Imaginar un futuro distinto también es una forma de empezar a construirlo. En tiempos marcados por crisis profesionales y laborales, políticas de Estado que relegan las artes y las culturas, guerras y violencias que vemos en tiempo real y un calentamiento global que vuelve más frágil nuestra idea de futuro, la incertidumbre parece imponerse sobre cualquier horizonte posible. El arte no resuelve por sí sola ninguna de esas tensiones, pero abre un lugar para mirarlas de otro modo e imaginar lo que todavía no existe.
Esa posibilidad de ampliar lo que una sociedad es capaz de imaginar atraviesa la conferencia que Noela Salas Sharim, gestora cultural y productora artística chilena, ofrecerá el próximo 14 de septiembre a las 08:00 a.m. en el Auditorio Alfonso Quintana SJ de la Pontificia Universidad Javeriana, en el marco del VII Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad.
Con más de dos décadas de experiencia en el sector cultural independiente y la gestión pública, Salas, quien fue subsecretaria de las Culturas y las Artes de Chile entre 2023 y 2024, conversó con Pesquisa Javeriana sobre el papel del arte y la cultura en América Latina.
América Latina vive hoy un presente marcado por la violencia, la desigualdad y la incertidumbre, ¿por qué sigue siendo necesario hablar de arte y cultura en nuestras sociedades, y qué posibilidades nos ofrecen?
Noela Salas Sharim: nuestra región atraviesa hoy una era muy violenta: de guerras, bandas armadas y narcotraficantes. Es una violencia que vemos en vivo a través de las redes sociales y que contamina los imaginarios colectivos que estamos construyendo. Por eso me parece tan importante, parafraseando a la cineasta argentina Lucrecia Martel, la idea de “imaginar futuros que nos gusten” y que sean compartidos.
Martel llamó a la comunidad artística a instalar urgentemente esta idea. Hemos pensado mucho en cómo poner barreras frente a las violencias y protegernos de ellas, pero no nos hemos detenido lo suficiente a pensar qué vamos a construir a partir de todo lo que nos ha pasado.
Pensar en construcciones positivas, en las que quepan todas las personas y en donde podamos convivir en la diferencia, implica ejercitar ese músculo llamado imaginación. Ese músculo también se ejercita cuando tenemos espacios de inspiración colectiva. Es ahí donde el arte juega un rol central, pues nos reúne en las diferencias y nos permite pensar en futuros mejores, en los que podamos vivir juntos.
¿De qué manera imaginar futuros mejores puede ser un camino para la transformación y la justicia social?
Noela Salas Sharim: en primer lugar, tenemos que entender que la transformación social requiere acuerdos y flexibilidad. Los árboles con un tronco demasiado rígido no soportan el movimiento de la tierra ni los vientos muy fuertes: lo rígido termina quebrándose. Algo parecido ocurre en una sociedad. Para transformarnos necesitamos ser capaces de encontrarnos con quienes piensan distinto, construir acuerdos sobre nuestras formas de convivencia y reconocer que ninguna transformación se hace desde un solo lugar. El arte y las expresiones culturales pueden contribuir a generar esos espacios de encuentro.
Pero tampoco podemos romantizar el papel del arte. Cuando en una mesa no hay pan para darle a los niños, existe un problema concreto que el arte no puede resolver. Una familia que no tiene qué comer necesita responder primero a esa urgencia. Sin embargo, una sociedad justa no debería limitarse a garantizar la supervivencia material. También debería distribuir la posibilidad de pensar, soñar, crear e imaginar una vida diferente.
Por eso me interesa tanto la educación artística. Preguntarle a un niño qué quiere ser cuando sea grande puede decirnos mucho sobre el horizonte de posibilidades que su sociedad le permite imaginar. Si sus respuestas están determinadas únicamente por aquello que puede producir dinero y queda cada vez menos espacio para ser astronauta, superhéroe, inventor o para imaginar algo que todavía no tiene nombre, nuestro horizonte colectivo también se hace más estrecho. No se trata de decir que una profesión sea mejor que otra, sino de preguntarnos cuánto espacio estamos dejando para que los niños puedan pensar más allá de lo que ya existe. Cuando los niños tienen poco espacio para volar, las transformaciones sociales tampoco pueden volar demasiado lejos.
Por eso el arte ha sido tan importante incluso en los contextos más difíciles. En guerras, catástrofes y momentos profundamente dolorosos encontramos experiencias de resistencia cultural y artística que han permitido a las personas mirar más allá de la circunstancia inmediata. El arte no elimina ese momento oscuro, pero puede ayudarnos a imaginar que existe algo después de él. Y esa posibilidad de pensar, soñar y crear también forma parte de una sociedad más justa.
Usted señala que, además de garantizar lo básico, una sociedad necesita alimentar la posibilidad de imaginar. Eso lleva a una discusión sobre el acceso a la cultura como un derecho. ¿Qué significa garantizar ese derecho en la práctica?
Noela Salas Sharim: así como hablamos de una canasta básica de supervivencia que incluye alimentos, deberíamos preguntarnos por qué en esa canasta no aparecen también un disco de música, una película, una obra de teatro o una artesanía. No los hemos incluido porque seguimos considerando el arte y la cultura como bienes suntuarios. Y es comprensible: si una madre no tiene pan para su hijo, ¿qué le importa llevarlo al teatro? Pero también tenemos que preguntarnos qué ocurre si ese hijo solo tiene acceso al pan y nunca a experiencias que le permitan imaginar otras posibilidades. Garantizar lo básico es indispensable, pero necesitamos darle también un lugar a aquello que alimenta la imaginación y amplía nuestros horizontes.
Eso implica, además, cambiar la manera en que entendemos la participación cultural. Las comunidades no deberían ser vistas únicamente como espectadoras a las que hay que llevarles determinadas obras. También producen cultura: tienen saberes, prácticas, historias, expresiones y formas propias de relacionarse con el mundo. Reconocer ese valor cultural es una manera de decirles a las personas: ustedes existen, las vemos y lo que producen también importa.
Ahí aparece una diferencia fundamental entre democratizar la cultura y avanzar hacia una democracia cultural. No se trata solamente de ampliar el acceso a una obra o conseguir que más personas puedan consumirla, sino de generar las condiciones para que esas personas participen de la vida cultural, produzcan sentidos y sean reconocidas como sujetos culturales.
Si entendemos el acceso a la cultura como un derecho, entonces garantizarlo tampoco puede depender únicamente de los artistas o de las comunidades. Las políticas públicas culturales son fundamentales porque pueden proteger la diversidad de un ecosistema que no necesariamente sobrevive bajo las mismas lógicas del mercado. Sin ese equilibrio, corremos el riesgo de que aquello que tiene mayor capacidad de promoción y consumo termine desplazando otras expresiones que también construyen memoria, identidad y vínculos sociales.
Al mismo tiempo, tenemos que preguntarnos cómo cuidar los espacios comunes que todavía tenemos y cómo fortalecer las pequeñas comunidades. Sin dejar de aspirar a transformaciones mayores, creo firmemente que muchas comunidades pequeñas, cohesionadas y conectadas entre sí pueden generar una fuerza social importante.
Ha hablado de cuidar los espacios comunes y de fortalecer pequeñas comunidades. En ese esfuerzo, ¿qué lugar pueden ocupar las universidades y qué pueden hacer para ampliar el impacto del arte y la creatividad en la sociedad?
Noela Salas Sharim: me parece que las universidades tienen hoy una responsabilidad importante como espacios de encuentro. Las nuevas generaciones llegan a ellas después de haber crecido con la tecnología prácticamente desde el nacimiento y con formas de interacción muy atravesadas por lo digital. Frente a eso, la universidad puede ofrecer algo fundamental: lugares para encontrarse con otros, conversar, compartir experiencias y participar de una vida cultural común.
Ahí retomo la idea de “reformular la canasta básica de vivir”. Si consideramos que el arte, la cultura, el encuentro y la posibilidad de imaginar hacen parte de una vida plena, la universidad no debería limitarse a formar profesionales para ingresar al mercado laboral. También puede crear las condiciones para que las personas entren en contacto con otros saberes, sensibilidades y formas de comprender el mundo. En ese sentido, generar espacios artísticos y culturales no es algo separado de su tarea educativa: es parte de una formación integral.
Además, las universidades forman a muchas de las personas que después ocuparán distintos espacios profesionales y de decisión en una sociedad. Por eso tienen que ser defensoras de la diversidad del conocimiento. ¿Qué ocurriría si una sociedad dejara de desarrollar alguno de los campos del conocimiento o del desarrollo humano simplemente porque no produce suficiente dinero? Sería como perder una forma de inteligencia. Los espacios académicos tienen que defender el conocimiento integral, más allá de su rentabilidad inmediata.
Y hay una tercera responsabilidad: la universidad debe ser un agente de vinculación entre la sociedad y el mundo del conocimiento, no quedarse encapsulada en el ámbito académico. Encuentros como este pueden ayudar justamente a que una persona que no pertenece a la universidad también se sienta convocada por ella y encuentre allí un espacio que le pertenece, en lugar de sentir que ese conocimiento le es ajeno.
¿Qué mensaje le daría a quienes quieren vincularse al mundo del arte y la cultura, y a quienes ya hacen parte del sector, pero atraviesan dificultades o incertidumbres?
Noela Salas Sharim: en ningún contexto ha muerto el arte, ni en las dictaduras, ni en las guerras, ni en los momentos más atroces de la humanidad. El arte vive porque es una necesidad. Lo que todavía no hemos logrado es llegar a ese punto de sostenibilidad que, probablemente, es un horizonte que quienes trabajamos en el sector cultural siempre buscamos y deseamos.
Creo que, en la medida en que crecen las redes de conexión, los trabajos colaborativos y las conversaciones en las que sumamos, muchas pequeñas comunidades cohesionadas pueden crear una gran sociedad capaz de generar transformaciones sociales. Por eso, la invitación es a nunca desencantarse, a pesar de las dificultades que implica el sector. La tolerancia a la frustración debería ser el primer semestre de la gestión cultural.
Y, así como cuando uno entra a una sala de ensayo o empieza a inventar una canción, esto implica equivocarse muchas veces y desechar, en ocasiones, gran parte de lo creado hasta llegar a ese lugar que convoca, emociona e invita a otros a sentirse identificados. Generar espacios, construir contextos y convocar comunidades también es compartir colectivamente instantes de felicidad y bienestar, incluso alrededor de temas duros. Son momentos en los que desaguamos, en los que sacamos un poco de presión a la olla para que la cocción no se queme.
Así que bienvenidos y bienvenidas a todos quienes quieran ser parte del mundo del arte y la cultura. Es un mundo grandioso, un sector que puede embellecer una realidad que hoy pareciera caerse a pedazos, pero en la que siempre, siempre hay luz al final de la oscuridad.
¿Qué preguntas le gustaría que los participantes del VII Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad se hicieran antes de asistir a su charla y cuáles espera que permanezcan después de su conferencia?
Noela Salas Sharim: creo que la primera invitación que haría, no solo al mundo académico sino a la sociedad en su conjunto, es a pensar que los temas del arte y la cultura no son exclusivos de quienes trabajan en el arte y la cultura. Incluso, uno habla con académicos muy inteligentes y les dice: «hablemos de cultura», y responden: «no, esos no son mis temas, yo no sé nada de eso». Pero tú estás vivo, vives en una sociedad, has leído, has escrito, has tenido experiencias. Algo sabes y algo puedes pensar.
Entonces, la primera invitación es a entender que este no es un tema exclusivo de las personas del arte y la cultura. Y la segunda, es a participar de una conversación completamente abierta, porque estamos atravesando una discusión en disputa, en la que los consensos son urgentes. Necesitamos construir un horizonte compartido, capaz de generar mundos mejores, y no quedarnos únicamente en discursos de miedo, aislamiento o supervivencia individual.
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