¿Cómo comunicarnos sin daño?

¿Cómo comunicarnos sin daño?

Por: Carlos Gómez-Restrepo, Marisol Cano Busquets, Mónica Isabel Salazar Gómez, Liliana María Gómez Céspedes, Mayra Alejandra Ríos Aguilar, Roberto Antonio Sepúlveda Romero, Álvaro Fernando Núñez Zúñiga, Paula Andrea Ospina Saavedra* // Fotografía: Istock

Integrantes del Observatorio para comunicarnos sin daño de la Pontificia Universidad Javeriana reflexionan sobre la responsabilidad de una comunicación certera y proactiva.

El señor Palomar está en la orilla del mar mirando cómo van y vienen las olas. “No se puede observar una ola –dice– sin tener en cuenta los aspectos complejos que concurren a formarla, y los otros igualmente complejos que provoca”.

La reflexión del personaje del escritor Italo Calvino, en su obra Palomar, es precisa. Observar con detenimiento las acciones humanas, personales y sociales, se ha vuelto cada vez más importante. Y en la medida en que las sociedades se tornan más complejas, la necesidad se acentúa y acrecienta. Las razones son muchas: los problemas necesitan conocerse para poder generar soluciones efectivas y creativas; la participación se ha convertido en una dimensión fundamental de la vida social y el aprendizaje permite que no se cometan errores que han sido suficientemente detectados.

La comunicación ha ido ganando protagonismo de una manera generalizada y vertiginosa. Los medios de comunicación pertenecen desde hace tiempo a la rutina de la vida diaria y son uno de los instrumentos para circular información, generar imaginarios y producir representaciones sobre los problemas de una sociedad. Es verdad que su papel se ha ido transformando y que ellos mismos están sumergidos en una crisis de grandes proporciones, que ha fracturado su modelo de negocio, sus relaciones de confianza con la comunidad y, finalmente, su mayor capital: la credibilidad. Aunque siguen siendo importantes, los medios de comunicación ya no tienen el poder, ni el alcance que tenían en el pasado.

Entretanto, el paisaje de la comunicación se ha poblado de nuevos habitantes. Las tecnologías han sofisticado los soportes y las infraestructuras de transmisión de información, las redes sociales se han convertido en uno de los lugares privilegiados para la interacción entre los seres humanos, y los computadores, internet y los teléfonos móviles forman parte activa de la vida comunicativa de todas las personas, particularmente de los jóvenes.

En un estudio reciente sobre la apropiación social de las tecnologías (2020), el Centro Nacional de Consultoría constató que Internet ya es el medio más importante para acceder a la información general en Colombia, con un 50 %, seguido por la televisión (37 %) y muy lejos por la radio (8 %) y la prensa (5 %). En valoración de información confiable aparece en primer lugar la televisión (37 %), seguida de cerca por internet (33 %), la radio (16 %) y la prensa (15 %).

Lo que llama la atención de este análisis de la apropiación social de las tecnologías es la caída de la confianza en los medios de comunicación. Cuando se consultan los datos por edad, se constata que los jóvenes confían más en internet (41 %) que en cualquier otro medio.

 

La comunicación más allá de medios y redes

Sin duda la comunicación es mucho más que medios, internet y redes sociales. Forma parte de la vida diaria, se manifiesta en los diálogos y en las formas de interacción cotidianas, permea las relaciones familiares, las celebraciones o los duelos, los contextos de la educación, el mundo de los afectos y del trabajo. Lo interesante de esta ampliación de la comunicación es que las personas, sin exclusiones, pueden llevar a cabo prácticas comunicativas que no produzcan daño.

Este es uno de los objetivos del proyecto titulado Comunicación para la reconciliación y la salud mental, de las Facultades de Medicina y de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana.

¿Cómo unir medicina y comunicación en la perspectiva de los cambios que está viviendo nuestro país? ¿Cómo poner a dialogar a la salud con los diversos caminos de la comunicación para encontrar buenas prácticas que promuevan la paz, la convivencia y la reconciliación?

La evidencia sugiere que una gran variedad de problemas o síntomas de la esfera mental como por ejemplo, insomnio, angustia constante, miedo sin causa aparente y tristeza intensa, están asociados a formas problemáticas de comunicación. Sus repercusiones van más allá de lo personal y el malestar interfiere con el normal funcionamiento familiar, social, laboral y académico del individuo. En otras palabras: la comunicación puede intervenirse o modificarse para estar atentos a las situaciones de conflicto y las vulneraciones que genera y aportar a su solución.

El Observatorio para comunicarnos sin daño, en marcha desde 2019, entiende la comunicación como una apuesta ética y política que involucra a diferentes sujetos y sectores sociales y va mucho más allá de la emisión de mensajes y la difusión de contenidos sobre la reconciliación y la salud mental. Cuenta con un equipo interdisciplinario y la convocatoria a jóvenes estudiantes para incorporarse a la iniciativa. De esa manera se conjugan el observatorio, que tiene reminiscencias de la astronomía, y el semillero, que nos recuerda los afanes de la agricultura. Mirar al cielo y tener polo a tierra, son buenas metáforas para definir un observatorio.

En la comunicación, el Observatorio explora aquellas prácticas que pueden producir daño y se proponen esas otras que ayudan a superarlo. Por ejemplo, a veces la comunicación prioriza información para confirmar creencias o suposiciones, ignorando alternativas que las controviertan. Esta acción, que puede ocasionar daño, se puede contrastar con el pluralismo, la verificación juiciosa y la crítica de los prejuicios.

Hay muchas más posibilidades: frente al uso de una sola fuente está la opinión diversificada; frente al horror que seduce está el contexto que garantiza memoria e historia; frente a la revictimización está la dignidad de toda persona.

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La comunicación desde sus relatos

En un comienzo el Observatorio funcionó a partir del análisis de tres clases de relatos: los relatos mediáticos, que son las narraciones, informaciones y noticias producidas por los medios de comunicación; los relatos digitales, que tramitan significados que circulan especialmente por redes sociales como Twitter y que son generados por líderes de opinión; y los relatos vitales, que son mensajes construidos a partir de las historias de ciudadanos, colectivos e instituciones tras su experiencia del conflicto y su trabajo por la reconciliación y su papel como veedores.

El país ha vivido durante décadas un conflicto interno, con repercusiones psicosociales de enorme gravedad, degradación e injusticia que inclusive ha adquirido formas nuevas, se ha concentrado en regiones y ha visto aparecer a nuevos actores que acuden a la violencia por afirmar su poder y hegemonía en los territorios. Por eso, los relatos que inicialmente se han analizado en el Observatorio han tenido que ver con el proceso de paz, el post acuerdo y la reconciliación.

La polarización y la estigmatización de los otros, las confusiones y la generación intencionada de desinformación son algunas de las características que no cesan. Basta ver los acontecimientos recientes.
Si bien la comunicación sin daño tiene sus actores entre los periodistas y editores, los productores sonoros y visuales, los constructores de opinión a través de las redes sociales y los grupos e instituciones que inciden comunicativamente en los procesos de paz, no está circunscrita solamente a ellos. Al acudir a diario a muchas formas de comunicación, todas las personas están llamadas a revisar sus prácticas comunicativas y evitar todo aquello que produzca daño a sí mismo y a otros.

La observación de los relatos mediáticos mostró que una parte importante de sus historias respeta la dignidad de los protagonistas y suscita interés y confianza. Pero falta contexto, las fuentes son poco diversas y los géneros reducidos especialmente a las noticias.

En los relatos digitales la interacción se construye a través de identidades de grupo muy marcadas y excluyentes, que rápidamente se posicionan alrededor de líderes de opinión y que suelen estar apoyadas en la simplificación, en la repetición obsesiva de los puntos de vista y, no pocas veces, en emociones desbordadas.

Además de lo que sucede en los medios y en las redes, el Observatorio se ha preocupado por analizar la comunicación en los liderazgos comunitarios. En ellos se ven matices importantes y en cierta forma diferentes. Muchos de ellos han sido afectados directa o indirectamente por el conflicto armado colombiano, y entre sus discursos es valioso identificar cómo están entendiendo la reconciliación y cómo la aplican en sus procesos cotidianos En sus respuestas, los entrevistados subrayaron su relación con las comunidades, resaltando su proximidad con el proceso de paz, sus propósitos de movilización y su estrecha conexión con problemas concretos que sus comunidades vivieron como el desplazamiento o la violencia sexual. Un alto porcentaje utiliza un lenguaje sencillo y una parte de ellos recurre a apoyos audiovisuales en su tarea comunicativa. Hay una certeza en la comprensión de que las soluciones no pueden ser individuales sino colectivas y todos trabajan pensando en lo comunitario más que en lo personal.

El Observatorio ha asumido una tarea social muy importante. Ya ha empezado a hacer aportes al explorar los relatos que sobre la paz y la reconciliación están haciendo los medios, las nuevas tecnologías y los liderazgos comunitarios. Y al hacerlo está mostrando los caminos para llevar a cabo una comunicación sin daño.

Para leer más:
“Comunicación sin daño: convivencia y salud mental”, Editorial Pontificia Universidad Javieriana, 2020. https://doi.org/10.11144/Javeriana.9789587815610

* Directores e integrantes del Observatorio para comunicarnos sin daño en su versión 2019. Facultad de Medicina y Facultad de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana

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