Hipopótamos en la sala: ¿qué más se necesita para actuar?

Hipopótamos en la sala: ¿qué más se necesita para actuar?

No solo preocupa la invasión de hipopótamos en Colombia por sus potenciales efectos acumulativos y sinérgicos en ecosistemas ya degradados de los que dependen comunidades vulnerables en el valle medio del Magdalena. Preocupa, además, la ausencia de decisiones de manejo informadas que garanticen la contención efectiva de esta invasión.

Se advierte una clásica disonancia en la interfaz entre ciencia y política frente a este y otros problemas de acción colectiva: aunque se reconocen las evidencias sobre lo que implica la invasión en el largo plazo, las decisiones en el corto plazo parecen negarlas. ¿De qué tamaño tiene que ser el problema para que decidamos actuar? ¿Qué tiene que pasar para que el Estado colombiano asuma su responsabilidad constitucional de garantizar un ambiente sano y priorice el valor de la biodiversidad nacional como patrimonio natural?

La semana pasada, el foro Hipopótamos en la Sala, organizado por la Universidad de los Andes y la Pontificia Universidad Javeriana, llamó la atención sobre la necesidad de superar la inacción y de buscar salidas desde una diversidad de visiones a un problema complejo y creciente que cada día será más difícil enfrentar de forma efectiva.

Hay razones para pensar que el debate permitió reconocer perspectivas y evidencias diversas sobre el fenómeno de la invasión, reflexionar sobre las tensiones éticas entre animalistas y conservacionistas centrales al debate, visibilizar los límites del marco normativo existente para el manejo de especies invasoras y, sobre todo, reconocer el papel determinante que deben tener las comunidades locales en el manejo de la invasión.

No obstante, pese al interés de los panelistas y de muchos asistentes, el debate parece no haber conducido a mayores avances en lo práctico.

Llamó la atención la ausencia del Ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, a pesar de haber sido invitado. Que el ministro hubiera participado en el foro, manifestando su voluntad política para enfrentar este problema, habría sido un logro.

En cambio, unos días después el ministro se refirió públicamente al tema y en lugar de centrarse en las propuestas fundamentales de los científicos, sugirió que una alternativa para los hipopótamos sería “crear un ecosistema controlado” para albergarlos.

De otro lado, frente al necesario llamado del director del Instituto Humboldt a profundizar en el conocimiento sobre los hipopótamos en el país mediante una minga de recolección de datos y a reactivar el trabajo interinstitucional de manejo de la especie reconociendo el liderazgo regional de Cornare, pareciera más urgente incidir con las evidencias ya disponibles en toma de decisiones concretas con prontitud.

Por ejemplo, un pronunciamiento gubernamental sobre el impacto de las especies invasoras como el hipopótamo en la biodiversidad colombiana, incluir al hipopótamo en el listado oficial de especies invasoras en Colombia, establecer metas razonables que eventualmente conduzcan a que los hipopótamos salgan de los ecosistemas naturales del Magdalena y llamar la atención sobre la incertidumbre de la efectividad de las castraciones químicas como mecanismo de control de la población, son tareas pendientes que pueden hacerse con las evidencias existentes.

Este tipo de acciones de corto plazo ayudarían a desenredar el camino y a construir puentes entre sectores sociales con diferentes intereses, lo cual, sin duda, redundaría en mejores decisiones.

Advertimos un riesgo: mientras se continúa aplazando el prestar atención al problema, las poblaciones de hipopótamos siguen creciendo y más temprano que tarde serán tantos en la cuenca que será imposible actuar.

En ese momento no valdrán los argumentos que minimizan el daño de los hipopótamos comparándolo con el de la ganadería bovina y bufalina (o hasta el de la explotación petrolera) para justificar que no son el peor problema ambiental en el Magdalena y que podrían, en cambio, declararse como una especie residente merecedora de protección, como algunos participantes en el debate sostienen.

Con una población de hipopótamos mucho mayor a la actual, como proyectan los científicos, las transformaciones productivas de la cuenca implicarán aún peores consecuencias en los sistemas sociales y ecológicos, los cuales tendrán menos capacidad de soportar las perturbaciones de la invasión.

A la vuelta de unos años, los impactos sobre la biodiversidad, los servicios ecosistémicos y el bienestar humano serán difícilmente reparables, por más que algunos pobladores locales tengan hoy en día percepciones positivas de los hipopótamos.

Mientras siga la parálisis frente a la situación, quienes continuarán asumiendo los costos serán las comunidades más vulnerables y la fauna nativa y amenazada que reclaman un lugar visible en las decisiones de política pública.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza ha ratificado las acciones requeridas para controlar esta población, por esto el llamado a la acción es urgente: el país no puede darse el lujo de dilatar decisiones o de seguir errando en aquellas que se tomen. Las entidades del Sistema Nacional Ambiental no pueden evitar la responsabilidad ética y política de su inacción.

Si algo nos ha enseñado el último año con la pandemia y la conexión entre ciencia y política pública es que la sociedad debe discernir entre evidencias y “hechos alternativos” para guiar procesos de toma de decisiones. El problema de los hipopótamos no es una excepción.

* Sebastián Restrepo Calle, profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana
** Daniel Cadena, decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de los Andes

Islas de carbono

Islas de carbono

Cuando se caminan las sabanas de la Orinoquía, tal como lo dice Julio Jaramillo en su canción de Reminiscencias, el llano infinito se funde al besar el sol. Aquí, inmersos en la planicie, pequeñas islas verdes brotan en la mitad de un océano de pastizales; estos parches son relictos de bosques que flotan en una tierra que ahora le pertenece al ganado. Al adentrarse en ellos todo cambia. El aire ya no está cargado de la esencia volátil del pasto, aquí el olor es distinto: huele a tierra, a húmedo, a selva.

Al corazón de esta selva vienen hombres y mujeres vestidos con camisas, pantalones impermeables y botas pantaneras, la misma ropa de todos los días. Entre ramas y bejucos, unos abrazan los troncos de los árboles para medirlos con un metro, otros les ponen placas metálicas con puntilla y martillo mientras que los demás dibujan unas franjas con pintura acrílica amarilla sobre aquellos árboles escogidos. En una libreta, a la que le cuelga un lápiz, alguien más toma nota minuciosa de todo lo que le dictan. Estas personas, biólogos y ecólogos, son investigadores que vienen a bosques como este, para comprobar que están captando el carbono de la atmósfera.

Sus esfuerzos le sirven al gobierno colombiano para cumplir el compromiso adquirido en el Acuerdo de la Conferencia de las Partes (COP21), celebrado en París en 2015. Allá, lejos de la selva, Colombia se comprometió a que sus emisiones de carbono deberán reducirse en un 20% para 2030. Se trata de un esfuerzo internacional para que la temperatura de la tierra no aumente más de 2 ºC en los próximos años.

Pero lejos de la promesa en papel está la realidad. Si bien Colombia es uno de los países más biodiversos a nivel mundial, también está entre los 10 países que más área forestal ha perdido entre 1990 y el 2015. Recientemente se supo que 178.597 hectáreas de bosque desaparecieron en 2016, algo así como el tamaño de Bogotá.

A ese bosque que aún respira, Ana María Aldana, bióloga de la Universidad de los Andes, llega con su equipo de investigadores a marcar y medir árboles. Ella quiso saber cuánto y cómo los bosques en Colombia están acumulando el carbono de la atmósfera, un gas que calienta la tierra y aumenta los efectos del cambio climático. Este carbono se acumula en los árboles porque ellos se alimentan de él. Así como nosotros respiramos y necesitamos el oxígeno para vivir, las plantas utilizan este elemento para hacer fotosíntesis, para convertir la energía del sol en energía que puedan utilizar.

La bióloga Ana María Aldana, durante su trabajo de campo en los bosques de la Orinoquía.
Estudiantes de la Universidad de los Andes durante su trabajo de campo del proyecto de acumulación de carbono, en los bosques de la Orinoquía.

Aldana, como muchos otros científicos en el país, está en una carrera contra el tiempo. Es probable que mientras se escriben estas líneas –o mientras se leen–, a un árbol lo estén tumbando en alguna parte del país. Y es porque, según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la causa que más ha golpeado a los bosques ha sido el uso de tierras para los monocultivos y cultivos ilícitos a lo largo del Pacífico Norte y Sur, el Sur del Chocó, el Nororiente de Antioquia, el Norte de Santander y el Sarare, al Noroccidente de la Orinoquía.

Más allá de que la academia haya llevado a la bióloga a estudiar los bosques tropicales, la pasión con la que habla de sus plantas y la alegría cada que vez que va al campo delatan los sentimientos de una mujer que creció viendo atardeceres llaneros. “La gran diversidad de formas y de especies, de colores, de olores, etc., hace que sean extremadamente fascinantes”, resalta. Y así, una cosa llevó a la otra. Aldana hizo una maestría en Botánica de la Universidad de Reading, Inglaterra, y ahora es doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad en los Andes, título que consiguió en marzo del 2017.


Entre el laboratorio y la selva

Su proyecto comenzó en 2005. En él también participaron investigadores de otras universidades, estudiantes de biología y su director de tesis, Pablo Stevenson, quien está a cargo del Laboratorio de Primatología y Ecología Tropical (LEPTYP) de la Universidad de los Andes.

Medir el carbono de los bosques no es sencillo. Las jornadas comienzan a las seis de la mañana, con el tiempo justo para tomarse un tinto oscuro, desayunar e irse al campo. Allí, en medio de mosquitos inmisericordes, se trabaja hasta que los rayos del sol dejen de penetrar el bosque.

La primera parte del proyecto fue establecer parcelas en distintas regiones de Colombia como la Orinoquía, la Amazonía y el Magdalena Medio. “Es una metodología para estudiar vegetación”, explica Aldana, “las parcelas de una hectárea son las más convenientes para estudios de vegetación en el largo plazo. A lo que se refiere es que las parcelas sirven para que, dentro de un lugar en el bosque que mide una hectárea, se pueda tener una idea de cómo está funcionando un ecosistema, ¿qué plantas viven allí? ¿Cuánto y cómo crecen? ¿Cómo es su relación con los animales? Estas son algunas preguntas que los científicos buscan responder al establecerlas. Pero “montar parcelas” no es solo enterrar tubos de PVC para que formen un cuadrado de una hectárea, hay que tener en cuenta detalles como la inclinación del suelo y un sentido de orientación preciso para que, al final, no termine en forma rombo –o peor aún, sin forma–.

En cada parcela los ecólogos seleccionan aquellos árboles, bejucos y palmas que tengan un diámetro mayor a 10 cm a la altura del pecho, una medida usada en este tipo de estudios. Mientras hay luz, los números y los nombres científicos se apropian del eco del bosque. “Este es un Protium que mide 32 cm”, dice uno, refieriéndose al tronco de un árbol de unos 20 metros de alto. “Listo, entonces ese es el 52.834”, le responde otro mientras anota en su libreta y le pasa una placa metálica con números marcados en su superficie. Sin duda, no todo en el campo es medir árboles: en la mitad del bosque, debajo de un “cambuche” improvisado, los ecólogos sacan una coca de plástico con un almuerzo frío pero rico en carbohidratos (papa, arroz, lentejas y, a veces, una que otra carne). En ese momento se habla de todo, de historias, de chismes, de la vida.

La otra parte del trabajo es volver a las 32 parcelas que se establecieron años atrás para ver cuánto ha cambiado el bosque. Por ejemplo, a estos del Meta, en San Martín, Ana regresó después de haberlos visitado por primera vez en 2011. Aquí todavía se escuchan las estridentes voces de monos aulladores mientras los investigadores vuelven a revisar la parcela. A cada árbol que marcaron, martillaron y pintaron seis años atrás, le miden el diámetro y la altura; después hacen una incisión en el tronco con un instrumento parecido a un descorchador de vinos, el barreno. Del árbol, Aldana y su equipo sacan muestras de la madera para saber su densidad. También recogen muestras del suelo para conocer qué tan fértil es la tierra.

Luego de meses de trabajo de campo, montar parcelas, marcar árboles e identificar especies –y quién sabe cuántas picadas de coloraditos y mosquitos–, Aldana utiliza la estadística y las matemáticas para sacar conclusiones de sus observaciones y las de su equipo de trabajo. Y así como cuando un médico le pide al paciente la altura y el peso para saber su grasa corporal, Aldana utiliza la densidad de la madera, la altura y el diámetro de cada árbol, palma o liana que se marcó para encontrar la biomasa aérea de cada individuo –o para saber cuán gordito está–, lo cual demuestra la salud de los bosques.

La biomasa es todo aquello “que hace parte de un organismo vivo”, explica. Nosotros somos biomasa, por ejemplo. En el caso de esta investigación, solo se analiza la parte aérea de las plantas, que es todo lo que está por encima del suelo: las hojas, las ramas y el tronco. “En árboles, en promedio, la mitad de la biomasa está compuesta por carbono; la otra mitad, de nitrógeno y otros elementos orgánicos”, añade. Las matemáticas le sirven para hacer aproximaciones y, así, saber cuánto de esa biomasa es carbono, el mismo que se escapa a la atmósfera cuando se tala un bosque.

Se cree que Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque en 2016.
Se cree que Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque en 2016.

Cuando un árbol está más gordo y más alto quiere decir que tienen más biomasa, o sea, que acumula más carbono, pues Aldana descubrió que los bosques estudiados almacenan, en promedio, 120 toneladas de carbono por hectárea, un valor que está por encima del promedio nacional: 104 toneladas por hectárea según el Sistema de Información Ambiental de Colombia.

Proteger el bosque porque acumula el carbono es solo una de las razones para conservarlo. A través del Programa Evaluación y Monitoreo de la Biodiversidad, el Instituto Humboldt determinó las especies de plantas y animales que pueden estar en riesgo por la deforestación en distintas partes del país. Especies que son maderables como almendro (Dypterix oleífera) y el cedro (Cedrella sp.) están en peligro. Con la selva en riesgo, también lo están aves como el paujíl piquizul (Crax alberti) y mamíferos como el mico churuco (Lagothrix lugens) y la danta (Tapirus bairdi), entre otros.

Mientras estudios como los de Aldana se llevan a cabo, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, junto con el IDEAM, lideran el Inventario Forestal Nacional, un plan que permite conocer cómo están los bosques en Colombia: la estructura, la diversidad y el impacto de la deforestación. Es un esfuerzo como el que hizo Aldana, pero en todo el territorio nacional. Con toda la información recolectada, incluso con la de esta bióloga, se espera que se generen políticas públicas para la conservación y preservación de los bosques colombianos. De esta información nacen programas como Visión Amazonía, una estrategia para la conservación y protección de los bosques del sur del país en alianza con los gobiernos de Alemania, Noruega y el Reino Unido, para que la deforestación neta llegue a cero en 2020.

Ana Aldana, que se embarcó en una aventura en la que comprobó que hay que conservar los bosques porque acumulan carbono, ahora espera comenzar una vida de investigadora más independiente: tener su laboratorio, hacer sus investigaciones, dirigir tesis de estudiantes y volver al bosque. Ella, la investigadora que viajó por Colombia midiendo árboles, está segura de que, para conservar, no hay que esperar a que la tierra se caliente o se desborden los ríos.

Para esta científica, conservar comienza por los cambios de hábitos de cada uno. El problema está en ser capaces de cambiar el uso de los combustibles fósiles, de la expansión ganadera o de la extracción de maderas. “Los efectos que nosotros estamos generando son mucho más rápidos que la capacidad de recuperación de los ecosistemas”, advierte.