Protestar en la calle: ¿funcionan otros mecanismos de participación ciudadana?

Protestar en la calle: ¿funcionan otros mecanismos de participación ciudadana?

Cuando hay manifestaciones que obstaculizan las vías públicas es común encontrarse con frases como: “Esas no son formas de protestar”, “están afectando al mismo pueblo”. En el marco del paro nacional que comenzó el pasado 28 de abril, parte de la discusión nacional ha sido cuál es la mejor forma de expresar las inconformidades.

Aunque el debate inspire las posiciones más opuestas, en la Constitución colombiana existen consagrados cinco mecanismos de participación ciudadana que eventualmente podrían ayudar a conseguir los cambios que se procuran durante las manifestaciones.

Patricia Inés Muñoz es profesora y directora de posgrados del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Una de sus áreas de investigación es la cultura política del país. Para la docente es necesario revisar el estatuto de participación ciudadana (ley 1757 de 2015), pues si bien los mecanismos están estipulados, los requisitos incluyen creación de comités, recolección de firmas, umbrales de votación y otra serie de procedimientos que los hacen complicados.

“En términos generales los mecanismos fueron concebidos bajo una serie de requisitos que la mayoría de las veces hacen difícil el éxito del uso del mecanismo por parte de los ciudadanos”, dice Muñoz.

Y las cifras parecen respaldarla. Desde 1991, que existen estos mecanismos, solo un alcalde ha sido removido de su mandato a través del mecanismo popular de revocatoria. Fue en el municipio de Tasco, Boyacá, en 2018. Esto a pesar de las decenas de solicitudes que llegan a la registraduría. En 2017 se presentaron 47 y actualmente cursan 67 solicitudes contra alcaldes. Estos procesos se vieron frenados por la pandemia ante la imposibilidad de recolectar firmas.

En referendos las historia no es muy diferente. En diálogo con El Espectador, Clara Rodríguez, profesora e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia, recordó que en el país solo se ha votado un referendo a nivel nacional. Este fue propuesto por Álvaro Uribe en 2003, constaba de 14 preguntas y solo una alcanzó el umbral de aprobación: la de la muerte política a condenados.

Adicionalmente, estos procesos están lejos de ser prácticos. Su aplicación puede tomar más de un año, por lo que no serían una alternativa efectiva para cierto tipo de decisiones que requieren mayor urgencia y sin contar los costos que implican.

Según la Registraduría Nacional del Estado Civil los procesos de revocatorias del mandato que están hoy en curso costarían cerca de $200 mil millones. Solo en una ciudad como Medellín, este proceso estaría rondando los 1500 millones de pesos.

La cifra aumenta si se consulta una decisión a nivel nacional. El plebiscito que refrendó los acuerdos de paz con las FARC (única vez que se ha usado esta figura) costó $350 mil millones según la misma Registraduría.

¿Por qué la gente prefiere manifestarse en las calles?

La docente Muñoz expone que como los mecanismos existentes son útiles en muy reducidos espacios, “la movilización de los ciudadanos en las calles es la única forma de hacerse escuchar porque sienten que no hubo otros espacios o mecanismos para interactuar”.

Esta situación ha sido evidente durante los últimos días en el país, que aún en medio de la pandemia, ha vivido una movilización ciudadana en diversas regiones, de diferentes sectores sociales y con múltiples reclamos.

Manifestaciones en Colombia

En este caso la investigadora analiza un malestar social generalizado por demandas que ya se venían presentando desde el paro del 2019 y que fueron interrumpidas por la cuarentena. Esta inconformidad se incrementó por el contenido y la forma como se presentó la reforma tributaria y los impactos que iba a tener sobre la economía diaria. Un tercer factor, analiza la experta, es la pérdida de confianza en la institucionalidad, el gobierno y los actores políticos por parte de los ciudadanos.

Según el Barómetro de Confianza de Edelman, para el cual se encuestaron a más de 33 mil personas en 28 países del 19 de octubre al 18 de noviembre de 2020, en Colombia, la confianza en el gobierno está 20 puntos por debajo del promedio global, siendo el cuarto país que más desconfía después de Nigeria, Sudáfrica y Argentina.

La encuesta revela que la confianza en los líderes políticos llega apenas al 24 %, tres puntos porcentuales menos que en 2020 y que la credibilidad en los voceros del gobierno es del 21 %, dos puntos menos que el año anterior.

“Todos estos estudios de cultura política vienen mostrando una pérdida progresiva de la confianza en las instituciones por parte de los ciudadanos en Colombia”. Paricia Muñoz

Muñoz argumenta que todo este malestar finalmente generó reacciones más alteradas por el mismo contexto de la pandemia, y fue canalizado hacia las manifestaciones en vía pública.

Para la investigadora los mecanismos existentes se quedan cortos para, por ejemplo, consultar a la ciudadanía sobre el contenido de la reforma tributaria. El gobierno requiere, de forma urgente, recaudar recursos por los gastos que ha dejado la pandemia, pero no puede esperar los 12 o 18 meses que tomaría consultar a la ciudadanía mediante dichos mecanismos.

Ante tal complejidad para el uso de las herramientas constitucionales, ¿qué hacer?

La Ley 1757 de 2015 hizo más flexibles los requisitos de algunos de estos mecanismos, norma que para la investigadora Patricia Muñoz es necesario revisar de nuevo buscando que sea más efectiva. “Estamos en mora de evaluarla porque creo que ha habido algunos logros, revocatorias de mandato, por ejemplo, que nos pueden mostrar que efectivamente estuvieron al alcance de los ciudadanos, pero quizás le podamos introducir mejoras para hacerlos todavía más flexibles”, explica.

Pero el problema de fondo, continúa Muñoz, pasa por la relación entre los actores políticos y los ciudadanos. Afirma que más allá de los mecanismos formales que ya existen, lo importante es la voluntad política de los gobernantes para identificar las demandas, necesidades y expectativas de los ciudadanos.

Esta relación se puede construir por fuera de dichas herramientas. “Siempre habrá la posibilidad de convocar mesas de trabajo con partidos políticos, centrales obreras, organizaciones de la sociedad civil, gremios, academia, grupos organizados. Lo importante es la voluntad política de los mandatarios de abrir canales de diálogo”, manifiesta.

Si bien estas discusiones pueden tomar tiempo, la investigadora sostiene que cuando los gobiernos tienen en cuenta a sus ciudadanos al momento de tomar las decisiones, la norma expedida contará con acogida y respaldo, y eso es finalmente lo que construye la legitimidad de los gobiernos.

“Cuando se quiere gobernar de espalda a la ciudadanía, uno de los efectos es lo que estamos viviendo, ¿por qué?, porque al imponer una reforma tributaria sin consultar y con la gente agotada y empobrecida, allí los ánimos llegan a un punto en que se generan otras reacciones, como las que hemos visto estos días”, dice Muñoz.

La investigadora resalta que aun cuando no exista un mecanismo que se llame movilización, este es por esencia un acto de participación ciudadana, el más sencillo para el ciudadano porque no requiere atender una serie de procedimientos para hacerlo efectivo. Finaliza haciendo un llamado a los diferentes gobiernos a mantener el diálogo con los ciudadanos para planificar mejor las decisiones.

El ABC de cómo informarse en momentos de crisis

El ABC de cómo informarse en momentos de crisis

Desde el pasado 28 de abril miles de personas se han manifestado en las calles (y en redes sociales) por diversos temas. Desde el proyecto de reforma tributaria que ya se retiró del Congreso hasta por la forma en que el presidente Iván Duque ha liderado el país. En esta discusión se han propagado noticias falsas, como esta que registra Colombia Check, un portal de verificación de información:

La desinformación originada a través de la creación de contenidos falsos se ha prestado para causar más confusión y se ha convertido en un potente mecanismo de control político en los momentos de crisis. Según el informe ‘Cómo combatir la desinformación’, de la Organización Digital Future Society, una iniciativa transnacional sobre la tecnología y sus impactos en la sociedad, “los que actúan desde la mala intención llevan a cabo campañas de desinformación para manipular el debate público”.

“Lo que vemos en los últimos días es la saturación de información usando la tecnología, una sobrecarga. Sin embargo, no veo mucha reflexión ética ni crítica en la acción de compartir estos videos tan brutales. Estamos guiados por un contenido muy intenso, muy emocional”, comenta Andrés Lombana-Bermúdez, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana y miembro del Centro Berkman Klein para el Internet y la Sociedad de la Universidad de Harvard.

Lombana se refiere a los videos que se han propagado en redes sociales desde que iniciaron las manifestaciones en Colombia. Muchos de ellos incluyen contenido violento como abuso policial, daños a la infraestructura pública y agresión a policías y son compartidos muchas veces de forma descontextualizada.

Las burbujas informativas

Además de la desinformación y las noticias falsas, expertos reconocen que los algoritmos (el conjunto de reglas de programación que determinan cómo se muestran los contenidos en redes sociales) crean ‘burbujas informativas’.

“Los algoritmos han detectado cuál es la información que me gusta y en ese sentido me va a llegar toda la información que tiene que ver con mis propios gustos, tendencias, valores y miedos”, explica Juan Carlos Quintero, profesor de la Javeriana y doctor en Ética y Democracia.

“Si yo tuviese, como ciudadano de a pie, la claridad de que si consumo información en redes sociales, lo que voy a recibir está directamente relacionado con mis gustos y valores, quizás podría intentar romper esa burbuja buscando más información”, añade Quintero.

Para Lombana, “estas plataformas y redes tienen unos diseños sociotécnicos particulares (interacción entre la tecnología y las personas) que llevan a priorizar conversaciones entre las personas que te gustan, que tienen tus mismos valores o son de tu mismo partido político. Existe una limitación, quizás, para sostener el diálogo democrático y plural en esas plataformas”.

Una forma de mantenerse informado y darle un contrapeso a los contenidos que se reciben en redes sociales es seguir páginas y personajes públicos con los que no se comparten los mismos ideales.

¿Cómo informarse en momentos de saturación de información?

En noviembre del año pasado, The New York Times publicó ‘Cómo combatir la crisis de la desinformación’. El artículo explica que para evitar la propagación de noticias falsas, además de verificar lo que se lee e instalar aplicaciones como InVid para constatar si las imágenes de los videos son verídicas o no, las personas pueden realizar un simple ejercicio: hacer una pausa y mantener una pizca de escepticismo.

Además de este manual, también se puede consultar la guía de la organización First Draft acerca de cómo navegar en medio de la infodemia, el manual de la UNESCO sobre noticias falsas y la estrategia para combatir la desinformación de la Universidad de Palermo.

“Lo mejor, en este momento, por el escalamiento de la violencia, sería no amplificar información con contenido delicado inmediatamente. Guarden esos contenidos para utilizarlos en procesos de investigación y una vez verificada la evidencia, publíquenlos explicando el contexto de los acontecimientos. Esto no es censurar contenido, es entender que hay maneras de circular información que puede ayudar a frenar la violencia en las calles y en el discurso público”, dice Lombana.

Además del escepticismo, siempre es necesario contrastar y consultar plataformas que se encargan de comprobar, a través de hechos y datos, las noticias, las declaraciones de personajes públicos y los acontecimientos noticiosos, como lo hace la organización Colombia Check o el Detector de mentiras de La Silla Vacía. Además, la Fundación Gabo publicó un listado de 100 páginas para verificar contenido.

El Ctrl + F y la lectura lateral

Sam Wineburg, profesor de Historia en la Universidad de Stanford, ha reflexionado sobre el proceso de enseñanza y aprendizaje de esta asignatura. En su último libro llamado Why Learn History (When It’s Already on Your Phone, Wineburg hace una reflexión crítica de cómo los jóvenes no tienen la capacidad de juzgar adecuadamente la información que consumen en internet.

Un ejercicio que propone Wineburg, y que desarrollan la mayoría de plataformas de chequeo, es la lectura lateral y la triangulación de información. Consiste en leer un artículo en internet mientras, al mismo tiempo, se contrasta la información. En otras palabras, es abrir más de una pestaña en el navegador y empezar a hacer preguntas como: ¿Cuál es la evidencia?, ¿qué dicen otras fuentes?

Este proceso funciona con todo tipo de información: trinos, imágenes en Instagram, cadenas de WhatsApp, publicaciones en Facebook y noticias en medios de comunicación. Basta con abrir otra pestaña en el navegador y hacer consultas.

Para guiar de mejor manera la búsqueda de la información, otra recomendación es ubicar en el documento que se está leyendo la palabra clave o lo que realmente se quiere saber. “Según un estudio de Google Research, el 90 % de los usuarios no utilizan Control + F para localizar una palabra en los documentos. Eso es como si fuéramos en la autopista de la información sin saber qué significa la luz roja”. Explica en su libro el profesor de la Universidad de Stanford.

El comando Ctrl + F es una herramienta que puede ayudar a buscar información de manera más rápida en un documento, noticia o artículos.

El silencio estratégico

La cantidad de información que se produce por minuto y su difusión instantánea genera una dinámica de reacciones iguales en las personas. “Tengo que actuar rápido, y eso no me permite reflexionar qué estoy compartiendo”, advierte Juan Carlos Quintero.

Además de la inmediatez, el profesor Quintero, quien además es filósofo, explica que la información en redes sociales tiene otro componente que la hace aún más compleja: la gestión de las emociones.

“Cuando se trata de información relacionada con temas sociopolíticos hay contenidos que se producen de manera malintencionada que buscan actuar sobre la emocionalidad y potenciar elementos como el miedo, el asco y la exclusión frente a quienes no piensan como yo”, puntualiza.


Así que una opción de respuesta es el silencio estratégico, dice Lombana. “Cuando no nos estamos escuchando, una posibilidad es hacer silencio estratégico y no crear esa batalla de amplificación para silenciar al otro”.

Esta estrategia no significa desentenderse por completo, sino hacer una pausa y, como recomienda The New York Times, tener un grado de escepticismo frente a lo que se lee, escucha y observa. El silencio estratégico también permite reflexionar acerca de la información que se comparte.

Para el profesor Quintero, algo fundamental en el propósito de reducir la propagación de violencia en las redes sociales es reconocer la responsabilidad que tiene cada persona con una reproducción de un video, el retuit de un trino y la difusión de una cadena de WhatsApp. Además, puntualiza que es importante no hacer parte de monólogos y discursos de odio.

Aunque los algoritmos de las redes sociales, además de la producción malintencionada de noticias, condicionan parte del diálogo y la discusión en las plataformas, cada usuario puede tener un rol protagónico al realizar una lectura más crítica de lo que lee y ve; de esta manera puede aportar con la circulación de información contrastada y en pro del debate y la resolución de diferencias, y no se limita a la reproducción de contenido emocional e intenso que incita a la propagación de violencia.

Mano dura, ¿equivocación grande? Los excesos de la policía y por qué ocurren

Mano dura, ¿equivocación grande? Los excesos de la policía y por qué ocurren

La propuesta del gobierno de Iván Duque que buscaba hacer una reforma tributaria en medio de la pandemia generó una respuesta social que hace mucho no se veía en el país. Miles de personas se volcaron a las calles de ciudades y pueblos a manifestarse en contra de la propuesta que pretendía generar una carga impositiva adicional a los colombianos. En algunas capitales se presentaron desmanes que llevaron a enfrentamientos con la fuerza pública.

A partir de allí y durante varios días, la violencia en las confrontaciones ha ido escalando. No fue suficiente que el gobierno retirara del Congreso el proyecto de reforma tributaria, pues las manifestaciones continuaron exponiendo inconformidades sociales por la nueva reforma a la salud, la pobreza y desigualdad que crecieron según el último informe del DANE, entre otros.

Según la Defensoría del Pueblo, hasta el 4 de mayo se registraban 24 muertos, once por presunta responsabilidad de la Policía Nacional, once con responsable desconocido y dos más que relacionan en su informe como “desconocido” o “no aplica”. La mayoría de los casos fueron registrados en el departamento del Valle del Cauca.

Por su parte, la ONG Temblores registra 1181 casos de violencia policial, 92 víctimas de abuso de fuerza, cuatro víctimas de agresión sexual, 672 detenciones arbitrarias y 12 víctimas de lesiones en los ojos. Todo esto, durante los primeros cinco días de protestas.

Estas agresiones por parte de la fuerza pública han sido rechazadas por la ciudadanía colombiana y también por la comunidad internacional. “Recordamos a las autoridades del Estado su responsabilidad de proteger los derechos humanos, incluido el derecho a la vida y a la seguridad personal”, manifestó Juliette de Rivero, alta comisionada de la ONU para los derechos humanos en Colombia, quien además denunció que su comisión fue atacada por la Policía mientras investigaban las protestas en Cali.


Además, la Unión Europea condenó la violencia y pidió a las fuerzas de seguridad evitar la mano dura a través de su portavoz del Servicio Europeo de Acción Exterior, Peter Stano. Desde el Departamento de Estado y la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, también rechazaron la violencia contra los manifestantes.

Por otro lado, se han prendido las alarmas por la decisión presidencial de enviar al Ejército Nacional a acompañar a la Policía en la atención de las protestas, pues se intensificarían las tensiones. Pero, ¿cómo se podría explicar este accionar estatal frente a las manifestaciones?

Para Luis Felipe Vega, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana y experto en temas de defensa, “se acaba de demostrar que es una Policía que le falta capacitación, mando, organización y estructuración institucional interna”. Explica también que dentro de la institución no hay una profesionalización del manejo de los conflictos internos, por lo que luego de varios días se pierde el control unificado.

Vega asegura que la institución tiene poca capacidad de aprendizaje de experiencias previas porque “no tenían ni siquiera los planes alternativos de contingencia en casos como el incendio de Cais, situación que ya habían enfrentado el año anterior”.

Además, señala que es evidente la improvisación, como en el caso del aterrizaje de un helicóptero en el colegio Claretiano de Bosa para poder mover y sacar policías y munición, por lo que insiste en que es necesaria una reforma para profesionalizar a la Policía.

Argumenta también que la falta de experiencia y experticia del ministro Diego Molano en temas de defensa desempeñan un papel importante en estos hechos, pues repercute la falta de reconocimiento dentro del mando de la fuerza pública. “El ministro tiene seis generales en Cali y no ha podido resolver la situación de seguridad y convivencia interna”, manifiesta.

Brutalidad policial en Colombia

¿Estrategias del siglo pasado?

Vega cuestiona la decisión presidencial de habilitar al Ejército como acompañante para enfrentar las protestas, pues para él “es apagar el incendio echándole gasolina. Es el escenario que siguen visualizando desde un gobierno muy técnico, pero poco político. Continúan subestimando la capacidad que tienen los grupos organizados de campesinos indígenas, afrodescendientes, mujeres y estudiantes para movilizar personas”.

Para el profesor, se siguen inculcando en la formación de la fuerza pública los modelos de la guerra fría. “Tienen una estructura en la cual esas movilizaciones son, para ellos, el enemigo interno, y están buscando quién está detrás, quiénes son los determinadores de que la gente salga a marchar, desconociendo las capacidades organizativas de los movimientos sociales”.

Expone que dichos modelos funcionaron en políticas como el estatuto de seguridad del expresidente Julio César Turbay (1978-1982) porque se hacía oculto. Hoy en día, con las redes sociales es mucho más fácil visibilizar estas situaciones, por lo cual, mucha más gente está pendiente y haciendo seguimiento al actuar de la fuerza pública.

En esto coincide también Christian Fajardo, profesor del Departamento de Ciencia Política de la PUJ y coordinador del semillero Teorías Políticas Críticas, quien hace su análisis desde lo discursivo. Para él, la ideología dominante se está desmoronando y esto es visible en la ruptura de dos discursos: uno que naturalizaba la desigualdad; y el otro que cohesiona a la sociedad en torno a un enemigo interno.

Así entonces, las personas que sufren la aprensión social ya no se resignan a vivir así y buscan mejorar su calidad de vida. Y por otra parte la doctrina del enemigo, ya no funciona igual que hace unos años. “Esos discursos han perdido eficacia y lo demuestran los hechos. Hace unos 15 años decir que hay infiltrados en las manifestaciones y grupos armados de izquierda luchando contra el status quo tenían cierta eficacia, pero hoy no tienen efecto en la opinión pública”, dice.

Brutalidad policial en Colombia

 

Este hecho le resulta definitivo para entender la coyuntura actual, pues cuando se caen los discursos dominantes, como los dos ya mencionados, al Estado no le queda otra cosa sino reprimir con el uso de la fuerza.

“Es una decisión totalmente equivocada porque entre más se reprima una protesta social que tiene argumentos sólidos, se acrecentará la indignación popular y esto a su vez provocará una reacción cada vez más violenta de las fuerzas del orden”, opina.

Otro punto que le resulta problemático es que la Policía esté adscrita al Ministerio de Defensa, igual que el Ejército. “Debería ser un organismo cívico que en gran medida esté desarmada o con armas de letalidad reducida: y como en otros países democráticos, debería estar inscrito en otros ministerios, por ejemplo el del Interior”. También explica que, ante un exceso de un policía, por su fuero militar, es juzgado como si fuera un militar en guerra.

¿Y ahora?

Luego de todo lo sucedido, surgen interrogantes sobre hacia dónde debería dirigir el gobierno el manejo de las protestas. Ambos docentes coinciden en que la mejor salida será un diálogo social que permita encontrar propuestas que representen a la mayor cantidad de personas posible.

“Creo que la única solución es que el gobierno desista de su afán de decir que es quien tiene la autoridad y caer en la cuenta de que la soberanía, en últimas, recae sobre los ciudadanos reales”, afirma Christian Fajardo.

Sin embargo, para Vega, dicho diálogo cambiará en sus condiciones. “Un escenario de concertación nacional que ya no va a ser con los líderes de los partidos. Los líderes sociales van a replantear la agenda política del gobierno porque ya saben que pueden gobernar desde las calles”, asegura.

Para ambos expertos, la opción de declarar un estado de conmoción interior-una iniciativa que ha surgido desde las filas del uribismo- es el peor de los escenarios, pues cerraría cualquier opción de conversar con los diferentes sectores sociales y aceleraría los procesos de violencia urbana. Por lo que finalizan haciendo un llamado al gobierno para que permita un diálogo intersectorial para buscar alternativas negociadas.

Protestas no violentas: ni pasividad ni tibieza

Protestas no violentas: ni pasividad ni tibieza

Que las grandes revoluciones se conquistaron con mecanismos de protesta violenta, es cierto. No se podría hablar de Revolución francesa sin la toma de la Bastilla ni de Independencia en Colombia sin la campaña libertadora que implicó cientos de confrontaciones.

“Uno siempre se imagina que los grandes cambios se derivan de revoluciones y, ¡Por supuesto!, por eso son revoluciones, pero si uno mira la historia como un proceso de larga duración, ni la abolición de la esclavitud ni el voto femenino se consiguieron con una revolución, y muchas de esas protestas no fueron violentas”, explica Carolina Cepeda, quien ha trabajado en temas de movimientos sociales, es politóloga de la Universidad Nacional con maestría y doctorado en Ciencia Política de la Universidad de los Andes, y es profesora de Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

“Pero que sean no violentas no significa que funcionen como les gustaría a muchas personas en Colombia: que se realicen el sábado a las 6 p.m. en un andén. Una protesta no violenta es lo que vimos en el 2016 a favor del acuerdo de paz, no hubo confrontación con la policía, no se rompieron vidrios y fue masiva. Mucha gente, que seguramente se habría ido a la primera piedra lanzada, a la primera papa bomba que sonara, se manifestó, ¿y qué se logró? No se revirtió el resultado del plebiscito, pero se pudo acompañar el proceso de paz, el poscauerdo y demás”, añade.

La idea de la “no violencia” es un concepto al que la politóloga estadounidense Erica Chenoweth le ha dedicado gran parte de sus investigaciones más recientes. Chenoweth la define como “una forma de conflicto activo donde los civiles desarmados utilizan una variedad de tácticas no violentas – como huelgas y protestas – para lograr un cambio político sin usar la violencia o amenazar con usar la violencia física contra un oponente”. Así lo explica en una conferencia en la que habló de su libro Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict, publicado junto a la también politóloga María Stephan.

A largo plazo es más efectiva la protesta sin violencia

En su libro, Chenoweth y Stephan analizaron más de 300 campañas violentas y no violentas entre 1900 y 2006, y encontraron que el 26 % de las protestas con violencia fueron exitosas, mientras que las no violentas alcanzaron el 53 %. Las manifestaciones analizadas tenían como objetivos cambiar un régimen, pronunciarse en contra de la ocupación internacional y la secesión (separatismo). Además, las politólogas solo tuvieron en cuenta aquellos eventos que convocaran a por lo menos mil personas.

En la conferencia mencionada, Chenoweth explica que puede suceder que las manifestaciones analizadas en algún momento tuvieran un componente violento, sin embargo, “puedes ver una serie de huelgas que duran seis meses con miles de personas participando y luego hay un grupo que hace explotar las cosas. Si la violencia no se convierte en el modo principal del enjuiciamiento de conflictos, sigo contando eso como una campaña no violenta”, explica la politóloga estadounidense.

Cuando hay una inconformidad que convoca a la gente en las calles, permanece latente la posibilidad de un enfrentamiento, ya sea porque un grupo de los manifestantes recurrió a la violencia o como respuesta al control policial.

“Que la policía llegue y tire gases no vuelve la manifestación violenta por sí misma, que haya cinco o seis personas o un grupo que quiere romper todo, no vuelve la manifestación violenta por naturaleza; y el hecho de que la manifestación sea pacífica no quiere decir que sea estéril, que no afecte a nadie, porque la esencia de la manifestación es que genere caos, que incomode”, explica Carolina Cepeda.

No violencia

¿Qué es ser violento?

Para la profesora javeriana puede que el término de lo que significa ser violento no tenga mucho consenso. “Para muchas personas salir a cortar una calle puede ser un acto violento, para otras lo es pintar un grafiti y romper los vidrios de un banco, pero para otros puede no serlo”, incluso, Cepeda menciona que puede que haya más puntos en común sobre lo que no es violento, como hacer un plantón, “pero igual alguien puede interpretarlo como violento en la medida en que debe pasar para llegar a su trabajo y siente que está siendo violentado por los manifestantes”.

Cuando una manifestación violenta triunfa (entendiendo la violencia como la base de la protesta y logrando el objetivo propuesto) “a largo plazo no es tan exitoso”, explican en su libro las politólogas Chenoweth y Stephan.

“Los peores resultados a largo plazo tienden a provenir de revoluciones violentas exitosas, pues brindan las peores perspectivas en promedio para la democracia. Esto se ha explicado al observar que la violencia exitosa lleva al poder a personas que saben cómo usar la violencia pero que no son tan buenas para resolver problemas sin violencia”.

Las expertas concluyeron que “la violencia, esencialmente, no tiene impacto en la democratización. La no violencia construye la democracia, mientras que la violencia perpetúa la tiranía, en promedio, a largo plazo”.

La masividad: la clave del éxito de una protesta no violenta

“Chenoweth habla de la cifra mágica del 3.5 %”, explica Carolina Cepeda. Este número hace referencia a que cuando al menos ese porcentaje de la población se une a la manifestación, tiene más posibilidades de ser exitosa. “Cuando más gente se siente llamada a salir-y creo que eso se sintió en el 2019 en Colombia y se siente ahorita-, va creciendo el número de manifestantes y la protesta se calma”.

La razón para que esto suceda, según Cepeda, es que “cuando se logra movilizar hasta el 3.5 % de la población, la policía ya no sabe si ahí está su vecino, su amigo, si hay gente muy cercana y tiene miedo de usar la fuerza desmedida; eso los desincentiva en el uso de la fuerza y en la medida en que el Estado deje de ejercerla, eso hace que más gente se sume, lo que produce cambios en la percepción de la que ya no se dan de forma abrupta en confrontación con el Estado, sino que hay una aplicación del consenso a nivel social. Entre más gente sale, más gente comparte la demanda y la respuesta del Estado tiene que ser de largo plazo para satisfacer a la mayor cantidad de manifestantes posibles”.

Protestas sin violencia

¿Qué acciones son no violentas?

Carolina Cepeda pone sobre la mesa las movilizaciones en favor del aborto legal y seguro en Argentina y que llegó a encontrar eco en diferentes países de Latinoamérica. “Comenzaron a crecer desde hace tres o cuatro años, convocaron más gente y se ejerció una presión grande en el Congreso para que se votara en favor de la protesta”.

Otro gran ejemplo fue lo que se conoció como la Revolución de las rosas, en Georgia, cuando en 2003 y después de más de 20 días de protestas, un grupo de manifestantes que buscaban derrocar al presidente Eduard Shevardnadze, quien estaba envuelto en escándalos de corrupción, irrumpió en el parlamento llevando rosas en sus manos. Esto conllevó a su renuncia y a convocar nuevas elecciones.

Aunque en el caso de Georgia fue clave que las fuerzas de seguridad no respondieron con violencia, lo que facilitó una protesta democrática no violenta, consiguieron un gran cambio en su estructura política, pues con las elecciones presidenciales y de parlamento, el país comenzó a vivir un renacer de la mano de una relación más abierta con Occidente.

Protestas en Colombia

¿Funciona protestar con memes, hashtags y likes en redes sociales?

“Siempre fui escéptica, me alineé con la corriente de Charles Tilly, quien decía que era un repertorio más, pues los movimientos sociales siempre han usado lo que tienen a la mano, la imprenta, la radio y en este caso el internet, pero sí he visto un cambio importante y todos hablan de la seguridad que trajeron las redes para grabar y transmitir lo que pasa. Esto no ocurría en los 70 y no había tanta conciencia de la brutalidad policial, por ejemplo”, explica Cepeda.

Para la politóloga, lo que está ocurriendo con hashtags como #SOSCOLOMBIA y la tendencia de poner la foto de la bandera de Colombia al revés en el perfil personal de diferentes redes sociales, puede que se vea como algo intrascendente, pero no lo es del todo, incluso, puede ser una forma de protesta no violenta.

“Que un ciudadano común y corriente que entre a Instagram y empiece a ver que todos escriben #SOSColombia, lo motiva a hacerse preguntas, dice: ¿por qué está pasando esto? Y en la misma medida, busca respuestas. Supongamos que no veo noticias, pero si entro a redes sociales y me entero de esto, de alguna manera cambia la percepción acerca de ciertos temas, que busquen información es valioso”.

Por otro lado, Cepeda apunta que “la movilización social no solamente está orientada a objetivos de corto plazo, sino que busca cosas a largo aliento y es lo que estamos viviendo, y ese tipo de acciones que uno desdeña porque parece que lo que realmente vale es ir y estar en la primera línea contra el ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios), puede aportar bastante. Que pasen esas cosas vía internet poco a poco va cambiando mentalidades y ahora vemos el resultado de todo eso, de difundir las cosas, de ejercer resistencia en niveles más sutiles”.

La no violencia no es indiferencia

En los días más recientes de las manifestaciones en Colombia fue común ver tanto la brutalidad del control policial con marchantes pacíficos, como los ataques en grupo hacia los policías, incluso, circuló un video en el que se ve cómo algunas personas queman un CAI en el que se encuentran policías adentro.

Por esas (y muchas más) razones, es común que algunos ciudadanos no se sientan representados en quienes ejercen la violencia para protestar. Entonces surgen iniciativas como bailes, conciertos, performances artísticos y hasta besatones, a las que muchos considerarían como formas poco efectivas de comunicar una inconformidad, pero como lo señalaron en sus investigaciones las politólogas Chenoweth y Stephan, las manifestaciones no violentas pueden lograr su objetivo.

“La no violencia no es sinónimo de pasividad. Tampoco es ser tibio”, opina Carolina Cepeda. “Si hay algo que es difícil en la vida es jugársela por esas opciones pacifistas. Esto no es ser indiferente, es tener unas ideas muy claras con respecto a los límites y fines que se pueden tener como ciudadano. Es leer al contrario como un antagonista y no en clave de enemigo, por eso el uso de la violencia no es una opción”.

La politóloga argumenta que “para muchos grupos y manifestantes, el ´otro´ es un interlocutor que sigue siendo válido y con el que se quiere un diálogo. El uso de la no violencia no es sinónimo de tibieza o indiferencia y requiere de mucha fortaleza. Puede llevarse por un camino que alcanzaría el éxito, es quizás más largo y arduo, sí, pero más exitoso que la confrontación inmediata”, concluye.