Un canto de nostalgia a la reconciliación

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Como un caballo de paso cae la lluvia sobre las tejas de zinc del municipio de Samaná, en Caldas; son las dos de la mañana y Adela no pega el ojo, quizá porque solo unos ganchos de metal y un par de ladrillos sostienen el techo de su casa o tal vez porque sabe que en cualquier momento un grupo armado podría tumbar la puerta de su hogar para usarlo como trinchera.

Adela se mueve de lado a lado sobre su cama, está incómoda; se inquieta con el tic tac de las manecillas del reloj, al mismo tiempo que empieza a sudar frío. De repente escucha cómo una multitud de botas negras, de caucho, se acercan hacia ella. No van caminando, parece que fueran trotando. Se abre la puerta y en un parpadeo ella ya está acostada sobre el suelo. El latido de su corazón se acelera, se hace cada vez más fuerte, más rápido. Sin esperarlo ruge el cielo, cae un rayo que estremece la tierra e inmediatamente abre sus ojos.

Era solo un sueño, una mala jugada de su memoria, la misma que le recuerda que este tipo de escenas fueron una realidad en el corregimiento de Berlín, su hogar, entre 1998 y mediados del 2005. Fue testigo del conflicto armado entre paramilitares y la guerrilla; según ella, la violencia llegó al municipio de Samaná a mediados de los 90 cuando la roya hizo que la producción de café cayera y los campesinos trabajaran en la siembra de hoja de coca como actividad productiva alterna.

Sin saberlo, esto llevó a Berlin a quedar en medio de una confrontación por el control territorial entre el frente 47 de las FARC, liderado por alias ‘Karina’, y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, lideradas por Ramón Isaza. No obstante, la fuerte presencia militar del Estado diezmó la guerrilla y condujo a los paramilitares a su entrega en el proceso de Justicia y Paz en 2008.

Durante los siguientes años, campesinos de veredas como La Reforma, Lagunilla y Piedra Verde retornaron a la región con el deseo de pisar nuevamente sus tierras y encontrar en ellas, y en la construcción de megaproyectos como La Miel I, hidroeléctrica de Isagen, una nueva forma de sustento y vida.

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‘Adelita’, como le dicen sus vecinos, recuerda haberlo visto todo. Fue testigo del desplazamiento de amigos y familiares por causa de amenazas, miedo y la dispersión de glifosato para erradicar los cultivos ilícitos en sus fincas. Esta dura situación no fue impedimento para que viera crecer a sus hijas y nietas, tres generaciones de Adelas que, aunque diferentes entre sí, comparten las mismas pasiones: la cocina y el arte.

Ellas tienen un estilo propio cuando de preparar un plato se trata. Adela, quien ahora es abuela, es experta haciendo arepas blancas. Primero muele el maíz, lo mezcla con sal y agua, lo amasa y lo pone sobre el fuego; los huevos son la especialidad de su hija, ella los bate con papa y espinacas tomadas de la huerta y los riega sobre el sartén. La menor tiene ‘el toque’ del aguatinto, una tintilla color canela: una cucharada de café por dos pocillos de aguapanela.

Así son sus desayunos, grandes y poderosos. Por eso, desde hace tres años estas tres mosqueteras han alimentado a Milena Camargo, Mélida Lozáno, Mario Mora, Diana Rodriguez y José Ignacio Barrera, líderes del proyecto de restauración ecológica y reconciliación en el corregimiento de Berlín a través de los programas Plan de restauración ecológica del trasvase río Manso y Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Este equipo de ingenieros forestales, biólogos, ecólogos y psicólogos llegó a la región en 2014, luego de que Isagen los contratara para reparar el desastre medioambiental que dejó la obra ingenieril transvase Manso en la hidroeléctrica La Miel I: la ruptura de acuíferos (nacimientos de agua subterránea) y 22 quebradas a punto de secarse.

La decisión de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para ese entonces fue permitir que Isagen comprara los terrenos afectados por la construcción del trasvase y realizara un plan de restauración ecológica en el área. Así, esta institución contactó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para iniciar un trabajo colaborativo, en el que la ERE debía implementar las investigaciones desarrolladas previamente sobre la rehabilitación medioambiental; sin embargo, durante este proceso los investigadores javerianos no solo encontraron un ecosistema deteriorado, también una comunidad fragmentada por la violencia, el odio y el rencor infundado en una guerra que no les pertenecía.

Adela recuerda no haber estado presente en las estrategias de restauración, en el cultivo de palos de aguacate o cacao en las fincas, en la siembra de árboles en el borde de las quebradas para proteger sus cauces o en la limpieza periódica de las bocatomas de Berlín con el equipo de restauradores, pero sí fue testigo de las largas jornadas en las que los profesionales javerianos visitaban a los campesinos de la región, presentándose como los ‘médicos del ecosistema’ con un único fin: la salud integral del corregimiento.

“Cuando llegamos al territorio encontramos un tejido social fracturado por el tema del conflicto armado”, dice la investigadora  Milena Camargo. Por eso, continúa, “creemos que ese tejido se debe seguir trabajando y acumulando experiencias positivas para que haya una verdadera reconciliación. Así es como le apostamos a la encíclica Laudato Sì del papa Francisco, la cual nos recuerda que tenemos que cuidar nuestra casa, nuestra integridad como seres humanos”.

Por tres años (2015-2018), el equipo de investigadores hizo talleres de integración con las comunidades, mingas o convites en las que el sancocho de pollo y arroz con menudencias eran el plato principal, trabajó con las personas en la recuperación del tejido social, en la restauración de relaciones familiares con quienes no habían vuelto a hablar y apoyó a quienes han sufrido las consecuencias del desarraigo por causa del desplazamiento.

De hecho, uno de los encuentros más conmemorativos de la comunidad ocurrió en abril de 2018, cuando campesinos de las veredas Montebello, Piedra Verde y La Reforma, alumnos del colegio Berlín, miembros del grupo ecológico de la misma institución y estudiantes de la clase de Restauración de Ecosistemas, de la Javeriana, se reunieron para trabajar juntos alrededor de un tema en comun: el bienestar social.

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A las cinco de la tarde inició la jornada de reconciliación, encuentro que fue un canto de nostalgia y esperanza a Samaná, al corregimiento de Berlín y a los más de 29.000 hombres y mujeres víctimas del desplazamiento por la violencia. Fue un escenario en el que sonrisas y abrazos se abrieron paso en medio de miradas tímidas de quienes han anhelado por años la paz y el perdón.

¿Cómo vivir en paz? ¿Dónde hallar la felicidad? ¿Por qué perdonar?, fueron las preguntas con las que Mélida Lozano, líder del componente social del proyecto de restauración ecológica, abrió la jornada, mientras que las voces de la comunidad entonaban al unísono la canción Alegría, de Cirque du Solei.

El espejo de la verdad fue la respuesta a sus inquietudes, un ejercicio en el que los asistentes tenían que escribir sobre un papel las actitudes que cada uno ama y odia de sí mismo para entender el secreto de la felicidad y la clave del bienestar: reconocer quiénes son y aprender a perdonar.

“La felicidad solo puede existir cuando hay experiencias que no son tan buenas”, dice Mélida, ya que “no podríamos percibir la felicidad si no hubiera dolor porque entonces, ¿con qué la comparamos? No podría existir si no hay sufrimiento, retos, carencias. Entonces, la felicidad depende de eso que no nos gusta, de las experiencias que rechazamos”, añadió.

‘Adelita’ hizo su labor tras bambalinas. No fue el ‘trabajo pesado’ en las fincas sino el constante, el diario. Por meses se dedicó a tejer flores; cada puntada, cada pétalo era una forma de hilar conciencia, trenzar perdón y construir sociedad. Pasó horas enteras detrás de agujas de croché, lienzos, pintura y colbón para darle brillo a sus creaciones. El resultado fue una docena de rosas de lana, unas blancas, rosadas, amarillas y otras azules y rojas, tejidas entre sí para darle forma a la paz, a ese sentimiento que ha sido tan anhelado en sus corazones.

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Con estas creaciones se cerró el evento con un intercambio de plantas artesanales, hechas por las familias de la región. Unos detalles que significaban más que cartón, fomi, pintura, cucharas o pitillos: era la representación de una vida en unidad, perdón, reconciliación e igualdad.

Luis Wilches, vecino de Adela, fue uno de los invitados a la jornada. Él, de brazos color canela, un pecho firme como de marfil y una mirada tan penetrante y profunda como el amanecer despuntando el alba, recuerda que no dejó la región, él se quedó en su finca, en la vereda Piedra Verde, a pesar de la guerra.

Wilches vivió cada segundo como si fuera el último; su humildad y resiliencia le permitieron dominar el deseo de venganza para someterlo al de la justicia a través del perdón. No es de extrañarse que las manos que en algún momento se hicieron gruesas al labrar la tierra, sean ahora las que levantan en alto flores de la mansedumbre, misericordia y transparencia. Una imagen que, como dice Adela, quedará grabada en la memoria de sus vecinos.

“Este trabajo de reconciliación nos ha servido mucho, me ha servido mucho, para la convivencia como personas y para estar en comunidad”, dice Luis. “Por eso es que hacemos más juntos que uno solo y eso es magnífico”, añade.

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Así como en algún momento la incertidumbre del pasado irrumpió sus vidas, ahora, con la restauración de los lazos comunitarios y el perdón como práctica diaria, esta comunidad está cultivando en sus tierras y en sus corazones una semilla de amor y esperanza. Por eso Adela sabe que construir sociedad es un trabajo que implica tiempo, voluntad y constancia; que perdonar significa reconocer las faltas propias para deshacerse de ellas y sanar, y que tejer sociedad es una labor de todos, una que se hace a pulso, como el que ella tiene cuando hace edredones de punta a punta para mantener el calor de su hogar.

Así es Adela, una mujer que sabe que sus sonrisas son el ingrediente secreto para alimentar el espíritu de bondad en su comunidad.

Cultivando para la vida

Cultivando para la vida

Pesquisa Javeriana viajó al nororiente de Caldas con integrantes de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana y el profesor José Ignacio Barrera, doctor en biología animal, vegetal y ecología, para acompañarlos en el cierre de la segunda etapa de los proyectos de investigación Plan de restauración ecológica del Trasvase río Manso y al Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Estas iniciativas surgieron luego de que la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, ANLA, le enviara una medida preventiva de suspensión a Isagen para el inicio de operaciones del Trasvase del Río Manso al Embalse de la Central Hidroeléctrica La Miel I; la obra dejó graves efectos en los nacimientos de agua y el acceso de las comunidades a este recurso hídrico, de acuerdo con el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible evidenciado en Auto 2336 del 24 de junio de 2010.

Conozca a continuación el trabajo realizado en los municipios de Norcasia y Samaná por la ERE, con el apoyo de los estudiantes de las facultades de Ciencias y Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, quienes pertenecen a la clase de Restauración de ecosistemas.

Berlín es un pequeño corregimiento en el municipio de Samaná, al nororiente Caldas; limita hacia el oriente con el municipio de Norcasia, región privilegiada por sus afluentes Guarinó, La Miel, Moro, Manso, Samaná Sur, Pensilvania y Tenerife.

Gracias a la ubicación geográfica de Berlín, la empresa productora de energía Isagen construyó la Central Hidroeléctrica La Miel I sobre la vertiente Oriental de la Cordillera Central. Esta obra alberga alrededor de 600 metros cúbicos de agua en más de 1.220 hectáreas y creó el actual embalse Amaní.

Sin embargo, con la construcción del Tranvase Manso y del túnel que redirecciona el agua del río Manso hasta el embalse Amaní de la central hidroeléctrica para aumentar su producción de energía, fueron afectadas 22 quebradas en la región, 18 de ellas totalmente secas.

Isagen contactó en 2014 a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para crear un plan de rehabilitación de los ecosistemas terrestres y acuáticos afectados con la construcción del  transvase.

Desde 2015, los estudiantes de la clase de Restauración de ecosistemas, de las facultades de Ciencias y Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, asisten con José Ignacio Barrera, director de la ERE y docente javeriano, al corregimiento de Berlín, a veredas aledañas como Moscovita, Montebello, La Reforma y Piedras Verdes, para apoyarlo en las estrategias de restauración ecológica.

La última salida de campo ocurrió en abril de 2018; durante su estadía en el municipio de Norcasia, los estudiantes, con el apoyo de habitantes de la región, plantaron especies leñosas para que interactúen y diversifiquen la producción de cultivos (sistema agroforestal) y construyeron cercos con estacas alrededor de las plantas para evitar que el ganado las consuma u obstruya su crecimiento (sistemas silvopastoril).

Otra estrategia, orientada al control de las actividades agropecuarias, consistió en la reubicación de los bebederos del ganados¿ para que no contaminen las fuentes hídricas. Estudiantes de la ERE plantaron cercos vivos a partir de árboles nativos para proteger las rondas de los cursos de agua.

Los estudiantes plantaron palos de aguacate y cacao en la finca ‘Media divisa’, en el corregimiento de Berlín, luego de que campesinos les explicaran cómo hacerlo, con el fin de enriquecer el suelo y dotar de árboles aptos para el cultivo. Este sistema permite también potenciar la actividad productiva de los campesinos de la vereda La Reforma.

Con baldes llenos de cal y palas al hombro, más de 30 estudiantes abrieron huecos en la superficie mientras que otros regaron abono para sembrar plantas de cacao. La recomendación del docente Barrera fue: “Caben hoyos, pongan la cal, rompan la bolsa de la planta, introdúzcanla dentro y rieguen tierra a su alrededor, písenla para compactarla. No dañen las hojas”.

Estas estrategias de restauración ecológica facilitan el restablecimiento de las
condiciones naturales de la región, manteniendo la integridad ecológica del área en cuanto a su estructura, composición y función. A la fecha, más de 8.658 árboles y arbustos de más de 40 especies han sido plantados.

Las actividades de restauración se hicieron mediante mingas o convites con el apoyo de representantes de juntas de acción comunal y municipal, operarios de las fincas y el equipo de la ERE. El objetivo de estos encuentros consistió en mostrar que, así como el ecosistema está conectado entre sí y tiene sus funciones, la comunidad hace parte de una gran red colaborativa que debe apoyar los procesos de recuperación medioambiental.

La limpieza de los conductos de guadua fue una de las actividades desarrolladas por los estudiantes javerianos. En ella, el grupo se encargó de limpiar las hojas, barro y piedras que se acumulan en las mallas que filtran el agua que viaja desde las montañas hacia el corregimiento de Berlín.

Los estudiantes levantaron los sedimentos que obstruyen el recorrido del agua a través de la Bocatoma de Berlín y ajustaron las mallas que filtran los residuos provienentes de actividades agrícolas, industriales, domésticas y ganaderas; muchas de ellas usan pesticidas y fertilizantes químicos que terminan en las corrientes de agua.

De acuerdo con el profesor Barrera, el propósito de estas actividades consiste en pensar el tema de la restauración para mejorar las tierras degradadas por causa del hombre o por causas naturales y salir del aula o ‘jaula’, como él le llama, para que los estudiantes vean el mundo y conozcan la diversidad de escenarios que hay en el país y todo lo que hay por hacer.

Norcasia, el edén al que le quitaron el agua

Norcasia, el edén al que le quitaron el agua

‘Don Clemiro’, como le dicen sus vecinos en el corregimiento de Berlín, en el departamento de Caldas, se despierta todas las mañanas para disfrutar del amanecer desde su finca ‘Media divisa’. Él no necesita ni de gallos o alarmas para hacerlo. A sus 64 años, y con 10 hectáreas por cultivar, lo único que le preocupa es que haya agua en su vereda, tierra bien abonada y que el machete de mango negro y la peinilla estén afilados.

Clemiro Calderón es fuerte, de manos firmes y piel trigueña. Ha pasado más de 30 años labrando la tierra y horas enteras entre árboles, cortando la maleza al unísono del roce de sus botas con las hojas secas sobre el suelo. Su mayor placer es escuchar el sonido del agua viajando por las quebradas que bordean su finca; sin embargo, la corriente de agua dejó de sonar desde hace aproximadamente 10 años.

De los cántaros que llenaba con agua para regar sus plantas no queda sino el recuerdo, y eso se debe a la construcción del Transvase Manso, obra hidráulica entre los municipios de Samaná y Norcasia, que secó 22 quebradas.

El problema, según recuerda Clemiro, inició con la construcción de un túnel para llevar el agua del río Manso hasta la quebrada Santa Bárbara y, luego, al embalse Amaní de la central hidroeléctrica Miel I.

Este proyecto hidráulico, Transvase Manso, fue diseñado por Isagen en 2010 para aumentar la capacidad de producción de energía de la represa Miel I; sin embargo, la obra trajo consigo graves consecuencias para la región, denunciadas por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, ANLA, como el rompimiento de los acuíferos —bolsas subterráneas de agua—, la filtración de este líquido a través de las paredes del túnel y la reducción en los afluentes que abastecían las quebradas en el municipio de Norcasia. Eran las mismas que no solo don Clemiro, sino un grupo de campesinos usaban para sus actividades diarias.

 

Ante esta delicada situación y para evitar la suspensión del inicio de operaciones del Trasvase rio Manso, lsagen se comprometió a adelantar actividades de restauración ecológica de los ecosistemas terrestres y acuáticos afectados y desarrollar programas de reparación social teniendo en cuenta a los propietarios de las fincas.

Y fue en febrero de 2014 que la empresa contactó a José Ignacio Barrera, docente del departamento de Biología, de la Facultad de Ciencias de la Javeriana, y a Milena Camargo, ingeniera forestal, ambos de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) adscrita a la universidad, para que crearan e implementaran estrategias de recuperación del ecosistema.

“Hicimos un estudio del impacto ambiental y un ejercicio de planificación respecto a la restauración ecológica”, dice Héctor Javier Sandoval, representante ambiental de Isagen, quien menciona que “el grupo de profesionales contratado hizo un análisis de la información en la zona y luego formuló los proyectos de rehabilitación ambiental a partir de diagnósticos, mapas de cobertura, los factores limitantes y tensionantes en el ambiente”.

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Acciones restauradoras

El proyecto de restauración ecológica de los municipios de Norcasia y Samaná, en Caldas, inició a finales de 2014 con dos objetivos: restablecer la estructura, función y composición de las microcuencas afectadas con la construcción del túnel, y mejorar las prácticas ecológicas con el apoyo de las comunidades través de actividades de restauración de la vegetación.

Para lograrlo, el equipo de trabajo de la ERE le apuntó al cumplimiento de tres metas: determinar y construir los planes de restauración, luego desarrollarlos en las veredas o fincas afectadas con la construcción del Transvase y, finalmente, examinar la continuidad de las estrategias de recuperación en la región.

Milena Camargo recuerda que intervinieron 720 hectáreas durante esta etapa, incluyendo las fincas aledañas a las quebradas. La metodología, explicó, consistió en “buscar información sobre qué producían las comunidades antes de la construcción del transvase y luego de ello. Se hicieron salidas de campo para caracterizar la vegetación, fuimos a las veredas y fincas para observar las especies […]. Luego, con la información recogida, empezamos a trabajar en el diagnóstico”.

La primera etapa duró un año (2014-2015). En ella, cinco profesionales y cuatro auxiliares de campo, expertos en el tema, crearon el Plan de restauración ecológica del trasvase río Manso y el Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi, árbol propio de las zonas tropicales en Suramérica que actualmente está en condición de amenaza (EN) debido a la deforestación y a las actividades agropecuarias en los departamentos de Cáldas, Antioquia y Santander.

En este periodo el grupo de investigadores encontró que la construcción del túnel no solo afectó las condiciones de reproducción y alimentación de especies como la rana endémica del Magdalena Medio, Pristimantis viejas, o la salamandra de bosque húmedo, Bolitoglossa lozanoi, también perturbó el estado de conservación de la especie Gustavia romeroi, mejor conocida como ‘Chupo rosado’.

A inicios de 2016 se desarrolló la segunda etapa del proyecto. Para ese momento, la ERE ya había visitado las comunidades, presentándose como “los doctores del ecosistema”, para hacerles saber que les estarían informando sobre los síntomas del territorio y la ‘receta’ para curarlos.

“En esta fase lo que buscamos fue tener una salud integral del territorio”, dice Milena Camargo. “Encontramos zonas afectadas por intervención del ser humano y, en ese sentido, necesitaban ser recuperadas, rehabilitadas o restauradas para cumplir nuevamente sus funciones ecosistémicas”, añade, motivo por el cual el equipo de investigadores creó cuatro estrategias de restauración para llevar a cabo con las comunidades.

La primera consistió en la recuperación de nacimientos de agua mediante la plantación de especies nativas; luego, se sembraron árboles en parcelas aisladas del ganado para evitar que los bovinos dañen su crecimiento —sistema silvopastoril— y a la orilla de las quebradas, con el propósito de formar corredores de arbustos —riparios— para proteger sus cauces.

En tercer lugar, tanto la comunidad como el equipo de investigadores hicieron cercos vivos con árboles para delimitar las fincas y plantaron palos de aguacate y cacao —sistema agroforestal— para potenciar las actividades productivas de los campesinos afectados con la construcción del Transvase.

Finalmente, la ERE trabajó en la estrategia de participación social a través de mingas o convites en donde los habitantes del corregimiento de Berlín y los estudiantes de la clase Restauración de ecosistemas, de las facultades de Ciencias y de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, tuvieron un encuentro de saberes para socializar prácticas de restauración ecológica. Cabe destacar que José Ignacio Barrera, líder del proyecto, también es el docente de esta asignatura.

“Una de las cosas que hacemos desde el curso  consiste en traer a los alumnos a los proyectos que se manejan desde la Escuela para que compartan en campo las vivencias con los campesinos, vivan de primera mano todo y ayuden a construir los procesos”, indica Barrera. “El propósito de estas actividades es pensar el tema de la rehabilitación ambiental para mejorar las tierras degradadas por intervención del hombre o por causas naturales”, resume.

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Contexto y cierre del proyecto

Pesquisa Javeriana estuvo presente en el cierre de la segunda etapa de la investigación que se llevó a cabo en las instalaciones del Colegio Institución Educativa Berlín, en el municipio de Samaná.

Allí, los investigadores presentaron los resultados obtenidos hasta abril de 2018, entre ellos: 13 núcleos de facilitación del proceso de restauración del ecosistema, ocho corredores riparios, la implementación de sistemas silvopastoriles en 15 hectáreas, talleres con las comunidades para enseñarles a hacer compostaje y abono orgánico, la creación de viveros en la escuela de Berlín y el diseño de los planos de las fincas hechos por sus dueños, quienes dibujaron los mapas del estado actual de sus terrenos y de cómo quieren verlos en un futuro.

“Esta investigación ha sido muy importante porque ahora sabemos que se nos ha estado secando el agua, la fauna y flora inclusive. Conocemos la deforestación tan tremenda que ha habido”, dice ‘Don Clemiro’ mientras reacomoda su un sombrero blanco. “Ahora sabemos que podemos restaurar lo que se ha perdido, sabemos que hay que hacerlo muy bien”.

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El encuentro también contó con la presencia de delegados de Isagen, representantes de las veredas, asociados e investigadores de la ERE, la banda musical del colegio y más de 30 estudiantes javerianos, quienes, además de compartir sus conocimientos con los pobladores, participaron en actividades de restauración ecológica como la siembra de árboles de aguacate y cacao en la finca ‘Media divisa’, la limpieza de la bocatoma de Berlín y la presentación de la primera guía de conservación de la especie Gustavia Romeroi a la comunidad educativa.

Aunque estos resultados son positivos, aún son bastantes los retos que se presentan de cara al futuro. Uno de ellos, de acuerdo con los investigadores javerianos, es pensar iniciativas de restauración ecológica a largo plazo y evaluar cómo pueden perdurar durante el tiempo.

“La idea es que las personas se apropien de los conocimientos y las comunidades los entiendan. Es decir, que todos estos métodos que iniciamos puedan tener una continuidad”, menciona Barrera. Por su parte, Camargo añade: “Cuando los proyectos son de corto plazo, muchas veces las inversiones que se hicieron en tiempo y en dinero no se ven y eso es un aspecto importante, porque se pueden retrasar los procesos”.

Así, finalizada esta segunda etapa, el equipo de trabajo de la ERE se encuentra a la espera de una nueva contratación por parte de Isagen para continuar con la tercera fase de seguimiento a las estrategias implementadas en Norcasia. Con el fin de que no solo el ecosistema se restablezca para que mejoren las prácticas sostenibles de personas como Clemiro Calderón, Luis Wilches, y Luis Eduardo Loaiza, campesinos de la zona, sino que también sus lazos interpersonales se afiancen a pesar de las diferencias políticas y sociales que han tenido tras años de diferencias surgidas por el conflicto armado que ha afectado a la región.

La continuidad del proyecto se definirá luego de que profesionales ambientales de Isagen evalúen las propuestas hechas por oferentes a través de un proceso de licitación pública.

“Nosotros quisiéramos estar trabajando acá en una tercera fase porque creemos que todavía hay mucho por hacer, hay estrategias que no se han desarrollado en su totalidad y, sobre todo, en las áreas de las fincas privadas”, reconoce Milena Camargo.

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Hidroeléctricas, ¿energía amigable con el medio ambiente?

Hidroeléctricas, ¿energía amigable con el medio ambiente?

Un equipo de biólogos y ecólogos camina por las calles del corregimiento de Berlín, al nororiente del departamento de Caldas. No es la primera vez que la ingeniera agroforestal Milena Camargo y el biólogo José Ignacio Barrera asumen el papel de inspectores medioambientales. Con libreta en mano y las botas negras de caucho bien puestas, recorren hectáreas enteras de las veredas Moscovita, Montebello, La Reforma y La Carolina, ubicadas en el municipio de Norcasia; los mismos lugares donde años atrás quebradas los abastecían con agua y ahora, con la implementación de obras hidráulicas, se han secado. De los árboles frutales y cultivos de zapote, yuca, fríjol y maíz que se sembraban en la zona queda muy poco, eso lo saben bien las comunidades afectadas con la construcción del Trasvase Manso en la Central Hidroeléctrica La Miel I.

Esta historia inició con la empresa HidroMiel S.A y el consorcio Miel I, integrado por varias constructoras, que hicieron el estudio de viabilidad del proyecto y su diseño. Sin embargo, en el año 2000 la generadora de energía Isagen se interesó en el potencial hídrico del oriente de Caldas con los afluentes de los ríos Guarinó, La Miel, Moro, Manso, Samaná Sur, Pensilvania y Tenerife. Para conseguirlo, inició la construcción de Pantágoras, un gran muro de contención de más de 180 metros de altura con la capacidad para almacenar 570 millones de metros cúbicos de agua. Actualmente es considerada como una de las presas más altas de Colombia y la quinta central eléctrica con mayor capacidad para producir energía en el país.

Actualmente, en Colombia existen alrededor de 43 hidroeléctricas en la cuenca del río Magdalena, de las cuales 33 están en operación. Sin embargo, las metas para la generación de electricidad a 2050 supera la implementación de 100 proyectos más.

En 2010 este ambicioso proyecto ya contaba con el Transvase Guarinó, una obra hidráulica ubicada en límites con el departamento del Tolima y con la capacidad de generar más de 308 GWh/año, cifra que se aproxima a la cantidad de energía necesaria como para encender más de 720.000 televisores LCD por un año durante las 24 horas del día.

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Sin embargo, el verdadero problema para la región empezó el 24 de noviembre de 2006 cuando el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible le otorgó la licencia ambiental numero 2282 a Isagen para construir el Transvase Manso, con el cual redireccionaría el cauce del río Manso hacia el embalse Amaní para potenciar la capacidad de la hidroeléctrica. Según indica el documento, esta iniciativa buscaría “…optimizar el aprovechamiento de caudales del río Manso mediante obras de infraestructura de trasvase y operación de las mismas”.

La construcción, en los límites de los municipios de Samaná y Norcasia, inició operaciones en el 2013 pero trajo consigo delicados resultados: 18 quebradas secas, una parcialmente seca y tres con caudales disminuidos, afectando los recursos hídricos de veredas como Lagunilla, La Samaria y el corregimiento de Berlín y sus cultivos.

Además, para redireccionar las corrientes hídricas del río Manso al embalse fue necesario hacer un túnel de 4.015 metros de largo y 300 metros de profundidad, el cual contaminó los acuíferos —bolsas de agua subterránea— y ocasionó su filtramiento dentro de la estructura, cortando su cauce natural hacia aguas superficiales.

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Según Daniela Rey, estudiante de Ecología de la Pontificia Universidad Javeriana, este tema es importante porque “uno de los grandes efectos que generó la construcción de la hidroeléctrica La Miel I fue el rompimiento de los acuíferos y la pérdida del agua subterránea, lo cual, con el tiempo, dejó sin agua algunas zonas y comunidades”.

Ante el hecho, a finales del 2011 la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales —ANLA— impuso una medida preventiva de suspensión a Isagen para el inicio de operaciones del Trasvase del Río Manso al Embalse de la Central Hidroeléctrica La Miel I, luego de que el Comité Veedor del proyecto enviara al Ministerio de Ambiente un documento con sus inquietudes sobre la construcción del Transvase y las afectaciones medioambientales ocasionadas con esta obra en la región. Según el texto:

“Ponemos en conocimiento la existencia de una falla al interior del túnel que aporta al menos 15 litros de agua por segundo, y hasta el momento los dueños de la obra (Isagen) lo manejan sin tener la más remota idea de cuál pudiera ser la solución”, indicó Conrado Rojas Ocampo en representación del Comité Veedor.

Luego, una inspección hecha por profesionales de la ANLA, consignada en la Resolución 0300 de diciembre 29 de 2011, encontró que:  “…una rana endémica del Magdalena Medio (Pristimantis viejas) y una salamandra (Bolitoglossa lozanoi), esta última listada como amenazada en la categoría Vulnerable […] podrían verse directamente amenazadas por la afectación del recurso hídrico, del cual dependen su reproducción y la supervivencia de sus poblaciones”.

Esta obra hidráulica, al igual que muchos otros proyectos son un claro ejemplo del impacto medioambiental, económico y social que ha ocasionado la incursión de la mano del hombre en el ecosistema, especialmente en los sistemas acuáticos. Vale la pena recordar el caso de Hidroituango, presa sobre el río Cauca, entre el municipio de Ituango y el corregimiento de Puerto Valdivia, en Antioquia, que alertó al país luego de que se presentaran fallas en su estructura con la obstrucción en la salida de agua de la casa de máquinas, poniendo en riesgo la vida de 113.000 personas; o El Quimbo, en el departamento del Huila, presa responsable de afectar las actividades económicas de los habitantes de la región tras haber inundado zonas altamente productivas.

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Buenas prácticas de restauración ecológica

Volviendo al proyecto La Miel I, Isagen compró más de 460 hectáreas para desarrollar programas de restauración ecológica de los ecosistemas acuáticos y terrestres, resarciendo así sus acciones y comprometiéndose a implementar un plan de orientación psico-social a las comunidades vulneradas.

En 2015 buscó a la Escuela de Restauración Ecológica de la Javeriana, liderada por el docente José Ignacio Barrera Cataño, para diagnosticar cooperativamente el impacto ambiental que tuvo la implementación de la obra en la zona y crear un programa de restauración ecológica apropiado para la región.

Según Milena Camargo, coordinadora javeriana del proyecto, “nuestro objetivo consistió en evaluar cómo estaba el área afectada, revisar la vegetación y caracterizarla, diagnosticar el impacto en el suelo y, por último, conocer la conformación social de las comunidades”. De este surgieron el Plan de Restauración Ecológica Trasvase Rio Manso y el Plan de Conservación de la especie Gustavia romeroi, conocida como ‘chupo rosado’, iniciativas que, tal y como lo indica Héctor Javier Sandoval, representante de Isagen, “se espera replicar en una mayor magnitud en otras fincas afectadas, a sus propietarios y trabajadores”.

Hasta ahora los investigadores han implementado dos de tres etapas del proyecto: evaluar el impacto que dejó la construcción del transvase y desarrollar las estrategias de rehabilitación del ecosistema acuático y terrestre. Sin embargo, aunque este trabajo resulta ser un recurso para restablecer la conectividad del medio ambiente, el verdadero problema radica en las consecuencias irremediables que deja la construcción de hidroeléctricas.

De acuerdo con investigaciones hechas por Javier Maldonado, docente de la Facultad de Ciencias de la Javeriana, junto a académicos internacionales sobre el impacto de las hidroeléctricas en la cuenca Depresión Momposina, la construcción de estas obras altera el hábitat de los peces de agua dulce que habitan los afluentes dado que las presas obstruyen su movimiento natural; además dificultan el flujo de nutrientes provenientes de los sedimentos a los ríos y planicies de inundación, represados por los muros de contención, y, en casos como el de Norcasia, destruyen los acuíferos encargados de equilibrar el ecosistema, nutrir de agua los hábitats húmedos, como lagos y suelos, y abastecer a las comunidades.

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Aunque las primeras leyes que avalan la producción de energía a partir de hidroeléctricas y la construcción de plantas para su tratamiento en Colombia son la Ley 113 de 1928 y la Ley 26 de 1938, el verdadero problema radica en las prácticas para la generación de energía y los estudios para la construcción de obras.

Esto significa que el problema no es tomar el agua sino saber de dónde se toma y cómo. Según Barrera, “las hidroeléctricas deben buscar el menor daño posible, pues siempre existirá un riesgo para el ecosistema, sea con energía hidráulica, eólica o  solar”. Por ejemplo, añade, “a lo largo de la historia se han construido cientos de embalses donde ha habido ciudades. Los romanos traían el agua de las partes más altas de sus tierras a las más bajas, mediante canales, y así su preocupación no era tomarla, sino saber de dónde y cómo hacerlo correctamente”.


El negocio de la energía en Colombia

“Colombia goza de tener muchas líneas eléctricas, en diferentes voltajes, para llevar la energía a cualquier lugar del país”, dice Sandoval; sin embargo, esta información se queda corta respecto a la magnitud de energía que se produce en el país.

De acuerdo con XM, empresa adherida a ISA, grupo empresarial multilatino que trabaja en la compra, venta, transferencia y gestión de energía eléctrica, las fuentes para su producción en Colombia no sólo corresponden a la hidráulica, sino también a la solar, la eólica, combustibles fósiles y la biomasa.

La producción de energía durante mayo de 2018 en Colombia fue de 186,5 GWh/día, según XM, de la cual un 85,68% se originó de combustibles renovables (84,97% fue hidráulica, 0,64% de biomasa, 0,05% de eólica, y 0,02% de solar), mientras que el 14,32% restante correspondió a combustibles fósiles no renovables como el carbón, el petróleo o el gas natural.

En ese sentido, los aportes energéticos no solo corresponden a los 23 embalses que tiene Colombia, ubicados en las regiones Caribe, Antioquia, Centro, Oriente y Valle, con capacidad hidráulica para producir energía de más de 10.944 MW, sino que también se debe a fuentes eólicas como Celsia Solar Yumbo, la primera granja de energía solar del país con la capacidad de generar 18,42 MW, o fuentes térmicas de biogás como el Relleno Sanitario Doña Juana, que produce alrededor de 1,70 MW.

De las 140 hidroeléctricas que están actualmente en funcionamiento, construcción o proyección en el país, sólo 27 cuentan con una licencia ambiental otorgada por la ANLA; las demás son licenciadas por las corporaciones autónomas regionales, según esta institución.

¿Por qué empresas como Isagen, dueña de cinco centrales hidroeléctricas en Colombia, con una capacidad total instalada en ellas de 2.212 megavatios, se interesa en potenciar su operación?

Esto se debe a que Colombia cuenta con ricos corredores hídricos y una ubicación geográfica privilegiada que garantiza continuas precipitaciones en el territorio, que elevan los niveles de los ríos y llevan la capacidad de almacenamiento de los embalses hasta el tope. Por ello, las centrales hidroeléctricas deben vertir mayor cantidad de agua a través de tuberías para empujar las turbinas al interior de la presa, que a su vez hacen girar un generador, el cual convierte la energía del movimiento en electricidad a partir de imanes y circuitos; así, a mayor cantidad de agua, mayor producción de energía para transportar y comercializar, aunque se pierda de vista el impacto medioambiental que trae consigo.

Hoy el país exporta energía  a dos líneas en Ecuador (Tulcan – Panamericana y Jamondino Pomasqui) y tres en Venezuela (Cuestecitas – Cuatricentenario 1, Corozo – San Mateo y Cadafe – Zulia 1).

A pesar de que la Hidroeléctrica Central La Miel I cuenta con más de 570 millones de metros cúbicos capaces de producir hasta 390 MW, a la fecha el municipio de Norcasia registra alrededor de 123 suspensiones del servicio de energía prestado por CHEC Grupo EPM, un balance desproporcionado considerando que es una de las presas que más energía produce en el país a pesar de las consecuencias medioambientales y sociales que dejó la implementación del Transvase Manso en la región.

Norcasia E1-3

Por ahora, la Escuela de Restauración Ecológica visita mes a mes las mismas veredas que recorrió en principio para evaluar estrategias como la siembra de plantas nativas, la limpieza de las bocatomas del corregimiento de Berlín y la concientización social sobre el cuidado que requiere el ecosistema, con el fin de rehabilitar los nacimientos de agua y el servicio hídrico a las comunidades.

Encuentran pequeños peces en aguas subterráneas de los Llanos

Encuentran pequeños peces en aguas subterráneas de los Llanos

Esas lombricitas que les daban de comer a las gallinas en una finca del pie de monte llanero resultaron ser peces de aguas subterráneas, posiblemente una especie nueva para la ciencia. Investigadores del Laboratorio de Ictiología de la Pontificia Universidad Javeriana, en conjunto con sus colegas de la Universidad de Toronto, Canadá, están concentrados en estudiarlos palmo a palmo, describiendo con detalle sus características morfológicas internas y externas, su genética, sus aspectos más íntimos, incluso cómo han evolucionado.

Hasta ahora saben que se trata de una especie de bagre, que cuando está vivo es de un intenso color rojo; sus ojos están reducidos a su más mínima expresión, pues en la oscuridad poco les servirían; en cambio, los bigotes en su cabeza les sirven para orientarse. Tienen una contextura ósea muy fuerte y aletas muy bien desarrolladas: la anal se une con la aleta caudal —de la cola— y cuentan con doble aleta dorsal; “son adaptaciones para la vida en esas aguas subterráneas donde tal vez habitan en cavidades, y estas estructuras les permiten deslizarse en esos sistemas”, explica Javier Maldonado, ictiólogo e investigador de la Javeriana,.

 El investigador Alexander Urbano con una de las trampas diseñadas para la captura de los ejemplares en los aljibes.
El investigador Alexander Urbano con una de las trampas diseñadas para la captura de ejemplares en los aljibes.

Descubrirlos fue algo inesperado. Uno de los investigadores, que se encontraba haciendo trabajo de campo en una finca cerca al municipio de Yopal, Casanare, cuenca del Orinoco, se percató que, mientras conversaba con los dueños de la misma, en un balde estaban metiendo unos bichos que salían de la limpieza de uno de los aljibes utilizados para extraer agua para consumo. Con sus ojos de ictiólogo, cuenta Maldonado, “el investigador pudo corroborar que, efectivamente, ¡no eran lombrices sino peces! Unos que él jamás había visto, por lo cual inmediatamente sacó a correr a las gallinas que minutos antes ya se habían comido un par de ejemplares. Tomó fotos y me las envió para verificar de qué peces se trataban, y, ¡oh sorpresa!, eran unos bagres pertenecientes al género Phreatobious que hasta la fecha sólo habían sido registrados a miles de kilómetros de distancia en tres localidades de la cuenca Amazónica, cada una con una especie diferente”.

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¿Cómo habían llegado hasta allí?

El hecho de encontrar peces en aguas subterráneas ya es novedoso de por sí: en el mundo y en Colombia recientemente han sido descritas algunas especies encontradas en cavernas. Pero que estén viviendo en los aljibes o en hoyos para extraer agua o petróleo —como fue el caso de Brasil—, “eso es algo realmente muy llamativo porque, ¿cómo unos peces de agua subterránea, que se suponía estaban restringidos a la cuenca del Amazonas, ahora están presentes en la del Orinoco?”

La primera vez que vieron estos diminutos bagres fue en 2011, y en 2017 se los volvieron a encontrar en el departamento del Meta. Buscando cómo se distribuyen las aguas subterráneas en Colombia, encontraron que el 41% de las reservas están en la provincia hidrogeológica de los Llanos Orientales, donde se han identificado tres acuíferos: Villavicencio-Granada-Puerto López, Yopal-Tauramena y Arauca-Arauquita. Pero los estudios no se han enfocado en la vida que navega por esas aguas. “Seguramente estos acuíferos estuvieron conectados en el pasado y estos individuos son relictos de esa distribución amplia que tenían estas especies y que ahora están aislados”, se atreve a explicar Maldonado. Hay teorías que aseguran que las cuencas del Amazonas y el Orinoco eran una sola hace millones de años y eso también explicaría encontrarlos hoy en día en regiones tan distantes.

 Individuo colectado en el Departamento de Casanare correspondiente a la nueva especie de Phreatobious en proceso de descripción.
Individuo colectado en Casanare correspondiente a la nueva especie de Phreatobious, en proceso de descripción.

Maldonado y sus colegas están actualmente buscando estos pececillos en otros lugares de los llanos, pero también realizan estudios que les permitan conocer un poco más sobre sus relaciones de parentesco con las otras tres especies del género y otra adicional que está siendo descrita para la cuenca del Amazonas: “Es muy importante establecer a cuál esta especie del Orinoco está más relacionada para también hacer una estimación aproximada de hace cuántos miles de años se dio la separación entre estas dos especies. Si los resultados nos da una edad muy reciente, quiere decir que, efectivamente, las cuencas del Orinoco y del Amazonas siguen conectadas por aguas subterráneas”, asegura Maldonado, y enfatiza: “Si nos da una edad mucho más vieja, nos querría decir que ambas tenían una distribución amplia pero ya cuando se configuraron las cuencas como las conocemos hoy en día, unos individuos quedaron aislados en el Orinoco y otros en el Amazonas, y como ha pasado tanto tiempo, pues precisamente eso es lo que ha generado que esta especie del Orinoco desarrolle características únicas para que hoy la consideremos como una nueva especie”.

Los investigadores llaman la atención sobre el posible impacto que se puede estar generando en estos sistemas de acuíferos en la región por diversos tipos de actividades humanas, que no solo ponen en riesgo el suministro de agua para diversos usos sino la diversidad desconocida o poco estudiada que albergan y que es clave para comprender cómo ha sido la evolución de cuencas tan importantes como la del Orinoco y del Amazonas.

Todo esto ha puesto a trabajar más aceleradamente a los científicos por esta nueva especie que, yo propongo, se llamaría Phreatorius yopalensis, por Yopal. A lo que Maldonado responde con una carcajada: “Podría ser también Phreatorius gallinensis”.

Trampa diseñada para la captura de los individuos de Phreatobious en los aljibes.
Trampa diseñada para la captura de individuos de ‘Phreatobious’ en los aljibes.
Ciencia javeriana llega a semillero estudiantil en Usme

Ciencia javeriana llega a semillero estudiantil en Usme

La localidad del Usme, ubicada en la periferia del casco urbano de Bogotá, tiene un ecosistema privilegiado debido a sus quebradas (Fucha, Chuniza y Santa Librada), a zonas verdes como el Parque Ecológico Distrital Entrenubes y el Parque Cantarrana, y por lindar con uno de los páramos más grandes del mundo: el Sumapaz; sin embargo, esta zona es el hogar de una de las especies invasoras más agresivas del mundo, el retamo espinoso.

De origen europeo, esta planta llegó a Colombia a mediados del siglo XIX para levantar cercas naturales, pero con el tiempo se convirtió en un dolor de cabeza para los habitantes del altiplano cundiboyacense dadas sus propiedades incendiarias.

Viviana Garzón Espinoza, estudiante de grado 11 del Colegio Rural El Uval en Usme, no solo la ve a diario, sino que es testigo de su poder invasor: cada vez hay más retamo espinoso en el sur de su localidad.

Fue a través del artículo Científicos restauran paisaje del Neusa, publicado en la página web de Pesquisa Javeriana, que esta joven, con carismática sonrisa y un profundo deseo por aprender, descubrió las investigaciones que la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) adelanta en lugares como el Embalse del Neusa para rehabilitar los ecosistemas afectados con el crecimiento del retamo espinoso. No lo dudó un minuto; contactó a Sandra Contreras Rodríguez y Ana Carolina Moreno, investigadoras de la Pontificia Universidad Javeriana para conversar con ellas acerca del manejo de este arbusto foráneo.

Viviana quería erradicar esta especie y reducir el impacto que ocasiona en los frailejones del Sumapaz por ser una planta con alta absorción de agua. Hasta su colegio llegaron las investigadoras javerianas para conversar acerca de algunas estrategias para contener su propagación.

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Lo hicieron a través de ejercicios prácticos en donde los estudiantes respondieron desde preguntas técnicas como cuál es el orden, familia o nombre de las especie a la que pertenece el retamo espinoso, hasta cotidianas como la diferencia con el retamo liso, cómo erradicarla y cuál es la distancia que alcanzan sus semillas una vez se incendian sus hojas.

¿El resultado? “Seguir avanzando en el desarrollo del proyecto, hacer estudios, saber cómo erradicar la planta y cómo tratarla de la forma en que la Javeriana la trata”, dice Jonathan Estiven Cristancho, compañero de estudios de Viviana.

A sus 16 años Viviana no solo es una joven apasionada por la investigación y la biología, también ve en esta planta una materia prima para la producción de combustible y aceites y lidera el grupo de investigación ‘Retamo muere ya’, un semillero conformado por estudiantes de grado Once con el fin de buscar estrategias para eliminar esta especie de su región.

Pesquisa Javeriana acompañó este ejercicio de apropiación social del conocimiento. Descubre aquí cómo las prácticas de comunicación y divulgación de la ciencia han generado efectos positivos en los estudiantes y docentes de la comunidad educativa Colegio Rural El Uval IED.

Siguiéndole los pasos a Humboldt

Siguiéndole los pasos a Humboldt

Bibliotecas, archivos históricos, documentos impensados, lienzos y grabados. Cientos de documentos pasaron por las manos de Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana de la Pontificia Universidad Javeriana, en una búsqueda académica que, al final, se convirtió en un reto personal: reconstruir los pasos del naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt en su expedición, a inicios del siglo XIX, por los territorios de hoy conforman Colombia.

Lo que en 2010 fue un pedido del padre Vicente Durán Casas, por entonces vicerrector académico, de preparar una breve conferencia sobre la obra de Humboldt, fue despertando la pasión de este genetista por las expediciones, los viajes y la ciencia. “Decidí  ir más allá de lo que el padre Vicente me había pedido, y dije: ‘Bien, vamos a sacar un libro, para explicar muy bien por qué vino’”, rememora Gómez, quien, para entonces, había terminado de publicar A impulsos de una rara resolución, una exploración pormenorizada sobre el viaje que José Celestino Mutis había emprendido al Nuevo Reino de Granada, y sobre las decisiones que precipitaron su prolongada estadía y derivaron en la Real Expedición Botánica.

Durante los siguientes ocho años, Gómez viajó por bibliotecas y archivos de nueve países, también habló con expertos que le ayudaron a recabar piezas originales, datos y toda la información sobre la expedición de Humboldt. Toda su investigación fue reunida en Humboldtiana neogranadina, la colección de cuatro tomos y cinco volúmenes, editada por la Editorial Javeriana y con el patrocinio de otras cinco universidades (CESA, EAFIT, Andes, Rosario y Externado), que este jueves 30 de agosto se lanzará al público en el Museo Nacional.

La obra, escrita y dirigida por Gómez, también cuenta con el aporte de académicos como Carl Langenbaek, vicerrector académico de los Andes, o Jorge Arias de Greiff, exrector de la Universidad Nacional de Colombia, entre otros.

Pesquisa Javeriana habló con los protagonistas de esta reconstrucción histórica, quienes compartieron algunos retratos de Humboldt, el viajero que, desde la ciencia, aportó a que el naciente Estado aprendiera a conocerse a sí mismo.

Turismo ecológico, con sello de calidad

Turismo ecológico, con sello de calidad

Abrir un hotel para que el turista observe la fauna, descubra formaciones terrestres excepcionales como cuevas o volcanes, camine con un guía local por un bosque reconociendo plantas y animales, o simplemente para que contemple un bello paisaje no es como soplar y hacer botellas, como dice el dicho popular: hacerlo bien significa cumplir con ciertas condiciones, si es que se quiere competir local, nacional o internacionalmente.

Y si se piensa no solamente en un proyecto ecoturístico, sino que además tenga como objetivo apoyar la conservación de la biodiversidad, la cosa se complica… pero es posible lograrlo. La tesis doctoral del biólogo Juan Ricardo Gómez surgió por su interés en especies muy colombianas como la nutria gigante, el jaguar, el delfín rosado y el oso de anteojos, por mencionar solo unas pocas con las que ha trabajado desde su pregrado. Y estudiando estrategias de conservación, concluyó que para lograr resultados y salvar los animales de la extinción debía dejar de trabajar con ellos y para centrarse en la gente. “Dejé de ser el abraza árboles-animalista para tener una visión mucho más decantada y madura de lo que se esperaría de la conservación”, dice.

Su trabajo, titulado Evaluación de la conservación en certificaciones eco turísticas en Costa Rica, buscó responder a la pregunta ¿qué posibilidades de negocios tenemos en un país como Colombia aprovechando la biodiversidad pero que, además, tenga un enfoque hacia la conservación? Sabía que más allá de ser un soñador, era necesario pensar en ingresos porque la vida cuesta. Las certificaciones ambientales o sellos verdes se presentaron como una posibilidad interesante, y el turismo de naturaleza lo convenció porque, así fuera implícitamente, “aparecía la promesa de la conservación”.


La conservación, componente clave del ecoturismo

Costa Rica es ejemplo en el tema. La investigación se centró en conocer a profundidad los procesos de certificación ecoturística en este país centroamericano, teniendo en cuenta que el CST, o Certificación de Sostenibilidad Turística, es un sello verde  que maneja el país para este sector, reconocido por el Consejo Global del Turismo Sostenible y aplicable a hotelería, tour operadores, transportistas, agencias de viaje, guianza, entre otros. Gómez se enfocó en los hoteles cercanos a bosques con especies originales, unos con certificación vigente, otros sin certificación, los comparó entre sí y con un tercer ecosistema, un área donde no hubiera hoteles ni estuviera destinada a actividades turísticas. Así, “tenía un control positivo, uno negativo y mi objeto de estudio”, explica.

A través del estudio de los documentos de certificaciones, entrevistas con empresarios, turistas y con los propios certificadores y de salidas de campo, buscó determinar si la certificación favorecía la conservación, si los hoteles contaban con un componente de educación ambiental y si se distribuían justa y equitativamente los beneficios obtenidos del turismo.

El trabajo de campo consistió en monitorear los animales que pasaban por el bosque las 24 horas del día en los ecosistemas seleccionados a través de cámaras trampa. “Me salían jaguares, tigrillos, tayras, mapaches, monos, chanchos, armadillos, dantas…” Contabilizó en total 49 especies (42 mamíferos, cuatro aves y tres reptiles) en las 1.800 fotos de fauna, ocurridas en 605 eventos de observación. Todas ellas le daban pistas sobre el estado del ecosistema. “El número de especies encontradas en los hoteles certificados fue más alta incluso que en los lugares en donde no hay turismo, y más alta que donde no están certificados”, asegura Gómez. Y la obvia conclusión es que la certificación sí funciona.

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Diferentes especies de animales frecuentan las áreas de los hoteles certificados.

Sin embargo no es la única variable a considerar; era importante evaluar la solidez de la propuesta de conservación en cada uno de los 18 hoteles estudiados.

Así, propuso una metodología con cinco componentes técnicos propios de la conservación que, a modo de preguntas, la puso en práctica con sus entrevistados: primero, ¿es necesario tener claro qué se quiere conservar?, y la respuesta define el objeto de conservación. ¿Por qué quiero conservar? es la segunda pregunta, cuya respuesta se espera contundente y precisa. ¿Hay necesidad de conservar? Y si la respuesta a esta tercera es afirmativa, es necesario identificar la amenaza, que “tiene que ser coherente con lo que quiero conservar”, explica.

Lo que él llama ‘el factor’ trata de responder a ¿por qué se presenta la amenaza? Y lo explica diciendo que si lo que quiero conservar es un animal (1), porque está siendo cazado (2) y ya no quedan sino pocos especímenes (3), en este punto es clave identificar la razón. El factor puede ser porque la gente tiene hambre o porque está acabando con el ganado y los cultivos de los campesinos, o porque está en la mira de las escopetas de los que practican cacería. “Si se tiene el factor clave identificado, debe haber una acción que apunte a la transformación de ese factor”. ¿Cuáles acciones de conservación ha implementado y quién es el responsable?, sería el quinto componente.

El análisis de los resultados obtenidos le demostró que el hotel que contaba en su nómina con un biólogo o ecólogo sensible al tema de conservación alcanzaba el éxito muy rápidamente; otros casos exitosos no tenían al profesional, pero sí a un dueño o gerente con vocación hacia el ecoturismo o un programa establecido y en práctica.

“Cuando combinamos las acciones que dependen del dueño del hotel y las características de la región donde está el hotel, vemos que la combinación ganadora para alcanzar el éxito es que sea una motivación voluntaria, que el porcentaje de área que se dedica a la conservación sea grande, que no existan otras actividades productivas en el predio, que esté cerca de un parque nacional, que el acceso no sea muy fácil y que en la región haya otros ecosistemas relativamente saludables”, explica Gómez, para concluir que sí hay un aporte a la conservación, no solamente del ecoturismo certificado sino del ecoturismo en general.

“Yo ya le creo al turismo en el contexto de la conservación, le creo al turismo en el contexto de ingresos para la gente, y le creo al turismo en beneficios intangibles”, concluye.

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Los beneficios intangibles son vitales para los hoteles certificados.


El turista, el sello y la propuesta

Así como no existe la cultura de leer las etiquetas de los productos en el mercado, tampoco existe la cultura de leer los sellos verdes. Cuando algún producto tiene un sello, se asume que es amigable con el ambiente pero no se indaga exactamente qué es lo que está certificado. “El turista debe ser más responsable”, dice, y se refiere a todo tipo de turista: “Cuando le apunto a alguno de los tipos de turismo debo tratar de ser respetuoso con los elementos que lo definen”.

La certificación es voluntaria y le da un valor agregado al hotel o, en general, al producto que la obtiene. Para Gómez, al sello ambiental colombiano le falta madurar. Y en lo que se refiere al turismo, tan promovido últimamente, le asusta que “matemos la gallina de los huevos de oro”. Primero, dice, hay que definir el “turismo al que le vamos a apuntar en Colombia” y propone una reflexión de alto nivel, basado en la evidencia científica. “Ahí también empiezan a haber oportunidades para la academia, para la investigación, lo estoy viendo. Yo terminé en el turismo por accidente, pero ahora, el turismo es una ola, un tsunami que nos está empujando, y si no respondemos con información de calidad, los empresarios tomarán la delantera”.

Mercurio y tiburones, una tragedia que también es humana

Mercurio y tiburones, una tragedia que también es humana

A 500 kilómetros de las costas de Buenaventura, en Colombia, está ubicada la isla de Malpelo, un atractivo turístico y todo un santuario de especies marinas en las aguas oceánicas que la rodean, en especial por su gran diversidad de macrovertebrados, como los tiburones. Sus aguas son de las más apetecidas del mundo para bucear y están protegidas por su alta riqueza de especies marinas. No cuenta con asentamientos humanos, pero en décadas pasadas la isla era un destino frecuentado por pescadores en busca de la aleta de tiburón a pesar de su prohibición, lo que impactó negativamente a sus poblaciones.

Este lugar, como otros ricos en variedad marina, ha sufrido los abusos del hombre. Así, lo que es un refugio de especies marinas se convierte en una zona de alta peligrosidad. Felipe Ladino, ecólogo javeriano de la Fundación Malpelo, dice: “En el tema del tiburón martillo se ha encontrado un panorama bastante preocupante en la región del Pacífico Tropical debido a que su población en los últimos diez años ha disminuido hasta en un 70%, y se supone que es la más grande a nivel mundial, lo que implica que es una especie bastante amenazada por la pesca que persiste”.

El ‘aleteo’ es considerado actualmente como el principal causante de las reducciones de tiburones en el mundo, y además es una actividad ilícita en la mayoría de los países, lo que queda demostrado por las incautaciones por parte de las autoridades competentes. Esta práctica ilegal, prohibida en Colombia desde 2007 por la resolución 1633, consiste en sacar a los tiburones del agua, cortarles las aletas dorsales, caudales, anales, ventrales y pectorales para comercializarlas o consumirlas y luego, aún estando vivos, botar el tronco al agua; así, sin más, el cuerpo cae en aguas profundas, asfixiado y sin aletas. Aquella muerte nefasta es una de las formas más deplorables de tortura y sufrimiento.

Por otro lado, no es nuevo decir que en el Pacífico hay una amplia problemática con la minería ilegal de oro, en la que se utiliza mucho mercurio que va de río a océano. Como bien lo explica la ecóloga javeriana Natalia Vélez, “una de las maneras de que haya mercurio en el océano es la contaminación antrópica, es decir, generada por el hombre, que puede ser tanto por minería como por agroindustria, fertilizantes y demás, y la otra es por vía natural, que puede ser por volcanismos, es decir, erupción de volcanes”. Según la profesora javeriana Andrea Luna Acosta, “Colombia es el tercer país que más cantidad de mercurio emite a la atmósfera, después de China e Indonesia, a causa de la minería de oro artesanal”.

Con los océanos atestados de mercurio, los tiburones, predadores tope por excelencia, se alimentan de especies que vienen con una carga significativa de mercurio, pues se encuentra en la parte inferior de la cadena alimentaria y ya han consumido especies más pequeñas que también lo contienen; así, entre más grande sea el animal, más alimento necesita, causando la transferencia de este metal en las redes alimentarias. A esto se le conoce como biomagnificación, y, a medida que los tiburones van creciendo, acumulan en su cuerpo las cantidades de mercurio que han consumido a lo largo de su vida  (bioacumulación).

Si bien la demanda de las aletas de tiburón en mercados como el asiático es un bien muy preciado y costoso, que, según Vélez, puede oscilar de US$250 hasta US$1.800, no se menciona el gran riesgo para la salud humana de quienes las consumen por tener altos niveles de mercurio. Al reconocer la problemática, los investigadores Sandra Bessudo, Natalia Vélez, Felipe Ladino, Dalia Barragán y Andrea Luna Acosta desarrollaron la investigación Concentraciones de mercurio y relaciones tróficas de tiburones del Pacífico colombiano, en la que examinaron las concentraciones del metal en los tejidos de siete especies de tiburones incautadas en el puerto de Buenaventura y recibidas por las autoridades colombianas y la Fundación Malpelo.

Entre las siete especies de tiburones estudiadas por Vélez y sus colegas se encuentran: el tiburón poroso (Carcharhinus porosus), el tiburón cabeza de pala (Sphyrna tiburo), la musola parda (Mustelus henlei), la musola segadora (Mustelus lunulatus) y la cornuda coronada (Sphyrna corona), que pertenecen a zonas costeras; también destacan el tiburón martillo (Sphyrna lewini) y el tiburón zorro (Alopias pelagicus), que se encuentran comúnmente en zonas pelágicas o de aguas profundas.

“Esto es interesante porque nos topamos con que dos de las especies investigadas, que en su etapa de adultos usualmente se encuentran en zonas pelágicas, estaban en zonas costeras, lo que sugiere que seguramente estábamos trabajando con tiburones juveniles, pues cuando los tiburones de aguas profundas van a tener a sus bebés se van a ecosistemas costeros donde encuentran manglares, los cuales constituyen un sistema de refugio para sus crías. Los bebés crecen allí y luego son capturados a edades tempranas”, explica Vélez.

Lo anterior dilata la problemática que ya no solo recae en el ‘aleteo’ sino en la captura de los tiburones más jóvenes.

Los tiburones tienen un ciclo de vida más lento, es decir, se demoran más en crecer y madurar sexualmente y son aptos para reproducirse hasta alcanzar los diez años. Así, muchos de los especímenes capturados no alcanzan la reproducción, poniendo en peligro la supervivencia y conservación de la especie ya que no se sobreponen fácilmente a la disminución de su población.

El trabajo de diversos investigadores contribuyó para que el área protegida en las aguas del Pacífico colombiano se ampliara sobrepasara los 27.000 kilómetros cuadrados. / Cortesía, Camila González
El trabajo de diversos investigadores contribuyó para que el área protegida en las aguas del Pacífico colombiano se ampliara sobrepasara los 27.000 kilómetros cuadrados. / Cortesía, Andrea Luna.

Según los resultados de la investigación, dos de los tiburones de mayor captura son el Sphyrna lewini y el Alopias pelagicus, justamente los que pertenecen a aguas abiertas. “Estas dos especies son las que más están en peligro, las que más nos estamos comiendo y las que representan mayor riesgo para la salud humana”, afirma la investigadora Vélez. También se encontró que, en efecto, las aletas presentan altas cantidades de mercurio, no superiores a las que se encuentran en los músculos pero que, igual, constituyen un factor de riesgo para los humanos que las consumen.

En los mares del Pacífico Tropical los tiburones se enfrentan a la pesca ilegal de aleta y a la captura incidental de los atuneros, por eso organizaciones como Fundación Malpelo, en compañía de varios aliados como Parques Nacionales,  Fondo Acción y Conservación Internacional, han trabajado en la protección y conservación del Santuario. Ladino asegura que para el 2017 “logramos ampliar Malpelo a más de 27.000 km2, convirtiéndola un área marina protegida bastante significativa”.

Los retos para establecer estrategias de conservación y la reducción de la pesca de aletas de tiburón en Colombia es enorme, pero “un paso para reducir el ‘aleteo’ y contribuir al cuidado del ecosistema y de los predadores tope del océano es informar sobre el posible riesgo potencial del mercurio en la salud humana, causado por el consumo de estas aletas. Sus síntomas van desde dolores estomacales y musculares hasta malformaciones en el feto de una mujer gestante, sin mencionar la devastadora situación que tiene que vivir la población de tiburones, además de la protección de los mares donde habitan”, concluye Vélez.

Premio al protector de aves

Premio al protector de aves

Luis Miguel Renjifo, actual vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, recibió el Premio al Servicio Distinguido, sección América Latina y el Caribe, durante el Congreso Internacional Biología para la Conservación 2018 que se realizó entre el 25 y el 27 de julio en St. Augustine, en Trinidad y Tobago.

Este biólogo y ecólogo ha concentrado sus estudios e investigaciones en las aves con especial énfasis en aquéllas en peligro de extinción, lo que lo llevó a publicar el Libro Rojo de Aves de Colombia, el cual ha venido actualizando gracias a sus permanentes salidas de campo, trabajos con sus estudiantes y con el apoyo de la ciencia ciudadana, actividad que ha promovido en los colombianos.

El premio que entrega la Sociedad de Biología para la Conservación (SCB por sus siglas en inglés), reconoce individuos, grupos o instituciones que se hayan distinguido por su dedicación en cualquier campo asociado con la biología de la conservación, y cuyo trabajo haya aportado nuevo conocimiento a la conservación de la diversidad biológica del planeta.

En el caso del vicerrector, investigador y profesor Renjifo, el premio le reconoció tres “contribuciones extraordinarias”:

Por la evaluación del riesgo de extinción de especies de la avifauna colombiana.


Por influir en las políticas de conservación.


Y por promover la capacitación en esta disciplina científica, la ornitología, en la región.


En 1987, cuando fue entregado por primera vez este reconocimiento, lo recibió el ambientalista británico Norman Myers; en 1991, el biólogo y naturalista estadounidense E.O. Wilson, autoridad mundial en hormigas; en 2002, la ecóloga y conservacionista británica Georgina M. Mace, de la Fundación Charles Darwin de las Islas Galápagos; en 1994, el exvicepresidente de los Estados Unidos y ambientalista Al Gore; y en 2003, la ambientalista y ecóloga marina Jane Lubchenco, que dirigió en Estados Unidos la Administración Nacional del Océano y la Atmosfera (NOOA por sus siglas en inglés) y formó parte del equipo asesor de ciencia del expresidente Barak Obama.

En 2018, Luis Miguel Renjifo se suma a este selecto grupo de ganadores.