, y lo primero que verá serán perezosos meciéndose sobre ramas, anguilas eléctricas por sus ríos, descargando cerca de 600 voltios al contacto con otras especies y un salvaje pero intrigante caimán negro. Sin embargo, esta escena puede no ser la misma de seguir escuchando noticias como que en 2017 la Amazonía peruana perdió cerca de 143.000 hectáreas o lo equivalente a 200.000 campos de fútbol a causa de la deforestación. Un tema serio.

Esto llama la atención sobre los graves efectos de este problema medioambiental. De hecho, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la destrucción del hábitat y las especies que lo ocupan, el calentamiento global y los gases de efecto invernadero con la tala de árboles que evitan el proceso natural de respiración y la absorción del CO2 de la atmósfera, la erosión del suelo y el aumento de inundaciones serían solo la punta de un iceberg capaz de terminar con la biodiversidad y las condiciones de hábitat de la humanidad, tal y como la conocemos.

Por eso, organizaciones nacionales e internacionales han tomado medidas para controlar estas consecuencias. Por ejemplo, el Gobierno expidió la Política Nacional de Gestión Integral de la Biodiversidad (2012) con la cual establece acciones para balancear los intereses de la sociedad frente a la biodiversidad y el mantenimiento de sus servicios; el Acuerdo Climático de París, gestionado durante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que establece medidas para la reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), y recientemente, el fallo dictado por la Corte Suprema de Justicia que reconoce al Amazonas como sujeto con derechos.

De esta forma, Colombia, además de ser el segundo país con mayor biodiversidad del planeta o el primero en conservar la mayor variedad de aves y orquídeas, también es el hogar de comunidades indígenas, ancestrales, religiosas, afrodescendientes, entre otras. Que, aunque diferentes entre sí, conservan una misma intención, una misma responsabilidad. Cuidar su casa común, el planeta.

El arte de reinventar la fe

El arte de reinventar la fe

Hace unos años, para Mileidys pensar en Dios era pensar en un infierno. La culpa la perseguía permanentemente. Esta mujer desplazada por la violencia entró a los 14 años a la guerrilla, se convirtió en la compañera de un rebelde que la maltrató y violó repetidamente, y ella terminó asesinándolo cuando lo descubrió abusando de uno de sus tres hijos. “Estoy completamente sucia, soy una pecadora. No creo que tenga salvación”.

Cuando la teóloga Susana Becerra escuchó este testimonio y la demoledora sentencia que Mileidys se había impuesto, comprendió el daño que siglos de prédica bíblica cimentada en el pecado y la culpa y no en la compasión y la misericordia pueden ocasionar. Aún está muy arraigada en la sociedad –especialmente en la población más vulnerable– la idea de un Dios juez que castiga o premia y que convalida la sumisión, el dolor y el sufrimiento en compensación al pecado. Para la muestra, un botón: cuando Mileidys le contó a su madre lo que estaba viviendo, ella solo atinó a decirle “aguante, mija, aguante, que para eso es su marido y ese fue el que Dios le mandó”. Además, cuando fue a confesarse tras quedar embarazada como producto de una violación, el sacerdote se negó a darle la absolución por considerarla indigna de ello.

Esta historia de vida es un ejemplo icónico que encontró Becerra en su trabajo con mujeres desplazadas asentadas en Ciudad Bolívar. Lo que empezó hace 14 años como una caracterización de esta población para nutrir el programa Vidas Móviles –creado para apoyar, acompañar y orientar a personas en condición de desplazamiento forzado, incluidas mujeres víctimas de violencia sexual– se convirtió en el sustento de una investigación teológica sobre cuál es la visión que se tiene de Dios en las distintas construcciones sociales y sobre cómo se dialoga con él en medio del drama y la tragedia humanas.

Basada en su experiencia pastoral, en varios estudios y en su propia formación profesional en la Pontificia Universidad Javeriana, Becerra impulsa a vivir una fe que no se dé desde el sufrimiento ni de manera pasiva con la convicción de que el único mandamiento de Dios es el amor, y ante su mirada, el dolor y el sufrimiento son injustificables como mecanismos para acreditar la fe. “El dolor y la muerte nos son inherentes y no los podemos evitar. No me imagino cómo sería la vida sin que existiera la vulnerabilidad en el ser humano, en la que el dolor y el sufrimiento se manifiestan para hacernos crecer y madurar. Pero lo que sí resulta inaceptable es cuando el dolor y el sufrimiento son inducidos o provocados por un poder que se impone: eso no lo quiere Dios”, aclara esta teóloga. “La teología ha estado en manos de los hombres, muchos de los cuales le han dado una orientación machista, pero ya hay una tradición de mujeres biblistas que muestran una mirada diferente, más humana, misericordiosa y transformadora, y cuando las mujeres víctimas de la violencia leen estos textos empiezan a concebir a Dios desde ese punto de vista”, añade, convencida de que la mujer lleva la peor parte en el universo de los sufrientes, más aún si es campesina, indígena o afrodescendiente.

La teóloga Susana Becerra trabajó con mujeres desplazadas de Ciudad Bolívar.
La teóloga Susana Becerra trabajó con mujeres desplazadas de Ciudad Bolívar.

Para Becerra, los hombres y las mujeres no deben adoptar una actitud sumisa ante la palabra de Dios sino comprender su sentido a la luz de las vivencias humanas y, a partir de allí, evangelizar con obras que sean liberadoras. Ella propone rescatar el concepto de hermenéutica de la sospecha propuesto por Elisabeth Schüssler Fiorenza, que cuestiona de manera crítica las afirmaciones de fe que han surgido en distintos contextos culturales en aras de una interpretación más incluyente y misericordiosa.

El aporte de Becerra reivindica la directriz del Papa Francisco de desarrollar una “Iglesia en salida”, es decir, aquella que sale a buscar a quienes sufren, camina con ellos y los ayuda efectivamente a transformar sus vidas. Esta teóloga considera tres planes de acción para ejercer una verdadera pastoral urbana: 1) identificar las principales fuentes de sufrimiento en cada comunidad; 2) que clérigos y laicos, basados en el primer plan, construyan programas de mejoramiento pastoral integrando especialmente la voz y las necesidades femeninas, y 3) que todos en conjunto trabajen para transformar sus realidades.

Esto parecería elemental, pero la realidad demuestra que no es así, y debería serlo tanto en la concepción ideológica del catolicismo como en el papel que debe desempeñar el clero. Pese a que el Concilio Vaticano II cambió radicalmente la mentalidad sobre Dios y la religión, “aún hay sectores de la Iglesia que piensan en un Dios crucificado y castigador que impone dolor en la tierra, donde quienes más sufren podrán ganar más cielo; es una visión masoquista y patológica sustentada por un discurso de poder en el que ‘si usted sufre, yo, como sacerdote, le administro su sufrimiento porque tengo el poder para hacerlo, pero necesito de sus estipendios’”, afirma el jesuita Carlos Novoa, para quien, además, es clarísimo que el cielo y el infierno luchan entre el barro, no en la atmósfera. Esa es la que el Sumo Pontífice llama “la Iglesia encerrada en sí misma”, la Iglesia “burocrática, cortesana y carrerista”.

Para Novoa, director de posgrados de la Facultad de Teología de la Javeriana, el trabajo de Becerra tiene un gran valor en cuanto desarrolla la teología desde la práctica –algo definitivamente atípico en esta ciencia– y porque es una mujer quien lidera esa visión pastoral. “Hay dos tipos de teología: la de salón, que se mete en los libros a jugar con las especulaciones y en la que sus acólitos piensan que su labor es embutirse en el cerebro un poco de conceptos, dogmas y normas para repetirlos como un papagayo, y la evangélica, que se acerca, toca y se empapa de la vida humana con todos sus matices y de ello hace una reflexión teológica”, explica Novoa, y agrega que Dios tiene una sola voluntad y que los cristianos están llamados a una sola obediencia: amar. Eso es, en realidad, el prólogo y el epílogo de la auténtica fe.


Para leer más:

  • § Becerra, Susana. “El reto de reinventar la vida: acompañamiento pastoral a mujeres en la adversidad”. Franciscanum 56, n.° 161 (2014): 263-296.

 


TÍTULO DE LAS INVESTIGACIONES:

  • El desplazamiento forzado: un desafió a la pastoral (sub)urbana
  • Experiencia de Dios en la corporeidad y la sexualidad de un grupo de pacientes de la unidad de Infectología del Hospital Universitario San Ignacio

INVESTIGADORA PRINCIPAL: Susana Becerra
COINVESTIGADORES: Consuelo Vélez, Ángela María Sierra, Carlos Julio Rozo C. M. F., Andrés Rodríguez y Alberto Camargo
Grupo de Investigación Teología y Mundo Contemporáneo
Departamento Centro de Formación Teológica
Facultad de Teología
PERIODO DE LAS INVESTIGACIONES: 2012-2017

También hay espacio para la ciencia

También hay espacio para la ciencia

Hoy domingo 17 de junio circula la edición número 44 de Pesquisa Javeriana, la revista de divulgación científica y tecnológica de la Pontificia Universidad Javeriana, que circula con las edición dominical que el diario El Espectador le envía a sus suscriptores.

Encuentre en nuestras páginas los siguientes temas :

  • Un reportaje sobre cómo los viveristas cundinamarqueses están transformando, gracias a la genética, el cultivo de orquídeas.
  • La investigación que revela cómo la nicotina podría curar enfermedades degenerativas como el mal de Parkinson.
  • El trabajo comunitario con habitantes de Ciudad Bolívar que ayudó a replantear el significado de la fe.
  • El hallazgo que permitió cambios vitales en el sistema de salud de la Guajira.
  • Las relaciones existentes entre la salud oral y las enfermedades cardiovasculares.
  • La unión de prácticas médicas que permitió mejorar las vidas de los pacientes de enfermedades raras en Colombia.
  • Perfil de Sandra Baena, la bióloga javeriana que ha dedicado su vida a la investigación de microorganismos.
  • La politóloga María Alejandra Quintero nos cuenta su trabajo con las comunidades del Valle del Cauca.
  • ¿Por qué la Selección Colombia de Fútbol invita a la unidad en momentos en los que las tensiones políticas parecen alejarnos?
  • En nuestra editorial, el voto de confianza que el sistema de ciencia colombiano ha depositado en la Pontificia Universidad Javeriana.

Pesquisa Javeriana invita a todos los interesados a asistir al Tercer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, que se llevará a cabo en el campus de Bogotá del 10 al 14 de septiembre del presente año.

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