La historia de la pianista colombiana Maruja Hinestrosa y su herencia eterna

La historia de la pianista colombiana Maruja Hinestrosa y su herencia eterna

Transcurría la década de 1920 y en Pasto, a poco más de 820 km de Bogotá, resonaba el eco de las notas musicales de la joven pianista María de la Cruz Hinestrosa Eraso, quien con apenas 14 años empezaba a aprender a tocar el teclado y a dar sus primeros pasos en lo que sería su camino como pianista insignia de la región.

Esta mujer de manos y sonrisa delicada, recordada por su obra El Cafetero, y que falleció en el 2002, volvió a sonar con fuerza doce años más tarde, gracias al libro Maruja Hinestrosa: La identidad nariñense a través de su piano, publicado por el musicólogo javeriano Luis Gabriel Mesa Martínez.

Él se ha encargado de reconstruir la obra de Maruja Hinestrosa con el ánimo de no dejar sucumbir un mundo de composiciones creadas en medio del machismo musical de la época y que formaron la imagen de una artista valiente y polifacética.

¿Quién fue Maruja Hinestrosa?

‘Marujita’, como le decían los más allegados, nació el 16 de noviembre de 1914 en Pasto, Nariño, y motivada por sus padres, Julia y Roberto y las hermanas religiosas del Colegio Sagrado Corazón de Jesús y del Liceo La Merced Maridíaz, de quienes recibió su formación académica y musical, encontró una vocación que con el tiempo fue tomando un espíritu rebelde.

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Maruja Hinestrosa realizó su primera composición a los 14 años.

Al parecer, dicha rebeldía fue influenciada por una de las religiosas, como lo recuerda Luis Pazos Moncayo, amigo cercano de la compositora: “Doña Maruja quería mucho a las monjitas. Sobre todo porque una de ellas, la monja Celina Pereira, tendía a ser muy reaccionaria, de izquierda. Ella se atrevía a usar palabras que yo personalmente no he podido escuchar en monja alguna, y tanto a mí como a doña Maruja nos fascinaba oírla”.

Entre las memorias citadas por Luis Gabriel Mesa en el libro Maruja Hinestrosa: La identidad nariñense a través de su piano, la compositora narraba sobre la rigurosidad limitada en contra de repertorios etiquetados como populares o con un sello diferente al clásico.

 

“Me dieron permiso para que yo tocara en el piano del colegio durante los recreos, ¡Pero no la música popular! (…), no se podía tocar una piecita porque era el pecado más grande. Entonces yo aprovechaba cuando no estaban las monjas, cuando se oía el ruido de las calles”, libro Maruja Hinestrosa: La identidad nariñense a través de su piano por Luis Gabriel Mesa Martínez.

 

Pero Hinestrosa logró sacar adelante su carrera, en gran medida, porque venía de un contexto privilegiado, cuenta el investigador Gabriel Mesa Martínez. “Desde los años 20 tuvo un piano importado de Alemania, complacencia de familias pudientes en Colombia. Para la época, tener pianos traídos del exterior era muestra del poder adquisitivo”.

Sin embargo, la paradoja era visible, pues si bien la sociedad no veía muy bien que una mujer se presentara públicamente en conciertos, sí aceptaba que las señoritas de familias prestantes tocaran música de salón para elevar su estatus.

Según la investigación de Mesa Martínez, quien desde 2012 inició un estudio profundo de la vida de Maruja Hinestrosa, quienes la conocieron aseguran que no cayó en el sesgo de las clases sociales, rompió esquemas y la describen como genuina, sensible y auténtica.

“Se ha convertido en una línea de trabajo para mi carrera investigativa: buscar rutas para visibilizar y reivindicar, a través de la música, el papel de las personas que han sido discriminadas de una u otra manera”, dice el profesor javeriano.

Maruja Hinestrosa: la investigación

En el siglo XX Maruja Hinestrosa fue una compositora muy representativa de Pasto y Mesa Martínez, quien creció en esta misma ciudad escuchando hablar de ella como prodigio y ejemplo del pianismo en la región, se interesó desde joven por conocer su obra.

“Después de hacer mi carrera como músico y mi doctorado en Investigación Histórica de la Música, me dediqué a explorar sus obras. Hasta el momento he identificado 45 composiciones con nombre propio de Maruja Hinestrosa, no he encontrado algunas partituras o grabaciones que me permitan volver a tocar todas las 45, pero ya tengo un poco más de 30 listas”, dice.

Siendo todavía estudiante de colegio, Hinestrosa, con apenas 14 años, compuso la primera creación de su carrera: el pasillo Cafetero en versión instrumental para piano. El título fue expuesto públicamente en Pasto durante el Congreso Nacional de Cafeteros en 1930. Dicha composición se fue convirtiendo en emblema de la música nacional y empezó a tener gran impacto a nivel internacional.

Para el año 2016, Mesa Martínez supo que la reconocida canción fue reinterpretada en Costa Rica, pero no bajo su nombre original sino como El hombre macho, atribuida al cantautor costarricense Adán Guevara. Con la intención de esclarecer la verdad de la procedencia de esta pieza musical, Martínez levantó su equipaje para pasar una semana en el país de los ticos.

“Con el apoyo de la Universidad Javeriana y la Universidad de Costa Rica, logré profundizar en el tema integrando fuentes escritas y sonoras con un trabajo de campo que inició en Pasto (Colombia) y se complementó con la visita a San José y Guanacaste, en Costa Rica. De ahí salió información que me permitió confirmar que esa obra sí era original de Maruja y lo que había en Costa Rica era una versión basada en la pieza original”, dice el musicólogo.

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Desde los 20 años Maruja Hinestrosa tuvo un piano importado de Alemania.

Su trabajo investigativo no solo se ha enfocado en escudriñar las obras de Maruja Hinestrosa, sino de volver a revivirlas, hacerlas visibles y llevarlas a recorrer otras fronteras para dar a conocer el papel de la pianista en la historia de un país con un patriarcado musical dominante.

“Mi mayor sueño y ambición es escuchar la interpretación de mi Concierto en Si menor para piano y orquesta en los patios de la gobernación o de la alcaldía”, decía Maruja Hinestrosa sobre su anhelo pendiente, y cuenta Mesa que “ella quería que la obra Fantasía sobre aires colombianos, escrita con sus manos para piano, pudiera ser trasladada, más adelante, a un formato sinfónico nombrándola como Concierto en Si menor para piano y orquesta”.

La compositora no alcanzó a ser espectadora de tal honor, sin embargo, Mesa Martínez, sin medir las horas de trabajo que le implicaría, hizo de este sueño una realidad póstuma.

Tiempo atrás los musicólogos solían asumir que la música debería ser tal y como la dejó escrita el compositor, y esta no se debía intervenir demasiado por tratarse de una obra artística sublime, pero como asegura la doctora en Etnomusicología, Carolina Santamaría Delgado, “la actividad musical de la misma Maruja nos muestra la falacia de aplicar ese tipo de metarrelatos históricos de una manera acrítica: fue ella quien solicitó ayuda para la orquestación de su Fantasía sobre aires colombianos”.

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Luis Gabriel Mesa Martínez interpretó el piano en la orquestación de Fantasía sobre aires colombianos.

El riesgo lo corrió Mesa Martínez y, para el año 2019, el músico se juntó con Victoriano Valencia, director del Departamento de Música de la Pontificia Universidad Javeriana, quien hizo la adaptación para orquesta de la obra que Maruja Hinestrosa soñaba ver interpretada por una orquesta sinfónica; Luis Guillermo Vicaría, profesor de dirección sinfónica, aceptó dirigirla; los acompañaron sesenta alumnos de la Orquesta Sinfónica Javeriana y Luis Fernando Beltrán, ingeniero de sonido, fue el encargado de dirigir un documental que será transmitido próximamente en canales coordinados por la RTVC y que ya fue premiado como mejor cortometraje nariñense en la categoría de cortometrajes regionales en el Festival Internacional de Cine de Pasto.

La obra musical no ha podido ser presentada en vivo en otros lugares por las restricciones sanitarias debido a la COVID-19.

“Cumplimos el sueño de Maruja de que Fantasía Sobre Aires Colombianos se tocara en orquesta, siendo yo el pianista solista, aunque el verdadero sueño hubiera sido que ella estuviera en mi lugar”, reconoce el profesor Mesa Martínez.

Después de todo, Luis Gabriel Mesa Martínez, reconocido hoy como el experto en la vida y obra de Maruja Hinestrosa, ha puesto en las manos de lectores y espectadores resultados de lo que ha sido un trabajo profundo de exploración de información biográfica, análisis estilísticos, ilustración iconográfica y edición de partituras a partir de fuentes pertenecientes al archivo familiar de la compositora y la documentación, tanto hemerográfica como académica, consignada en bibliotecas de Pasto y Bogotá.

La reflexión final de Gabriel Mesa Martínez es que esta aproximación, desde la perspectiva de género, abre universos nuevos de exploración y espacios inéditos para narrar nuestra propia historia musical desde una óptica más cercana a la experiencia cotidiana, remitiendo al pasado y a su vez revelando huellas históricas que deberían seguirse transmitiendo de generación en generación.

Así suena el sueño de ‘Marujita’

Si quieres escuchar la reinterpretación que realizó Luis Gabriel Mesa Martínez de las obras de Maruja Hinestrosa, puedes hacer clic aquí para escucharlas en Spotify.

Novedades editoriales

Novedades editoriales

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Territorio, planeación y políticas públicas. Variaciones sobre un trinomio imperfecto.

Jean-François Jolly (editor académico). Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020, 210 pp.

En la búsqueda de construir puentes conceptuales entre campos del conocimiento, este libro responde a la pregunta de en qué medida el territorio es un medio o un producto de la acción pública, como lo indica Jean-François Jolly, su editor académico. Así, se establece una relación epistemológica entre los estudios arquitectónicos y la planificación urbana, para analizar sus políticas de manera interrelacionada e interdisciplinaria. Los planteamientos y las formulaciones de diversos autores integran esta visión holística sobre las lógicas, la organización de los actores y el espacio, a partir de las perspectivas de las ciencias políticas y administrativas, de la geografía y del ordenamiento territorial.

 

comunicarnos.jpg Comunicarnos sin daño. Convivencia y salud mental.

Carlos Gómez-Restrepo, Marisol Cano Busquets, Miriam Forero Ariza y María José Sarmiento Suárez. Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020, 212 pp.

En este libro se presenta una serie de reflexiones sobre los efectos de la comunicación en los procesos de reconciliación y en la salud mental de quienes consumen información, quienes la producen y quienes la protagonizan. Así mismo, se ofrece un cúmulo de recomendaciones para producir piezas comunicativas que propendan al bienestar general y a la reconciliación, en situaciones como las emergencias de salud pública, la protesta social, los asuntos de género, la migración, el racismo, el conflicto, el posconflicto y las historias de infancia y adolescencia. Así mismo, se tienen en cuenta aspectos transversales, como el uso del lenguaje, el contexto, el manejo de cifras e imágenes, la aproximación a las fuentes, la dignificación de las personas y el respeto a la privacidad.

 

OrganizacionCuidadoLa organización social del cuidado de niños, niñas y adolescentes en Colombia. Experiencias urbanas.

Yolanda Puyana Villamizar, Amparo Hernández Bello y Martha Lucía Gutiérrez Bonilla (editoras académicas). Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020, 426 pp.

Uno de los interrogantes más importantes en las crisis sociales y de salud, como la que enfrentamos en este momento, es el del cuidado: cuidarnos y cuidar al otro atraviesa nuestro comportamiento como criaturas sociales y, a su vez, forma parte del engranaje cultural. Es a través del cuidado que establecemos puentes simbólicos y armamos la red que llamamos sociedad. Este libro explora la concepción social del cuidado, entendido como un trabajo con una potente acción transformadora dirigida a personas cuya vida y bienestar dependen de una atención particularizada, continua y cotidiana. A partir de este planteamiento, se analizan las dinámicas del cuidado de niños, niñas y adolescentes en el contexto colombiano, en cinco ciudades: Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena y Medellín. Se perciben, entonces, unas prácticas y estrategias para la organización social del cuidado por parte del Estado, el mercado y, finalmente, las redes vecinales y las ONG.

 

CineMaquina.jpgEl cine como máquina de pensamiento y control. Aparatos, dispositivos y autómatas.

Mauricio Durán Castro. Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2020, 190 pp.

Tanto en su complejidad mecánica como en su articulación con el cuerpo social, el cine puede ser entendido como una máquina que tiene la capacidad de representar y narrar el mundo y el ser humano, pero también puede ser visto como un aparato de control y sometimiento de hombres y mujeres, que vigila y registra todo desde cualquier lugar y momento o desde el poder hipnótico de sus imágenes, capaz de mover las emociones de las masas. Pensar la posibilidad de una máquina inteligente a partir de los dispositivos mecánicos de percepción óptica y auditiva permite no solo comparar y confrontar la máquina con su productor, el ser humano, sino que también ayuda a estudiar estas relaciones como una expresión de las sociedades industriales. Mauricio Durán Castro examina en este libro la doble potencia del cine, como una creación que le permite al hombre moderno ampliar su mirada científica y filosófica y, a la vez, atrapar su inconsciente. De esta manera, el cine, con sus creadores y sus espectadores, es estudiado desde las ideas de máquina de guerra, aparato de control, dispositivo de visión y autómata. Este acercamiento crítico invita a revisar la obra de cineastas como Dziga Vértov, Jean Epstein, Sergei Eisenstein, Alfred Hitchcock, Roberto Rossellini, Stanley Kubrick, Alain Resnais, Jean-Luc Godard, Harun Farocki o Chris Marker, a partir de las conceptualizaciones de importantes pensadores del siglo XX, como Gilles Deleuze, Félix Guattari, Walter Benjamin, Michel Foucault, Giorgio Agamben y Henri Bergson.

 

               

Del cuento de hadas a la realidad y el mercado

Del cuento de hadas a la realidad y el mercado

Los sonidos abundan en medio del inmenso espacio de techos altos, luces por doquier y paredes de ladrillo: los gritos infantiles que se repiten de stand en stand, las expresiones de asombro, el paso de las hojas, las voces de los padres explicando ―incluso leyendo― lo que se encuentra en cada página, la pregunta inevitable: “Mami, ¿me lo compras?”. Escenas que se repiten una y otra vez en los pabellones 10 a 16 de Corferias, en Bogotá, el espacio dispuesto durante la Feria Internacional del Libro 2019 para un público especializado y exigente: los lectores de literatura infantil y juvenil.

Decenas de expositores se reúnen en este espacio, acogen las preguntas sobre libros puntuales, proponen nuevos títulos, incluso rebuscan en su inventario o en el de sus allegados por esa edición especial. Sobre las mesas se encuentra todo tipo de mundos: cuentos de hadas, fantasía, novela gráfica, álbumes ilustrados, adaptaciones de clásicos literarios, versiones en prosa de éxitos cinematográficos… Ni qué hablar de los múltiples temas tratados: problemas en el colegio, la llegada de un nuevo hermano, los cambios en la fisionomía, el primer amor, la guerra, la justicia, la decepción, la amistad…

Es el resultado, a fin de cuentas, de un género literario con vida propia. “Es un campo donde se pueden hacer los textos más tradicionales posibles y también los experimentos más diversos”, explica Andrés Montañés Lleras, doctor en Literatura para Niños y Jóvenes de The Ohio State University, autor de El dragón de vapor (Norma, 2015)  y otros libros para el público infantil y profesor de la Especialización en Literatura Infantil y Juvenil de la Pontificia Universidad Javeriana, quien enumera algunas de sus características distintivas: “Más allá de contar con imágenes, sus personajes tienden a ser niños, las temáticas están conectadas de alguna manera con la infancia, la narración tiende a ser lineal y tiende a privilegiarse la perspectiva del niño, así como la acción y el diálogo sobre la descripción”, precisa el académico.

Curiosamente, para muchos autores e ilustradores reconocidos la asociación de sus libros con un público infantil es accidental. Por ejemplo, fueron famosas las palabras de Maurice Sendak, creador de Donde viven los monstruos ―en 2009 se estrenó la película basada en este libro infantil, dirigida por Spike Jonze― sobre su aversión a los niños, producto de una infancia problemática, pues su obra era más bien un escape para expurgar esos demonios internos. Otros autores, como Quentin Blake, han declarado su preferencia por una vida en pareja sin hijos.

Pero es la posibilidad de crear relatos a través de las experiencias personales y esa alquimia entre arte y literatura lo que más atrae a los autores a escribir, principalmente, para niños. O, en el caso de los escritores de historias para jóvenes, hablar sobre los temas que, supuestamente, están vedados al público infantil.

“Mucho artista plástico que ha sido ilustrador se ha pasado a este campo porque se da cuenta de que es un espacio idóneo para la experimentación, donde siempre está abierta la posibilidad de crear, de abordar los intereses personales desde lo narrativo hacia lo visual”, destaca Juliana Capasso, artista plástica, magíster en Ilustración para Niños y Jóvenes de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, ganadora de varios concursos de ilustración y edición infantil y juvenil, y docente de la Especialización en Literatura Infantil y Juvenil de la Javeriana.

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Ilustración de ‘Donde viven los monstruos’, de Maurice Sendak. / A. Currell, Flickr.


Y Caperucita roja se volvió adolescente…

De entre las miles de opciones que un padre puede elegir para su hijo a la hora de comprarle un libro infantil, sobresalen los cuentos clásicos para niños. Historias como Caperucita roja o Barba Azul, por ejemplo, a menudo editadas en gran formato y con ilustraciones multicolor, consideradas aptas para niños por traer un mensaje aleccionador. Lo curioso es que, en sus orígenes, estos relatos distaban mucho de ser aquellos “cuentos inocentes” que conocemos hoy en día.

“En la época de los Hermanos Grimm, lo que el adulto creía que el niño debía conocer no es lo mismo que el niño de hoy necesita. Y como esa concepción de la infancia cambia según la cultura, el tiempo y el contexto, también lo hace en la literatura”, explica Capasso para ilustrar que los llamados cuentos de hadas a menudo tratan historias de muerte, abandono, castigos extremos por fallas en el comportamiento (como la curiosidad femenina, precisamente, en el caso de Barba Azul), guerra…

Un caso especial es Caperucita roja, la historia clásica del folclor europeo cuyo origen puede rastrearse hasta el siglo X. La versión más conocida es la adaptación hecha en 1697 por el escritor francés Charles Perrault sobre la niña que se pierde en el bosque por desobedecer a su mamá y cae víctima de un lobo malvado, para, al final, ser rescatada por un leñador; sin embargo, la obra original de Perrault no contemplaba el rescate y terminaba de forma trágica pero aleccionadora: “Era un cuento específico para las niñas que vivían en la Corte del rey, pues corrían ciertos peligros”, añade Capasso.

Aquella versión traía una moraleja que se perdió con el tiempo:

“La niña bonita, la que no lo sea
que a todas alcanza esta moraleja,
mucho miedo, mucho, al lobo le tenga,
que a veces es joven de buena presencia,
de palabras dulces, de grandes promesas,
tan pronto olvidadas como fueron hechas”.

Crédito
/iStock.

Hablar sobre los orígenes de la literatura infantil es entender también el nacimiento de la industria editorial. Si bien algunos teóricos se remontan a la Grecia antigua para señalar a las fábulas de Esopo como el primer referente histórico, un consenso generalizado establece a la Europa del siglo XVII como su cuna. Y el pionero es Orbis Sensualium Pictus (cuya traducción puede ser El mundo visible en imágenes), un libro de texto escrito en latín y alemán por el educador checo John Amos Comenius, publicado en Nüremberg (actual Alemania) en 1658, que explicaba lecciones sobre religión, botánica, zoología y actividades humanas, entre otros temas, por medio de grabados. “Es el primer libro álbum, el primero con imágenes, aunque con un fin educativo”, explica Montañés.

En las décadas siguientes, Inglaterra fue consolidando su industria editorial con innovaciones técnicas y nuevas temáticas que muy pronto conquistaron audiencias entre los más chicos; así surgieron otros referentes como John Newberry, creador de A Little Pretty Book For Children o The History of Little Goody Two-Shoes, textos con protagonistas humildes que gracias a su virtud logran salir de la pobreza. Pero más allá de sus historias, Montañés resalta su visión: “Él, curiosamente, fue más editor que autor. Fue el primero en darse cuenta de la existencia de un negocio para venderles libros a los niños; de hecho, sus primeras ediciones venían en combo con un juguete incluido”.

Más adelante, tras la Revolución industrial, se crearon las condiciones propicias para el desarrollo de un mercado. “Desde el punto de vista de industria, muchos de los inventos y de las innovaciones editoriales estaban en Inglaterra. De una u otra manera había que pasar por ese mercado para distribuir libros. Es también cuando los editores se dan cuenta de que la audiencia es una mina de oro y los autores se convierten en celebridades. Y surge el potencial de lo que es un personaje, una colección, una serie que gira en torno a ese protagonista”, comenta Capasso, quien pone de ejemplo a Beatrix Potter, creadora de Peter Rabbit, un conejo travieso que apareció a comienzos del siglo XX en seis álbumes con ilustraciones a color, todo un avance para la época. Potter se convirtió en una auténtica celebridad porque fue de las primeras escritoras en conceder derechos para la explotación comercial de sus personajes, que aparecieron en figuras cerámicas, platos, muñecos, entre otros.

El siglo XX trajo también sus propias transformaciones, incluido el surgimiento de la llamada literatura juvenil. Fue debido a las guerras mundiales y a sus trágicas consecuencias que los autores comenzaron a tratar ciertos temas “vedados” para el público estrella del mercado editorial, tales como la guerra, la muerte, y la idea de un mundo idealizado que se ha perdido para siempre. Estas historias comienzan a mezclarse, en un primer momento, con la fantasía y la ciencia ficción, produciendo referentes como El hobbit y El señor de los anillos, del académico inglés J.R.R. Tolkien.

El segundo momento se daría en los años 60 en Estados Unidos, producto de la contracultura y los cambios sociales de la época , así como la aparición del adolescente (que en el mundo editorial suele situársele a partir de los 15 años) como consumidor. “Se empieza a hablar de enfermedades mentales, sexo, padres solteros, divorcio, alcohol, drogas, pandillas, todo muy relacionado a eventos como la revolución feminista y la lucha por los derechos civiles”, cuenta Montañés.


¿Y la producción colombiana?

A la salida del Pabellón Infantil en la FILBO, los gritos, las preguntas y expresiones de asombro vuelven a repetirse. Padres y niños se centran ahora en la exposición ‘Pombo, el aprendiz’, que la Fundación Rafael Pombo ha dispuesto con réplicas de los conocidos personajes del escritor bogotano: Simón el Bobito, La Pobre Viejecita, El Gato Bandido, Mirringa Mirronga.

Pombo es, de hecho, el padre de la literatura infantil en Colombia, pero su trabajo fue muy diferente del que se acostumbra a enseñar en el aula de clase. “Hay que destacar a Rafael Pombo, pero él no es autor: fue traductor y adaptador, y uno muy bueno”, comenta Capasso. La investigación literaria ha establecido que el colombiano se sirvió, durante sus viajes a Nueva York en la segunda mitad del siglo XIX, de las canciones populares inglesas para crear su particular mundo: Simón el Bobito reproduce pasajes específicos de Simple Simmon, un ingenioso niño que busca salir de la pobreza, o Rin Rin Renacuajo se asemeja bastante a Frog Went A-Courting, cuyo protagonista es una rana con tintes de donjuán.

Sin embargo, Capasso desestima cualquier reparo que pueda surgir ante el trabajo de Pombo: “El cogió textos ingleses y norteamericanos, los trajo al país y los tradujo al español adaptándolos al costumbrismo cachaco de la época. Y eso no lo demerita para nada: es dificilísimo ser un buen traductor y adaptador”.

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Pasaje ilustrado de ‘Simple Simmon’. /Internet Archive Book Images, Flickr.

Durante el siglo XX, aquel sería un cuadro común del mercado editorial colombiano, mucho más pequeño que sus contrapartes europeo o norteamericano: las traducciones y las adaptaciones dominarían la producción nacional. Pero a finales de los años 70, con la presencia de Carlos Valencia Editores y de Norma, se dio un renacer del campo, pues fueron los responsables de la publicación de nuevos referentes, como Chigüiro, de Ivar da Coll, y el descubrimiento de nuevos talentos.

Estos esfuerzos se tradujeron también en políticas públicas para promover la lectura, y prueba de ello es el surgimiento de Fundalectura, en 1990, uno de los responsables de que el país cuente actualmente con planes lectores en los colegios. Sin embargo, los años 90 trajeron consigo cambios abruptos en materia económica, lo que llevó a la quiebra o la fusión de los principales actores de la industria. Así, muchos autores se quedaron, de repente, huérfanos. Y por si fuera poco, abundaron las teorías sobre la inminente desaparición del libro a favor de los formatos digitales y electrónicos.

Hoy, el panorama es radicalmente diferente. “El público se da cuenta de que hay un valor agregado como libro-objeto: el libro de colección, que vale la pena tener”, dice Capasso, quien pinta una imagen mucho más esperanzadora: gracias a la aparición de editoriales independientes y de librerías especializadas en temáticas infantil y juvenil, se puede hablar de un renacimiento del campo. “Curiosamente, la literatura infantil es el campo más fuerte de la industria, compite directamente con los libros de autoayuda. Es muy diciente que una editorial como Norma haya cerrado su línea de literatura para adultos pero siga con los libros para niños, porque sigue habiendo un público amplio”, añade Montañés.

Según las cifras más actualizadas de la Cámara Colombiana del Libro, la industria editorial colombiana produjo 18.508 títulos en 2017 de los cuales 921 fueron para público infantil (el segundo grupo más importante, por detrás de los 1.341 registros de textos educativos) y 22 de temáticas juveniles. Ese mismo año el sector facturó $673.900 millones con la venta de 36,8 millones de ejemplares, de los cuales 8,25 millones correspondieron a la categoría temática “infantil-juvenil” (el 22,4%). Este momento coincide con un nuevo interés en el país por la lectura: los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura 2017, la más reciente medición del Dane sobre este tema, revelaron que el 51,7% de los colombianos mayores de cinco años lee libros, con un promedio de 5,1 libros leídos al año.

Para los académicos, en el contexto actual se están dando paradojas como padres que no leen y buscan que sus hijos se aficionen por los libros, así como nuevas oportunidades por parte de los editores para buscar nuevo talento y la próxima gran obra que pueda plasmarse, y reproducirse, en otros formatos, como películas, videojuegos, etc. Pero todo esto puede traer grandes riesgos asociados: “Hay una producción importante, hay consumo de literatura infantil y juvenil, pero estamos quedados en la reflexión acerca del campo y en la creación de un ámbito crítico en torno a él”, señala Montañés.

Un ejemplo se encuentra en la industria editorial local, que, a pesar de este boom, sigue marcada por iniciativas independientes, casi en solitario. “Ha habido prácticas desde lo solitario, pero si no nos unimos como gremio, en todo el sentido de la palabra unión, va a ser muy difícil profundizar en el campo. Hay que dejar de lado el pensamiento de ‘soy yo con mis cosas’, es importante saber cómo funciona la parte del otro y cómo nos damos la mano”, comenta Capasso, quien añade que los espacios académicos pueden tener un fin articulador: “Desde el ámbito académico el mensaje es compartir y hacer un trabajo en equipo, pero ha sido difícil porque la academia ha estado alejada de esta labor”.

/Juliana Capasso
/Juliana Capasso