La ciencia de los unicornios

La ciencia de los unicornios

Allá arriba, en la esquina superior derecha, coronando una adusta biblioteca de madera, reposan dentro de una caja de cartón. De portada corrugada y hojas de tono amarillo, escritos con tintas de color azul, verde, negro, rojo, con indicaciones de ortografía, notas al margen donde el hilo académico se rompe para hacer una rápida conversión de dinero o capturar el espíritu de una revelación. Son los cuadernos que acompañaron al filósofo Carlos Arturo López por cerca de cinco años, cruzaron de su mano el Atlántico, recorrieron antiguos anaqueles en las bibliotecas alemanas y fueron construyendo así, cita a cita, su tesis doctoral de historia en la Universidad Libre de Berlín.

Pasar esas páginas y adentrarse en las curvas de su letra cursiva es ir descubriendo una Colombia lejana, tanto en el tiempo como en el espíritu de la época, que, sin embargo, se mantiene viva en el transcurrir político del país actual. En ellas se abordan las diferencias ideológicas de finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la Regeneración conservadora, a su manera de puño de hierro, buscaba darle forma a un país que venía de guerra civil en guerra civil, y donde las ideas contrarias eran perseguidas con todo el peso de la ley.

Pero más allá de proyectos de nación frustrados o de legislaciones para (re)fundar un país que los académicos llaman “pre-moderno”, los cuadernos del profesor López perseguían las bases filosóficas que lo conformaron. Ese fue su interés académico: hallar los puntos de encuentro en las ideas de los bandos contrarios y cómo se expresaban a partir de la escritura, durante una época alejada de la historia nacional en la que expresar lo que se pensaba podía resultar en un ejercicio peligroso…

“Para muchos, lo que logró la Regeneración fue unificar la nación, generar un sentido de nación, consolidar unas instituciones después del desorden que había generado el Olimpo Radical, pero esa historia ya la contaron en esa época y no me deja de parecer extraño que aún sigamos diciendo lo mismo”, explica López, quien se desempeña hoy como investigador del Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo consistió en adentrarse en las publicaciones de algunos representantes ideológicos del espectro conservador y liberal —que no una simple oposición—, las cuales se consignaron en ensayos, artículos periodísticos o críticas, pues las revistas especializadas en filosofía aparecerían medio siglo después; en ellos buscó puntos de encuentro a partir de la escritura, pues su objetivo, desde el principio, fue desembarazarse de la tradicional —y pareciera que eterna— disputa ideológica entre bando y bando.

“Lo que me parece muy sospechoso es que terminamos contando historias como las contaron los protagonistas. Uno debe reconstruir los procesos como los vieron ellos, pero hay que hacer un desdoblamiento de ese proceso”, comenta, repasando las páginas de El terreno común de la escritura: Una historia de la producción escrita de filosofía en Colombia, 1892-1910, la edición de su tesis doctoral publicada por la Editorial Javeriana en 2018.

Carlos Arturo López, doctor en Historia, se especializa en historia del pensamiento en español e historial de la filosofía en Colombia.
Carlos Arturo López, doctor en Historia, se especializa en historia del pensamiento en español e historial de la filosofía en Colombia.

Sus 311 páginas son el resultado de un proyecto que nació en los salones de la Javeriana durante su pregrado de Filosofía y que fue consolidándose con su maestría, en la misma universidad, en Historia: compilar la historia de la filosofía colombiana, tarea en la que también hay muchos desencuentros.

“Estudiar filosofía en Colombia es como hacer ciencia de los unicornios. A pesar de que hay mucha cosa escrita, cuando uno se mete de lleno a eso, en general, es homogéneo y pobre, es una historia que se viene contando de un modo muy similar”, explica López. Ese relato resalta los años 40 del siglo XX, con la fundación del Instituto de Filosofía de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional (actual Departamento de Filosofía) y, posteriormente, con la fundación de la revista especializada Ideas y valores, como la cuna del pensamiento filosófico colombiano. En el fondo, se trata de una estrategia discursiva que terminó comprometiéndose con las ideas liberales de la República liberal (1930-1946), época señalada, además, como la entrada de Colombia a la modernidad.

La investigación de López añade elementos para valorar la escritura filosófica local desde otra perspectiva. Por eso se centra en 1892, año en que se acoge la reforma educativa propuesta por el Colegio Mayor de El Rosario, que escalonó los grados de enseñanza, estableció una serie de requisitos mínimos para avanzar de curso en curso, y estableció el estudio de la filosofía como una carrera independiente. Desde aquí se imponen unas reglas claras en la argumentación, al igual que en la producción que se publicaba en espacios abiertos al público, fuera de las aulas, pero lo más importante: se tenía un sentido histórico del trabajo filosófico.

“Ya empieza a proyectarse la nación hacia el futuro. Por eso la historicidad empieza a ganar un papel relevante, por la cuestión de hacia dónde va el Estado. Es una pregunta que está a toda hora, porque la filosofía es fundamental, servía para algo, tenía que servir para algo. Usted pensaba el problema de la filosofía para orientar el Estado, para orientar la sociedad, para orientarse individualmente, sea como un laico que cree que las leyes de la naturaleza nos van a llevar hacia algún lado, o sea como un religioso que quiere alcanzar la salvación”, asegura López.

Su pesquisa concluye en 1910, cuando, por la conmemoración del primer centenario de la Independencia, se dio un boom de publicaciones de libros y artículos sobre la historia del país. Durante los cinco años de su aventura académica en Berlín, López le siguió los pasos a las ideas de Miguel Antonio Caro, Rafael María Carrasquilla, Sergio Arboleda o Marco Fidel Suárez, entre otros.

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La tesis doctoral del profesor López fue publicada por Editorial Javeriana en 2018 y presentado en la Feria del Libro de Bogotá de ese año.

Su propuesta ha calado de diversas formas entre la comunidad académica. Por ejemplo, Damián Pachón Soto, doctor en Filosofía y Letras y docente de la Universidad Industrial de Santander, consignó en una crítica publicada por El Espectador sus diferencias con varios apartes del libro: “Los normalizadores mismos siempre fueron muy conscientes de que filosofía hubo en Colombia desde la época colonial, y no siempre acusaron a esa filosofía como atrasada o mera copia de la europea”.

Por su parte, Renán Silva, sociólogo, doctor en Historia moderna y profesor de la Universidad de los Andes, afirma que “el libro del profesor López Jiménez trae a la discusión un periodo de la actividad filosófica en Colombia menos conocido de lo que se piensa, sin dejar de examinar con ojos críticos pero equilibrados los análisis de quienes antes de él se han ocupado del problema. Con un enfoque que muestra los vínculos entre historia del pensamiento e historia de sus soportes textuales, esta obra se esfuerza por restablecer los contextos sociales e institucionales que ayudan a la comprensión de los textos más notables del periodo, tratando al tiempo de restablecer las conexiones de esos trabajos con el universo cultural hispanoamericano y, más en general, europeo. Todo un impulso para la renovación de un sector del análisis histórico que no siempre ha mostrado la atención que merece”.

Para López, su trabajo no busca reevaluar los conceptos que la academia colombiana ha depositado sobre una época concreta de la historia y el saber nacional, como tampoco resaltar el trabajo de autores que propusieron un modelo nación. La suya es una apuesta para abordar los conceptos y las discusiones sin el apasionamiento binario de las ideas partidistas, incluso académico, que ha determinado, y sigue determinando, las disputas en nuestros días —sin importar el acervo argumental que pueda brindarse ante el contrincante—.

“Yo creo que esto es un trabajo a largo plazo. Esperaría no solo que impulsara más trabajos de historia de la filosofía, sino que, metodológicamente, al menos el modo que se cuestiona el relato hegemónico con el que pensamos la historia de la filosofía pueda usarse para pensar la formación del Estado, para pensar las relaciones en ese Estado, para pensar el lugar de las mujeres en la historia de Colombia. Hay muchas historias que se pueden contar desde ahí…”, concluye.

El día a día de López está enfocado en esa meta. Frente a su computador, rodeado de un silencio férreo, teclea con decisión mientras sigue las indicaciones en el cuaderno de turno. Su nueva aventura consiste en indagar, buscar, escoger, destacar los apartados filosóficos que han calado en la historia de Colombia, y con ellos construir una nueva versión de ese saber en esta esquina de Suramérica. Es su nuevo plan para describir el unicornio que lleva persiguiendo a lo largo de su vida académica.

Nuestra historia se lee al ritmo de la salsa

Nuestra historia se lee al ritmo de la salsa

Transcurría la década de los 60 y a lo lejos, en pleno barrio popular de cualquier lugar de Latinoamérica, la radio. Un sonido llamativo corría por los aires, algo similar al son cubano o a la música tradicional puertorriqueña, pero no lo era; posiblemente un jazz, pero tampoco. ¿Qué sonaba? Era la mezcla de todos y a la vez de ninguno. ¿Quién la interpretaba? Difícil reconocerlo: ¿un puertorriqueño, venezolano, colombiano, cubano, panameño tal vez? Indescifrable, solo se sabía que los cantantes eran latinos, el sabor estaba implícito en cada nota, en cada letra.

En época donde las migraciones eran constantes, los de cultura negra y origen afroantillano viajaban de un lugar a otro llevando consigo ritmos tradicionales (la bomba y la plena de Puerto Rico, el merengue dominicano, la cumbia y el currulao colombianos, el tamborito panameño o el calypso de las Antillas menores), y con ellos nació la salsa, un nuevo género musical estallando en letras que le cantaban a lo popular, al desarraigo y a lo marginal.

Los barrios latinos de Nueva York, entre ellos el Spanish Harlem y el South Bronx, fueron por mucho tiempo el singular laboratorio donde, derivado de ritmos antillanos, guajiros y campesinos, se creó este folklore como una experiencia de entretenimiento dirigida a muchos migrantes latinos que frecuentaban los salones de baile. Al llegar a Nueva York y enfrentar el desarraigo y los problemas ligados a la vida urbana, los inmigrantes latinos reconocieron en estos ritmos su esperanza”, expresa el investigador y sociólogo javeriano Nelson Gómez, quien ha dedicado 10 años de su vida a seguirle la pista a la salsa, su historia y lo que este ritmo, como huella que no se borra, ha dejado en las sociedades que la escuchan y la bailan, convirtiéndose en parte de su identidad cultural.

El sorprendente conjunto de elementos musicales tomados del mambo, la descarga, el bolero, el jazz y el bogalú, ha agrupado este “sonido bestial”, como lo reconoce Gómez, sumado a las vivencias de la calle y de lo cotidiano que en sus letras se relata. Por otra parte, la asociación entre personajes como el empresario estadounidense Jerry Massuci y el líder de la música cubana dominicana, Johny Pacheco, resultó en 1964 en un sello discográfico que reunió a los mejores músicos de salsa del momento, quienes de forma revolucionaria y con el nombre de Fania All Star impulsaron el nuevo ritmo en América Latina.

 

Qué rico, qué rico bogalú bogalú, bogalú, qué rico bogalú (bis)
Oye, ven, vamos a bailar, no hay nada más rico que cumbanchar
No hay nada más rico que vacilar
Tus pies no deben parar, no dejes de gozar…

La exuberancia de esta expresión musical, con su valioso patrimonio de ritmos, entró a los barrios populares de Latinoamérica por diferentes canales (los conciertos, los salones de baile y por el mercado de discos de casi todas las ciudades), pero Gómez menciona que uno de los medios de difusión más importantes fue la radio.

Lo bailan en Venezuela, lo bailan en Panamá.
Este ritmo es africano y donde quiera vá acabar.

A Colombia el género llegó en los setenta y se difundió con rapidez. El investigador comenta que desde su llegada y masiva difusión, la salsa nunca fue vista como extraña o ajena, sino que siempre se asumió como propia. Su ritmo era toda una sorpresa y producía un inevitable aumento en la temperatura emocional, especialmente en los jóvenes.

Salsa Xi 1

“Ellos empezaron a escuchar música en la radio de los años 70 y, cuando se dieron cuenta de que la salsa hacia parte de un gran repertorio, reconocieron en ella una música de muy buena calidad y un nuevo gen que haría parte de la tradición”, dice el investigador.

No había titiritero que manejara pies y manos; al escucharla, el cuerpo solo quería moverse. Esto se tradujo en la creación de agrupaciones salseras orquestales y de baile, distintivamente en Cali, pero, sin duda, la salsa forjó un significado social y cultural que se incorporó a través de lo que Gómez define como “la educación sentimental”. Es decir, fue con las experiencias festivas, los carnavales, festivales, eventos salseros, el comercio de la salsa, la tertulia salsera, el coleccionismo de acetatos principalmente, el baile y los músicos de salsa que se construyó sociedad, familiaridad, relaciones en las calles y se dibujaron territorios de goce en torno a la salsa.

“La salsa cautivó los oídos, colonizó los gustos y dominó los cuerpos”, así lo hacen saber los profesores Nelson Antonio Gómez y Jefferson Jaramillo en su investigación Salsa y cultura popular, que se publicó en el libro De norte a sur: Música popular y ciudades en América Latina (2015). Asimismo, la salsa dio licencia de poner la tristeza en canciones de ritmo alegre que han pasado de generación en generación; de indignarse, de emocionarse, de contar lo popular, de reír y de llorar.

Después del gran auge de este género en los 70 y su fuerte contenido de denuncia social, con el que se identificó la cultura popular, en los 80 y 90 empezaron a circular canciones amorosas y sexuales, dando origen a la salsa romántica. Ya entrado el siglo XXI, como bien cultural, la salsa se mantiene fija en nuestra identidad: ha hecho parte de los procesos de crecimiento, madurez y sociabilidad de nuestro país y lo continúa haciendo.

Para nuestros días, versos como “pronto llegará / el día de mi suerte”, “me importa tu ausencia / te sigo esperando”, “qué bueno es vivir así / comiendo sin trabajar”, “ella era una chica plástica / de esas que veo por ahí” o “la vida te da sorpresas / sorpresas te da la vida (…) quien a hierro mata / a hierro termina”, siguen resonando en la memoria pero también los apropian las nuevas generaciones; han descrito, con singularidad, un abanico popular de realidades y han liberado sensaciones, sentimientos y distintos estados de ánimo.

Tan revolucionaria fue la exposición salsera que pasó de cautivar los espacios populares a fascinar a la clase media y llegar a las élites de las ciudades, quienes la incorporaron a sus actividades sociales, reuniones y festividades de acuerdo con su propia idiosincrasia. Este ritmo ya no sonaba solo en las esquinas del barrio y dejó de ser exclusivo de los jóvenes: sonaba en las cocacolas bailables, las viejotecas, aquellas que nacieron a finales de los 90; también en la casa, en las reuniones sociales privadas; unió a los inmigrantes, a la gente de calle y a los de conservatorio, y si algo queda claro es que “la salsa se ha caracterizado y se caracteriza por desenvolverse en los circuitos comerciales de la fiesta”, como asegura Gómez.

“Más que como un género musical, la salsa se debe abordar como una experiencia sociocultural similar a la literatura: una manifestación artística que establece una narrativa sobre la identidad cultural de cada territorio, que comprende la transformación de las ciudades y sus poblaciones”, resalta.

 

La salsa ha sabido adaptarse a las diversas formas de comercialización para permanecer vigente, y espacios como los festivales públicos (Salsa al Parque en Bogotá, el Mundial de Salsa o la feria en Cali) o las fiestas y carnavales populares de distintas ciudades han contribuido a que el género se mantenga, se convierta en patrimonio y convierta a países como Colombia en referentes del género; de hecho, según el investigador, suele afirmarse que este país es uno de los pocos donde la salsa mantiene su prestigio por los festivales que tienen lugar en las principales ciudades y la adopción del ritmo como propio.

Salsa Xi 2

Sin embargo, así como la salsa ha sabido trascender fronteras, no ha sido ajena a fenómenos sociológicos como el florecimiento de nuevos ritmos que han hecho de su época dorada un recuerdo. “Hoy la salsa no es la de las grandes mayorías, ahora es el reggaetón como en su momento lo fue el rock, pero es parte de la vida comercial y se mantiene presente”, dice Gómez; tampoco ha sido ajena a la muerte de la ‘vida de barrio tradicional’ como escuela: las fiestas de barrio o de esquina como espacios de aprendizaje de los pasos de baile han dado lugar a las academias de danza, y, por su parte, las emisoras comerciales dedicadas a la salsa han desaparecido. Los programas especializados han sido relegados a las emisoras universitarias, culturales y públicas.

A pesar de los cambios que ha atravesado la narrativa del género, hay que decir que, aunque pasen los años, cambien las letras y la modernidad camine acelerada, la salsa está puesta como un libro para leernos a nosotros mismos, para leer las transformaciones de nuestras ciudades y nuestros pueblos, sacando a la luz las emociones de las épocas. Bailar las canciones puede ser una buena forma de leerla y escuchar salsa como escuchar un audiolibro de nuestra historia.

Serendipia en la Biblioteca General de la Javeriana

Serendipia en la Biblioteca General de la Javeriana

En 2016, el investigador Alberto Gómez, en ese entonces director del Instituto de Genética Humana, visitaba frecuentemente la Sala de Libros Valiosos Arboleda, S.J. de la Biblioteca General Alfonso Borrero Cabal, S.J., de la Javeriana. Pasaba horas consultando el Semanario del Nuevo Reino de Granada, la primera revista científica colombiana publicada a principios del siglo XIX, pues allí encontraba pistas para su investigación sobre cómo Alexander von Humboldt y Francisco José de Caldas abordaron la relación de las plantas en su medio ambiente, ciencia que hoy se denomina biogeografía.

Tenía a su disposición dos ediciones del Semanario que se encuentran en la sala: la publicada en Bogotá entre 1808 y 1809, que editó, transcribió y compiló el propio Caldas, y la edición actualizada y comentada que publicó Joaquín Acosta en 1849, cuando era discípulo de Humboldt en París, y que tituló Semanario de la Nueva Granada. En particular, el genetista estaba interesado en esta última porque incluye la transcripción de manuscritos inéditos, cuenta con una mejor impresión y un plegable del mapa de la Geografía de las plantas, que disfrutaba revisar con el tapabocas y los guantes recomendados para consultar los ejemplares de esta sala.

Karen Castañeda, en ese entonces auxiliar de la Sala de Libros Valiosos, había identificado la predilección de Gómez por el Semanario y, a la vez, había comenzado a indagar por los libros del espacio donde trabajaba: “Me dediqué a investigar sobre la sala y sobre lo que había en ella porque me parecía una responsabilidad muy grande y porque los libros me causaban mucha curiosidad”.

Castañeda quería hacer un inventario y un avalúo general de las obras de la sala, en donde se guardan más de 3.500 libros valiosos en un ambiente controlado de aire, humedad (46% a 66%) y temperatura (18° a 21° C) para que sean consultados por toda la comunidad javeriana con carné. Por eso encontró un buscador en el que se indicaba su precio, así como otras herramientas que le permitieron encontrar información sobre los materiales y editoriales de las publicaciones. Poco a poco le fue mostrando al genetista los hallazgos que encontraba en las distintas herramientas de búsqueda.


Serendipia

Como Gómez consultaba tanto el Semanario y viajaba ese año a París a dictar una conferencia sobre la relación de Humboldt y Caldas, le pidió a Castañeda investigar en los buscadores especializados en qué librería o anticuario podría conseguir el libro editado por Acosta en 1849 en esa ciudad, pues quería tenerlo en su biblioteca personal para analizarlo en profundidad.

La bibliotecóloga realizó la búsqueda con el término “Francisco José de Caldas” y, aunque no halló el Semanario, sí encontró un listado de libros adicionales que decidió enviarle vía correo electrónico. A primera hora del día siguiente, Gómez estaba esperando en la puerta de la Sala de Libros Valiosos a Castañeda.
— ¿Usted qué hizo? ¡Mire lo que encontró! —, recuerda Karen que le dijo Gómez.

“Yo no entendía qué era lo que yo había encontrado. Tuvo que traducirme y explicarme porque el título del manuscrito era muy extenso y estaba en francés”, recuerda.

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La Sala de Libros Valiosos Arboleda, S.J., en la Biblioteca General Alfonso Borrero Cabal, S.J., de la Javeriana, guarda más de 3.500 volúmenes.

La búsqueda que realizó Karen había arrojado, nada más y nada menos, que el manuscrito Cuaderno de viajes de Francisco José de Caldas, un documento inédito que recoge las anotaciones del científico criollo sobre la nivelación de las plantas en su viaje a Ecuador. En los 118 folios manuscritos y 76 folios en blanco se demuestra su pensamiento sobre biogeografía a partir de 1802, antes de conocer las reflexiones manuscritas de Humboldt al respecto.

En febrero de 1803 el prusiano enviaría desde Guayaquil a José Celestino Mutis, en Bogotá, su primer manuscrito en francés titulado Géographie des plantes, a través de Caldas —radicado en esos días en Quito—. Pero Caldas tenía ya desarrollado el tema en su mente y en sus cuadernos de viaje, hecho que podrá ser demostrado por Gómez en la publicación que prepara actualmente en el curso de un sabático que le otorgó la Javeriana para tal propósito.

“Hay un término que se llama serendipia: hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. Esto es un clásico ejemplo que surgió gracias a la generosidad de Karen, a la paciencia de mi parte, y a la coincidencia de que iba para París”, explica Gómez.

El genetista dice que la labor de Castañeda fue central en brindar un dato de un elemento desconocido: “Me di cuenta de que Karen tenía un interés por la historia. Fue un encuentro de curiosidades compatibles. Eso hay que resaltarlo de la Biblioteca General, porque parece que fuera un repositorio de libros pero hay que entenderla como un ambiente de personas que tienen unas experticias y una disposición de servicio increíble. Entonces, cuando se logra ese contacto humano resulta un beneficio doble, no solo para quien llega sino también para el que está allí en su puesto, atento. Además, surgen cosas inesperadas”.


La compra

“El manuscrito era costosísimo y yo no lo podía comprar. Llamé al Vicerrector Académico, Luis David Prieto, y al asesor del Secretario General, Carlos Cuartas, y ambos fueron muy sensibles a que ese documento no debería estar en una librería de París sino que era tan importante que la universidad debía hacer el esfuerzo de comprarlo después de hacer una validación con expertos sobre su autenticidad, recuerda Gómez.

La oficina de Compras Bibliográficas de la Biblioteca General se encargó de hacer la adquisición. “Tuve que conseguir un traductor para enviar los mensajes porque todo había que hacerlo en francés”, recuerda Gloria Tinjacá, jefe de la sección. Posteriormente, la Oficina de Suministros se encargó de importar el manuscrito al país con todos sus requisitos legales.

“Ahí se ve la conjugación de una institución como debería ser: desde la curiosidad de sus profesores, pasando por el servicio de sus administrativos, de la Biblioteca General en todas sus dimensiones, hasta el respaldo de sus altas autoridades”, explica Gómez.

El manuscrito está siendo estudiado actualmente por Gómez y otros docentes de universidades colombianas y extranjeras para publicar un libro de tres o cuatro tomos que dará un contexto suficientemente amplio de la obra. Luego de que finalice la investigación, el manuscrito original se podrá consultar en la Sala de Libros Valiosos Arboleda, S.J.

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El libro ‘Cuaderno de viajes’ escrito por Caldas y adquirido por la Javeriana en 2016, es la pieza central de la exposición sobre el sabio criollo en el Museo Nacional.

Además, hasta el 24 de febrero de 2018 se exhibe en el Museo Nacional como parte de la exposición “Ojos en el cielo, pies en la tierra. Mapas, libros e instrumentos en la vida del Sabio Caldas”, que es producto de una investigación que viene realizando la Universidad Nacional en asocio con la Casa Museo Caldas de Bogotá, y cuyo hilo conductor es Caldas como ingeniero civil.

De acuerdo con José Antonio Amaya, docente de la Universidad Nacional y curador de esta muestra, el libro en la exposición “viene a iluminar, a documentar el pensamiento que Caldas tenía sobre el espacio y que incluía la relación escrita de los viajes que él hacía por distintos lugares. Y al mismo tiempo, algunas piezas de la exposición también ayudan a comprender mejor el manuscrito”.

 


Otros ejemplares exhibidos en la Sala de Libros Valiosos Arboleda, S.J.

Libro Caldas 4

  • Canones universales divi, de Johannis Mesue. Incunable del año 1497
  • De humani corporis fabrica libri septem (De la estructura del cuerpo humano en siete libros), por Andrés Vesalio. Reproducción del libro publicado en 1543 por este ilustre médico. Publicación facsimilar.
  • Diccionario de la lengua castellana, Primer diccionario publicado de la Lengua castellana. Se encuentran palabras del castellano antiguo.
  • Libro de noviciado, de Francisco Trias. Manuscrito encuadernado en pergamino.
  • Historia de la provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reyno de Granada en la America, descripción, y relación exacta de sus gloriosas missiones en el Reyno, Llanos, Meta, y Rio Orinoco almas y terreno, que han conquistado sus missioneros para Dios, aumento de la christiandad y extensión de los dominios de su Mag. Católica, de José Cassani, S.J.
  • Nuevo aspecto de theología medico moral, y ambos drechos; obra critica provechosa a parochos, confessores, y professores de ambos drechos, y util a médicos, philosophos, y eruditos, de Antonio Josáe Rodráiguez. Este libro fue mutilado a propósito por la Inquisición. Tiene un edicto escrito en el que se excomulgó al autor de esta obra.
Siguiéndole los pasos a Humboldt

Siguiéndole los pasos a Humboldt

Bibliotecas, archivos históricos, documentos impensados, lienzos y grabados. Cientos de documentos pasaron por las manos de Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana de la Pontificia Universidad Javeriana, en una búsqueda académica que, al final, se convirtió en un reto personal: reconstruir los pasos del naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt en su expedición, a inicios del siglo XIX, por los territorios de hoy conforman Colombia.

Lo que en 2010 fue un pedido del padre Vicente Durán Casas, por entonces vicerrector académico, de preparar una breve conferencia sobre la obra de Humboldt, fue despertando la pasión de este genetista por las expediciones, los viajes y la ciencia. “Decidí  ir más allá de lo que el padre Vicente me había pedido, y dije: ‘Bien, vamos a sacar un libro, para explicar muy bien por qué vino’”, rememora Gómez, quien, para entonces, había terminado de publicar A impulsos de una rara resolución, una exploración pormenorizada sobre el viaje que José Celestino Mutis había emprendido al Nuevo Reino de Granada, y sobre las decisiones que precipitaron su prolongada estadía y derivaron en la Real Expedición Botánica.

Durante los siguientes ocho años, Gómez viajó por bibliotecas y archivos de nueve países, también habló con expertos que le ayudaron a recabar piezas originales, datos y toda la información sobre la expedición de Humboldt. Toda su investigación fue reunida en Humboldtiana neogranadina, la colección de cuatro tomos y cinco volúmenes, editada por la Editorial Javeriana y con el patrocinio de otras cinco universidades (CESA, EAFIT, Andes, Rosario y Externado), que este jueves 30 de agosto se lanzará al público en el Museo Nacional.

La obra, escrita y dirigida por Gómez, también cuenta con el aporte de académicos como Carl Langenbaek, vicerrector académico de los Andes, o Jorge Arias de Greiff, exrector de la Universidad Nacional de Colombia, entre otros.

Pesquisa Javeriana habló con los protagonistas de esta reconstrucción histórica, quienes compartieron algunos retratos de Humboldt, el viajero que, desde la ciencia, aportó a que el naciente Estado aprendiera a conocerse a sí mismo.

El arte de describir el mundo con trazos

El arte de describir el mundo con trazos

Nadie ama lo que desconoce y mucho menos cuando no existe alguien que se encargue de mostrar que eso no solo es capaz de transformar cómo se ve la vida, sino también de narrar la historia de la humanidad. Por eso, Juan Pablo Vergara Galvis, profesor de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana, ha dedicado más de 30 años de su vida a enseñar que las manos de los artistas pueden ser guiadas por los ojos del botánico y el zoólogo para hacer arte con trazos.

La cita está agendada de dos a tres horas por semana para encontrarse con jóvenes de diversas facultades de la Javeriana y mostrarles en cada sesión su pasión por la ilustración científica: el arte de describir el mundo a través del dibujo. Cada estudiante llega a la clase con un lápiz y papel; a partir de recursos gráficos, como diapositivas y copias con diseños impresos de especies botánicas, Vergara les enseña las formas que deben seguir.

Asisten de 20 a 30 estudiantes por clase, algunos de ellos pertenecen a colegios jesuitas y que inscriben esta asignatura con el propósito de definir si se dedicarán a este arte por el resto de sus vidas. Además, una de las actividades predilectas del docente javeriano consiste en llevar a los jóvenes al Jardín Botánico José Celestino Mutis, en donde les enseña a bocetar la estructura de hojas, follajes y diversos perfiles de vegetación.

Durante cada encuentro, este bogotano de 64 años discute con sus alumnos cómo ilustrar conceptos de biología, botánica o zoología, por mencionar algunas disciplinas, porque, según él, primero es necesario aprender a observar el mundo para posteriormente ilustrar y hacer de esta actividad un recurso sublime de narración gráfica. Tal y como lo señalaba el científico francés Yves Coineau: “El dibujo es una forma de expresión tan preciosa para la morfología como el lenguaje hablado lo es para la filosofía”.

I. Botánica 1
Las sesiones en el Jardín Botánico José Celestino Mutis, de Bogotá, son esenciales para que el profesor Vergara explique los aspectos fundamentales del trazo a sus estudiantes.

Con sus botas de escalador, Vergara entra al salón e inicia la clase. Uno a uno, sus alumnos hacen silencio mientras él acomoda una bufanda sobre su camisa a cuadros color azul; un sorbo de agua y está listo, empieza con una frase del francés George Cuvier, reconocido como el padre de la paleontología: “Sin el arte del dibujo, el desarrollo de la historia natural no hubiera sido posible”. ¿Qué quiere decir? ¿Qué significa esa afirmación en el contexto en el que se cree que la fotografía “ha reemplazado” al dibujo? ¿Cuál es la importancia del arte?

Si bien la ilustración científica se empezó a gestar en Europa desde la época del Renacimiento, los siglos XVIII y XIX fueron decisivos para el surgimiento de los primeros viajes y expediciones en las Américas, lo cual permitió el desarrollo de la historia botánica en el país.

Colombia fue uno de los primeros países suramericanos del siglo XVIII donde se empezó a hablar de una tradición histórica sobre ilustración botánica, cuenta el profesor Vergara durante su clase. Y menciona a José Celestino Mutis, a su juicio el precursor de este arte con el trabajo que realizó en la Real Expedición Botánica (1783 a 1816), en el cual produjo un inventario de la naturaleza que tenía el Virreinato de Nueva Granada durante el reinado de Carlos III de España; a este empeñole siguió la Comisión Corográfica, de 1850 a 1859, en cabeza del italiano Agustín Codazzi. Durante la segunda mitad del siglo XIX y hasta comienzos del XX, Colombia es recorrida por cerca de 140 exploradores, la gran mayoría europeos, muchos de ellos también dibujantes

La Expedición Botánica le permitió al país clasificar y registrar 2.708 especies de plantas y 974 anatomías en 7.618 dibujos de gran formato, monocromos y coloreados, y en 40 óleos sobre especies animales y grupos étnicos –llamados “fauna cundinamarquesa”–, según narra Vergara; para lograrlo fue necesario el trabajo de muchos dibujantes y pintores.

Su experiencia de más de 30 años como ilustrador, le ha permitido a Juan Pablo Vergara desarrollar un ojo experto hacia el más mínimo detalle botánixo y zoológico.
Su experiencia de más de 30 años como ilustrador, le ha permitido a Juan Pablo Vergara desarrollar un ojo experto hacia el más mínimo detalle botánixo y zoológico.

Así fue como la influencia traída por los españoles al continente permeó el oficio de la ilustración con un estilo lúgubre, originario de las pinturas religiosas y de la nobleza de aquella época. Sin embargo, gracias a las exploraciones hechas por los científicos, la interpretación de la ilustración cobraría después un nuevo significado con la botánica.

“El inventario de la ilustración botánica, obtenida luego de la Expedición Botánica, fue de 104 cajones de especímenes colectados, dibujos y grabados, de los cuales hay solo 1.270 piezas firmadas”, recuerda el profesor javeriano, quien añade que su gusto por el dibujo inició desde muy pequeño y por eso decidió estudiar Biología en la Universidad Nacional y Bellas Artes en la Academia de Artes Guerrero de Bogotá, para posteriormente poner en práctica sus habilidades como dibujante en el Jardín Botánico José Celestino Mutis.

Este maestro, como muchos lo reconocen, sabe muy bien que para ilustrar no solo se necesita disposición y voluntad, también “un deseo ferviente por investigar, conocer, amar, proteger y administrar la biodiversidad del país”. Por eso, pasar noches enteras en el herbario de la Universidad Nacional durante los años 80 le permitió entender que la labor de los botánicos, astrónomos y científicos durante la Expedición Botánica fue el primer paso para transformar la ilustración en Colombia y, por ende, el punto de partida para la apertura de instituciones que se encargaran del patrimonio natural del país.

La Escuela de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia fue la primera academia de este tipo fundada en 1867, seguida del Instituto de Ciencias Naturales de la misma universidad, la Oficina de Longitudes y Fronteras en 1902 –conocida ahora como Instituto Geográfico Agustín Codazzi– y el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, entre otros.

Así luce el trabajo del profesor Vergara.
Así luce el trabajo del profesor Vergara.

Aunque su particular candado blanco sobre su rostro es una de sus características más evidentes, el profesor Vergara se destaca por la firmeza de sus manos, la seguridad con la que traza líneas, la calidad de sus obras y la paciencia que desborda cuando de educar se trata. Pero, ¿cómo entender que todavía es vigente una clase de ilustración botánica en una época en la que día a día nacen nuevos dispositivos tecnológicos con altas capacidades para capturar imágenes instantáneas?

A pesar de los enormes progresos tecnológicos ocurridos durante los últimos años, como la creación de la primera cámara fotográfica en 1826, el primer computador digital en 1940, el surgimiento de la era del internet en 1969 o el desarrollo de aplicaciones móviles como Instagram, en 2010, con la cual se pueden capturar y publicar fotografías inmediatamente, la perspectiva de un ilustrador científico presenta detalles y cuestiones de precisión en los trazos que ni aún estas innovaciones son capaces de exponer.

“Sin desvirtuar a la fotografía, resulta bastante complicado, a veces imposible, mostrar los diversos temas de la Ilustración científica con todo el detalle, volumen y textura que requiere”, reconoce Vergara. En ese sentido, la mano del hombre ha plasmado las huellas que él mismo ha dejado sobre la Tierra desde sus inicios; un ejemplo es la fuente de información arrojada por las pinturas rupestres en Colombia de los abrigos rocosos de Chiribiquete, o las presentes en el Desierto del Sahara datadas de hace más de 4.000 años.

Gif Armadillo

En ese sentido, la educación en arte y la responsabilidad que hay tras ello fueron dos de las tantas motivaciones que llevaron a Vergara a dedicarse a la docencia. De 1992 a 1994, mientras este ‘cachaco’ estudiaba arte y trabajaba como dibujante en el Jardín Botánico de Bogotá, la reflexión sobre su trabajo y la pasión por compartir su conocimiento lo llevaron a perfeccionar su técnica en la ilustración de plantas y animales para darlo a conocer a jóvenes interesados en desarrollar la ilustración como un medio para comunicar la ciencia, los mismos que ahora asisten a sus clases.

“Esto ha sido mi modo de vida por más de 30 años, con altos y bajos, pero he llegado a ver que la ilustración es fundamental en la comunicación por la frase ‘una imagen vale más que mil palabras’”, concluye.

Marta Zambrano: el rumbo de la política de ciencia

Marta Zambrano: el rumbo de la política de ciencia

Durante más de 20 años, el trabajo académico de la profesora Marta Zambrano se ha centrado en las relaciones de poder, las jerarquías sociales y los dispositivos del saber que han subalternizado a colectivos y agentes sociales, tales como la población indígena de Santa Fe de Bogotá en el período colonial y en la ciudad multicultural contemporánea. También ha examinado el choque y la confluencia entre memorias hegemónicas y disidentes, reflexionando sobre el lugar de las mujeres, la sexualidad y el colonialismo en la producción y olvidos de la historia oficial.  

“Las perspectivas críticas de las  ciencias sociales y del feminismo nos ayudan a contar otras historias y memorias” , dice esta antropóloga de la Universidad Nacional, doctora en Antropología de la Universidad de Illinois en Urbana Champaign.

El fruto de su trabajo ha quedado consignado en artículos académicos publicados en revistas indexadas y en libros como Trabajadores, villanos y amantes: encuentros entre indígenas y Españoles en la ciudad letrada. Santa Fe de Bogotá (1550-1650).

Marta Zambrano, doctora en Antropología.
Marta Zambrano, doctora en Antropología.

Ha sido merecedora de reconocimientos como el Premio Beth Dillingham, otorgado por la estadounidense Asociación Antropológica de los Estados Centrales, y el Premio de Docencia Meritoria, de la Universidad Nacional.

Marta Zambrano es uno de los conferencistas invitados al XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, en el cual hablará sobre el futuro de la ley de ciencia y tecnología en Colombia. El 14 de septiembre, en el Auditorio Alfonso Quintana S.J. del edificio Jorge Hoyos S.J. (edificio 20 del campus universitario), a las 8:00 a.m., hablará sobre la política pública de ciencia y tecnología en Colombia.

Si desea asistir a la conferencia, puede inscribirse aquí.

Tras el rastro del ferrocarril

Tras el rastro del ferrocarril

De la mano de Carlos Eduardo Nieto y Yenny Andrea Real, investigadores y profesores de Arquitectura de la Pontificia Universidad Javeriana, el equipo periodístico de Pesquisa redescubrió la historia del Ferrocarril de La Dorada (Caldas).

La que hace un siglo fuera la principal vía de comunicación y transporte de la región, se encuentra hoy sepultada por el olvido. Algunas de las célebres estaciones se han abandonado mientras los rieles, que ayudaron a construir el progreso, están ocultos por la maleza, el barro o, simplemente, desaparecieron.

Este es el testimonio del viaje por la memoria de Colombia,y el detrás de cámaras de los investigadores que intentan rescatar el patrimonio cultural de un proyecto que hace muchos años nos unió como nación, y de los periodistas que lo plasmaron en imágenes.

Artículo original: Lo que cuentan los rieles del ferrocarril de La Dorada (edición 39).

Lo que cuentan los rieles del ferrocarril de La Dorada

Lo que cuentan los rieles del ferrocarril de La Dorada

Bajo el sol ardiente del Magdalena, untados de repelente de la cara hasta los pies, dos investigadores javerianos persiguen los rieles del ferrocarril de La Dorada, que funcionó desde 1881 hasta 1985, y del cual ahora solo quedan ruinas. Algunas estaciones se salvan, como la de Ambalema o la de San Felipe, pero los rieles no son continuos, están tapados por la maleza o por construcciones o, en el caso de Armero, por la avalancha que desapareció la población y que, de paso, interrumpió la vía férrea, lo cual marcó el ocaso del ferrocarril de La Dorada.

El 15 de diciembre de 1881, el ingeniero Francisco José Cisneros entregó el primer tramo de la carrilera, que iba desde el puerto de Caracolí, al norte de Honda, hasta el centro de la ciudad: poco más de kilómetro y medio de lo que luego sería la vía férrea de 111 kilómetros, entre La Dorada y Ambalema. El trazado cumplía una función clave, dado que el río Magdalena interrumpe la navegación por los famosos saltos —o rápidos— de Honda. Todas las mercancías y los pasajeros que en los siglos XIX y XX navegaban por el Magdalena desde el sur o desde su desembocadura hacia el interior del país debían bajarse antes de llegar a esta población colonial y continuar a caballo o en mula. El tren solucionaría y agilizaría este impasse geográfico.

Aunque algunas estaciones han sido remodeladas, como la de Ambalema, otras se encuentran en muy malas condiciones.
Aunque algunas estaciones han sido remodeladas, como la de Ambalema, otras se encuentran en muy malas condiciones.

Pero ya no hay más ferrocarril que recorra esta ruta, porque ahora son las tractomulas y los autobuses los que cumplen la función de transportar la carga por las carreteras del país. Solo quedan los restos, que estos dos arquitectos, docentes e investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana han empezado a recorrer para armar, como en un rompecabezas, todos los elementos que conformaron la línea férrea: estaciones, bodegas, campamentos y oficinas de los administradores. Los puentes de hierro, que hoy pueden verse desde las carreteras que los reemplazaron, oxidados y camuflados entre la naturaleza, develan la historia de lo que en su época fueron los rieles que transportaban buena parte de la economía del país.


“El esfuerzo por mantener
esos árboles genealógicos del
patrimonio industrial tiene de
por sí un gran valor”.
Carl os Eduardo Nieto,
investigador principal


La investigación respondió “cómo la articulación de diferentes elementos del ferrocarril conforma el territorio general”, explica Carlos Eduardo Nieto, de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Javeriana. También buscó “articular las diferentes estaciones, los puentes y todos los demás elementos que conforman el sistema, porque tienen sentido solo si pueden ser vistos en un contexto territorial, si tienen una incidencia en la construcción social e histórica de un territorio, si han logrado mantener o crear nexos con una comunidad específica”, continúa.


“Los saltos de Honda
caracterizan este tramo como
elemento natural ordenador
de la lógica territorial y de
la configuración urbana del
municipio, y el ferrocarril
acopló su estructura funcional
y técnica a esta determinante
superior del territorio”.
yenny Andrea Real,
coinvestigadora


Su colega Yenny Andrea Real le explicó a PESQUISA cómo, tras recorrer los 111 kilómetros, que hoy producen una gran nostalgia y forman parte del patrimonio cultural del país, se definieron cinco tramos con características geográficas y funcionales propias.

En un barrio mariquiteño los rieles simplemente separan las casas construidas recientemente.
En un barrio mariquiteño los rieles simplemente separan
las casas construidas recientemente.

Reconstruir la historia del ferrocarril de La Dorada implicó muchas horas en bibliotecas y archivos, búsqueda de planos y aerofotografías, lecturas y conversaciones con tolimenses y caldenses. “Fue reconstruir esa línea férrea, ubicarla y comprender cómo su desarrollo transformó el territorio a su paso”, dice la arquitecta Real.

Los investigadores concluyen que “para el caso de los ferrocarriles, el proceso histórico de desarrollo, madurez y muerte de una infraestructura tan importante como la del ferrocarril de La Dorada resume dilemas nacionales acerca de la idea del desarrollo del país y de la modernización de las dinámicas territoriales, así como de los errores cometidos por los encargados de la planeación de este tipo de proyectos”.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Valoración patrimonial del Ferrocarril de La Dorada, desde la transformación del territorio en el tránsito entre el bajo y el alto Magdalena.
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Carlos Eduardo Nieto
COINVESTIGADORA: Yenny Andrea Real
Facultad de Arquitectura y Diseño, Departamento de Arquitectura
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014-2015

El país visto y narrado a través de Cromos

El país visto y narrado a través de Cromos

Peluquería que se respete en este país tiene entre pelos y tocadores la revista Cromos. No importa si es una vieja edición, la mirada de aquel que espera su turno se pierde entre esas páginas que cuentan el cambio de vida que tuvo un famoso o aquello que piensan las reinas días antes de la coronación. Lo curioso es que esta revista, creada el 15 de enero de 1916 por los payaneses Miguel Santiago Valencia y Abelardo Arboleda (padre del jesuita José Rafael Arboleda, fundador de la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana), es mucho más que eso. Sin exagerar, se puede decir que la historia de Colombia ha sido narrada en Cromos. Ningún investigador que estudie algún suceso centenario de este país puede obviar esta revista; muchos le han sacado provecho a su invaluable archivo fotográfico, por ejemplo, pero pocos le han dado el crédito que se merece.

Tal vez por eso, y aprovechando este importante aniversario, un grupo de profesores de la Javeriana decidió pasar las páginas de las 4937 ediciones de Cromos y adelantar el estudio El país visto y narrado en cien años de la revista Cromos (1916-2016).

Pero, ¿cómo abarcar 100 años de historia y revisar todas las ediciones de la revista que, salvo un par de semanas después del incendio de sus talleres el 9 de abril de 1948, nunca ha dejado de circular? Lo primero que hizo el equipo interdisciplinario de trabajo fue definir una agenda de diez temas de estudio, con el fin de construir un repositorio de información básico: las distintas líneas editoriales (es decir, entender los vaivenes de la revista según las afinidades políticas de cada director), la imagen gráfica, belleza, moda, vida social y cotidiana, cultura y literatura, Bogotá y las regiones, espectáculos, deportes y la publicidad como correlato de la revista. Dada la coyuntura que vive el país, los investigadores incluyeron, además, una línea de tiempo de guerra y paz, con los hitos que cubrió la revista desde la década de los cincuenta.

Por tratarse de un corpus de estudio tan desbordante, se definió como pauta metodológica la revisión de las ediciones especiales de aniversarios (20, 25, 50, 80, 90 y 95 años, principalmente). “Este barrido fue muy importante porque nos dio claridad sobre los hitos del cubrimiento, los autores que publicaban en Cromos y los temas que habían sido relevantes en la revista. Con esa guía, cada investigador se metió en la colección para ahondar en los temas correspondientes, porque obviamente es insustituible el contacto con la colección”, dice la comunicadora Maryluz Vallejo, líder de la investigación.

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En el levantamiento inicial de esta información, los estudiantes de los cursos de Historia Social de la Comunicación e Historia de la Comunicación de Masas cumplieron un papel fundamental, porque gracias a ellos no se quedó ningún mes sin explorar y empezaron a aflorar datos e imágenes significativas.

Los investigadores descubrieron, por ejemplo, que durante los primeros 30 años la revista publicaba novelas por entregas; en 1958 publicó completo, en una sola edición, El coronel no tiene quién le escriba (publicado como libro en 1961). Descubrieron que había gente que coleccionaba la revista por las piezas de arte que se publicaban en la portada. Era una pinacoteca. Descubrieron que a través de Cromos uno puede seguir el desarrollo de las grandes obras de infraestructura vial, el sistema ferroviario, los cables de comunicación, edificios, urbanizaciones, aviación, etc. Descubrieron que los reporteros de la revista recorrían el país y que la gente de las distintas regiones se veía en Cromos; paradójicamente, el Chocó y La Guajira fueron por años el foco de grandes reportajes de altísima calidad literaria, escritos, entre otros, por Gonzalo Arango. Estos reportajes exaltaban a la vez la exuberancia y las necesidades de las regiones. De otro lado, muchos intelectuales reconocen que en Cromos hicieron lecturas importantes, porque el existencialismo pasó por estas páginas, al igual que los grandes debates que se dieron en el país en relación con la revolución sexual y la píldora.

“Quienes han leído con atención la revista saben que hizo una apuesta editorial audaz, queriendo parecerse incluso a Paris Match, pero como la mayoría de los lectores buscaban solo las reinas y la farándula, quedó el estigma de que Cromos era una publicación ligera”, agrega la profesora Vallejo.

De hecho, la revista fue muy política desde sus inicios, cuando declaró su espíritu liberal afín al republicanismo. Cubrió la guerra con el Perú, la época de La Violencia, el Frente Nacional, el paro del 77, la toma del Palacio de Justicia, además de las primicias que dio en los distintos procesos de paz. Cuando se estaba dando la negociación con el M-19, sacó una de las primeras entrevistas con Jaime Bateman.

En 1982, Margarita Vidal, la directora de la revista de ese entonces, fue nombrada por Belisario Betancur como comisionada de paz. Así lo recuerda la propia periodista: “Él me llamó y me ofreció que fuera su representante en la Comisión de Paz. Y yo le dije: ‘Bueno, yo acepto, desde luego, sin pensarlo dos veces, presidente. Pero acuérdese que yo dirijo una revista y la revista tiene que cubrir el proceso de paz. Ahora, evidentemente, yo no voy a ser la fuente. No puedo serla. Pero mis periodistas investigarán y tendrán otras fuentes’. Y me dijo: ‘Claro, eso se entiende’. Y yo nunca di ni la hora. No podía. Pero ellos, mis periodistas, se averiguaban por todos lados lo que pasaba en el proceso: entrevistaban a los comisionados; la periodista Ligia Riveros se tiraba por las tapias, eso era la cosa más increíble. Se cubrió muy bien así, con ellos investigando por su cuenta. Ese fue el compromiso”.

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Obviamente, para estar a la moda había que mirar Cromos, pero como resalta el estudio, la revista ha sido más que eso. “Lo que hemos querido demostrar es que para contar la historia del país es necesario pasar revista a Cromos, literalmente, porque justamente ese balance de los temas blandos con los temas duros hizo que no fuera tan sectaria como otros impresos, sobre todo en la época del bipartidismo”, dice la coinvestigadora María Isabel Zapata, del Departamento de Historia.

A raíz de esta investigación han surgido trabajos de grado sobre moda y belleza, que son dos tópicos fuertes en la agenda de Cromos, pero también sobre la evolución del deporte o sobre Ricardo Arbeláez, el ‘loco Arbeláez’, que entre 1972 y 1974 tuvo una columna de humor político llamada ‘El Alacrán’. “Un día estaba en clase de Periodismo de Opinión hablando de los antecedentes del periodismo de humor político, y tras mencionar a Arbeláez, un estudiante alzó la mano y me dijo: ‘Profe, él es mi abuelo’. El estudiante estaba haciendo su trabajo de grado sobre otro tema y a raíz de esto le tocó cambiarlo, porque era importante rescatar la vida y obra de este personaje clave de nuestra tradición periodística”, comenta la profesora Vallejo.

También se han descubierto fotografías y ediciones que habían pasado inadvertidas, incluso para Darío Forero, director de arte de Cromos, que lleva en el medio más de 20 años. “Gracias a este trabajo descubrí una edición muy bella de esa Bogotá moderna, costaba 50 centavos y nunca le había prestado atención. Todavía la tengo en mi escritorio”, dice.

La relación que se ha tejido entre la academia y el medio ha sido otro aporte valioso de esta investigación. “La experiencia fue muy enriquecedora”, afirma la editora de Cromos, Gloria Castrillón, quien fue el puente entre el medio y la universidad para publicar el especial de aniversario. “Pueden parecer visiones distintas, pero yo creo que son complementarias. El ojo de un periodista no siempre coincide con el del académico; el académico tiene una mirada más profunda, aunque no significa que nosotros no la tengamos. Uno como periodista tiene el ojo más entrenado para encontrar hechos, fotos o elementos. Entonces terminan siendo miradas complementarias”.

Esta investigación, que narra la historia sociocultural, política y económica del país visto por la revista, a través de una lectura cruzada entre textos, imágenes y anuncios, fue posible gracias a que las facultades de Comunicación y Ciencias Sociales ganaron la convocatoria de apoyo a proyectos de investigación-creación, una línea reciente de la Universidad para el fomento de la producción artística y creativa. Además de la publicación de un libro que mostrará en detalle los resultados del estudio, los investigadores han utilizado soportes audiovisuales para contar la historia de Cromos

Ahora el reto, como dicen, es reivindicar la revista, lograr que la gente entienda que para contar la historia del periodismo en Colombia y la misma historia del país es necesario pasar por Cromos. Después de todo, y más en estos tiempos, cualquier medio no cumple 100 años.

Novedades Editoriales Pesquisa 35

Novedades Editoriales Pesquisa 35

Televisión y construcción de lo público

Captura de pantalla 2016-03-10 a las 10.33.59 p.m.

José Miguel Pereira G., ed. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2015. 150 págs. Colección Cátedra Unesco de Comunicación.

Como un homenaje a los sesenta años de la televisión en Colombia y los veinte de la Especialización en Televisión de la Pontificia Universidad Javeriana, la XXI Cátedra Unesco de Comunicación se centró en la televisión y la construcción de lo público. En el libro se compilan los textos de las conferencias centrales de la cátedra, que discuten temas como los sistemas televisivos, las transformaciones de la industria, los nuevos formatos y audiencias, las narrativas televisivas, entre otros. Además, se presentan los resúmenes de todas las ponencias, las cuales se pueden consultar en versión completa, junto con las memorias audiovisuales del evento, en el CD que acompaña el libro. La cátedra y esta publicación continúan el debate acerca de los modos de aproximación a la información, la deliberación pública y el derecho al entretenimiento.

Infancia y educación. Análisis desde la antropología

Captura de pantalla 2016-03-10 a las 10.33.02 p.m.

Maritza Díaz y Mauricio Caviedes, eds. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2015. 236 págs. Colección Diario de Campo.

¿Cuál es el lugar que la educación atribuye a los niños y niñas en los diferentes grupos, clases o sectores sociales? ¿Cuáles son las consecuencias del lugar que atribuimos a niños y niñas en los cambios que viven nuestras sociedades? Bajo el horizonte de estas preguntas, los autores del libro ponen en tela de juicio las relaciones mecánicas que se han establecido entre la infancia y la educación, desde un punto de visto crítico: la antropología. El aporte fundamental que la antropología puede hacer al estudio de la infancia y la educación radica en la posibilidad de avanzar en estudios transculturales para entender el lugar de la infancia y sus transformaciones en diferentes contextos sociales, culturales y de clase.

De ahí que este libro cuestione la manera tradicional de entender la relación entre infancia y educación, a partir de un análisis comprensivo de los relatos de comunidades como la cubeo, las afrochocoanas y sociedades locales o fronterizas, como la bogotana y la venezolana, que se expresan en estudios de caso. A partir de dichos estudios, los lectores encontrarán reflexiones críticas y de rigor que buscan una comprensión amplia de los fenómenos antropológicos que suscita la pregunta por la infancia.

De esta forma, los autores intentan definir cuál es el lugar que la educación atribuye a la niñez en los diferentes grupos, clases o sectores socioculturales. En este libro, que hace parte de la colección Diario de Campo, los lectores podrán encontrar múltiples análisis desde la antropología, que buscan abrir el espectro de la mecanizada relación entre infancia, educación, y la ilusión de una mejor sociedad. Constituye, sin duda alguna, un reto de la antropología para la educación.

Civilización, frontera y barbarie. Misiones capuchinas en Caquetá y Putumayo, 1893-1929

Captura de pantalla 2016-03-10 a las 10.33.34 p.m.

Misael Kuan Bahamón. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2015. 220 págs. Colección Taller y Oficio de la Historia.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX en Colombia, como consecuencia del proceso de Regeneración conservadora, se encomendó a las misiones capuchinas la labor de educar a las comunidades indí- genas en territorios de frontera, como Caquetá y Putumayo. Las misiones buscaban también incrementar la productividad de los nativos y asimilarlos como elementos útiles del orden mundial de explotación y exportación de recursos, un proceso complejo en el que juegan y se entremezclan decisiones políticas y económicas, la defensa del territorio y la ampliación de la frontera productiva. A partir de un levantamiento y estudio de fuentes primarias eclesiásticas —cartas e informes de misión inéditos—, Kuan logra reconstruir las acciones de las misiones, así como las técnicas y estrategias de resistencia de los indígenas: una doble historia de educación y civilización de lo entonces considerado como bárbaro, en el contexto de consolidación de la economía extractiva en el sur de Colombia.

La última utopía. Los derechos humanos en la historia

Captura de pantalla 2016-03-10 a las 10.34.11 p.m.

Samuel Moyn. Traducción de Jorge González Jácome. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2015. 338 págs. Colección Fronteras del Derecho.

Hoy en día, el discurso que apela a la autoridad moral y política de los derechos humanos, como valores esenciales que requieren ser protegidos, se puede encontrar en todo tipo de conflictos alrededor del mundo. Sin embargo, todavía su historia no es bien conocida por quienes los invocan. Por ejemplo, se cree que su origen es el resultado de la materialización de un ideal moral tras el Holocausto que lentamente pero de manera firme se incrustó en la conciencia de los seres humanos de entonces.

Como respuesta a este tipo de interpretaciones míticas, Samuel Moyn, profesor de la de la Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard, ha revisado a contrapelo la historia de los derechos humanos en este libro. De forma novedosa, Moyn considera que el origen de los derechos humanos, como discurso ampliamente usado y efectivo ideológicamente en la realidad política de todo el mundo, es resultado del impacto transformador de varios eventos de la década del setenta del siglo pasado, como el final del colonialismo formal y la crisis del Estado poscolonial.

El mayor aporte histórico de esta investigación se centra en lo que el profesor Jorge González Jácome, traductor de este libro, reconoce como el esclarecimiento del concepto de derechos humanos en la historia de las ideas, más allá de las ciencias jurídicas, políticas y las relaciones internacionales. Puesto que estos nacieron como la posibilidad de darles “poder a quienes no tienen poder”, sus promotores no siempre han reconocido que los derechos humanos “hoy se encuentran atados con el poder de los poderosos”. De ahí que este libro sea una revisión crítica de los derechos humanos como definición esperanzadora del futuro tras el despertar del sueño de la revolución: la última utopía.

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