El ‛pisco’ de la historia de la pedagogía en Colombia

El ‛pisco’ de la historia de la pedagogía en Colombia

“El ‛pisco’ pa’l tema de la historia de la pedagogía en Colombia es Oscar de Jesús Saldarriaga”, dicen los intelectuales y colegas en tono cachaco al referirse a quien para ellos es el experto y gran estudioso de ese campo. Hoy, a sus 63 años, con bigote lineado y su boina bien puesta, señala que sus experiencias lo condujeron, casi sin darse cuenta y por azar, a convertirse en tal personaje. “En cierto sentido estaba escrito, las distintas conexiones de mi vida fueron marcando el camino”, dice.

Este hijo de padres paisas y el mayor de tres hermanos es oriundo de Boyacá. Por una fuerte malaria que le impidió a Oscar, su padre, ingeniero agrónomo, trabajar en zonas cálidas, la familia Saldarriaga Vélez empezó a transitar por zonas frías del país. Así, llegaron a Duitama, donde nació Oscar, a finales de los años cincuenta. Al poco tiempo se trasladaron a Pasto, lugar donde creció entre paisajes andinos, las colchas de retazos coloridos de las parcelas campesinas y un gran océano de trigales.

Allí, en la denominada Ciudad Sorpresa, al perseguir los pasos de su padre por los campos, en medio del frío, aprendió acerca de las variedades de papa, trigo y maíz, al tiempo que se fue enamorando de la investigación. “La palabra experimento me vino con él casi como la leche”, dice jocosamente al recordar aquella época y el legado silencioso que le dejó ese jovial agrónomo, cabeza paterna de los Saldarriaga. “Más que el agro, mi papá me transmitió el gusto por la observación detallada y juiciosa”.

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La unión de esta herencia con su propio carácter fue la raíz de lo que años más tarde le representaría un profundo cariño por la ciencia hecha con rigor y dedicación, pues su espíritu explorador apareció en él desde muy pequeño. Mientras los niños jugaban fútbol en una zona rocosa y desértica de Pasto, él quería escudriñar las montañas erosionadas, recuerda Jaime, su hermano menor. En uno de sus rastreos dentro de una cueva vio algo exótico, blanco, como una flor con púas largas. Corrió a invitar a papá y a mamá a que vieran tan suntuoso hallazgo. Al verlo, el grito alarmado de Martha Vélez, su madre, lo aterrizó: “¡Es un gusano!”. Y así pasaba su tiempo, de expedición en expedición, o leyendo durante horas.

Hoy, este historiador cuenta con más de cincuenta capítulos de libros a su nombre y tres libros acerca de la práctica pedagógica y sobre cómo se constituyó el sistema educativo de Colombia. En este momento, la Editorial Pontificia Universidad Javeriana tiene en prensa su tesis doctoral, un mamotreto de dos mil páginas sobre el papel de la filosofía católica enseñada durante cien años en la educación secundaria colombiana. Este interés llegó antes de que él mismo lo supiera.

Terminaba la década de los años sesenta, y abrazados por las arcadas gigantescas, los rincones oscuros y los patios adoquinados del Colegio San Francisco Javier, dos ejércitos de estudiantes se enfrentaban sin piedad, unos representando a Roma y defendiendo su bandera azul, y al otro lado los de Cartago, con bandera roja en mano. El fuego cruzado era un bombardeo de preguntas, las más rebuscadas, para corchar y así dar el golpe más fuerte. Quien ganaba tenía el privilegio de vigilar a toda la clase la semana siguiente. El goce y el dolor que le despertó esta experiencia de aprendizaje serían premonitorios para su camino como estudioso del pasado de la pedagogía, cuando las lecturas le revelaron que se trataba del mismo “sistema de decurias” inventado por los jesuitas en el siglo XVII.

Ya entrados los años setenta, y con la adolescencia andando, la familia se movió de nuevo, esta vez a Medellín, lo que le implicó vivir un salto en el tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, viajó del siglo XVII al siglo XX, dice. Pasó de una vida deslumbrante en campos y montañas, aunque un tanto lúgubre, fría y colonial, de mucho temor a la autoridad, a una urbe agitada, de movimientos estudiantiles, actitud revolucionaria y el jipismo en furor. En sus palabras, “fue un aterrizaje a la modernidad”. A su llegada, en el Colegio San Ignacio, les hacían corrillo a él y a sus hermanos para oírles hablar pastuso, acento que con el tiempo parece haberse quedado en la armoniosa tierra de su infancia. Ahora su acento suena paisa.

Antes de entrar a la universidad, quiso incursionar en el noviciado, pero decidió dar rienda suelta a sus pasiones ―la literatura, el teatro y el arte― y desertó antes de pisarlo. Sin embargo, después de transitar entre amores y odios por su fe cristiana, le quedó una marcada espiritualidad que hasta el día de hoy lo identifica y que sigue explorando como un niño aventurero, pasando de su religiosa huella familiar al conocimiento y a la aplicación de los saberes indígenas en su vida.

Aunque le hubiera gustado ser literato, insiste en que no tenía la suficiente fuerza creativa para ser un novelista. Pero, en medio de sus conversaciones, no es difícil encontrar expresiones que denotan el alma de poeta que lleva dentro. Teatrero de profesión tampoco fue, aunque las tablas lo sedujeron por mucho tiempo. Al final, se fue por la historia y se graduó en la Universidad de Antioquia, pero con el arte al lado: “Mis estudios fueron: en las mañanas, historia y, en las tardes, teatro”. Ahora, las funciones en el escenario pasaron a ser una actividad que traslada a sus clases y que emplea para enseñar.

Dice que la vida misma lo fue llevando a decantarse por el estudio de la pedagogía, y, aunque no es fantasía, de por medio hubo mucha dedicación. Por casualidad se presentó, en 1979, a una convocatoria como monitor de un proyecto en la Facultad de Educación, en el grupo interuniversitario Historia de la Práctica Pedagógica en Colombia, fundado por los licenciados Olga Lucía Zuluaga y Jesús Alberto Echeverri, a quienes reconoce como sus maestros y formadores. El objetivo que perseguía este trabajo investigativo era estudiar la pedagogía del siglo XIX. Esto lo llevó a hacer maletas y arrancar para la capital, donde estuvo por tres años trabajando en la Biblioteca Nacional, rastreando documentación de archivo y fuentes impresas sobre el tema. En 1990 se vinculó al Departamento de Historia de la Pontificia Universidad Javeriana, donde es profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales.

Desde entonces, ha dedicado su vida a excavar y reconstruir detalladamente y a modo de rompecabezas la historia de los maestros en el país, entretejida con su ancestral interés por el lugar del catolicismo en nuestra sociedad. Su amigo y colega Rafael Reyes comenta que el trabajo de Saldarriaga, que se extiende por más de cuatro décadas, ha consistido en reivindicar el papel del maestro y su saber: “Él llega a preguntarse por qué ha sido subalterno este oficio y por qué la pedagogía siempre ha aparecido como un saber inferior frente al saber de la escuela. Leer su obra es ponerse los lentes para adentrarse en una realidad poco explorada”. Por todo esto, en el 2019 fue reconocido con el Premio Bienal como uno de los mejores investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana.

Quienes conocen al profesor Saldarriaga saben de su solidaridad y de la conmoción que le despiertan la desigualdad, la vulneración de derechos y la extinción de saberes, así como de su emoción por las luchas de todos los que han sido históricamente marginados. En su papel de científico, muestra una profunda sensibilidad por la gente y la vida del maestro. “La pedagogía, además de ser un objeto de investigación fascinante y poderoso para leer la historia colombiana, se volvió un asunto personal. Esto de ser pedagogo es diferente a hacer historia de la pedagogía y yo represento las dos partes”.

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En la academia es minucioso, dice su amigo Reyes. “Destaca por su mística y la profunda honradez intelectual de sus textos, al punto de que le frustra la arrogancia académica”, asegura. Este buen conversador que es Saldarriaga, y también doctor en Filosofía y Letras de la Universidad Católica de Lovaina, fue uno de los participantes del Movimiento Pedagógico colombiano en 1982, que convocó a maestros, intelectuales y sindicalistas para manifestarse, a través del conocimiento, en torno al maestro como trabajador cultural y a la pedagogía como un saber de resistencia política.

Oscar de Jesús Saldarriaga es un referente que continúa robusteciendo el árbol histórico de la pedagogía en Colombia y, sin saber si es su realidad o su deseo, define su vida como un viaje hacia el amor y el conocimiento. Un viaje al que muchos jóvenes se han sumado para seguir sus pasos, y en el que otros más viejos admiran su trabajo.


Para leer más: Saldarriaga Vélez, O.; Sáenz Obregón, J. y Ospina López, A. Mirar la infancia: pedagogía, moral y modernidad en Colombia, 1903-1946. 2 vols. Medellín: Colciencias-Uniandes-Foro Nacional por Colombia-Universidad de Antioquia, 1997.
Saldarriaga Vélez O. Del oficio de maestro: prácticas y teorías de la pedagogía moderna en Colombia. Bogotá: Editorial Magisterio.
Saldarriaga Vélez, O., Nova et vetera: filosofía neotomista, educación y modernidad en Colombia, 1878-1930. Manuscrito en proceso de publicación.

 

                          

La simbología detrás de ‘vandalizar’ monumentos

La simbología detrás de ‘vandalizar’ monumentos

Los bogotanos amanecieron el 7 de mayo con la noticia del derribamiento de la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada (fundador de Bogotá), que estaba ubicada en una plazoleta frente a la Universidad Rosario. “Es un acto de justicia espiritual organizado por las mujeres originarias y mestizas del Movimiento de Autoridades Indígenas de Colombia AICO”, argumentó Didier Chirimuscay líder de la comunidad misak.

El pasado 28 de abril, primer día del paro nacional que aún continúa, manifestantes derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar en la ciudad de Cali. Al igual que meses atrás en Popayán, esta acción fue realizada por un grupo de indígenas de la comunidad misak, nasa y pijao.

El año pasado, luego del asesinato de George Floyd que impulsó el movimiento Black Lives Matter en diferentes partes del mundo, cayeron estatuas como la de Cristóbal Colón o el Rey Leopoldo II en países como Estados Unidos, y la del esclavista Edward Colston en Reino Unido.

Una práctica histórica

Comprender que este fenómeno cultural hace parte de nuestra historia permite ver qué acontecimientos, como la caída de estatuas de dictadores como Sadam Hussein (2003), o del muro de Berlín (1989) y hasta del edificio Reichstag (1933), también implicaron la destrucción de monumentos. En Afganistán (2001), se destruyeron los gigantescos Budas de Bamiyan con más de mil años de antigüedad.

“La vandalización es una realidad polisémica llena de preguntas, enfoques y diferentes perspectivas por todo lo que implica físicamente, legalmente, simbólicamente, socialmente y estéticamente”, enfatiza María Isabel Tello, directora del Instituto Carlos Arbeláez Camacho, ICAC, de la Javeriana.

Este es un fenómeno social que implica la destrucción del patrimonio cultural; bienes comunes que en la mayoría de los casos están ubicados en el espacio público. Para el caso específico de los monumentos, conocidos como Bienes de Interés Cultural (BIC), ‘vandalizar’ tiene varias implicaciones de acuerdo con los diferentes ámbitos de valoración del patrimonio.

Es decir, para aquel “que considera el patrimonio como un objeto terminado que representa la historia institucional y oficial, vandalizar es producto de un acto delincuencial porque transgrede la ley”, analiza Tello, arquitecta restauradora.

Vandalismo en monumentos y estatuas

Desde esta visión, el vandalismo es penalizado por el Código Nacional de Policía con una acción reparatoria y una multa de 16 salarios mínimos.

Otro ámbito de valoración del patrimonio que determina el concepto de ‘vandalizar’, se ve reflejado en el individuo que en nombre de su fe o de su gusto estético, colecciona partes o pedazos de un monumento. Asimismo, la vandalización como acción comunicativa implicaría una valoración desde los antivalores, que el que ‘vandaliza’ quiere deponer. 

“Desde el punto de vista de la gestión pública de la conservación, y derivado de ello del manejo, la sostenibilidad y la ejecución de recursos para el cumplimiento de sus objetivos, el asunto es un claro problema. Una restauración puede llegar a implicar la inversión de cientos o miles de millones de pesos, dependiendo de la magnitud de la obra y del daño que se le haya causado”, complementa la arquitecta Tello.

¿Por qué conservamos ciertos monumentos?

Pero también existe la mirada de quien se pregunta si realmente lo que conservamos representa lo que mejor representa nuestra historia. Este puede ser el caso de la reivindicación de la comunidad misak respecto al imaginario histórico alrededor de Sebastián de Belalcázar.

Desde la mirada de la historia institucional, Belalcázar es el fundador de las ciudades Asunción de Popayán y Santiago de Cali. Desde la mirada de las comunidades indígenas misak, nasa y pijao es un genocida que los despojó de sus tierras.

En este caso, la noción de delito o acto delictivo se nubla en medio de las narrativas y los relatos de la comunidad indígena. La experta en patrimonio plantea como reflexión que “es tan simbólico el objeto monumental conservado, como el acto de su vandalización”

Según Tello, la historia ya no puede ser contada solo por los grandes hechos históricos. “Hasta el siglo XX empezamos a pensar que había una arquitectura contextual no monumental, que también debía ser valorada y conservada, puesto que también se constituye en testimonio de la historia de nuestros grupos humanos”.

Así, cada caso de vandalización de un BIC es distinto y se hace necesario analizar el contexto en el que sucede cada uno: ¿cuáles son los móviles?, ¿qué tradición representa el monumento?, ¿cuál es la coherencia de que esté o no en ese lugar?, ¿cuáles serían las implicaciones de mantenerlo o reubicarlo?, ¿qué comunica el monumento y qué su vandalización?, ¿cómo ponemos en dialogo los dos relatos?, ¿dónde comienza y termina el vandalismo y la manifestanción social?

“Yo sí creo que se deben buscar consensos. Se deben poner en diálogo las dos necesidades; es tan necesario conservar y mantener en buen estado el patrimonio, como necesario darles la posibilidad a los individuos de expresarse, sobre lienzos que se sobreponen”. Para la arquitecta, esos consensos deben llevar a construir una conciencia histórica diferente.

La directora del ICAC concluye que, adicional a la motivación de comunicar que moviliza a los grupos sociales al acto vandálico, el rol que, tanto el monumento como el acto en sí mismo, cumplen al tener como escenario el espacio público, es necesario leerlos desde lo que para la sociedad de hoy implica la noción de lo público.

Nos encontramos en el décimo día de un paro nacional opacado por la violencia. Ante la pregunta de si iban a seguir vandalizando monumentos, Didier Chirimuscay, líder de la comunidad misak, respondió: “No podemos pasar por alto los símbolos de la desmemoria. Esta responsabilidad no es solo del pueblo misak, es de todo el pueblo colombiano a contar la historia que es”.

¿Será posible alcanzar el consenso donde sea posible construir en colectivo esa nueva conciencia histórica que propone la profesora Tello, sin destruir esos monumentos de la desmemoria histórica a los que se refiere el líder misak?

Nautilus, la web para navegar en las reflexiones de la pandemia

Nautilus, la web para navegar en las reflexiones de la pandemia

¿Estamos ante una época de cambios o estamos en un cambio de época? Esa es una de las preguntas abordadas por un grupo de profesores de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana durante el lanzamiento del ambiente académico digital: Nautilus, una página web diseñada por el Laboratorio interdisciplinario SensoLab, que ofrece pensamientos, respuestas y alertas sobre temas de coyuntura nacional, como la actual crisis sanitaria.

“Nautilus es un espacio creado para tener el gusto de escribir con libertad; la ventaja es que allí se podrán publicar podcast, videos y diversos formatos que aporten múltiples visiones para percibir la situación actual y darle profundidad al momento que estamos viviendo”, asegura Germán Mejía Pavony, decano de esta facultad. Facultad de Ciencias Sociales.

Durante el lanzamiento de esta plataforma, el 17 de junio del 2020, los profesores y estudiantes javerianos presentaron una serie de pensamientos sobre la pandemia, la forma cómo la humanidad la ha asumido y las posibles consecuencias sociales del periodo postCovid-19 tomando como base cuestionamientos de carácter cultural, económico, histórico y sociológico.

Algunas de estas reflexiones sugieren que la actual crisis financiera por la que atraviesa el mundo, exacerbada por la pandemia, se debe al grado de descomposición del esquema económico producido por el capitalismo, así como el grave problema de desigualdad que generan los modelos contemporáneos de empleo, de acuerdo con los docentes Samuel Vanegas y Marta Cecilia Cortés, de Departamento de Sociología.

Estas preocupaciones también llaman la atención sobre las prácticas sociales relacionadas con la administración de la información a altas velocidades, la vulnerabilidad humana ante las noticias falsas o fake news, y la urgencia colectiva por controlar el futuro y el tiempo, uno que es especialmente incierto frente a la “nueva normalidad” que impone la pandemia. De allí la pregunta, “¿Cómo soportar la espera ante la crisis en medio de un mundo que nos enseñó a no esperar?”, afirma el profesor Eduard Moreno Trujillo, del Departamento de Historia.

Estos ‘desdoblamientos’, término que los académicos usaron para referirse a sus reflexiones, están publicados actualmente en Nautilus; además, cada uno de ellos aborda los desafíos que vive la humanidad desde polos opuestos: el mundo tal y como se conocía hace algunos meses y la “nueva realidad” postCovid-19.

Conozca los nueve ‘desdoblamientos’ aquí.

Reviva el lanzamiento de Nautilus aquí.

Nautilus

 

Pensamientos en tiempos de crisis

La plataforma Nautilus es además el repositorio del libro Pensamientos virales: Las creencia sociales y humanas en tiempos de crisis, una obra cuyo eje transversal es el término “pandemia” y cómo este se ha convertido en un actor histórico que en pocos meses se ha expandido, conquistado territorios y pueblos alrededor del mundo.

Esta obra, conformada por diez ensayos y 175 páginas, retrata la lectura de profesores y estudiantes del Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas sobre cómo el mundo está asumiendo la crisis ocasionada por la Covid-19 y pone sobre la mesa temas de interés colectivo. Por ejemplo, debate sobre cómo la pandemia podría socavar las democracias, la forma en la que las sociedades cambian sus prioridades cuando se prolonga la crisis y cómo la magnitud de la coyuntura visibiliza las fragilidades sociales que hoy se han generado producto de la disminución del papel del Estado.

“Tanto en estos tiempos de pandemia como en los tiempos por venir, es fundamental continuar con una reflexión amplia y profunda sobre los modelos de sociedad, de sistema económico y de desarrollo sobre los cuales está soportado el mundo contemporáneo”, puntualiza en el libro Amada Carolina Pérez, doctora en historia y directora del Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas.

Descargue el libro Pensamientos virales: Las creencia sociales y humanas en tiempos de crisis, aquí.

¿Cómo va la economía en el contexto global?

¿Cómo va la economía en el contexto global?

China, como la mayoría de los países orientales, ha estado bajo la lupa de las grandes potencias mundiales, como Estados Unidos y Rusia, durante las últimas décadas. El crecimiento económico del gigante asiático desde los años 80, la oferta de su mano de obra a bajo costo y su competitividad en el mercado internacional con la tecnología de punta han hecho que países latinoamericanos, como Chile y Panamá, le sigan la pista en su justa medida. Pero, aunque el de China es un caso exitoso, Colombia, cuyas condiciones de desarrollo han sido similares, aún está muy por debajo de alcanzar a sus vecinos y consolidar un modelo económico, político y social que apunte a reducir las brechas de equidad que aún permanecen.

Con el fin de encontrar respuestas sólidas y argumentadas a esta situación, el economista colombiano Luis García Echeverría recopiló documentos institucionales, cifras nacionales e internacionales provenientes del Banco de la República de Colombia, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otras fuentes, y analizó minuciosamente el escenario en relación con las teorías económicas, producto del conocimiento empírico adquirido en sus cerca de 40 años de vida docente. Resultado de este proceso, y de más de tres años de reescritura y edición con la Editorial Javeriana, es el libro La economía colombiana y la economía mundial, 1950-2017.

Se trata de una ruta de navegación que comprende las dinámicas políticas y sociales de la historia económica mundial a partir de un análisis de las teorías económicas globales, y de sus efectos en eventos socioeconómicos que han tenido lugar durante los últimos 67 años. García Echeverría seleccionó este periodo (1950-2017) por la solidez y consistencia del material obtenido de sus fuentes y en cuya fiabilidad basa el análisis.

Colombia, en relación con la economía mundial, es uno de los casos de estudio de este libro, pues García, quien también fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Pontificia Universidad Javeriana, se propuso presentar una serie de reflexiones y críticas sobre el modelo económico del país a la luz de algunos periodos clave, como la era del café en los años 50, el sistema de valor constante (UPAC), el narcotráfico, la gran crisis global de finales del siglo XX y la era del petróleo en el siglo XXI. De ahí su premisa: Colombia no ha superado la barrera del subdesarrollo económico y social, ni tampoco ha mejorado efectivamente las condiciones de vida de la mayoría de las personas para otorgarles bienestar.

En sus palabras, “los costos sociales, no fácilmente cuantificables, de la violencia y el conflicto armado no solamente retrasaron el desarrollo de la economía y la población, sino que también resquebrajaron sensiblemente el tejido social […]. El reto pendiente es mejorar la distribución de las oportunidades”.

El fin último de esta obra es proporcionarle al lector herramientas para repensar la economía, evidenciarla en su cotidianidad y, como en el aula de clase, poner a prueba el instinto, perspicacia y rigor investigativo. García, quien ha trabajado como analista de modelos económicos y desarrollo regional en el Fondo Monetario Internacional, insiste: “Si las teorías económicas no se enseñan de manera práctica, se quedan en eso, en meras teorías puestas en libros”.

De esta manera, quien abra las páginas de esta cartografía económica no solo se encontrará con un análisis profundo de la historia de la economía colombiana y mundial, sino que también verá un material actualizado, comprensible y bien fundamentado, pues esta obra no solo está dirigida a estudiosos de la economía sino a lectores de otras disciplinas que buscan enlaces con esta ciencia social.

La noche de premiación javeriana

La noche de premiación javeriana

El pasado viernes 13 de septiembre, ante un auditorio totalmente lleno, se llevó a cabo la clausura del XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, cuyo momento culminante fue la entrega del Premio Bienal Javeriano en Investigación 2019 tanto a los trabajos de ciencia más destacados presentados desde la anterior edición (2017) como a las trayectorias académicas de sus científicos más destacados.

En la categoría Vida y Obra, Gustavo Habib Kattan, doctor en Zoología de la Universidad de La Florida y docente investigador de la Javeriana Cali, recibió el galardón en el área de Ciencias Naturales, Físicas, Exactas y del Medio Ambiente por su larga trayectoria a la investigación en ornitología, concretamente al estudio poblacional de aves colombianas en diversos periodos de tiempo y la formación de una nueva generación de científicos dedicados a la conservación de especies biológicas.

Kattan también es co-fundador de la carrera de Biología de la Javeriana, y en esta edición del Congreso se desempeñó como su presidente.

En el área de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, el reconocimiento fue para Óscar de Jesús Saldarriaga, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y docente de la Facultad de Ciencias Sociales, quien se ha destacado por sus múltiples investigaciones sobre la historia de la educación en Colombia, especialmente su relación con la religión, y el papel del maestro en la sociedad.

“Para mí es muy importante este honor porque significa un intercambio de gratitud, de mí hacia la Pontificia Universidad Javeriana, que ha sido mi alma mater durante más de 28 años, la que me ha permitido desarrollar mi trabajos y producir lo que he hecho”, le dijo Saldarriaga a Pesquisa Javeriana.

El profesor Óscar Saldarriega al recibir el reconocimiento.
El profesor Óscar Saldarriaga al recibir el reconocimiento.

De igual forma, en el área de Ciencias de la Salud, se destacó con este galardón a Susana Fiorentino, doctora en Inmunología de la Universidad Pierre y Marie Curie, en Francia, con distintas estancias posdoctorales en el país galo, y docente investigadora de la Facultad de Ciencias. Ella ha recibido un amplio reconocimiento por su trabajo investigativo sobre las cualidades medicinales de distintas plantas nativas, como el anamú, y su aplicación para el tratamiento de enfermedades como el cáncer.

“Este es el reconocimiento a lo que me gusta hacer, que es la investigación. Esa es mi vida”, admitió la galardonada tras recibir el premio.

La investigadora Susana Fiorentino con el galardón y el diploma obtenidos.
La investigadora Susana Fiorentino con el galardón y el diploma obtenidos.

Finalmente, en el área de Ingenierías, Arquitectura y Diseño, el premio recayó en Efraín Antonio Domínguez, doctor en Hidrología y Recursos Hídricos de la Universidad Estatal de Hidrometeorología de Rusia y docente de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, por sus aportes investigativos sobre la hidrología colombiana, como estudios sobre el impacto del cambio climático en el Régimen Hidrológico Colombiano y el diseño de diferentes sistemas de información climáticos para América Latina.

“Este premio me señala la gran oportunidad que tengo de seguir haciendo investigación pertinente para el país. Creo que podré transmitir todo esto a muchos jóvenes que trabajan conmigo y esperar que la sociedad colombiana sienta algún beneficio, y tenga oportunidades de desarrollo, en lo que trabajo con mis estudiantes”, señaló Domínguez.

El profesor Efraín Domínguez (der.) recibe su reconocimiento de manos de Luis Miguel Renjigo (zq.), vicerrector de Investigación, y del padre Humberto Peláez, S.J. (centro), rector de la Javeriana.
El profesor Efraín Domínguez (der.) recibe su reconocimiento de manos de Luis Miguel Renjigo (izq.), vicerrector de Investigación, y del padre Jorge Humberto Peláez, S.J. (centro), rector de la Javeriana.


Las investigaciones más destacadas

En la categoría Mejor Trabajo de Investigación, los ganadores de la edición 2019 del premio fueron:

  • Julio Mario Hoyos, en el área de Ciencias Naturales, Físicas, Exactas y del Medio Ambiente, por su investigación con dos especies de ranas endémicas de Colombia.
  • El grupo de trabajo conformado por los investigadores Jefferson Jaramillo, Amada Carolina Pérez y Óscar Guarín recibió el galardón en el área de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, por sus aportes sobre la construcción de memoria colectiva.
  • Carlos Javier Alméciga y Edwin Alexander Rodríguez recibieron el galardón en el área de Ciencias de la Salud por su contribución al desarrollo de terapias genéticas para las llamadas enfermedades huérfanas.
  • En el Área de Ingenierías, Arquitectura y Diseño, el reconocimiento fue recibido por los investigadores Jaime Hernández García y Sabina Cárdenas O’Byrne —ella, de la sede Cali— por sus aportes sobre desarrollo urbanístico.

La entrega de reconocimientos tuvo como preámbulo la presentación, por parte de la Dirección de Innovación de la Universidad, de 10 tecnologías concebidas al interior de sus aulas, laboratorios, talleres, semilleros y grupos de investigación; todas ellas se encuentran hoy en diferentes estadios, como en procesos de transferencia con empresas, estructuración de su modelo de negocios o pruebas de campo.

A esta demostración le siguieron las palabras de cierre a cargo de Luis Miguel Renjifo, vicerrector de Investigación, quien destacó la participación de los invitados de lujo al Congreso, tanto nacionales como extranjeros, en las tres conferencias magistrales que se dictaron sobre el objeto y la razón de hacer ciencia en Colombia, el proceso político venezolano y las relaciones binacionales, y el papel de la ciudadanía en la investigación científica.

Asimismo, resaltó los tres intensos días de conversaciones, exposiciones, argumentaciones y diversas preguntas sobre la ciencia desarrollada en la universidad con las 108 presentaciones de trabajos científicos —en siete simposios diferentes—, llevadas a cabo por académicos y estudiantes javerianos.

Los imborrables años 70

Los imborrables años 70

Por las carreteras colombianas circulaba incólume, con sus inconfundibles curvas, el Renault 4. Concebido originalmente en Francia como un carro para la naciente clase media urbana, se consolidó como el ícono de las vacaciones familiares al cruzar el Atlántico y llegar a nuestras tierras. ‘El Cuatro’ se posicionó como el carro aspiracional por excelencia de una década que inició con una elección polémica y políticas regresivas que inspiraron un levantamiento popular a favor de distintas reivindicaciones sociales.

Todas estas ideas y su representación en el arte visual colombiano son abordadas en Múltiples y originales: arte y cultura visual en Colombia, años 70, el trabajo de los artistas plásticos e investigadores javerianos María Sol Barón y Camilo Ordóñez Robayo, publicado este año por la Editorial Javeriana. En sus páginas se redescubren las tensiones políticas, el auge de los medios visuales y la publicidad, la situación económica, las instituciones artísticas y todas las demás influencias en la obra de artistas colombianos como Bernardo Salcedo, Antonio Caro, Carlos Mayolo y Luis Ospina, entre otros.

https://youtu.be/IRDuHWwDrjU

 

 


FICHA TÉCNICA
TÍTULO:
Múltiples y originales: arte y cultura visual en Colombia, años 70
AUTORES: María Sol Barón Pino y Camilo Ordóñez Robayo
NÚMERO DE PÁGINAS: 502
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2019
Editorial Javeriana

Celebraciones bicentenarias: vista a nuestro pasado, presente y futuro

Celebraciones bicentenarias: vista a nuestro pasado, presente y futuro

El 2010 fue un año de conmemoraciones bicentenarias para Venezuela, Argentina, México, Chile y también para Colombia, donde la vida cotidiana se interrumpió por las múltiples actividades de festejo, todo con motivo de la celebración de los 200 años de las acciones ocurridas el 20 de julio de 1810 en Santafé de Bogotá, día considerado como el punto de partida para el nacimiento del Estado-nación colombiano; esta fecha es uno de los símbolos más profundos de la identidad nacional, a pesar de que la independencia se consiguiera solo hasta el 7 de agosto de 1819.

Cada conmemoración de Independencia, sin distinguir lugar o nación, se festeja de forma diferente. Por ejemplo, “el Centenario de 1910 y el Bicentenario de 2010 en Colombia contó cada uno con sus particularidades, pues, aunque las personas honraron lo mismo, para 1910 fue evidente el predominio de un régimen de historicidad moderno, con un discurso que le apuntaba al futuro, al progreso y la modernización; entre tanto, en la época bicentenaria predominó la categoría del presente ante la incertidumbre del futuro y la necesidad de volver la mirada al pasado”, asegura Sebastián Vargas, doctor en historia y magíster en Estudios Cultura­les de la Pontificia Universidad Javeriana. A esto se suma que, a diferencia de lo sucedido en el Centenario, los Estados no monopolizaron la festividad pública y participaron distintos sectores (organizaciones y movimientos sociales, empresas privadas y los medios de comunicación).

Estos actos sociales, como los sucedidos en 1910 o en el 2010 en Colombia, son una oportunidad para volver a narrar lo que nos contaron, re-presentar, actuar el pasado mítico y vivirlo con la emotividad y el sentimiento de haber estado presente aquel 20 de julio de 1810, en ese lugar y a esa hora, así solo lo hayamos escuchado de las voces de nuestros maestros de colegio, lo hayamos leído en libros o visto en la televisión. Igual, permanece en la memoria colectiva como si lo hubiéramos vivido en carne propia.

Estas celebraciones, además, están mediadas por lo que Vargas denomina como políticas de conmemoración; en otras palabras,  “son el espejo de las identidades presentes de la nación, en ellas participan diferentes actores y cada uno lo hace a su manera”. Los olvidados luchan por hacerse visibles, otros sacan a la luz sus intereses políticos; asimismo se recuerdan eventos, personajes y cosas, pero también se olvidan y se deja por fuera a otros. “Hay conmemoraciones en las que el Estado tiene más control que otras, por ejemplo, el Centenario de 1910 fue más controlada por el Estado que la del Bicentenario. Esto, por la necesidad de las élites estatales de visibilizar los avances materiales y morales de la nación”, añade el historiador.

Sebastián Vargas se ha dedicado a estudiar la conmemoración bicentenaria de 2010 en Colombia con el fin de explicar los usos de la historia que hay detrás de estos festejos, así que escudriñó documentos de diverso tipo que dieran cuenta del contexto de dicha celebración: documentos oficiales, páginas web que sirven de repositorio de la mayoría de actividades públicas estatales; documentos alternativos: audiovisuales, fanzines (publicaciones temáticas de bajo presupuesto), publicaciones, comunicados de prensa y otros que, por su parte, muestran tensiones frente a las formas en las que han sido representados algunos sectores en el pasado. Además, recorrió actos conmemorativos, exhibiciones, museos, monumentos, memoriales y obras públicas. “Lo que hice fue ver cómo operó la celebración, en diferentes lenguajes, diferentes registros, formas discursivas, por ejemplo, el espacio público, las fiestas o conciertos”, explica.

En su investigación Después del Bicentenario: políticas de la conmemoración, temporalidad y nación, Colombia y México, 2010, plasmó los resultados de este recorrido histórico. Dentro de los hallazgos encontró que, a pesar de los intentos del Estado por diseñar e implementar una agenda conmemorativa oficial, por un lado, irrumpieron diversos actores sociales con sus memorias que hicieron contrapeso a la agenda conmemorativa oficial; y por otro, pese a estas irrupciones, y a que diversas propuestas oficiales reconocían la multiplicidad histórica y cultural del pasado, se terminó por reproducir la historia patria, pues los protagonistas de la celebración fueron una vez más Hidalgo, Bolívar, el grito de Dolores o el florero de Llorente, desconociendo nuevamente a los que también estuvieron en la lucha pero han sido olvidados.

Las distintas actividades fueron pensadas para visibilizar la diversidad y la pluralidad oculta de la historia teniendo en cuenta los avances multiculturales del país y la ya reconocida diversidad nacional; sin embargo, no modificó la interpretación tradicional del proceso histórico de la Independencia. Las minorías estuvieron presentes, se convocaron a movimientos afrodescendientes e indígenas así como a sectores populares para que participaran de la conmemoración, pero las exclusiones y silencios de la historia se mantuvieron. “La diversidad de culturas, memorias y sujetos de la nación que los gobiernos pretendieron reconocer durante el Bicentenario quedó desdibujada por la reiterada recordación de acontecimientos y personajes históricos canonizados por la historia tradicional”, asegura Vargas. Esto, sumado a que tampoco mejoraron las condiciones de vida de las poblaciones rurales, indígenas y afrodescendientes contemporáneas.

Tal parece que, como menciona el historiador, “la celebración bicentenaria se quedó en la mera espectacularización. Se desaprovechó una oportunidad única para hacer un balance sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestra nación, pues se puso el énfasis en la reproducción de lugares comunes y en la dimensión festiva y espectacular, dejando en un segundo plano la reflexión y divulgación histórica”, y añade que “de aquí que la banalización de la historia, una vez pasado el año, e incluso el mes de festejo, haya sido un monumental y costoso evento histórico, pero efímero a ojos de los colombianos”.

Y por si fuera poco, el Estado aprovechó la coyuntura bicentenaria para promover y legitimar políticas en materia de defensa y seguridad, cosa que no solo sucedió en Colombia, pues, como afirma Vargas, “una de las principales coincidencias entre la conmemoración colombiana y la mexicana que estuvo presente fue que en ambos casos los Estados incorporaron uniformes, vehículos y tropas de tiempos pasados en los desfiles militares llevados a cabo durante los días de fiesta nacional como una manera de representar la seguridad democrática, en el caso colombiano, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez”. Así mismo, la investigación demuestra que los discursos presidenciales durante la conmemoración estuvieron atravesados por la mención a las luchas por la Independencia y la libertad del pasado, y su supuesta conexión con los conflictos internos del presente.

En cuanto a las representaciones museográficas, hay que decir que fue en estos escenarios donde se propuso generar en los públicos una reflexión sobre la historia y, particularmente, sobre la Independencia como un proceso abierto, en construcción, del cual todos estaban llamados a participar. En la investigación, Vargas enfatiza que en los museos se utilizaron recursos interactivos y virtuales que posibilitaran recrear un ambiente de inmersión y una vívida experiencia. Por su parte, los medios de comunicación y las empresas no se quedaron atrás, pues el historiador javeriano evidenció que estos también se sirvieron en términos económicos y de visibilidad en la coyuntura.

“Mi hipótesis es que, por el presentismo de la conmemoración, a nadie le importa y la gente iba y asistía a los eventos pero por una cosa como de patriotismo e incluso por la fiesta, por el hecho de ir a un evento público y celebrar que Colombia cumplía 200 años de Independencia, pero a nadie le interesa ver realmente eso qué implica y cómo fue el proceso histórico”, afirma el investigador.

Hoy se conmemora el bicentenario del 7 de agosto de 1819 que recuerda la Batalla de Boyacá y el día oficial de la Independencia de la Nueva Granada. Por un tiempo se evaluó cuál sería la fecha de festejo más importante, si 1810 o 1819, pero “no se trata de cuál es más importante sino de ver en estas fechas una oportunidad para reconocer nuestra historia, evaluar nuestro presente y mirar hacia el futuro”, finaliza Vargas.

Ahora solo queda esperar con qué novedades llega este nuevo año de libertad para Colombia y cómo se revive la historia de la Batalla de Boyacá durante estos días, y si, como colombianos en medio de nuestro presentismo, lo vivimos y luego lo olvidamos como arena que se lleva el agua.

La ciudad de múltiples miradas

La ciudad de múltiples miradas

Montado a caballo y con su espada desenvainada, seguido de cerca por las miradas aterradas de indígenas y rodeado de frases entrecortadas en muysccubun, el idioma nativo. Así, el 6 de agosto de 1538, en nombre del emperador Carlos V, el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada tomó un pequeño asentamiento en medio de las montañas, y en una ceremonia religiosa frente a 12 bohíos, dirigida por el fraile Domingo de las Casas, le entregaba a la Corona y al catolicismo la que sería la punta de lanza de un nuevo Virreinato. La llamó Santa Fe, y para reclamarla como suya y diferenciarla de los poblados que iban surgiendo en el nuevo continente, la bautizó también “de Bogotá”.

Aquel villorrio, que el 27 de abril de 1539 recibiría su fundación jurídica, no ha parado de crecer. Hoy, 481 años después, se ha convertido en una urbe que va devorando poblados vecinos, que para 2018 sumaba 7,18 millones de personas, de acuerdo a cifras del DANE, y, para el mismo año, produjo una riqueza conjunta de más de $250.500 millones, aportando el 25,6% del Producto Interno Bruto de toda Colombia.

Bogotá es también una ciudad de continuos choques, de diferencias culturales, políticas, ideológicas, religiosas, etc. Una ciudad que le muestra una cara al ciudadano que reside en ella, otra al empleado o empresario que se gana la vida entre sus límites, otra al turista que quiere conocerla, otra a quien llega a ella buscando refugio.

Pesquisa Javeriana le ha seguido la pista a estas múltiples facetas de Bogotá, la capital colombiana, desde las investigaciones que la academia ha producido para descifrar sus secretos. Hoy, cuando conmemoramos un año más de su fundación, compartimos con ustedes nuestra visión de esta ciudad que evoluciona año a año y se muestra muy diferente a lo que creemos que es.

Esta es una pequeña lista de las diferentes caras de Bogotá:

  • Movilidad social: Cómo los estratos dividieron para siempre a la capital y a sus habitantes.
  • Salud y desplazamiento: Diferentes ideas sobre cómo atender a una población vulnerable.
  • Industria y diseño: La unión de pymes de marroquinería y calzado para potenciar sus diseños y venderlos en el exterior.
  • Historia industrial: La reconstrucción de una de las primeras fábricas de loza en la ciudad.
  • Trancones: El proyecto que, a través del conteo, propone solucionar los problemas del tráfico vehicular.
  • Le Corbusier: Así fue la capital que imaginó el afamado arquitecto belga a mediados del siglo XX.
  • Teatros: Los lugares donde los bogotanos construyeron su visión de lo público en los siglos XIX y XX.
  • Clima: Una investigación conjunta de las universidades Javeriana y Nacional para predecir mejor el clima bogotano.
  • Guapucha: La investigación liderada por el desaparecido ictiólogo Javier Maldonado para salvar a un pez endémico del rio Bogotá.
  • Paisaje sonoro: Así suena la capital colombiana desde sus cerros orientales.
  • Monumentos: Recorrido por las esculturas que le dan forma e identidad a la ciudad.
  • Vallenato: La historia de cómo uno de los ritmos más representativos de Colombia encontró su audiencia, y su impulso musical, en Bogotá.
Lo que nunca nos contaron del 20 de julio de 1810

Lo que nunca nos contaron del 20 de julio de 1810

Esta es una historia perdida, de esas que nuestros abuelos o maestros nunca nos contaron. Han transcurrido 209 años desde aquel 20 de julio, en el que unos personajes desconocidos, en las entrañas de la Nueva Granada (Santafé de Bogotá), firmaron el Acta del Cabildo Extraordinario, la que abriría un difícil y amargo camino hacia la independencia de Colombia con un dulce sabor a victoria.

En 1810, mientras España se las arreglaba para sobreponerse a la guerra que libraba contra las tropas francesas, la invasión napoleónica, el cautiverio del rey Fernando y demás momentos que llevaron a la crisis constitucional de la monarquía, en Santafé, lejos de que la idea de independencia se inmiscuyera como objetivo principal en la memoria de sus pobladores, lo que pedían los santafereños era la constitución de una junta de gobierno que defendiera la autonomía de los territorios americanos por regiones, es decir, mantener el control de Santafé frente a lo que estaba sucediendo en la Península, y así se consolidó la Junta Suprema.

Sin mencionar palabra que insinuara el deseo por liberarse de la monarquía, se firmó el Acta del Cabildo Extraordinario. Para ese viernes 20 de julio bastó solo una pluma y un papel donde se plasmaron las ideas que indicarían la autonomía territorial: la Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada ejercería la autoridad, convocaría al Congreso y en conjunto dictarían una Constitución; luego se mencionaba a la Junta como garante de la seguridad del territorio y, entre otros, se reconocía formalmente un nuevo gobierno comandado por este cuerpo interino en ausencia del rey.

Se firmó un acta, pero ¿quiénes escribieron sus nombres en ella?

Sin duda resulta de interés saber de la existencia del acta, pero es aún más interesante conocer la ‘historia perdida’ de quiénes fueron los firmantes. “Hay quienes piensan que los hombres que la firmaron son criollos y que siempre estuvieron marginados por el Estado, por el rey, o que eran unos recónditos que iban pasando por Santafé y aprovecharon para firmar”, afirma Juana María Marín Leoz, historiadora y profesora javeriana, quien llegó desde Navarra, España, para estudiar la historia que desconocemos de nuestro país y relatar con su caluroso acento hispano los hallazgos de su obra.

¿Qué hay detrás de los nombres que aparecen en ese papel, aquéllos que han tenido el privilegio de ser denominados héroes y próceres de la patria? ¿Realmente los firmantes estaban subordinados por la corona? ¿Qué estudiaban? ¿Cuántos años tenían? ¿De qué familias venían y de dónde?

Marín Leoz, quien hoy en día se considera una criolla por la cantidad de años que lleva radicada en Colombia, escudriñó cada uno de los 53 nombres que aparecen en la emblemática acta del 20 de julio, mal llamada ‘Acta de Independencia de San­tafé’ porque, según ella, la independencia llegaría algunos años después. “Esta denominación de independencia se construye posteriormente, cuando los patriotas y los granadinos ganaron todas las guerras de la independencia y finalmente consiguieron la ruptura con la monarquía tras la victoria en la batalla de Boyacá, en 1819”, afirma.

Para el desarrollo de su investigación Genealogía de un acta. Los firmantes del Acta del Cabildo Extraordinario de Santafé del 20 de julio de 1810, Marín utilizó la prosopografía, es decir, recogió las biografías extendidas de cada uno de los firmantes, sustentadas en los datos personales, sus actividades administrativas, políticas y econó­micas, al igual que la reconstrucción de sus contornos familiares y sociales, lo que le permitió cruzar informaciones, analizar similitu­des y divergencias y, con esto, construir una biografía colectiva.

La historiadora asegura que después de la lectura de mu­chas de las obras queda la sensación, en un sentido amplio, de que no es relevante saber quiénes eran los firmantes.  “Su familia, sus matrimonios y sus relaciones políticas, profesionales, amistosas, familiares… pasan a un segundo plano priman­do la construcción de una imagen plana, sin aná­lisis crítico, que sirve para engrosar las relaciones de ‘héroes y patriotas’, en las que todo es luz y no tiene cabida ninguna sombra a excepción de aquellas que oscurecen las trayectorias de aque­llos ‘traidores’ que mudaron sus fidelidades tras la firma del acta”, explica.

Con su investigación, Marín encuentra las sombras difusas de nuestra historia. Sus hallazgos demuestran que son criollos (hijos de españoles nacidos en América o españoles con más de 5 años en la Nueva Granada), o peninsulares, que llevaban participando e integrando los resortes de poder político-administrativo y socio-económico santafereño desde la década de los 90 del siglo XVIII; personas que, más allá de su origen geográfico, tienen un recorrido vital y profesional de larga duración en la capital.

“No son gente marginada, recién llegados al sistema, que asaltan la institucionalidad desde fuera sino que se convierten en garantes de ella desde antes; cuentan con una larga experiencia siendo parte del sistema y, además, al estar en las instituciones, son gente con plata, que hacen parte de la élite”, explica.

También logra desfigurar la idea, para muchos, de que este suceso estuvo liderado por jóvenes alborotados y rebeldes buscando la libertad. De hecho, la media de edad de los firmantes, según la investigación, es de 40 años: “No son jóvenes incautos luchando por la libertad y el futuro que amanece o que tenemos ahí anhelante; opuesto a esto, tienen ya mucho recorrido”.

Dentro de los otros datos curiosos, poco explorados y perdidos en nuestra historia, a Marín Leoz le llama la atención que la familia Caicedo y Flórez no firmara el acta porque eran quienes mandaban en Santafé a finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran los dueños del cabildo y tenían mucho dinero. “Yo dije: ¡qué raro!, no están firmando aquí. Pero no es que no estén, porque cuando revisé el acta con más detalle me encontré con un señor que se llama Fernando Benjumea, y dije ya está, ahí están”. Benjumea es un señor sevillano y, cuenta la historiadora, era el apoderado de los Caicedo y Flórez.

Este fue el indicio para responder a otra extrañeza que surgió en el camino: ¿por qué José Ignacio Pescador Amaya firmó, y sorprende porque lo definen como un indio, cura de Villeta nacido en Choachí. Para el momento histórico, donde incluir a un indio no era una necesidad de principios del siglo XIX, tal participación parecía difícil de creer. Pero “si nosotros viajáramos en una máquina del tiempo al 20 de julio de 1810 y preguntáramos por el señor Pescador, nos dirían: ‘sí, él es el apoderado de fulanito, está representando a este señor de la élite’”, es la hipótesis de la investigadora.

Otro hallazgo es que dentro de los firmantes hay una jerarquía de poder interna. Unos firmarían en un momento y otros después. “Los que firman primero son los que mandan en la organización de ese régimen de transformación, y de esos 35, los que mandan de verdad son 17, que están presentes en la administración desde antes, algunos desde 1770, y van a estar en los diferentes escenarios hasta 1816”, concluye.

¿Y qué pasó con los firmantes después de dar un cauteloso paso con el acta para transitar a la independencia? De los que se tiene conocimiento, unos fueron encarcelados, otros desterrados o fusilados; hoy integran la larga lista de mártires de la independencia. Después de todo, esta investigación es un aporte para acercarnos a nuestra historia y desfigurar mitos, conocer quiénes fueron los que por tanto tiempo hemos llamado héroes de la patria y reconocer que quienes se han consolidado casi como ‘santos’ también tienen oscuridades que pocas veces nos han contado.

Humboldt también tiene cabida en la FILBO 2019

Humboldt también tiene cabida en la FILBO 2019

Los caminos de herradura en medio de la vegetación cambiante de las cordilleras andinas, los valles extensos, las caídas de agua, los volcanes de lodo, las sabanas, los árboles y las flores, la fauna, los pobladores… Como si se volviera en el tiempo, al Reino de Nueva Granada de inicios del siglo XIX, hoy se puede recorrer el biodiverso territorio colombiano.

Esta experiencia puede vivirse a través de la exposición museográfica ‘Cuadros de la naturaleza: Retratos de un viajero’, que recrea el recorrido que el naturalista alemán Alexander von Humboldt hizo por la geografía nacional hace 200 años. Los visitantes a la edición 2019 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá son los espectadores de lujo del viaje que tomó lugar hace 200 años, inició en la bahía de Cispatá, en el actual departamento de Córdoba, y concluyó en el volcán Azufral, en Nariño.

La exhibición reproduce el material descrito en Humboldtiana neogranadina, la colección de libros de gran formato sobre los pasos de Humboldt por territorio colombiano, cuya edición lideró el académico Alberto Gómez Gutiérrez, profesor de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, y contó con el apoyo editorial de las universidades Externado de Colombia, CESA, EAFIT, Andes y Rosario; la colección se publicó el año pasado con el sello de la Editorial Javeriana.

A la exposición en la FILBO, situada en la sala anexa al Auditorio José Asunción Silva, en Corferias, se sumaron el Instituto Humboldt, que aportó buena parte de su colección biológica y bibliográfica sobre el naturalista alemán, y el programa Humboldt en las Américas del Instituto Goethe.

Pesquisa Javeriana acompañó al profesor Gómez Gutiérrez para desentrañar algunos de los secretos de este apasionante recorrido.

https://youtu.be/iiJuRR7fsFc