Una escuela llamada Berlín

Una escuela llamada Berlín

La labor de un restaurador consiste en los saberes de un investigador, un explorador y un campesino. Su tarea es observar y entender el comportamiento de la naturaleza con el propósito de evidenciar las condiciones ambientales de los hábitats deteriorados por la mano del hombre, para luego intervenirlos.

Aunque hablar sobre la restauración pareciera un trabajo individual o de unos pocos, en realidad este ejercicio requiere un acompañamiento permanente de las comunidades. Esta labor, a su vez, ha sido una herramienta de reconstrucción del tejido social en comunidades fragmentadas por el conflicto armado y la violencia.

Pesquisa Javeriana acompañó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), de la Pontificia Universidad Javeriana, a la Institución Educativa Berlín en Samaná, Caldas, donde implementó un ejercicio de conciencia sobre el tejido social y las consecuencias de las acciones comunitarias en torno a las prácticas ambientales y culturales. El resultado: la formación de un grupo de restauración ecológica liderado por los estudiantes de las veredas.

Revive junto a nosotros esta experiencia:

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Como un caballo de paso cae la lluvia sobre las tejas de zinc del municipio de Samaná, en Caldas; son las dos de la mañana y Adela no pega el ojo, quizá porque solo unos ganchos de metal y un par de ladrillos sostienen el techo de su casa o tal vez porque sabe que en cualquier momento un grupo armado podría tumbar la puerta de su hogar para usarlo como trinchera.

Adela se mueve de lado a lado sobre su cama, está incómoda; se inquieta con el tic tac de las manecillas del reloj, al mismo tiempo que empieza a sudar frío. De repente escucha cómo una multitud de botas negras, de caucho, se acercan hacia ella. No van caminando, parece que fueran trotando. Se abre la puerta y en un parpadeo ella ya está acostada sobre el suelo. El latido de su corazón se acelera, se hace cada vez más fuerte, más rápido. Sin esperarlo ruge el cielo, cae un rayo que estremece la tierra e inmediatamente abre sus ojos.

Era solo un sueño, una mala jugada de su memoria, la misma que le recuerda que este tipo de escenas fueron una realidad en el corregimiento de Berlín, su hogar, entre 1998 y mediados del 2005. Fue testigo del conflicto armado entre paramilitares y la guerrilla; según ella, la violencia llegó al municipio de Samaná a mediados de los 90 cuando la roya hizo que la producción de café cayera y los campesinos trabajaran en la siembra de hoja de coca como actividad productiva alterna.

Sin saberlo, esto llevó a Berlin a quedar en medio de una confrontación por el control territorial entre el frente 47 de las FARC, liderado por alias ‘Karina’, y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, lideradas por Ramón Isaza. No obstante, la fuerte presencia militar del Estado diezmó la guerrilla y condujo a los paramilitares a su entrega en el proceso de Justicia y Paz en 2008.

Durante los siguientes años, campesinos de veredas como La Reforma, Lagunilla y Piedra Verde retornaron a la región con el deseo de pisar nuevamente sus tierras y encontrar en ellas, y en la construcción de megaproyectos como La Miel I, hidroeléctrica de Isagen, una nueva forma de sustento y vida.

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‘Adelita’, como le dicen sus vecinos, recuerda haberlo visto todo. Fue testigo del desplazamiento de amigos y familiares por causa de amenazas, miedo y la dispersión de glifosato para erradicar los cultivos ilícitos en sus fincas. Esta dura situación no fue impedimento para que viera crecer a sus hijas y nietas, tres generaciones de Adelas que, aunque diferentes entre sí, comparten las mismas pasiones: la cocina y el arte.

Ellas tienen un estilo propio cuando de preparar un plato se trata. Adela, quien ahora es abuela, es experta haciendo arepas blancas. Primero muele el maíz, lo mezcla con sal y agua, lo amasa y lo pone sobre el fuego; los huevos son la especialidad de su hija, ella los bate con papa y espinacas tomadas de la huerta y los riega sobre el sartén. La menor tiene ‘el toque’ del aguatinto, una tintilla color canela: una cucharada de café por dos pocillos de aguapanela.

Así son sus desayunos, grandes y poderosos. Por eso, desde hace tres años estas tres mosqueteras han alimentado a Milena Camargo, Mélida Lozáno, Mario Mora, Diana Rodriguez y José Ignacio Barrera, líderes del proyecto de restauración ecológica y reconciliación en el corregimiento de Berlín a través de los programas Plan de restauración ecológica del trasvase río Manso y Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Este equipo de ingenieros forestales, biólogos, ecólogos y psicólogos llegó a la región en 2014, luego de que Isagen los contratara para reparar el desastre medioambiental que dejó la obra ingenieril transvase Manso en la hidroeléctrica La Miel I: la ruptura de acuíferos (nacimientos de agua subterránea) y 22 quebradas a punto de secarse.

La decisión de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para ese entonces fue permitir que Isagen comprara los terrenos afectados por la construcción del trasvase y realizara un plan de restauración ecológica en el área. Así, esta institución contactó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para iniciar un trabajo colaborativo, en el que la ERE debía implementar las investigaciones desarrolladas previamente sobre la rehabilitación medioambiental; sin embargo, durante este proceso los investigadores javerianos no solo encontraron un ecosistema deteriorado, también una comunidad fragmentada por la violencia, el odio y el rencor infundado en una guerra que no les pertenecía.

Adela recuerda no haber estado presente en las estrategias de restauración, en el cultivo de palos de aguacate o cacao en las fincas, en la siembra de árboles en el borde de las quebradas para proteger sus cauces o en la limpieza periódica de las bocatomas de Berlín con el equipo de restauradores, pero sí fue testigo de las largas jornadas en las que los profesionales javerianos visitaban a los campesinos de la región, presentándose como los ‘médicos del ecosistema’ con un único fin: la salud integral del corregimiento.

“Cuando llegamos al territorio encontramos un tejido social fracturado por el tema del conflicto armado”, dice la investigadora  Milena Camargo. Por eso, continúa, “creemos que ese tejido se debe seguir trabajando y acumulando experiencias positivas para que haya una verdadera reconciliación. Así es como le apostamos a la encíclica Laudato Sì del papa Francisco, la cual nos recuerda que tenemos que cuidar nuestra casa, nuestra integridad como seres humanos”.

Por tres años (2015-2018), el equipo de investigadores hizo talleres de integración con las comunidades, mingas o convites en las que el sancocho de pollo y arroz con menudencias eran el plato principal, trabajó con las personas en la recuperación del tejido social, en la restauración de relaciones familiares con quienes no habían vuelto a hablar y apoyó a quienes han sufrido las consecuencias del desarraigo por causa del desplazamiento.

De hecho, uno de los encuentros más conmemorativos de la comunidad ocurrió en abril de 2018, cuando campesinos de las veredas Montebello, Piedra Verde y La Reforma, alumnos del colegio Berlín, miembros del grupo ecológico de la misma institución y estudiantes de la clase de Restauración de Ecosistemas, de la Javeriana, se reunieron para trabajar juntos alrededor de un tema en comun: el bienestar social.

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A las cinco de la tarde inició la jornada de reconciliación, encuentro que fue un canto de nostalgia y esperanza a Samaná, al corregimiento de Berlín y a los más de 29.000 hombres y mujeres víctimas del desplazamiento por la violencia. Fue un escenario en el que sonrisas y abrazos se abrieron paso en medio de miradas tímidas de quienes han anhelado por años la paz y el perdón.

¿Cómo vivir en paz? ¿Dónde hallar la felicidad? ¿Por qué perdonar?, fueron las preguntas con las que Mélida Lozano, líder del componente social del proyecto de restauración ecológica, abrió la jornada, mientras que las voces de la comunidad entonaban al unísono la canción Alegría, de Cirque du Solei.

El espejo de la verdad fue la respuesta a sus inquietudes, un ejercicio en el que los asistentes tenían que escribir sobre un papel las actitudes que cada uno ama y odia de sí mismo para entender el secreto de la felicidad y la clave del bienestar: reconocer quiénes son y aprender a perdonar.

“La felicidad solo puede existir cuando hay experiencias que no son tan buenas”, dice Mélida, ya que “no podríamos percibir la felicidad si no hubiera dolor porque entonces, ¿con qué la comparamos? No podría existir si no hay sufrimiento, retos, carencias. Entonces, la felicidad depende de eso que no nos gusta, de las experiencias que rechazamos”, añadió.

‘Adelita’ hizo su labor tras bambalinas. No fue el ‘trabajo pesado’ en las fincas sino el constante, el diario. Por meses se dedicó a tejer flores; cada puntada, cada pétalo era una forma de hilar conciencia, trenzar perdón y construir sociedad. Pasó horas enteras detrás de agujas de croché, lienzos, pintura y colbón para darle brillo a sus creaciones. El resultado fue una docena de rosas de lana, unas blancas, rosadas, amarillas y otras azules y rojas, tejidas entre sí para darle forma a la paz, a ese sentimiento que ha sido tan anhelado en sus corazones.

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Con estas creaciones se cerró el evento con un intercambio de plantas artesanales, hechas por las familias de la región. Unos detalles que significaban más que cartón, fomi, pintura, cucharas o pitillos: era la representación de una vida en unidad, perdón, reconciliación e igualdad.

Luis Wilches, vecino de Adela, fue uno de los invitados a la jornada. Él, de brazos color canela, un pecho firme como de marfil y una mirada tan penetrante y profunda como el amanecer despuntando el alba, recuerda que no dejó la región, él se quedó en su finca, en la vereda Piedra Verde, a pesar de la guerra.

Wilches vivió cada segundo como si fuera el último; su humildad y resiliencia le permitieron dominar el deseo de venganza para someterlo al de la justicia a través del perdón. No es de extrañarse que las manos que en algún momento se hicieron gruesas al labrar la tierra, sean ahora las que levantan en alto flores de la mansedumbre, misericordia y transparencia. Una imagen que, como dice Adela, quedará grabada en la memoria de sus vecinos.

“Este trabajo de reconciliación nos ha servido mucho, me ha servido mucho, para la convivencia como personas y para estar en comunidad”, dice Luis. “Por eso es que hacemos más juntos que uno solo y eso es magnífico”, añade.

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Así como en algún momento la incertidumbre del pasado irrumpió sus vidas, ahora, con la restauración de los lazos comunitarios y el perdón como práctica diaria, esta comunidad está cultivando en sus tierras y en sus corazones una semilla de amor y esperanza. Por eso Adela sabe que construir sociedad es un trabajo que implica tiempo, voluntad y constancia; que perdonar significa reconocer las faltas propias para deshacerse de ellas y sanar, y que tejer sociedad es una labor de todos, una que se hace a pulso, como el que ella tiene cuando hace edredones de punta a punta para mantener el calor de su hogar.

Así es Adela, una mujer que sabe que sus sonrisas son el ingrediente secreto para alimentar el espíritu de bondad en su comunidad.

Sonar para sanar

Sonar para sanar

Col Música IL

¿Se ha preguntado cómo cambia su percepción del tiempo y del espacio cuando escucha determinada música? Haga el experimento. Suprima el volumen en una película o pruebe hacer sus recorridos diarios con una melodía que le guste, luego con una que deteste y luego aísle cualquier sonido. Su percepción del tiempo cambiará drásticamente, su emocionalidad y el sentido de lo que sucede, también. Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Cómo podemos usarlo a nuestro favor?

La música tiene el poder de afectar en diferentes formas a los individuos y colectividades. Con ella pasa lo mismo que con la compañía de alguien: si la disfrutamos, el tiempo parece pasar más rápido y el entorno se hace más ameno. Esto sucede porque la música, al igual que las relaciones personales, estimula directamente nuestros sentimientos. ¿No ha sentido alguna vez que un disco es suficiente compañía? David Burrows, profesor de la Universidad de Nueva York, dice que esto se debe en gran medida a que el oído es el primer sentido que desarrolla el humano.

La música estimula el cerebro, es decir que genera estados de alerta, conciencia, interés o excitación. Esta afección de los sentidos genera vínculos entre lo que sucede a nivel interno y lo que pasa a afuera, y así es como se modifica la percepción del espacio y del tiempo. La socióloga musical Tia DeNora comprobó cómo determinada música apacigua la ansiedad, acelera y activa el cuerpo o ayuda a rememorar situaciones; así, la música es un vehículo que puede ayudar a cambiar la disposición de un individuo frente a una situación, a superar momentos difíciles, aprender de ellos y resignificarlos.

Médicos, terapeutas e investigadores alrededor del mundo han empezado a usarla intencionalmente para ayudar a reparar y sanar en diferentes niveles: físicos, cognitivos, mentales y psicológicos.

Un ejemplo conocido del efecto sanador de la música es el del pianista británico James Rhodes, quien habla de ella como un proyecto vital, como aquella forma de existir y de crear que le salvó la vida:
“Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma muy literal, y creo que también la de un montón de personas más. Ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia, y una energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento”.

Según el sociólogo británico Simon Firth, “hacer música no es una forma de expresar ideas, es una manera de vivirlas”, y esto es precisamente a lo que se refiere Rhodes: canalizó su ira y su odio a través de la música, convirtió sus pensamientos en ideas musicales y hoy la música le permite amar y hallar oportunidades donde antes solo veía fracasos.

Pero la música va más allá del ámbito individual porque ofrece también una reparación social. Firth afirma que la música genera identidad “porque ofrece un sentimiento de sí mismo y de los otros, del subjetivo en el colectivo”. La música agrupa personas de distintas procedencias, creencias y culturas, borrando sus diferencias y marcando una semejanza común. El caso de la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente ejemplifica esta virtud: en 1999, Daniel Barenboin configuró una orquesta sinfónica de jóvenes palestinos, árabes e israelíes para unirlos desde sus semejanzas y construir desde las diferencias. Hoy es uno de los ejemplos más exitosos del poder de cohesión y transformación social que tiene la música.

Aterricemos en Colombia con dos casos en los que la música contribuyó a superar el dolor del conflicto y cambió la percepción de vida de las víctimas. A la rapera bogotana Diana Avella le entregó el poder de reconciliarse con su entorno y de soñar un mejor futuro:
“La música te entrega una vida, una ocupación. Le da proyección y horizonte a quienes nacieron para ser unos miserables, pobres y oprimidos más por el sistema, y le dio la vuelta a la torta para decir ‘ah, señor sistema, ¿usted quiere estos miserables? Tenga estos artistas’”.

En la comunidad de Libertad, Sucre, la música reparó el tejido social de un pueblo afligido por el dominio paramilitar. Luis Miguel Caraballo, líder social, afirma:
“La música ha sido un puente porque transmite alegría, transmite todas las sensaciones, hace que tu corazón piense en cosas diferentes como el perdón, como la reconciliación. La música sirve para guardar la memoria y sirve para sanar el alma”.


*Comunicadora social y música javeriana.

Pesquisa Javeriana 41 ya está a su disposición

Pesquisa Javeriana 41 ya está a su disposición

¡Se acabo la espera! En la edición del 24 de septiembre dirigida a sus sucriptores, el diario El Espectador incluye el número 41 de la revista científica Pesquisa Javeriana.

Para esta edición, presentamos:

  • Editorial sobre la posición de la comunidad científica ante la próxima campaña electoral.
  • La investigación universitaria que inspiró la nueva política pública de gestión de residuos eléctricos y electrónicos.
  • Perfil de Luis Alejandro Barrera, el hombre que ha apadrinado las enfermedades huérfanas en Colombia.
  • Informe especial sobre una nueva patente, basada en una planta bogotana, que combate efectivamente el rotavirus.
  • Investigación teólogica sobre la capacidad de perdón de las comunidades víctimas del conflicto armado a partir de lecturas biblícas.
  • Informe desde nuestra sede Cali sobre las diferentes tecnologías para preservar órganos.
  • Revisión de las condiciones laborales que fortalecen la vocación de los servidores públicos.
  • Perfil de Natalia Sepúlveda, nutricionista enfocada en pacientes infantiles y adolescentes.
  • Recomendaciones de la Editorial Javeriana.
  • Un resumen de los principales hitos presentados en el XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, realizado entre el 11 y 15 de septiembre pasados.

Asimismo, hacemos una invitación a todos los interesados en participar en el congreso “Ayer, Hoy y Mañana”, con el que la Facultad de Medicina conmemorará los 75 años de su fundación. Este evento se realizará entre el 2 y 4 de noviembre de 2017 en el Auditorio Félix Restrepo, S.J.

Quien desee acceder a los contenidos de Pesquisa Javeriana y no sea suscriptor de El Espectador, puede descargar la versión digital (PDF) de la edición 41 en nuestra página web.

En busca del antídoto contra el odio

En busca del antídoto contra el odio

“Olvidar para pasar la página”. Esta es una de las lecciones que arroja la investigación Creer en la reconciliación. Convivir en un mundo dividido, adelantada por la Iglesia Menonita de Colombia –de la que surgió la iniciativa–, la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana y la organización holandesa Kerk in Actie. Luego se unieron las iglesias Bautista de Cali y Reformada de Barranquilla, que realizaron labores de acompañamiento al proyecto. En ese sentido, se trata de una verdadera experiencia ecuménica que es en sí misma un ejemplo de reconciliación.

El proyecto se desarrolló a partir de encuentros de los investigadores –el teólogo católico Edgar López, de la Pontificia Universidad Javeriana y su colega protestante Enrique Vijver– con dos comunidades profundamente impactadas por la guerra: la de Trujillo (Valle del Cauca) y la de Pie de Pepé (Chocó). El enfoque se basa en la lectura contextual de la Biblia, una forma comunitaria de leer el texto sagrado de todo el cristianismo, nacida en Brasil, con la teología de la liberación. El ejercicio se adelantó en tres momentos: ver, juzgar y actuar.

Tras el repaso de un episodio bíblico, que seleccionan de común acuerdo los académicos y los asistentes, el grupo comienza por ‘ver’, esto es, hacer un diagnóstico de la situación que vive la comunidad; “juzgar es iluminar esa situación a partir de los textos bíblicos y actuar es transformar esa realidad”, explica López.

Del diálogo acerca del argumento, los personajes y sus mensajes, surgen preguntas como: ¿con cuál personaje se identifica? o ¿usted conoce historias parecidas?

Según López, “entonces la gente dice ‘sí, esta historia se parece a la mía’, y comienza la circulación entre el texto y la vida. Lo que pasa en el texto, pasa en mi vida, y cosas que no están en el texto sí puedan estar en mi vida. Se comienzan a llenar así los vacíos narrativos”.

Y ocurre que la Biblia está llena de narraciones de violencia, de guerra, de crímenes, y la gente se identifica, a pesar de los contextos diferentes. “Esto tiene un trasfondo teórico: decimos que la Biblia es un texto revelado, porque cuando se lee despliega su sentido. Los textos transforman la vida de la gente, y la gente transforma los textos, porque los hace significativos”, dice el investigador.


Los episodios que transforman

Entre las lecturas seleccionadas hay una que narra cómo el hijo menor de una familia pide su herencia, abandona el hogar, desaparece muchos años y dilapida el dinero, hasta que retorna donde su padre para pedir perdón; este lo recibe lleno de alegría y lo colma de atenciones. El hijo mayor, que había permanecido juicioso a su lado, no demora en advertir en todo esto una gran injusticia.

“Un grupo guerrillero se desarma y quiere participar en la democracia, y muchos que no hemos sido víctimas directas del conflicto decimos: ‘no pueden entrar, tienen que ser castigados’, la actitud del hijo mayor es la de buena parte de la población colombiana”, explica López.

Otro de los relatos utilizados es el del conflicto entre dos hermanos, Esaú y Jacob, en el cual, luego de reconciliarse, cada uno se va a vivir a un país diferente. Esto tiene un significado importante: “la reconciliación no implica que tengamos que vivir juntos para siempre. De lo que se trata es de dejar atrás un pasado y que cada cual pueda vivir tranquilo, sin hacerse daño”, continúa.


¿Perdón y olvido?

Contrario a lo que muchos predicadores del cristianismo señalan, esta investigación sostiene que, en el plano moral, interpersonal, nadie está obligado a perdonar: “obligar a perdonar es una revictimización. La persona hace su proceso y verá si se siente capaz. Y debemos respetar esa decisión”, sostiene el investigador López.

La investigación contempló tres momentos esenciales: ver, juzgar y actuar.
La investigación contempló tres momentos esenciales: ver, juzgar y actuar.

Explica que si la gente logra perdonar se libera de una presión que hace mucho daño. Y no es ‘borrón y cuenta nueva’, porque no es olvido. “Si yo olvido”, continúa López, “no puedo perdonar, no me acuerdo de qué pasó”. La gracia es recordar de una manera sana. Procesar el pasado para vivir el presente, y eso puede conducir a una mayor calidad de vida de quienes han sufrido. Como cuando las víctimas les decían a los investigadores: “yo perdoné porque tengo que seguir viviendo” o “yo no puedo pasarles este odio a mis hijos”.

En el plano político, donde actúan las instituciones, la cosa es distinta: “para que se reciba perdón tiene que haber un reconocimiento del daño causado; un propósito de no repetirlo; tiene que haber disposición para reparar y una justicia que restaure, que recupere el tejido social. La única justicia no es la cárcel”. López hace énfasis en esta perspectiva, según la cual Cristo ama por igual a quienes padecen el daño y a quienes lo generan, porque con frecuencia los roles se confunden, lo que comprobaron al entrevistar a paramilitares y guerrilleros desmovilizados; “nos impresionó mucho que sus historias eran muy parecidas a las de las víctimas”, dice.

Así, a lo largo de tres años de investigación, los académicos ayudaron a procesar el dolor, al tiempo que se nutrieron de las experiencias de las personas con las que tuvieron contacto. “Esa es la sabiduría de la gente que sufre. Ellos ven cosas en la Biblia que nosotros, con toda la teología que tenemos encima, no vemos”, reconoce López.

Las relaciones que los académicos y las comunidades tejieron en estos encuentros adquirieron un carácter perdurable; han surgido nuevas iniciativas, como un proyecto en Trujillo alrededor de la reconciliación con el medio ambiente, con base en lecturas bíblicas sobre el agua.

Esta experiencia permitió comprender cómo la violencia del narcotráfico y la minería ilegal, así como las otras violencias de orden cultural, impiden hacer realidad los sueños de una paz total, por lo menos a corto plazo. Hay territorios en los que la reconciliación todavía es una posibilidad remota. Lo que hay es trabajo, y mucho.


Para leer más

  • Vijver, E. y López, E. (Eds.). (2014). Creer en la reconciliación. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
  • López, E. (2017). Más allá de la venganza: la generosidad de dar perdón y el valor de pedir perdón. En Fundación para la Reconciliación, ¿Venganza o perdón? Un camino hacia la reconciliación. Bogotá: Ariel.

INVESTIGACIÓN: Creer en la reconciliación. Convivir en un mundo dividido.
INVESTIGADORES PRINCIPALES: Edgar Antonio López y Enrique Vijver.
Facultad de Teología
Iglesias Protestantes de Holanda, Iglesia
Menonita, Iglesia Bautista (Cali) e Iglesia
Reformada (Barranquilla)
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2012-2015