Aislamiento de mayores de 70 años: ¿debería ser una decisión consensuada?

Aislamiento de mayores de 70 años: ¿debería ser una decisión consensuada?

Desde el lunes 1 de junio se inició la flexibilización de la cuarentena indicada por el presidente Iván Duque en el marco del aislamiento por la COVID-19. El mandatario indicó que se permitiría la salida de los mayores de 70 años, quienes podrán realizar actividades al aire libre tres veces a la semana durante 30 minutos y con todos los protocolos de seguridad. También extendió el aislamiento obligatorio para los mismos hasta el 31 de agosto.

Estas medidas suscitan diversas preguntas frente a la autonomía decisoria de los adultos mayores en estas circunstancias. Esto es analizado por el profesor de la facultad de Psicología de la Universidad Javeriana, Sergio Trujillo García, quien reflexiona sobre los retos a los que se enfrenta la sociedad con la llegada de la COVID-19 desde una mirada del comportamiento humano. Este especialista lleva más de 20 años trabajando con ancianos en diferentes hogares de Bogotá y municipios aledaños, y al ser el director de la práctica en el énfasis de Inclusión Narrativa con sus estudiantes de últimos semestres, ha tenido la oportunidad de entrevistar a muchas personas mayores, para así comprender sus posturas.

Para este psicólogo es importante aclarar que a la hora de tomar decisiones que afecten a las personas mayores se deben tener en cuenta sus perspectivas y sentimientos, abrir espacios de conversación donde ellos hagan parte de la toma de medidas que los involucren. “Nada sobre nosotros sin nosotros” es un dicho común que fundamenta esta idea, es primordial que no se decida nada sobre ellos, nada que los afecte a ellos, sin que sean tenidos en cuenta, explica.

También considera las diferencias que separan a cada adulto mayor y en ese proceso atenuar los estereotipos que se generan alrededor de ellos. “En nuestra sociedad hay unos prejuicios acerca del envejecimiento que nos hacen pensar que toda persona mayor está enferma, se está deteriorando y se va a morir; toman vejez y enfermedad como si fueran sinónimos”, comenta. Aunque efectivamente hay ancianos que dependen de otros para vivir en la cotidianidad, hay muchos que son autónomos y por lo tanto no se puede juzgar a los unos por los otros. “En un extremo estarían los adultos mayores dependientes, en el otro los adultos mayores autónomos, y en la mitad distintos grados de independencia. Cuando hablamos de trabajar con ellos no podemos tomar decisiones que los cubran a todos porque son muy diferentes, cada uno tiene unas particularidades muy especiales y tomar decisiones pensando en que todos son iguales es erróneo y arbitrario”, complementa Trujillo García.

Según cifras del Ministerio de Trabajo, un tercio de los adultos mayores en Colombia necesitan de sus actividades laborales para conseguir dinero y solo uno de cada tres logra pensionarse, lo que significa que muchos de ellos dependen económicamente de su autonomía laboral para tener acceso a una vivienda, servicios de salud, alimento, etc. Por esta razón, al decir que esta decisión se toma por el bienestar de los ancianos, no se reconoce que muchos de ellos no solo tienen la autonomía para salir, sino que además lo necesitan. “El derecho a la decisión, a la organización o a buscar de alguna manera mejorar la calidad de la vida a través del ejercicio de la libertad, es fundamental para los viejos y las viejas”, afirma el especialista.

En ocasiones se genera un paralelo con los niños, no solo porque se da una infantilización de los ancianos con apodos como “el abuelito” o “la ancianita”, lo cual limita su autonomía e invalida la capacidad que tienen de tomar decisiones sobre su propia vida, como sucede con los menores de edad. “Cuántas veces los padres de familia maltratan a los pequeños, pero les dicen que es por su propio bien y se tienen que aguantar. Lo mismo pasa con algunas de las decisiones para los adultos mayores, en los que ellos deben pensar que como lo están haciendo ‘por su propio bien’ entonces deben obedecer, pero al hablar con ellos están inconformes, les argumentan que como son más vulnerables están buscando la calidad de sus vidas, entonces es por su bienestar que lo hacemos, pero la realidad es que muchos de ellos quisieran vivir menos tiempo con tal de vivir bien”, complementa el investigador.

Además de esto, el Ministerio de Salud ha encontrado que a la fecha el grupo de los mayores de 70 años infectados por la COVID-19 en el país equivale alrededor del 10%, lo cual demostraría un efecto positivo de la cuarentena, sin embargo, las cifras de estrés, depresión y ansiedad en esta población se han disparado principalmente por el aislamiento, ya que muchos de ellos estaban acostumbrados a llevar vidas activas y a tener visitas frecuentes de sus familiares mientras que ahora se limitan a estar encerrados.

En esa medida el investigador aclara que la posición del gobierno de aislar a los mayores de 70 años no sucede desde una mirada egocéntrica, simplemente están operando desde una perspectiva diferente mediante la cual consideran esta opción como la más efectiva. Sin embargo, esto no significa que sea la mejor para el mantenimiento de la calidad de vida de todos los ancianos. Por esto, las últimas decisiones del gobierno colombiano resultan alentadoras para los adultos mayores, pues procuran respetar su autonomía y darles la posibilidad de salir de cada cierto tiempo con todos los cuidados recomendados. “Medidas que atenúan, pero no satisfacen el respeto por su dignidad, pues incluso comentan, como nuestro Rector de la Javeriana, que no ellos no son mascotas ni rebaño y que pueden autorregularse”, complementa Trujillo García.

Incluso dos de los afectados por la medida fueron el ex candidato presidencial Humberto De La Calle, y el ex alcalde de Cali, Maurice Armitage, quienes con otras personalidades interpusieron una tutela que busca tumbar esta medida de forma definitiva pues como se lee en la misma, estos decretos “están basados en un paternalismo inaceptable que no emplea con el conjunto de la población, por lo cual lo que se busca lograr con la medida no es válido y por lo tanto es inconstitucional, el aislamiento obligatorio para la población mayor de 70 años es una medida discriminatoria y desproporcionada.”

Como explica el investigador, “esta nueva decisión rebaja un poco una tan autoritaria como la anterior, y aunque crearon el decreto con la mejor intención de aplanar la curva y mitigar la pandemia, ciertamente en su momento se creó, no solo de manera inconsulta, sino que particularmente estricta para las personas mayores, para quienes es doloroso que los jóvenes tomen decisiones sin consultarlos y esto logra afectarlos en el largo plazo,” reconoce.

Por esta razón el psicólogo extiende una invitación a ser empáticos como sociedad con los adultos mayores, tener la posibilidad de ponernos en los zapatos del otro y de esa manera ir construyendo un diálogo para llegar a acuerdos que beneficien a todos por igual. “No es que haya una imposibilidad de comunicación, sino que se puede construir a través de la escucha activa y una mirada empática que favorezca la comprensión de la vida de los ancianos”, finaliza Trujillo.

Un llamado para apoyar a nuestros viejos

Un llamado para apoyar a nuestros viejos

En tiempos de coronavirus los ojos están puestos en gran parte sobre la población longeva, pues tal como lo afirma el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos, los mayores y las personas con enfermedades crónicas graves, como las de tipo cardiaco, pulmonar o renal, parecen ser más propensas a contraer el Covid-19. Por esta razón la mayoría de los países toman medidas que exigen a las personas mayores permanecer resguardadas en sus casas.

Esta población no ha sido atendida social e institucionalmente de la manera esperada. Así lo demuestra la investigación de la profesora javeriana Ángela María Jaramillo, ganadora al Premio a la Investigación sobre Familia 2019 por su trabajo: “Transformaciones de los arreglos residenciales en la vejez y sus determinantes. Exploración basada en los censos colombianos, 1973 y 2005”, que a través de un estudio social respondió este tipo de cuestionamientos: ¿Cómo está envejeciendo la población en Colombia? ¿Cuáles son los cambios que ha tenido la población de personas mayores? ¿Qué implicaciones tienen esos cambios? ¿Cuáles son los retos para el país?

Uno de los primeros argumentos de esta PhD en estudios sociales, es que “el Estado desconoce muchas de las demandas actuales de las personas mayores, quienes tienen necesidades diferentes a las que tenían en el pasado. Al no reconocer esto, las políticas públicas colombianas que los salvaguardan están quedando relegadas a una generación de ancianos con modos de vida muy diferentes, limitando así las posibilidades de crear condiciones adecuadas para vivir hoy una vejez autónoma y digna”.

Pero ¿cuál es la realidad en Colombia?

“Estamos en un momento en el que el histórico y progresivo descenso de la fecundidad en combinación con el aumento de la esperanza de vida ha generado el envejecimiento de la población”, explica la profesora, razón por la que cada vez hay más personas mayores de 60 años comparado con los menores de 15. Según censos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la población mayor de 60 años del país aumentó, pasando de 3.721.943 personas que correspondían al 9% del total de la población en 2005 al 13,3% con casi 6 millones de personas en 2018.

Estos cambios en los modos de vida y en la concepción de idea de familia empiezan a dejar marcas en cómo viven las personas mayores, pues como explica Jaramillo, anteriormente las personas envejecían al lado de sus numerosas familias. “Lo que debemos comprender es que a diferencia de nuestros antepasados, los mayores actualmente viven de distintas maneras, unas solas, otras en pareja y otras con sus familiares. Esto representa un reto para la sociedad, el gobierno y las instituciones, por las distintas demandas que tienen cada uno de estos arreglos residenciales.

La investigación señala que en 1973 cerca del 70% de los ancianos del país vivía en hogares de cuatro o más personas, datos que han cambiado con el paso del tiempo. El último censo del DANE muestra que la cantidad de adultos mayores que vive en este tipo de hogares ha disminuido, pasando de 70,80% en 2005 a 56,6% en 2018, y, las residencias con 1 y 2 personas mayores de 60 años, desde los años setenta ha aumentado de forma acelerada, asegura la experta. Por ejemplo, cuando para 2005 solo el 29,4% de estas personas vivía solo o con una persona más, para el 2018 el porcentaje llegó al 43,4%. Es decir, “hay más ancianos que tienen menos posibilidades de ser apoyados por sus familias”, dice la profesora Jaramillo.

Por ejemplo, don Eliécer es un gachancipeño de 75 años que trabajó como carnicero buena parte de su vida. Sin embargo, desde que se divorció de su esposa, le llegaron los “achaques” y no se pudo emplear. Vive de la caridad en una “rancha” (como él describe su vivienda), con la única comodidad de una estufa eléctrica de dos fogones y un radio del tamaño de un teléfono celular. De cada 10 personas mayores, él representa a uno de los cuatro que vive en un hogar pequeño, sin hijos, sin nietos, hermanos u otros parientes.

Además, datos de esta investigación demuestran que ocho de cada diez ancianos carecen de una pensión que les permita asegurar un ingreso mensual para atender sus necesidades básicas. “El sostenimiento económico de estos hogares depende en su mayoría del trabajo de los ancianos (33,6%) y de las pensiones o jubilación (23,8%). La gran mayoría de los ancianos que trabajan se ven obligados a hacerlo bajo condiciones de informalidad y sin acceso a protección social, ni a pensión”, relata Jaramillo.

Ante esto la investigadora se pregunta, ¿estamos preparados para enfrentar un escenario en el que el envejecimiento continúa creciendo de forma acelerada y aún se asume que los ancianos están envejeciendo al lado de familias numerosas? Con más de cinco años de investigación su respuesta es: “no estamos preparados porque las acciones de política siguen orientadas por la idea de una familia, que en su extensión, composición y funcionamiento ha cambiado. El principal problema de esto se halla en que la solidaridad y apoyo que antes era brindado por la familia tradicional no ha sido compensado actualmente por las instituciones que deben velar por la protección de los derechos de las personas mayores y sus familias”.

Jaramillo agrega que comparando con los países europeos, una de las desventajas colombianas tiene que ver con que ellos han tenido un proceso de envejecimiento más lento pues tardaron más de un siglo para llegar a la población de ancianos que tienen hoy; esto les permitió pasar progresivamente de familias grandes o extensas a familias pequeñas y a hogares unipersonales. “Así, pudieron adaptarse y prepararse mejor social y políticamente para atender las demandas sociales de estas nuevas formas de organización en la vejez”, explica la investigadora. En el caso colombiano, “el lapso de tiempo para envejecer fue de unos 50 años, tiempo que no ha permitido que la sociedad se adapte al cambio demográfico”, añade.

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Hallazgos en las regiones 

La investigación incluyó el estudio de los censos DANE de 1973 y 2005, entrevistas a profesionales que participaron en el diseño e implementación de la Política Nacional de Envejecimiento y Vejez, así como a académicos expertos en esta área. Con el apoyo estadístico, Jaramillo logró la reconstrucción histórica de las condiciones geográficas, socio-demográficas y económicas en las que nacieron las personas del estudio y encontró una gran concentración viviendo solas o en pareja en Bogotá y en el departamento de Boyacá.

En la capital, especialmente, esto se debe al descenso de la fecundidad y la cantidad de divorcios. “En casos de separación, los hombres son los que pasan a vivir solos, ya que hay mayor probabilidad de que las mujeres permanezcan con sus hijos y sus nietos”, complementa Jaramillo.

En Boyacá, la explicación está dada por el despoblamiento de la región. Por un lado, ante los problemas históricos que ha padecido el campo colombiano los habitantes han migrado y, por otro, cada vez hay menos jóvenes en la ruralidad porque no encuentran las oportunidades esperadas. Por eso, los mayores son quienes quedan en esos territorios, ya que están arraigados a sus tierras, cultivos, casas y animales; y a esto se suma la gran dificultad de que allí no cuentan con la infraestructura de salud, transporte y redes de apoyo adecuadas para suplir sus necesidades. “Es por esto que en los países más envejecidos del mundo como España, Italia o Japón, las poblaciones con más años se encuentran en su gran mayoría en las ciudades debido a la oferta e infraestructura de servicios sociales y de salud, entre otros”, afirma.

En otras regiones del país como la Costa Caribe la configuración es diferente porque allí las personas mayores tienden a ser acogidos por su familia y la fecundidad no ha descendido como en la región andina.

Solidaridad, la propuesta para apoyar a los viejos

Según datos que maneja el Ministerio de Salud, se estima que el número de personas mayores de 60 años en el mundo aumentará de 900 a 2.000 millones entre 2015 y 2050.  Por esa razón, atender las necesidades de la población longeva debe ser una prioridad para los gobiernos. Con este escenario, Jaramillo propone la solidaridad como base principal para cuidar, proteger y garantizar los derechos de esos ciudadanos.

“Hay que valorar a los ancianos por lo que fueron y lo que son hoy como personas que contribuyen a la construcción de la sociedad. Ellos pueden tener actividades relacionadas con el cuidado de nietos o personas con problemas de salud; la preparación de alimentos y oficios del hogar; los aportes académicos y científicos para el avance social, apoyos económicos y emocionales que ofrecen a sus familiares”, recomienda la socióloga.

En la actualidad, muchos coinciden en que lo que sucede, ante la creciente propagación de la COVID-19, es un llamado a la acción para atender con más responsabilidad la salud física y mental de las personas. “En el caso de los mayores, se necesitan sistemas de salud con mejores servicios de atención domiciliaria y así responder a las adversidades de manera rápida y oportuna, especialmente con las personas mayores de 80 años que son el 15,8% de los que viven solos. Además, hay que fortalecer las redes de apoyo”, manifiesta.

Reflexión para el contexto actual

Es de vital importancia entender la diferencia entre vivir solo y sentirse solo, dice la experta. “El primero puede ser una buena experiencia si se tienen las condiciones sociales, económicas y de apoyo necesarias, lo que depende del desarrollo de la sociedad en la que se encuentre la persona. El segundo revela un sentimiento asociado al aislamiento social que puede aumentar los riesgos de morbi-mortalidad de los ancianos”, explica Jaramillo. Por esto su recomendación es el fortalecimiento de las redes de apoyo y en el caso de hogares donde hay varias generaciones promover respuestas de equidad, convivencia y solidaridad intergeneracional.

En este momento de dificultad por la enfermedad del Covid-19 hay que estar más pendientes del apoyo que se puede ofrecer a todas las personas, y en particular a las personas mayores. Este apoyo, dice Jaramillo, puede ser de muchas formas, por ejemplo, práctico y emocional. Aquí algunos ejemplos:

  • En lo práctico, como vecinos, podríamos apoyar las necesidades relacionadas con el abastecimiento, las comunicaciones, el paseo de las mascotas o cualquier evento que requiera una respuesta inmediata. También crear redes de apoyo para responder a las necesidades que surgen en una situación en la que los amigos o familiares que viven lejos no pueden apoyar.
  • En lo emocional, por ejemplo, es importante que nos expresemos a partir del reconocimiento del otro como iguales, independientemente de la generación. Esto lo podemos hacer utilizando un lenguaje que no reproduzca los estereotipos que históricamente, por la edad, sea discriminatorio. Ejemplo: diminutivos como “viejito” o “viejita”.
  • Reflexionar acerca de lo común entre las generaciones en la cotidianidad, ya que es en esas actividades compartidas que se fortalecen los lazos de apoyo, aún más cuando los diálogos se dan entre generaciones con aprendizajes analógicos y digitales.
  • Estas relaciones de apoyo pueden convertirse en nuevas amistades, fundamentales para resolver las adversidades y para establecer vínculos sociales orientados a que ellos no dejen de sentirse parte del colectivo.

Para conocer los detalles de la investigación espere próximamente el libro: Transformaciones de los arreglos residenciales en la vejez, y sus determinantes. Exploración basada en los Censos Colombianos, 1973 y 2005”.

Visite los siguientes enlaces. https://www.funrestrepobarco.org.co/images/publicaciones/PDF/Resumen_TEP/Trabajo%20Ganador-%20Angela%20Maria%20Jaramillo%20Mendoza.pdf

https://bdigital.uexternado.edu.co/bitstream/001/611/1/DLA-spa-2017-Evolucion_de_los_arreglos_residenciales_en_la_vejez_y_sus_determinantes.pdf

Midiendo la vejez saludable

Midiendo la vejez saludable

Cuando se piensa en el ocaso de la vida seguramente se imagina lo que conlleva años de experiencia, años que se ven reflejados tanto física como mental o emocionalmente. El envejecimiento es algo irreversible, sin embargo, puede planearse para que su impacto no sea negativo. De eso se encarga la herramienta digital elaborada por la ONG HelpAge International y validada por el Instituto de Envejecimiento, la cual mide la calidad de vida de acuerdo con ciertos factores, como el buen estado funcional o el acceso de una persona mayor a los servicios de salud.

“La herramienta para validar el envejecimiento saludable tiene tres componentes principales: la primera, la caracterización de las personas mayores que entran en la valoración, esto es: sexo, edad, educación, nupcialidad, actividad laboral; la segunda, la percepción del estado de salud, los niveles de tensión arterial, la valoración de la funcionalidad y la fragilidad, el auto-cuidado, la valoración del estado nutricional y la presencia de enfermedades crónicas; la tercera, el acceso a servicios de salud, la cobertura del SGSSS (Sistema General de Seguridad Social en Salud), la percepción sobre costos y calidad así como la atención de las enfermedades crónicas’’, explica Margarita Medina, economista, doctora en Demografía y líder del proyecto ‘’Construcción de una herramienta para validar el envejecimiento saludable. Validación de la herramienta para Colombia 2014-2016’’.

Para establecer la capacidad del instrumento y valorar los cambios del proceso de envejecimiento, los investigadores hicieron tres aplicaciones de muestras en dos grupos de población mayor muy distintos: uno residente en Bogotá y el otro en un corregimiento del municipio de Tolú Viejo, Sucre. El estudio se realizó con el apoyo de HelpAge International, que ha impulsado el mismo programa y sus mediciones en países como Bolivia, Tanzania, Kenya, Uganda, India, entre otros. Los datos recabados alimentaron una plataforma que permite valorar los diferentes aspectos del envejecimiento saludable e intervenciones en salud.

Según cifras reveladas por el DANE, en Colombia para 2020 habitarán aproximadamente 50’911.747 personas, de las cuales 6’441.110 se encontrarán en un rango de edad entre los 60 y 80 años. Por su parte, la información obtenida por los investigadores javerianos resalta lo que vale la pena tener en cuenta si se desea una vejez más saludable, dependiendo de la situación geográfica: “El dispositivo encontró que el envejecimiento saludable va mucho más allá de la funcionalidad, que es un problema más integral y, por ello, se debe estar trabajando permanentemente en dimensiones sociales, de servicios de salud y en aspectos del autocuidado y situación emocional y psicosocial’’, asegura Medina.

Según proyecciones del DANE, en 2020 habitarán en Colombia 6,4 millones de personas entre los 60 y 80 años.
Según proyecciones del DANE, en 2020 habitarán en Colombia 6,4 millones de personas entre los 60 y 80 años.

En Bogotá, el ritmo de vida y las costumbres impiden, en la mayoría de los casos, que los adultos mayores compartan su vejez al lado de sus hijos o nietos. Esto deja, como resultado final, que estas personas residan en apartamentos o casas en soledad cuando su pareja conyugal falta, generando así más sedentarismo y déficit en la situación psicosocial; en cambio, en Tolú Viejo, son una parte importante en los planes de apoyo social, participan de las decisiones que se toman en todos los ámbitos y se sienten incluidas en su entorno: todo esto permitió concluir que la compañía es factor vital para una vejez saludable debido a su impacto emocional y de interacción, pues, al ser un municipio, el constante contacto entre los habitantes se torna fundamental, cuestión que en una gran ciudad como Bogotá no se ve.

En contraste, los servicios de salud en la capital presentan una situación más reconfortante puesto que los hospitales están más cercanos y el acceso es casi inmediato, mientras que, para llegar a un centro médico en Tolú Viejo, se debe caminar kilómetros y lo que se encuentra son estructuras en condiciones desfavorables y sistemas poco efectivos para tratar enfermedades. Son justamente estos accesos a los servicios de salud los que llegan a abastecer o no la calidad del tratamiento según la enfermedad que se padezca.

Por otra parte, como en el campo el trabajo es de sol a sol, eso hace que la gente labore hasta edades muy avanzadas en los cultivos o en el ganado, convirtiéndolos en personas funcionales y conformes de su estado emocional; asimismo, el hecho de que cultiven su propia comida genera una dieta más saludable, mientras que en la capital el sedentarismo tiene mayor porcentaje y la alimentación es un factor que demuestra una decadencia de autocuidado.

Estos y más resultados reflejados en un grupo de 85 personas en la primera muestra (2014), se constituyen en información valiosa para que los gobiernos creen nuevos planes de inclusión social, con la esperanza de que persigan una vejez saludable. ‘’Si se trata de evaluar el envejecimiento, hay que ver los cambios en el tiempo’’, concluye Medina.

La vejez, asunto  de todas las edades

La vejez, asunto de todas las edades

El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, dice la canción para interpretar la experiencia de la vejez, que a veces llega con sorpresa. Esta es una realidad experimentada desde siempre por las personas, a título individual, y desde hace unas décadas por la población, sometida a un contundente proceso de envejecimiento demográfico.

La ‘transición demográfica’, un fenómeno que ocurre en muchos países, en Colombia se inició en la primera mitad del siglo XX: al comienzo, se presentan alta fecundidad, alta mortalidad y baja expectativa de vida al nacer. Hacia los años 30, descubrimientos como la penicilina impactan la mortalidad y aumentan la esperanza de vida. A mediados de siglo, la población crece al ritmo más alto de la historia demográfica del país: 3% como promedio anual; la mortalidad está en descenso, pero siguen naciendo muchos niños: siete hijos por mujer, en promedio. Llegan los años 60 con los anticonceptivos modernos: nacen menos, se mueren menos y los grupos numerosos nacidos bajo la altísima fecundidad, con el paso del tiempo, mueren más viejos. En 1990 la fecundidad baja a 2,5 hijos en promedio, al tiempo con reducciones de la mortalidad y aumentos en la esperanza de vida. En las últimas décadas, la fecundidad y la mortalidad tienen niveles relativamente bajos. De todos estos cambios acumulados en el tiempo, resulta el crecimiento de la población con 60 y más años.

En la actualidad, la especial atención que demandan las personas mayores tiene que ver no solo con su volumen creciente, sino también con las inequidades sociales persistentes. Aún es largo el camino para alcanzar la vejez digna para todos, entendida como el goce de un conjunto de derechos humanos que adquieren un sentido especial en la última etapa de la vida.

Como parte de su misión de ofrecer insumos de calidad para el diseño y ejecución de políticas públicas sobre esta realidad, el Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana integra los esfuerzos de la demografía y la geriatría alrededor del proyecto Envejecimiento demográfico, derechos humanos y protección social de la vejez. Colombia 19512020. Focalización de la política nacional de envejecimiento y vejez, situación actual del país y perspectivas para un futuro próximo.

Los investigadores se basan en los censos de población del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE (1954-2005), y en las proyecciones del periodo 2006-2020, así como en las estadísticas vitales de mortalidad, otros sistemas de registros nacionales y grandes encuestas socio-demográficas.

La vejez mayoritariamente tiene  cara de mujer

Estos estudios confirman que, entre toda la población mayor de 60 años, de por sí vulnerable, hay un grupo que se ubica en primera fila: las mujeres. Su profunda desprotección se da, en primer lugar, por ser mayoría absoluta en la vejez. Al tiempo que nacen más varones, la mortalidad masculina es más alta en todos los rangos de edad, con énfasis entre los 15 y 25 años por la importancia de la mortalidad violenta. En Colombia, el conflicto armado y aún más los índices de violencia juvenil urbana intensifican la sobremortalidad masculina, que es un fenómeno universal.

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A esto se agrega la fragilidad social de muchas mujeres mayores: todas han trabajado, empezando por las labores del hogar. Sin embargo, por lo general han sido empleos informales, sin ahorro pensional u otros beneficios. Muchas mujeres mayores no tuvieron oportunidades de estudio ni de preparación para el trabajo cuando jóvenes; no pudieron ahorrar, no tienen casa propia y, cuando pierden su cónyuge, aparecen la soledad y la precariedad material, de acuerdo con la coinvestigadora Margarita Medina.

Departamentos y ciudades con poblaciones más y menos envejecidas

“En todos los departamentos de Colombia, el crecimiento de la vejez es considerablemente más alto en comparación con la población total”, es una de las conclusiones del estudio. Sin embargo, la transición demográfica no ocurre con igual celeridad en todas las regiones. A partir de la clasificación realizada, la investigadora Medina concluye que, en términos generales, mejores condiciones de vida y mayor desarrollo socioeconómico favorecen una población más longeva y, por ende, más numerosa.

De esto resulta que, si bien la población con 60 o más años, localizada en territorios con mayor desarrollo es más numerosa, probablemente tendrá mayores posibilidades de protección social, en especial por parte del sistema pensional.

Entretanto, en el campo y municipios pequeños permanece una población con 60 o más años que, si bien no es tan numerosa, configura uno de los grupos más frágiles dentro de los vulnerables, debido a la brecha profunda entre el campo y la ciudad en materia de calidad de vida, cobertura de pensiones, servicios y oportunidades.

No son dádivas, son retribuciones

El Instituto de Envejecimiento, que dirige el médico geriatra Carlos A. Cano, plantea que los programas para mejorar las condiciones de los mayores no pueden calificarse de ‘asistenciales’ pues, por un lado, está el aporte de esta población al mundo laboral y familiar a lo largo de muchos años y, por otro lado, se debe considerar que, en sus familias, se dan relaciones de reciprocidad: las personas mayores dan mucho más de lo que reciben en términos de afecto, escucha, consejos, cuidado de otros miembros del hogar y apoyo material: “con frecuencia, la experiencia y sabiduría de la persona mayor no se reconoce, y repetidas veces predomina una imagen social negativa de la vejez”, agrega Medina.

Pero no solo eso. El aporte económico de los mayores tiene una dimensión demostrable: un estudio sobre los subsidios asignados a la vejez vulnerable, Programa Colombia Mayor, elaborado para el Departamento Nacional de Planeación, con la participación del Instituto de Envejecimiento, señala que los recursos económicos recibidos por ellos en muchos casos se invierten en la familia e impactan positivamente la calidad y cantidad de la alimentación y el nivel educativo de los miembros del hogar.

Llamados de atención

El Instituto de Envejecimiento invita a las familias, a la sociedad, al Estado y al sector privado, a las ONG, a comprender que el envejecimiento es un asunto de todas las edades y de toda la sociedad, así como a tener una visión holística de las demandas de la población mayor, en sus múltiples dimensiones.

Las políticas deben potenciar las capacidades de las personas; prevenir y atender sus riesgos de salud; favorecer la autonomía personal; impulsar programas nutricionales; garantizar la protección frente a la violencia; valorar la sabiduría de los mayores; desarrollar programas culturales; favorecer la conformación de redes sociales que los protejan; atender necesidades y demandas de protección legal, y mantener y fortalecer los subsidios estatales.

También se debe aterrizar, a nivel departamental y municipal, una política pública social para la vejez, ausente en muchos casos.

Para leer más

  • Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana. (2014). De los hechos a la acción de la política, focalización de la Política Pública Social de Envejecimiento y Vejez del Distrito Capital. 2013-2014. (CD interactivo).
  • Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana. (2013). “Salud y entornos sociales de personas mayores Residentes en Bogotá”. Componente cualitativo del Estudio SABE Bogotá (Salud, bienestar, envejecimiento). (CD interactivo).