¿Cómo va la economía en el contexto global?

¿Cómo va la economía en el contexto global?

China, como la mayoría de los países orientales, ha estado bajo la lupa de las grandes potencias mundiales, como Estados Unidos y Rusia, durante las últimas décadas. El crecimiento económico del gigante asiático desde los años 80, la oferta de su mano de obra a bajo costo y su competitividad en el mercado internacional con la tecnología de punta han hecho que países latinoamericanos, como Chile y Panamá, le sigan la pista en su justa medida. Pero, aunque el de China es un caso exitoso, Colombia, cuyas condiciones de desarrollo han sido similares, aún está muy por debajo de alcanzar a sus vecinos y consolidar un modelo económico, político y social que apunte a reducir las brechas de equidad que aún permanecen.

Con el fin de encontrar respuestas sólidas y argumentadas a esta situación, el economista colombiano Luis García Echeverría recopiló documentos institucionales, cifras nacionales e internacionales provenientes del Banco de la República de Colombia, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, entre otras fuentes, y analizó minuciosamente el escenario en relación con las teorías económicas, producto del conocimiento empírico adquirido en sus cerca de 40 años de vida docente. Resultado de este proceso, y de más de tres años de reescritura y edición con la Editorial Javeriana, es el libro La economía colombiana y la economía mundial, 1950-2017.

Se trata de una ruta de navegación que comprende las dinámicas políticas y sociales de la historia económica mundial a partir de un análisis de las teorías económicas globales, y de sus efectos en eventos socioeconómicos que han tenido lugar durante los últimos 67 años. García Echeverría seleccionó este periodo (1950-2017) por la solidez y consistencia del material obtenido de sus fuentes y en cuya fiabilidad basa el análisis.

Colombia, en relación con la economía mundial, es uno de los casos de estudio de este libro, pues García, quien también fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Pontificia Universidad Javeriana, se propuso presentar una serie de reflexiones y críticas sobre el modelo económico del país a la luz de algunos periodos clave, como la era del café en los años 50, el sistema de valor constante (UPAC), el narcotráfico, la gran crisis global de finales del siglo XX y la era del petróleo en el siglo XXI. De ahí su premisa: Colombia no ha superado la barrera del subdesarrollo económico y social, ni tampoco ha mejorado efectivamente las condiciones de vida de la mayoría de las personas para otorgarles bienestar.

En sus palabras, “los costos sociales, no fácilmente cuantificables, de la violencia y el conflicto armado no solamente retrasaron el desarrollo de la economía y la población, sino que también resquebrajaron sensiblemente el tejido social […]. El reto pendiente es mejorar la distribución de las oportunidades”.

El fin último de esta obra es proporcionarle al lector herramientas para repensar la economía, evidenciarla en su cotidianidad y, como en el aula de clase, poner a prueba el instinto, perspicacia y rigor investigativo. García, quien ha trabajado como analista de modelos económicos y desarrollo regional en el Fondo Monetario Internacional, insiste: “Si las teorías económicas no se enseñan de manera práctica, se quedan en eso, en meras teorías puestas en libros”.

De esta manera, quien abra las páginas de esta cartografía económica no solo se encontrará con un análisis profundo de la historia de la economía colombiana y mundial, sino que también verá un material actualizado, comprensible y bien fundamentado, pues esta obra no solo está dirigida a estudiosos de la economía sino a lectores de otras disciplinas que buscan enlaces con esta ciencia social.

La noche de premiación javeriana

La noche de premiación javeriana

El pasado viernes 13 de septiembre, ante un auditorio totalmente lleno, se llevó a cabo la clausura del XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, cuyo momento culminante fue la entrega del Premio Bienal Javeriano en Investigación 2019 tanto a los trabajos de ciencia más destacados presentados desde la anterior edición (2017) como a las trayectorias académicas de sus científicos más destacados.

En la categoría Vida y Obra, Gustavo Habib Kattan, doctor en Zoología de la Universidad de La Florida y docente investigador de la Javeriana Cali, recibió el galardón en el área de Ciencias Naturales, Físicas, Exactas y del Medio Ambiente por su larga trayectoria a la investigación en ornitología, concretamente al estudio poblacional de aves colombianas en diversos periodos de tiempo y la formación de una nueva generación de científicos dedicados a la conservación de especies biológicas.

Kattan también es co-fundador de la carrera de Biología de la Javeriana, y en esta edición del Congreso se desempeñó como su presidente.

En el área de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, el reconocimiento fue para Óscar de Jesús Saldarriaga, doctor en Filosofía y Letras de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y docente de la Facultad de Ciencias Sociales, quien se ha destacado por sus múltiples investigaciones sobre la historia de la educación en Colombia, especialmente su relación con la religión, y el papel del maestro en la sociedad.

“Para mí es muy importante este honor porque significa un intercambio de gratitud, de mí hacia la Pontificia Universidad Javeriana, que ha sido mi alma mater durante más de 28 años, la que me ha permitido desarrollar mi trabajos y producir lo que he hecho”, le dijo Saldarriaga a Pesquisa Javeriana.

El profesor Óscar Saldarriega al recibir el reconocimiento.
El profesor Óscar Saldarriaga al recibir el reconocimiento.

De igual forma, en el área de Ciencias de la Salud, se destacó con este galardón a Susana Fiorentino, doctora en Inmunología de la Universidad Pierre y Marie Curie, en Francia, con distintas estancias posdoctorales en el país galo, y docente investigadora de la Facultad de Ciencias. Ella ha recibido un amplio reconocimiento por su trabajo investigativo sobre las cualidades medicinales de distintas plantas nativas, como el anamú, y su aplicación para el tratamiento de enfermedades como el cáncer.

“Este es el reconocimiento a lo que me gusta hacer, que es la investigación. Esa es mi vida”, admitió la galardonada tras recibir el premio.

La investigadora Susana Fiorentino con el galardón y el diploma obtenidos.
La investigadora Susana Fiorentino con el galardón y el diploma obtenidos.

Finalmente, en el área de Ingenierías, Arquitectura y Diseño, el premio recayó en Efraín Antonio Domínguez, doctor en Hidrología y Recursos Hídricos de la Universidad Estatal de Hidrometeorología de Rusia y docente de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, por sus aportes investigativos sobre la hidrología colombiana, como estudios sobre el impacto del cambio climático en el Régimen Hidrológico Colombiano y el diseño de diferentes sistemas de información climáticos para América Latina.

“Este premio me señala la gran oportunidad que tengo de seguir haciendo investigación pertinente para el país. Creo que podré transmitir todo esto a muchos jóvenes que trabajan conmigo y esperar que la sociedad colombiana sienta algún beneficio, y tenga oportunidades de desarrollo, en lo que trabajo con mis estudiantes”, señaló Domínguez.

El profesor Efraín Domínguez (der.) recibe su reconocimiento de manos de Luis Miguel Renjigo (zq.), vicerrector de Investigación, y del padre Humberto Peláez, S.J. (centro), rector de la Javeriana.
El profesor Efraín Domínguez (der.) recibe su reconocimiento de manos de Luis Miguel Renjigo (izq.), vicerrector de Investigación, y del padre Jorge Humberto Peláez, S.J. (centro), rector de la Javeriana.


Las investigaciones más destacadas

En la categoría Mejor Trabajo de Investigación, los ganadores de la edición 2019 del premio fueron:

  • Julio Mario Hoyos, en el área de Ciencias Naturales, Físicas, Exactas y del Medio Ambiente, por su investigación con dos especies de ranas endémicas de Colombia.
  • El grupo de trabajo conformado por los investigadores Jefferson Jaramillo, Amada Carolina Pérez y Óscar Guarín recibió el galardón en el área de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, por sus aportes sobre la construcción de memoria colectiva.
  • Carlos Javier Alméciga y Edwin Alexander Rodríguez recibieron el galardón en el área de Ciencias de la Salud por su contribución al desarrollo de terapias genéticas para las llamadas enfermedades huérfanas.
  • En el Área de Ingenierías, Arquitectura y Diseño, el reconocimiento fue recibido por los investigadores Jaime Hernández García y Sabina Cárdenas O’Byrne —ella, de la sede Cali— por sus aportes sobre desarrollo urbanístico.

La entrega de reconocimientos tuvo como preámbulo la presentación, por parte de la Dirección de Innovación de la Universidad, de 10 tecnologías concebidas al interior de sus aulas, laboratorios, talleres, semilleros y grupos de investigación; todas ellas se encuentran hoy en diferentes estadios, como en procesos de transferencia con empresas, estructuración de su modelo de negocios o pruebas de campo.

A esta demostración le siguieron las palabras de cierre a cargo de Luis Miguel Renjifo, vicerrector de Investigación, quien destacó la participación de los invitados de lujo al Congreso, tanto nacionales como extranjeros, en las tres conferencias magistrales que se dictaron sobre el objeto y la razón de hacer ciencia en Colombia, el proceso político venezolano y las relaciones binacionales, y el papel de la ciudadanía en la investigación científica.

Asimismo, resaltó los tres intensos días de conversaciones, exposiciones, argumentaciones y diversas preguntas sobre la ciencia desarrollada en la universidad con las 108 presentaciones de trabajos científicos —en siete simposios diferentes—, llevadas a cabo por académicos y estudiantes javerianos.

Los imborrables años 70

Los imborrables años 70

Por las carreteras colombianas circulaba incólume, con sus inconfundibles curvas, el Renault 4. Concebido originalmente en Francia como un carro para la naciente clase media urbana, se consolidó como el ícono de las vacaciones familiares al cruzar el Atlántico y llegar a nuestras tierras. ‘El Cuatro’ se posicionó como el carro aspiracional por excelencia de una década que inició con una elección polémica y políticas regresivas que inspiraron un levantamiento popular a favor de distintas reivindicaciones sociales.

Todas estas ideas y su representación en el arte visual colombiano son abordadas en Múltiples y originales: arte y cultura visual en Colombia, años 70, el trabajo de los artistas plásticos e investigadores javerianos María Sol Barón y Camilo Ordóñez Robayo, publicado este año por la Editorial Javeriana. En sus páginas se redescubren las tensiones políticas, el auge de los medios visuales y la publicidad, la situación económica, las instituciones artísticas y todas las demás influencias en la obra de artistas colombianos como Bernardo Salcedo, Antonio Caro, Carlos Mayolo y Luis Ospina, entre otros.

 

 


FICHA TÉCNICA
TÍTULO:
Múltiples y originales: arte y cultura visual en Colombia, años 70
AUTORES: María Sol Barón Pino y Camilo Ordóñez Robayo
NÚMERO DE PÁGINAS: 502
AÑO DE PUBLICACIÓN: 2019
Editorial Javeriana

Celebraciones bicentenarias: vista a nuestro pasado, presente y futuro

Celebraciones bicentenarias: vista a nuestro pasado, presente y futuro

El 2010 fue un año de conmemoraciones bicentenarias para Venezuela, Argentina, México, Chile y también para Colombia, donde la vida cotidiana se interrumpió por las múltiples actividades de festejo, todo con motivo de la celebración de los 200 años de las acciones ocurridas el 20 de julio de 1810 en Santafé de Bogotá, día considerado como el punto de partida para el nacimiento del Estado-nación colombiano; esta fecha es uno de los símbolos más profundos de la identidad nacional, a pesar de que la independencia se consiguiera solo hasta el 7 de agosto de 1819.

Cada conmemoración de Independencia, sin distinguir lugar o nación, se festeja de forma diferente. Por ejemplo, “el Centenario de 1910 y el Bicentenario de 2010 en Colombia contó cada uno con sus particularidades, pues, aunque las personas honraron lo mismo, para 1910 fue evidente el predominio de un régimen de historicidad moderno, con un discurso que le apuntaba al futuro, al progreso y la modernización; entre tanto, en la época bicentenaria predominó la categoría del presente ante la incertidumbre del futuro y la necesidad de volver la mirada al pasado”, asegura Sebastián Vargas, doctor en historia y magíster en Estudios Cultura­les de la Pontificia Universidad Javeriana. A esto se suma que, a diferencia de lo sucedido en el Centenario, los Estados no monopolizaron la festividad pública y participaron distintos sectores (organizaciones y movimientos sociales, empresas privadas y los medios de comunicación).

Estos actos sociales, como los sucedidos en 1910 o en el 2010 en Colombia, son una oportunidad para volver a narrar lo que nos contaron, re-presentar, actuar el pasado mítico y vivirlo con la emotividad y el sentimiento de haber estado presente aquel 20 de julio de 1810, en ese lugar y a esa hora, así solo lo hayamos escuchado de las voces de nuestros maestros de colegio, lo hayamos leído en libros o visto en la televisión. Igual, permanece en la memoria colectiva como si lo hubiéramos vivido en carne propia.

Estas celebraciones, además, están mediadas por lo que Vargas denomina como políticas de conmemoración; en otras palabras,  “son el espejo de las identidades presentes de la nación, en ellas participan diferentes actores y cada uno lo hace a su manera”. Los olvidados luchan por hacerse visibles, otros sacan a la luz sus intereses políticos; asimismo se recuerdan eventos, personajes y cosas, pero también se olvidan y se deja por fuera a otros. “Hay conmemoraciones en las que el Estado tiene más control que otras, por ejemplo, el Centenario de 1910 fue más controlada por el Estado que la del Bicentenario. Esto, por la necesidad de las élites estatales de visibilizar los avances materiales y morales de la nación”, añade el historiador.

Sebastián Vargas se ha dedicado a estudiar la conmemoración bicentenaria de 2010 en Colombia con el fin de explicar los usos de la historia que hay detrás de estos festejos, así que escudriñó documentos de diverso tipo que dieran cuenta del contexto de dicha celebración: documentos oficiales, páginas web que sirven de repositorio de la mayoría de actividades públicas estatales; documentos alternativos: audiovisuales, fanzines (publicaciones temáticas de bajo presupuesto), publicaciones, comunicados de prensa y otros que, por su parte, muestran tensiones frente a las formas en las que han sido representados algunos sectores en el pasado. Además, recorrió actos conmemorativos, exhibiciones, museos, monumentos, memoriales y obras públicas. “Lo que hice fue ver cómo operó la celebración, en diferentes lenguajes, diferentes registros, formas discursivas, por ejemplo, el espacio público, las fiestas o conciertos”, explica.

En su investigación Después del Bicentenario: políticas de la conmemoración, temporalidad y nación, Colombia y México, 2010, plasmó los resultados de este recorrido histórico. Dentro de los hallazgos encontró que, a pesar de los intentos del Estado por diseñar e implementar una agenda conmemorativa oficial, por un lado, irrumpieron diversos actores sociales con sus memorias que hicieron contrapeso a la agenda conmemorativa oficial; y por otro, pese a estas irrupciones, y a que diversas propuestas oficiales reconocían la multiplicidad histórica y cultural del pasado, se terminó por reproducir la historia patria, pues los protagonistas de la celebración fueron una vez más Hidalgo, Bolívar, el grito de Dolores o el florero de Llorente, desconociendo nuevamente a los que también estuvieron en la lucha pero han sido olvidados.

Las distintas actividades fueron pensadas para visibilizar la diversidad y la pluralidad oculta de la historia teniendo en cuenta los avances multiculturales del país y la ya reconocida diversidad nacional; sin embargo, no modificó la interpretación tradicional del proceso histórico de la Independencia. Las minorías estuvieron presentes, se convocaron a movimientos afrodescendientes e indígenas así como a sectores populares para que participaran de la conmemoración, pero las exclusiones y silencios de la historia se mantuvieron. “La diversidad de culturas, memorias y sujetos de la nación que los gobiernos pretendieron reconocer durante el Bicentenario quedó desdibujada por la reiterada recordación de acontecimientos y personajes históricos canonizados por la historia tradicional”, asegura Vargas. Esto, sumado a que tampoco mejoraron las condiciones de vida de las poblaciones rurales, indígenas y afrodescendientes contemporáneas.

Tal parece que, como menciona el historiador, “la celebración bicentenaria se quedó en la mera espectacularización. Se desaprovechó una oportunidad única para hacer un balance sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestra nación, pues se puso el énfasis en la reproducción de lugares comunes y en la dimensión festiva y espectacular, dejando en un segundo plano la reflexión y divulgación histórica”, y añade que “de aquí que la banalización de la historia, una vez pasado el año, e incluso el mes de festejo, haya sido un monumental y costoso evento histórico, pero efímero a ojos de los colombianos”.

Y por si fuera poco, el Estado aprovechó la coyuntura bicentenaria para promover y legitimar políticas en materia de defensa y seguridad, cosa que no solo sucedió en Colombia, pues, como afirma Vargas, “una de las principales coincidencias entre la conmemoración colombiana y la mexicana que estuvo presente fue que en ambos casos los Estados incorporaron uniformes, vehículos y tropas de tiempos pasados en los desfiles militares llevados a cabo durante los días de fiesta nacional como una manera de representar la seguridad democrática, en el caso colombiano, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez”. Así mismo, la investigación demuestra que los discursos presidenciales durante la conmemoración estuvieron atravesados por la mención a las luchas por la Independencia y la libertad del pasado, y su supuesta conexión con los conflictos internos del presente.

En cuanto a las representaciones museográficas, hay que decir que fue en estos escenarios donde se propuso generar en los públicos una reflexión sobre la historia y, particularmente, sobre la Independencia como un proceso abierto, en construcción, del cual todos estaban llamados a participar. En la investigación, Vargas enfatiza que en los museos se utilizaron recursos interactivos y virtuales que posibilitaran recrear un ambiente de inmersión y una vívida experiencia. Por su parte, los medios de comunicación y las empresas no se quedaron atrás, pues el historiador javeriano evidenció que estos también se sirvieron en términos económicos y de visibilidad en la coyuntura.

“Mi hipótesis es que, por el presentismo de la conmemoración, a nadie le importa y la gente iba y asistía a los eventos pero por una cosa como de patriotismo e incluso por la fiesta, por el hecho de ir a un evento público y celebrar que Colombia cumplía 200 años de Independencia, pero a nadie le interesa ver realmente eso qué implica y cómo fue el proceso histórico”, afirma el investigador.

Hoy se conmemora el bicentenario del 7 de agosto de 1819 que recuerda la Batalla de Boyacá y el día oficial de la Independencia de la Nueva Granada. Por un tiempo se evaluó cuál sería la fecha de festejo más importante, si 1810 o 1819, pero “no se trata de cuál es más importante sino de ver en estas fechas una oportunidad para reconocer nuestra historia, evaluar nuestro presente y mirar hacia el futuro”, finaliza Vargas.

Ahora solo queda esperar con qué novedades llega este nuevo año de libertad para Colombia y cómo se revive la historia de la Batalla de Boyacá durante estos días, y si, como colombianos en medio de nuestro presentismo, lo vivimos y luego lo olvidamos como arena que se lleva el agua.

La ciudad de múltiples miradas

La ciudad de múltiples miradas

Montado a caballo y con su espada desenvainada, seguido de cerca por las miradas aterradas de indígenas y rodeado de frases entrecortadas en muysccubun, el idioma nativo. Así, el 6 de agosto de 1538, en nombre del emperador Carlos V, el conquistador español Gonzalo Jiménez de Quesada tomó un pequeño asentamiento en medio de las montañas, y en una ceremonia religiosa frente a 12 bohíos, dirigida por el fraile Domingo de las Casas, le entregaba a la Corona y al catolicismo la que sería la punta de lanza de un nuevo Virreinato. La llamó Santa Fe, y para reclamarla como suya y diferenciarla de los poblados que iban surgiendo en el nuevo continente, la bautizó también “de Bogotá”.

Aquel villorrio, que el 27 de abril de 1539 recibiría su fundación jurídica, no ha parado de crecer. Hoy, 481 años después, se ha convertido en una urbe que va devorando poblados vecinos, que para 2018 sumaba 7,18 millones de personas, de acuerdo a cifras del DANE, y, para el mismo año, produjo una riqueza conjunta de más de $250.500 millones, aportando el 25,6% del Producto Interno Bruto de toda Colombia.

Bogotá es también una ciudad de continuos choques, de diferencias culturales, políticas, ideológicas, religiosas, etc. Una ciudad que le muestra una cara al ciudadano que reside en ella, otra al empleado o empresario que se gana la vida entre sus límites, otra al turista que quiere conocerla, otra a quien llega a ella buscando refugio.

Pesquisa Javeriana le ha seguido la pista a estas múltiples facetas de Bogotá, la capital colombiana, desde las investigaciones que la academia ha producido para descifrar sus secretos. Hoy, cuando conmemoramos un año más de su fundación, compartimos con ustedes nuestra visión de esta ciudad que evoluciona año a año y se muestra muy diferente a lo que creemos que es.

Esta es una pequeña lista de las diferentes caras de Bogotá:

  • Movilidad social: Cómo los estratos dividieron para siempre a la capital y a sus habitantes.
  • Salud y desplazamiento: Diferentes ideas sobre cómo atender a una población vulnerable.
  • Industria y diseño: La unión de pymes de marroquinería y calzado para potenciar sus diseños y venderlos en el exterior.
  • Historia industrial: La reconstrucción de una de las primeras fábricas de loza en la ciudad.
  • Trancones: El proyecto que, a través del conteo, propone solucionar los problemas del tráfico vehicular.
  • Le Corbusier: Así fue la capital que imaginó el afamado arquitecto belga a mediados del siglo XX.
  • Teatros: Los lugares donde los bogotanos construyeron su visión de lo público en los siglos XIX y XX.
  • Clima: Una investigación conjunta de las universidades Javeriana y Nacional para predecir mejor el clima bogotano.
  • Guapucha: La investigación liderada por el desaparecido ictiólogo Javier Maldonado para salvar a un pez endémico del rio Bogotá.
  • Paisaje sonoro: Así suena la capital colombiana desde sus cerros orientales.
  • Monumentos: Recorrido por las esculturas que le dan forma e identidad a la ciudad.
  • Vallenato: La historia de cómo uno de los ritmos más representativos de Colombia encontró su audiencia, y su impulso musical, en Bogotá.
Lo que nunca nos contaron del 20 de julio de 1810

Lo que nunca nos contaron del 20 de julio de 1810

Esta es una historia perdida, de esas que nuestros abuelos o maestros nunca nos contaron. Han transcurrido 209 años desde aquel 20 de julio, en el que unos personajes desconocidos, en las entrañas de la Nueva Granada (Santafé de Bogotá), firmaron el Acta del Cabildo Extraordinario, la que abriría un difícil y amargo camino hacia la independencia de Colombia con un dulce sabor a victoria.

En 1810, mientras España se las arreglaba para sobreponerse a la guerra que libraba contra las tropas francesas, la invasión napoleónica, el cautiverio del rey Fernando y demás momentos que llevaron a la crisis constitucional de la monarquía, en Santafé, lejos de que la idea de independencia se inmiscuyera como objetivo principal en la memoria de sus pobladores, lo que pedían los santafereños era la constitución de una junta de gobierno que defendiera la autonomía de los territorios americanos por regiones, es decir, mantener el control de Santafé frente a lo que estaba sucediendo en la Península, y así se consolidó la Junta Suprema.

Sin mencionar palabra que insinuara el deseo por liberarse de la monarquía, se firmó el Acta del Cabildo Extraordinario. Para ese viernes 20 de julio bastó solo una pluma y un papel donde se plasmaron las ideas que indicarían la autonomía territorial: la Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada ejercería la autoridad, convocaría al Congreso y en conjunto dictarían una Constitución; luego se mencionaba a la Junta como garante de la seguridad del territorio y, entre otros, se reconocía formalmente un nuevo gobierno comandado por este cuerpo interino en ausencia del rey.

Se firmó un acta, pero ¿quiénes escribieron sus nombres en ella?

Sin duda resulta de interés saber de la existencia del acta, pero es aún más interesante conocer la ‘historia perdida’ de quiénes fueron los firmantes. “Hay quienes piensan que los hombres que la firmaron son criollos y que siempre estuvieron marginados por el Estado, por el rey, o que eran unos recónditos que iban pasando por Santafé y aprovecharon para firmar”, afirma Juana María Marín Leoz, historiadora y profesora javeriana, quien llegó desde Navarra, España, para estudiar la historia que desconocemos de nuestro país y relatar con su caluroso acento hispano los hallazgos de su obra.

¿Qué hay detrás de los nombres que aparecen en ese papel, aquéllos que han tenido el privilegio de ser denominados héroes y próceres de la patria? ¿Realmente los firmantes estaban subordinados por la corona? ¿Qué estudiaban? ¿Cuántos años tenían? ¿De qué familias venían y de dónde?

Marín Leoz, quien hoy en día se considera una criolla por la cantidad de años que lleva radicada en Colombia, escudriñó cada uno de los 53 nombres que aparecen en la emblemática acta del 20 de julio, mal llamada ‘Acta de Independencia de San­tafé’ porque, según ella, la independencia llegaría algunos años después. “Esta denominación de independencia se construye posteriormente, cuando los patriotas y los granadinos ganaron todas las guerras de la independencia y finalmente consiguieron la ruptura con la monarquía tras la victoria en la batalla de Boyacá, en 1819”, afirma.

Para el desarrollo de su investigación Genealogía de un acta. Los firmantes del Acta del Cabildo Extraordinario de Santafé del 20 de julio de 1810, Marín utilizó la prosopografía, es decir, recogió las biografías extendidas de cada uno de los firmantes, sustentadas en los datos personales, sus actividades administrativas, políticas y econó­micas, al igual que la reconstrucción de sus contornos familiares y sociales, lo que le permitió cruzar informaciones, analizar similitu­des y divergencias y, con esto, construir una biografía colectiva.

La historiadora asegura que después de la lectura de mu­chas de las obras queda la sensación, en un sentido amplio, de que no es relevante saber quiénes eran los firmantes.  “Su familia, sus matrimonios y sus relaciones políticas, profesionales, amistosas, familiares… pasan a un segundo plano priman­do la construcción de una imagen plana, sin aná­lisis crítico, que sirve para engrosar las relaciones de ‘héroes y patriotas’, en las que todo es luz y no tiene cabida ninguna sombra a excepción de aquellas que oscurecen las trayectorias de aque­llos ‘traidores’ que mudaron sus fidelidades tras la firma del acta”, explica.

Con su investigación, Marín encuentra las sombras difusas de nuestra historia. Sus hallazgos demuestran que son criollos (hijos de españoles nacidos en América o españoles con más de 5 años en la Nueva Granada), o peninsulares, que llevaban participando e integrando los resortes de poder político-administrativo y socio-económico santafereño desde la década de los 90 del siglo XVIII; personas que, más allá de su origen geográfico, tienen un recorrido vital y profesional de larga duración en la capital.

“No son gente marginada, recién llegados al sistema, que asaltan la institucionalidad desde fuera sino que se convierten en garantes de ella desde antes; cuentan con una larga experiencia siendo parte del sistema y, además, al estar en las instituciones, son gente con plata, que hacen parte de la élite”, explica.

También logra desfigurar la idea, para muchos, de que este suceso estuvo liderado por jóvenes alborotados y rebeldes buscando la libertad. De hecho, la media de edad de los firmantes, según la investigación, es de 40 años: “No son jóvenes incautos luchando por la libertad y el futuro que amanece o que tenemos ahí anhelante; opuesto a esto, tienen ya mucho recorrido”.

Dentro de los otros datos curiosos, poco explorados y perdidos en nuestra historia, a Marín Leoz le llama la atención que la familia Caicedo y Flórez no firmara el acta porque eran quienes mandaban en Santafé a finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran los dueños del cabildo y tenían mucho dinero. “Yo dije: ¡qué raro!, no están firmando aquí. Pero no es que no estén, porque cuando revisé el acta con más detalle me encontré con un señor que se llama Fernando Benjumea, y dije ya está, ahí están”. Benjumea es un señor sevillano y, cuenta la historiadora, era el apoderado de los Caicedo y Flórez.

Este fue el indicio para responder a otra extrañeza que surgió en el camino: ¿por qué José Ignacio Pescador Amaya firmó, y sorprende porque lo definen como un indio, cura de Villeta nacido en Choachí. Para el momento histórico, donde incluir a un indio no era una necesidad de principios del siglo XIX, tal participación parecía difícil de creer. Pero “si nosotros viajáramos en una máquina del tiempo al 20 de julio de 1810 y preguntáramos por el señor Pescador, nos dirían: ‘sí, él es el apoderado de fulanito, está representando a este señor de la élite’”, es la hipótesis de la investigadora.

Otro hallazgo es que dentro de los firmantes hay una jerarquía de poder interna. Unos firmarían en un momento y otros después. “Los que firman primero son los que mandan en la organización de ese régimen de transformación, y de esos 35, los que mandan de verdad son 17, que están presentes en la administración desde antes, algunos desde 1770, y van a estar en los diferentes escenarios hasta 1816”, concluye.

¿Y qué pasó con los firmantes después de dar un cauteloso paso con el acta para transitar a la independencia? De los que se tiene conocimiento, unos fueron encarcelados, otros desterrados o fusilados; hoy integran la larga lista de mártires de la independencia. Después de todo, esta investigación es un aporte para acercarnos a nuestra historia y desfigurar mitos, conocer quiénes fueron los que por tanto tiempo hemos llamado héroes de la patria y reconocer que quienes se han consolidado casi como ‘santos’ también tienen oscuridades que pocas veces nos han contado.

Humboldt también tiene cabida en la FILBO 2019

Humboldt también tiene cabida en la FILBO 2019

Los caminos de herradura en medio de la vegetación cambiante de las cordilleras andinas, los valles extensos, las caídas de agua, los volcanes de lodo, las sabanas, los árboles y las flores, la fauna, los pobladores… Como si se volviera en el tiempo, al Reino de Nueva Granada de inicios del siglo XIX, hoy se puede recorrer el biodiverso territorio colombiano.

Esta experiencia puede vivirse a través de la exposición museográfica ‘Cuadros de la naturaleza: Retratos de un viajero’, que recrea el recorrido que el naturalista alemán Alexander von Humboldt hizo por la geografía nacional hace 200 años. Los visitantes a la edición 2019 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá son los espectadores de lujo del viaje que tomó lugar hace 200 años, inició en la bahía de Cispatá, en el actual departamento de Córdoba, y concluyó en el volcán Azufral, en Nariño.

La exhibición reproduce el material descrito en Humboldtiana neogranadina, la colección de libros de gran formato sobre los pasos de Humboldt por territorio colombiano, cuya edición lideró el académico Alberto Gómez Gutiérrez, profesor de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana, y contó con el apoyo editorial de las universidades Externado de Colombia, CESA, EAFIT, Andes y Rosario; la colección se publicó el año pasado con el sello de la Editorial Javeriana.

A la exposición en la FILBO, situada en la sala anexa al Auditorio José Asunción Silva, en Corferias, se sumaron el Instituto Humboldt, que aportó buena parte de su colección biológica y bibliográfica sobre el naturalista alemán, y el programa Humboldt en las Américas del Instituto Goethe.

Pesquisa Javeriana acompañó al profesor Gómez Gutiérrez para desentrañar algunos de los secretos de este apasionante recorrido.

Los Universitarios, la historia no contada del vallenato en Bogotá

Los Universitarios, la historia no contada del vallenato en Bogotá

Pocos se imaginan que el vallenato, ese género que despierta amores y odios entre los bogotanos, tenga una historia tan arraigada a la capital. Los más autorizados escritores del género han pasado por alto este conjunto de anécdotas que se empolvan en la memoria de aquellos, sus,  hoy viejos, protagonistas. Y es que la música de acordeón –como se le conocía cuando llegó a la capital– apareció en Bogotá en los años 50 para quedarse, y generar la primera modernización, así como la popularización definitiva del vallenato en el país.

Entre 1951 y 1973, la capital creció y pasó de tener 700.000 habitantes a 2,9 millones. Este dato es suficiente para hacernos una idea del flujo de personas que llegaron, procedentes de todas partes de Colombia. Y como esta es la historia de una música que no nació en Bogotá, es, entonces, una historia de migrantes, de sus costumbres y de sus cuentos. Es  el relato de la colonización mulata en tierra fría, cuya arma fue la diplomacia (poco refinada para muchos) del acordeón. Se trata de la vida musical de Los Universitarios y de su asombroso talento para la parranda.

La capital nunca estuvo acostumbrada al bullicio costeño y, aunque para los años 40 las orquestas caribeñas de Lucho Bermúdez y Pacho Galán empezaron a figurar con éxito en el Hotel Granada o en el Grill Colombia, el vallenato carecía de la sofisticación y elegancia que, con acierto, las Big Bands habían utilizado para conquistar a la élite. El vallenato parecía ser una música contraria al gusto bogotano, sus cantos tenían más sentimiento que afinación y el sonido grueso del acordeón tenía un aire campesino que se acompañaba de los nada refinados caja y guacharaca que formaban un conjunto de notas fandangueras y provincianas.

Aun así, cuenta la historia oficial que a mediados de los años 50 un grupo de políticos bogotanos se comenzó a interesar por la música de acordeón gracias a la influencia de sus homólogos de los departamentos de Bolívar y Magdalena. Entre ellos se encontraban figuras como Alfonso López Michelsen, Fabio Lozano Simonelli, Miguel Santamaría Dávila y Rafael Rivas Posada. Fue en sus casas del barrio La Magdalena, de Teusaquillo, donde se realizaron las primeras parrandas con un marcado carácter aristocrático.


La (buena) vida de parranda

A finales de los años 50, vestidos con camisas de manga corta, pantalón negro y zapatos oscuros, llegaron jóvenes de provincia para estudiar en las universidades Nacional y Libre. Eran proclives a la amistad, al licor y la palabra. En la cultura caribeña encontraron un punto común a sus diferencias políticas y así formaron un enclave regional para recitar poesía, echar cuentos, deleitarse con el sabor del ron, de un bolero y una guitarra, y recordar las canciones campesinas de Abel Antonio Villa y Francisco “Pacho” Rada. De allí nacieron Los Universitarios como un grupo de más de 20 contertulios (algo así como a lo que hoy llamaríamos ‘colectivo cultural’). El núcleo más festivo de esta camada llevaría el nombre de Los Universitarios a todas las parrandas estudiantiles y luego a la radio, el cine y la televisión.

Pedro García como cantante, Víctor Soto en el acordeón, Reynaldo López en la guacharaca, Pablo López en la caja y Esteban Salas en los coros fueron los integrantes de esos primeros años en los que Los Universitarios se vieron tocando cada fin de semana en una casa y en un barrio distinto. Así fue como encarnaron fielmente el espíritu de la juglería que traían en sus genes. Quisieron abrazar la ciudad en una sola parranda y trazaron un sentido en la trashumancia. Eran tiempos en los que lo vivido era lo narrado y no al revés, y por eso nunca la vida fue más real que en el deleite de un son o de un paseo, acompañados de una botella de aguardiente.

Los Universitarios – De izquierda a derecha: Nazario Zabaraín, Pablo López, Álvaro Cabas, Esteban Salas y Pedro García
Los Universitarios en televisión. De izquierda a derecha: Nazario Zabaraín, Pablo López, Álvaro Cabas, Esteban Salas y Pedro García.

Si bien la música de acordeón siempre permaneció cercana a los altos círculos de poder, como cuando Los Universitarios ingresaron en 1967 al Capitolio para ‘serenatear’ al Congreso de la República antes de comenzar la última sesión que debatiría la creación del departamento del Cesar, el vallenato se dio a conocer en las clases populares gracias a las parrandas del conjunto  en la vida cotidiana de la ciudad.

En el estadio ‘El Campín’, por ejemplo, se dieron cita regularmente para animar desde la gradería los triunfos del Unión Magdalena campeón de 1968, acompañados por un joven de nombre Emiliano Zuleta, quien viajaba desde Tunja. Como no existían divisiones pasionales, los partidos terminaban en un auténtico carnaval, animado por el público de ambas hinchadas y, particularmente, por las primeras parejas bogotanas que bailaron vallenato.

“Un mes y once días duramos parrandeando en el Quiroga. Fue una fiesta que tuvo que repetirse todas las noches siguientes en una casa diferente”, cuenta Esteban Salas, guacharaquero y corista del conjunto, refiriéndose a ese jolgorio que se vivió durante un paro estudiantil de la Universidad Libre. Recuerda que dentro de los animadores estuvieron, además, Gustavo Gutiérrez, Colacho Mendoza, Hugues Martínez y Abel Antonio Villa (la primera figura publicitada del vallenato), quienes enamoraron con su música a los amables vecinos de la Fragua, el Restrepo y el Quiroga: “Fue una vaina bohemia, grande.”

Con el grado profesional llegó la vida laboral, la cual no significó que estos personajes dejaran de parrandear en conjunto. El trabajo de Comisario de Policía que consiguió Pedro García facilitó las cosas: a bordo de la patrulla policial pudieron llegar hasta pueblos de la Sabana de Bogotá y nunca más volvieron a tener las quejas por ruido de los vecinos que obligaban a los agentes a intervenir para acallar la bulla.

A propósito de las visitas de los oficiales en las parrandas, Libia Vides, matrona de la familia Bazanta, relata: “En aquella época llegaban a terminar la vaina, pero aquí los emborrachábamos. Más de uno amaneció dormido en esta sala.” Libia, la más antigua parrandera que recuerda la ciudad, rememora a sus 97 años las interminables fiestas celebradas junto a Los Universitarios en su casa del barrio Ciudad Jardín Sur; a la fiesta llegaron acordeoneros de todo el país como Luis Enrique Martínez, Alejo Durán, Andrés Landero, Lorenzo Morales y otros grandes de la música costeña, como Los Gaiteros de San Jacinto y Estercita Forero.

Tomándose una cerveza contra una ventana de su casa, contó antes de su muerte que ella nunca abandonó la parranda y que la parranda nunca la abandonó a ella: “Todo lo que me quedó de tantos años de rumba fue esta casa y mi hija Totó, La Momposina, que hoy pasea por Europa.” Todas sus ganancias siempre se fueron en aguardiente, sancochos y arroces de cerdo para los invitados, pues cuando faltaban la comida y el licor, moría la parranda.


Acordeón en directo

 Pablo López, Poncho Zuleta y Álvaro Cabas, en una visita de Emiliano.
Pablo López, Poncho Zuleta y Álvaro Cabas, en una visita de Emiliano a la capital.

Los Universitarios también contribuyeron a la difusión masiva del vallenato de los años 60 con sus apariciones en radio, cine y televisión. Una de las curiosidades de esta historia es la grabación del material que harían para la banda sonora del mediometraje La Sarda, de Julio Luzardo, que aparecería en la película Tres cuentos colombianos en 1963.

Y tal vez esta fue la misma intención que Los Universitarios expresaron en canciones repletas de pedazos de realidad, tal como ocurrió en la grabación de  La muerte de un comisario (LP)en 1967 para el sello Orbe.

En ese año, debido al cambio de gobierno, Pedro García se encontraba afectado porque había sido recién relevado de su trabajo como Comisario de Policía. Sus tardes las pasaba junto con su amigo Esteban Salas en el Café de Doña Rosa, en la Calle 19 con Octava, un lugar de encuentro frecuente entre los músicos de la Costa. Un día apareció por allí un amigo de ellos para invitarlos a Rincón Costeño, el programa radial del locutor más reconocido de la ciudad, Miguel Granados Arjona, ‘el viejo Mike’. Acudieron a la cita en Radio Continental acompañados del acordeonista Alberto Pacheco y del maestro Francisco Zumaqué en el bajo eléctrico, e interpretaron el tema La muerte de un comisario, que se refería al despido de García.

La sonoridad de estos músicos costeños llamó la atención del productor Jaime Arturo Guerra Madrigal, quien, inmediatamente, los contrató para grabar un larga duración con la disquera Orbe. El resultado fue el primer disco bogotano completamente dedicado al canto vallenato e incluyó canciones que se convertirían en éxitos de la radio en Bogotá y también en toda la Costa Atlántica, como Canto al Tolima. En este disco, García incursionaba en el mundo del vallenato como el primer cantante que no se acompañaba a sí mismo con el acordeón. Igualmente, Esteban Salas introducía la figura del corista, superando así la del ‘ayhombero’, ese entusiasta cuyo único rol en grupo consistía en gritar “¡Ay, hombe!” para animar la parranda, aunque eso no lo hacía menos necesario que los demás.

En su Canto al Tolima, García tuvo la intención de hablar directamente de la dura realidad que se vivía en el campo colombiano. Unos años antes, según contó Carlos H. Escobar Sierra, gestor y jurado del Segundo Festival Vallenato , la canción llegó a oídos del presidente Guillermo León Valencia en una parranda convocada en el Palacio San Carlos junto con Rafael Escalona. Cuando escuchó el canto de Pedro García, el político no pudo contener las lágrimas, manifestando quizás un sentimiento de culpa por no haber cumplido su promesa electoral de alcanzar la paz en el campo. Con el tiempo la canción se convirtió en uno de los temas fundamentales del vallenato y marcó el inicio de lo que más adelante se conocería como vallenato protesta:

Hoy los odios fraticidas/
se apoderan de los campos/
y ya no se escuchan cantos/
en esta tierra sufrida
”.

Por todas estas características, Pedro García es reconocido por las figuras más importantes del vallenato como maestro de cantantes; no es de extrañar que en múltiples ocasiones Jorge Oñate lo haya citado como una de sus influencias más grandes en el canto.

Luego de este disco vinieron más presentaciones en Radio Continental, así como otras en Radio Santa Fe y Radio Juventud, en los programas Meridiano en la Costa y Concierto Vallenato, respectivamente. Este último originó la grabación de otros tres discos vallenatos para el sello Orbe, en los cuales participó como acordeonero Colacho Mendoza, reconocido por ser el segundo Rey Vallenato de la historia. Los tres discos tuvieron una acogida grande en Bogotá y en la Costa Atlántica, pues incluyeron, entre otros, la primera versión de La gota fría en acordeón.

Sus apariciones en televisión fueron de gran alcance, pues al ser el grupo más representativo de Bogotá eran invitados constantes de los programas musicales que se grababan en la capital para publicitar el Festival Vallenato de Valledupar.

Pablo López, Alejo Durán y Miguel López en parranda
Pablo López, Alejo Durán y Miguel López, en parranda.

Es en el mismo ámbito televisivo donde Los Universitarios, diez años después de graduados, deciden poner fin al conjunto para continuar por caminos musicales por separado. Pepe Sánchez los invita en 1972 a grabar el tema principal de su telenovela Vendaval, que hacía referencia a la situación de las bananeras a principios del Siglo XX. Los Universitarios se reúnen y Pablo López graba por última vez con Pedro y Esteban, quienes, para las actuaciones posteriores de la telenovela, formarían el grupo Los Cañaguateros junto con Florentino Montero en el acordeón.

“Para la década de los 70 la vaina ya estaba pegada acá en Bogotá, así que decidí empezar con los Hermanos López y Jorge Oñate, mientras Esteban Salas formó el conjunto de los Hermanos Zuleta, que habían llegado también a Bogotá”, cuenta Pablo López sobre la manera en la que Los Universitarios dieron origen a las agrupaciones vallenatas más exitosas de los años 70 y principios de los 80.


Menos parranda, más vallenato

Con este acumulado de experiencias de más de una década, Los Universitarios dieron paso a una modernización definitiva del vallenato en la que se popularizaron las grabaciones de discos completos dedicados al género, se diferenciaron los roles entre acordeonista y los cantantes, y la música llegó a los medios masivos de comunicación. Su rol fue tan importante que contribuyó a que Los Hermanos López y Los Hermanos Zuleta, alcanzaran éxito a nivel nacional y posicionaran ‘la música de acordeón’ en diferentes regiones; sus andanzas consolidaron el gusto por el vallenato tradicional en Bogotá, que hacia finales de los 80 se transformaría en el vallenato romántico, pero esa es otra historia.

Hoy, sin embargo, los tiempos han cambiado y es casi imposible pensar en alguna de las parrandas de la época sin estrellarse de frente con las restricciones del Código de Policía o con el anonimato de los vecinos de una misma cuadra. Las duras condiciones de subsistencia para los músicos han hecho casi imposible la existencia de presentaciones no remuneradas, y la desaparición de los patios de las casas en Bogotá han canalizado todos los momentos festivos hacia espacios especializados, como bares y discotecas. Todo parece indicar que la vida moderna le está ganando la batalla a la parranda.

 


*Sociólogo cultural y docente de Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana; magister en Investigación para las Ciencias Sociales de la Universidad de Ámsterdam, Holanda.

La ciencia de los unicornios

La ciencia de los unicornios

Allá arriba, en la esquina superior derecha, coronando una adusta biblioteca de madera, reposan dentro de una caja de cartón. De portada corrugada y hojas de tono amarillo, escritos con tintas de color azul, verde, negro, rojo, con indicaciones de ortografía, notas al margen donde el hilo académico se rompe para hacer una rápida conversión de dinero o capturar el espíritu de una revelación. Son los cuadernos que acompañaron al filósofo Carlos Arturo López por cerca de cinco años, cruzaron de su mano el Atlántico, recorrieron antiguos anaqueles en las bibliotecas alemanas y fueron construyendo así, cita a cita, su tesis doctoral de historia en la Universidad Libre de Berlín.

Pasar esas páginas y adentrarse en las curvas de su letra cursiva es ir descubriendo una Colombia lejana, tanto en el tiempo como en el espíritu de la época, que, sin embargo, se mantiene viva en el transcurrir político del país actual. En ellas se abordan las diferencias ideológicas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la Regeneración conservadora, a su manera de puño de hierro, buscaba darle forma a un país que venía de guerra civil en guerra civil, y donde las ideas contrarias eran perseguidas con todo el peso de la ley.

Pero más allá de proyectos de nación frustrados o de legislaciones para (re)fundar un país que los académicos llaman “pre-moderno”, los cuadernos del profesor López perseguían las bases filosóficas que lo conformaron. Ese fue su interés académico: hallar los puntos de encuentro en las ideas de los bandos contrarios y cómo se expresaban a partir de la escritura, durante una época alejada de la historia nacional en la que expresar lo que se pensaba podía resultar en un ejercicio peligroso…

“Para muchos, lo que logró la Regeneración fue unificar la nación, generar un sentido de nación, consolidar unas instituciones después del desorden que había generado el Olimpo Radical, pero esa historia ya la contaron en esa época y no me deja de parecer extraño que aún sigamos diciendo lo mismo”, explica López, quien se desempeña hoy como investigador del Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo consistió en adentrarse en las publicaciones de algunos representantes ideológicos del espectro conservador y liberal —que no una simple oposición—, las cuales se consignaron en ensayos, artículos periodísticos o críticas, pues las revistas especializadas en filosofía aparecerían medio siglo después; en ellos buscó puntos de encuentro a partir de la escritura, pues su objetivo, desde el principio, fue desembarazarse de la tradicional —y pareciera que eterna— disputa ideológica entre bando y bando.

“Lo que me parece muy sospechoso es que terminamos contando historias como las contaron los protagonistas. Uno debe reconstruir los procesos como los vieron ellos, pero hay que hacer un desdoblamiento de ese proceso”, comenta, repasando las páginas de El terreno común de la escritura: Una historia de la producción escrita de filosofía en Colombia, 1892-1910, la edición de su tesis doctoral publicada por la Editorial Javeriana en 2018.

Carlos Arturo López, doctor en Historia, se especializa en historia del pensamiento en español e historial de la filosofía en Colombia.
Carlos Arturo López, doctor en Historia, se especializa en historia del pensamiento en español e historial de la filosofía en Colombia.

Sus 311 páginas son el resultado de un proyecto que nació en los salones de la Javeriana durante su pregrado de Filosofía y que fue consolidándose con su maestría, en la misma universidad, en Historia: compilar la historia de la filosofía colombiana, tarea en la que también hay muchos desencuentros.

“Estudiar filosofía en Colombia es como hacer ciencia de los unicornios. A pesar de que hay mucha cosa escrita, cuando uno se mete de lleno a eso, en general, es homogéneo y pobre, es una historia que se viene contando de un modo muy similar”, explica López. Ese relato resalta los años 40 del siglo XX, con la fundación del Instituto de Filosofía de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional (actual Departamento de Filosofía) y, posteriormente, con la fundación de la revista especializada Ideas y valores, como la cuna del pensamiento filosófico colombiano. En el fondo, se trata de una estrategia discursiva que terminó comprometiéndose con las ideas liberales de la República liberal (1930-1946), época señalada, además, como la entrada de Colombia a la modernidad.

La investigación de López añade elementos para valorar la escritura filosófica local desde otra perspectiva. Por eso se centra en 1892, año en que se acoge la reforma educativa propuesta por el Colegio Mayor de El Rosario, que escalonó los grados de enseñanza, estableció una serie de requisitos mínimos para avanzar de curso en curso, y estableció el estudio de la filosofía como una carrera independiente. Desde aquí se imponen unas reglas claras en la argumentación, al igual que en la producción que se publicaba en espacios abiertos al público, fuera de las aulas, pero lo más importante: se tenía un sentido histórico del trabajo filosófico.

“Ya empieza a proyectarse la nación hacia el futuro. Por eso la historicidad empieza a ganar un papel relevante, por la cuestión de hacia dónde va el Estado. Es una pregunta que está a toda hora, porque la filosofía es fundamental, servía para algo, tenía que servir para algo. Usted pensaba el problema de la filosofía para orientar el Estado, para orientar la sociedad, para orientarse individualmente, sea como un laico que cree que las leyes de la naturaleza nos van a llevar hacia algún lado, o sea como un religioso que quiere alcanzar la salvación”, asegura López.

Su pesquisa concluye en 1910, cuando, por la conmemoración del primer centenario de la Independencia, se dio un boom de publicaciones de libros y artículos sobre la historia del país. Durante los cinco años de su aventura académica en Berlín, López le siguió los pasos a las ideas de Miguel Antonio Caro, Rafael María Carrasquilla, Sergio Arboleda o Marco Fidel Suárez, entre otros.

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La tesis doctoral del profesor López fue publicada por Editorial Javeriana en 2018 y presentado en la Feria del Libro de Bogotá de ese año.

Su propuesta ha calado de diversas formas entre la comunidad académica. Por ejemplo, Damián Pachón Soto, doctor en Filosofía y Letras y docente de la Universidad Industrial de Santander, consignó en una crítica publicada por El Espectador sus diferencias con varios apartes del libro: “Los normalizadores mismos siempre fueron muy conscientes de que filosofía hubo en Colombia desde la época colonial, y no siempre acusaron a esa filosofía como atrasada o mera copia de la europea”.

Por su parte, Renán Silva, sociólogo, doctor en Historia moderna y profesor de la Universidad de los Andes, afirma que “el libro del profesor López Jiménez trae a la discusión un periodo de la actividad filosófica en Colombia menos conocido de lo que se piensa, sin dejar de examinar con ojos críticos pero equilibrados los análisis de quienes antes de él se han ocupado del problema. Con un enfoque que muestra los vínculos entre historia del pensamiento e historia de sus soportes textuales, esta obra se esfuerza por restablecer los contextos sociales e institucionales que ayudan a la comprensión de los textos más notables del periodo, tratando al tiempo de restablecer las conexiones de esos trabajos con el universo cultural hispanoamericano y, más en general, europeo. Todo un impulso para la renovación de un sector del análisis histórico que no siempre ha mostrado la atención que merece”.

Para López, su trabajo no busca reevaluar los conceptos que la academia colombiana ha depositado sobre una época concreta de la historia y el saber nacional, como tampoco resaltar el trabajo de autores que propusieron un modelo nación. La suya es una apuesta para abordar los conceptos y las discusiones sin el apasionamiento binario de las ideas partidistas, incluso académico, que ha determinado, y sigue determinando, las disputas en nuestros días —sin importar el acervo argumental que pueda brindarse ante el contrincante—.

“Yo creo que esto es un trabajo a largo plazo. Esperaría no solo que impulsara más trabajos de historia de la filosofía, sino que, metodológicamente, al menos el modo que se cuestiona el relato hegemónico con el que pensamos la historia de la filosofía pueda usarse para pensar la formación del Estado, para pensar las relaciones en ese Estado, para pensar el lugar de las mujeres en la historia de Colombia. Hay muchas historias que se pueden contar desde ahí…”, concluye.

El día a día de López está enfocado en esa meta. Frente a su computador, rodeado de un silencio férreo, teclea con decisión mientras sigue las indicaciones en el cuaderno de turno. Su nueva aventura consiste en indagar, buscar, escoger, destacar los apartados filosóficos que han calado en la historia de Colombia, y con ellos construir una nueva versión de ese saber en esta esquina de Suramérica. Es su nuevo plan para describir el unicornio que lleva persiguiendo a lo largo de su vida académica.

Nuestra historia se lee al ritmo de la salsa

Nuestra historia se lee al ritmo de la salsa

Transcurría la década de los 60 y a lo lejos, en pleno barrio popular de cualquier lugar de Latinoamérica, la radio. Un sonido llamativo corría por los aires, algo similar al son cubano o a la música tradicional puertorriqueña, pero no lo era; posiblemente un jazz, pero tampoco. ¿Qué sonaba? Era la mezcla de todos y a la vez de ninguno. ¿Quién la interpretaba? Difícil reconocerlo: ¿un puertorriqueño, venezolano, colombiano, cubano, panameño tal vez? Indescifrable, solo se sabía que los cantantes eran latinos, el sabor estaba implícito en cada nota, en cada letra.

En época donde las migraciones eran constantes, los de cultura negra y origen afroantillano viajaban de un lugar a otro llevando consigo ritmos tradicionales (la bomba y la plena de Puerto Rico, el merengue dominicano, la cumbia y el currulao colombianos, el tamborito panameño o el calypso de las Antillas menores), y con ellos nació la salsa, un nuevo género musical estallando en letras que le cantaban a lo popular, al desarraigo y a lo marginal.

Los barrios latinos de Nueva York, entre ellos el Spanish Harlem y el South Bronx, fueron por mucho tiempo el singular laboratorio donde, derivado de ritmos antillanos, guajiros y campesinos, se creó este folklore como una experiencia de entretenimiento dirigida a muchos migrantes latinos que frecuentaban los salones de baile. Al llegar a Nueva York y enfrentar el desarraigo y los problemas ligados a la vida urbana, los inmigrantes latinos reconocieron en estos ritmos su esperanza”, expresa el investigador y sociólogo javeriano Nelson Gómez, quien ha dedicado 10 años de su vida a seguirle la pista a la salsa, su historia y lo que este ritmo, como huella que no se borra, ha dejado en las sociedades que la escuchan y la bailan, convirtiéndose en parte de su identidad cultural.

El sorprendente conjunto de elementos musicales tomados del mambo, la descarga, el bolero, el jazz y el bogalú, ha agrupado este “sonido bestial”, como lo reconoce Gómez, sumado a las vivencias de la calle y de lo cotidiano que en sus letras se relata. Por otra parte, la asociación entre personajes como el empresario estadounidense Jerry Massuci y el líder de la música cubana dominicana, Johny Pacheco, resultó en 1964 en un sello discográfico que reunió a los mejores músicos de salsa del momento, quienes de forma revolucionaria y con el nombre de Fania All Star impulsaron el nuevo ritmo en América Latina.

 

Qué rico, qué rico bogalú bogalú, bogalú, qué rico bogalú (bis)
Oye, ven, vamos a bailar, no hay nada más rico que cumbanchar
No hay nada más rico que vacilar
Tus pies no deben parar, no dejes de gozar…

La exuberancia de esta expresión musical, con su valioso patrimonio de ritmos, entró a los barrios populares de Latinoamérica por diferentes canales (los conciertos, los salones de baile y por el mercado de discos de casi todas las ciudades), pero Gómez menciona que uno de los medios de difusión más importantes fue la radio.

Lo bailan en Venezuela, lo bailan en Panamá.
Este ritmo es africano y donde quiera vá acabar.

A Colombia el género llegó en los setenta y se difundió con rapidez. El investigador comenta que desde su llegada y masiva difusión, la salsa nunca fue vista como extraña o ajena, sino que siempre se asumió como propia. Su ritmo era toda una sorpresa y producía un inevitable aumento en la temperatura emocional, especialmente en los jóvenes.

Salsa Xi 1

“Ellos empezaron a escuchar música en la radio de los años 70 y, cuando se dieron cuenta de que la salsa hacia parte de un gran repertorio, reconocieron en ella una música de muy buena calidad y un nuevo gen que haría parte de la tradición”, dice el investigador.

No había titiritero que manejara pies y manos; al escucharla, el cuerpo solo quería moverse. Esto se tradujo en la creación de agrupaciones salseras orquestales y de baile, distintivamente en Cali, pero, sin duda, la salsa forjó un significado social y cultural que se incorporó a través de lo que Gómez define como “la educación sentimental”. Es decir, fue con las experiencias festivas, los carnavales, festivales, eventos salseros, el comercio de la salsa, la tertulia salsera, el coleccionismo de acetatos principalmente, el baile y los músicos de salsa que se construyó sociedad, familiaridad, relaciones en las calles y se dibujaron territorios de goce en torno a la salsa.

“La salsa cautivó los oídos, colonizó los gustos y dominó los cuerpos”, así lo hacen saber los profesores Nelson Antonio Gómez y Jefferson Jaramillo en su investigación Salsa y cultura popular, que se publicó en el libro De norte a sur: Música popular y ciudades en América Latina (2015). Asimismo, la salsa dio licencia de poner la tristeza en canciones de ritmo alegre que han pasado de generación en generación; de indignarse, de emocionarse, de contar lo popular, de reír y de llorar.

Después del gran auge de este género en los 70 y su fuerte contenido de denuncia social, con el que se identificó la cultura popular, en los 80 y 90 empezaron a circular canciones amorosas y sexuales, dando origen a la salsa romántica. Ya entrado el siglo XXI, como bien cultural, la salsa se mantiene fija en nuestra identidad: ha hecho parte de los procesos de crecimiento, madurez y sociabilidad de nuestro país y lo continúa haciendo.

Para nuestros días, versos como “pronto llegará / el día de mi suerte”, “me importa tu ausencia / te sigo esperando”, “qué bueno es vivir así / comiendo sin trabajar”, “ella era una chica plástica / de esas que veo por ahí” o “la vida te da sorpresas / sorpresas te da la vida (…) quien a hierro mata / a hierro termina”, siguen resonando en la memoria pero también los apropian las nuevas generaciones; han descrito, con singularidad, un abanico popular de realidades y han liberado sensaciones, sentimientos y distintos estados de ánimo.

Tan revolucionaria fue la exposición salsera que pasó de cautivar los espacios populares a fascinar a la clase media y llegar a las élites de las ciudades, quienes la incorporaron a sus actividades sociales, reuniones y festividades de acuerdo con su propia idiosincrasia. Este ritmo ya no sonaba solo en las esquinas del barrio y dejó de ser exclusivo de los jóvenes: sonaba en las cocacolas bailables, las viejotecas, aquellas que nacieron a finales de los 90; también en la casa, en las reuniones sociales privadas; unió a los inmigrantes, a la gente de calle y a los de conservatorio, y si algo queda claro es que “la salsa se ha caracterizado y se caracteriza por desenvolverse en los circuitos comerciales de la fiesta”, como asegura Gómez.

“Más que como un género musical, la salsa se debe abordar como una experiencia sociocultural similar a la literatura: una manifestación artística que establece una narrativa sobre la identidad cultural de cada territorio, que comprende la transformación de las ciudades y sus poblaciones”, resalta.

 

La salsa ha sabido adaptarse a las diversas formas de comercialización para permanecer vigente, y espacios como los festivales públicos (Salsa al Parque en Bogotá, el Mundial de Salsa o la feria en Cali) o las fiestas y carnavales populares de distintas ciudades han contribuido a que el género se mantenga, se convierta en patrimonio y convierta a países como Colombia en referentes del género; de hecho, según el investigador, suele afirmarse que este país es uno de los pocos donde la salsa mantiene su prestigio por los festivales que tienen lugar en las principales ciudades y la adopción del ritmo como propio.

Salsa Xi 2

Sin embargo, así como la salsa ha sabido trascender fronteras, no ha sido ajena a fenómenos sociológicos como el florecimiento de nuevos ritmos que han hecho de su época dorada un recuerdo. “Hoy la salsa no es la de las grandes mayorías, ahora es el reggaetón como en su momento lo fue el rock, pero es parte de la vida comercial y se mantiene presente”, dice Gómez; tampoco ha sido ajena a la muerte de la ‘vida de barrio tradicional’ como escuela: las fiestas de barrio o de esquina como espacios de aprendizaje de los pasos de baile han dado lugar a las academias de danza, y, por su parte, las emisoras comerciales dedicadas a la salsa han desaparecido. Los programas especializados han sido relegados a las emisoras universitarias, culturales y públicas.

A pesar de los cambios que ha atravesado la narrativa del género, hay que decir que, aunque pasen los años, cambien las letras y la modernidad camine acelerada, la salsa está puesta como un libro para leernos a nosotros mismos, para leer las transformaciones de nuestras ciudades y nuestros pueblos, sacando a la luz las emociones de las épocas. Bailar las canciones puede ser una buena forma de leerla y escuchar salsa como escuchar un audiolibro de nuestra historia.