Por: Daniela Rodríguez, Luis Fernando Vásquez, María Isabel Calderón y Mariana Díaz
Son las seis de la mañana y las primeras notificaciones llegan a los teléfonos de los colombianos: hoy será un día lluvioso y puede haber inundaciones en varias partes del país. En un mundo automatizado, pareciera que todos esos datos y alertas del clima son dados por máquinas y sensores, pero no es así. En Colombia, la gran mayoría de la información hidrometeorológica es tomada a mano por quienes viven en el territorio: los observadores del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).
En el país hay más de 2.000; 700 son mujeres dedicadas al trabajo del hogar y al cuidado no remunerado. Integran una red que, mediante una rutina, permite saber cuánto llueve, cómo varían los niveles y caudales de los ríos y si existe riesgo de inundación, entre otras variables. Son voluntarios que, con precisión de relojero, construyen la memoria hidroclimática del país los 365 días del año.
Una red humana que toma el pulso del clima
Las estaciones hidrometeorológicas del Ideam son puntos estratégicos de chequeo ubicados a lo largo del territorio para determinar el comportamiento del clima y del agua a lo largo de su ciclo. Como explica María Constanza Rosero, líder del grupo de modelación y pronósticos del Ideam, hay dos tipos de estaciones meteorológicas dependiendo de la forma en la que se toman los datos: automáticas y convencionales. Las primeras funcionan con sensores que envían la información vía satélite. Mientras tanto, en las convencionales el ojo humano es el protagonista, pues dependen de instrumentos analógicos, como regletas, para la toma de datos.
Según datos abiertos del Ideam, en Colombia hay 2.192 estaciones convencionales activas. El número de observadores apenas supera los 2.000, una cifra menor a la de estaciones, pues hay personas que toman los datos de más de una estación. Este tipo de infraestructura representa el 85% de la red nacional de monitoreo, y opera gracias al servicio social y civil de quienes realizan las mediciones.
Fabio Bernal, subdirector de Hidrología del Ideam, explica que la predominancia de las redes de monitoreo atendidas diariamente por observadores se debe a que la recolección de datos hidrológicos comenzó con instrumentos analógicos, como regletas y pluviómetros (instrumentos para medir la cantidad de lluvia), en estaciones que hoy superan los 40 años de funcionamiento. La implementación de estaciones automáticas ha sido gradual y responde a los avances tecnológicos; sin embargo, su alto costo de instalación y mantenimiento, sumado a las dificultades de acceso a ciertos territorios, ha hecho que su despliegue dependa de la limitada capacidad de financiación del Ideam.
Las estaciones automáticas tienen cierta ventaja sobre las convencionales, pues, aunque no todas pueden transmitir los datos en tiempo real, son capaces de tomar datos mucho más frecuentes (cada 10 minutos o cada hora, por ejemplo). Aun así, Bernal reitera que es imposible hacer una transición completa, por lo que los observadores seguirán siendo protagonistas en la toma de datos por mucho más tiempo.
Según Bernal, Colombia tiene una de las redes de toma manual más robustas de Sudamérica por su cobertura. Esto contrasta con la fragilidad de quienes la sostienen. El sistema depende, en su mayoría, de amas de casa y agricultores en condiciones de vulnerabilidad económica que han convertido la observación en un compromiso de vida, y que, en algunos casos, se hereda de generación en generación.
Sin embargo, en algunas zonas rurales del país, esta continuidad está en riesgo, como él advierte: “la población rural del país está disminuyendo, y es un tema crítico en zonas recónditas, donde el observador es un campesino que ha vivido allí siempre. Cuando envejece y no puede desplazarse a la estación, se intenta buscar un relevo, bien sea un familiar o alguien que viva cerca para que asuma el rol, pero es difícil debido al abandono del campo. Así, se pierde la posibilidad de medir en esos puntos”.
Décadas de historia análoga
Antes de que existiera una entidad que centralizara la toma de datos ambientales en el país, diferentes instituciones públicas o empresas de energía instalaban estaciones según su necesidad. En 1968 se creó el Servicio Colombiano de Meteorología e Hidrología (SCMH) con el propósito de unificar todas esas estaciones dispersas en una sola red de medición.
En 1976 el SCMH se fusionó con otras entidades para formar el Instituto Colombiano de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras (HIMAT). Esta entidad operó la red hasta que la Ley 99 de 1993, que creó el Sistema Nacional Ambiental, transformó al HIMAT en lo que hoy conocemos como el Ideam, entidad que asumió la operación y el mantenimiento de esta infraestructura vital.

La distribución de las estaciones a lo largo del territorio nacional ha evolucionado según la concentración poblacional y las zonas donde el clima impacta de manera directa en la economía, lo que explica que la mayoría de ellas se agrupen en las regiones Andina y Caribe. En otras zonas, la baja densidad demográfica y los problemas de acceso elevan los costos logísticos hasta 30 veces. Aun así, dejar de monitorear no es opción. Por ello, la institución emplea radares, satélites y modelos avanzados que, aunque con mayor incertidumbre, permiten inferir la información.
En particular, en las 2.192 estaciones convencionales, los observadores cumplen horarios estrictos. “En el caso de la toma de niveles de los ríos (el propósito de las estaciones hidrológicas), se toman dos datos diarios: a las seis de la mañana y a las seis de la tarde. Para la precipitación se toma un dato diario, que corresponde a la precipitación acumulada entre las siete de la mañana de ayer y las siete de la mañana de hoy”, explica Jorge Andrés Gonzáles Rojas, miembro de la subdirección de Hidrología del Ideam.
La información tiene dos destinos claves: por un lado, el Sistema de Gestión de Datos Hidrometeorológicos (DHIME), que centraliza registros históricos, de laboratorio y la información sobre lluvias, niveles de ríos, temperatura y radiación, y por otro, alimenta en tiempo real el Sistema de Pronósticos Hidrológicos y Alertas Tempranas del Ideam, llamadol FEWS.
Entre el riesgo y el vacío legal
Lejos de lo que se podría intuir, el vínculo entre el Ideam y los observadores no ocurre mediante un contrato laboral, sino a través de un acuerdo de venta de datos, en el que la institución da un reconocimiento económico “simbólico”, a veces mensual, a veces anual. Isodoro Marín, vínculo económico entre el Ideam y los observadores del área no municipalizada de Tarapacá, Amazonas, asegura que la cifra varía y puede ir entre los $40.000 y $60.000 mensuales.

Como la relación no corresponde a un vínculo laboral, los observadores del Ideam no cuentan con una Aseguradora de Riesgos Laborales (ARL) que pueda auxiliarlos en caso de que ocurra un accidente durante el proceso de toma de datos.
Para Manuel Rodríguez, primer ministro de ambiente de Colombia, quien dio paso a la creación del Ideam, aunque “los observadores hacen una labor social relevante para diferentes campos de la sociedad, por ejemplo, en la agricultura, para determinar cuándo sembrar, establecer contratos para más de 2.000 personas sería muy complicado”. Según su opinión, podría haber otras formas de reconocer este oficio, que no toma mucho tiempo y empodera a quienes lo hacen, como un boletín de comunicaciones en donde se destaquen casos de éxito gracias a la toma manual de datos.
Rosero, la líder del grupo de modelación y pronósticos del Ideam, explica que los observadores suelen vivir cerca de las estaciones, lo que, en el caso de las hidrológicas, implica habitar en proximidad a ríos y quebradas. “Como viven al lado del río, son los primeros que tienen que abandonar el territorio cuando ocurre una catástrofe”, asegura.
La toma de datos exige desplazamientos que con frecuencia resultan riesgosos: descender por laderas escarpadas, pedregosas y resbaladizas, donde pueden encontrarse serpientes y otros organismos que pueden hacerles daño. En áreas de conflicto, el trayecto que recorren los observadores representa riesgos asociados a los grupos armados.
Su labor, imprescindible para el país, contrasta con las condiciones precarias y vulnerables en las que se realiza. Más allá de eso, cumplirla sin un solo día de descanso atraviesa su vida cotidiana: la casa, el campo y la comunidad. En la segunda entrega de este reportaje, Los observadores olvidados del clima colombiano, están las historias de quienes, desde sus territorios, le toman el pulso al clima del país.
Este artículo hace parte del reportaje Colombia, un país que se mide a mano: la labor invisible de los observadores del Ideam, realizado por estudiantes de la Maestría en Periodismo Científico. Puede encontrar su segunda entrega aquí.



