Un país unido para estudiar sus peces

Un país unido para estudiar sus peces

Chiri JM

Durante los últimos cuatro años Colombia vivió dos episodios esenciales para el estudio de nuevas especies de peces: el proceso de paz con las FARC y la decisión del gobierno saliente de Juan Manuel Santos de ayudar a consolidar el sistema de áreas protegidas en Colombia, lo que fortaleció la conservación de ecosistemas estratégicos del país en las zonas Andina, Orinoquía y Amazonía. No obstante, estas regiones de conservación están fuertemente amenazadas por la especulación y acaparamiento de tierras, lo que ha incrementado las tasas de deforestación, las más altas en el país según documentos oficiales recientes.

Decisiones tomadas recientemente, así como iniciativas en desarrollo desde el nivel local, nacional y global para contrarrestar esta situación, pueden ayudar a salvaguardar esta región: la ampliación del Parque Nacional Natural (PNN) Serranía de Chiribiquete, situado en los departamentos de Caquetá y Guaviare a un área total de 4’268.095 hectáreas; su declaración como patrimonio de la humanidad por la UNSECO; la legalización y expansión de varios territorios indígenas en el corredor Andino Amazónico (Caquetá y Putumayo); la declaratoria de la serranía la Lindosa (Guaviare) como Reserva Forestal Protectora Nacional y Área Arqueológica Protegida (AAP); la ruta declaratoria (en proceso) de un área protegida regional en Guaviare como un corredor que garantice la conectividad Andes-Amazonia y la amortiguación de áreas núcleo de conservación, como son las reservas forestales protectoras de la Lindosa, Capricho, Cerritos y Mirolindo (Guaviare) y los PNN Serranía de Chiribiquete y Sierra de la Macarena; y  la ruta declaratoria de un área protegida regional en Caquetá, cuencas baja del río Caguán y alta del Caquetá, que ayude a conservar la conectividad de los PNN La Paya y Serranía de Chiribiquete.

Algunas organizaciones de diversa índole, públicas, privadas e internacionales, han invitado al Laboratorio de Ictiología de la Pontificia Universidad Javeriana (PUJ), a participar de estas iniciativas, considerando que el de peces es uno de los grupos biológicos estratégicos por dos razones:  la información que aporta sobre los ecosistemas acuáticos de la región y su estado de conservación, que generalmente no han sido tenidos en cuenta a la hora de establecer las diferentes figuras de conservación en la región, y por los estrechos vínculos culturales y económicos que tienen con las comunidades de colonos, campesinos e indígenas que habitan allí.

Desde 2014 y con un total de cinco expediciones realizadas hasta la fecha (ver mapa), investigadores del laboratorio iniciaron un levantamiento sistemático en campo en esta área de transición Andino-Orinoquia-Amazonas, que a la fecha ha conllevado a llenar vacíos geográficos de información, el descubrimiento de nuevas especies de peces para la ciencia (algunas de las cuales ya han sido descritas formalmente y otras están en proceso de descripción), incrementar el número de especies consideradas como endémicas tanto de la cuenca del Orinoco como la del Amazonas, y ampliar los rangos de distribución de especies previamente no registradas para las cuencas de los ríos Guaviare, Inírida, Vaupés y Caquetá.

Los registros y datos obtenidos en estas expediciones también han sido importantes en la consolidación de las colecciones de peces de agua dulce a nivel nacional y en la actualización del listado de peces de agua dulce de Colombia, en el cual se registran un total de 710 y 675 especies de peces en las zonas hidrográficas de Amazonas y Orinoco, respectivamente.

Todos estos resultados están siendo o han sido incorporados tanto en publicaciones formales (artículos científicos y capítulos de libro), guías de peces o en informes técnicos, como el de la Propuesta de la Ampliación del PNN Serranía de Chiribiquete que se hizo realidad en julio de este año. Adicionalmente, los resultados de estas cinco expediciones han permitido la formación de un estudiante de pregrado de la carrera de Biología, uno de maestría del programa de Conservación y Uso de Biodiversidad, y uno de doctorado del programa de Ciencias Biológicas (en curso) en la PUJ.

Este primer ciclo de expediciones colaborativas a zonas previamente no exploradas de la región se cerrará con el desarrollo de otras tres adicionales, para un total de ocho entre 2014 y 2018 (ver mapa):

  1. Parque Nacional Natural Cordillera de los Picachos y su área de influencia. Desde finales de 2017 se iniciaron conversaciones con la dirección del parque que dieron como resultado la propuesta de realizar una investigación sobre los peces del río Pato (alto río Caguán/Caquetá), necesidad que obedece a los vacíos de este grupo biológico en el área, como a la priorización del río Pato como uno de los valores objeto de conservación del área protegida. Esta expedición ayudará a responder una pregunta esencial: ¿cuál es el estado y composición de los peces presentes en el río Pato y Guaduas?
    Estos resultados serán complementarios a los obtenidos en el mes de abril, en el Inventario Biológico y Social Rápido 30 coordinado por The Field Museum y la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) en la cuenca baja del río Caguán, Caquetá, zona de transición entre el PNN La Paya y el PNN Serranía de Chiribiquete. Esta colaboración entre Parques Nacionales Naturales y el Laboratorio de Ictiología de la PUJ constituye una de las primeras actividades de investigación en colaboración que se desarrollarán a través del recién firmado permiso marco de recolección de especímenes de la diversidad biológica, con fines de investigación científica no comercial.
  1. Resguardo Inga de Yunguillo (Putumayo, Cauca y Caquetá). Desde 2017 se iniciaron conversaciones con Amazon Conservation Team (ACT) Colombia y su programa Putumayo para acompañar a los jóvenes del resguardo en el monitoreo de peces   en los ríos Tilinguara y Villalobos, cuenca alta del río Caquetá, fortaleciendo así los procesos de consolidación de información de grupos biológicos de interés para sus comunidades.
  2. Alto río Apaporis (La Tunia), alto río Yarí (Caquetá). Última expedición a desarrollar en el marco de la primera fase del proyecto Amazon Fish, que cierra a inicios de 2019 con el apoyo de FCDS, The Field Museum, Instituto SINCHI y Parques Nacionales Naturales regional Amazonas. El objetivo de esta expedición es complementar la información recientemente aportada por el Instituto SINCHI en el marco de una de las expediciones de ColombiaBio al río Apaporis y consolidar la información del grupo de peces en el área de ampliación del PNN Serranía de Chiribiquete.
Chiri Mapa
Mapa de la zona de expediciones. /Alexander Urbano

Es claro que la consolidación de estas tres expediciones biológicas, y las que a partir de 2019 se puedan definir para desarrollar en esta región, dependerán del panorama frente a la consolidación del proceso de paz por parte del nuevo gobierno. No es desconocido que el ingreso de los científicos a estas áreas ha sido y será posible gracias al acuerdo y al interés genuino de las comunidades locales en pro de fortalecer sus procesos locales de consolidación del territorio. También al trabajo y las gestiones que, desde otros ámbitos, han realizado instituciones como la Presidencia de la República, el  Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico, y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

De esta forma, el Laboratorio de Ictiología de la PUJ busca afianzar las relaciones interinstitucionales para el desarrollo de procesos de investigación en la zona de transición Andino-Orinoquia-Amazonas en el grupo de peces, cuyos resultados puedan ser presentados a diversas audiencias y que, sobre todo, puedan seguir contribuyendo a la toma de decisiones para la conservación de esta región de interés global por su riqueza biológica y cultural.


Algunas de las especies de peces estudiadas son:

Chiri Chaetostoma-joropo-Holotipo
Chaetostoma joropo. /Jorge Enrique García Melo)

 

 

Gladioglanis anacanthus (Jorge Enrique García Melo)
Gladioglanis anacanthus. /Jorge Enrique García Melo.

 

 

Hemigrammus sp. nov. (Alexander Urbano).
Hemigrammus sp. nov. /Alexander Urbano

 

 

Paracanthapoma sp. nov. (Jorge Enrique García Melo)
Paracanthapoma sp. nov. /Jorge Enrique García Melo

 

 

Islas de carbono

Islas de carbono

Cuando se caminan las sabanas de la Orinoquía, tal como lo dice Julio Jaramillo en su canción de Reminiscencias, el llano infinito se funde al besar el sol. Aquí, inmersos en la planicie, pequeñas islas verdes brotan en la mitad de un océano de pastizales; estos parches son relictos de bosques que flotan en una tierra que ahora le pertenece al ganado. Al adentrarse en ellos todo cambia. El aire ya no está cargado de la esencia volátil del pasto, aquí el olor es distinto: huele a tierra, a húmedo, a selva.

Al corazón de esta selva vienen hombres y mujeres vestidos con camisas, pantalones impermeables y botas pantaneras, la misma ropa de todos los días. Entre ramas y bejucos, unos abrazan los troncos de los árboles para medirlos con un metro, otros les ponen placas metálicas con puntilla y martillo mientras que los demás dibujan unas franjas con pintura acrílica amarilla sobre aquellos árboles escogidos. En una libreta, a la que le cuelga un lápiz, alguien más toma nota minuciosa de todo lo que le dictan. Estas personas, biólogos y ecólogos, son investigadores que vienen a bosques como este, para comprobar que están captando el carbono de la atmósfera.

Sus esfuerzos le sirven al gobierno colombiano para cumplir el compromiso adquirido en el Acuerdo de la Conferencia de las Partes (COP21), celebrado en París en 2015. Allá, lejos de la selva, Colombia se comprometió a que sus emisiones de carbono deberán reducirse en un 20% para 2030. Se trata de un esfuerzo internacional para que la temperatura de la tierra no aumente más de 2 ºC en los próximos años.

Pero lejos de la promesa en papel está la realidad. Si bien Colombia es uno de los países más biodiversos a nivel mundial, también está entre los 10 países que más área forestal ha perdido entre 1990 y el 2015. Recientemente se supo que 178.597 hectáreas de bosque desaparecieron en 2016, algo así como el tamaño de Bogotá.

A ese bosque que aún respira, Ana María Aldana, bióloga de la Universidad de los Andes, llega con su equipo de investigadores a marcar y medir árboles. Ella quiso saber cuánto y cómo los bosques en Colombia están acumulando el carbono de la atmósfera, un gas que calienta la tierra y aumenta los efectos del cambio climático. Este carbono se acumula en los árboles porque ellos se alimentan de él. Así como nosotros respiramos y necesitamos el oxígeno para vivir, las plantas utilizan este elemento para hacer fotosíntesis, para convertir la energía del sol en energía que puedan utilizar.

La bióloga Ana María Aldana, durante su trabajo de campo en los bosques de la Orinoquía.
Estudiantes de la Universidad de los Andes durante su trabajo de campo del proyecto de acumulación de carbono, en los bosques de la Orinoquía.

Aldana, como muchos otros científicos en el país, está en una carrera contra el tiempo. Es probable que mientras se escriben estas líneas –o mientras se leen–, a un árbol lo estén tumbando en alguna parte del país. Y es porque, según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la causa que más ha golpeado a los bosques ha sido el uso de tierras para los monocultivos y cultivos ilícitos a lo largo del Pacífico Norte y Sur, el Sur del Chocó, el Nororiente de Antioquia, el Norte de Santander y el Sarare, al Noroccidente de la Orinoquía.

Más allá de que la academia haya llevado a la bióloga a estudiar los bosques tropicales, la pasión con la que habla de sus plantas y la alegría cada que vez que va al campo delatan los sentimientos de una mujer que creció viendo atardeceres llaneros. “La gran diversidad de formas y de especies, de colores, de olores, etc., hace que sean extremadamente fascinantes”, resalta. Y así, una cosa llevó a la otra. Aldana hizo una maestría en Botánica de la Universidad de Reading, Inglaterra, y ahora es doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad en los Andes, título que consiguió en marzo del 2017.


Entre el laboratorio y la selva

Su proyecto comenzó en 2005. En él también participaron investigadores de otras universidades, estudiantes de biología y su director de tesis, Pablo Stevenson, quien está a cargo del Laboratorio de Primatología y Ecología Tropical (LEPTYP) de la Universidad de los Andes.

Medir el carbono de los bosques no es sencillo. Las jornadas comienzan a las seis de la mañana, con el tiempo justo para tomarse un tinto oscuro, desayunar e irse al campo. Allí, en medio de mosquitos inmisericordes, se trabaja hasta que los rayos del sol dejen de penetrar el bosque.

La primera parte del proyecto fue establecer parcelas en distintas regiones de Colombia como la Orinoquía, la Amazonía y el Magdalena Medio. “Es una metodología para estudiar vegetación”, explica Aldana, “las parcelas de una hectárea son las más convenientes para estudios de vegetación en el largo plazo. A lo que se refiere es que las parcelas sirven para que, dentro de un lugar en el bosque que mide una hectárea, se pueda tener una idea de cómo está funcionando un ecosistema, ¿qué plantas viven allí? ¿Cuánto y cómo crecen? ¿Cómo es su relación con los animales? Estas son algunas preguntas que los científicos buscan responder al establecerlas. Pero “montar parcelas” no es solo enterrar tubos de PVC para que formen un cuadrado de una hectárea, hay que tener en cuenta detalles como la inclinación del suelo y un sentido de orientación preciso para que, al final, no termine en forma rombo –o peor aún, sin forma–.

En cada parcela los ecólogos seleccionan aquellos árboles, bejucos y palmas que tengan un diámetro mayor a 10 cm a la altura del pecho, una medida usada en este tipo de estudios. Mientras hay luz, los números y los nombres científicos se apropian del eco del bosque. “Este es un Protium que mide 32 cm”, dice uno, refieriéndose al tronco de un árbol de unos 20 metros de alto. “Listo, entonces ese es el 52.834”, le responde otro mientras anota en su libreta y le pasa una placa metálica con números marcados en su superficie. Sin duda, no todo en el campo es medir árboles: en la mitad del bosque, debajo de un “cambuche” improvisado, los ecólogos sacan una coca de plástico con un almuerzo frío pero rico en carbohidratos (papa, arroz, lentejas y, a veces, una que otra carne). En ese momento se habla de todo, de historias, de chismes, de la vida.

La otra parte del trabajo es volver a las 32 parcelas que se establecieron años atrás para ver cuánto ha cambiado el bosque. Por ejemplo, a estos del Meta, en San Martín, Ana regresó después de haberlos visitado por primera vez en 2011. Aquí todavía se escuchan las estridentes voces de monos aulladores mientras los investigadores vuelven a revisar la parcela. A cada árbol que marcaron, martillaron y pintaron seis años atrás, le miden el diámetro y la altura; después hacen una incisión en el tronco con un instrumento parecido a un descorchador de vinos, el barreno. Del árbol, Aldana y su equipo sacan muestras de la madera para saber su densidad. También recogen muestras del suelo para conocer qué tan fértil es la tierra.

Luego de meses de trabajo de campo, montar parcelas, marcar árboles e identificar especies –y quién sabe cuántas picadas de coloraditos y mosquitos–, Aldana utiliza la estadística y las matemáticas para sacar conclusiones de sus observaciones y las de su equipo de trabajo. Y así como cuando un médico le pide al paciente la altura y el peso para saber su grasa corporal, Aldana utiliza la densidad de la madera, la altura y el diámetro de cada árbol, palma o liana que se marcó para encontrar la biomasa aérea de cada individuo –o para saber cuán gordito está–, lo cual demuestra la salud de los bosques.

La biomasa es todo aquello “que hace parte de un organismo vivo”, explica. Nosotros somos biomasa, por ejemplo. En el caso de esta investigación, solo se analiza la parte aérea de las plantas, que es todo lo que está por encima del suelo: las hojas, las ramas y el tronco. “En árboles, en promedio, la mitad de la biomasa está compuesta por carbono; la otra mitad, de nitrógeno y otros elementos orgánicos”, añade. Las matemáticas le sirven para hacer aproximaciones y, así, saber cuánto de esa biomasa es carbono, el mismo que se escapa a la atmósfera cuando se tala un bosque.

Se cree que Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque en 2016.
Se cree que Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque en 2016.

Cuando un árbol está más gordo y más alto quiere decir que tienen más biomasa, o sea, que acumula más carbono, pues Aldana descubrió que los bosques estudiados almacenan, en promedio, 120 toneladas de carbono por hectárea, un valor que está por encima del promedio nacional: 104 toneladas por hectárea según el Sistema de Información Ambiental de Colombia.

Proteger el bosque porque acumula el carbono es solo una de las razones para conservarlo. A través del Programa Evaluación y Monitoreo de la Biodiversidad, el Instituto Humboldt determinó las especies de plantas y animales que pueden estar en riesgo por la deforestación en distintas partes del país. Especies que son maderables como almendro (Dypterix oleífera) y el cedro (Cedrella sp.) están en peligro. Con la selva en riesgo, también lo están aves como el paujíl piquizul (Crax alberti) y mamíferos como el mico churuco (Lagothrix lugens) y la danta (Tapirus bairdi), entre otros.

Mientras estudios como los de Aldana se llevan a cabo, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, junto con el IDEAM, lideran el Inventario Forestal Nacional, un plan que permite conocer cómo están los bosques en Colombia: la estructura, la diversidad y el impacto de la deforestación. Es un esfuerzo como el que hizo Aldana, pero en todo el territorio nacional. Con toda la información recolectada, incluso con la de esta bióloga, se espera que se generen políticas públicas para la conservación y preservación de los bosques colombianos. De esta información nacen programas como Visión Amazonía, una estrategia para la conservación y protección de los bosques del sur del país en alianza con los gobiernos de Alemania, Noruega y el Reino Unido, para que la deforestación neta llegue a cero en 2020.

Ana Aldana, que se embarcó en una aventura en la que comprobó que hay que conservar los bosques porque acumulan carbono, ahora espera comenzar una vida de investigadora más independiente: tener su laboratorio, hacer sus investigaciones, dirigir tesis de estudiantes y volver al bosque. Ella, la investigadora que viajó por Colombia midiendo árboles, está segura de que, para conservar, no hay que esperar a que la tierra se caliente o se desborden los ríos.

Para esta científica, conservar comienza por los cambios de hábitos de cada uno. El problema está en ser capaces de cambiar el uso de los combustibles fósiles, de la expansión ganadera o de la extracción de maderas. “Los efectos que nosotros estamos generando son mucho más rápidos que la capacidad de recuperación de los ecosistemas”, advierte.