Por: Daniela Rodríguez, Luis Fernando Vásquez, María Isabel Calderón y Mariana Díaz
Son las seis de la mañana y, mientras aparecen las primeras luces del día, Adriana ya ha recogido leña, preparado el desayuno y emprende camino hacia la orilla del Río Sucio a la altura del Tambo, Cauca. No busca agua, sino información. Hace cuatro años registra cómo sube y baja el nivel del río. Mira la regleta y anota en su planilla un dato que viajará hasta integrarse al sistema de información meteorológica de Colombia. Es observadora del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam). Como ella hay más de 2.000 personas: su labor implica riesgos, pero no tienen aseguradora de riesgos laborales (ARL), trabajan los 365 días del año, pero no reciben un salario mínimo.
En nuestra primera entrega sobre los observadores del Ideam exploramos su labor y los grises en los que se enmarca (puede leerla aquí). En esta ocasión, dialogamos con observadores y ex-observadores en varios puntos del país. Estas son sus historias.
Liliana, diez años observando el río Magdalena en Puerto Bogotá

El sol se asoma sobre la cordillera oriental y comienza a calentar las calles de Puerto Bogotá, Cundinamarca. Una mujer de 40 años baja desde los caseríos montados sobre la escarpada ladera que desciende hasta el río Magdalena. Su nombre es Liliana Acero y lleva una década recorriendo ese trayecto.
Después de un tramo se le acaba el asfalto. Sus pies deben moverse con cuidado sobre las piedras sueltas, que se desprenden y van a parar, con un ruido sordo, a las aguas turbulentas. Dobla las rodillas, cambia el peso de una pierna a otra para no resbalar, aparta con las manos la vegetación de la orilla, confiando en que esta vez no haya una culebra escondida.
Abajo, casi tocando el agua, comienzan a aparecer las regletas: marcas verticales de metal, pintadas de color naranja, enterradas en el barro. No son llamativas y aparentemente no tienen nada de especial, pero son capaces de traducir la fuerza del río Magdalena en números. La mujer se detiene, mira hasta dónde llega el agua en el instrumento, anota la medida, toma una foto y la envía por WhatsApp.
Ese número inicia un recorrido que no se ve. Llega a equipos técnicos, generalmente en ciudades como Ibagué o Bogotá, donde se analiza su comportamiento y termina convertido en pronóstico, alerta o decisión.
La jornada de Liliana empieza a las seis de la mañana con la primera toma de datos del día, sin importar si la lluvia arrecia o el terreno se vuelve inestable. Vuelve a bajar a las seis de la tarde: observa la regleta, toma la fotografía y envía el reporte. “El dato se toma todos los días. No hay fecha especial. El río no espera”, afirma.
Bajar al río, más allá de un procedimiento técnico, es una actividad que expone su seguridad. “Hay culebras, hay monte… uno va con cuidado, mira, toma la foto y sube”, dice Liliana.
En días secos, el nivel se mantiene estable y la medición no conlleva tanto riesgo. Pero cuando llueve y llegan las crecientes, el Magdalena arrastra troncos, sedimentos y todo tipo de material riesgoso. El terreno cambia, el acceso se vuelve peligroso y, aun así, Liliana tiene que bajar, porque es precisamente en esos momentos cuando más se necesita el dato. “Cuando llueve fuerte, uno está más pendiente”, explica.
La actividad principal de Liliana es el trabajo doméstico, y no cuenta con ninguna afiliación que garantice su seguridad y prevenga accidentes por si algo sale mal mientras toma el nivel del río. De hecho, quien figura oficialmente como observadora es su madre, a quien el Ideam le consigna cien mil pesos mensuales colombianos por esta labor.
A pesar de los riesgos, y las precarias condiciones, Liliana continúa con su labor, “uno está pendiente del río todos los días, porque eso (el nivel del río) puede cambiar en cualquier momento”. La escena se repite en miles de puntos del país. Antes de que el dato viaje, sea procesado y se convierta en decisión, alguien debe bajar al río, observar y medir… invisiblemente.
Adriana Montenegro: medir el Río Sucio para cuidar la vida en El Tambo, Cauca

En El Tambo Cauca, donde las montañas se abren paso entre neblinas suaves y el sonido del agua marca el ritmo de los días, vive Adriana Montenegro. Tiene 42 años, es ama de casa y habita en una finca a pocos metros del río, junto a su hija, sus padres y un hermano. Desde allí, el río no es solo paisaje: es presencia constante, referencia diaria, una especie de pulso que acompaña la vida.
Adriana es observadora del Ideam desde 2022. Su historia en este oficio comenzó casi por casualidad. La persona que antes realizaba esta labor tuvo que dejarla por motivos de salud, y justo en ese momento funcionarios llegaron al territorio para hacer mantenimiento a la estación. Fue entonces cuando, a través de un acuerdo verbal, Adriana asumió la tarea de registrar el comportamiento del río, sin imaginar que terminaría convirtiéndose en una guardiana silenciosa de su comunidad.
Su rutina empieza temprano. Se levanta, casi de manera sagrada, a las 4:00 de la mañana. Prepara el café, alista el desayuno, limpia la casa y recoge leña. A las 6:55, cuando el día ya se acomoda entre las montañas, emprende el camino hacia el río para llegar a las 7:00 en punto.
Ese trayecto ya hace parte de su cotidianidad, como también lo es la calma con la que observa el agua del río Ríosucio. Allí, frente a una regleta marcada en centímetros, mide el nivel del cauce. No hay prisa, solo atención. Regresa a casa con los datos de la mañana y, en la tarde, a las 4:00 p.m., repite el recorrido: una caminata que, aunque breve, encierra un valor profundo, el de registrar con constancia el pulso del río.
Cada dato lo anota cuidadosamente en las planillas que el Ideam le entregó. Mide el nivel del agua, observa si ha llovido y registra cualquier cambio. Luego, con su celular, toma fotografías de los formatos. Es un trabajo diario, constante, que se consolida al final de cada mes cuando envía el reporte completo por WhatsApp.
El compromiso de Adriana no se detiene por fechas especiales, afirma que “en el campo siempre hay tiempo para cumplir, incluso en Navidad o en los cumpleaños”.
Nunca ha considerado que esta labor represente un riesgo. La asume con tranquilidad, como parte de su vida, y lo hace sabiendo lo que está en juego. Vivir tan cerca del río le ha enseñado a leer sus cambios: cuando sube el nivel, pueden venir afectaciones. Recuerda una vez en que el agua creció más de dos metros, aunque, por fortuna, nunca ha sido necesario emitir una alerta mayor. Hoy el río se mantiene en un nivel estable, alrededor de los 84 centímetros, en parte porque las lluvias no han sido tan intensas.
Habla de su labor con sencillez, pero también con convicción. Para ella, lo importante es estar pendiente, poder alertar, ayudar a que otros sepan si algo puede pasar y cuidar la vida. En ese seguimiento cotidiano hay una forma de cuidado, una manera de proteger sin hacer ruido.
Por su trabajo recibe una remuneración anual. No es mucho, reconoce, pero no es eso lo que la mueve. Le gusta lo que hace. Se siente bien sabiendo que su registro aporta a algo más grande.
También reconoce las dificultades. Le gustaría que hubiera más presencia institucional, más acompañamiento del Ideam en territorio. Pero entiende las limitaciones: la zona, marcada por problemas de seguridad, no siempre permite visitas frecuentes. Aun así, la labor no se detiene.
Cuando debía ausentarse, su padre asumía el registro de los datos, como una extensión natural de ese compromiso familiar con el río. Ahora, ese relevo deja de ser ocasional y se vuelve permanente. Adriana comenzará a estudiar y ha encontrado una nueva oportunidad laboral, por lo que será él quien continúe, día tras día, con la tarea de medir el nivel del agua.
“¿Qué razón tiene de ser?”: Isodoro Marín, el vínculo con los observadores en el río Putumayo en el Amazonas

Tarapacá es un centro poblado pequeño. Pertenece al área no municipalizada del Amazonas que lleva su mismo nombre. Si se le mira desde el cielo, apenas se ve un puñado de calles asimétricas y destapadas que se extienden junto a la desembocadura del río Cotuhé en el río Putumayo. Mojándose en sus aguas, se alzan decenas de viviendas palafíticas, es decir, construidas sobre estacas diseñadas para elevarlas sobre el agua, que constituyen cerca de la mitad del pueblo y son testigos de una cultura que aprendió a latir con los pulsos del río.
Allí vive Isodoro Marín, un hombre con tantas facetas como las caras de un dado, cada una nacida de las necesidades de su comunidad. Ha sido profesor del colegio Villa Carmen de Tarapacá durante 28 años, su especialidad es el lenguaje, aunque ha dictado clases de matemáticas, educación física e incluso ha sido rector. Sabe de construcción y ebanistería, la cual practica en su tiempo libre. El trabajo del Ideam no le es ajeno; fue observador por un año, pero su memoria va más atrás: ha visto, desde antes de que existiera la institución, cómo se mide el clima y los ríos del país.
Marín recuerda su primer acercamiento con esta labor en el año 1986. “Ellos montaron en Tarapacá unas estaciones para medir el nivel de las aguas lluvias con el pluviómetro, y el nivel de los ríos Putumayo y Cotuhé. Cerca de la casa donde vivíamos instalaron el pluviómetro”. La estación fue ubicada en los predios de unos familiares de Marín, a los que accedieron funcionarios del Instituto Colombiano de Hidrología, Meteorología y Adecuación de Tierras (HIMAT) para construir un encerramiento de aproximadamente dos metros cuadrados donde se alojaría el pluviómetro. También montaron una regleta que funcionaba como estación hidrológica para medir el nivel del río.
El encargado de hacer las primeras mediciones fue un hombre que vivía en el predio. En ese entonces el HIMAT viajaba mensualmente para recoger los datos de la lluvia, rigurosamente anotados en una planilla, y pagar en efectivo al observador. En 1989 aquel observador se fue de Tarapacá y dejó a cargo a Marín, que tomó los datos durante cerca de un año, hasta que en 1990 se mudó a Antioquia para continuar sus estudios en un seminario.
El rol de observador fue heredado, de nuevo, a otro miembro de su familia, su padrastro, quien tomó datos durante décadas, hasta que en el 2025 se retiró, pues su avanzada edad no le permitía seguir llevando a cabo la labor. Marín regresó en 1995 con el propósito de ofrecer a su comunidad todo lo aprendido en tierras lejanas.
“Hace años venían los funcionarios del Ideam a hacer revisión y mantenimiento de las regletas y el pluviómetro. Traían los pagos en efectivo, pero en algún momento todas las instituciones comenzaron a hacer los pagos por medio de cuentas bancarias”, comenta. Durante los años en los que Marín se había ausentado, este abrió una cuenta bancaria que lo convirtió en la pieza clave de la mediación entre el Ideam y los observadores del área.
En su momento, tener una cuenta bancaria era extremadamente inusual para los pobladores de Tarapacá, así que, mediante un acuerdo verbal, Marín acordó ser quien recibiera los pagos de cuatro observadores: dos de Tarapacá y dos de Santa Lucía, una población ubicada río arriba, a pocos kilómetros, sobre el río Cotuhé.
No obstante, su labor no se limitó a ser un intermediario económico. Durante más de veinte años Isidoro fue el encargado de fotografiar las planillas y enviar los datos mensualmente al Ideam. Debido a este manejo, él es quien figura oficialmente como observador de las cuatro estaciones del área no municipalizada de Tarapacá. Es el caso de muchos observadores, que al no tener cuenta bancaria, delegan la conexión económica a personas cercanas, quienes son las figurantes en los documentos oficiales.
La cuenta bancaria de Marín ha sido testigo de la precarización de las labores de observación, enmarcada en una región donde la situación económica es difícil. “Es una comunidad donde las personas no tienen un ingreso mensual, entonces lo que les paguen a veces les sirve. Esa es la situación”, comenta. Es común que los observadores pidan que el pago se acumule, de tal forma que les llegue un pago un poco más grande después de algunos meses, “el pago mensual es insignificante, para algunos es de $40.000 y para otros es de $60.000, ni siquiera sube”.
La transición del pago efectivo al pago a través de cuentas bancarias ha alejado aún más al Ideam de las poblaciones. Según Marín, que también se encarga de conseguir transporte fluvial a los funcionarios del Ideam, las visitas de la institución suceden, a lo mucho, una vez al año.
Esta distancia hace que Marín se pregunte por la razón de ser de las estaciones alojadas en su población: “los observadores miran cómo están los elementos de las estaciones, si hace falta algún arreglo o libretas para sus apuntes. Solo hacen eso”, señala. “Pero hablar de las afectaciones del cambio climático y de cómo estas impactan a la comunidad es algo que no han hecho jamás”, continúa.
Marín sabe que las afectaciones han sido muchas, por ejemplo, en el año 99 ocurrió una crecida del río que inundó el poblado de Tarapacá. Fue de tal magnitud que se perdieron cultivos y muchas familias tuvieron que abandonar sus hogares, “tuvieron que suspender las clases porque las calles se quedaron inundadas”, recuerda. La situación se repitió en el 2015. En ninguna ocasión se les advirtió que eso iba a pasar, o se les brindó ayuda alguna.
El cambio climático ha hecho que se vuelva impredecible el cambio del río. “Hace muchos años, mis abuelos sabían en qué momento subía el río y en qué tiempo bajaba. Eso les servía a ellos para sembrar a la orilla del río cultivos de cosecha rápida. Pero de unos años para acá, ya nadie cultiva en la ribera del río porque no se sabe en qué momento sube y en qué momento va a parar”.
Esto deja un sinsabor entre los habitantes de Tarapacá, quienes perciben que, lejos de beneficiarlos, la labor del Ideam se suma a las lógicas extractivistas que históricamente han recaído sobre su territorio. “¿Qué razón de ser tiene eso?”, reclama Marín.
Este artículo hace parte del reportaje Colombia, un país que se mide a mano: la labor invisible de los observadores del Ideam, realizado por estudiantes de la Maestría en Periodismo Científico. Puede encontrar la primera entrega aquí.



