Los peces de agua dulce vistos con otros ‘ojos’

Los peces de agua dulce vistos con otros ‘ojos’

Para estudiar a los animales es necesario conocerlos, verlos en vivo, seguirlos día tras día, descubrir sus costumbres, incluso tocarlos. ¿Y qué pasa cuando se trata de los peces de agua dulce que, por lo general, no los vemos en su ambiente natural y son tan rápidos y escurridizos que literalmente se ‘escapan entre los dedos’, como por ejemplo estas miniaturas?

/ Jorge Enrique García-Melo
/ Jorge Enrique García-Melo

Estos peces, muy pequeñitos y transparentes (Belonion dibranchodon y Gymnorhamphichthys rondoni), se encuentran en las remotas aguas del río Bita (Vichada), uno de los primeros afluentes protegidos en el mundo. Son especies que por sus características muy pocas veces han sido documentadas en vivo.

Para describirlas científicamente, los ictiólogos (biólogos dedicados al estudio de los peces) regularmente lo hacen a través de especímenes de museo, pero características como los colores o la forma de nadar pueden no ser tan evidentes debido a la falta de métodos estandarizados en campo que permitan su documentación en vida, especialmente en áreas apartadas.

Esta situación impide ver la multitud de formas, colores y adaptaciones de las casi 1.500 especies con las que cuenta el país, posicionándolo como el segundo grupo vertebrado más diverso después de las aves. Pero, ¿qué se puede hacer para VER todas sus características?

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Investigadores javerianos, docentes de las universidades del Tolima y de Ibagué y de la Institución Educativa Técnica Ismael Santofimio Trujillo, de la capital tolimense, desarrollaron un sistema de fotografía de peces y otros organismos acuáticos usando un innovador acuario para capturarlos en acción, obteniendo fotos de alta calidad y con un alto grado de detalle. ¿Alguna vez había pensado, por ejemplo, en las diferentes bocas de los peces?

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

La posición y la forma de la boca es una característica muy especial; se relaciona con sus costumbres alimenticias —no todos los peces tienen los mismos gustos gastronómicos— y son datos importantísimos para clasificar las especies, es decir, para realizar su taxonomía.

Por ejemplo, el siguiente detalle  fue revelador para los científicos, pues muestra la disposición de los poros del sistema latero-sensorial de su cabeza, que, en el caso de este pez eléctrico (Sternopygus aequilabiatus), les permite detectar a su presas y potenciales depredadores.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Con esta innovación técnica es mucho más fácil  fotografiar diferentes especies que regularmente viven en los mismos ambientes de los ríos. El movimiento —o baile— captado por la cámara expresa la naturalidad y el dinamismo que tienen los peces; así se convierte en una herramienta clave para la difusión, educación y conservación.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Llegó el momento de conocer este equipo que han bautizado con el nombre de Photafish. De acuerdo con el biólogo y fotógrafo Jorge E. García-Melo, es un sistema práctico, portátil, versátil y económico que puede implementar en campo cualquier persona con conocimientos mínimos de fotografía. Puede llevarse a lugares lejanos durante expediciones biológicas y se instala en tan solo 15 minutos.

Phota 7

“El sistema tiene tres componentes esenciales: el equipo fotográfico (cámara, lente, trípode); el Acuario Ensamblable para Fotografía (APP), construido en acrílico y vidrio templado; y la iluminación (flashes y fondos). Además, cuenta con algunos accesorios que facilitan la obtención de imágenes en sitios remotos donde es difícil acceder a agua transparente, como, por ejemplo, un sistema de filtrado para reutilizar el agua y una lámpara conectada a una batería recargable para hacer fotos en la noche, con la posibilidad de alternar entre fondos negros y blancos de manera rápida”, explica García-Melo.

Los investigadores pensaron en todo: explican que los fondos homogéneos de las fotos permiten enfocar la mirada del espectador solo en el pez y contemplarlo en toda su dimensión, eliminando aquellos elementos distractores  que lo rodean. Pero también concluyeron que es importantísimo el uso de fondos negros y blancos, porque cada uno puede acentuar un color diferente en alguna estructura del cuerpo, como las aletas. Además, sugieren intercambiar los fondos para conseguir información más precisa.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

De esta forma, los autores introducen el término Fotos Taxonómicamente Informativas, o TIPs por sus siglas en inglés (Taxonomically Informative Photos), para referirse a “una imagen auténtica y de alta calidad tomada en campo, de la cual es posible extraer información útil para la identificación o descripción precisa de un organismo con un alto nivel de confianza. El sistema permite obtener TIPs gracias a que el uso del acuario facilita la toma de una gran cantidad de fotos de los organismos en diferentes planos. Así, el pez permanece vivo mientras se fotografía con diferentes niveles de detalle”, explica García-Melo.

/Cristian Granados
/Cristian Granados

Este producto es parte del estudio de doctorado del ictiólogo javeriano Jorge E. García-Melo, en cuya investigación también participaron sus hermanos, el biólogo Luis J. García-Melo y Jesús D. García-Melo; la bióloga Diana K. Rojas-Briñez y el ecólogo Giovany Guevara, así como el profesor investigador Javier A. Maldonado-Ocampo (QEPD).

Todos ellos son autores del artículo Photafish system: An affordable device for fish photograhpy in the wild, publicado en febrero de 2019 en la revista Zootaxa.

Fotografías como esta son posibles gracias a Photafish.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

“Sin el Photafish System, conseguir la imagen de la boca desde una vista dorsal hubiese sido casi imposible”, explica Jorge García-Melo. La especie —Gnathodolus bidens— “se caracteriza por tener una boca muy extraña, de forma invertida, poco común entre los peces, con una modificación que les permite alimentarse en sitios asociados a raudales con muchas rocas y donde son notoriamente difíciles de muestrear, como lo son los hábitats en el río Vaupés”.

Y tiene razón: lo lograron con la ayuda de la comunidad local indígena donde se encontraban el pasado mes de marzo, “entre ellos, niños que tenían claramente más habilidad que nosotros para pescar. Fue una de las últimas fotos hechas junto a Javier Maldonado utilizando el Photafish System, precisamente el día de nuestro accidente”.

Phota 11

Para ellos lo importante no es solamente aportar nuevo conocimiento a la ciencia, sino compartirlo con otras audiencias, mejor aún si es con las mismas comunidades que les ayudan a realizar su trabajo en campo. García-Melo recuerda a Maldonado diciendo que el Photafish “era un gran aporte a la ictiología neotropical porque permite democratizar la fotografía de peces”. En esa salida al Vaupés también cumplieron con ese objetivo: “Hacer las fotografías en campo y, con la ayuda de un panel solar, una impresora portátil y una laminadora, entregar las fotografías impresas a las comunidades locales (en este caso, indígenas), para apropiarles de ese intercambio de conocimientos que se estaba generando de manera inmediata. No pueden imaginar la forma en que se sorprendían estos pescadores viendo sus peces más diminutos o coloridos, ‘vistos con otros ojos’”.

El equipo ya se encuentra trabajando en la versión 1.1 del sistema y el desarrollo de una posible patente, la cual incluye varias mejoras en cuanto a portabilidad, comodidad para el transporte y uso. Lo presentarán durante el XV Congreso de Ictiólogos Colombianos y el V Encuentro de Ictiólogos Suramericanos, que se realizará los días 15 y 16 de julio de 2019 (Enlace a) en Medellín, en donde rendirán un homenaje póstumo al profesor Maldonado; allí, los investigadores dictarán un curso sobre el Photafish System.

Javier, disfruta el paisaje y de tu ciudad en el río

Javier, disfruta el paisaje y de tu ciudad en el río

“Nunca hubiéramos querido escribir estas palabras, pero hoy deseamos mantener vivo en la memoria a Javier Maldonado (1977-2019), nuestro ictiólogo, académico, profesor y amigo”. Esas fueron las palabras del equipo de Pesquisa Javeriana para homenajear a nuestro querido profesor javeriano quien falleció, a comienzos de marzo, en las aguas del río Vaupés mientras participaba en una expedición científica buscando peces amazónicos. Cumplía una de las labores que más le apasionaban, combinada con la exploración de las fuertes conexiones culturales de la gente amazónica con los ríos; uniendo el componente cultural con la ciencia.

Javier Maldonado trascendió la historia de la Pontificia Universidad Javeriana, incluso más allá de nuestras aulas y laboratorios. Dejó huella en el país. En su legado, a sus 42 años, se puede relatar los aportes brindados para declaratorias de nuevas áreas de protección en Colombia y países vecinos; su reflexión científica en torno a los efectos de las hidroeléctricas en los ecosistemas y ríos amazónicos; el liderazgo junto a investigadores de siete países de Latinoamérica y Europa del proyecto Amazon Fish, la base de datos más grande y robusta de información sobre biodiversidad de peces de agua dulce en la cuenca del Amazonas (con más de 12.000 registros de esas especies). En su haber académico, además de acompañar la formación de cientos de estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, contó con más de 30 publicaciones científicas y el descubrimiento de 24 nuevas variedades de peces. Como se puede evidenciar, la pasión y el respeto por la vida en todas sus expresiones fueron su sello, así nos lo recordó su hermano Nelson.

También fue, según el Instituto Humboldt, un defensor del conocimiento abierto sobre la diversidad ictiológica del país y cientos de niños, niñas y pescadores agradecen su generosa enseñanza en cómo cuidar los peces nativos. Convencido de que la ciencia debe estar en conversación permanente con la comunidad, planteó innumerables críticas y reflexiones sobre el papel de los educadores en la construcción de una nueva Colombia y fue un aliado inconfundible en la democratización del conocimiento.

Su legado está cargado de entusiasmo y ética como profesional, investigador y ciudadano.

Contribuyó en la actualización del registro de nuestra biodiversidad con el depósito en el Museo Javeriano de Historia Natural de especies colectadas en lugares mágicos, inaccesibles debido al conflicto armado e increíblemente bien conservados. Estas perdurarán en nuestras Colecciones Biológicas de la Javeriana y en la historia y patrimonio natural de Colombia. Sus recuerdos y huellas seguirán esparcidos por la Universidad.

Y continúan los homenajes. La Fundación Natura sembrará dos árboles nativos en una de las reservas que tiene para su conservación a perpetuidad. Otra forma más de extender la vida de nuestro querido Javier. Igualmente, la Vicerrectoría de Investigación, para continuar su legado, propone que la línea de apropiación social del conocimiento de la revista Pesquisa Javeriana lleve su nombre en ese esfuerzo permanente por acercar a las personas de a pie a los nuevos conocimientos que se producen para transformar y construir país.

Finalizo con la invitación que nos hace Dimitri Forero, colega del Departamento de Biología, para recordarlo: “Javier era parte del río. Lo será siempre. Un río de vida, río de alegría. A él le hubiese gustado que lo recordáramos como era, alegre, contento, siempre con una sonrisa. Iba más allá de lo requerido, de lo necesario. Tomemos de su ejemplo haciendo de este un mundo mejor, con una sonrisa y dejemos que el río tome su curso y naveguemos en él”. Y esperemos que, como nos propone Elizabeth Anderson, gran amiga e investigadora de la Universidad Internacional de Florida, tomando las creencias de la comunidad indígena kumana, que Javier esté en una bella ciudad debajo del agua, enseñando y aprendiendo de los ríos, los peces y de la gente.

¡Javier, disfruta el paisaje y de tu ciudad en el río!


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Nuevo año, nuevos temas, nueva edición impresa

Nuevo año, nuevos temas, nueva edición impresa

Hoy, para cerrar un primer semestre intenso, circula la edición número 47 de la revista Pesquisa Javeriana, que esta vez ha centrado su atención en investigaciones científicas de impacto social.

Encuentre en nuestras páginas:

  • Informe especial sobre la investigación javeriana, apoyada por el Comité Internacional de Cruz Roja y el CIDE, de México, que recorrió siete cárceles colombianas para elaborar un perfil de las mujeres que pagan sus condenas en medio de una delicada situación de hacinamiento y perspectivas laborales difusas.
  • Complemente este contenido en nuestra página web con una galería fotográfica sobre el día a día de las reclusas colombianas.
  • Perfil de la científica colombiana Elizabeth Hodson de Jaramillo, quien, gracias a su trayectoria científica y académica, integra la nueva Misión de Sabios designada por el Gobierno Nacional.
  • La investigación javeriana que revela cómo la espiral de violencia y las políticas neoliberales han venido aniquilando el estilo de vida de los campesinos en la Colombia rural.
  • Cómo un grupo de ingenieros de la Javeriana, sede Cali, diseñaron un videojuego que apoya la enseñanza del lenguaje para niños con discapacidad auditiva.
  • Un grupo de investigadores de diferentes universidades se unieron para estudiar la relación entre líneas simples, figuras y emociones; esto los llevaría a configurar un nuevo lenguaje.
  • Un científico javeriano se desplazó hasta Tanzania, en África, donde investigó las diatomeas, unas algas microscópicas que pueden revelar cómo era el ambiente y el ecosistema en el que vivieron los homínidos hace 2 millones de años.
  • Perfil de Claudia Marcela López, la joven investigadora y genetista que busca mejorar la calidad de vida de los pacientes con enfermedades genéticas.
  • Las novedades de la Editorial Javeriana de cara a la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2019.

También destacamos el homenaje en nuestra editorial a la memoria de Javier Maldonado, el ictiólogo e investigador javeriano que nos dejó a principios de marzo para enseñar su ciencia y las venas acuáticas de Colombia en lo profundo del río.

Si usted desea consultar el contenido de nuestra edición impresa y no es suscriptor de El Espectador, puede acceder a la versión digital de la revista, en formato PDF, por medio de este enlace.

El Javier Maldonado que conocí…

El Javier Maldonado que conocí…

La ausencia de Javier Maldonado sigue siendo algo difícil de creer. Cuesta salir del estupor y aceptar que el científico, el profesor, el colega, el amigo, el confidente, el hermano se ha ido, que prefirió entregarle su alma al río y a los peces.

Para quienes lo conocieron y compartieron sus enseñanzas, sus sueños, sus proyectos, el camino se ha vuelto un poco más difícil de transitar. Quedan sus anécdotas y recuerdos, sus lecciones y bromas, sus sonrisas y palabras sinceras.

Pesquisa Javeriana habló con quienes trabajaron y vivieron junto a Javier Maldonado, el ictiólogo javeriano que hace una semana nos dejó. Ellos compartieron sus palabras con nosotros, en un intento por preservar tanto sus aprendizajes como aquellos momentos que hoy quedan grabados en la memoria.

Un modesto homenaje para un hombre inolvidable.

 



Dimitri Forero
Entomólogo, coordinador de Colecciones Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana

“Lo que más recuerdo de Javier es lo positivo, la alegría que le metía a las cosas, su intención de siempre mejorar lo que nos rodea y su pasión para lograr que esta sociedad avance. Él siempre llegaba con la primera sonrisa y con la mejor disposición para hacerlo todo.

Nos recalcaba mucho que la vida es un balance, que uno como científico no puede estar encerrado. Por eso siempre estuvo dispuesto a compartir su tiempo con amigos, con estudiantes, con colegas, con su familia.

Eso es lo que resalto de Javier: sus ganas de vivir y de compartir la vida”.

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Rainer Wedler
Artista, ilustrador del proyecto Ictiología y Cultura

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Mujeres de Bocas del Carare, Magdalena Medio
Integrantes de la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Bocas del Carare, Asomucare

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Concepción Puerta
Bacterióloga, decana de la Facultad de Ciencias de la Javeriana

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Juan Ricardo Gómez
Biólogo, profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana

El profesor Gómez quiso también compartir con nosotros el tributo que leyó en la misa de despedida de su amigo Javier Maldonado.

Javier Maldonado, sus aprendizajes junto al río

Javier Maldonado, sus aprendizajes junto al río

Hoy, al pasar menos de una semana de haber llegado a los 42 años, me encuentro de nuevo en lo que comúnmente conocemos como trabajo de campo. Pero en esta ocasión a diferencia de estar colectando peces en algún río de nuestra geografía, estoy en el Magdalena Medio visitando cuatro comunidades (Bocas del Carare, Las Islas, Barbacoas y San Rafael de Chucurí) con el fin de trabajar con los niños de segundo y tercer grado de las respectivas escuelas en un taller sobre taxonomía del oro del Magdalena, o más comúnmente conocido como bagre rayado del Magdalena. Actividad que hace parte de una nueva propuesta escolar que busca reafirmar la importancia de conservar el bagre y el río desde edades tempranas.

Y es precisamente en estos pocos días, en este caluroso Magdalena Medio, que realizo un breve recuento mental sobre las marcas que el estudio de los peces de agua dulce y el trabajo de campo han dejado en estos poco más de 20 años desde que inicié en esto (que pueden ser varios más si tengo en cuenta el tiempo pasado en la niñez, en compañía de mis hermanos y primos en ríos de mi natal Ubaté y otros municipios del altiplano cundiboyacense pescando guapuchas, capitanes y truchas). Desde las físicas, que incluyen picaduras y mordeduras de muchos tipos, manchas en la piel, electrocutadas, arrugas, cortadas diversas, ni qué decir de golpes, hongos en los pies a los cuales no les he podido ganar la batalla, hasta las, por decirlo de esta forma, espirituales.

Estas últimas podría dividirlas en dos: a) las de tener el privilegio de haber estado en diversos lugares, muchos a los cuales difícilmente regresaré y que simplemente son mágicos, nos recuerdan lo frágiles que somos y reafirman que somos sólo un pequeño componente más de este hermoso y asombroso árbol de la vida; y b) las de muchos de esos lugares, sino en todos, toparme y conversar con pobladores que, desde mi observación, en muchas ocasiones muy tangencial, desarrollan sus diversos modos de vida para sobrevivir en un país que la mayor parte del tiempo, precisamente, se ha encargado de invisibilizarlos.

Conversaciones que se han prolongado a lo largo de estas jornadas de campo, en las cuales muchos de estos pobladores (campesinos, comunidades indígenas y/o afrodescendientes, hasta grupos al margen de la ley), en el mejor de los casos, nos ven como bichos raros en busca de otros supuestos bichos raros. Conversaciones que se convierten en las mejores clases que jamás haya podido tener en un aula tradicional de clase a lo largo de todo mi proceso de educación formal, ya que me enseñan, contextualizan y ponen en bandeja de plata esa realidad “no científica” de nuestro país, que no hace parte de los currículos disciplinares que se estructuran desde el centro del país, y que a la vez se supone que velan por la formación integral del individuo.

Lecciones acumuladas que con el paso del tiempo me han permitido reflexionar sobre mi papel como docente/investigador universitario y el papel que la academia/universidad debe tener para lograr esa anhelada transformación de nuestra sociedad. ¿Cuál ha sido el impacto de mis actividades de docencia, investigación y trabajo de campo en la realidad de mi país? Pues obvio, dirán la gran mayoría de mis colegas, y por supuesto ha sido por mucho tiempo mi propia respuesta, pues la generación de conocimiento a través del proceso de intentar responder preguntas particulares y la participación en los procesos de formación de estudiantes que, por supuesto, ayudan a la construcción de un mejor país, pues partimos de la premisa de que un país que le apueste a la investigación, la ciencia y la educación es un mejor país.

Sin embargo, y escudriñando muy en el fondo, creo que el mayor aporte que haya podido hacer hasta el presente está relacionado con ayudar a darle una mayor visibilidad a los peces de agua dulce en diversas instancias y escenarios locales, regionales, nacionales e internacionales; de esta forma, llamar la atención sobre la necesidad de su conservación así como de los ecosistemas donde viven, no sólo porque son un componente más en la mega diversidad de nuestro país sino por lo que representan para las comunidades rivereñas a lo largo y ancho de nuestro territorio. El resto de aportes, y sin quitar el valor que puedan o no llegar a tener en el mundo de los cuartiles y factores de impacto, ha sido una entretención personal soportada, y hasta cierto punto patrocinada, por un sistema académico que busca responder a diversas métricas, en su mayoría alimentadoras de egos personales e institucionales.

Por esto mismo es que cada día valoro más estas marcas físicas y espirituales, que surgen a través de la tradición oral, del contacto directo, que no requieren de métricas y que el trabajo de campo me permite seguir acumulando. Por lo tanto, el regalo más preciado que he recibido hasta el presente, como estudioso de los peces de agua dulce, es poder conocer y recorrer las entrañas de este brutal, en toda la dimensión de la palabra, espacio geográfico llamado Colombia a través de sus venas de agua dulce. De esta forma, intentar comprender las causas, orígenes y el porqué de nuestra realidad y el porqué es tan complejo darnos la oportunidad de construir, precisamente, una “nueva realidad” para nuestra sociedad, pues, al fin y al cabo, cada uno de nosotros somos responsables en menor o mayor grado de lo que pasa en el patio de nuestra casa.

Sigo acá en campo, asumiendo el reto de hacer un taller de taxonomía del bagre rayado del Magdalena, con niños donde los “más afortunados” cuentan con un espacio llamado escuela, y donde lo “menos afortunados” a duras penas cuentan con un “tablero” pegado a dos palos y un suelo de tierra. Sigo acá y espero poder seguir en otros lugares, descubriendo las entrañas de mi país y las propias, hasta que el cuerpo aguante. Sigo acá empeñado en aprovechar la maravilla de los peces y los ríos para, de alguna forma, ayudar a transformar realidades “ajenas” y propias.


Testimonio original
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Así recordamos a Javier Maldonado

Así recordamos a Javier Maldonado

La sonrisa del profe Javier

Su sonrisa se amplió tan pronto escuchó la pregunta y sus ojos brillaron con la misma luz con que, de niño, corría al río. En unos segundos, Javier Maldonado, el académico, el científico de peces, el doctor en zoología, volvió a correr por las riveras de su natal Ubaté. En la memoria reprodujo los pastizales y el viento frío que venía de la cordillera, y volvió a verse metiendo las manos en las aguas de los ríos de la Sabana de Bogotá: intentaba cazar un par de peces pequeñitos que nadaban en abundancia. “Desde chiquito estaba familiarizado con las guapuchas”.

Aquel día habíamos pasado toda la mañana por varios pasajes de la Sabana. Salimos rumbo a Boyacá, seguimos el curso del río Bogotá y en un paraje nos detuvimos. “Aquí está bien. En esta zona hemos encontrado varios especímenes y el agua está limpia”, nos dijo a Felipe Abondano y a mí, los reporteros de Pesquisa Javeriana. Un par de minutos después, su equipo de trabajo, todos estudiantes, nadaban en el agua buscando a la guapucha: un pez de no más de 10 centímetros, plateado, descrito por Alexander von Humboldt en los días de su aventura neogranadina y una de las pocas especies endémicas del río al que la capital y el país le han venido restando todo valor.

Más tarde, en el laboratorio, nos mostró cómo lucía la guapucha y nos dio instrucciones para diseccionarlo: nunca con órdenes ásperas o frías, nos enseñaba en medio de risas y bromas. Así nos contó por qué, después de muchos años de haberlo pescado, de estudiar a profundidad su taxonomía, de irse hasta Brasil para entender todo de su especie y de las otras miles que surcan los ríos colombianos, había regresado para continuar estudiándolo: “Se habían hecho estudios de biología básica de la especie, pero no a profundidad”, nos contó, y ese era su afán, estudiar todo lo posible para evitar su desaparición, para que los niños del futuro lo vieran nadando por los ríos de la Sabana: “Eso permitiría generar estrategias de conservación dirigidas, con información certera”.

No fue la única vez que lo vi. Él aparecía en video atravesando el río Magdalena en lancha, asombrado al oír el sonido de un mono aullador; o en una foto, bajo un cielo lleno de estrellas y junto al río Amazonas, tomando nota de todo lo que iba redescubriendo. O en una de las cafeterías de la Javeriana, compartiendo un tinto junto a su adorada Mariana, mi amiga, contando cómo, en la siguiente travesía, irían a aquellos pueblos ribereños cuyo nombre han olvidado los mapas, para enseñarles a los niños a proteger los peces, a preservarlos, a conocerlos, para convivir con ellos el día en que sus manos remonten las mismas aguas.

Nunca vi clases con él, pero del profe aprendí que uno siempre aprende de lo que más ama. Y que es una obligación pasar ese conocimiento a alguien más, porque la vida, y esta es una verdad que duele, es corta. Pero hay que hacerlo, siempre con la esperanza de que se está construyendo un mundo mejor.


David Mayorga
Editor web de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.
Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.

 

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Los ríos de Javier Maldonado

Nano, como le decían sus amigos, colegas y familiares, nació en el Valle de Ubaté y desde niño generó un vínculo especial con los ríos y los peces del altiplano cundiboyancese. Sin embargo, su gusto por estos pequeños nadadores se afirmó al graduarse como ecólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente tras encontrar en la evolución de la historia natural y la ecología su motivo para acercarse a estos intrigantes vertebrados.

Él siempre brilló con luz propia y su risa, esos dientes blancos moviéndose a carcajadas, sí que eran contagiosos, pero no más que su nobleza y esa infinita vocación de servicio a los demás. Javier siempre fue oportuno, equilibrado, un hombre que se entregaba en cuerpo y alma a su mayor pasión, los peces, y a su profundo e intenso amor Mariana Moscoso. Ambos compartían el gusto por estas especies, por reafirmar la identidad de estos animales en las comunidades y evidenciar su relación con la cultura de cada región a la que visitaban con su proyecto personal: Ictiología y cultura.

“En la medida en que cada vez seamos más conscientes de nuestra historia, de nuestro patrimonio material e inmaterial, de los desafíos y amenazas sobre el ambiente, sobre nuestros ríos y la vida que confluye con sus aguas, sobre la interpretación de la vida desde múltiples legados socio-culturales, habrá una nueva forma de relacionarnos con nuestro entorno, de valorarlo, de cuidarlo y de dialogar con él”, son las palabras con las que Javier nos dio la bienvenida para navegar su proyecto, en las historias de peces que escribía con cada salida a campo.

Nano, ese hombre de mente brillante, memoria prodigiosa y carisma incalculable, se robó nuestro corazón; dejó una impronta invaluable en nuestros recuerdos y, sobre todo, el legado de encontrar en los relatos de pobladores e investigadores la clave para entender la gigantesca riqueza de peces que habitan en las cuencas hidrográficas de Colombia.

Recuerdo su generosidad como un don invaluable. Hablar con él sobre sus investigaciones era un viaje directo a los ríos amazónicos; escuchar atentamente sobre sus expediciones era el motor para seguir narrando ciencia, y encontrarlo entre los pasillos con una sonrisa de oreja a oreja, la huella en mi memoria de un hombre dispuesto a compartir su conocimiento con alegría.


Daniela Vargas Nieto
Periodista de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.
Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.

 

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“Disfruten del paisaje”: Javier Maldonado

En medio de la confluencia, donde el río Carare desemboca en el Magdalena, falló el precario motor de la embarcación que dos pescadores de la zona pusieron a nuestra disposición para desplazarnos entre las comunidades. Silenciado el motor, los sonidos de la naturaleza aparecieron: el viento, las olas golpeando suavemente contra la embarcación, las garzas alimentándose, los patos alzando vuelo, pero sobre todo el intenso sonido de la nada en medio de una de las tantas selvas tropicales de Colombia. Lejos se escuchaba la conversación entre los pescadores buscando la solución al problema del motor. Esta calma se fue tornando tensa porque la corriente del río comenzó a arrastrar sin rumbo la lancha. “¡Tranquilos!, disfruten del paisaje”, fueron las palabras de Javier Maldonado para serenar la angustia que comenzaban a sentir los pasajeros. Así era Javier, un hombre que con su experiencia observaba la belleza natural en medio de las adversidades.

Y esa experiencia siempre la compartió. Nunca dejó para sí mismo el conocimiento que adquirió durante sus años de estudios académicos y trabajo de campo. Su interés de llevar la ciencia fuera de las aulas, donde realmente pudiera tener un impacto social, lo llevó a recorrer y conocer los rincones más profundos de nuestro territorio, rincones que habitan muchas comunidades que llevan hasta dos años sin ver a un profesor que guíe, forme y eduque a sus familias. Javier fue un hombre que decidió no tener hijos para entregarse a la ictiología y la cultura, para ayudar a encontrar el equilibrio entre naturaleza y comunidad a lo largo y ancho de los ríos que atraviesan nuestro territorio.

Por todo esto, nuestro Javier Maldonado fue, es y será el arquetipo del científico altruista, el abanderado de la apropiación social de conocimiento.


Diederik Ruka
Comunicador de Pesquisa Javeriana

Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka.
Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.

 

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Mis proyectos con Javier Maldonado

Me negué a hablar en pasado sobre Javier desde que supe del accidente. Tuve la esperanza hasta último momento de que había llegado a la orilla del río Vaupés, el mismo que se lo llevó.

Javier murió en su ley, rodeado de la especie que más estudió. Sus peces nos lo arrebataron, quizá desde hace más de dos décadas, por las horas que les dedicó en su laboratorio, en sus clases, en su casa, en su oficina, en sus viajes. A él le gustaban los peces de agua dulce y por eso nunca dudó en meterse a los ríos para conocer sus costumbres, sus colores, sus aletas, sus ojos, el estado de sus poblaciones, cómo se relacionan las comunidades indígenas, campesinas y los pescadores con ellos.

El más solidario con la causa de la divulgación de la ciencia, el más interesado en contarles a las comunidades donde trabajaba sobre sus hallazgos, pero también en escribir artículos en revistas científicas para que los resultados de sus investigaciones llegaran a sus colegas de todo el mundo. El más sorprendido cuando tuvo la oportunidad de viajar al Amazonas en el avión presidencial para sellar, de su puño y letra, al lado del propio presidente Juan Manuel Santos, el compromiso colombiano para investigar las especies del Amazonas. Según él, del Amazonas colombiano poco se sabe y el proyecto Amazon Fish, en el que participan los países amazónicos, Francia y Bélgica, es la plataforma ideal para impulsar el conocimiento. Por eso también viajó todo el semestre pasado a Francia, para continuar trabajando con sus colegas internacionales y organizar salidas de campo, metodologías, hipótesis y proponer resultados esperados.

Con Javier tuve la oportunidad de dictar durante varios semestres la cátedra de Periodismo Científico, ofrecida por las facultades de Comunicación y de Ciencias de la Javeriana a todos los estudiantes de la universidad. Una cátedra donde científicos y periodistas se unen para producir diferentes formas de contar la ciencia a públicos que pueden ser niños, tomadores de decisión, campesinos. Donde los futuros periodistas comienzan a tener en cuenta una fuente de información diferente y conocen el mundo de los científicos, y donde estos últimos comprenden las dinámicas del periodismo y entienden nuestros ritmos. Con su cálido modo de ser, siempre conciliador, siempre dando pie para que las conversaciones avanzaran fluidamente, con sus comentarios oportunos y aleccionadores, fue un verdadero placer compartir la coordinación de ese curso que, estoy segura, fue concebido con sus ideas y cuya experiencia presentaríamos en la próxima reunión de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología, Red POP, en Panamá el próximo abril.

Conversé con él por teléfono la víspera de su viaje al río Vaupés. Hablamos sobre la presentación que haríamos en Panamá, sobre los cambios que le haríamos al próximo curso que dictaríamos en el segundo semestre de 2019, sobre el último artículo científico de uno de sus estudiantes que publicaremos próximamente en Pesquisa Javeriana, como lo hemos hecho con un buen número de sus investigaciones. Nos prometimos que continuaríamos con todos los proyectos. Nos prometimos que no nos abandonaríamos en estas causas profesionales. Con esas palabras… no nos abandonaríamos.

Así que la huella de Javier será siempre una impronta de calidad en todos estos proyectos.


Lisbeth Fog
Editora general de Pesquisa Javeriana

En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica 'Amazon Fish'. / Cortesía.
En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica ‘Amazon Fish’. / Cortesía.

 

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Javier Maldonado en trabajo de campo

Eran las 5 de la mañana y él nos esperaba con la sonrisa de quien quiere emprender una nueva aventura: su aspecto no era el de un profesor de cátedra, llevaba pantalones cortos de jean, una camisilla azul y sus botas para montañismo marca Quechua. Todo estaba listo para iniciar camino hacia el Magdalena Medio. Iba emocionado pero temeroso de no alcanzar a cumplir con el objetivo que había estampado en su mente desde que aceptó ir a aportar, de alguna manera, a la transformación de las comunidades de Chucurí, Bocas del Carare, Barbacoas e Islas: enseñar la importancia de la conservación del bagre rayado, esta vez no a los pescadores sino a los niños que, desde pequeños, crecen al lado del río y desarrollan sus habilidades de expertos pescadores.

Subimos a su Subaru color azul petróleo e iniciamos el recorrido. Fue un viaje tranquilo. Sus dedos golpeaban el timón al ritmo de la música, era realmente contagioso y dentro del repertorio nunca faltó una buena canción brasilera o Por ti, de Calle 13, que sonó más de una vez. Escucharla y verlo a él era evocar su esencia:

“Yo he peleado con cocodrilos,
me he balanceado sobre un hilo cargando más de 500 kilos,
le he dado la vuelta al mundo en menos de un segundo,
he cruzado cien laberintos y nunca me confundo,
respiro dentro y fuera del agua como las focas,
soy a prueba de fuego, agarro balas con la boca
(…)
Tengo vista de águila, olfato de perro,
puedo caminar descalzo sobre clavos de hierro,
soy inmune a la muerte
(…)
Ven conmigo a dar un paseo por el parque porque tengo
más cuentos que contarte que García Márquez”.

Antes de la llegada al lugar de destino, entró una llamada y puso el altavoz. “Hola madre”, la conversación continuó, “¿ya van a llegar, en dónde van?”, preguntaba, y al término de la charla ella finalizó diciendo “Dios te bendiga”, a lo que él respondió con un “Madre, te amo”.

Cada paso a su lado era una oportunidad para aprender de su experiencia como ictiólogo, como docente, pero además como amante da la naturaleza, de contar la ciencia de forma diferente y de cultivar experiencias para luego plasmarlas en sus historias. Cuando llegamos a Bocas del Carare, lugar donde nos quedamos, el cariño, los abrazos y las sonrisas de la comunidad hablaban de la huella que allí había dejado como ser humano.

Fueron días de mucho ajetreo, el calor oscilaba entre los 38 y 42°C y las jornadas eran extenuantes. Recuerdo cómo con una calma continua les decía a los niños de 7 u 8 años que prestaran atención; en momentos resultaba efectivo, otras veces se dispersaban, pero él continuaba con su cometido, sin descanso. Luego de los talleres en medio de una charla con un pescado bien sazonado y limonada fría, nos decía: “¡Qué verracos…! ¿Cómo hacemos para que se callen y no se distraigan?”, y soltaba una risa genuina.

Las noches y las madrugadas las dedicaba a la escritura de sus experiencias en este mágico lugar, no había otro momento para hacerlo. Cuando no estaba escribiendo estaba leyendo, en esta oportunidad un libro de conflicto y de los acuerdos de paz. El primer día estuvimos trabajamos en Chucurí y, ante las oleadas de calor, se tomaba una que otra cerveza. Al día siguiente a Islas, donde mostró que era un hombre colaborador y diligente cuando tuvo que alzar una nevera llena de bagres lo hizo, y cuando tuvo que halar una balsa para cruzar de un lugar a otro también. No guardaba energía, siempre estuvo altivo y en marcha para lo que se necesitara, era el comandante de nuestra comarca.

Pisó cuatro salones de clase y supo a lo que iba. Soltó la parte de su pantalón que estaba unida a una cremallera y se quedó en pantaloneta, se desamarró los cordones y dejó las botas a un lado. Era momento de empezar. Descalzo, enseñó a los niños la taxonomía del bagre: aleta dorsal, ventral, caudal, pectorales… explicó la función de los bigotes, el tamaño de los ojos y lo repitió cuantas veces fue necesario con la paciencia y tranquilidad que lo caracterizaba. Se sentó en el piso a armar rompecabezas con los estudiantes y también coloreó con ellos.

Para ir a la tercera y cuarta escuela tuvimos que atravesar gran parte del río Magdalena en una canoa a motor. En los trayectos, Javier cubría su cabeza con una cuellera y, sobre ella, una gorra. Las conversaciones durante el trayecto fueron largas y amenas, me contaba cómo era antes el paisaje del Magdalena y lo cambiado que estaba; también hablamos de ‘Gabo’ y sus recorridos por el mismo lugar en el que ahora navegábamos, incluso le pregunté a qué le olía el Magdalena: yo esperaba una respuesta poética de un hombre que había recorrido largos y diversos ríos, pero me dijo: “Como a pescado, ¿no?”, y ambos nos reímos.

En una de las travesías por el río, se nos apagó una, dos y tres veces la canoa, y si avanzábamos tres metros, la corriente nos devolvía dos. En medio de la angustia de tres inexpertos, Javier, el cuarto del grupo nos daba una partida de calma. Con él siempre nos sentimos seguros, sabíamos de su experiencia en las aguas, lo que no sabíamos era el goce que le generaba ver nuestros rostros de preocupación y su buen sentido del humor. En ese momento de alarma para nosotros, a él no le quedó más que estirar sus pies, ponerse cómodo y decirnos “Bueno, muchachos, disfruten del paisaje”, y nuevamente una carcajada salió y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Su único error y acierto fue haber tratado de rebasar sus límites esplendidos, vivió e hizo lo que quiso. Hoy estamos unidos pero nos invade la soledad por su partida. Fueron tan solo ocho días de haberlo visto sonreír. No compartí mucho con él, pero lo suficiente para conocer su tenacidad aguerrida. Hoy puedo decir con cariño y con orgullo que conocí a un amante puro de la vida, del paisaje, del agua, de los peces y fiel creyente de que cuando uno entrega todo, por mínimo que sea, puede transformar vidas.

Él entregó su conocimiento y con alma humilde no se quedó con nada porque las cosas buenas siempre quiso compartirlas. Gracias por los aprendizajes, por las historias y por todo lo que nos dejaste. Disfruta del paisaje y vuela alto.


Ximena Montaño
Perodista de Pesquisa Javeriana

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Maldonado (centro), en una de sus innumerables expediciones de campo. / Cortesía

 

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Lo que aprendí de Javier Maldonado

Gracias a Javier Maldonado, aprendí sobre la guapucha, un pez endémico del río Bogotá.  David Mayorga, actual editor web de Pesquisa Javeriana, escribió cómo este investigador acompañado de sus estudiantes recorría las aguas de ese contaminado afluente para estudiar la forma en que la especie transitaba desde la fuente del río hasta la cuenca baja, al final de la Sabana de Bogotá; cuando escuchaba a Javier hablar de esos peces, me preguntaba cómo hacían para sobrevivir a uno de los ríos más contaminados del país. Él me decía que obviamente se generaban malformaciones y mutaciones en la especie, que con el tiempo impactaba su evolución. O al menos, eso fue lo que entendí.

Desde ahí, desde marzo de 2016, comencé a encontrar en los peces una atracción especial, los veía de manera diferente. Ahora comprendo que son un medidor clave para evidenciar la afectación de los ecosistemas. Así nos lo explicó con sus investigaciones sobre hidroeléctricas. ¿Qué por qué no convienen los proyectos hidroeléctricos actuales? Porque rompen el cauce natural del río, y con este las especies que transitan en él. ¿Para dónde van los peces cuando se encuentran con la pared de una hidroeléctrica? Pues se mueren allí, pueden devolverse río arriba o perder su camino. Se mutila la posibilidad de que tomen el rumbo natural para su reproducción. Y si eso ocurre con los peces, la cadena alimenticia se ve afectada directamente. Quienes comen peces ya no los encontrarán y, mucho menos, quienes los pescaban. Además de la fauna, los seres humanos nos vemos afectados, principalmente las comunidades que dependen de esa actividad productiva y económica.

No puedo dejar de lado las maravillosas conversaciones sobre apropiación social del conocimiento. Un aliado inconfundible para democratizar el conocimiento, para dejar en la sociedad una huella mayor a la discusión en esferas académicas sobre los hallazgos científicos. Era necesario que toda la sociedad comprendiera para qué hacía esas investigaciones, cuáles eran sus resultados y para qué servían en la cotidianidad y en la toma de decisiones. Nos quedaron tareas pendientes es ese campo, algunos sueños por resolver, pero no quedarán en vano esos esfuerzos y aprendizajes que nos deja.

Esas banderas las tomaremos para seguir promoviendo el conocimiento al alcance de cualquier persona, mi abuela, su tía o mi hija. En últimas, lo que veo que dejó en mí con su pasión por los peces fue eso, pura apropiación del conocimiento científico.


Claudia Mejía
Productora ejecutiva de Pesquisa Javeriana

En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka
En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.
Javier Maldonado y su vocación desaforada

Javier Maldonado y su vocación desaforada

Con morral al hombro, su gorra bien puesta y botas de caucho, el ecólogo Javier Alejandro Maldonado, profesor del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, recorre las zonas más inexploradas de la cuenca amazónica colombiana, con el objetivo de encontrar información sobre peces que, bajo las aguas, permanecen ocultos y no han sido reconocidos, pues allí está la mayor biodiversidad de peces de agua dulce en la tierra.

Ante la necesidad investigar la existencia de estas especies inexploradas en la Amazonía y consolidar proyectos de conservación, Maldonado, junto a profesionales de siete países de Latinoamérica y Europa, actualmente construye la base de datos más grande y robusta de información sobre biodiversidad de peces de agua dulce en la cuenca del Amazonas, todo esto para llenar los vacíos de información a través de expediciones en diferentes partes de la cuenca. Dicha tarea inició en 2015 y se consolidó en enero de 2018 cuando firmó, junto al expresidente colombiano Juan Manuel Santos y el exministro de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible de la época, Luis Gilberto Murillo, un acuerdo de entendimiento con el fin de coordinar esfuerzos para cumplir con esta titánica tarea durante un periodo de cinco años.

“Con todos los datos que tenemos actualmente, sabemos que, en términos de peces, el territorio menos conocido en toda la cuenca amazónica es el colombiano, así que lo que hacemos es ir a campo para llenar esos vacíos identificados por medio de expediciones a sitios donde nadie ha ido a colectar peces”, señaló a Pesquisa Javeriana el docente javeriano sobre el proyecto Amazon Fish.

Las expediciones en busca de cumplir este objetivo han sido largas y extenuantes, cuyos resultados publica periódicamente en revistas científicas, sin dejar de compartir todos sus hallazgos con colegas, las comunidades que visita y sus estudiantes. Su curiosidad por la investigación lo ha llevado a recorrer gran parte de las regiones apartadas de Colombia para deslumbrarse con los paisajes del Amazonas, del río Magdalena y de la Orinoquía.

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Como parte de los hallazgos que han llevado a este amante de los peces a seguir con su labor de escudriñar las aguas, está el descubrir, junto a investigadores del Laboratorio de Ictiología de la Javeriana y colegas de la Universidad de Toronto en Canadá, la existencia de un curioso pez color rojo. Se trata de la especie Phreatobious, encontrada en el pie de monte llanero. La estructura física de este animal es similar a la de una lombriz, motivo por el cual los pobladores de la zona se lo daban como alimento a las gallinas de la zona; sin embargo, resultó ser un bagre de aguas subterráneas; aunque sus ojos no funcionan bien en la oscuridad, son los bigotes de su cabeza los que le sirven para orientarse.

Esta información, a su vez, ha puesto a trabajar a científicos en el análisis de esta nueva especie que aún no tiene nombre. Como parte de un juego de palabras, ante la pregunta: ¿se llamaría Phreatorius yopalensis, por Yopal? Maldonado responde:“Podría ser también Phreatorius gallinensis”.

Los placeres de este ecólogo con alma de biólogo, de 42 años, van más allá de la investigación y de recorrer las carreteras de nuestro país en bicicleta, pues su genuino gusto por la conservación del ecosistema lo acompaña en cada recorrido. De ahí, su preocupación por el impacto que tienen las hidroeléctricas en el medio ambiente, pues según el artículo Fragmentation of Andes-to-Amazon connectivity by hydropower dams, del cual Javier Maldonado aparece como coautor, las represas alteran el hábitat de los peces y crean insalvables barreras para su movimiento a través de los ríos.

Además, entre las consecuencias ambientales que Maldonado encuentra en los proyectos hidroenergéticos, está el rompimiento de la conectividad de la biodiversidad entre los Andes y el Amazonas, los cambios en la temperatura del río por los cortes de agua y cómo las represas influyen en el flujo natural de los sedimentos del río; según el investigador, porque los sedimentos “son los que le dan la riqueza al agua, los que nutren los planos de inundación”.

Investigar y conservar son palabras que se quedan cortas para describir lo que Javier Maldonado quiere lograr con lo que hace como ictiólogo. Su deseo por divulgar la ciencia lo ha llevado a buscar nuevas formas de narrar el conocimiento científico generado en sus investigaciones y a promover conciencia sobre la conservación de los ecosistemas acuáticos colombianos, del bienestar de los peces y las comunidades asentadas a lo largo y ancho de la extensa red hídrica colombiana.

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Resultado de su trabajo en busca de especies inexploradas, surgió su pasión por trabajar con pobladores de las regiones. Por eso, un ejemplo de esto ocurrió el pasado 10 de febrero cuando Maldonado inició un recorrido por cuatro escuelas del Magdalena Medio para concientizar a los niños de esta región sobre la conservación del bagre rayado, especie afectada por la sobrepesca. “En su rostro se vio la emoción, no solo de transmitir sus conocimientos sino de compartir con los niños, con los pobladores y con sus colegas”, según recuerdan periodistas de Pesquisa Javeriana, quienes lo acompañaron en el recorrido.

Los expedicionarios no están exentos de peligros, pero el ecólogo sabe afrontarlos. Su hermano Nelson Maldonado Ocampo recuerda cómo, en alguna oportunidad, Javier se quedó sin embarcación toda una noche; sin embargo, esperó a que amaneciera y horas más tarde fue encontrado. Esta anécdota es una de las tantas que llena de optimismo a sus familiares, amigos y colegas mientras están a la espera de recibir noticias de su búsqueda. Por el momento, brigadas de rescate y la misma comunidad indígena de Mata Pi que lo acompañaban en la salida de campo, adelantan jornadas de búsqueda en la región, luego de que el investigador javeriano naufragara durante una expedición científica en el río Vaupés el pasado sábado 2 de marzo sobre las 2:00 de la tarde.