La magia de la psiquiatría

La magia de la psiquiatría

Juro que es cierto, lo vi con mis propios ojos. El decano Carlos Gómez-Restrepo, en la sala de su casa, jugaba con una lucecita roja entre sus dedos. Podría creerse que tenía un bombillo diminuto, pero no. Era exactamente lo que estoy diciendo: una lucecita roja que agarraba con los dedos. Lo más inverosímil era que la sacaba de cualquier parte: del florero de la mesa, de mi oreja, de atrás de su cabeza. Jugaba con ella, la movía de aquí para allá y hasta se la pasaba de una mano a la otra. “Hacer magia depende de conocer muy bien el truco y ese truco es lo que divierte”, decía. Un tío le enseñó cuando tenía unos nueve o diez años, y practicaba en sus vacaciones en Manizales, llenas de primos, tías, abuelos y otros parientes.

El amor por la psiquiatría vino después. De hecho, un poco tarde porque empezó estudiando psicología. “Luego decidí entrar a Medicina a la Javeriana y ahí me preparé para ser psiquiatra”, recuerda Gómez-Restrepo. Tenía un sinfín de opciones de especialidad para escoger, e incluso alcanzó a interesarse por la neurocirugía, la neurología y hasta la ginecobstetricia, pero siempre le gustó más tratar con la gente, comprender sus inquietudes y profundizar en detalles de sus vidas. Pero no lo malinterpreten. Para él, lo biológico es básico en la medicina y está en todas las áreas, pero la psiquiatría privilegia de una manera particular lo psíquico y las relaciones sociales, y eso era lo que le llamaba la atención. “Cuando uno define salud como un completo bienestar físico, mental y social, y no solo como la ausencia de enfermedad, comprende la magnitud de esta especialidad; entiende su elección cuando piensa la salud como la manera de hacer que las personas logren un mayor bienestar, puedan amar, trabajar, desarrollar sus capacidades, obtener las metas que se plantean y participar en la construcción de un mundo mejor y más equitativo”, explica el decano.


No solo psiquiatra

Carlos Gómez-Restrepo es tal vez el único psiquiatra mago que conozco, pero vale aclarar que no es el único rasgo particular de este médico. Después de terminar su especialización y de haber hecho algunos diplomados, cursos y rotaciones en España, viajó a Estados Unidos para estudiar una maestría en Epidemiología Clínica en la Universidad de Pensilvania. Lo hizo gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, la Javeriana y la Red Internacional de Epidemiología Clínica (Inclen, por su sigla en inglés).

Corría el año 1993 y para entonces “era como el tercer psiquiatra en el mundo que estudiaba eso”, asegura Gómez-Restrepo, quien agrega que se trataba de una disciplina nueva dedicada a la investigación clínica y a profundizar en herramientas metodológicas con el fin de dar lo mejor a los pacientes. Según explica, la epidemiología clínica utiliza el método científico para hacer buena investigación y dar predicciones sobre el estado de algún paciente, saber qué tipo de terapia puede servirle más o establecer las pruebas diagnósticas que requiere. En sus propias palabras, “da herramientas para discernir entre qué es útil y qué no, para ser muy crítico con lo que uno hace y muy propositivo para hacer cosas mejores”.

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Cuando regresó de Estados Unidos se empezó a dedicar también a la academia, con el fin de compartir su conocimiento con nuevas generaciones de médicos. A mediados de los 90 se involucró como profesor en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Javeriana, y luego como su director, desde 2000 hasta 2007, tiempo en el cual diseñó los primeros posgrados en Colombia en Psiquiatría de Enlace y en Psiquiatría de Niños y Adolescentes. Posteriormente le fue encargada la dirección del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la misma universidad, de 2010 a 2017, donde ideó el primer doctorado de esta disciplina en el país y la Maestría en Bioestadística.


No deja de enseñar

El decano supo que quería ser docente cuando estaba en cuarto semestre de Medicina y su profesor de fisiología, el neurofisiólogo Arturo Morillo, lo escogió como monitor. Ahí se dio cuenta de la felicidad que le produce que otros aprendan, encontrar técnicas diferentes para cada estudiante y, sobre todo, aprender a partir de esa labor. “Esto es un juego de partes en el que uno da mucho de lo que sabe pero también aprende muchísimo de sus alumnos, de sus formas de ver el mundo, de sus preguntas”, asegura Gómez-Restrepo.

Hace un año, en septiembre de 2017, cuando el rector lo llamó para decirle que había sido seleccionado por sus más de 400 compañeros profesores para ser decano, pensó en la tarea que implicaba aprender otros detalles administrativos que no dominaba. Pero eso no le preocupó. También se le vino a la cabeza el tiempo que tendría que invertir en esta nueva labor, pero aun así aceptó, siempre y cuando pudiera seguir enseñando. Él insiste en que esa posición lo obliga a estar en contacto con todas las personas que hacen parte de la facultad, incluyendo los estudiantes, y de esa forma no solo puede darse cuenta de las necesidades de la gente y los inconvenientes que puedan encontrar, sino que “evita que me quede estático en materia de conocimiento. Me hace leer todo el tiempo, actualizarme, prepararme”.

Tampoco ha dejado de ver pacientes. El día que nos vimos, por ejemplo, acababa de llegar de consulta y no se le notaba un solo rastro de cansancio. Sigue yendo al Hospital Universitario San Ignacio a hacer sus turnos en psiquiatría, y también atiende en su consultorio privado, donde aplica sus terapias. Le pregunté entonces si la magia y la psiquiatría se parecen y, para mi sorpresa, dijo que sí. “Cuando una terapia se hace bien, la gente cambia de forma sorprendente”, respondió. Luego agregó que la pequeña diferencia es que ahí no había ningún truco, “sino una buena metodología que ayuda a las personas. Tanto, que parece como si fuera magia en acción”.

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Los trucos, que pasan de generación en generación, se los está enseñando a su hija menor, Valentina, a quien le encanta la magia. La idea del decano es que un día, cuando ella aprenda a barajar muy bien, logre que todas las cartas de un naipe se vuelvan de una misma pinta. De sus otros tres hijos, solo la segunda estudia medicina y ya está en el internado. Según el decano, no decidió por ella: “siempre espero que mis hijos escojan lo que más les gusta y que encuentren su camino, que vivan plenamente sus vidas y que hagan un mundo mejor”.

La mayor es ingeniera química y al tercero le gustan el fútbol y el derecho. Pero si en algún momento sienten que no están haciendo lo que quieren, Gómez-Restrepo ―como el buen profesor que es― les señala el valor de la duda y el disfrute de investigar, innovar y conocer. Asegura que siempre hay tropiezos y todo el mundo corre ese riesgo, “pero eso es bueno porque después se enriquecen, aprenden y salen adelante”. Y esa forma de ver la vida, que también tiene su esposa, Andrea Padilla, profesora de jurisprudencia, la comparte con los alumnos con que se topa todos los días en la universidad, como un consejo para sus vidas después de egresados.

‘Desordenar’ la música

‘Desordenar’ la música

“La nostalgia es la fuente de toda literatura y de toda poesía”.
Gabriel García Márquez

La música, más que inspiración, es disciplina. Es tomar la experiencia, las vivencias, las emociones y otros elementos de la cotidianidad para que, basados en técnicas musicales, se pueda escribir una obra. Así lo explica Carolina Noguera Palau, coordinadora del Área de Composición del Departamento de Música de la Pontificia Universidad Javeriana y segunda ganadora del Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana, entregado en 2016. Hoy, dos años después, este galardón está en proceso de selección para definir quién recibirá en septiembre la tercera estatuilla y un reconocimiento por $15.000.000 en el marco del III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad.

Carolina Noguera tiene más de 15 años de experiencia profesional en el campo musical. Estudió en la Javeriana su pregrado y viajó a Inglaterra a realizar su máster y doctorado en composición musical en el Royal Birmingham Conservatoire (adscrito a la Birmingham City University) como becaria de ORSAS (Overseas Research Students Awards Scheme) del Reino Unido, Colfuturo y el Banco de la República de Colombia. Fueron cinco años en Europa para encontrarse con lo más profundo de su interior, para hacerle caso a sus intuiciones, a su melancolía y así crear historias a través de la música. En últimas, para romper con su propuesta de creación, con la que se había hecho merecedora, hasta entonces, de algunos reconocimientos como el Premio Nacional de Composición de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá en 2006, la beca de creación del Ministerio de Cultura en 2005 o como finalista del VII Premio Nacional de Composición de la Secretaría de Cultura de Bogotá en 2003.

La racionalidad la ha acompañado siempre. Le iba bien con las matemáticas en el colegio, estudió filosofía y uno de sus maestros, Guillermo Gaviria, le ayudó a fortalecer ese “impulso racional”, como ella lo llama, para crear música; sin embargo, en 2006 exploró otras búsquedas, ya no solo quería partir desde esa perspectiva. Llegar a Inglaterra fue un quiebre: “No más, hago lo que quiero sin importar si hay una justificación racional”, decía. Sus mentores en el doctorado, Richard Causton, compositor y profesor inglés, y Lamberto Coccioli, profesor italiano de música y tecnología, la acompañaron con esta sentencia: “Su música está muy ordenada, desordénela un poco”. A eso se dedicó hasta 2011 cuando regresó a Colombia.

Desde Inglaterra, Noguera le dio importancia a la nostalgia de los sonidos de la infancia, alejándose de “la onda más modernista” para recurrir a un lenguaje más abstracto. Es solo escuchar, por ejemplo, Cuarteto palenquero, una mezcla de instrumentos rasgados y voces sobrepuestas, para sentir el uso de elementos sonoros que evocan un espacio cálido y de antaño. Otra pieza que quedó de su doctorado fue Elegía errante, basada en elementos musicales mexicanos del huapango y la raspa. Esta composición fue estrenada por Garth Knox, uno de los violistas más importantes a nivel global y la grabó David Merchán, violista colombiano radicado en Berlín que ha tocado con los mejores del mundo.


Y… ¿cómo se compone?

“Trato de construir texturas donde le doy peso a la distorsión. Algunas veces genero dislocaciones de las melodías que estoy recordando, es decir, un pedazo acá, otro allá y juego a armar un rompecabezas mal hecho. Algo así como la memoria de las personas que recuerdan por fragmentos. La textura es nebulosa, ya que me apoyo de lo visual y trato de traducirlo en el lenguaje musical”, explica Noguera.

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En 2016, Carolina Noguera ganó el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana.

Agrega, además, que “componer es responder a una urgencia vital. Quizás no se gana un peso. Uno podría terminar como Schubert muriendo a los 31 años en un tumulto espantoso, sin fama, sin plata, sin nadie que lo aplauda, pero si se tiene la necesidad de escribir, pues hay que hacerlo y no pensar más”. Durante los años en Londres se preguntó: ¿por qué no apelar a la emotividad? ¿Por qué contrariarse con esta posibilidad que da la vida? Incluso, eran cuestiones sin resolver desde años atrás cuando era pianista.

Del doctorado, además de las inquietudes internas, quedaron piezas musicales interpretadas por ensambles europeos del Conservatorio, como Furias. Esta obra para violín y piano está basada en un pasillo y fue con la que ganó el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana. Noguera explica que “alude a las furias que a veces siento y a momentos contemplativos asociados a recuerdos de infancia”.

Esta composición fue estrenada en Inglaterra por Mary Dullea y Darragh Morgan durante la temporada ‘Frontiers Series’ en el Royal Birmingham Conservatoire en 2011. Su título está basado en las deidades mitológicas de venganza o las personificaciones sobrenaturales de la ira de la muerte; en la obra, se hace referencia a la energía frenética que puede ser semejante a la ira.

Esta pieza musical se ha interpretado en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el Auditorio Pablo VI de la Javeriana, en el Festival de la Imagen de Manizales y en el Festival de las Américas en Greenwich House Music, en Nueva York. Ha sido interpretada un gran número de veces por el dueto sueco-brasilero conformado por Karin Hellqvist (violín) y Heloisa Amaral (piano) en la Sala Teresa Cuervo Borda del Museo Nacional de Colombia, y por la violinista Angélica Gámez y la pianista María José de Bustos.

Furias está publicada en el Catálogo de Obras Artísticas de la Javeriana.


Nota:
Los invitamos al III Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, del 10 al 14 de septiembre próximos. La asistencia no tiene costo y está abierta a cualquier persona interesada en la creación artística. Puede inscribirse en www.javeriana.edu.co/arteycreatividad

El reto de sumergirse en los arrecifes de coral

El reto de sumergirse en los arrecifes de coral

¿Cómo es el mundo marino? ¿Qué hay de las especies que lo habitan? ¿De los misterios que se ocultan en el océano? Eran las preguntas que Laura Rodríguez se hacía a sus 12 años, las mismas que con el paso del tiempo y el profundo gusto que desarrolló por el mar la llevaron a estudiar biología marina como carrera profesional.

Hoy, con 1,60 de estatura, cabello castaño con visos morados y piel trigueña, ha logrado lo que pocas investigadoras colombianas: recibir las becas National Geographic Society Early Career Grant y Colombia Biodiversa, de la Fundación Alejandro Ángel Escobar.

Su pasión por el agua inició, según recuerda, desde muy pequeña; ingenuamente recorría una y otra vez libros de texto y documentales buscando características de plantas, algas y delfines sin llegar a imaginar que, años más tarde, se dedicaría a ellos por el resto de su vida, al estudio e investigación de microalgas. “Decidí hacer biología marina. Cuando entré a la Universidad me di cuenta de que no era tan sencillo como yo creía, era complejo, era ciencia”, recuerda.

Su alma mater fue la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde conoció los fundamentos básicos de los ecosistemas marinos y costeros y se sumergió en contenidos puramente físicos, matemáticos y biológicos, pero semestres más tarde, y tras optar por el énfasis marino, su vida dio un giro de 180 grados: se mudó a Santa Marta donde, como requisito, tuvo que tomar por más de año y medio todas las materias teóricas y prácticas. Su proyecto de grado lo hizo en Providencia, una de las islas más reconocidas del Mar Caribe por sus actividades ecoturísticas y pesqueras; allí trabajó con comunidades de pescadores en cultivos de macroalgas. Algas rojas, para ser específicos.

Su estadía en la isla le cambió la vida. La forma de ser de la gente, las prácticas culturales y la administración del tiempo la transformaron, pasó de vivir con sus papás y hermanos a convivir con nuevas personas, a hacer todo despacio, soportar el intenso calor y entender que, a diferencia de la capital, “las personas allí son más amigables. Desde la señora de la tienda hasta el pescador”, menciona.

Según cuenta, estudió con algas rojas para crearles alternativas sostenibles a las comunidades de pescadores y así garantizarles, de alguna u otra manera, que tuvieran ingresos económicos adicionales diferentes a la pesca extractiva;  sin embargo, más allá de esto, su pasión siempre ha estado en los temas relacionados con sostenibilidad, como su proyecto de grado: “Cuando se cultivan algas, se sacan del medio natural, se ponen en cuerdas y no hay necesidad de alimentarlas, solamente verificar que estén limpias y, en ese sentido, es un cultivo sostenible. No hay que usar pesticidas”, asegura.

Además de combinar su gusto por la biodiversidad marina y la investigación, los hobbies de Laura María son la música y la literatura. A ella no le importa cuánto tiempo puede pasar entre páginas si de novelas e historias policiacas se trata, y tampoco si trabaja con una dosis de buen rock.“Aparte de leer ciencia, me encanta la literatura. Disfruto las novelas policiacas, de misterio y, sobre todo, me gustan las novelas clásicas. El último libro que leí fue la novela Breakfast at Tiffany’s, del escritor Truman Capote”, reconoce.

Además de la biología marina, Laura María Rodríguez es apasionada por la literatura y la música.
Además de la biología marina, Laura María Rodríguez es apasionada por la literatura y la música.

Se le puede definir como una ‘caja de sorpresas’ porque, además de pasar horas seguidas dentro de laboratorios investigando corales y algas, esta joven de 27 años tuvo una formación musical en saxofón cuando era una pequeña. La música fue su segunda opción al momento de escoger una carrera universitaria, pero, aunque fue uno de sus mayores pasatiempos, su pasión por la biología marina fue mucho más fuerte. Ya no practica saxofón porque cuando empezó a estudiar no le quedaba tiempo. “Uno se pone a estudiar, salir, ir de fiesta o estar con amigos, entonces uno va dejando de lado esas cosas”, dice.

Tras finalizar su proyecto de pregrado, regresó a Bogotá para recibir su grado; sin embargo, se encontró con una triste realidad y es que, según ella, “en el país no hay tantas oportunidades laborales para la biología marina como uno quisiera, ya que el campo de acción es reducido”. Por eso, gracias a su tenacidad y terquedad, como se describe, pudo involucrarse laboralmente en la Asociación de Corporaciones Autónomas Regionales ASOCARS, en donde colaboró en la construcción de la política de vertimientos al mar junto al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. “En biología marina, el 95%  depende de ti, que se abra una oportunidad depende de ti misma porque acá la investigación en el mar es corta, especialmente la financiación”, asegura.

Meses más tarde, y luego de haber tomado cursos de corta duración como el de Cultivo de macroalgas, Restauración de arrecifes coralinos y Ecología de bosques de manglar: manejo y restauración, esta bogotana decidió presentarse a la Universidad de California Santa Bárbara en Estados Unidos; sin embargo, por azares de la vida y una conversación con una colega, inició su maestría Conservación y Uso de Biodiversidad en la Pontificia Universidad Javeriana.

A pesar de que la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales no está orientada hacia una profunda investigación en estudios marinos estudió este posgrado porque “me pareció diferente, interdisciplinario, con un enfoque novedoso y un particular interés por la conservación y el uso sostenible del ecosistema”.

Después de algún tiempo para pensar, leer y hablar con profesores, Laura María decidió hacer su trabajo de posgrado a partir de una hipótesis sobre arrecifes profundos, proyecto que no solo le ha permitido ampliar sus conocimientos y experiencia profesional en investigación sobre arrecifes de coral, sino también la llevó a ganarse la beca Colombia Biodiversa de la Fundación Ángel Escobar, organización que coordina el fondo homónimo de becas para estudiantes de pregrado y posgrado que desarrollan sus proyectos de tesis en temas relacionados con conservación, conocimiento y uso sostenible de la biodiversidad colombiana.

Appraising the “deep reef refugia” hypothesis in the Colombian Caribbean: genetic connectivity and implications for conservation es el nombre del proyecto con el cual Laura María intenta probar que los ecosistemas coralinos mesofóticos (aquellos a profundidades de entre 30 y 200 metros) pueden ser refugios potenciales contra perturbaciones que afectan a los arrecifes poco profundos (localizados entre la superficie y 40 metros bajo el agua) a través de gametos y larvas de coral. Esta investigación la desarrolla en una zona poco explorada del país, los bancos de Barú. “Cuando una población de corales ubicados en la superficie mueren por calentamiento global y están blanqueados, por ejemplo, existe la posibilidad de que la misma especie en zonas de arrecifes profundos se reproduzcan y sus huevos y larvas lleguen hasta arriba, permitiendo una nueva población de la misma especie”, explica.

Los corales profundos de Barú, imagen tomada durante la etapa de investigación sumarina.
Los corales profundos de Barú, imagen tomada durante la etapa de investigación sumarina.

En ese sentido, la etapa inicial del proyecto empezó con una exploración de las zonas donde hay arrecifes mesofóticos en Colombia a través de una revisión en los mapas náuticos de la Armada Nacional, dando como resultado la zona costera de Barú, cerca a Cartagena de Indias. Una vez definido el lugar, un colega suya “descendió a 50 metros bajo el agua para tomar muestras de los corales. Se colectaron aproximadamente unas 60 para ser estudiadas genéticamente a través de la extracción de su ADN”. Sin embargo, desarrollar y examinar estas muestras no ha sido un trabajo sencillo, ya que es necesario “mandar las muestras EE.UU. para hacer un estudio con marcadores moleculares sobre el ADN y, posteriormente,  hacer un análisis sobre el genoma”, proceso altamente costoso.

Por ello, Laura María se propuso conseguir financiación para desarrollarlo, logrando que la Universidad de Manchester aportara recursos para la etapa inicial del proyecto, seguido de la beca National Geographic Society y, recientemente, la beca Colombia Biodiversa entregada por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, con lo cual espera pagar los análisis en Estados Unidos.

Juan Armando Sánchez, profesor titular en ciencias biológicas y marinas de la Universidad de los Andes y director del Laboratorio de Biología Molecular Marina (BIOMMAR), indica que tiene particular interés en esta investigación y por eso ha permitido que Laura María realice las pruebas genéticas que  requiera en su laboratorio. “Su hipótesis es viable y, con las nuevas técnicas de buceo, ahora es posible conocer cosas que antes no teníamos en cuenta” dice, y también asegura que, de ser comprobable este proyecto, “el estudio daría la oportunidad de ver cuál es el comportamiento del ecosistema y serviría para avanzar con el  conocimiento en términos científicos”.

Así, Laura María, una mujer apasionada por la investigación, sabe que, aunque conseguir recursos para la financiación de ciencia en el país es complicado, su responsabilidad, disciplina y terquedad, como se define y como sus colegas la ven, son cualidades que le permitirán seguir aportando al conocimiento y conservación de recursos. Por ahora espera seguir ahondando en su proyecto de investigación con el propósito de terminarlo a  final de año, recoger la mayor cantidad de información posible y, así, no solo probar que con disciplina se alcanzan sueños, sino también seguir siendo un motivo de orgullo para su familia.

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Hay cinco puertas abiertas y dos opciones: cerrar cuatro y avanzar por una sola o quedarse estancado con todas ellas abiertas. Natalia Sepúlveda, nutricionista de la Pontificia Universidad Javeriana, eligió la primera. Decidió “darlo todo” por la línea de investigación de nutrición infantil. Ese fue el momento más retador de su trayectoria como investigadora; “¿será la decisión correcta?”, pensaba.

Nunca imaginó una vida como investigadora o como docente, su ocupación desde hace cuatro años en la Universidad Javeriana. Durante su pregrado, se visualizaba como una nutricionista enfocada en pediatría, en clínica; sin embargo, su trabajo de grado cambió ese destino. Incursionó investigando sobre el estado nutricional y la actividad física en adolescentes. Tuvo la oportunidad de presentar su trabajo en un congreso internacional en Islas Canarias, España, lo que la hizo soñar con una maestría en ese país, que más adelante logró: es magister en Condicionantes Genéticos, Nutricionales y Ambientales del Crecimiento y Desarrollo de la Universidad de Granada.

Ama viajar, pintar mandalas, compartir con su mascota Mía –una golden retriever– y su ‘mantra’ es la ética: “No tiene sentido obtener ningún dato de investigación sin ética”, dice. También tiene un gran amor: los niños. Por eso su vida como investigadora ha estado dedicada a los “chiquitines”, como ella les llama. Considera que son “la base del futuro” y que la nutrición es crucial, ya que los hábitos alimentarios inadecuados de la infancia pueden afectar, en la edad adulta, no solo el estado de salud sino la capacidad intelectual. Además, “formar o modificar un hábito alimenticio en un niño es más efectivo que decirle a un adulto que se coma la fruta entera en vez del jugo de todos los días”.

Trabajar con niños es más que medirlos, tallarlos y analizar datos. El compartir y los abrazos son importantes, el contacto con ellos y las risas “son toda una aventura”. Lo disfruta incluso cuando lo cuenta. El mundo de la investigación le permite tener contacto con diferentes poblaciones de niños mientras se genera conocimiento. Así, ha trabajado como coinvestigadora en la caracterización nutricional de enfermedades huérfanas como Niemann Pick tipo C y la mucopolisacaridosis. Estudió los casos de todos los niños de Colombia que tenían estas patologías en 2012 y cómo la nutrición puede favorecer el tratamiento médico de estas enfermedades. Ese mismo año lideró una investigación sobre actividad física, actividad sedentaria y hábitos alimentarios en escolares con exceso de peso, cuyos resultados presentó un año después en un congreso de nutrición pediátrica en España.

¿Fue la puerta correcta? En el mejor momento de su carrera, puede decir, convencida, que sí. “Ahora estoy recogiendo el esfuerzo de todos mis años como nutricionista, investigadora y docente”. Este año volvió a España con el respaldo de la Pontificia Universidad Javeriana y una de las 35 becas que otorga la Fundación Carolina en Latinoamérica. Allí realizará su doctorado en Medicina Clínica y Salud Pública, en la Universidad de Granada, donde desarrollará su tesis sobre nutrición y neurodesarrollo, temática en la que ha trabajado en los últimos años. ¿Cuál fue la clave? Seguir el camino que ordenaron sus sueños, entregarse a ellos y agregarle disciplina. Así hizo que el universo conspirara a su favor.

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

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El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra
Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra

Rodeada de sus ocho gatos persas, de libros, de los recuerdos que abundan en el caserón inglés estilo Tudor donde nació y donde espera vivir hasta el último día, Ángela Calvo piensa que, si algo no ha dejado de hacer desde que se graduó como filósofa de la Pontificia Universidad Javeriana, ha sido dictar clase. Por eso si alguien le pregunta quién es Ángela, ella responde sin dudarlo: “¡Yo soy maestra!, a ello he dedicado mi vida desde 1981”.

Su vocación pedagógica se remonta, por un lado, al ambiente culto que respiraba en la familia tradicional bogotana en la que creció; por el otro, al San Patricio, el colegio donde estudió: “un lugar fantástico que marcó mi estilo de vida, mi manera de pensar”, dice. Allí valoraban las humanidades y, en particular, la tarea del educador y así decidió estudiar filosofía y letras. “Me encantó el mundo de las preguntas por la existencia, la cuestión ético-política que, de hecho, ha sido el eje de mi trabajo académico”.

Desde que entró a la Javeriana como estudiante se sintió en casa, y por eso ha permanecido allí hasta la actualidad. Era la década del setenta, una época marcada por Mayo del 68, cuando era crucial la pregunta sobre el papel del intelectual en la transformación de la sociedad, tanto para estudiantes como para docentes. “Mis profesores eran muy generosos con el saber, con la bibliografía, y si bien eran autoridades en sus temas, mantenían una relación muy cercana con los estudiantes. La coyuntura política de aquel entonces invitaba a que los filósofos fuéramos muy activos y participativos, y el escenario idóneo era el entorno universitario. Vivíamos una época de entusiasmo y compromiso con las posibilidades de la filosofía. El maestro no se enfocaba tanto en la investigación, sino en el pensar, en conversar y debatir, y yo debo reconocer y agradecer que tuve maestros realmente excepcionales”. Maestros que a través del diálogo le enseñaron que la filosofía hay que mirarla en el conjunto de la cultura, no como algo que surgió “de unos genios que se encerraron a escribir y a inventar el mundo”.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

De sus años como estudiante conserva en su memoria el testimonio de personas apasionadas por la enseñanza de la filosofía. En sus palabras, destaca “los aportes de mis colegas y amigos de la Facultad de Filosofía”, y recuerda con especial cariño y admiración a Fabio Ramírez S. J., Gerardo Remolina S. J., Jaime Barrera, Alicia Lozano y, especialmente, a su gran mentor y amigo, Guillermo Hoyos. Este último fue su maestro de pregrado y, años después, su director de tesis doctoral. Con él dictó durante diez años, hasta poco antes de su muerte, un seminario a dos voces sobre filosofía moral y política.

El diálogo entre profesores y estudiantes estaba iluminado por los grandes pensadores de la tradición filosófica, y fue allí donde surgió el encuentro apasionante con David Hume. “A Hume llegué porque cuando empecé a hacer mi tesis doctoral, que la hice por gusto, no por una exigencia laboral, Guillermo Hoyos me dijo: ‘Mira, podríamos trabajar a Habermas pero tú no hablas alemán’. ‘Y no voy a aprender’, le contesté. Entonces me dijo: ‘hay que buscar un autor que tú puedas leer en su lengua original’. Cuando en mi pesquisa encontré a este filósofo escocés, me emocioné enormemente y supe que sobre él sería mi tesis. No era un autor muy trabajado, no lo es todavía”.

De Hume le atrajo descubrir cómo la verdadera filosofía es conversación y tiene un papel fundamental en la configuración de ciudadanía, idea que le pareció poderosa y atractiva. A través de él se percató de la importancia de la sensibilidad moral, de los sentimientos y las emociones en la ética y la política. En vista de que la bibliografía en español era poca, decidió viajar a Inglaterra como investigadora invitada por el Birkbeck College de la Universidad de Londres, allí pasó días enteros a punta de agua y manzanas en la British Library y en el Senate House. De sus visitas quedaron múltiples cuadernos que hoy son para ella verdaderas joyas. Esta tarea la complementó en la biblioteca Lamont de Harvard, un lugar que la hizo sentir en el topus uranus.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

La elaboración de su tesis duró diez años, un tiempo que para muchos puede ser una exageración pero que para ella apenas fue el necesario para conocer en profundidad al autor. “Tenía clarísimo que tenía un nombre que cuidar y por eso le puse a este trabajo todo mi corazón, como si fuera la obra de mi vida; había, quizás, un poco de orgullo”, dice. La tesis, El carácter de la ‘verdadera filosofía’ en David Hume, que concluyó hace cinco años, fue laureada y por ende publicada en 2012 en la Colección Laureata; así mismo, mereció en 2013 el Premio Bienal al Investigador Javeriano. Su participación en la Hume Society fue decisiva en la elaboración de este trabajo, la cual, en 2014, la eligió como miembro del Comité Ejecutivo, distinción que pocos profesores latinoamericanos han obtenido.

Un dato curioso es que la dedicatoria de la tesis dice: ‘A mis estudiantes’, pues, como ella dice, “sus voces han sido determinantes en la consolidación de mi pensamiento”. Ellos han gozado sus clases tanto como ella, los ha motivado con la idea de que la filosofía se deje escuchar en el concierto de la vida cotidiana. “Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”, les ha dicho una y otra vez en clase.

Al observar el conjunto de su vida como profesora, Ángela Calvo no duda en afirmar que ha sido feliz, pues ha tenido la fortuna de trabajar en algo que la satisface plenamente. Durante todos estos años, nunca enfrentó el dilema entre trabajo y familia; siempre ha tenido el tiempo suficiente para preparar bien sus clases, para calificar en detalle los trabajos de los estudiantes y para ser buena esposa y una excelente mamá. Su esposo le ha ayudado a que todos sus proyectos salgan adelante, por algo en los agradecimientos de su tesis doctoral dice que “si no hubiera sido por la inteligencia práctica de Germán, probablemente ni la tesis ni la casa, esta casa que tiene 80 años, hubieran sobrevivido todo este tiempo”. A sus hijos les inculcó la autonomía, la libertad, los dejó andar solos y los mimó bastante porque, después de todo, opina que “la vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”.

“En síntesis, parafraseando la canción My Way, podría decir que he vivido a mi manera, y la verdad, son muchas menos las cosas de las que tengo que arrepentirme que las que tengo que agradecer en este período de trabajo que ha sido maravilloso”, concluye la profesora Ángela mientras uno de sus gatos le acaricia una pierna con su cola y se va.

Pasión, entrega, honestidad y vocación definen, en palabras de sus familiares y amigos, la carrera de Ángela Calvo

Germán Saavedra (esposo)

Es una persona de una honestidad proverbial en todo sentido: en términos morales, éticos, sociales, económicos. Desde el punto de vista académico le admiro su rigor, su perseverancia, cosa que no es fácil. Ella se sienta a las 9 a.m. y se levanta a las 2 p.m. de su mesa de trabajo, y si es por las noches, por las noches. Dentro del hogar, resalto su amor incondicional por la familia.

Carolina Saavedra (HIJA)

Es una mujer admirable por su capacidad de generar pensamiento y su compromiso con enseñar, investigar y con la filosofía. Me parece una afortunada por poder hacer lo que ama desde hace tantos años y de disfrutarlo, tanto así, que su trabajo no se percibe como un trabajo que implica cansarse, esfuerzo y desgaste, sino que implica pasión y energía, disposición e interés.

El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
Juan Samuel Santos (Estudiante y, actualmente, profesor de la Facultad de Filosofía de la Javeriana)

Ha sido una guía en mi carrera; ella me ayudó a encontrar qué temas y qué autores estudiar, de qué forma estudiarlos y la importancia de esos autores y esos temas para hacerme una carrera en la Filosofía. Ha sido una compañera cuando entré a la Facultad de Filosofía como profesor. Y ha sido una amiga con quien he compartido varios episodios de mi vida. La enseñanza más valiosa que aprendí de ella fue a leer con mucha atención a los autores, ser paciente con ellos y con los textos.

Fabio Ramírez (Amigo personal, colega, director de la Biblioteca Mario Valenzuela)

Describir a una persona a la que uno quiere mucho es muy difícil; sin embargo, lo que más destaco de ella es el ser maestra, ella capta a los estudiantes, les dice lo que es importante decirles, les ayuda en la dirección de sus estudios, es una gran maestra. Es una persona que no se calla nada, ella es miembro del Consejo Directivo y yo creo que logra que la oigan sin necesidad de pelear, es muy clara en sus ideas y las dice sin miedo. Ella es uno de los puntos de referencia de la Facultad de Filosofía y, en buena parte, ella es la continuidad de la presencia de Guillermo Hoyos en la universidad.

Gerardo Remolina (Ex rector de la Pontificia Universidad Javeriana y profesor de Filosofía)

En Ángela Calvo admiro su profunda calidad académica y humana, que le han merecido de parte de la Universidad el premio Vida y Obra de una gran maestra. Aprecio profundamente su vocación universitaria e investigativa, la constancia y profundidad en sus trabajos filosóficos y su interés por la educación de ciudadanos responsables y comprometidos con la problemática de nuestra sociedad. Admiro y aprecio, igualmente, su pasión por la filosofía y sus cualidades de docente.

“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
Emilia Calvo (hermana)

Desde el punto de vista académico, siempre he admirado en Ángela su absoluta integridad y fidelidad a sus valores, su claridad de pensamiento y su creatividad.

Desde el punto de vista intelectual, nuestras paralelas disciplinas, filosofía y psicología, nos han permitido un continuo intercambio de ideas, siempre enriquecedor y en ocasiones encontrando un terreno común de curiosidad y descubrimiento, como ha sido el caso con las ideas de narrativa y constructivismo social. Nuestra creencia compartida en perspectivas múltiples nos ha permitido abordar temas desde nuestro propio punto de vista, pero siempre con interés y respeto por la voz de la ‘otra’. Emocionalmente, nos une un hilo indestructible que, a pesar de la enorme distancia geográfica, nos permite estar siempre conectadas, siempre unidas.

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Juan Camilo Campos  “En la investigación encontré cómo servir a la comunidad”

Juan Camilo Campos “En la investigación encontré cómo servir a la comunidad”

Buscar amigos, hacer compras y encontrar el ‘amor’ es cada vez más común en las redes sociales; su masificación y el anonimato han permitido la vulnerabilidad de sus usuarios. Juan Camilo Campos desarrolla un modelo para detectar usuarios fraudulentos en una red social.

Juan Camilo Campos, bumangués de 24 años e ingeniero electrónico de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, se describe como una persona a la que le gusta asumir retos. Uno de ellos fue el que despertó su pasión por la pesquisa. Ahora es parte de una importante apuesta en investigación del país: el Centro de Excelencia en Big Data y Data Analytics, Caoba.

Desde que estaba en el colegio, su materia preferida eran las matemáticas y su deporte, el fútbol, pero ha sido por las primeras que ha labrado un camino que lo ha llevado lejos. Desde entonces, impulsado por sus profesores, participó seis veces en las Olimpiadas Colombianas de Matemáticas organizadas por la Universidad Antonio Nariño, a donde solo llegan los treinta mejores del país por cada categoría. En el año 2008, fue uno de los quince estudiantes que representaron al país en las Competencias Matemáticas de Estados Unidos: “No ganamos, pero la experiencia me demostró que para ser mejor hay mucho trabajo por delante”.

En el 2009, por continuar con la tradición familiar, empezó sus estudios de ingeniería electrónica, aunque su corazón seguía latiendo por las matemáticas. “Pensé estudiar matemática pura, pero tenía la concepción de que estos profesionales se dedicaban a ser profesores”.

Becado todos los semestres, lo que más le gustó de su carrera fue poder aplicar las matemáticas para dar solución a problemáticas reales. Por eso se fascinó por el área de control, la cual usa la fundamentación matemática que permite controlar diferentes sistemas automáticamente.

Su pasión por la investigación inició en séptimo semestre por pura causalidad, cuando se sintió retado por el que ahora es su mentor, el doctor Jorge Finke, profesor del Departamento de Electrónica y Ciencias de la Computación. En el programa pregrado tenía el mejor promedio y era distinguido ante los profesores por su alto desempeño, sin embargo, el doctor Finke no conocía su potencial, por eso tuvo que demostrar sus capacidades. “Me terminó gustando la investigación y me capturó. Ahora le doy prioridad al mundo académico”.

Su primer reto y el tema con el que inició su camino en investigación fue el fraude en redes sociales. Para este, primero desarrolló un modelo matemático con el que se caracteriza el comportamiento de las personas en estas redes, y después creó un algoritmo que detecta anomalías sobre dicho modelo. A través de simulaciones, emuló el comportamiento de los usuarios fraudulentos para posteriormente detectarlos. Aunque todo el trabajo se realizó con base en un modelo matemático, la idea es poder aplicar el algoritmo de detección en páginas como eBay, Facebook o Amazon. Esta investigación resultó ser después su tesis de pregrado, la cual fue laureada.

En el 2015 trabajó en un proyecto para estudiar la distribución de diferentes tipos de crimen en las ciudades y analizar cómo la estructura de la malla vial de la ciudad incide en estas distribuciones, tomando como referencia a Chicago, en EE. UU. “Se definió qué tipos de crimen tienen puntos de calor estables a través del tiempo y se encontró una fuerte relación entre los robos a mano armada y el índice de GINI, el cual mide la desigualdad económica”.

El Centro de Excelencia Caoba, una iniciativa del MinTIC y Colciencias que reúne al sector privado, la academia y el Estado para generar servicios y soluciones innovadoras que promuevan el desarrollo y la competitividad del país en el uso de las tecnologías de Big Data y Data Analytics, le otorgó en 2016 una beca que le permitió ingresar a la Maestría en Ingeniería de la Universidad Javeriana Cali.

En Caoba, Juan Camilo espera aprovechar la gran cantidad de información que se genera en los bancos y en las redes sociales para tener un mejor entendimiento del funcionamiento de las transacciones bancarias y descubrir patrones de comportamiento en los clientes de una marca.

Más adelante, Juan Camilo espera estudiar su doctorado en una de las mejores universidades de Estados Unidos, como la Universidad de Ohio.

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Juan Gabriel Ruiz: el científico que sabe de amistad

Juan Gabriel Ruiz: el científico que sabe de amistad

En su trayectoria profesional ha logrado algo fuera de lo común: conciliar al médico clínico, al ‘de las trincheras’, con el científico, y evitar su desencuentro; ‘meterle ciencia’ al día a día de una profesión que fácilmente cae en la rutina y en las soluciones mecánicas. Tal vez este es su mayor aporte a la profesión por la que optó a los 16 años de edad.

Esa fórmula se aplica en numerosos proyectos en los que ha estado comprometido Juan Gabriel Ruiz Peláez, pediatra, epidemiólogo clínico, docente, médico clínico e investigador.

Durante la rotación en Pediatría en la Universidad Javeriana lo sedujo la rama que se ocupa de los “locos bajitos” —como diría el cantautor catalán Joan Manuel Serrat—, cuando halló en dos de sus maestros una mezcla ideal de ciencia y humanismo. “Los profesores Eduardo Borda y Ernesto Sabogal combinaban el rigor científico con su tremenda responsabilidad, su sano escepticismo, su duda metódica cartesiana y un sentido de humanidad inigualable”, explica Ruiz. Considerar el contexto familiar, social y cultural del paciente, porque este determina en gran medida las decisiones clínicas que se adoptan, se convirtió desde entonces en un axioma para él.

Epidemiología clínica: base teórica de la revolución

La vida le ofreció a este profesional una oportunidad para perseguir esa idea compleja del médico: una beca de la Fundación Rockefeller para entrenarse en Epidemiología Clínica en la Universidad de Newcastle (Australia). Hacia allá partió, recién casado.

Poco entendía entonces de qué se trataba esta área, que se asociaba a la ligera con la epidemiología general, afín a la salud pública y a la estadística, pero que era algo diferente. Ruiz la define como aquella rama del conocimiento que “entrena al médico clínico en el método científico, para tomar mejores decisiones al lado de la cama del paciente”.

Como resultado de la necesidad de diseminar los principios de la epidemiología clínica —que este investigador compara con el Evangelio— surge en varios centros académicos mundiales la medicina basada en la evidencia —“como el Catecismo Astete”, dice— que ‘aterriza’ y simplifica el lenguaje de una disciplina abstracta. El doctor Ruiz y su equipo introdujeron estos desarrollos en Colombia y en parte en Iberoamérica. De lo que se trata es de no renunciar a la metodología científica para manejar la incertidumbre inherente al trabajo con seres humanos.

El arte de no tragar entero

El balance de la experiencia australiana fue ampliamente satisfactorio. Para comenzar, la consolidación de una relación de pareja que ha perdurado 32 años y, luego, la irrupción de un científico dispuesto a ‘armar la revolución’ a su regreso al San Ignacio.

Su perspectiva parte de una actitud crítica, del estímulo al pensamiento divergente, de reconocer que lo que hoy es verdad mañana puede no serlo y de la irreverencia frente a los dogmas. Para muchos, qué sanos han sido estos vientos, en un mundo en el que “las ciencias médicas tienden a aplastarlo a uno”, según lo reconoce el propio Ruiz. “Los médicos aspiran a tener la certeza de las cosas y se toman decisiones en negro o blanco, cuando la realidad está llena de grises. La idea es ser capaz de tomar decisiones que la mayoría de las veces hagan más beneficio que daño en presencia de una incertidumbre proveniente de distintas fuentes”, agrega.

Canguro: amor a primera vista

El programa Canguro, cuya semilla plantaron hace cuarenta años los neonatólogos del Hospital Materno Infantil de Bogotá, resultó ser el terreno ideal para que Ruiz desarrollara su formación.

Todo comenzó con la aterradora tasa de mortalidad (¡30%!) de bebés prematuros, generada por el hacinamiento inevitable que obligaba, incluso, a confinar a dos pacientes en una incubadora, ampliamente expuestos a infecciones. Teniendo en cuenta que el problema fundamental de los nacidos antes de tiempo es su dificultad para regular la temperatura, una vez superada la etapa crítica, se propuso una fórmula que imitaba a los marsupiales al remplazar la incubadora por el cuerpo de la madre, al que el bebé se adosaba día y noche, donde quiera que ella estuviera.

Sin embargo, a pesar de su abrumadora lógica, el programa se apoyaba en escasísimos estudios y publicaciones y se llevaba a cabo en un terreno empírico, con el sustento, importante pero insuficiente, de la buena voluntad.

En los años noventa, fascinados con el programa Canguro, el doctor Ruiz y su colega Nathalie Charpak se comprometieron a darle piso científico al programa, porque si bien este reducía la mortalidad de los prematuros, aún moría el 19 %. Tras el derrumbe de algunos paradigmas y de un trabajo investigativo de años, hoy día la mortalidad en Canguro es de menos del 1 %.

Pero tal vez lo más importante ha sido la reivindicación del rol de la madre y la familia —el papá y los hermanos conforman una ‘familia cangurizada’— en la recuperación del prematuro. Las investigaciones ratificaron los beneficios de este método en términos afectivos e inmunológicos.

Presente florido

Desde la Universidad Internacional de la Florida, donde trabaja como profesor de Epidemiología Clínica desde octubre de 2015, luego de ser profesor de la Pontificia Universidad Javeriana por más de 31 años, Ruiz anuncia que por ahora no regresará a Colombia, por las posibilidades de ejercicio profesional que tiene en Estados Unidos y que están más allá del horizonte previsible en nuestro país: “me queda gasolina para un ratico”, asegura; y además porque vivir a nivel del mar es preferible para la familia en este momento.

Por supuesto, sigue siendo el mismo ser humano que extrañan sus alumnos y colegas, que son sus amigos, quienes en casa de Juan Gabriel y su esposa Silvia se sienten en la propia, que escuchan cantar al antiguo rockero y se entregan al delicioso pasatiempo de ‘echar carreta’ sobre lo divino y lo humano. Entre ellos hay quienes han recibido sus servicios de ‘celestino’ a título gratuito, estudiantes de provincia que han convalecido en su propia casa y que lo han visto consentir a su gata y llorar a su perro. Él también echa de menos a su “gentuza”, como la llama con cariño.

 

Testimonios

El doctor Ruiz es mi amigo, he sido su alumna, su subalterna y su jefe. Siempre me ha respetado. Es amoroso y tiene un sentido humano gigante. Siempre le he dicho que es una madre: sufre por lo que le pasa al estudiante, a un paciente, a los colegas, es cien por ciento leal.

Nos enseñó a cuestionar las decisiones que tomábamos y a buscar en la literatura el porqué de lo que estábamos haciendo.

Carolina Guzmán, profesora y exdirectora del Departamento de Pediatría, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Él fue consultor de mi trabajo de grado, fue mi maestro, y teníamos discusiones sobre todos los temas… para mí, Juan Gabriel es como un papá. Él quiere que la gente que trabaja con él llegue siempre más lejos.

Fue pediatra de mi hijo…. En ese rol es capaz de tranquilizar fácilmente a una madre primeriza angustiada. Siempre dispuesto a escuchar, muy respetuoso con su paciente.

Socorro Moreno, psicóloga, epidemióloga clínica, profesora asistente, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Conocí a Juan Gabriel cuando estudiaba ingeniería electrónica y trabajaba en el área de sistemas de la Universidad. Él tenía un problema en el computador y me enviaron a ayudarle. El problema se solucionó en 15 minutos, pero nos quedamos toda la tarde hablando… Ese fue uno de los eventos que ha cambiado mi vida.

Es muy cercano y amable, su actitud es humilde, es rico conversar con él.

John Camacho, ingeniero electrónico, profesor instructor, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Como profesor, en los turnos nocturnos no se iba a dormir hasta que no descifrara todo lo que podía ocurrir con un paciente. A las tres de la mañana nos llevaba a buscar libros para estudiar.

Nos demostró lo importante que es la familia; nos enseñó a expresar y pelear por nuestras convicciones. Un maravilloso profesor para la vida.

Claudia Granados, pediatra, epidemióloga clínica, profesora, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

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Claudia Urueña: bacterióloga con conocimiento profundo de la biología celular

Claudia Urueña: bacterióloga con conocimiento profundo de la biología celular

Claudia Patricia Urueña nació en Gamarra, Cesar; se crió en Acacías, Meta, y estudió en el Colegio San Ignacio de Loyola en Bogotá. A los 16 años entró a estudiar Bacteriología más por influencia de su hermana mayor, la médica cirujana Alexandra Urueña, que por convicción. A sus hermanas quizá les pasó lo mismo: hoy en día las cuatro hijas Urueña Pinzón trabajan en el sector de la salud, aunque en campos diferentes.

Su paso por la Javeriana le demostró que era capaz de asumir grandes retos académicos y científicos. En séptimo semestre, por sugerencia de la directora del grupo de Enfermedades Infecciosas, y hoy decana de la Facultad de Ciencias, Concepción Puerta, se unió al grupo de investigación en Parasitología Molecular. Detectó en ella la vena de la investigación y la apoyó para que desarrollara su tesis de pregrado buscando la localización cromosómica de los genes que codifican para la proteína KMP11 de Trypanosoma rangeli, lo cual puede generar estrategias contra enfermedades causadas por parásitos de esta familia, como la enfermedad de Chagas.

El rural en el Centro de Salud de Currabal, Meta, le demostró que la parte clínica no satisfacía lo suficiente su curiosidad científica porque “yo no sirvo para estar haciendo todos los días parciales de orina, cuadros hemáticos y coprológicos”. “Pero me di cuenta de que no hubiera podido estudiar otra cosa diferente que me sirviera para lo que hago hoy en día”, dice. “Al estudiar en un laboratorio se desarrolla la disciplina y una metodología de trabajo organizada”.

Buscando sus orígenes, regresó a la Javeriana y se vinculó al grupo de investigación en Inmunobiología y Biología Celular, que dirige la inmunóloga Susana Fiorentino. “Me dijo que estaba comenzando un proyecto con productos naturales como terapias alternativas para el tratamiento del cáncer”, cuenta. Sonaba interesante, pero a Claudia no le gustaba la inmunología. Aun así, aprendió y empezó por aplicar sus conocimientos en biología celular y molecular.

Con el paso de los meses, decidió presentarse a la beca de Joven Investigador de Colciencias con el propósito de desarrollar una investigación con el anamú (Petiveria alliacea), la cual logró en 2005. Ya no cabía duda: la investigación era su camino profesional. Al terminar, se postuló al programa de becas de doctorados
nacionales de Colciencias, ganó de nuevo e inició en 2006 estudios en Ciencias Biológicas.

Hizo una pasantía en el Instituto Marie Curie, Francia. “Estuve en el grupo de Clotilde Thery en la Unidad de Sebastián Amigorena. Fue una experiencia enriquecedora para el trabajo que estábamos desarrollando”. El doctorado buscó responder cómo el anamú y el dividivi (Caelsapinia spinosa) pueden matar las células tumorales. Se especializó en las líneas de cáncer de seno con un modelo murino, una técnica de investigación científica aplicada en ratones. En 2013 se graduó con honores Magna Cum Laude de su doctorado y su tesis fue laureada.

A pesar de que tuvo una relación más de odios que de amores con la inmunología al lado de Fiorentino, se dio cuenta de que realmente sí le interesaba, en especial cuando puede aplicar esos conocimientos en la búsqueda de alternativas de tratamientos para el cáncer de seno con productos naturales como las plantas. Actualmente tiene a su cargo el desarrollo de un proyecto para el tratamiento del cáncer donde debe evaluar si los tumores de los pacientes son sensibles a la terapia con fitomedicamentos.

Docente de la Universidad el Bosque en la Facultad de Enfermería donde dicta microbiología e infectología, es además evaluadora de proyectos que se presentan en Colciencias, ha participado en más de 23 eventos científicos, ha producido 15 artículos de los cuales diez han sido publicados en revistas especializadas y ha dedicado 14 años a la investigación, desde su ingreso al grupo de la doctora Puerta. Su meta es continuar trabajando en buscar alternativas para el tratamiento del cáncer con fitomedicamentos y aplicar estos conocimientos en pacientes que estén padeciendo la enfermedad. Después de once años de estar trabajando en inmunología, dice con picardía: “Susana me engañó porque yo le dije que no me gustaba la inmunología, me puso a estudiarla y ahora me encanta”. Continue reading

Ximena Rincón

Ximena Rincón

La carrera como investigadora de Ximena Rincón Castellanos inició impulsada por su pasión por la escritura, en el Instituto de Bioética de la Pontificia Universidad Javeriana, con la tutoría del filósofo y gran maestro Guillermo Hoyos, quien fue su director de tesis en la Maestría en Política Social de la misma universidad. Hoyos la animó a participar en el programa de Jóvenes Investigadores de Colciencias, un proceso que le abrió la oportunidad de escribir intensamente, socializar sus hallazgos, hacerse preguntas profundas, estar en contacto con investigadores de mucha experiencia, pero que sobre todo fue un espacio que le permitió soñar. Es en este camino que se entusiasmó con el estudio de las relaciones entre bioética, derechos humanos y política pública.

Más adelante, en 2012, ganó una beca de investigación del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Clacso, con la que viajó a Paraguay para compartir con comunidades indígenas del Chaco. Su viaje coincidió con la destitución de Fernando Lugo de la presidencia, famoso golpe parlamentario que le posibilitó ver de cerca la movilización y organización social que emprendieron los indígenas. En todo este proceso, Ximena encontró que la investigación es una oportunidad de conocer y explorar diferentes realidades y situaciones. “Si me hubiera dedicado a ser una abogada del sistema financiero, por ejemplo, tal vez me hubiera perdido de conocer el mundo en su diversidad, en su realidad… de conocer lo que implica el conflicto, lo que son las movilizaciones sociales, las consecuencias de la inequidad, lo que significa la lucha de poderes. Para mí la investigación es la oportunidad de acercarme a esas otras historias, a otras narraciones que me reafirman como ser humano”.

Desde su mirada, la investigación sirve para comprender, pensar y desarrollar soluciones a problemas que enfrentan las comunidades y no para resolver los problemas de quienes manejan el mundo. “Nosotros tenemos que aprender a trabajar de forma cooperativa y colaborativa con las personas, para encontrar esas nuevas preguntas y esas nuevas formas diferentes a las hegemónicas”, dice. Desafortunadamente, señala, el modelo que se impone desde el gobierno y agencias internacionales plantea la investigación como un proceso muy competitivo, donde el conocimiento se entiende como una simple mercancía que tiene un precio. De ahí, concluye, “lo social a veces resulta instrumentalizado y, además, perjudicado”.

Desde esta postura frente a la investigación, ha desarrollado estudios que apuntan a entender la propiedad y el derecho como mecanismos para buscar la democracia y la justicia social. En sus palabras, busca “aplicar el derecho como un regulador social de la justicia y la equidad social, y no como un regulador social del monopolio de la propiedad”.

Uno de sus estudios, titulado “Discusiones en torno a la regulación de las técnicas de reproducción humana asistida en Colombia”, publicado en la revista Derecho PUCP, es una crítica a las reflexiones de la bioética y el derecho que se enfocan más en el derecho civil y se fijan poco en el desarrollo de estas técnicas en términos de equidad social; por ejemplo, las mujeres que alquilan el vientre en general son mujeres de escasos recursos, que ven en ello una opción laboral. Así, cuando solo se regulan las técnicas y se desconoce la realidad social de estas mujeres, se reproduce la inequidad social. Otro de sus estudios fue publicado en la revista Sociedad y Equidad bajo el título “Pobreza y jurisprudencia constitucional colombiana: el caso de los recicladores”, que trata de cómo entender la pobreza no solo desde el empleo, sino desde la falta de reconocimiento social a los aportes que hacen diferentes grupos a la sociedad.

Ximena, que disfruta de la naturaleza, la meditación, la literatura fantástica, el baile y la cocina, quiere seguir escribiendo e investigando, pero sobretodo sueña con encontrar espacios que le permitan hacer un servicio real, auténtico, que cambie situaciones y corazones en un momento concreto. Al cerrar esta conversación con pesquisa, con una sonrisa en su voz dice: “porque uno puede llegar a fracasar como profesional, pero me aterra más fracasar como ser humano”.


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