Una muestra audaz

Una muestra audaz

Los misterios de la psiquis colombiana, el mapeo de los cambios que ha causado el hombre en el ecosistema, la búsqueda de vida en los ambientes más extremos e impensados, seguirle la pista a las aves en medio del bosque o a los peces en las aguas más apartadas, descifrar los percances químicos en el ADN humano… Para los investigadores javerianos, estos temas dejaron de ser simples objetivos teóricos y se convirtieron en la razón de su vida académica, en el fruto de su trabajo de campo y dentro del laboratorio para generar nuevo conocimiento.

Es así como la Pontificia Universidad Javeriana presenta la exposición ‘Javerianos Audaces’, la cual se exhibirá durante la Semana Javeriana (del 30 de abril al 3 de mayo) resaltando el compromiso y la actitud de sus egresados y docentes en el aporte de soluciones a las necesidades y retos que el país enfrenta a diario.

Entendiendo como audacia aquella actitud que conduce a los investigadores a salir de su zona de confort para generar nuevo conocimiento, la Biblioteca General y Pesquisa Javeriana destacan la obra de académicos, científicos y artistas que han dejado huella en su campo profesional:

La exposición estará disponible en la Biblioteca Alfonso Borrero Cabal S.J. y en el Edificio Emilio Arango S.J. Además de posters y proyecciones de videos, el público podrá contemplar diversas publicaciones realizadas por parte de los investigadores homenajeados.

Jav Audaces 1

 

 


Los miembros de la comunidad javeriana podrán acceder a los espacios de la exposición mostrando su carnet vigente. Aquellos interesados en asistir y que no pertenezcan a la comunidad, pueden enviar un mensaje a la dirección de correo electrónico circulacionyprestamo@javeriana.edu.co; a ellos se les otorgará un permiso de ingreso de lunes a viernes, de 8:00 a.m. a 9:00 p.m., y el sábado de 8:00 a.m. a 5:00 p.m.

Los peces de agua dulce vistos con otros ‘ojos’

Los peces de agua dulce vistos con otros ‘ojos’

Para estudiar a los animales es necesario conocerlos, verlos en vivo, seguirlos día tras día, descubrir sus costumbres, incluso tocarlos. ¿Y qué pasa cuando se trata de los peces de agua dulce que, por lo general, no los vemos en su ambiente natural y son tan rápidos y escurridizos que literalmente se ‘escapan entre los dedos’, como por ejemplo estas miniaturas?

/ Jorge Enrique García-Melo
/ Jorge Enrique García-Melo

Estos peces, muy pequeñitos y transparentes (Belonion dibranchodon y Gymnorhamphichthys rondoni), se encuentran en las remotas aguas del río Bita (Vichada), uno de los primeros afluentes protegidos en el mundo. Son especies que por sus características muy pocas veces han sido documentadas en vivo.

Para describirlas científicamente, los ictiólogos (biólogos dedicados al estudio de los peces) regularmente lo hacen a través de especímenes de museo, pero características como los colores o la forma de nadar pueden no ser tan evidentes debido a la falta de métodos estandarizados en campo que permitan su documentación en vida, especialmente en áreas apartadas.

Esta situación impide ver la multitud de formas, colores y adaptaciones de las casi 1.500 especies con las que cuenta el país, posicionándolo como el segundo grupo vertebrado más diverso después de las aves. Pero, ¿qué se puede hacer para VER todas sus características?

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Investigadores javerianos, docentes de las universidades del Tolima y de Ibagué y de la Institución Educativa Técnica Ismael Santofimio Trujillo, de la capital tolimense, desarrollaron un sistema de fotografía de peces y otros organismos acuáticos usando un innovador acuario para capturarlos en acción, obteniendo fotos de alta calidad y con un alto grado de detalle. ¿Alguna vez había pensado, por ejemplo, en las diferentes bocas de los peces?

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

La posición y la forma de la boca es una característica muy especial; se relaciona con sus costumbres alimenticias —no todos los peces tienen los mismos gustos gastronómicos— y son datos importantísimos para clasificar las especies, es decir, para realizar su taxonomía.

Por ejemplo, el siguiente detalle  fue revelador para los científicos, pues muestra la disposición de los poros del sistema latero-sensorial de su cabeza, que, en el caso de este pez eléctrico (Sternopygus aequilabiatus), les permite detectar a su presas y potenciales depredadores.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Con esta innovación técnica es mucho más fácil  fotografiar diferentes especies que regularmente viven en los mismos ambientes de los ríos. El movimiento —o baile— captado por la cámara expresa la naturalidad y el dinamismo que tienen los peces; así se convierte en una herramienta clave para la difusión, educación y conservación.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Llegó el momento de conocer este equipo que han bautizado con el nombre de Photafish. De acuerdo con el biólogo y fotógrafo Jorge E. García-Melo, es un sistema práctico, portátil, versátil y económico que puede implementar en campo cualquier persona con conocimientos mínimos de fotografía. Puede llevarse a lugares lejanos durante expediciones biológicas y se instala en tan solo 15 minutos.

“El sistema tiene tres componentes esenciales: el equipo fotográfico (cámara, lente, trípode); el Acuario Ensamblable para Fotografía (APP), construido en acrílico y vidrio templado; y la iluminación (flashes y fondos). Además, cuenta con algunos accesorios que facilitan la obtención de imágenes en sitios remotos donde es difícil acceder a agua transparente, como, por ejemplo, un sistema de filtrado para reutilizar el agua y una lámpara conectada a una batería recargable para hacer fotos en la noche, con la posibilidad de alternar entre fondos negros y blancos de manera rápida”, explica García-Melo.

Los investigadores pensaron en todo: explican que los fondos homogéneos de las fotos permiten enfocar la mirada del espectador solo en el pez y contemplarlo en toda su dimensión, eliminando aquellos elementos distractores  que lo rodean. Pero también concluyeron que es importantísimo el uso de fondos negros y blancos, porque cada uno puede acentuar un color diferente en alguna estructura del cuerpo, como las aletas. Además, sugieren intercambiar los fondos para conseguir información más precisa.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

De esta forma, los autores introducen el término Fotos Taxonómicamente Informativas, o TIPs por sus siglas en inglés (Taxonomically Informative Photos), para referirse a “una imagen auténtica y de alta calidad tomada en campo, de la cual es posible extraer información útil para la identificación o descripción precisa de un organismo con un alto nivel de confianza. El sistema permite obtener TIPs gracias a que el uso del acuario facilita la toma de una gran cantidad de fotos de los organismos en diferentes planos. Así, el pez permanece vivo mientras se fotografía con diferentes niveles de detalle”, explica García-Melo.

/Cristian Granados
/Cristian Granados

Este producto es parte del estudio de doctorado del ictiólogo javeriano Jorge E. García-Melo, en cuya investigación también participaron sus hermanos, el biólogo Luis J. García-Melo y Jesús D. García-Melo; la bióloga Diana K. Rojas-Briñez y el ecólogo Giovany Guevara, así como el profesor investigador Javier A. Maldonado-Ocampo (QEPD).

Todos ellos son autores del artículo Photafish system: An affordable device for fish photograhpy in the wild, publicado en febrero de 2019 en la revista Zootaxa.

Fotografías como esta son posibles gracias a Photafish.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

“Sin el Photafish System, conseguir la imagen de la boca desde una vista dorsal hubiese sido casi imposible”, explica Jorge García-Melo. La especie —Gnathodolus bidens— “se caracteriza por tener una boca muy extraña, de forma invertida, poco común entre los peces, con una modificación que les permite alimentarse en sitios asociados a raudales con muchas rocas y donde son notoriamente difíciles de muestrear, como lo son los hábitats en el río Vaupés”.

Y tiene razón: lo lograron con la ayuda de la comunidad local indígena donde se encontraban el pasado mes de marzo, “entre ellos, niños que tenían claramente más habilidad que nosotros para pescar. Fue una de las últimas fotos hechas junto a Javier Maldonado utilizando el Photafish System, precisamente el día de nuestro accidente”.

Phota 11

Para ellos lo importante no es solamente aportar nuevo conocimiento a la ciencia, sino compartirlo con otras audiencias, mejor aún si es con las mismas comunidades que les ayudan a realizar su trabajo en campo. García-Melo recuerda a Maldonado diciendo que el Photafish “era un gran aporte a la ictiología neotropical porque permite democratizar la fotografía de peces”. En esa salida al Vaupés también cumplieron con ese objetivo: “Hacer las fotografías en campo y, con la ayuda de un panel solar, una impresora portátil y una laminadora, entregar las fotografías impresas a las comunidades locales (en este caso, indígenas), para apropiarles de ese intercambio de conocimientos que se estaba generando de manera inmediata. No pueden imaginar la forma en que se sorprendían estos pescadores viendo sus peces más diminutos o coloridos, ‘vistos con otros ojos’”.

El equipo ya se encuentra trabajando en la versión 1.1 del sistema y el desarrollo de una posible patente, la cual incluye varias mejoras en cuanto a portabilidad, comodidad para el transporte y uso. Lo presentarán durante el XV Congreso de Ictiólogos Colombianos y el V Encuentro de Ictiólogos Suramericanos, que se realizará los días 15 y 16 de julio de 2019 (Enlace a) en Medellín, en donde rendirán un homenaje póstumo al profesor Maldonado; allí, los investigadores dictarán un curso sobre el Photafish System.

Javier, disfruta el paisaje y de tu ciudad en el río

Javier, disfruta el paisaje y de tu ciudad en el río

“Nunca hubiéramos querido escribir estas palabras, pero hoy deseamos mantener vivo en la memoria a Javier Maldonado (1977-2019), nuestro ictiólogo, académico, profesor y amigo”. Esas fueron las palabras del equipo de Pesquisa Javeriana para homenajear a nuestro querido profesor javeriano quien falleció, a comienzos de marzo, en las aguas del río Vaupés mientras participaba en una expedición científica buscando peces amazónicos. Cumplía una de las labores que más le apasionaban, combinada con la exploración de las fuertes conexiones culturales de la gente amazónica con los ríos; uniendo el componente cultural con la ciencia.

Javier Maldonado trascendió la historia de la Pontificia Universidad Javeriana, incluso más allá de nuestras aulas y laboratorios. Dejó huella en el país. En su legado, a sus 42 años, se puede relatar los aportes brindados para declaratorias de nuevas áreas de protección en Colombia y países vecinos; su reflexión científica en torno a los efectos de las hidroeléctricas en los ecosistemas y ríos amazónicos; el liderazgo junto a investigadores de siete países de Latinoamérica y Europa del proyecto Amazon Fish, la base de datos más grande y robusta de información sobre biodiversidad de peces de agua dulce en la cuenca del Amazonas (con más de 12.000 registros de esas especies). En su haber académico, además de acompañar la formación de cientos de estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, contó con más de 30 publicaciones científicas y el descubrimiento de 24 nuevas variedades de peces. Como se puede evidenciar, la pasión y el respeto por la vida en todas sus expresiones fueron su sello, así nos lo recordó su hermano Nelson.

También fue, según el Instituto Humboldt, un defensor del conocimiento abierto sobre la diversidad ictiológica del país y cientos de niños, niñas y pescadores agradecen su generosa enseñanza en cómo cuidar los peces nativos. Convencido de que la ciencia debe estar en conversación permanente con la comunidad, planteó innumerables críticas y reflexiones sobre el papel de los educadores en la construcción de una nueva Colombia y fue un aliado inconfundible en la democratización del conocimiento.

Su legado está cargado de entusiasmo y ética como profesional, investigador y ciudadano.

Contribuyó en la actualización del registro de nuestra biodiversidad con el depósito en el Museo Javeriano de Historia Natural de especies colectadas en lugares mágicos, inaccesibles debido al conflicto armado e increíblemente bien conservados. Estas perdurarán en nuestras Colecciones Biológicas de la Javeriana y en la historia y patrimonio natural de Colombia. Sus recuerdos y huellas seguirán esparcidos por la Universidad.

Y continúan los homenajes. La Fundación Natura sembrará dos árboles nativos en una de las reservas que tiene para su conservación a perpetuidad. Otra forma más de extender la vida de nuestro querido Javier. Igualmente, la Vicerrectoría de Investigación, para continuar su legado, propone que la línea de apropiación social del conocimiento de la revista Pesquisa Javeriana lleve su nombre en ese esfuerzo permanente por acercar a las personas de a pie a los nuevos conocimientos que se producen para transformar y construir país.

Finalizo con la invitación que nos hace Dimitri Forero, colega del Departamento de Biología, para recordarlo: “Javier era parte del río. Lo será siempre. Un río de vida, río de alegría. A él le hubiese gustado que lo recordáramos como era, alegre, contento, siempre con una sonrisa. Iba más allá de lo requerido, de lo necesario. Tomemos de su ejemplo haciendo de este un mundo mejor, con una sonrisa y dejemos que el río tome su curso y naveguemos en él”. Y esperemos que, como nos propone Elizabeth Anderson, gran amiga e investigadora de la Universidad Internacional de Florida, tomando las creencias de la comunidad indígena kumana, que Javier esté en una bella ciudad debajo del agua, enseñando y aprendiendo de los ríos, los peces y de la gente.

¡Javier, disfruta el paisaje y de tu ciudad en el río!


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

El Javier Maldonado que conocí…

El Javier Maldonado que conocí…

La ausencia de Javier Maldonado sigue siendo algo difícil de creer. Cuesta salir del estupor y aceptar que el científico, el profesor, el colega, el amigo, el confidente, el hermano se ha ido, que prefirió entregarle su alma al río y a los peces.

Para quienes lo conocieron y compartieron sus enseñanzas, sus sueños, sus proyectos, el camino se ha vuelto un poco más difícil de transitar. Quedan sus anécdotas y recuerdos, sus lecciones y bromas, sus sonrisas y palabras sinceras.

Pesquisa Javeriana habló con quienes trabajaron y vivieron junto a Javier Maldonado, el ictiólogo javeriano que hace una semana nos dejó. Ellos compartieron sus palabras con nosotros, en un intento por preservar tanto sus aprendizajes como aquellos momentos que hoy quedan grabados en la memoria.

Un modesto homenaje para un hombre inolvidable.

 



Dimitri Forero
Entomólogo, coordinador de Colecciones Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana

“Lo que más recuerdo de Javier es lo positivo, la alegría que le metía a las cosas, su intención de siempre mejorar lo que nos rodea y su pasión para lograr que esta sociedad avance. Él siempre llegaba con la primera sonrisa y con la mejor disposición para hacerlo todo.

Nos recalcaba mucho que la vida es un balance, que uno como científico no puede estar encerrado. Por eso siempre estuvo dispuesto a compartir su tiempo con amigos, con estudiantes, con colegas, con su familia.

Eso es lo que resalto de Javier: sus ganas de vivir y de compartir la vida”.

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Rainer Wedler
Artista, ilustrador del proyecto Ictiología y Cultura

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Mujeres de Bocas del Carare, Magdalena Medio
Integrantes de la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Bocas del Carare, Asomucare

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Concepción Puerta
Bacterióloga, decana de la Facultad de Ciencias de la Javeriana

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Juan Ricardo Gómez
Biólogo, profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana

El profesor Gómez quiso también compartir con nosotros el tributo que leyó en la misa de despedida de su amigo Javier Maldonado.

Javier Maldonado, sus aprendizajes junto al río

Javier Maldonado, sus aprendizajes junto al río

Hoy, al pasar menos de una semana de haber llegado a los 42 años, me encuentro de nuevo en lo que comúnmente conocemos como trabajo de campo. Pero en esta ocasión a diferencia de estar colectando peces en algún río de nuestra geografía, estoy en el Magdalena Medio visitando cuatro comunidades (Bocas del Carare, Las Islas, Barbacoas y San Rafael de Chucurí) con el fin de trabajar con los niños de segundo y tercer grado de las respectivas escuelas en un taller sobre taxonomía del oro del Magdalena, o más comúnmente conocido como bagre rayado del Magdalena. Actividad que hace parte de una nueva propuesta escolar que busca reafirmar la importancia de conservar el bagre y el río desde edades tempranas.

Y es precisamente en estos pocos días, en este caluroso Magdalena Medio, que realizo un breve recuento mental sobre las marcas que el estudio de los peces de agua dulce y el trabajo de campo han dejado en estos poco más de 20 años desde que inicié en esto (que pueden ser varios más si tengo en cuenta el tiempo pasado en la niñez, en compañía de mis hermanos y primos en ríos de mi natal Ubaté y otros municipios del altiplano cundiboyacense pescando guapuchas, capitanes y truchas). Desde las físicas, que incluyen picaduras y mordeduras de muchos tipos, manchas en la piel, electrocutadas, arrugas, cortadas diversas, ni qué decir de golpes, hongos en los pies a los cuales no les he podido ganar la batalla, hasta las, por decirlo de esta forma, espirituales.

Estas últimas podría dividirlas en dos: a) las de tener el privilegio de haber estado en diversos lugares, muchos a los cuales difícilmente regresaré y que simplemente son mágicos, nos recuerdan lo frágiles que somos y reafirman que somos sólo un pequeño componente más de este hermoso y asombroso árbol de la vida; y b) las de muchos de esos lugares, sino en todos, toparme y conversar con pobladores que, desde mi observación, en muchas ocasiones muy tangencial, desarrollan sus diversos modos de vida para sobrevivir en un país que la mayor parte del tiempo, precisamente, se ha encargado de invisibilizarlos.

Conversaciones que se han prolongado a lo largo de estas jornadas de campo, en las cuales muchos de estos pobladores (campesinos, comunidades indígenas y/o afrodescendientes, hasta grupos al margen de la ley), en el mejor de los casos, nos ven como bichos raros en busca de otros supuestos bichos raros. Conversaciones que se convierten en las mejores clases que jamás haya podido tener en un aula tradicional de clase a lo largo de todo mi proceso de educación formal, ya que me enseñan, contextualizan y ponen en bandeja de plata esa realidad “no científica” de nuestro país, que no hace parte de los currículos disciplinares que se estructuran desde el centro del país, y que a la vez se supone que velan por la formación integral del individuo.

Lecciones acumuladas que con el paso del tiempo me han permitido reflexionar sobre mi papel como docente/investigador universitario y el papel que la academia/universidad debe tener para lograr esa anhelada transformación de nuestra sociedad. ¿Cuál ha sido el impacto de mis actividades de docencia, investigación y trabajo de campo en la realidad de mi país? Pues obvio, dirán la gran mayoría de mis colegas, y por supuesto ha sido por mucho tiempo mi propia respuesta, pues la generación de conocimiento a través del proceso de intentar responder preguntas particulares y la participación en los procesos de formación de estudiantes que, por supuesto, ayudan a la construcción de un mejor país, pues partimos de la premisa de que un país que le apueste a la investigación, la ciencia y la educación es un mejor país.

Sin embargo, y escudriñando muy en el fondo, creo que el mayor aporte que haya podido hacer hasta el presente está relacionado con ayudar a darle una mayor visibilidad a los peces de agua dulce en diversas instancias y escenarios locales, regionales, nacionales e internacionales; de esta forma, llamar la atención sobre la necesidad de su conservación así como de los ecosistemas donde viven, no sólo porque son un componente más en la mega diversidad de nuestro país sino por lo que representan para las comunidades rivereñas a lo largo y ancho de nuestro territorio. El resto de aportes, y sin quitar el valor que puedan o no llegar a tener en el mundo de los cuartiles y factores de impacto, ha sido una entretención personal soportada, y hasta cierto punto patrocinada, por un sistema académico que busca responder a diversas métricas, en su mayoría alimentadoras de egos personales e institucionales.

Por esto mismo es que cada día valoro más estas marcas físicas y espirituales, que surgen a través de la tradición oral, del contacto directo, que no requieren de métricas y que el trabajo de campo me permite seguir acumulando. Por lo tanto, el regalo más preciado que he recibido hasta el presente, como estudioso de los peces de agua dulce, es poder conocer y recorrer las entrañas de este brutal, en toda la dimensión de la palabra, espacio geográfico llamado Colombia a través de sus venas de agua dulce. De esta forma, intentar comprender las causas, orígenes y el porqué de nuestra realidad y el porqué es tan complejo darnos la oportunidad de construir, precisamente, una “nueva realidad” para nuestra sociedad, pues, al fin y al cabo, cada uno de nosotros somos responsables en menor o mayor grado de lo que pasa en el patio de nuestra casa.

Sigo acá en campo, asumiendo el reto de hacer un taller de taxonomía del bagre rayado del Magdalena, con niños donde los “más afortunados” cuentan con un espacio llamado escuela, y donde lo “menos afortunados” a duras penas cuentan con un “tablero” pegado a dos palos y un suelo de tierra. Sigo acá y espero poder seguir en otros lugares, descubriendo las entrañas de mi país y las propias, hasta que el cuerpo aguante. Sigo acá empeñado en aprovechar la maravilla de los peces y los ríos para, de alguna forma, ayudar a transformar realidades “ajenas” y propias.


Testimonio original
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Así recordamos a Javier Maldonado

Así recordamos a Javier Maldonado

La sonrisa del profe Javier

Su sonrisa se amplió tan pronto escuchó la pregunta y sus ojos brillaron con la misma luz con que, de niño, corría al río. En unos segundos, Javier Maldonado, el académico, el científico de peces, el doctor en zoología, volvió a correr por las riveras de su natal Ubaté. En la memoria reprodujo los pastizales y el viento frío que venía de la cordillera, y volvió a verse metiendo las manos en las aguas de los ríos de la Sabana de Bogotá: intentaba cazar un par de peces pequeñitos que nadaban en abundancia. “Desde chiquito estaba familiarizado con las guapuchas”.

Aquel día habíamos pasado toda la mañana por varios pasajes de la Sabana. Salimos rumbo a Boyacá, seguimos el curso del río Bogotá y en un paraje nos detuvimos. “Aquí está bien. En esta zona hemos encontrado varios especímenes y el agua está limpia”, nos dijo a Felipe Abondano y a mí, los reporteros de Pesquisa Javeriana. Un par de minutos después, su equipo de trabajo, todos estudiantes, nadaban en el agua buscando a la guapucha: un pez de no más de 10 centímetros, plateado, descrito por Alexander von Humboldt en los días de su aventura neogranadina y una de las pocas especies endémicas del río al que la capital y el país le han venido restando todo valor.

Más tarde, en el laboratorio, nos mostró cómo lucía la guapucha y nos dio instrucciones para diseccionarlo: nunca con órdenes ásperas o frías, nos enseñaba en medio de risas y bromas. Así nos contó por qué, después de muchos años de haberlo pescado, de estudiar a profundidad su taxonomía, de irse hasta Brasil para entender todo de su especie y de las otras miles que surcan los ríos colombianos, había regresado para continuar estudiándolo: “Se habían hecho estudios de biología básica de la especie, pero no a profundidad”, nos contó, y ese era su afán, estudiar todo lo posible para evitar su desaparición, para que los niños del futuro lo vieran nadando por los ríos de la Sabana: “Eso permitiría generar estrategias de conservación dirigidas, con información certera”.

No fue la única vez que lo vi. Él aparecía en video atravesando el río Magdalena en lancha, asombrado al oír el sonido de un mono aullador; o en una foto, bajo un cielo lleno de estrellas y junto al río Amazonas, tomando nota de todo lo que iba redescubriendo. O en una de las cafeterías de la Javeriana, compartiendo un tinto junto a su adorada Mariana, mi amiga, contando cómo, en la siguiente travesía, irían a aquellos pueblos ribereños cuyo nombre han olvidado los mapas, para enseñarles a los niños a proteger los peces, a preservarlos, a conocerlos, para convivir con ellos el día en que sus manos remonten las mismas aguas.

Nunca vi clases con él, pero del profe aprendí que uno siempre aprende de lo que más ama. Y que es una obligación pasar ese conocimiento a alguien más, porque la vida, y esta es una verdad que duele, es corta. Pero hay que hacerlo, siempre con la esperanza de que se está construyendo un mundo mejor.


David Mayorga
Editor web de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.
Javier Maldonado supervisando la recolecta de guapucha. / Felipe Abondano.

 

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Los ríos de Javier Maldonado

Nano, como le decían sus amigos, colegas y familiares, nació en el Valle de Ubaté y desde niño generó un vínculo especial con los ríos y los peces del altiplano cundiboyancese. Sin embargo, su gusto por estos pequeños nadadores se afirmó al graduarse como ecólogo de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente tras encontrar en la evolución de la historia natural y la ecología su motivo para acercarse a estos intrigantes vertebrados.

Él siempre brilló con luz propia y su risa, esos dientes blancos moviéndose a carcajadas, sí que eran contagiosos, pero no más que su nobleza y esa infinita vocación de servicio a los demás. Javier siempre fue oportuno, equilibrado, un hombre que se entregaba en cuerpo y alma a su mayor pasión, los peces, y a su profundo e intenso amor Mariana Moscoso. Ambos compartían el gusto por estas especies, por reafirmar la identidad de estos animales en las comunidades y evidenciar su relación con la cultura de cada región a la que visitaban con su proyecto personal: Ictiología y cultura.

“En la medida en que cada vez seamos más conscientes de nuestra historia, de nuestro patrimonio material e inmaterial, de los desafíos y amenazas sobre el ambiente, sobre nuestros ríos y la vida que confluye con sus aguas, sobre la interpretación de la vida desde múltiples legados socio-culturales, habrá una nueva forma de relacionarnos con nuestro entorno, de valorarlo, de cuidarlo y de dialogar con él”, son las palabras con las que Javier nos dio la bienvenida para navegar su proyecto, en las historias de peces que escribía con cada salida a campo.

Nano, ese hombre de mente brillante, memoria prodigiosa y carisma incalculable, se robó nuestro corazón; dejó una impronta invaluable en nuestros recuerdos y, sobre todo, el legado de encontrar en los relatos de pobladores e investigadores la clave para entender la gigantesca riqueza de peces que habitan en las cuencas hidrográficas de Colombia.

Recuerdo su generosidad como un don invaluable. Hablar con él sobre sus investigaciones era un viaje directo a los ríos amazónicos; escuchar atentamente sobre sus expediciones era el motor para seguir narrando ciencia, y encontrarlo entre los pasillos con una sonrisa de oreja a oreja, la huella en mi memoria de un hombre dispuesto a compartir su conocimiento con alegría.


Daniela Vargas Nieto
Periodista de Pesquisa Javeriana

Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.
Javier Maldonado (primer plano, izquierda), durante una de sus expediciones al Amazonas. / Cortesía.

 

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“Disfruten del paisaje”: Javier Maldonado

En medio de la confluencia, donde el río Carare desemboca en el Magdalena, falló el precario motor de la embarcación que dos pescadores de la zona pusieron a nuestra disposición para desplazarnos entre las comunidades. Silenciado el motor, los sonidos de la naturaleza aparecieron: el viento, las olas golpeando suavemente contra la embarcación, las garzas alimentándose, los patos alzando vuelo, pero sobre todo el intenso sonido de la nada en medio de una de las tantas selvas tropicales de Colombia. Lejos se escuchaba la conversación entre los pescadores buscando la solución al problema del motor. Esta calma se fue tornando tensa porque la corriente del río comenzó a arrastrar sin rumbo la lancha. “¡Tranquilos!, disfruten del paisaje”, fueron las palabras de Javier Maldonado para serenar la angustia que comenzaban a sentir los pasajeros. Así era Javier, un hombre que con su experiencia observaba la belleza natural en medio de las adversidades.

Y esa experiencia siempre la compartió. Nunca dejó para sí mismo el conocimiento que adquirió durante sus años de estudios académicos y trabajo de campo. Su interés de llevar la ciencia fuera de las aulas, donde realmente pudiera tener un impacto social, lo llevó a recorrer y conocer los rincones más profundos de nuestro territorio, rincones que habitan muchas comunidades que llevan hasta dos años sin ver a un profesor que guíe, forme y eduque a sus familias. Javier fue un hombre que decidió no tener hijos para entregarse a la ictiología y la cultura, para ayudar a encontrar el equilibrio entre naturaleza y comunidad a lo largo y ancho de los ríos que atraviesan nuestro territorio.

Por todo esto, nuestro Javier Maldonado fue, es y será el arquetipo del científico altruista, el abanderado de la apropiación social de conocimiento.


Diederik Ruka
Comunicador de Pesquisa Javeriana

Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka.
Maldonado durante una de sus clases en el Magdalena Medio. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.

 

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Mis proyectos con Javier Maldonado

Me negué a hablar en pasado sobre Javier desde que supe del accidente. Tuve la esperanza hasta último momento de que había llegado a la orilla del río Vaupés, el mismo que se lo llevó.

Javier murió en su ley, rodeado de la especie que más estudió. Sus peces nos lo arrebataron, quizá desde hace más de dos décadas, por las horas que les dedicó en su laboratorio, en sus clases, en su casa, en su oficina, en sus viajes. A él le gustaban los peces de agua dulce y por eso nunca dudó en meterse a los ríos para conocer sus costumbres, sus colores, sus aletas, sus ojos, el estado de sus poblaciones, cómo se relacionan las comunidades indígenas, campesinas y los pescadores con ellos.

El más solidario con la causa de la divulgación de la ciencia, el más interesado en contarles a las comunidades donde trabajaba sobre sus hallazgos, pero también en escribir artículos en revistas científicas para que los resultados de sus investigaciones llegaran a sus colegas de todo el mundo. El más sorprendido cuando tuvo la oportunidad de viajar al Amazonas en el avión presidencial para sellar, de su puño y letra, al lado del propio presidente Juan Manuel Santos, el compromiso colombiano para investigar las especies del Amazonas. Según él, del Amazonas colombiano poco se sabe y el proyecto Amazon Fish, en el que participan los países amazónicos, Francia y Bélgica, es la plataforma ideal para impulsar el conocimiento. Por eso también viajó todo el semestre pasado a Francia, para continuar trabajando con sus colegas internacionales y organizar salidas de campo, metodologías, hipótesis y proponer resultados esperados.

Con Javier tuve la oportunidad de dictar durante varios semestres la cátedra de Periodismo Científico, ofrecida por las facultades de Comunicación y de Ciencias de la Javeriana a todos los estudiantes de la universidad. Una cátedra donde científicos y periodistas se unen para producir diferentes formas de contar la ciencia a públicos que pueden ser niños, tomadores de decisión, campesinos. Donde los futuros periodistas comienzan a tener en cuenta una fuente de información diferente y conocen el mundo de los científicos, y donde estos últimos comprenden las dinámicas del periodismo y entienden nuestros ritmos. Con su cálido modo de ser, siempre conciliador, siempre dando pie para que las conversaciones avanzaran fluidamente, con sus comentarios oportunos y aleccionadores, fue un verdadero placer compartir la coordinación de ese curso que, estoy segura, fue concebido con sus ideas y cuya experiencia presentaríamos en la próxima reunión de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología, Red POP, en Panamá el próximo abril.

Conversé con él por teléfono la víspera de su viaje al río Vaupés. Hablamos sobre la presentación que haríamos en Panamá, sobre los cambios que le haríamos al próximo curso que dictaríamos en el segundo semestre de 2019, sobre el último artículo científico de uno de sus estudiantes que publicaremos próximamente en Pesquisa Javeriana, como lo hemos hecho con un buen número de sus investigaciones. Nos prometimos que continuaríamos con todos los proyectos. Nos prometimos que no nos abandonaríamos en estas causas profesionales. Con esas palabras… no nos abandonaríamos.

Así que la huella de Javier será siempre una impronta de calidad en todos estos proyectos.


Lisbeth Fog
Editora general de Pesquisa Javeriana

En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica 'Amazon Fish'. / Cortesía.
En 2018, Javier Maldonado logró el apoyo del Gobierno colombiano a la iniciativa académica ‘Amazon Fish’. / Cortesía.

 

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Javier Maldonado en trabajo de campo

Eran las 5 de la mañana y él nos esperaba con la sonrisa de quien quiere emprender una nueva aventura: su aspecto no era el de un profesor de cátedra, llevaba pantalones cortos de jean, una camisilla azul y sus botas para montañismo marca Quechua. Todo estaba listo para iniciar camino hacia el Magdalena Medio. Iba emocionado pero temeroso de no alcanzar a cumplir con el objetivo que había estampado en su mente desde que aceptó ir a aportar, de alguna manera, a la transformación de las comunidades de Chucurí, Bocas del Carare, Barbacoas e Islas: enseñar la importancia de la conservación del bagre rayado, esta vez no a los pescadores sino a los niños que, desde pequeños, crecen al lado del río y desarrollan sus habilidades de expertos pescadores.

Subimos a su Subaru color azul petróleo e iniciamos el recorrido. Fue un viaje tranquilo. Sus dedos golpeaban el timón al ritmo de la música, era realmente contagioso y dentro del repertorio nunca faltó una buena canción brasilera o Por ti, de Calle 13, que sonó más de una vez. Escucharla y verlo a él era evocar su esencia:

“Yo he peleado con cocodrilos,
me he balanceado sobre un hilo cargando más de 500 kilos,
le he dado la vuelta al mundo en menos de un segundo,
he cruzado cien laberintos y nunca me confundo,
respiro dentro y fuera del agua como las focas,
soy a prueba de fuego, agarro balas con la boca
(…)
Tengo vista de águila, olfato de perro,
puedo caminar descalzo sobre clavos de hierro,
soy inmune a la muerte
(…)
Ven conmigo a dar un paseo por el parque porque tengo
más cuentos que contarte que García Márquez”.

Antes de la llegada al lugar de destino, entró una llamada y puso el altavoz. “Hola madre”, la conversación continuó, “¿ya van a llegar, en dónde van?”, preguntaba, y al término de la charla ella finalizó diciendo “Dios te bendiga”, a lo que él respondió con un “Madre, te amo”.

Cada paso a su lado era una oportunidad para aprender de su experiencia como ictiólogo, como docente, pero además como amante da la naturaleza, de contar la ciencia de forma diferente y de cultivar experiencias para luego plasmarlas en sus historias. Cuando llegamos a Bocas del Carare, lugar donde nos quedamos, el cariño, los abrazos y las sonrisas de la comunidad hablaban de la huella que allí había dejado como ser humano.

Fueron días de mucho ajetreo, el calor oscilaba entre los 38 y 42°C y las jornadas eran extenuantes. Recuerdo cómo con una calma continua les decía a los niños de 7 u 8 años que prestaran atención; en momentos resultaba efectivo, otras veces se dispersaban, pero él continuaba con su cometido, sin descanso. Luego de los talleres en medio de una charla con un pescado bien sazonado y limonada fría, nos decía: “¡Qué verracos…! ¿Cómo hacemos para que se callen y no se distraigan?”, y soltaba una risa genuina.

Las noches y las madrugadas las dedicaba a la escritura de sus experiencias en este mágico lugar, no había otro momento para hacerlo. Cuando no estaba escribiendo estaba leyendo, en esta oportunidad un libro de conflicto y de los acuerdos de paz. El primer día estuvimos trabajamos en Chucurí y, ante las oleadas de calor, se tomaba una que otra cerveza. Al día siguiente a Islas, donde mostró que era un hombre colaborador y diligente cuando tuvo que alzar una nevera llena de bagres lo hizo, y cuando tuvo que halar una balsa para cruzar de un lugar a otro también. No guardaba energía, siempre estuvo altivo y en marcha para lo que se necesitara, era el comandante de nuestra comarca.

Pisó cuatro salones de clase y supo a lo que iba. Soltó la parte de su pantalón que estaba unida a una cremallera y se quedó en pantaloneta, se desamarró los cordones y dejó las botas a un lado. Era momento de empezar. Descalzo, enseñó a los niños la taxonomía del bagre: aleta dorsal, ventral, caudal, pectorales… explicó la función de los bigotes, el tamaño de los ojos y lo repitió cuantas veces fue necesario con la paciencia y tranquilidad que lo caracterizaba. Se sentó en el piso a armar rompecabezas con los estudiantes y también coloreó con ellos.

Para ir a la tercera y cuarta escuela tuvimos que atravesar gran parte del río Magdalena en una canoa a motor. En los trayectos, Javier cubría su cabeza con una cuellera y, sobre ella, una gorra. Las conversaciones durante el trayecto fueron largas y amenas, me contaba cómo era antes el paisaje del Magdalena y lo cambiado que estaba; también hablamos de ‘Gabo’ y sus recorridos por el mismo lugar en el que ahora navegábamos, incluso le pregunté a qué le olía el Magdalena: yo esperaba una respuesta poética de un hombre que había recorrido largos y diversos ríos, pero me dijo: “Como a pescado, ¿no?”, y ambos nos reímos.

En una de las travesías por el río, se nos apagó una, dos y tres veces la canoa, y si avanzábamos tres metros, la corriente nos devolvía dos. En medio de la angustia de tres inexpertos, Javier, el cuarto del grupo nos daba una partida de calma. Con él siempre nos sentimos seguros, sabíamos de su experiencia en las aguas, lo que no sabíamos era el goce que le generaba ver nuestros rostros de preocupación y su buen sentido del humor. En ese momento de alarma para nosotros, a él no le quedó más que estirar sus pies, ponerse cómodo y decirnos “Bueno, muchachos, disfruten del paisaje”, y nuevamente una carcajada salió y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Su único error y acierto fue haber tratado de rebasar sus límites esplendidos, vivió e hizo lo que quiso. Hoy estamos unidos pero nos invade la soledad por su partida. Fueron tan solo ocho días de haberlo visto sonreír. No compartí mucho con él, pero lo suficiente para conocer su tenacidad aguerrida. Hoy puedo decir con cariño y con orgullo que conocí a un amante puro de la vida, del paisaje, del agua, de los peces y fiel creyente de que cuando uno entrega todo, por mínimo que sea, puede transformar vidas.

Él entregó su conocimiento y con alma humilde no se quedó con nada porque las cosas buenas siempre quiso compartirlas. Gracias por los aprendizajes, por las historias y por todo lo que nos dejaste. Disfruta del paisaje y vuela alto.


Ximena Montaño
Perodista de Pesquisa Javeriana

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Maldonado (centro), en una de sus innumerables expediciones de campo. / Cortesía

 

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Lo que aprendí de Javier Maldonado

Gracias a Javier Maldonado, aprendí sobre la guapucha, un pez endémico del río Bogotá.  David Mayorga, actual editor web de Pesquisa Javeriana, escribió cómo este investigador acompañado de sus estudiantes recorría las aguas de ese contaminado afluente para estudiar la forma en que la especie transitaba desde la fuente del río hasta la cuenca baja, al final de la Sabana de Bogotá; cuando escuchaba a Javier hablar de esos peces, me preguntaba cómo hacían para sobrevivir a uno de los ríos más contaminados del país. Él me decía que obviamente se generaban malformaciones y mutaciones en la especie, que con el tiempo impactaba su evolución. O al menos, eso fue lo que entendí.

Desde ahí, desde marzo de 2016, comencé a encontrar en los peces una atracción especial, los veía de manera diferente. Ahora comprendo que son un medidor clave para evidenciar la afectación de los ecosistemas. Así nos lo explicó con sus investigaciones sobre hidroeléctricas. ¿Qué por qué no convienen los proyectos hidroeléctricos actuales? Porque rompen el cauce natural del río, y con este las especies que transitan en él. ¿Para dónde van los peces cuando se encuentran con la pared de una hidroeléctrica? Pues se mueren allí, pueden devolverse río arriba o perder su camino. Se mutila la posibilidad de que tomen el rumbo natural para su reproducción. Y si eso ocurre con los peces, la cadena alimenticia se ve afectada directamente. Quienes comen peces ya no los encontrarán y, mucho menos, quienes los pescaban. Además de la fauna, los seres humanos nos vemos afectados, principalmente las comunidades que dependen de esa actividad productiva y económica.

No puedo dejar de lado las maravillosas conversaciones sobre apropiación social del conocimiento. Un aliado inconfundible para democratizar el conocimiento, para dejar en la sociedad una huella mayor a la discusión en esferas académicas sobre los hallazgos científicos. Era necesario que toda la sociedad comprendiera para qué hacía esas investigaciones, cuáles eran sus resultados y para qué servían en la cotidianidad y en la toma de decisiones. Nos quedaron tareas pendientes es ese campo, algunos sueños por resolver, pero no quedarán en vano esos esfuerzos y aprendizajes que nos deja.

Esas banderas las tomaremos para seguir promoviendo el conocimiento al alcance de cualquier persona, mi abuela, su tía o mi hija. En últimas, lo que veo que dejó en mí con su pasión por los peces fue eso, pura apropiación del conocimiento científico.


Claudia Mejía
Productora ejecutiva de Pesquisa Javeriana

En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka
En febrero de 2019, Javier viajó al Magdalena Medio para enseñarles a los niños la taxidermia del bagre rayado. / Diederik Ruka y Ximena Montaño.
Javier Maldonado y su vocación desaforada

Javier Maldonado y su vocación desaforada

Con morral al hombro, su gorra bien puesta y botas de caucho, el ecólogo Javier Alejandro Maldonado, profesor del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, recorre las zonas más inexploradas de la cuenca amazónica colombiana, con el objetivo de encontrar información sobre peces que, bajo las aguas, permanecen ocultos y no han sido reconocidos, pues allí está la mayor biodiversidad de peces de agua dulce en la tierra.

Ante la necesidad investigar la existencia de estas especies inexploradas en la Amazonía y consolidar proyectos de conservación, Maldonado, junto a profesionales de siete países de Latinoamérica y Europa, actualmente construye la base de datos más grande y robusta de información sobre biodiversidad de peces de agua dulce en la cuenca del Amazonas, todo esto para llenar los vacíos de información a través de expediciones en diferentes partes de la cuenca. Dicha tarea inició en 2015 y se consolidó en enero de 2018 cuando firmó, junto al expresidente colombiano Juan Manuel Santos y el exministro de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible de la época, Luis Gilberto Murillo, un acuerdo de entendimiento con el fin de coordinar esfuerzos para cumplir con esta titánica tarea durante un periodo de cinco años.

“Con todos los datos que tenemos actualmente, sabemos que, en términos de peces, el territorio menos conocido en toda la cuenca amazónica es el colombiano, así que lo que hacemos es ir a campo para llenar esos vacíos identificados por medio de expediciones a sitios donde nadie ha ido a colectar peces”, señaló a Pesquisa Javeriana el docente javeriano sobre el proyecto Amazon Fish.

Las expediciones en busca de cumplir este objetivo han sido largas y extenuantes, cuyos resultados publica periódicamente en revistas científicas, sin dejar de compartir todos sus hallazgos con colegas, las comunidades que visita y sus estudiantes. Su curiosidad por la investigación lo ha llevado a recorrer gran parte de las regiones apartadas de Colombia para deslumbrarse con los paisajes del Amazonas, del río Magdalena y de la Orinoquía.

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Como parte de los hallazgos que han llevado a este amante de los peces a seguir con su labor de escudriñar las aguas, está el descubrir, junto a investigadores del Laboratorio de Ictiología de la Javeriana y colegas de la Universidad de Toronto en Canadá, la existencia de un curioso pez color rojo. Se trata de la especie Phreatobious, encontrada en el pie de monte llanero. La estructura física de este animal es similar a la de una lombriz, motivo por el cual los pobladores de la zona se lo daban como alimento a las gallinas de la zona; sin embargo, resultó ser un bagre de aguas subterráneas; aunque sus ojos no funcionan bien en la oscuridad, son los bigotes de su cabeza los que le sirven para orientarse.

Esta información, a su vez, ha puesto a trabajar a científicos en el análisis de esta nueva especie que aún no tiene nombre. Como parte de un juego de palabras, ante la pregunta: ¿se llamaría Phreatorius yopalensis, por Yopal? Maldonado responde:“Podría ser también Phreatorius gallinensis”.

Los placeres de este ecólogo con alma de biólogo, de 42 años, van más allá de la investigación y de recorrer las carreteras de nuestro país en bicicleta, pues su genuino gusto por la conservación del ecosistema lo acompaña en cada recorrido. De ahí, su preocupación por el impacto que tienen las hidroeléctricas en el medio ambiente, pues según el artículo Fragmentation of Andes-to-Amazon connectivity by hydropower dams, del cual Javier Maldonado aparece como coautor, las represas alteran el hábitat de los peces y crean insalvables barreras para su movimiento a través de los ríos.

Además, entre las consecuencias ambientales que Maldonado encuentra en los proyectos hidroenergéticos, está el rompimiento de la conectividad de la biodiversidad entre los Andes y el Amazonas, los cambios en la temperatura del río por los cortes de agua y cómo las represas influyen en el flujo natural de los sedimentos del río; según el investigador, porque los sedimentos “son los que le dan la riqueza al agua, los que nutren los planos de inundación”.

Investigar y conservar son palabras que se quedan cortas para describir lo que Javier Maldonado quiere lograr con lo que hace como ictiólogo. Su deseo por divulgar la ciencia lo ha llevado a buscar nuevas formas de narrar el conocimiento científico generado en sus investigaciones y a promover conciencia sobre la conservación de los ecosistemas acuáticos colombianos, del bienestar de los peces y las comunidades asentadas a lo largo y ancho de la extensa red hídrica colombiana.

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Resultado de su trabajo en busca de especies inexploradas, surgió su pasión por trabajar con pobladores de las regiones. Por eso, un ejemplo de esto ocurrió el pasado 10 de febrero cuando Maldonado inició un recorrido por cuatro escuelas del Magdalena Medio para concientizar a los niños de esta región sobre la conservación del bagre rayado, especie afectada por la sobrepesca. “En su rostro se vio la emoción, no solo de transmitir sus conocimientos sino de compartir con los niños, con los pobladores y con sus colegas”, según recuerdan periodistas de Pesquisa Javeriana, quienes lo acompañaron en el recorrido.

Los expedicionarios no están exentos de peligros, pero el ecólogo sabe afrontarlos. Su hermano Nelson Maldonado Ocampo recuerda cómo, en alguna oportunidad, Javier se quedó sin embarcación toda una noche; sin embargo, esperó a que amaneciera y horas más tarde fue encontrado. Esta anécdota es una de las tantas que llena de optimismo a sus familiares, amigos y colegas mientras están a la espera de recibir noticias de su búsqueda. Por el momento, brigadas de rescate y la misma comunidad indígena de Mata Pi que lo acompañaban en la salida de campo, adelantan jornadas de búsqueda en la región, luego de que el investigador javeriano naufragara durante una expedición científica en el río Vaupés el pasado sábado 2 de marzo sobre las 2:00 de la tarde.

 

Hidroeléctricas, ¿energía amigable con el medio ambiente?

Hidroeléctricas, ¿energía amigable con el medio ambiente?

Un equipo de biólogos y ecólogos camina por las calles del corregimiento de Berlín, al nororiente del departamento de Caldas. No es la primera vez que la ingeniera agroforestal Milena Camargo y el biólogo José Ignacio Barrera asumen el papel de inspectores medioambientales. Con libreta en mano y las botas negras de caucho bien puestas, recorren hectáreas enteras de las veredas Moscovita, Montebello, La Reforma y La Carolina, ubicadas en el municipio de Norcasia; los mismos lugares donde años atrás quebradas los abastecían con agua y ahora, con la implementación de obras hidráulicas, se han secado. De los árboles frutales y cultivos de zapote, yuca, fríjol y maíz que se sembraban en la zona queda muy poco, eso lo saben bien las comunidades afectadas con la construcción del Trasvase Manso en la Central Hidroeléctrica La Miel I.

Esta historia inició con la empresa HidroMiel S.A y el consorcio Miel I, integrado por varias constructoras, que hicieron el estudio de viabilidad del proyecto y su diseño. Sin embargo, en el año 2000 la generadora de energía Isagen se interesó en el potencial hídrico del oriente de Caldas con los afluentes de los ríos Guarinó, La Miel, Moro, Manso, Samaná Sur, Pensilvania y Tenerife. Para conseguirlo, inició la construcción de Pantágoras, un gran muro de contención de más de 180 metros de altura con la capacidad para almacenar 570 millones de metros cúbicos de agua. Actualmente es considerada como una de las presas más altas de Colombia y la quinta central eléctrica con mayor capacidad para producir energía en el país.

Actualmente, en Colombia existen alrededor de 43 hidroeléctricas en la cuenca del río Magdalena, de las cuales 33 están en operación. Sin embargo, las metas para la generación de electricidad a 2050 supera la implementación de 100 proyectos más.

En 2010 este ambicioso proyecto ya contaba con el Transvase Guarinó, una obra hidráulica ubicada en límites con el departamento del Tolima y con la capacidad de generar más de 308 GWh/año, cifra que se aproxima a la cantidad de energía necesaria como para encender más de 720.000 televisores LCD por un año durante las 24 horas del día.

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Sin embargo, el verdadero problema para la región empezó el 24 de noviembre de 2006 cuando el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible le otorgó la licencia ambiental numero 2282 a Isagen para construir el Transvase Manso, con el cual redireccionaría el cauce del río Manso hacia el embalse Amaní para potenciar la capacidad de la hidroeléctrica. Según indica el documento, esta iniciativa buscaría “…optimizar el aprovechamiento de caudales del río Manso mediante obras de infraestructura de trasvase y operación de las mismas”.

La construcción, en los límites de los municipios de Samaná y Norcasia, inició operaciones en el 2013 pero trajo consigo delicados resultados: 18 quebradas secas, una parcialmente seca y tres con caudales disminuidos, afectando los recursos hídricos de veredas como Lagunilla, La Samaria y el corregimiento de Berlín y sus cultivos.

Además, para redireccionar las corrientes hídricas del río Manso al embalse fue necesario hacer un túnel de 4.015 metros de largo y 300 metros de profundidad, el cual contaminó los acuíferos —bolsas de agua subterránea— y ocasionó su filtramiento dentro de la estructura, cortando su cauce natural hacia aguas superficiales.

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Según Daniela Rey, estudiante de Ecología de la Pontificia Universidad Javeriana, este tema es importante porque “uno de los grandes efectos que generó la construcción de la hidroeléctrica La Miel I fue el rompimiento de los acuíferos y la pérdida del agua subterránea, lo cual, con el tiempo, dejó sin agua algunas zonas y comunidades”.

Ante el hecho, a finales del 2011 la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales —ANLA— impuso una medida preventiva de suspensión a Isagen para el inicio de operaciones del Trasvase del Río Manso al Embalse de la Central Hidroeléctrica La Miel I, luego de que el Comité Veedor del proyecto enviara al Ministerio de Ambiente un documento con sus inquietudes sobre la construcción del Transvase y las afectaciones medioambientales ocasionadas con esta obra en la región. Según el texto:

“Ponemos en conocimiento la existencia de una falla al interior del túnel que aporta al menos 15 litros de agua por segundo, y hasta el momento los dueños de la obra (Isagen) lo manejan sin tener la más remota idea de cuál pudiera ser la solución”, indicó Conrado Rojas Ocampo en representación del Comité Veedor.

Luego, una inspección hecha por profesionales de la ANLA, consignada en la Resolución 0300 de diciembre 29 de 2011, encontró que:  “…una rana endémica del Magdalena Medio (Pristimantis viejas) y una salamandra (Bolitoglossa lozanoi), esta última listada como amenazada en la categoría Vulnerable […] podrían verse directamente amenazadas por la afectación del recurso hídrico, del cual dependen su reproducción y la supervivencia de sus poblaciones”.

Esta obra hidráulica, al igual que muchos otros proyectos son un claro ejemplo del impacto medioambiental, económico y social que ha ocasionado la incursión de la mano del hombre en el ecosistema, especialmente en los sistemas acuáticos. Vale la pena recordar el caso de Hidroituango, presa sobre el río Cauca, entre el municipio de Ituango y el corregimiento de Puerto Valdivia, en Antioquia, que alertó al país luego de que se presentaran fallas en su estructura con la obstrucción en la salida de agua de la casa de máquinas, poniendo en riesgo la vida de 113.000 personas; o El Quimbo, en el departamento del Huila, presa responsable de afectar las actividades económicas de los habitantes de la región tras haber inundado zonas altamente productivas.

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Buenas prácticas de restauración ecológica

Volviendo al proyecto La Miel I, Isagen compró más de 460 hectáreas para desarrollar programas de restauración ecológica de los ecosistemas acuáticos y terrestres, resarciendo así sus acciones y comprometiéndose a implementar un plan de orientación psico-social a las comunidades vulneradas.

En 2015 buscó a la Escuela de Restauración Ecológica de la Javeriana, liderada por el docente José Ignacio Barrera Cataño, para diagnosticar cooperativamente el impacto ambiental que tuvo la implementación de la obra en la zona y crear un programa de restauración ecológica apropiado para la región.

Según Milena Camargo, coordinadora javeriana del proyecto, “nuestro objetivo consistió en evaluar cómo estaba el área afectada, revisar la vegetación y caracterizarla, diagnosticar el impacto en el suelo y, por último, conocer la conformación social de las comunidades”. De este surgieron el Plan de Restauración Ecológica Trasvase Rio Manso y el Plan de Conservación de la especie Gustavia romeroi, conocida como ‘chupo rosado’, iniciativas que, tal y como lo indica Héctor Javier Sandoval, representante de Isagen, “se espera replicar en una mayor magnitud en otras fincas afectadas, a sus propietarios y trabajadores”.

Hasta ahora los investigadores han implementado dos de tres etapas del proyecto: evaluar el impacto que dejó la construcción del transvase y desarrollar las estrategias de rehabilitación del ecosistema acuático y terrestre. Sin embargo, aunque este trabajo resulta ser un recurso para restablecer la conectividad del medio ambiente, el verdadero problema radica en las consecuencias irremediables que deja la construcción de hidroeléctricas.

De acuerdo con investigaciones hechas por Javier Maldonado, docente de la Facultad de Ciencias de la Javeriana, junto a académicos internacionales sobre el impacto de las hidroeléctricas en la cuenca Depresión Momposina, la construcción de estas obras altera el hábitat de los peces de agua dulce que habitan los afluentes dado que las presas obstruyen su movimiento natural; además dificultan el flujo de nutrientes provenientes de los sedimentos a los ríos y planicies de inundación, represados por los muros de contención, y, en casos como el de Norcasia, destruyen los acuíferos encargados de equilibrar el ecosistema, nutrir de agua los hábitats húmedos, como lagos y suelos, y abastecer a las comunidades.

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Aunque las primeras leyes que avalan la producción de energía a partir de hidroeléctricas y la construcción de plantas para su tratamiento en Colombia son la Ley 113 de 1928 y la Ley 26 de 1938, el verdadero problema radica en las prácticas para la generación de energía y los estudios para la construcción de obras.

Esto significa que el problema no es tomar el agua sino saber de dónde se toma y cómo. Según Barrera, “las hidroeléctricas deben buscar el menor daño posible, pues siempre existirá un riesgo para el ecosistema, sea con energía hidráulica, eólica o  solar”. Por ejemplo, añade, “a lo largo de la historia se han construido cientos de embalses donde ha habido ciudades. Los romanos traían el agua de las partes más altas de sus tierras a las más bajas, mediante canales, y así su preocupación no era tomarla, sino saber de dónde y cómo hacerlo correctamente”.


El negocio de la energía en Colombia

“Colombia goza de tener muchas líneas eléctricas, en diferentes voltajes, para llevar la energía a cualquier lugar del país”, dice Sandoval; sin embargo, esta información se queda corta respecto a la magnitud de energía que se produce en el país.

De acuerdo con XM, empresa adherida a ISA, grupo empresarial multilatino que trabaja en la compra, venta, transferencia y gestión de energía eléctrica, las fuentes para su producción en Colombia no sólo corresponden a la hidráulica, sino también a la solar, la eólica, combustibles fósiles y la biomasa.

La producción de energía durante mayo de 2018 en Colombia fue de 186,5 GWh/día, según XM, de la cual un 85,68% se originó de combustibles renovables (84,97% fue hidráulica, 0,64% de biomasa, 0,05% de eólica, y 0,02% de solar), mientras que el 14,32% restante correspondió a combustibles fósiles no renovables como el carbón, el petróleo o el gas natural.

En ese sentido, los aportes energéticos no solo corresponden a los 23 embalses que tiene Colombia, ubicados en las regiones Caribe, Antioquia, Centro, Oriente y Valle, con capacidad hidráulica para producir energía de más de 10.944 MW, sino que también se debe a fuentes eólicas como Celsia Solar Yumbo, la primera granja de energía solar del país con la capacidad de generar 18,42 MW, o fuentes térmicas de biogás como el Relleno Sanitario Doña Juana, que produce alrededor de 1,70 MW.

De las 140 hidroeléctricas que están actualmente en funcionamiento, construcción o proyección en el país, sólo 27 cuentan con una licencia ambiental otorgada por la ANLA; las demás son licenciadas por las corporaciones autónomas regionales, según esta institución.

¿Por qué empresas como Isagen, dueña de cinco centrales hidroeléctricas en Colombia, con una capacidad total instalada en ellas de 2.212 megavatios, se interesa en potenciar su operación?

Esto se debe a que Colombia cuenta con ricos corredores hídricos y una ubicación geográfica privilegiada que garantiza continuas precipitaciones en el territorio, que elevan los niveles de los ríos y llevan la capacidad de almacenamiento de los embalses hasta el tope. Por ello, las centrales hidroeléctricas deben vertir mayor cantidad de agua a través de tuberías para empujar las turbinas al interior de la presa, que a su vez hacen girar un generador, el cual convierte la energía del movimiento en electricidad a partir de imanes y circuitos; así, a mayor cantidad de agua, mayor producción de energía para transportar y comercializar, aunque se pierda de vista el impacto medioambiental que trae consigo.

Hoy el país exporta energía  a dos líneas en Ecuador (Tulcan – Panamericana y Jamondino Pomasqui) y tres en Venezuela (Cuestecitas – Cuatricentenario 1, Corozo – San Mateo y Cadafe – Zulia 1).

A pesar de que la Hidroeléctrica Central La Miel I cuenta con más de 570 millones de metros cúbicos capaces de producir hasta 390 MW, a la fecha el municipio de Norcasia registra alrededor de 123 suspensiones del servicio de energía prestado por CHEC Grupo EPM, un balance desproporcionado considerando que es una de las presas que más energía produce en el país a pesar de las consecuencias medioambientales y sociales que dejó la implementación del Transvase Manso en la región.

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Por ahora, la Escuela de Restauración Ecológica visita mes a mes las mismas veredas que recorrió en principio para evaluar estrategias como la siembra de plantas nativas, la limpieza de las bocatomas del corregimiento de Berlín y la concientización social sobre el cuidado que requiere el ecosistema, con el fin de rehabilitar los nacimientos de agua y el servicio hídrico a las comunidades.

Encuentran pequeños peces en aguas subterráneas de los Llanos

Encuentran pequeños peces en aguas subterráneas de los Llanos

Esas lombricitas que les daban de comer a las gallinas en una finca del pie de monte llanero resultaron ser peces de aguas subterráneas, posiblemente una especie nueva para la ciencia. Investigadores del Laboratorio de Ictiología de la Pontificia Universidad Javeriana, en conjunto con sus colegas de la Universidad de Toronto, Canadá, están concentrados en estudiarlos palmo a palmo, describiendo con detalle sus características morfológicas internas y externas, su genética, sus aspectos más íntimos, incluso cómo han evolucionado.

Hasta ahora saben que se trata de una especie de bagre, que cuando está vivo es de un intenso color rojo; sus ojos están reducidos a su más mínima expresión, pues en la oscuridad poco les servirían; en cambio, los bigotes en su cabeza les sirven para orientarse. Tienen una contextura ósea muy fuerte y aletas muy bien desarrolladas: la anal se une con la aleta caudal —de la cola— y cuentan con doble aleta dorsal; “son adaptaciones para la vida en esas aguas subterráneas donde tal vez habitan en cavidades, y estas estructuras les permiten deslizarse en esos sistemas”, explica Javier Maldonado, ictiólogo e investigador de la Javeriana,.

 El investigador Alexander Urbano con una de las trampas diseñadas para la captura de los ejemplares en los aljibes.
El investigador Alexander Urbano con una de las trampas diseñadas para la captura de ejemplares en los aljibes.

Descubrirlos fue algo inesperado. Uno de los investigadores, que se encontraba haciendo trabajo de campo en una finca cerca al municipio de Yopal, Casanare, cuenca del Orinoco, se percató que, mientras conversaba con los dueños de la misma, en un balde estaban metiendo unos bichos que salían de la limpieza de uno de los aljibes utilizados para extraer agua para consumo. Con sus ojos de ictiólogo, cuenta Maldonado, “el investigador pudo corroborar que, efectivamente, ¡no eran lombrices sino peces! Unos que él jamás había visto, por lo cual inmediatamente sacó a correr a las gallinas que minutos antes ya se habían comido un par de ejemplares. Tomó fotos y me las envió para verificar de qué peces se trataban, y, ¡oh sorpresa!, eran unos bagres pertenecientes al género Phreatobious que hasta la fecha sólo habían sido registrados a miles de kilómetros de distancia en tres localidades de la cuenca Amazónica, cada una con una especie diferente”.

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¿Cómo habían llegado hasta allí?

El hecho de encontrar peces en aguas subterráneas ya es novedoso de por sí: en el mundo y en Colombia recientemente han sido descritas algunas especies encontradas en cavernas. Pero que estén viviendo en los aljibes o en hoyos para extraer agua o petróleo —como fue el caso de Brasil—, “eso es algo realmente muy llamativo porque, ¿cómo unos peces de agua subterránea, que se suponía estaban restringidos a la cuenca del Amazonas, ahora están presentes en la del Orinoco?”

La primera vez que vieron estos diminutos bagres fue en 2011, y en 2017 se los volvieron a encontrar en el departamento del Meta. Buscando cómo se distribuyen las aguas subterráneas en Colombia, encontraron que el 41% de las reservas están en la provincia hidrogeológica de los Llanos Orientales, donde se han identificado tres acuíferos: Villavicencio-Granada-Puerto López, Yopal-Tauramena y Arauca-Arauquita. Pero los estudios no se han enfocado en la vida que navega por esas aguas. “Seguramente estos acuíferos estuvieron conectados en el pasado y estos individuos son relictos de esa distribución amplia que tenían estas especies y que ahora están aislados”, se atreve a explicar Maldonado. Hay teorías que aseguran que las cuencas del Amazonas y el Orinoco eran una sola hace millones de años y eso también explicaría encontrarlos hoy en día en regiones tan distantes.

 Individuo colectado en el Departamento de Casanare correspondiente a la nueva especie de Phreatobious en proceso de descripción.
Individuo colectado en Casanare correspondiente a la nueva especie de Phreatobious, en proceso de descripción.

Maldonado y sus colegas están actualmente buscando estos pececillos en otros lugares de los llanos, pero también realizan estudios que les permitan conocer un poco más sobre sus relaciones de parentesco con las otras tres especies del género y otra adicional que está siendo descrita para la cuenca del Amazonas: “Es muy importante establecer a cuál esta especie del Orinoco está más relacionada para también hacer una estimación aproximada de hace cuántos miles de años se dio la separación entre estas dos especies. Si los resultados nos da una edad muy reciente, quiere decir que, efectivamente, las cuencas del Orinoco y del Amazonas siguen conectadas por aguas subterráneas”, asegura Maldonado, y enfatiza: “Si nos da una edad mucho más vieja, nos querría decir que ambas tenían una distribución amplia pero ya cuando se configuraron las cuencas como las conocemos hoy en día, unos individuos quedaron aislados en el Orinoco y otros en el Amazonas, y como ha pasado tanto tiempo, pues precisamente eso es lo que ha generado que esta especie del Orinoco desarrolle características únicas para que hoy la consideremos como una nueva especie”.

Los investigadores llaman la atención sobre el posible impacto que se puede estar generando en estos sistemas de acuíferos en la región por diversos tipos de actividades humanas, que no solo ponen en riesgo el suministro de agua para diversos usos sino la diversidad desconocida o poco estudiada que albergan y que es clave para comprender cómo ha sido la evolución de cuencas tan importantes como la del Orinoco y del Amazonas.

Todo esto ha puesto a trabajar más aceleradamente a los científicos por esta nueva especie que, yo propongo, se llamaría Phreatorius yopalensis, por Yopal. A lo que Maldonado responde con una carcajada: “Podría ser también Phreatorius gallinensis”.

Trampa diseñada para la captura de los individuos de Phreatobious en los aljibes.
Trampa diseñada para la captura de individuos de ‘Phreatobious’ en los aljibes.