Metales y sobrepesca, la carga pesada de los tiburones

Metales y sobrepesca, la carga pesada de los tiburones

Isla Fuerte está ubicada en el Golfo de Morrosquillo, en el Caribe colombiano. Gracias a su diversidad marina, allí decenas de habitantes viven de la pesca artesanal y del consumo de especies como los tiburones. Ese escenario fue analizado por Yurani Rojas, ecóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, quien desarrolló una investigación sobre los elementos esenciales y no esenciales en tiburones sedoso y toyo.

El tiburón, como cualquier ser vivo, requiere ciertos elementos químicos para funcionar correctamente. Algunos de esos compuestos como el hierro, manganeso, vanadio y zinc son esenciales y benéficos en pequeñas cantidades mientras que en altas concentraciones pueden causar problemas para el animal.

No obstante, hay otro tipo de sustancias que no son necesarias para el cuerpo y que aún en bajas cantidades pueden causar daños para la salud como el cadmio, mercurio y plomo. Este tipo de metales pesados fueron los analizados en la investigación.

Mercurio

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el mercurio es un elemento que está presente en el aire, el agua y los suelos. Existe en varias formas: elemental o metálico, que se encuentra en el suelo; inorgánica, que es utilizada en procesos industriales, y la orgánica, resultante de la liberación en el ambiente, en el que ciertas bacterias lo transforman en metilmercurio. Esta última es la que se encuentra en la fauna marina y es la más común en humanos.

Un primer hallazgo de esta investigación enciende las alertas: “En todas las muestras colectadas había metilmercurio y están sobrepasando el límite permitido para consumo humano”, afirma Rojas pues la OMS recomienda no consumir más de 1,5 microgramos por gramo. Otras entidades como el Ministerio de Salud de Colombia, la Agencia de Protección del Medio Ambiente de los Estados Unidos (USEPA) y la Comisión Regulatoria de la Unión Europea mantienen su máximo recomendado en un microgramo por cada gramo.

Estos altos índices de concentración sugieren procesos de bioacumulación. “Los tiburones, al ser depredadores tope, estarían consumiendo elementos tóxicos que han obtenido sus presas a lo largo de toda la cadena alimenticia”, dice la investigadora. Es decir, esta problemática no estaría afectando solo a los tiburones sino a otros seres vivos como crustáceos, moluscos y peces, que probablemente están acumulando estos metales.

Otro hallazgo tiene que ver con el órgano más contaminado de los individuos analizados. Al comparar las cantidades de mercurio en músculo y en hígado, se encontró que el primero presenta las mayores cantidades. “El hígado acumula más rápido estos tóxicos, pero tiene un nivel de depuración más alto que el músculo en juveniles”, explica la experta.

Otros elementos

El estudio también encontró altas concentraciones de cobre y zinc, que en tiburones adultos funcionan como protector del hígado contra el cadmio, otro metal pesado. “En el hígado se generan metalotioneínas que capturan los elementos tóxicos y evitan que sigan siendo tóxicos. Cuando se encuentran en altas concentraciones se pueden relacionar a altas cantidades de cadmio y otros metales”, revela la investigadora. Incluso el arsénico es potencialmente cancerígeno y se encontró en todas las muestras.

Hasta el momento no existen estudios precisos sobre las fuentes de estos elementos, pero podrían ser dos: una natural, por la geología de la zona, en la que podría haber presencia de algunos de estos metales que se liberan en el ambiente. La segunda sería por las actividades humanas, que pueden ser agrícolas asociadas a la aplicación de plaguicidas, industriales ligadas al uso de hidrocarburos de alta densidad y la gran mayoría podría ser por minería ilegal, según Rojas.

 

Los impactos de estos elementos para los tiburones son varios. “A largo plazo estos metales pueden generar problemas en los sistemas reproductivo, nervioso y locomotor. Todo depende de las concentraciones que se encuentren en el ambiente y de qué tan frecuente sea la exposición”, afirma Andrea Luna, directora del semillero Aquasistemas y profesora de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana. “Las altas concentraciones de mercurio podrían estar reduciendo significativamente la fertilidad, afectando directamente las poblaciones de tiburones”, agrega Rojas.

Ambas investigadoras manifiestan su preocupación pues los impactos no son sólo para cada individuo, sino para toda la población de la zona. Cerca del 70% de tiburones que se pescan en Isla Fuerte son juveniles, dato que no es menor, pues estos no han alcanzado la edad de reproducción. Se cazan y queda poca descendencia para mantener las especies, algunas de las cuales ya están en peligro de extinción.

Riesgo para la salud humana

En Isla Fuerte es muy común alimentarse de tiburón. Allí comen la carne (músculo), a diferencia de otros lugares del mundo, donde hay preferencia por la aleta. Las preparaciones más comunes con la carne de este escualo son la empanada, el revoltillo (carne desmenuzada y guisada), en bistec y con huevos revueltos. Estos platos no solo los consumen los habitantes, sino que también son muy apetecidos por los turistas. A partir del hígado se hace aceite como tratamiento para problemas respiratorios.

Para este estudio se hicieron 95 encuestas que indican que los habitantes de la isla consumen en promedio 64 gramos de carne de tiburón, 59 días al año. La ingesta semanal estimada por persona es superior a los valores recomendados por organismos colombianos e internacionales, situación que pone en riesgo a los isleños.

“Elementos como el mercurio están por encima de los límites máximos recomendados por la OMS. Esto ya genera una alerta porque, en teoría, no se deberían consumir. Los niños y las mujeres embarazadas deberían evitarlos porque pueden generar riesgos para la salud humana”, afirma Luna. Esto puede afectar el desarrollo del cerebro y en general, el crecimiento. Las futuras madres, al consumirlo, pueden estar afectando a los bebés en gestación. “El arsénico inorgánico y el mercurio orgánico representan toxicidad para el sistema nervioso, inmunitario, el aparato digestivo, la piel, los riñones, los pulmones, la vista y el desarrollo intrauterino. Además, presenta la posibilidad de generar cáncer”, agrega Yurani Rojas. Esta investigación revela que existe riesgo potencial cancerígeno y no cancerígeno para los consumidores. Por todos estos riesgos, se recomienda no comer tiburón.

Las poblaciones de tiburones de la región se enfrentan a dos problemas de gran magnitud. Por un lado, la contaminación por metales pesados y por otro la sobrepesca. Para Andrea Luna, la solución al primer fenómeno pasa por reducir el uso de estos metales en las actividades humanas e instalar plantas de tratamiento de agua que necesitan mejorar en presencia y capacidad. “Lo más fácil es disminuir las fuentes de contaminación porque quitar estos contaminantes una vez están presentes en el mar es muy difícil y costoso”, dice.

El segundo pasa por la educación ambiental y estrategias locales que permitan el sustento de las familias pescadoras, pero también por la conservación de las especies marinas. “Cuando se trabaja con pescadores artesanales, ellos afirman ser muy conscientes de esta problemática y les interesa que el recurso siga presente. Ellos están muy abiertos a la idea de reducir los impactos en los recursos porque dependen de ellos en el día a día”, detalla.

En 2018 se registraron cinco muertes humanas por ataque de tiburón, mientras que más de 100 millones de escualos mueren anualmente por causa del hombre. Es importante que las personas se informen cuando se alimentan de ciertos productos, evitar consumir los que no son indispensables para una dieta saludable y que por el contrario podrían ser nocivos para la salud.

El agua en Colombia: retos y desafíos para la gestión integral, conservación y usos del recurso hídrico

El agua en Colombia: retos y desafíos para la gestión integral, conservación y usos del recurso hídrico

Colombia cuenta con una riqueza hídrica excepcional, lo que ha permitido la formulación y ejecución de diversos proyectos de desarrollo en torno al agua, que implican grandes desafíos en su gestión diferencial e integral dentro del territorio dada la complejidad de los escenarios donde se desenvuelven. Proyectos tales como la hidroeléctrica de Ituango (Antioquia), la ampliación de la vía Santa Marta – Barranquilla, las actividades mineras del Cerrejón (Guajira), el fracturamiento hidráulico, la navegabilidad del río Magdalena y la construcción de un megapuerto en el Golfo de Tribugá (Chocó), traen consigo importantes afectaciones a los cuerpos naturales de agua y a los sistemas de que dependen de ella, causando daños irreparables en su estructura y función, para satisfacer a una sociedad en constante crecimiento.

Esto, no solo representa un riesgo para el ciclo hidrológico, ya que son cada vez más son más marcadas las transformaciones en todo el territorio nacional, sino que además se convierte en un riesgo para la salud humana y de los ecosistemas, especialmente por la aparición de enfermedades como el dengue, la alteración de los hidrosistemas, los conflictos por el uso y manejo del recurso hídrico y la falta de acceso en algunas zonas del país. Por tanto, es necesario avanzar en su conocimiento y puntualizar en decisiones fundamentadas por parte de los actores sociales e institucionales, que garanticen la sostenibilidad de los ecosistemas y el agua en el largo plazo, lo cual representa un desafío trascendental en la gestión y sostenibilidad del recurso. En este contexto, el ciclo de seminarios del Doctorado de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, invitó a distintos expertos para presentar sus percepciones y avances sobre el tema.

Es claro que la gestión del agua debe ser integrada con el territorio, donde exista una planificación participativa y articuladora que permita incluir los diversos intereses y necesidades de los actores, percepciones y conocimiento de este recurso, ya que las presiones sobre este, dependen de las dinámicas socioeconómicas y culturales en las que se encuentra inmerso. Por ejemplo, en la Represa del Cercado ubicado entre los municipios de Distracción y San Juan del Cesar (Guajira) y en el Distrito de Riego a Gran Escala de María La Baja, región de Montes de María (Bolívar), el agua es percibida como un recurso necesario en escenarios extractivos principalmente, de monocultivos como el arroz y la palma. Para lograrlo, se han construido infraestructuras al servicio de estas actividades, muchas veces con poca rigurosidad técnica y con una visión cortoplacista, afectando el acceso, uso y control del recurso de manera sostenible.

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De igual manera, la Ciénaga Grande de Santa Marta (Magdalena), ha tenido un proceso histórico de transformación del agua producto de diversos intereses de actores políticos y sociales. Desde las canalizaciones para cultivos, pasando por la ampliación de la frontera agropecuaria, la deforestación, la implementación de grandes obras de infraestructura (carreteras, diques) y la consolidación de distritos de riego, se han modificado los afluentes del sistema. Esto resulta, en una fuerte modificación del complejo cenagoso, alterando su funcionalidad y resiliencia frente a cambios futuros, limitando la oferta de servicios ecosistémicos, fundamentales para la subsistencia y cotidianidad de las comunidades, cuyos medios de vida dependen de este ecosistema.

Hablando de proyectos futuros, el Golfo de Tribugá ha tomado una relevancia reciente, por la iniciativa del gobierno actual, de desarrollar un puerto multipropósito de aguas profundas en el Chocó. Su ubicación geográfica estratégica (en el Pacífico Norte de Colombia) le confiere particularidades oceanográficas que lo diferencian del Centro y Sur del Pacífico colombiano, además de la inmensa riqueza biológica que allí se concentra. Aunque son claros los intereses de algunos sectores económicos y políticos en la construcción de este puerto, existe una preocupación por la alteración e impacto negativo que se puede generar hacia este ecosistema. Esto trae consigo desafíos en la gestión del territorio por parte de las autoridades ambientales y académicas, en el sentido de generar una planificación y gobernanza articuladora y cooperativa, que busquen garantizar la integridad del sistema.

Por otra parte, los procesos de urbanización y de expansión urbana, también alteran el ciclo hidrológico, debido a la eliminación de cobertura vegetal, la generación de residuos sólidos y líquidos, al incremento de áreas impermeables que reducen la infiltración y otras actividades asociadas. La concentración de la población en los centros urbanos y la facilidad en el acceso al recurso, gracias a la infraestructura de acueducto y alcantarillado, influyen en el comportamiento humano frente al manejo del agua en las ciudades, lo que puede llevar por una parte al uso insostenible del recurso y por otra, al almacenamiento de agua para diversos usos, que en algunos casos es mal manejado, favoreciendo la aparición de vectores que trasmiten enfermedades como el Dengue, Chikunguña y Zika, entre otras.

Es así como modelos matemáticos desarrollados por el Dr. Mauricio Santos Vega y su equipo del Grupo de investigaciones en biología matemática y computacional, de Ingeniería Biomédica de la Universidad de los Andes, buscan ayudar a entender cómo y porqué en la ciudad de Ibagué, por ejemplo, las poblaciones humanas almacenan agua para usos sanitarios y de reserva, muchas veces sin las medidas de manejo adecuadas, favoreciendo la proliferación del mosquito, vector de enfermedades virales que representan un riesgo para la salud pública de la población.

Adicionalmente, frente a las diferentes formas de ver el agua y los impactos generados sobre ella, existe la necesidad de plantear soluciones para su gestión integra y uso sostenible. Desde el análisis de narrativas y la ecología política, se puede tener una aproximación a otras formas de analizar el agua, según la profesora Catalina Quiroga y su equipo del grupo de investigación Cultura y Ambiente de la Universidad Nacional de Colombia. Más allá de tener una mirada en función de su uso del recurso hídrico para las actividades económicas, las comunidades también tienen un rol importante en asignar un significado propio en donde se ve expresada su cotidianidad, lo que les permite tanto a estas como al Estado, reconocer estas percepciones, en ocasiones antagónicas, pero que coinciden en ofrecer soluciones técnicas y políticas más acertadas de acuerdo con la realidad socioecológica de cada territorio.

Además, la Dra. Sandra Vilardy y su equipo del grupo de investigación de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, resaltan la necesidad de comprender las dinámicas dentro de los hidrosistemas abordando la gestión con base en las complejidades del territorio, a partir de la construcción de la capacidad de resiliencia de los mismos, por medio de lo cual se permita negociar los intereses y necesidades de los diversos actores que usan el recurso. Necesariamente, se debe tener una forma de gobernanza articuladora y cooperativa que incluya elementos basados en la memoria e identidad del territorio, la diversidad ecológica, las innovaciones, el aprendizaje y la adaptación.

Asimismo, resalta la necesidad de consolidar redes de interacción hacia esferas policéntricas, multinivel, multidisciplinarias y con los habitantes, que complementen las debilidades institucionales, reconociendo las limitaciones y sesgos en la comprensión de los fenómenos ecológicos, sociales y culturales, para generar y divulgar información, así como para el diseño de herramientas de política pública y gestión territorial, como insumos para asesorar a los tomadores de decisiones, y que permita revitalizar el capital social, humano y el bienestar de los pobladores.

Otro aspecto a considerar es la búsqueda de alianzas estratégicas con universidades, organizaciones locales y otras instituciones de investigación, que permitan generar estudios científicos con mayor rigurosidad y de alta calidad, a fin de obtener información más acertada, que complemente la evaluación de impactos y riesgos ambientales para la toma de decisiones. Este es el propósito de la Dra. Natalia Botero, directora de la Fundación Macuáticos, durante su estancia postdoctoral en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, quien en conjunto con otras instituciones, como la Universidad de los Andes, la Comisión Colombiana del Océano y Applied Ocean Sciences, busca realizar estudios que permitan obtener informaciones de línea base para los tomadores de decisiones sobre los impactos que pueden tener contaminantes como el mercurio o como el ruido generado por el tráfico marítimo en la salud de las ballenas jorobadas, en áreas estratégicas para su reproducción como es el Golfo de Tribugá.

También es importante promover espacios de discusión con distintos actores sociales dentro de los cuales se visibilicen los impactos ambientales que pueden ocasionar los diferentes proyectos de infraestructura, minería, hidrocarburos, urbanísticos y asociados, tanto para las comunidades locales como para los ecosistemas. Es aquí, donde cobra importancia el enfoque socioecológico que incluye la complejidad del sistema: sociedad y entorno natural, y que aún hoy, se continua en proceso de exploración y entendimiento, donde exista una mirada sistémica y no sectorial para generar soluciones a los problemas relacionados con el agua. Además, debe existir una interdisciplinariedad en el análisis, que permita articular los marcos conceptuales y tratar de acercarse a la realidad de los impactos y relaciones causales, con el fin de entender los mecanismos por los cuales se generan estos problemas.

En este contexto, según el Dr. Nelson Obregón, director del Instituto Javeriano del Agua, resulta necesaria la evaluación de los impactos ambientales ex-ante dentro de un marco de sistemas socioecológicos, utilizando las herramientas tecnológicas disponibles con el fin de tratar de modelar los efectos que pueden generar los proyectos y actividades humanas en diferentes escenarios sociales y naturales, articulando los instrumentos de política pública, algunos como planes de ordenamiento territorial, planes de riesgos ambientales, planes de gestión y conservación del recurso hídrico. Este nivel de análisis permite cuestionarse si los instrumentos establecidos son realmente eficientes o si, por el contrario, a pesar de que se cuenta con un amplio número de ellos, en la práctica, son inoperantes.

En definitiva, el agua debe entenderse como un eje articulador del territorio, que soporta el funcionamiento de los ecosistemas, la diversidad biológica y el desarrollo social, y por ello, su gestión integral debe ser prioritaria, pues a partir de ella se construyen realidades socioculturales y se moldean los socioecosistemas. Referirse a la sostenibilidad del territorio en torno al agua, y a su relación con la esfera socioeconómica y cultural de las regiones a diferentes escalas, en un marco de análisis de los sistemas socioecológicos, permite comprender al agua, no sólo como un servicio ecosistémico de suministro, sino como un componente fundamental para hablar de planeación ambiental del territorio, estructura ecológica y servicios ecosistémicos. De manera complementaria, incorporar nuevas formas de trabajo en redes, que articulen los instrumentos de planificación del agua y el territorio desde lo local, lo regional hasta lo nacional, es una necesidad para crear una coordinación interinstitucional que aporte a la sostenibilidad ambiental de los hidrosistemas de nuestro territorio.


* Autores: Rosa Hernández-Gómez, Clara Morales-Rozo, Hélmer Llánez, José María Castillo, Natalia Espinosa, Andrés Blanco, Andrea Luna-Acosta.

La casa es de todos

La casa es de todos

De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (INS), entre 2013 y 2015 se reportaron más de 1.100 casos de intoxicación por mercurio en Colombia, alcanzando su pico en 2014 con 779 registros; ante esta situación, y con el fin de mitigar el impacto de inhalar el vapor de este metal, especialmente en el caso de los mineros, desde 2013 (Ley 1658 de ese año) el Gobierno nacional ordenó erradicar el uso de mercurio en la minería a 2018.

Sin embargo, esta tarea no se ha cumplido a cabalidad porque no fue sino hasta el pasado 7 de noviembre del 2018 que el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible presentó por primera vez el Plan de Acción Sectorial Ambiental de Mercurio para erradicar este metal en el país con miras a 2023 y con la responsabilidad de buscar financiación internacional para conseguirlo. Las zonas más vulnerables donde se realiza la minería ilegal son Bolívar, Santander, Nariño, Chocó, Antioquia y Cauca, por lo que se requiere de actividades de investigación, prevención y pedagogía con la intención de suprimir este elemento tóxico que es “perjudicial para los sistemas nervioso e inmunitario, el aparato digestivo y los pulmones y riñones, con consecuencias a veces fatales”, como afirma la OMS.

Como alternativa a esta práctica, Heyler Serbando Moreno, representante legal del Consejo Comunitario Mayor del Alto San Juan – Chocó (ASOCASAN), explicó el proyecto Oro verde, que ha desarrollado unidades productivas en torno a prácticas de minería y agricultura para que la extracción del oro no compita con la conservación del ecosistema, sino que sea considerada como una actividad sostenible. En su opinión, “toda la minería puede ser sostenible si se tienen en cuenta a los actores que en ella convergen. Esto significa que, como consejo comunitario, tratamos de fortalecer la minería artesanal pero conservando lo verde que tenemos en el territorio”. Es decir, no es lo mismo trabajar con máquinas como las que usa la minería mecanizada o ilegal a practicarlo con bateas, tal y como lo hacen en el territorio, afirmó.

Así lo explicó en el marco del seminario ‘Enfoques y prácticas de conservación ambiental: lecturas desde Laudato Si’, un espacio diseñado por la Pontificia Universidad Javeriana para comprender la responsabilidad social que hay en torno a la conservación del ecosistema y conocer el resultado de prácticas de protección ambiental en Colombia a partir de proyectos de investigación de las comunidades. Cabe destacar que este encuentro hace parte de una serie de conferencias propuestas por la Javeriana para poner sobre la mesa temas relacionados con el cuidado de la casa común, es decir, el planeta y sus ecosistemas.

Este evento se llevó a cabo el pasado martes 2 de abril y contó con la presentación de ocho experiencias de conservación ambiental narradas por sus actores en diversos escenarios geográficos: Boyacá, Risaralda, Chocó, Amazonas, Cundinamarca, Bogotá y la costa Caribe. Su tema central fue la ‘conservación’ y su relación con prácticas como agricultura, ganadería, minería, turismo, cuidado de especies silvestres, conocimiento ancestral, investigación y ecología urbana.

La intervención sobre conservación y agricultura estuvo a cargo de Luz Marina Peralta, agricultora y miembro de la iniciativa Agroecología y tubérculos andinos en Turmerqué y Ventaquemanda, que ha fomentado la conservación y uso de tres especies nativas de la zona andina: la ibia, el cubio y la ruba, para reconocer la variabilidad morfológica de estos alimentos, las prácticas de cultivo, sus usos y valoraciones respecto a nutrición y seguridad alimentaria, al igual que “crear huertas caseras, campañas de reciclaje y talleres con los niños de la zona para que se apropien del conocimiento y le tengan gusto a estos alimentos y no a los comerciales, como las hamburguesas, que están de moda”.

/ Tatiana Arboleda.
/ Tatiana Avellaneda.

El cuidado de especies silvestres se abordó desde del proyecto Conservación del caimán aguja (crocodylus acutus) en los manglares de la Bahía de Cispatá, en Córdoba, y estuvo a cargo del pescador Jorge Díaz Martínez y el coordinador de la iniciativa, Giovanni Ulloa. Su labor se ha orientado a la recolección de especímenes que están en peligro y, de ahí, la reflexión sobre la preservación ambiental y su relación con la encíclica Laudato Si’: “Un error que suelen cometer los investigadores es ignorar el conocimiento de las comunidades sobre su cotidianidad con el ecosistema […] entonces, si no se les da valor a sus prácticas, la biodiversidad no se va a poder cuidar”.

Sobre este mismo tema, el Capitán Francisco Arias, director general del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis (Invemar), aseveró que urge la tarea de formar una conciencia colectiva en Colombia sobre la preservación de los ecosistemas, no solo terrestres sino también marinos, ya que, por ejemplo, las playas son un ecosistema altamente amenazado con el turismo, por eso el 17% de la costa del Caribe colombiana está en proceso de erosión severa. Adicionalmente, Arias señaló que Colombia tiene alrededor de 43 mil hectáreas de pastos marinos en el Caribe y esta cifra corresponde a la mitad de los que se tenía a inicios del siglo XX; actualmente, el lugar más crítico es la bahía de Cartagena.

El fin y compromiso con este encuentro es hacer un llamado a la comunidad, mediante experiencias positivas en conservación, para asumir un rol de cuidador y protector de la casa común como se destaca en Laudato Si’: “Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente […] Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades”. No en vano, la Organización de las Naciones Unidas anuncia periódicamente problemáticas medioambientales que ponen en jaque a la humanidad: nueve de cada 10 personas respiran aire contaminado debido a las emisiones del tráfico, la industria, la agricultura y la incineración de residuos, y más de 3.000 millones usan combustibles contaminantes al interior de sus hogares para cocinar y calentarse.

“El empoderamiento es la mejor herramienta para la conservación del ecosistema; no se debe desconocer que los tiempos del hombre no son los tiempos de la naturaleza, por eso nuestra tarea inicia con la revolución de las cosas pequeñas para aportar cambios positivos que le hagan bien nuestra esta casa común”, concluyó Harvy Murillo, director de la Asociación Comunitaria Yarumo Blanco, tras socializar su experiencia sobre el turismo y la conservación en el Santuario de fauna y flora Otún Quimbaya, en Pereira.

 


El próximo lunes 8 de abril en Bitácora, programa de difusión científica de Javeriana Estéreo, Heyler Serbando Moreno contará las experiencias y el trabajo del Consejo Comunitario Mayor del Alto San Juan – Chocó (ASOCASAN) en torno a la agricultura y la minería sostenibles. Escúchelo a partir de las 8:00 p.m. en la frecuencia 91.9 de FM, en Bogotá.

Mercurio y tiburones, una tragedia que también es humana

Mercurio y tiburones, una tragedia que también es humana

A 500 kilómetros de las costas de Buenaventura, en Colombia, está ubicada la isla de Malpelo, un atractivo turístico y todo un santuario de especies marinas en las aguas oceánicas que la rodean, en especial por su gran diversidad de macrovertebrados, como los tiburones. Sus aguas son de las más apetecidas del mundo para bucear y están protegidas por su alta riqueza de especies marinas. No cuenta con asentamientos humanos, pero en décadas pasadas la isla era un destino frecuentado por pescadores en busca de la aleta de tiburón a pesar de su prohibición, lo que impactó negativamente a sus poblaciones.

Este lugar, como otros ricos en variedad marina, ha sufrido los abusos del hombre. Así, lo que es un refugio de especies marinas se convierte en una zona de alta peligrosidad. Felipe Ladino, ecólogo javeriano de la Fundación Malpelo, dice: “En el tema del tiburón martillo se ha encontrado un panorama bastante preocupante en la región del Pacífico Tropical debido a que su población en los últimos diez años ha disminuido hasta en un 70%, y se supone que es la más grande a nivel mundial, lo que implica que es una especie bastante amenazada por la pesca que persiste”.

El ‘aleteo’ es considerado actualmente como el principal causante de las reducciones de tiburones en el mundo, y además es una actividad ilícita en la mayoría de los países, lo que queda demostrado por las incautaciones por parte de las autoridades competentes. Esta práctica ilegal, prohibida en Colombia desde 2007 por la resolución 1633, consiste en sacar a los tiburones del agua, cortarles las aletas dorsales, caudales, anales, ventrales y pectorales para comercializarlas o consumirlas y luego, aún estando vivos, botar el tronco al agua; así, sin más, el cuerpo cae en aguas profundas, asfixiado y sin aletas. Aquella muerte nefasta es una de las formas más deplorables de tortura y sufrimiento.

Por otro lado, no es nuevo decir que en el Pacífico hay una amplia problemática con la minería ilegal de oro, en la que se utiliza mucho mercurio que va de río a océano. Como bien lo explica la ecóloga javeriana Natalia Vélez, “una de las maneras de que haya mercurio en el océano es la contaminación antrópica, es decir, generada por el hombre, que puede ser tanto por minería como por agroindustria, fertilizantes y demás, y la otra es por vía natural, que puede ser por volcanismos, es decir, erupción de volcanes”. Según la profesora javeriana Andrea Luna Acosta, “Colombia es el tercer país que más cantidad de mercurio emite a la atmósfera, después de China e Indonesia, a causa de la minería de oro artesanal”.

Con los océanos atestados de mercurio, los tiburones, predadores tope por excelencia, se alimentan de especies que vienen con una carga significativa de mercurio, pues se encuentra en la parte inferior de la cadena alimentaria y ya han consumido especies más pequeñas que también lo contienen; así, entre más grande sea el animal, más alimento necesita, causando la transferencia de este metal en las redes alimentarias. A esto se le conoce como biomagnificación, y, a medida que los tiburones van creciendo, acumulan en su cuerpo las cantidades de mercurio que han consumido a lo largo de su vida  (bioacumulación).

Si bien la demanda de las aletas de tiburón en mercados como el asiático es un bien muy preciado y costoso, que, según Vélez, puede oscilar de US$250 hasta US$1.800, no se menciona el gran riesgo para la salud humana de quienes las consumen por tener altos niveles de mercurio. Al reconocer la problemática, los investigadores Sandra Bessudo, Natalia Vélez, Felipe Ladino, Dalia Barragán y Andrea Luna Acosta desarrollaron la investigación Concentraciones de mercurio y relaciones tróficas de tiburones del Pacífico colombiano, en la que examinaron las concentraciones del metal en los tejidos de siete especies de tiburones incautadas en el puerto de Buenaventura y recibidas por las autoridades colombianas y la Fundación Malpelo.

Entre las siete especies de tiburones estudiadas por Vélez y sus colegas se encuentran: el tiburón poroso (Carcharhinus porosus), el tiburón cabeza de pala (Sphyrna tiburo), la musola parda (Mustelus henlei), la musola segadora (Mustelus lunulatus) y la cornuda coronada (Sphyrna corona), que pertenecen a zonas costeras; también destacan el tiburón martillo (Sphyrna lewini) y el tiburón zorro (Alopias pelagicus), que se encuentran comúnmente en zonas pelágicas o de aguas profundas.

“Esto es interesante porque nos topamos con que dos de las especies investigadas, que en su etapa de adultos usualmente se encuentran en zonas pelágicas, estaban en zonas costeras, lo que sugiere que seguramente estábamos trabajando con tiburones juveniles, pues cuando los tiburones de aguas profundas van a tener a sus bebés se van a ecosistemas costeros donde encuentran manglares, los cuales constituyen un sistema de refugio para sus crías. Los bebés crecen allí y luego son capturados a edades tempranas”, explica Vélez.

Lo anterior dilata la problemática que ya no solo recae en el ‘aleteo’ sino en la captura de los tiburones más jóvenes.

Los tiburones tienen un ciclo de vida más lento, es decir, se demoran más en crecer y madurar sexualmente y son aptos para reproducirse hasta alcanzar los diez años. Así, muchos de los especímenes capturados no alcanzan la reproducción, poniendo en peligro la supervivencia y conservación de la especie ya que no se sobreponen fácilmente a la disminución de su población.

El trabajo de diversos investigadores contribuyó para que el área protegida en las aguas del Pacífico colombiano se ampliara sobrepasara los 27.000 kilómetros cuadrados. / Cortesía, Camila González
El trabajo de diversos investigadores contribuyó para que el área protegida en las aguas del Pacífico colombiano se ampliara sobrepasara los 27.000 kilómetros cuadrados. / Cortesía, Andrea Luna.

Según los resultados de la investigación, dos de los tiburones de mayor captura son el Sphyrna lewini y el Alopias pelagicus, justamente los que pertenecen a aguas abiertas. “Estas dos especies son las que más están en peligro, las que más nos estamos comiendo y las que representan mayor riesgo para la salud humana”, afirma la investigadora Vélez. También se encontró que, en efecto, las aletas presentan altas cantidades de mercurio, no superiores a las que se encuentran en los músculos pero que, igual, constituyen un factor de riesgo para los humanos que las consumen.

En los mares del Pacífico Tropical los tiburones se enfrentan a la pesca ilegal de aleta y a la captura incidental de los atuneros, por eso organizaciones como Fundación Malpelo, en compañía de varios aliados como Parques Nacionales,  Fondo Acción y Conservación Internacional, han trabajado en la protección y conservación del Santuario. Ladino asegura que para el 2017 “logramos ampliar Malpelo a más de 27.000 km2, convirtiéndola un área marina protegida bastante significativa”.

Los retos para establecer estrategias de conservación y la reducción de la pesca de aletas de tiburón en Colombia es enorme, pero “un paso para reducir el ‘aleteo’ y contribuir al cuidado del ecosistema y de los predadores tope del océano es informar sobre el posible riesgo potencial del mercurio en la salud humana, causado por el consumo de estas aletas. Sus síntomas van desde dolores estomacales y musculares hasta malformaciones en el feto de una mujer gestante, sin mencionar la devastadora situación que tiene que vivir la población de tiburones, además de la protección de los mares donde habitan”, concluye Vélez.