¿Alguna vez ha pensado en lo afortunado que es por tener abuelas? Tenerlas es más que un lujo, se trata de una rareza biológica fascinante. Las especies cuyos individuos continúan viviendo décadas después de perder su capacidad reproductiva son apenas un puñado de mamíferos poco relacionados entre sí: humanos, elefantes y, por lo menos, cinco especies de ballenas dentadas.
Su existencia ha intrigado a los biólogos, quienes han propuesto una hipótesis capaz de explicar parte del fenómeno: el efecto abuela. Según esta idea, la selección natural habría favorecido una mayor longevidad en las hembras post-reproductivas, ya que su acompañamiento aumenta el éxito reproductivo y la supervivencia de su descendencia.
Para comenzar, es importante recordar el ciclo de la vida que se enseña en el colegio: Nacimiento, crecimiento —el tiempo que un organismo tarda en hacerse sexualmente maduro—, reproducción y muerte es el camino que sigue la gran mayoría de especies.

“Hay animales que son fértiles hasta el último segundo de su vida, y cuando dejan de serlo, se mueren”, comenta Maria Ángela Echeverry-Galvis, profesora del departamento de Ecología y Territorio de la Pontificia Universidad Javeriana. Por ejemplo, las moscas de mayo (también conocidas como efímeras), insectos cuya adultez dura entre unas pocas horas y un par de días, el tiempo necesario para reproducirse y nada más.
“Pero hay grupos muy particulares en los que la vida se alarga considerablemente después de este punto”, explica Echeverry-Galvis. Los animales a los que se refiere se pueden contar con los dedos de las manos: elefantes, humanos y cinco especies de ballenas con dientes —orcas, ballenas piloto, falsas orcas, narvales y belugas—, también conocidas como odontocetos.
Estas especies tienen en común una etapa que nos es bien conocida a los humanos. Puede llegar como olas de calor nocturno, que acompañan el insomnio y los cambios de humor: la menopausia.
La rareza de la menopausia
La menopausia se define como el cese de la función de los ovarios, y, por ende, de la fertilidad femenina. Como explica la profesora del Departamento de Sociología de la Javeriana e investigadora en vejez humana, Ángela Jaramillo, la menopausia solo dura un día y hace parte de un proceso mucho más largo y complejo. “La perimenopausia es un proceso de variación hormonal en el que los niveles de estrógeno en el cuerpo comienzan a disminuir, puede durar hasta 10 años y sucede, por lo general, entre los 40 y 55 años. El momento en que la mujer ha pasado 12 meses sin menstruar es la menopausia, a todo el tiempo que le sigue se le llama postmenopausia”.
Si bien la explicación de Jaramillo está acotada a los seres humanos, las ballenas dentadas y elefantas pasan por un proceso similar, en el que sus cuerpos tienen variaciones hormonales que desembocan en el cese de las funciones reproductivas, y que son seguidas por una larga etapa no reproductiva. En particular, las mujeres humanas en la actualidad vivimos cerca de tres décadas de nuestras vidas en postmenopausia (para ponerlo en perspectiva, el límite de la edad fértil en hombres ronda los 80 años, muy a la par de su expectativa de vida), mientras que esta etapa puede durar cerca de cuatro décadas en odontocetos y entre una y dos décadas en el caso de las elefantas.

Vale la pena resaltar que el proceso de perimenopausia, menopausia y postmenopausia también ocurre en otros primates, como los chimpancés, solo que el porcentaje de vida que las hembras pasan en postmenopausia apenas alcanza el 2 %, que equivale a alrededor de 1 año de vida.
Si bien todos los organismos de los que hemos hablado son mamíferos, la distancia evolutiva entre elefantes, primates y odontocetos es enorme, es decir que su ancestro común es muy lejano y dio origen a un sinnúmero de organismos que no presentan menopausia. Esto quiere decir que, originalmente, los mamíferos no presentaban menopausia, sino que esta evolucionó por separado en los grupos de los que hemos hablado, fenómeno al que se le conoce como convergencia evolutiva.
“Esta estrategia evolutiva ha sido favorecida por la selección natural”, Echeverry-Galvis. Pero… ¿por qué?
Con A de abuela
En El gen egoísta, el biólogo Richard Dawkins propone que los seres vivos somos, en cierto modo, vehículos que los genes utilizan para sobrevivir a través del tiempo. En este sentido, el éxito de un individuo depende de qué tan bien logra transmitir su información genética de generación en generación, algo que se conoce como fitness o aptitud biológica (Ojo, no confundir este término con el conjunto de prácticas de ejercicio para mejorar la condición física).
Como explica Echeverry-Galvis, las hembras de especies en las que existe el efecto abuela aumentan su fitness porque además de haber tenido y criado a sus propios hijos, también se dedican al cuidado intergeneracional de sus nietos.
El cuidado puede tener varias formas. Una de las más evidentes es el cuidado físico. En animales no humanos, este podría darse a través de la defensa activa de los nietos contra predadores, por ejemplo. No obstante, hay otro tipo de cuidado ligado a la transmisión de información que es determinante a la hora de asegurar la supervivencia de la descendencia.

En las ballenas dentadas y en los elefantes, las abuelas son custodias de información vital para la supervivencia de su grupo, por ejemplo, conocen las zonas más apropiadas para la alimentación, el tránsito seguro y el refugio. “Pensemos en todas las ocasiones en las que los elefantes enfrentan variaciones climáticas tan grandes que si no se acuerdan de dónde está el ojo de agua más cercano, pueden morir en el transcurso de horas, tras tal vez semanas de no haber bebido nada”, indica Echeverry-Galvis.
Esto quiere decir, que para que exista el efecto abuela debió haberse desarrollado la capacidad de la memoria a largo plazo, una condición imprescindible para asegurar el acceso a información clave para la supervivencia en los marcos temporales necesarios para criar a varias generaciones. Así, se puede afirmar que el efecto abuela no solo surte sus efectos en los nietos, sino en el grupo entero.
Aquí es donde entra el papel especial de las hembras en las sociedades de animales no humanos. Resulta que tanto los elefantes como las ballenas dentadas forman grupos donde ellas tienen un rol central en la organización social, que involucra liderazgo y el cuidado de las crías, en el que no participan los machos.
En el caso de los elefantes y las orcas, sus grupos sociales son matrilineales: están conformados por hembras emparentadas de varias generaciones junto con sus crías. Esto tiene sentido desde el punto de vista evolutivo, pues las hembras son las únicas que tienen certeza de su parentesco con la descendencia, lo que les permite reconocer a hijas, nietas y demás familiares cercanas. Dentro de estos grupos, las matriarcas —las líderes del grupo, que son las hembras más viejas— ejercen la función de regular la dinámica social, deciden qué individuos pueden integrarse y cuáles deben abandonar el grupo, como suele ocurrir con los machos al alcanzar cierta edad.

“Para que el efecto abuela tenga sentido, la abuela debe tener muy clara cuál es su descendencia. Si invierte tiempo y conocimiento en alguien que no es su nieto, estaría favoreciendo a otro individuo, pero no a sus propios genes”, asegura Echeverry-Galvis.
Finalmente, para que puedan darse tanto la identificación de la descendencia como la transmisión de información, también es necesario que exista un lenguaje estructurado y con sintaxis clara, una característica que compartimos humanos, elefantes y ballenas dentadas. Por ejemplo, estos dos últimos tienen “nombres” para los miembros de su grupo social. Así como yo me llamo Mariana, si fuera un elefante mi nombre sería un sonido infrasónico, imperceptible para el oído humano, pero perfectamente reconocible para los demás miembros de la manada, para quienes ese nombre sería único.
¿Podemos hablar de efecto abuela en humanos?
Al igual que elefantas y ballenas dentadas, las humanas vivimos un largo tiempo después de que nuestra capacidad reproductiva cese. Adicionalmente, como especie contamos con actitudes de cuidado intergeneracional, “cuando las madres tienen que empezar a trabajar, ya sea en una sociedad urbana o rural, les resulta más difícil dedicarle el mismo nivel de cuidado al bebé. En esos casos, pueden dejarlo al cuidado de la abuela o de los abuelos”, comenta Echeverry-Galvis.
Ahora, es bien conocido que, a la hora de describir las sociedades humanas, la biología evolutiva se queda corta y es necesario echar mano de las ciencias humanas, que se han encargado de entender sus complejidades.
Jaramillo, quien ha dedicado buena parte de su vida académica al estudio de las vejeces desde la sociología, advierte que la hipótesis del efecto abuela debe tomarse con cautela cuando se aplica al ser humano. De lo contrario, podríamos caer en determinismos biológicos y en la homogenización de las distintas formas en las que los seres humanos vamos envejeciendo y construyendo las experiencias de vejez.
Por un lado, el porcentaje de vida que las mujeres humanas pasamos en postmenopausia ha variado a lo largo de la historia y las sociedades. La esperanza de vida a la que estamos acostumbrados hoy en día —80,6 años para las mujeres colombianas, y 75,2 para los hombres— es un logro derivado de la transición demográfica a partir del siglo XIX, la cual incluyó cambios sanitarios, desarrollos médicos como las vacunas y la construcción del mundo urbano, lo cual resultó en una enorme disminución de la mortalidad infantil.
En sociedades preindustriales, la mortalidad antes de los 15 años rondaba el 30 % y era causada por enfermedades infecciosas como el sarampión, la viruela y el tifus. En el caso de las mujeres que superaban esta edad, su expectativa de vida rondaba los 61 años. Si en promedio la menopausia llega entre los 45 y los 55 años, las mujeres preindustriales vivían alrededor de 11 años en etapa de postmenopausia, un número considerablemente menor a los cerca de 30 años no reproductivos que vivimos las mujeres modernas.
Por otro lado, Jaramillo aclara que la vejez humana no es exclusivamente una condición cronológica, sino que es el resultado del curso de vida, que incluye el desarrollo individual y las condiciones de contexto, como la geografía, el momento histórico, la cultura y las condiciones biológicas, psicológicas y sociales. Tal vez se podría decir que, en ese sentido, la vejez no es una, sino muchas.

“El concepto de efecto abuela puede estandarizar la experiencia de construcción social de la vejez”, puntualiza Jaramillo. Por ejemplo, no todas las personas ancianas tienen hijos, o son abuelas, ni mucho menos se dedican a su cuidado. Hay una larga lista de aportes de la vejez a la sociedad, como su presencia en redes de apoyo comunitario (que no están necesariamente construidas alrededor del parentezco) y en entornos familiares, o su participación laboral, que permea todos los campos económicos y que es de especial importancia en espacios educativos, donde su conocimiento es transmitido a nuevas generaciones.
Por ello, tener en cuenta la pluralidad de las vejeces y de los roles sociales que cumplen es importante, pues a causa de los estereotipos asociados a la ancianidad — como la creencia de que la vejez es sinónimo de enfermedad, precariedad, sabiduría o abuelazgo —, se cometen muchas violencias tanto en el trato individual y cotidiano, como en el aparato estatal. Lo importante es no generalizar la experiencia de la vejez a partir de prejuicios basados en la edad, sino reconocer las trayectorias de vida valorando sus aportes en equidad intergeneracional.
Tal vez ahí radique la verdadera rareza del efecto abuela en nuestra especie. No solo en el hecho biológico de vivir mucho después de perder la capacidad reproductiva, sino en la posibilidad de que una vida tenga valor más allá de la reproducción. En elefantes y ballenas, las matriarcas sostienen a sus grupos con memoria, experiencia y conocimiento. En los humanos, las personas mayores también habitan el mundo, aunque no siempre de las mismas formas ni bajo los mismos roles. Reconocerlo implica mirar la experiencia de vejez como una parte fundamental de la vida social en todas las sociedades contemporáneas, y de manera intergeneracional. Después de todo, quizá una de las mayores ventajas evolutivas de nuestra especie haya sido aprender que sobrevivir nunca ha sido un esfuerzo individual, sino profundamente colectivo.
Este texto hace parte de Naturaleza Excéntrica, una colaboración entre Pesquisa Javeriana y Fundación Macana en la que contamos historias sobre biodiversidad y las expresiones más excéntricas de la naturaleza. Si quiere conocer el trabajo de Macana, haga clic en la siguiente imagen:




